Harriette Chick, defensora del 'somos lo que comemos'

Cuando el raquitismo parecía inevitable, Harriette Chick se centró en la dieta y cambió para siempre la forma de entender y proteger la salud infantil europea.


A comienzos del siglo XX, el raquitismo formaba parte de la cotidianidad de muchas ciudades industriales europeas. La enfermedad debilitaba los huesos de los niños, retrasaba su crecimiento y podía provocar deformaciones en las piernas y el tórax. Sus causas, sin embargo, generaban discusión, pues algunos médicos la atribuían a una infección, y otros a la falta de ejercicio, el hacinamiento o una supuesta debilidad hereditaria. 

Sus investigaciones ayudaron a desarrollar métodos para evaluar los desinfectantes, fundamentales para el tratamiento del agua y el control de enfermedades infecciosas

Harriette Chick cambió aquella mirada. Esta microbióloga y nutricionista británica defendió con evidencias que ciertas enfermedades no procedían necesariamente de un microorganismo, sino que podían aparecer cuando al organismo le faltaba algo esencial. Su trabajo contribuyó así a consolidar la idea, hoy evidente, de que la alimentación y el entorno también determinan nuestra salud.

La investigación como pilar

Nacida en Londres en 1875, Chick estudió ciencias en el University College de Londres y comenzó su carrera investigando las aguas contaminadas y los procesos de desinfección. En 1905 logró incorporarse al Lister Institute of Preventive Medicine, pese a las resistencias iniciales que despertaba entonces la presencia de mujeres en los espacios científicos. Allí estudió cómo el tiempo, la temperatura y la concentración de una sustancia desinfectante influían en la eliminación de bacterias. Sus investigaciones ayudaron a desarrollar métodos más precisos para evaluar los desinfectantes, fundamentales para el tratamiento del agua y el control de enfermedades infecciosas. 

Su gran aportación consistió en reunir pruebas clínicas capaces de demostrar que la enfermedad podría prevenirse mediante la alimentación y la luz

En 1919, tras la Primera Guerra Mundial, Chick encabezó un equipo enviado a Viena por el Medical Research Council y el Lister Institute, pues la ciudad sufría una grave escasez de alimentos y numerosos niños presentaban raquitismo. Aquel contexto dramático ofrecía la posibilidad de investigar hasta qué punto la enfermedad estaba relacionada con las carencias nutricionales. 

El equipo comparó la evolución de niños sometidos a distintas dietas y condiciones y los resultados mostraron que el aceite de hígado de bacalao podía prevenir y tratar el raquitismo. También comprobaron que la exposición a la luz solar o a lámparas ultravioletas producía una mejora semejante. Ninguno de los bebés que recibió aceite de hígado de bacalao durante el invierno desarrolló la enfermedad, mientras que las observaciones radiográficas permitieron confirmar su marcada incidencia estacional.

De la intuición al remedio

Chick no fue la primera persona que relacionó el sol con el raquitismo, ni descubrió por sí sola la vitamina D. Su gran aportación consistió en reunir pruebas clínicas capaces de demostrar que la enfermedad podía prevenirse mediante la alimentación y la luz. Con ello ayudó a convertir una antigua intuición en una herramienta de salud pública. Sus hallazgos favorecieron la incorporación de suplementos nutricionales y medidas preventivas dirigidas a la infancia. 

También ampliaron la forma de entender la enfermedad, pues curar no siempre significaba combatir un agente infeccioso, sino que, en ocasiones, exigía mejorar la dieta, las condiciones de vida y el acceso a entornos saludables. Harriette Chick vivió hasta los 102 años, y su legado recuerda que la medicina también puede estar en los alimentos que llegan a la mesa, en el agua que bebemos y en la luz que recibimos sobre la piel.