Categoría: Agenda 2030

El camino a la visibilidad real, también en el trabajo

Nuestro país es la nación europea con más población LGTBi. También una de las naciones más respetuosas con la diversidad sexual. Y aun así, cruzar la puerta del trabajo todavía es sinónimo de ocultar su identidad sexual para siete de cada diez personas del colectivo, tal y como desvela el Proyecto Europeo ADIM Avanzando en la gestión de la diversidad LGBT en el sector público y privado. 

El miedo a ser objeto de insultos, burlas o comentarios negativos lleva a las personas del colectivo a dejar su vida personal reservada a la esfera privada, absteniéndose de compartir cualquier tipo de comentario más allá de lo puramente profesional. Mientras el resto de los compañeros comentan las últimas vacaciones con su pareja o comparten cualquier tipo de problema personal con el resto de la plantilla, ellos vuelven al armario.

Cuatro de cada diez empleados LGTBi esconden su identidad sexual por miedo a reforzar estereotipos

Más de la mitad lo hacen porque creen que su vida privada es algo personal, un rincón que debe quedar protegido de lo público. Sin embargo, el estudio elaborado por ADIM (con la participación del Ministerio de Igualdad, 16 empresas y ocho universidades públicas), invita a mirar con lupa esta idea. Y es que, detrás se esconde el miedo más que el pudor: un 43% se esconde para evitar rumores o estereotipos sobre su persona, un 32% para no verse obligado a dar explicaciones, un 21% por temor a que se le cierren puertas profesionales y un llamativo 7%, directamente, para evitar perder su puesto de trabajo.

Además, la discriminación no solo llega cuando ya se ha firmado el contrato. También a la hora de buscar empleo, una realidad que afecta especialmente a las personas trans: según la European Union Agency for Fundamental Rights, en España, el 77% de las mujeres trans ha sufrido discriminación a la hora de conseguir un puesto y, tras hacerlo, cinco de cada diez han sido víctimas de actitudes vejatorias. En el caso de los hombres trans, las cifras no son mucho más alentadoras: un 34% también han sido víctimas de discriminaciones.

La realidad laboral contrasta con la social, mucho más abierta y tolerante con el colectivo. Y en un momento como en el que nos encontramos, donde la defensa de la diversidad es la base de las sociedades más justas, crear un ambiente laboral inclusivo es tan fundamental como en el espacio público. A fin de cuentas, el tejido empresarial repercute directamente en la sociedad. Y viceversa.

En busca de un espacio seguro

El elemento diferencial para crear un ambiente diverso no es otro que la confianza: la garantía de un espacio seguro donde compartir información con la seguridad de que no va a suponer un perjuicio profesional o personal. La guía de Buenas Prácticas en diversidad LGTBI publicada por la Fundación Seres no deja lugar a dudas cuando asegura que la transformación debe ocurrir desde dentro, ya que la defensa de la igualdad del colectivo LGTBi no solo generará espacios laborales más plurales, sino que permeará hacia el resto de la cadena de valor, desde clientes a proveedores.

Así, la fundación, junto a más de una veintena de empresas instaladas en España con largo recorrido en políticas de diversidad, dibuja una hoja de ruta para fomentar la visibilidad real en las compañías. De forma resumida, la transformación pasa por una fase de reflexión y un plan de acción que incluya políticas internas, formación en diversidad y redes de empleados donde los trabajadores puedan expresar sus problemas y apoyarse mutuamente.

En la actualidad, 110 empresas en España están adheridas a la Red Empresarial por la Diversidad e Inclusión LGTB

Esta es una estrategia que están desarrollando ya numerosas compañías en España de distintas formas (aunque con el mismo objetivo): algunas financian investigaciones sobre discriminación para promover una cultura inclusiva dentro y fuera de la empresa, otras construyen redes de apoyo tan amplias que recorren el globo concienciando sobre diversidad mientras que, en otros entornos laborales, los empleados con puestos ejecutivos se muestran abiertamente LGTBi para construir una comunidad de visibilidad y promover iniciativas de concienciación y de liderazgo entre el resto de trabajadores.

En realidad, la semilla del cambio por una visibilidad real se plantó en 2015, cuando en España nació la Red Empresarial por la Diversidad e Inclusión LGTBI, la primera red interempresarial y de expertos de diversidad que cuenta actualmente con 110 empresas de distintos sectores asociadas a través de sus iniciativas de inclusión.

Casi diez años después, la entidad demuestra que hay empresas verdaderamente comprometidas a la hora de convertirse en espacios inclusivos, por ejemplo, ofreciendo canales de atención para que los empleados consulten temática LGTBi, realizando campañas anuales para visibilizar al colectivo, apoyando a las personas en transición de género, incluyendo personas LGTBi en puestos de alto rango o creando, más allá de proyectos individuales, grupos de talento y diversidad con amplia representación LGTBi.

Asegurar el bienestar del colectivo es un deber. También un importante valor añadido. Como advierte el estudio de la Unión Europea, «las compañías que trabajan la diversidad sexual son mucho más efectivas a la hora de potenciar la creatividad y la innovación, pues aseguran el bienestar de quienes trabajan en ellas y garantizan su mayor implicación». La ecuación es sencilla: la diversidad es proporcional al grado de bienestar de los empleados. Más es más. Y, siempre, debe ser igual.

Los derechos humanos, bajo la lupa

Los períodos de crisis tienden a tener un efecto negativo en los derechos de la población. Los derechos humanos y sociales son un daño colateral de las situaciones problemáticas, como han ido demostrando las grandes vicisitudes de la historia reciente. La Gran Recesión de hace poco más de una década impactó profundamente en la sociedad, aumentando las desigualdades y precarizando derechos. La gran pregunta ahora es si la pandemia del coronavirus ha tenido un efecto similar.

La FRA alerta: «la pandemia ha tenido un tremendo efecto negativo en el disfrute por parte de la gente de los derechos sociales»

El último estudio de la Agencia de los Derechos Fundamentales (FRA, por sus siglas en inglés) ha abordado esa cuestión, analizando la factura del covid-19. Sus investigaciones confirman que la crisis sanitaria sí ha tenido un efecto directo sobre los derechos de la ciudadanía europea. El Informe de la FRA sobre los derechos fundamentales de 2022 concluye: «la pandemia ha tenido un tremendo efecto negativo en el disfrute por parte de la gente de los derechos sociales, afectando a todas las áreas de la vida».

Así, durante los últimos años se han hecho más abruptas tanto la desigualdad como la situación de vulnerabilidad de ciertos colectivos. Quienes estaban en una posición precaria antes de la crisis sanitaria, han salido de ella en una situación mucho peor. De hecho, el porcentaje de europeos que están en una situación delicada ha escalado. En febrero/marzo de 2021, el 23,7% de los habitantes de la Unión Europea reconocía que le costaba llegar a final de mes. En 2019, eran el 18,5.

También ha crecido el número de personas que siente que la sociedad europea las está dejando de lado. Es el 26% de los europeos, frente al 18,3% que aseguraba lo mismo en 2020. En este punto, la situación es más complicada para las mujeres que para los hombres. El 23,3% de los hombres asegura sentir esa percepción (frente al 17% de 2020), mientras que son el 27,7% de las mujeres (frente al 19,3% previo) quienes acusan esos efectos.  Por edades, los más jóvenes son –sin tener en cuenta el género– los más perjudicados. El 32,8% de los europeos de entre 18 y 34 años cree que la sociedad los está expulsando.

Los grandes puntos de tensión

Más allá de las percepciones de la ciudadanía y de lo que ha supuesto en términos de precariedad esta crisis, algunas áreas se han visto especialmente tensionadas. Entre todos los golpes que los derechos fundamentales han sufrido durante este último año, la FRA ha identificado tres áreas clave en las que los efectos han sido más duros.

La primera es la de los derechos de la infancia. Según las conclusiones del informe, la crisis ha aumentado el riesgo de exclusión y pobreza de aquellos menores europeos que ya estaban en entornos más desfavorecidos. Así mismo, la pandemia ha tenido un efecto directo –y para peor– sobre el bienestar infantil y el acceso a la educación. Por ejemplo, no toda la infancia contaba con los mismos recursos para acceder al e-learning.

Al 23,7% de los europeos les cuesta llega a fin de mes y el 26% siente que la sociedad los deja de lado

El siguiente punto en el que las cosas han empeorado ha sido en el racismo. Durante estos años pandémicos, tanto los delitos de odio como la discriminación han subido. De forma particular, la FRA destaca cómo ha aumentado «la incitación al odio en línea contra los migrantes y las minorías étnicas».

Por tanto, no sorprende que el otro gran punto en el que el organismo europeo ha identificado como tensionado haya sido el conectado con las migraciones. «Las personas migrantes fueron víctimas de violencia o expulsadas en las fronteras terrestres de la UE y más de 2.000 migrantes murieron en el mar», señala el comunicado en el que se aborda el estudio, recordando que el número de menores migrantes no acompañados que han llegado a las fronteras europeas en este período ha subido.

Por tanto, alerta la agencia comunitaria, es crucial que en los planes de recuperación europeos se tenga en cuenta el fomento de los derechos y, también, que se trabaje para la cohesión social. Por ahora, los fondos de recuperación ya han ido en esa dirección. «La respuesta a la pandemia del covid-19 y la guerra de Ucrania muestran cómo se forja la Unión Europea cuando se enfrenta a crisis», asegura el director de la FRA, Michael O’Flaherty, señalando que los planes de financiación «pueden y están marcando una diferencia significativa». La UE no debe perderlo de vista.

Capacitación digital más allá de las grandes ciudades

La primera vez que se habló de ciudades digitalizadas no fueron pocos los que pensaron en ciencia ficción. Poco a poco, el concepto fue tomando forma en la conciencia colectiva: frente a los múltiples retos a los que nos enfrentamos –el cambio climático, la incertidumbre económica, la crisis demográfica, la precariedad laboral o la gestión de recursos naturales–, una digitalización transversal a través del llamado internet de las cosas puede hacer de nuestras urbes lugares más inteligentes, eficientes, modernizados y, en consecuencia, más justos.

Lo cierto es que en los últimos años hemos perdido la cuenta de las veces que se ha hablado de la ciudad más inteligente de Europa. Las propuestas se cuentan por decenas y hay un problema: mientras las grandes ciudades rompen con las fronteras y se asientan en nuevos modos de vida, como advierte el Foro Económico Mundial en un reciente informe, las urbes medianas y pequeñas (y por ende las zonas rurales), ya de por sí afectadas por importantes brechas, se van viendo relegadas a un segundo plano y quedando, poco a poco, desancladas de esas innovaciones que pueden aproximarles al mismo futuro. Si la hoja de ruta de la digitalización no pasa por ellas, ¿cómo se van a plantear soluciones adaptadas a sus necesidades?

Según el INE, en las localidades de menos de 10.000 habitantes, solo un 36% de personas cuentan con habilidades digitales avanzadas

«Las ciudades medianas y pequeñas son una parte fundamental del sistema urbano, un nivel intermedio entre el campo y las grandes ciudades, lo que permite procesos como el desarrollo industrial, mejores servicios públicos, absorción de empleo y distribución de la población», explican Jeff Meritt y Xiao Si, los expertos de la organización que firman el informe. Es decir, son el equilibrio. «Permitir que en ellas ocurra una digitalización de tales resultados como la de las grandes urbes les ayudaría a aumentar su capacidad de acción en el entorno, la sociedad, la gobernanza y la economía».

Cuando esta digitalización no las alcanza, quienes las habitan pierden la posibilidad de ampliar sus capacidades digitales, lo que afecta también a las zonas rurales aledañas. En el caso de España, la valoración positiva renquea a la hora de analizar el capital humano en términos digitales. Así lo advierte el Índice de Economía y Sociedad Digital de la Comisión Europea y lo demuestra el Instituto Nacional de Estadística: en las localidades de menos de 10.000 habitantes (donde se incluyen los pueblos de la denominada España vacía), un 36% cuenta con habilidades digitales avanzadas, mientras que esa cifra alcanza casi el 50% en las de más de 100.000. Sin embargo, el mayor porcentaje de personas sin habilidades digitales se encuentra en las ciudades de menos de 10.000 habitantes y entre 10.000 y 50.000. Es decir, las pequeñas y medianas.

El dato preocupa también a los expertos del Colegio de Arquitectos de España, que lo conciben como una consecuencia de esa brecha digital entre urbes. Tal y como lo explican en su informe, sobre La tendencia inteligente de las ciudades en España: «En la mayoría de los países europeos existen ciudades inteligentes de diferentes dimensiones y, aunque muchas iniciativas todavía están en desarrollo, las grandes urbes tienden a estar más avanzadas. Esto pone de manifiesto el potencial riesgo de una brecha digital entre grandes y pequeñas ciudades; resulta paradójico que las ciudades pequeñas no puedan desenvolverse y ser más eficientes para la ciudadanía, que antes o después tratará de migrar hacia entornos más cosmopolitas».

Ese es el principal problema al que alude el Foro Económico Mundial: si una pequeña localidad, desprovista de habilidades digitales, no puede competir con el nivel de digitalización urbanita, inevitablemente acabará perdiendo población. Algo que, en el caso concreto de España, es especialmente dañino para el mundo rural. Y, como las fichas de un dominó, irá trayendo consigo más problemas: falta de talento digital, menos recursos económicos destinados a la transformación digital, mayor analfabetismo en tecnología y, finalmente, una desconexión del resto de poblaciones.

Soluciones reales (y eficientes)

¿Por dónde empezar a resolver este denominador común en el resto del globo? El Foro Económico Mundial no deja lugar a duda: urge una estrategia centrada en las necesidades particulares de cada pequeña y mediana ciudad, así como en zonas rurales, diseñada con la idea de construir alianzas entre gobiernos, empresas y la ciudadanía (una pieza esencial para diseñar un resultado que realmente funcione). En nuestro país, muchos se han puesto ya manos a la obra para formar a la ciudadanía en habilidades digitales.

Un buen ejemplo de este trabajo conjunto entre el ente público y el privado es el proyecto #MoverEspaña, desarrollado por la tecnológica HP, que incluye sesiones de formación en programación para profesores de escuelas rurales y en digitalización impartidas por expertos de HP en diferentes pueblos de la España vacía para, con el asesoramiento de grandes multinacionales tecnológicas, permitir que los vecinos puedan desarrollar sus propios proyectos contribuyendo a la innovación digital del pueblo.

La brecha entre localidades grandes y pequeñas trae consigo mayor analfabetismo en tecnología y, finalmente, una desconexión del resto de poblaciones

De la misma manera, Tu carrera digital, impulsada por Adecco Formación en la Comunidad de Madrid, capacita a jóvenes de todos los entornos urbanos en conocimientos y habilidades digitales para incrementar su inserción laboral; mientras tanto, el programa Conecta Rural impulsado por el Ministerio de Asuntos Sociales cuenta con más de una decena de talleres y webinars dirigidos a ciudadanos de las zonas rurales con el objetivo de dotarles de las herramientas fundamentales para que se desenvuelvan con las nuevas tecnologías.

Más recientemente, el Grupo Red Eléctrica y la fundación Cibervoluntarios han puesto en marcha Eje Digital, un programa de apoyo a la transformación digital del medio rural que busca mejorar las competencias digitales de las poblaciones rurales y favorecer así su reactivación económica y social. Ha comenzado como un proyecto piloto en cuatro municipios de Castilla y León, Aragón y Andalucía, con formaciones que alcanzarán al menos a 400 personas, y pronto se replicará en otras localidades. «La digitalización supone la diferencia entre estar o no estar, especialmente en las zonas rurales. Muchas personas tienen acceso a la tecnología pero carecen de competencias digitales, lo que les limita el acceso a la igualdad de oportunidades», explica Yolanda Rueda, presidenta de Cibervoluntarios.

De hecho, el desarrollo de habilidades digitales básicas forma parte de la conocida estrategia España 2050 elaborada por el Gobierno, por lo que es común encontrar en las agendas de muchas ciudades medianas y pequeñas algún programa o estrategia que apueste por la digitalización de las urbes. Al fin y al cabo, esta también se incluye en las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Y nadie puede (o debe) quedarse fuera.

Las mariposas, biomarcadores de salud de los ecosistemas

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El conocido “efecto mariposa” nos dice que un pequeño cambio en apariencia inocuo en un lugar puede tener consecuencias considerables en otro espacio. No es casual el animal elegido para el nombre de este efecto ya que las mariposas son claves para sostener la salud de los ecosistemas e indicar la calidad ambiental. Cualquier problema en la especie tiene numerosas repercusiones.

Los primeros bosques que habitaron la Tierra (y construyeron nuestro clima)

En el bosque del Guangdedendron, ubicado en la provincia china de Guangde, los árboles no superaban los siete metros de altura. Crecían poco a poco, como si les avergonzara que la luz del sol mostrara sus hojas al mundo. Pocos serían los testigos de este tesoro natural. Ni siquiera los dinosaurios paseaban por él, porque no existían. Hablamos del bosque más antiguo jamás registrado en Asia y probablemente uno de los primeros de la historia de la Tierra. Con una superficie de 250 metros cuadrados y 365 millones de años de antigüedad, Guangdedendron ha desvelado información sobre cómo se desarrollaron los sistemas de raíces de los bosques modernos hasta configurar los 4.000 millones de hectáreas forestales que en la actualidad cubren un 30% de la superficie terrestre.

De su existencia no hemos sabido hasta ahora, cuando un grupo de investigadores descubrió varios fósiles de este tipo de árbol ya extinto que da nombre al bosque. Era alto, delgado, verde, sin flor, con ramas curvas que caían hacia el suelo y con megaesporas que le permitían reproducirse. Junto a él crecieron otras especies, de las que el único antepasado que conservamos es el Archaeopteris. Todas y cada una de ellas dieron forma a los árboles que proporcionan nuestro oxígeno hoy.

Antes de los primeros bosques, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera era de 2.000 ppm; hoy es de 413 ppm

Si bien el de Guangdedendron es el descubrimiento más reciente, a la hora de hablar de los primeros bosques también se deben mencionar el bosque de Cairo (en Nueva York), del que la Universidad de Cardiff encontró hace más de 10 años fósiles de plantas extintas hace más de 300 millones de años, y el de Gilboa (también en Nueva York), considerado hasta ahora la muestra de árboles fosilizados más antigua del mundo, a la que se le calculan 385 millones de años.

¿Por qué son tan importantes estos hallazgos? Conocer el origen de estas zonas siempre ha sido un trabajo arduo para la comunidad científica. Es difícil seguir el rastro de especies vegetales que han vivido incluso más que los propios dinosaurios, de los que ya es de por sí complicado recabar información. Pero merecen el esfuerzo. Sin esos bosques, la vida no hubiese existido en la Tierra –o, al menos, no tal y como la conocemos–: su función termorreguladora, resultado de la captación de carbono, fue la responsable de llenar la atmósfera de oxígeno, reduciendo la presencia de dióxido de carbono, suavizando las temperaturas de las superficies terrestres y marinas (al igual que los fenómenos meteorológicos) y estabilizando el ciclo natural del agua. Conviene conocer su historia para saber cómo protegerlos.

Antes de los primeros bosques existieron también los helechos y otros tipos de arbustos más pequeños que contribuyeron, de cierta forma, a rebajar la temperatura del planeta. A medida que evolucionaron por la propia ley de la naturaleza, se convirtieron en árboles cada vez más altos, marcando el ritmo del descenso de la temperatura del planeta y motivando, así, la aparición de más especies vegetales que contribuyeron, a su vez, a este cometido.

La deforestación ha acabado ya con más de 178 millones de hectáreas de bosque desde 1990

Hay un dato que ilustra a la perfección el papel clave que jugaron los primeros árboles de la historia: antes de su aparición, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera era de casi 2.000 ppm (partes por millón). En el presente es de solo 413 ppm. En otras palabras, los árboles cambiaron el curso de la historia de la vida refrescando el planeta y propiciando la aparición de los glaciares y el hielo de los polos, fundamentales también para continuar manteniendo la temperatura del globo a raya.

En los últimos años, la comunidad científica ha aludido reiteradamente al origen de los bosques para concienciar sobre la importancia de protegerlos de la deforestación, que ha acabado ya con más de 178 millones de hectáreas de bosque desde 1990, como calculan las Naciones Unidas. Actualmente, África tiene la mayor pérdida neta de bosques de la última década (3,9 millones de hectáreas) seguida de América del Sur (2,6 millones de hectáreas), con Brasil, Bolivia y Paraguay entre los diez principales países que más árboles han visto desaparecer desde entonces.

Si bien es cierto que hace dos años se registró una reducción en la tala de árboles y un aumento de las zonas protegidas, el experto de la ONU Anssi Pekkarinen ha advertido que «necesitamos fortalecer nuestros esfuerzos para hacer más en menos tiempo. Ahora mismo, tardaremos 25 años más en acabar con la deforestación, cuando nos habíamos propuesto hacerlo para 2020».Mientras tanto, la historia de los bosques ha añadido una nueva página. Otro grupo de investigadores, esta vez del Servicio Geológico de China, ha descubierto algo nuevo en un sumidero a 192 metros de profundidad. Y tiene vida: es un bosque subterráneo que alberga árboles antiguos de 40 metros de altura y malezas de la altura de una persona que podría contener especies vegetales y animales desconocidas para la ciencia. Lo han bautizado con un nombre mandarín, tiankeng. El pozo celestial.

¿Qué hacen los museos para ser más sostenibles?

Cualquiera que haya estado en algún museo sabe que son espacios en los que todo está muy controlado. Las luces se ajustan a patrones analizados al milímetro y hasta la temperatura y los flujos de aire tienen razones claras para ser cómo son. En los museos se mide todo y se analizan los impactos de todos esos elementos, puesto que la atmósfera puede afectar a las piezas en exposición.

Pero estas instituciones, que celebran cada 18 de mayo el Día Internacional de los Museos, no están al margen del mundo en el que operan. Por eso, esas mediciones ya no solo tienen en cuenta cómo afectan las luces o las corrientes de aire a las pinturas o a las esculturas, sino que también calibran cómo impactarán ellos mismos en el entorno. Los museos quieren ser más sostenibles.

Reutilizar y compartir materiales con otros museos ayuda a reducir la huella de las exposiciones: el Guggenheim o el MACBA lo hacen

¿Qué están haciendo de forma específica los principales museos de España? Los que forman el llamado Triángulo del Arte en Madrid, el Reina Sofía, el Prado y el Thyssen-Bornemisza –líderes en visitas en todo el país– han puesto en marcha iniciativas para cambiar la iluminación y hacerla más sostenible o medir su huella de carbono, algo en lo que el Prado fue pionero.

Por supuesto, la sostenibilidad no es solo reducir emisiones, sino también hacer estos espacios expositivos mucho más accesibles, igualitarios y con impacto en los ODS de Naciones Unidas.

Por ejemplo, el Reina Sofía ha puesto en marcha en colaboración con la Fundación ONCE el Programa ACAI, centrado en las personas con discapacidad, tanto visitantes como trabajadores del museo. El Thyseen cuenta con recorridos centrados en la sostenibilidad, y el Prado ha creado laboratorios que abordan cómo el arte puede ayudar en la «educación ambiental».

Más al norte, el Guggenheim de Bilbao funciona como un referente para los viajeros que visitan la ciudad, pero también como una muestra de cómo pueden ser las políticas museísticas sostenibles.

Además de medir su huella de carbono directa e indirecta, el Guggenheim acaba de presentar, aprovechando su 25 aniversario, un plan orientado a reducir su impacto ambiental. Ya han cambiado los sistemas de iluminación o las materias primas que emplean, pero ahora quieren descubrir el impacto que tienen los desplazamientos de la plantilla del museo o de las obras de arte o la huella ambiental de cada una de sus exposiciones. Esa información les servirá para tomar decisiones más sostenibles. Por ejemplo, y muy conectado con la economía circular, van a empezar ya a compartir materiales como peanas o vitrinas con otros museos de su área de influencia.

El Ministerio de Cultura lanzó en 2015 su plan Museos + Sociales, que busca mejorar el papel social de los museos

En Barcelona, el MACBA prioriza desde 2017 tanto la sostenibilidad medioambiental como la responsabilidad social a la hora de tomar decisiones. Esto impacta en cómo gestionan los espacios, tratan los residuos o reaprovechan materiales. Incluso han llegado a cambiar sus estilos de impresión de la web para que sean más simples. Solo con los cambios aplicados de forma directa en su sede, el consumo energético ha descendido en un 11,99%.

Más allá de los nombres más populares, en general, los museos españoles cuentan con estrategias de sostenibilidad. El Ministerio de Cultura lanzó en 2015 su plan Museos + Sociales, al que están vinculados todos los espacios que gestionan y otros museos particulares. La idea detrás del plan es la de convertirlos en lugares más abiertos a través de «acciones encaminadas a potenciar su papel social» y reducir su impacto en el medio ambiente.

Patrimonio cultural y sostenibilidad

Finalmente, no hay que olvidar que el patrimonio cultural es, en sí mismo, crucial para mantener sociedades más justas. Que una cultura desaparezca no dice nada bueno sobre la igualdad de oportunidades, por ejemplo, o sobre los equilibrios sociales.

Igualmente, resulta clave para cumplir con no pocos de los ODS; solo hay que pensar en el objetivo 5, el de igualdad de género, para comprenderlo. Los museos están replanteándose cómo muestran sus colecciones y quiénes están en sus salas para ser más igualitarios. La exposición Invitadas, del museo del Prado, es un ejemplo reciente.

En resumidas cuentas, no solo los museos quieren ser más sostenibles a todos los niveles, sino que además son una llave para que, de forma indirecta, se logren muchos objetivos de desarrollo.

El reciclaje: la clave para reducir el consumo energético

Reducir el consumo energético, en aras de salvar al planeta de los drásticos efectos del calentamiento global, no es una tarea sencilla. Sin embargo, la solución a esa urgencia puede estar en la suma de incontables gestos cotidianos (transformados en hábitos) al alcance de todos, como depositar el plástico y el cartón en los contenedores de reciclaje correspondientes. Sencillamente, porque el hecho de darle una segunda oportunidad a un producto o a un material disminuye drásticamente el impacto de la actividad humana en el medio ambiente. Y por esa misma razón cada 17 de mayo celebramos el Día Mundial del Reciclaje.

En 2020 se reciclaron 900.000 toneladas de vidrio al año, y eso ahorró un consumo de energía equivalente al de todos los hospitales españoles durante dos años

Crear desde cero una bolsa de plástico, unos vaqueros, una botella de vidrio, una lata o una caja de cartón, requiere un esfuerzo energético enorme. Hablamos en términos de electricidad y de agua durante todos los procesos de producción, desde la extracción hasta el transporte de los materiales. Por ejemplo, reciclar una lata de aluminio puede ahorrar hasta el 95% de la energía que se utilizaría para fabricarla, como así lo sostiene la Guía Práctica de la Energía, del Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE).

De no asumir al reciclaje como un hábito indispensable para frenar el daño ecológico, estaremos condenados a ver más casos dramáticos como el cementerio de ropa en el desierto de Atacama (en Chile), donde miles de toneladas de prendas (que han sido usadas  una media de siete veces) ) terminan en un vertedero a cielo abierto. Según Ecoalf, empresa de moda pionera en la utilización de materiales reciclados, el 63% de esas prendas termina transformando un ecosistema en un muladar. No olvidemos que es precisamente esa industria la responsable del 20% de la contaminación y desperdicio de agua en el mundo, y que para fabricar unos vaqueros se necesitan 7.500 litros de agua (la cantidad que bebe una persona a lo largo de siete años). Por eso, en la reutilización y el reciclaje está la clave. De acuerdo con un estudio de la Universidad Politécnica de Cataluña, al reciclar o reutilizar un kilo de ropa, estaremos evitando la emisión de hasta 25 kilos de CO2. Un dato de gran relevancia si tenemos en cuenta que el 80% de la ropa es reciclable, y el 88% reutilizable, según la citada investigación.

La nueva Ley sobre residuos y suelos contaminados plantea una reducción del 70% en el mercado de plásticos para 2030

Al aprovechar un material que ya ha sido producido, los gastos energéticos y el impacto ambiental bajan considerablemente. De tal manera que si todos los eslabones en la cadena del reciclaje funcionan, esta práctica se puede traducir en cifras sumamente optimistas en cuanto al (tan necesario) ahorro energético. Según los últimos datos de Ecoembes, en 2020 se reciclaron 1,5 millones de toneladas de recipientes domésticos, lo que evitó el consumo de 6,37 millones de megavatios hora. Siguiendo la misma línea, Ecovidrio (durante el mismo periodo) recogió en España 900.000 toneladas de vidrio. La mayoría de ellas (hablamos de 843.000 toneladas) fueron recolectadas vía contenedores verdes, y eso equivaldría al consumo energético total de todos los hospitales españoles durante dos años. En definitiva, reciclar, en términos energéticos, es sinónimo de ahorrar.

Por último, sabemos que la circularidad es una de las claves hacia la sostenibilidad, y muestra de ello es la nueva Ley de residuos y suelos contaminados que entró en vigor en España el pasado 10 de abril. Esta disposición plantea varias reformas importantes, pero destacan dos de ellas: la primera es que para 2026 el mercado de los plásticos de un solo uso deberá de reducirse en un 50%; para 2030, la reducción deberá de ser del 70%. La segunda medida se trata de dos impuestos: el primero, grava la importación, fabricación y adquisición intercomunitaria de envases no reutilizables que contenga plástico; el segundo, es un impuesto al depósito de residuos plásticos en vertederos.

Proteger las plantas para proteger la vida

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Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), las plagas y enfermedades de las plantas provocan la pérdida de hasta el 40% de los cultivos alimentarios a nivel mundial. Por ese motivo, en 2021 Naciones Unidas estableció el 12 de mayo como el Día Internacional de la Sanidad Vegetal.

Nacer sin existir. La identidad como factor clave en la protección de los derechos humanos

Nacer, pero sin existir. Como si la vida dejase a alguien en el camino. Con una historia personal, pero sin un rostro oficial. Esa es la situación en la que se encuentra una cuarta parte de los niños y niñas en el mundo: en total, según cifras de las Naciones Unidas, 166 millones de menores de cinco años no están registrados oficialmente en sus países. Sin identidad, son invisibles a la hora de acceder a la educación, la atención médica y otros servicios básicos en cualquier sociedad.

Cada día nacen en el mundo miles de niños que quedan sin registrar y, por tanto, desprovistos de un nombre reconocido y de una nacionalidad. A pesar de que durante las últimas décadas la población mundial infantil ha crecido exponencialmente, cuando se pone la lupa sobre los registros de algunos países aparece ese agujero negro. A pesar de que lo establece la Convención de los Derechos Humanos del niño, en los países más vulnerables la identidad de los más pequeños a través de los certificados de nacimiento todavía hoy no está garantizada.

Según Unicef, en 2007, solo un 0,1% de los recién nacidos en las islas Salomón contaban con un certificado de nacimiento

«El registro de nacimiento es más que un derecho. Muestra cómo la sociedad reconoce y admite su identidad y existencia», explicaba la directora adjunta de UNICEF, Geeta Rao Gupta, en un informe que analiza el fenómeno en 174 países. «Es clave para garantizar que los niños no sean olvidados, que no se queden detrás del progreso de sus naciones».

Esa es precisamente una de las metas que se han propuesto –y que ha pasado más desapercibida que otras– los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Concretamente, es el ODS 16, que busca apuntalar la justicia y las instituciones sólidas, el que recoge esta meta, la 16.9: proporcionar una identidad jurídica a todas las personas, evitando así que la infancia pase por ese coladero de sistemas incapaz de ampararla. Según UNICEF, los porcentajes más bajos de registros de nacimiento se encuentran en Somalia (3%), Liberia (4%), Etiopía (7%), Zambia (14%) y Chad (16%).

En busca de los niños sin nombre

Si ningún ser humano es una isla entera por sí mismo, como ya se encargó de decir el poeta John Donne, sino que cada uno es una parte de una sociedad al completo, ¿por qué todavía nos encontramos con este alto número de personas invisibles? Los expertos apuntan como principal barrera a la dificultad de establecer sistemas de registro en países con pocas y malas infraestructuras de comunicación. Ese es el motivo por el que el fenómeno de la no-identidad se da, como indica UNICEF, principalmente en las zonas del África subsahariana y el sudeste asiático, donde al mismo tiempo encontramos la mayor parte de los conflictos armados activos: Afganistán, Siria, Yemen, las luchas en el Sahel o la guerra olvidada de Sudán del Sur.

Así, el descontrol de los registros es retroalimentado por la inseguridad de estos territorios y las instituciones débiles, que complican aún más la emisión de certificados de nacimiento de sus habitantes. Sobran los ejemplos: en 2007, en las islas Salomón, con más de seis millones de habitantes e importantes conflictos étnicos, solo el 0,1% de los menores del archipiélago contaron con un certificado de nacimiento. Y en Papúa Nueva Guinea, UNICEF encontró un único punto de registro civil para una población de siete millones de habitantes, lo que dificultaba a muchos el desplazamiento al no poder permitirse perder días de trabajo o afrontar los gastos de transporte correspondientes.

La falta de una identidad oficial sitúa en un punto delicado a las poblaciones de por sí vulnerables, como las mujeres, los migrantes o las minorías étnicas

Son las propias instituciones las que no se encargan de facilitar el registro a sus habitantes o de informarles adecuadamente sobre cómo proceder con el certificado de nacimiento, poniendo demasiadas trabas burocráticas. De hecho, como reveló un estudio de Data2X, la alta mortalidad de los menores de cinco años desmotiva a muchos padres a invertir tiempo en conseguirles una identidad, optando por destinar sus escasos ingresos a aspectos considerados más urgentes, como la alimentación o la vivienda.

La siguiente ficha del tablero la mueven los propios sesgos culturales de cada país, que suelen priorizar el registro de un género o una etnia, especialmente en las zonas rurales. Así, el problema se vuelve aún más complejo para las mujeres, los migrantes y las minorías, lo que a la vez hace su situación aún más delicada: desprovistos del amparo del sistema, se encuentran aún más indefensos frente a situaciones de trata y abuso, pero también ante problemas serios de salud –sin estar registrados no pueden acceder a tratamientos y vacunas– o la pobreza endémica.

Por último, los movimientos masivos de poblaciones, que cada vez superan más techos debido a los desplazamientos provocados por los conflictos armados y las consecuencias del cambio climático, hacen aún más invisibles a esas personas que nacieron sin identidad. Ante una llegada masiva de refugiados sin nombre, a cualquier país le resulta imposible asegurar su protección sin contar con un solo dato oficial de su vida. Y es un suma y sigue: de nacer nuevos bebés en los campos de refugiados y zonas de asilo, esta invisibilidad se hereda hacia el resto de las ramas del árbol genealógico.

Ante esta situación, y aprovechando los beneficios que ofrece la digitalización, países como Belice –donde gran parte de la población cuenta con teléfonos móviles– decidieron en plena pandemia buscar formas de incrementar las partidas de nacimiento, aprovechando los paquetes de ayuda contra la covid-19 para incluir folletos explicando cómo rellenar un formulario de registro en una app conectada directamente con el registro civil y centrándose en las comunidades más vulnerables, como los nacidos en comunidades indígenas o los solicitantes de asilo.

Otras estrategias como vincular el registro de las campañas de vacunación o las campañas de certificación itinerantes han mostrado también cierto éxito en países como Guinea y Sudán, recuperando algo fundamental en cada persona: la protección de sus derechos (que es la de su propia vida).

Salud mental en adolescentes: la asignatura pendiente

Uno de cada siete adolescentes en el mundo padece algún trastorno mental. Son estadísticas de la Organización Mundial de la Salud que ayudan a visualizar en números lo que los medios empiezan ya a tratar como la próxima gran epidemia que marcará la salud de la población.

La crisis del coronavirus y sus consecuencias han llevado a que se hable mucho más de salud mental; ya que con la pandemia aumentaron los casos de depresión y ansiedad, sobre todo en adolescentes. “La pandemia ha destruido la salud mental infantojuvenil», resumía a finales de 2021 en una entrevista el pediatra del servicio de psiquiatría del Hospital Nuestra Señora de Candelaria, en Tenerife, Pedro Javier Rodríguez.

Este aumento de los problemas de salud mental en la adolescencia ha provocado que el sistema sanitario español esté desbordado y sea incapaz de gestionar y atender a todos aquellos que lo necesitan. Un problema que se extiende a nivel mundial, ya que según cálculos de UNICEF, solo el 2% de los presupuestos sanitarios se destina a salud mental.

«La pandemia ha destruido la salud mental infantojuvenil», alerta un pediatra

Las cifras con las que Save the Children cerraba el segundo año de pandemia indicaban que entre niños y adolescentes se estaban registrando cuatro veces más problemas de ansiedad o depresión y tres veces más problemas de conducta que años anteriores. Un hecho que ratifican las estadísticas del informe sobre el Estado Mundial de la Infancia 2021 de UNICEF: uno de cada siete adolescentes tiene ya un diagnóstico de salud mental.

No obstante, según este informe, por mucho que la crisis de la COVID-19 haya empeorado las cosas, los problemas de salud mental existían mucho antes. De hecho, la tendencia de los años previos a la pandemia ya daba avisos de alerta. Tal y como muestran las cifras de Estados Unidos, entre 2007 y 2019 los datos de depresión grave subieron en un 60% entre los adolescentes y los de suicidio en cerca de otro 60% tras haberse mantenido estables entre 2000 y 2007.

No es solo el coronavirus

Por tanto, la gran cuestión no es únicamente cómo ha afectado la pandemia a la salud mental en la adolescencia, sino qué es lo que ya antes de la crisis del coronavirus estaba afectando a la salud mental de la población. «Los jóvenes cuentan con más nivel educativo, son menos propensos a embarazarse o a consumir drogas; menos propensos a morir por accidentes o lesiones», explica la psicóloga de la Universidad de California, Candice Odgers, que recuerda que, a pesar de todas esas mejoras, su bienestar mental muestra una tendencia muy negativa.

La crisis del covid no es la única culpable de la situación: los problemas ya venían de antes

La salud psicológica de los adolescentes se resiente del contexto en el que les ha tocado vivir. Los efectos de las redes sociales –a las que múltiples estudios acusan de afectar a su autoestima– o el modo en el que la tecnología ha afectado a los patrones de sueño son algunas de las razones que se suelen esgrimir para explicar por qué ha empeorado su salud mental.

Además, en esta ecuación no se puede olvidar el contexto socioeconómico en el que viven los jóvenes. Quienes crecen en un hogar con menos ingresos, alerta Save the Children, tienen mayor probabilidad de tener problemas de salud mental. Así, la precariedad económica también pasa factura a la población adolescente.

Igualmente, son muchas las investigaciones que demuestran que los efectos del cambio climático crean ansiedad entre este grupo poblacional. El 50% de los adolescentes a los que se contactó para llevar a cabo un estudio multinacional de la Universidad de Bath reconocía sentirse asustado, triste, ansioso o enfadado ante la posición de sus gobiernos frente al cambio climático. Es más, una de las responsables del estudio lo resumía apuntando a que la juventud se «siente traicionada» por su clase política en la gestión de la crisis medioambiental.

En resumidas cuentas, la salud mental de los adolescentes se ha convertido en una grave problemática del mundo actual. La gran cuestión ahora es qué se debe hacer para que deje de ser una asignatura pendiente.