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#Coronavirus: la pandemia perpetúa (y acentúa) las desigualdades sociales

A inicios de marzo, el Gobierno decretaba el cierre de los centros educativos primero del País Vasco, La Rioja y la Comunidad de Madrid y luego del resto del territorio español para frenar el contagio por coronavirus. Esta drástica medida obligó a millones de niños y jóvenes a seguir con el curso académico desde casa, confirmando la existencia de una brecha digital que podría agrandar la brecha educativa entre las familias con más recursos y las que menos tienen. Sin embargo, esta visible grieta no se limita a los pupitres: la crisis del coronavirus ha profundizado las desigualdades sociales en todos los sentidos.

¿Cuántas personas tienen los recursos para trabajar desde casa? ¿Qué sectores no pueden permitirse mantener a sus empleados en remoto? ¿Qué ocurre con aquellos estudiantes que dependen de las becas comedor? ¿Cuántos no podrán volver a sus puestos de trabajo cuando pase la pandemia? O, sencillamente, ¿qué pasa con quienes no tienen una casa en la que quedarse? Aunque todavía es pronto para medir los efectos del coronavirus, y pese a que el Gobierno ya ha puesto en marcha un paquete de medidas sociales y económicas para paliar sus consecuencias, estas preguntas ponen sobre la mesa una cruda realidad: los colectivos más vulnerables no son solo aquellos que están más expuestos al contagio, sino que, con toda probabilidad, serán los que se vean más duramente golpeados las consecuencias sociales y económicas que trae consigo la declaración del estado de alarma.

Para Manuel Franco, profesor de Epidemiología de la Universidad de Alcalá en Madrid e investigador del proyecto europeo Heart Healthy Hoods, la primera desigualdad visible es en el ámbito de la salud. “Las desigualdades sociales crean y perpetúan las desigualdades en salud. Esas inequidades sociales no son otra cosa que los procesos y fenómenos que ocurren en nuestras sociedades, países, ciudades, distritos, barrios y edificios, y que se relacionan directamente con la salud y las enfermedades que tenemos”.

Los grupos vulnerables, más expuestos al coronavirus

“Quedarse en casa”, “Mantenerse a un metro de distancia” y “Lavarse las manos con agua y jabón” son las principales indicaciones de las autoridades para frenar el contagio y protegerse del coronavirus. Sin embargo, en España se calcula que entre 30.000 (según los últimos datos del INE) y 40.000 personas (según datos Cáritas y la organización FEANTSA) no tienen un hogar y, por tanto, carecen de recursos para mantener las recomendaciones de confinamiento, higiene y distanciamiento social. Además, según recuerdan organizaciones como la Fundación Arrels, muchas de ellas padecen patologías crónicas previas, agravadas por las condiciones en las que viven habitualmente. Son, en definitiva, población de riesgo. Esto, unido a que muchas de las entidades sociales se han visto obligadas a interrumpir sus servicios, convierten a este colectivo, ya de por sí uno de los vulnerables, en uno de los más expuestos al coronavirus.

A grandes rasgos, “los determinantes sociales de salud están íntimamente relacionados con trabajos y nivel educativo, con nuestro género, edad y el lugar donde vivimos”, recuerda Manuel Franco. En muchos casos, las personas que trabajan en sectores más precarizados o que tienen ingresos más bajos son las que menor acceso tienen a la opción del teletrabajo. Es el caso de los obreros, los trabajadores del hogar o aquellos que asisten a personas mayores, que suelen desplazarse en transporte público (donde hay una mayor probabilidad de contagio) hasta sus puestos de trabajo. Porque, recuerdan expertos como Franco, dejar de trabajar y cumplir con el confinamiento supone renunciar a su única fuente de ingresos. Esta situación dificulta a su vez el cuidado de los niños y niñas: ante la imposibilidad de dejar a los hijos al cuidado de otros, muchos padres se ven obligados a elegir entre su trabajo o su familia.

Las personas sin hogar carecen de recursos para mantener las recomendaciones de protección contra el coronavirus

Los expertos apuntan a que en el mercado laboral son ese tipo de trabajos los que más se van a resentir. Según los primeros cálculos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), son además los que corren más riesgo de desaparecer. Las expectativas no son halagüeñas: la organización calcula que aumentará el desempleo y el subempleo a nivel mundial y que, en el peor de los casos, se podrían destruir cerca de 25 millones de puestos de trabajos. En España, por el momento, el grueso de las empresas gravemente afectadas por la crisis del coronavirus ha adoptado a la fuerza expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE) que afectan ya a cientos de miles de ciudadanos.

Con todo, las brechas sociales que existían previamente se han acentuado ante una situación de emergencia sin precedentes. Y aunque no podemos conocer el futuro, la pandemia podría exacerbar aún más esas desigualdades. Pero la puerta queda abierta a la esperanza. A falta de una mirada retrospectiva que permita analizar su efectividad, la Administración central ha adoptado un paquete de medidas económicas orientado a proteger a los más vulnerables. Entre estas se incluyen la moratoria en el pago de hipotecas, la prohibición de cortar el agua, la luz o el gas a colectivos vulnerables o garantizar la prestación por desempleo a los afectados por los ERTES.

Asimismo, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, explicaba en una entrevista en el diario El País hace unos días, que se habían relajado las normas de ayudas públicas de los Estados y que aportaría una fuerte inyección económica a aquellos países más golpeados por la crisis sanitaria. Y añadía: “Ningún país de la Unión Europea puede superar esta crisis por sí solo, pero juntos desarrollaremos la fortaleza no solo para luchar contra el virus, sino también para recuperar el vigor de nuestra economía”. Un vigor que se verá también reflejado en nuestra capacidad de reducir unas diferencias sociales hoy más visibles que nunca.

#Coronavirus y teletrabajo: ¿Estábamos preparados?

Diseño: Natalia Ortiz

Antes de que la crisis del coronavirus llevase a toda la sociedad española a un confinamiento sin precedentes, el teletrabajo era una opción poco utilizada por las empresas de nuestro país. De hecho, según un estudio de Eurostat, en 2018 la población ocupada que normalmente trabajaba a distancia en España era de un 4,3%, una cantidad por debajo de la media europea que se sitúa en un 5,2%. El contrapeso lo ponen países como Países Bajos (14%), Finlandia (13%) o Luxemburgo (11%). Sin embargo, ahora, la pandemia ha obligado a marchas forzadas a implantar el teletrabajo en aquellas empresas en las que sea posible para no paralizar al completo la actividad económica. ¿Pero de qué manera se están adaptando las empresas a esta nueva realidad? ¿Estaban realmente preparadas, en todos los sentidos, para utilizar este sistema? ¿Cómo afectará en el futuro?

"La brusquedad e intensidad que puede requerir adoptar una medida masiva de teletrabajo en la situación actual está lejos de ser la óptima para obtener los beneficios que brinda el teletrabajo, que son muchos", explica María Isabel Labrado Antolín, investigadora del Departamento de Organización de Empresas y Marketing de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Así, el escenario no es el idóneo, pero para la experta, no impide reflexionar sobre las ventajas del teletrabajo. La principal, según esgrimen sus partidarios, es la posibilidad de tener una autonomía a la hora de trabajar. Le siguen una mayor facilidad para conciliar vida personal y laboral, el ahorro de tiempo y la mejora en la productividad y el rendimiento.

En 2018 solo un 4,3% de la población ocupada trabajaba a distancia

Con la declaración del estado de alarma, quizá ninguna de estas virtudes se hace especialmente visible: según exponen desde el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, la tensión por no poder salir de casa se va acumulando y –sumado a la ansiedad, la falta de ejercicio y de interacción social, y en algunos casos, de atender a los hijos­– va haciendo mella en nuestro sistema nervioso de tal manera que posiblemente la concentración sea menor que una situación normal. Sin embargo, los expertos no dejan de ser optimistas en este aspecto.

Pedro Ramiro Palos, profesor de Sistemas de Información en la Empresa de la Universidad de Sevilla, y Víctor Garro, profesor en la Escuela de Ingeniería en Computación del Instituto Tecnológico de Costa Rica, señalan que “las soluciones de teletrabajo que se están tomando ante esta crisis sanitaria pueden crear una ventana de oportunidad para su adopción de forma más generalizada a futuro”. Pero advierten que “hacerlo de manera apresurada puede conllevar muchos riesgos”. Sobre todo porque podría acentuar una brecha que estos días ha quedado al descubierto: la digital.

El sistema empresarial español está principalmente basado en pequeñas y medianas empresas (que suponen, según cifras del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo, el 99% del tejido empresarial) dedicadas, en gran parte, a sectores donde no hay opción para trabajar a distancia, desde los servicios de limpieza o sanitarios a las tiendas de alimentación. Sin embargo, en las que sí hay esa posibilidad, apenas un 14% de ellas tiene un plan de digitalización en marcha, según aseguraba hace unos días Gerardo Cuerva, presidente de la patronal Cepyme.

Así, queda de manifiesto que el grueso de las empresas en España no cuenta con los recursos necesarios para garantizar las mejores condiciones en el teletrabajo. Por supuesto, siempre hay excepciones: las grandes corporaciones en nuestro país no han tenido demasiados problemas para afrontar esta situación. Una semana antes de que el Gobierno declarase el estado de alarma, el pasado 5 de marzo la firma EY envió a toda su plantilla a trabajar desde casa tras registrar un positivo por coronavirus en su sede central. A lo largo de la siguiente semana, el resto de grandes corporaciones se sumaron a la recomendación de las autoridades de facilitar el teletrabajo en la medida de lo posible. Algunos ejemplos son Red Eléctrica, BBVA, Bankia y Telefónica.

Pero el reto del teletrabajo no depende solamente del número de trabajadores que tenga un empresa, sino de otros muchos más factores relacionados con los recursos tecnológicos y la preparación laboral de cada empresa.

El grueso de las empresas no cuenta con los recursos necesarios para el teletrabajo

"Establecer un equipo virtual de teletrabajo no solo implica que el trabajo se realice a distancia, sino que también establece una relación formal de cooperación de equipo entre el empleado, el responsable y los compañeros con el máximo nivel de interacción, comunicación y trazabilidad de tareas. Además, requiere el uso de herramientas colaborativas, con métricas de avance y rendimiento sobre los objetivos planteados", explican Garro y Palos, que apuntan que su uso es ya habitual en empresas con proyectos de desarrollo repartidos en distintos puntos del mundo o que han requerido de la colaboración de profesionales externos.

El teletrabajo más allá de la tecnología

Para María Isabel Labrado, además de una tecnología preparada y suficiente para llevar a cabo el mismo trabajo desde ubicaciones remotas, también es necesario implantar procesos para regular la nueva relación entre empresas y empleados, "más basada en la virtualización, versatilidad y automatización de tareas". "La cultura empresarial, especialmente la cultura comunicativa, jugará un papel decisivo en el éxito o fracaso de las medidas que se apliquen; la transmisión de información, la toma de decisiones, la confianza, delegación de responsabilidades y dinámicas de equipo, entre otros, se verán afectadas por los nuevos estilos de trabajo", analiza.

Más allá de los contratiempos tecnológicos y laborales, no hay que dejar de lado la vertiente emocional del teletrabajo. Si las empresas deben aprender a verificar las condiciones de trabajo del empleado en remoto y saber gestionar los procesos, las tareas que debe desempeñar y cuándo debe hacerlo, también es imprescindible que el propio trabajador esté mentalmente preparado para ello. Establecer unos límites horarios al igual que si estuviera en la oficina, separar el espacio de trabajo y el de ocio dentro de la vivienda o mantener una comunicación fluida con sus responsables y compañeros son algunas de las condiciones básicas. Pero no las únicas: aspectos intangibles como la confianza, la ética o la motivación son decisivos para que su implantación tenga éxito.

Aunque es pronto para saber cómo influirá la crisis del coronavirus en la normalización del teletrabajo, todos los expertos creen que de estos meses dependerá su futuro en nuestro país. "El COVID-19 pasará en un tiempo, pero la experiencia generada con el teletrabajo en equipo virtual, organizado con buenas prácticas de gestión y colaboración, aunado a la incorporación del 5G, marcará una nueva era en las relaciones laborales y las tareas para las empresas que se sumen a esta evolución", concluyen Palos y Garro.