El monte Fuji es una montaña volcánica y sagrada de Japón, famosa por ser el pico más alto del país. Un destino que suscita un enorme interés para los visitantes locales e internacionales pero que actualmente se enfrenta al reto de la masificación turística y a la contaminación atmosférica.
Categoría: Agenda 2030
«El futuro digital no puede construirse dejando a nadie atrás»
El debate sobre la brecha digital, el uso que hacemos de la tecnología o el papel de la inteligencia digital en nuestras vidas está cada día más presente. Hablamos con Antonio Pulido, responsable de Incidencia Social y Política Pública de la Fundación Cibervoluntarios, de cómo podemos disfrutar con salud y buen hacer de la tecnología.
¿Por qué es necesaria hoy una entidad como Fundación Cibervoluntarios?
La digitalización ya no es solo una cuestión tecnológica, sino que afecta al acceso a derechos, al empleo, a la educación, a la salud, a la participación ciudadana y a la autonomía personal. El problema es que la tecnología avanza más rápido que la capacidad de muchas personas para entenderla, usarla con seguridad y aprovecharla. Ahí es donde una entidad como Fundación Cibervoluntarios es necesaria: acompañamos a las personas para que la tecnología no sea una barrera, sino una oportunidad real.
Cuando hablamos de brecha digital, ¿a qué nos referimos exactamente? ¿A qué segmento afecta?
La brecha digital no es solo tener o no tener Internet. Hoy tiene varias capas. La primera es el acceso: conexión, dispositivos, cobertura. Pero después vienen otras brechas igual de importantes: saber usar la tecnología, entenderla, protegerse, hacer trámites, distinguir información fiable, crear contenidos, encontrar empleo o participar en igualdad de condiciones.
«La brecha digital es el acceso a la tecnología, pero también es saber usarla, entenderla y protegerse»
Afecta especialmente a personas mayores, población rural, mujeres en determinados entornos, personas migrantes, personas con discapacidad, familias con menos recursos, jóvenes vulnerables, pequeñas empresas, autónomos, entidades sociales y personas con bajo nivel de competencias digitales.
¿La tecnología y las redes sociales nos están afectando a la hora de relacionarnos? ¿Tiene esto consecuencias en la atención o el bienestar emocional?
Claro que nos están afectando, aunque no siempre para mal. La tecnología nos permite mantener vínculos, crear comunidad, aprender, participar o encontrar apoyo.
El problema aparece cuando el uso deja de ser consciente y se convierte en exposición constante, dependencia o consumo pasivo. Las notificaciones, el scroll infinito, la comparación social o la presión por estar siempre disponible pueden afectar a la atención, al descanso, a la autoestima y al bienestar emocional.
Después de más de 20 años de Internet en los hogares, ¿hemos aprendido a convivir con el mundo digital? ¿Qué carencias siguen existiendo?
Hemos aprendido a usar muchas herramientas, pero no siempre hemos aprendido a convivir de forma crítica, segura y equilibrada con ellas.
«El debate no es si la IA es buena o mala, sino quién puede usarla, para qué, con qué datos, con qué garantías y con qué capacidad crítica»
La gran carencia sigue siendo educativa y social: necesitamos formación digital a lo largo de toda la vida, no solo en la escuela, y necesitamos que esa formación llegue también a quienes no suelen estar en los espacios donde se habla de tecnología.
¿Qué consecuencias tiene el uso intensivo de pantallas, redes sociales y estímulos constantes? ¿Varían según la edad?
Las consecuencias pueden variar mucho según la edad, el contexto, el tipo de uso y el acompañamiento. En niños y niñas preocupa especialmente cómo afecta al desarrollo de hábitos, sueño, juego, atención y regulación emocional. En adolescentes, además, entra en juego la identidad, la autoestima, la presión del grupo, la validación social, el ciberacoso o la exposición a contenidos inapropiados.
¿Qué papel tiene la educación digital para evitar que la tecnología se convierta en una fuente de aislamiento o dependencia?
Tiene un papel central. La educación digital es la diferencia entre usar la tecnología por inercia y usarla con criterio. No basta con prohibir ni con entregar dispositivos. Hay que enseñar a comprender cómo funcionan las plataformas, cómo se protegen los datos, cómo se detecta una estafa, cómo se verifica una noticia, cómo se gestiona el tiempo de pantalla, cómo se convive en redes y cómo se pide ayuda cuando algo no va bien.
¿Puede la IA ayudar a reducir desigualdades digitales o existe el riesgo de que las amplíe?
Puede hacer las dos cosas. La inteligencia artificial puede ser una herramienta muy útil para acercar conocimiento, adaptar aprendizajes, facilitar trámites, traducir información, mejorar la accesibilidad o apoyar a pequeñas empresas y entidades sociales.
Pero también puede ampliar desigualdades si solo acceden a ella quienes ya tienen competencias digitales, buen nivel educativo, conectividad, dispositivos adecuados y capacidad para entender sus límites.
¿Qué competencias digitales son hoy imprescindibles?
Hoy necesitamos competencias digitales básicas, pero también competencias críticas. Saber buscar, interpretar y verificar información. Comunicarse y colaborar en entornos digitales. Hacer trámites online con seguridad. Proteger contraseñas, datos e identidad digital. Detectar fraudes, bulos y discursos de odio. Entender cómo funcionan los algoritmos y la IA.
¿Qué oportunidades ofrece un programa como Eje Digital, impulsado junto a Red Eléctrica?
Eje Digital es un ejemplo muy claro de cómo la formación digital puede convertirse en cohesión territorial. La oportunidad principal es que lleva la formación allí donde más falta hace, con cursos gratuitos, adaptados a distintos niveles y necesidades reales.
Si pudierais lanzar un mensaje a instituciones, familias y ciudadanía sobre el futuro digital, ¿cuál sería?
Que el futuro digital no puede construirse dejando a nadie atrás. A las instituciones les diríamos que la digitalización no puede medirse solo por cuántos trámites se ponen online, sino por cuántas personas pueden realizarlos con autonomía y seguridad.
Necesitamos una tecnología al servicio de las personas, abierta, ética, inclusiva, segura y sostenible. Y necesitamos una ciudadanía que no solo consuma tecnología, sino que la comprenda, la cuestione, la use para mejorar su vida y participe en cómo quiere que sea el mundo digital.
Las cuevas, la hemeroteca de la historia terrestre
Saber cómo era la Tierra hace millones de años, conocer cómo vivían nuestros antepasados o entender la vida en otros planetas se ha vuelto más fácil con el estudio de las cuevas.
Cuando el espeleólogo italiano Francesco Sauro logró acceder al Auyantepuy, estaba convencido de que bajo aquel mítico tepuy venezolano –del que cae el Salto Ángel con sus casi mil metros de altura– se escondía una cueva hacia una dimensión desconocida. Cuando finalmente dio con ella, una auténtica «isla en el tiempo» se abrió ante sus ojos. Inalterado durante miles de años, aquel ecosistema albergaba seres vivos que jamás habían visto la luz. Por ello, Sauro bautizó la cueva como el «continente oscuro».
A la hora de comprender cómo surge y evoluciona la vida, las cuevas funcionan como auténticos laboratorios naturales. En ellas se estudian la oscuridad, el aislamiento, el frío, la química mineral y la escasez de energía: condiciones similares a las que pudieron darse en los orígenes de nuestro planeta.
A la hora de comprender cómo surge y evoluciona la vida, las cuevas funcionan como auténticos laboratorios naturales
Sin embargo, la relevancia histórica de las cuevas no se limita únicamente a las particularidades de su entorno. En su interior también se conservan rastros de las distintas especies que han habitado la Tierra y de sus formas de vida.
En descubrimientos recientes realizados en Francia se han hallado huellas de dinosaurios en cavidades de hasta 500 metros de profundidad. Cuevas tan famosas como las de Altamira, Atapuerca o La Garma constituyen auténticos reservorios de huesos, herramientas y pinturas rupestres que se han conservado ajenos al mundo gracias a la estabilidad de la temperatura y a la escasa erosión sufrida con el paso del tiempo.
Pero la espeleología no solo permite viajar al pasado; también ayuda a explorar el espacio exterior y a estudiar la posible existencia de vida en otros planetas, como Marte. El planeta rojo tuvo en sus orígenes condiciones similares a las de la Tierra, y fue al perder su atmósfera cuando la vida desapareció de su superficie. Por ello, las formas de vida que encontramos en las cuevas podrían asemejarse a las que quizá sobrevivan hoy bajo la superficie marciana, ayudándonos a desentrañar si realmente existe vida más allá de nuestro planeta.
¿Qué podemos aprender del Valle de la Muerte?
Convertido en un auténtico laboratorio natural extremo, el Valle de la Muerte sirve como reflejo de los efectos del cambio climático: el aumento de las temperaturas globales bate récords de forma recurrente y supera con frecuencia los 50°C.
Basuras sin fronteras: el auge del tráfico ilegal de residuos
Este negocio clandestino se basa en trasladar desechos desde países ricos a regiones más vulnerables, gracias a rutas ocultas que ponen en jaque la protección del medioambiente y la salud a nivel mundial.
«Operación Custos Viridis» es el nombre de la mayor actuación internacional realizada hasta la fecha contra el tráfico ilegal de residuos, un negocio global que mueve desechos a menudo peligrosos a través de sofisticadas rutas intercontinentales, para reducir costes, eludir controles ambientales y maximizar beneficios.
La Guardia Civil, con la coordinación de Europol, lideró una operación de tres años de investigación y culminada en 2025 que logró desarticular redes criminales dedicadas al tráfico de residuos en los cinco continentes. El balance, hecho público el mes pasado, deja cifras contundentes: 127.000 toneladas de desechos incautados valorados en 31 millones de euros y 337 detenciones, 41 de ellas en España.
En una operación internacional se han incautado 127.000 toneladas de residuos ilegales, con un valor estimado de 31 millones de euros
Las investigaciones confirman que el tráfico ilegal de residuos opera a escala global gracias a circuitos paralelos. Según las autoridades, estas redes delictivas no solo se encargan de gestionar de manera irregular residuos urbanos e industriales, sino que además utilizan de forma sistemática la falsificación de documentos y prácticas fraudulentas para trasladar materiales peligrosos, lo que provoca un impacto ambiental significativo y supone un riesgo para la salud pública.
Entre los fenómenos detectados, destacan el aumento del comercio ilícito de gases refrigerantes procedentes de Asia y la exportación ilegal desde la Unión Europea de vehículos al final de su vida útil, textiles y residuos electrónicos hacia África, Asia e Iberoamérica. A nivel mundial, se incautaron 602 toneladas de agentes contaminantes, incluyendo mercurio, productos fitosanitarios y gases de efecto invernadero.
Solo en España se intervinieron 250 vehículos importados de manera ilícita y más de 3.000 certificados falsos de descontaminación, además de más de 5 toneladas de gases refrigerantes y 77 de residuos ilegales. Según los informes policiales, el país desempeña «un rol estratégico complejo en este entramado, actuando simultáneamente como origen, tránsito y destino de residuos». Los puertos de Algeciras, Barcelona, Valencia y Santander son puntos críticos de entrada y salida de estas mercancías.
Las redes criminales no solo gestionan desechos, también falsifican documentos para mover materiales peligrosos
El pasado febrero, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) publicó el informe Delitos y trata de residuos. En él se denuncia que estamos ante algo «increíblemente difícil de detectar, investigar y procesar» y que tiene graves consecuencias para el medioambiente, como la contaminación del agua, el suelo y los océanos, y la salud pública.
Un paso decisivo para combatir este problema global pasaría por la creación de un marco sancionador común. Aunque instrumentos como el Convenio de Basilea (suscrito por más de 170 países) establecen principios compartidos, las diferencias entre legislaciones nacionales en cuanto a sanciones, controles y capacidad de aplicación siguen generando vacíos que aprovechan las redes ilegales. La implantación de un sistema homogéneo de infracciones y penas no solo contribuiría a cerrar estas brechas, sino que también evitaría el desplazamiento de residuos hacia países con leyes más laxas.
En un contexto de creciente presión ambiental y normativa, mientras muchos ciudadanos suman su colaboración para mejorar la gestión de los residuos, el tráfico ilegal de estos supone uno de los grandes retos más inmediatos. Es necesaria una respuesta coordinada, sanciones más homogéneas y una vigilancia real sobre las cadenas globales de producción y desecho para que, en la práctica, no resulte más barato traficar con residuos que cumplir la ley.
Julia Wolfe: reivindicar a través de melodías
Desde las minas de carbón hasta la emergencia climática, la compositora Julia Wolfe ha hecho de la música un espacio de denuncia y movilización colectiva.
La música lleva siglos demostrando su poder transformador. Más allá de una expresión artística, la composición musical se ha convertido en una herramienta para entender lo que nos rodea. Ha servido para contar historias, dar voz a diferentes realidades y conectar a personas con contextos muy distintos. Decía Beethoven: «Toma la música en serio porque es una revelación más alta que la filosofía». Esta idea sigue vigente en compositoras como Julia Wolfe (1958, Pennsylvania), que ha hecho de la música una forma de cuestionar el mundo actual y una herramienta para movilizar conciencias en torno a los grandes retos sociales de nuestro tiempo. Con una música frecuentemente categorizada como postminimalismo, Wolfe ha construido una trayectoria en la que la creación artística y el compromiso social avanzan de la mano, dando forma a obras que se inspiran en historias reales.
La composición como discurso
Cofundadora del colectivo Bang on a Can, una de las plataformas más influyentes de la música experimental en Estados Unidos, Wolfe ha impulsado un lenguaje propio que mezcla minimalismo, rock y tradición clásica, rompiendo las barreras entre géneros y acercando la música contemporánea a nuevos públicos. Pero lo que realmente define su trayectoria es su capacidad para convertir la composición en una herramienta narrativa.
Con su obra Anthracite Fields, la compositora se sumerge en la vida de los mineros del carbón en Estados Unidos, recuperando sus voces a través de textos documentales, nombres propios y sonidos industriales. El resultado es una pieza que trasciende lo musical y que en 2015 recibió el Premio Pulitzer de Música.
En los últimos años, su mirada se ha desplazado hacia otro de los grandes retos de nuestro tiempo: la crisis climática. Su obra Unearth aborda la relación entre el ser humano y el planeta desde una perspectiva sensorial donde combina relatos antiguos, palabras de protesta y la poesía de Emily Dickinson para crear una llamada de emergencia. Aquí, la música funciona como una advertencia, pero también como una invitación a repensar nuestro papel en el mundo. La pieza combina voces, percusión y electrónica para construir un paisaje sonoro que interpela directamente al espectador.
Un compromiso desde la partitura
Si hay algo que define su recorrido es una combinación entre creación y compromiso. Formada como compositora en la Universidad de Princeton, Wolfe ha compaginado su carrera artística con la docencia. Pasó por la Manhattan School of Music y, desde 2009, es profesora en la Universidad de Nueva York, donde trabaja con nuevas generaciones de compositores. A través de la trayectoria de Julia Wolfe se demuestra que la música puede ser una forma de reivindicación y una herramienta para acercarse a temas complejos sin simplificarlos. Entender el mundo también implica parar, escuchar y hacerse preguntas, y la música siempre ha tenido ese poder transformador para conseguirlo.
Lecciones de los montes nubosos
El Bosque de Monteverde en Costa Rica, la Sierra de las Minas en Guatemala o los bosques andinos en Ecuador son algunos ejemplos de montes nubosos. Unos ecosistemas caracterizados por su alta humedad constante, la neblina persistente y una inmensa biodiversidad, que deben ser protegidos por su aporte al equilibrio ecológico.
Comidas escolares que fomentan el aprendizaje
La nutrición en los centros educativos es clave para la salud, el aprendizaje y la igualdad infantil, influyendo tanto en el desarrollo físico de los niños y niñas como en su maduración cerebral y rendimiento académico.
El mundo del mañana se forja en las manos de los niños y niñas de hoy, mientras que el futuro de estos, a su vez, depende en gran medida de algo tan básico como la alimentación. Sin una nutrición adecuada, no hay salud; sin salud, disminuye la capacidad de aprendizaje; y sin aprendizaje, las oportunidades se reducen drásticamente.
Esta cadena de evidencias explica por qué los comedores escolares han dejado de ser un simple servicio complementario para convertirse en un eje estratégico dentro del sistema educativo. Lejos de la visión asistencialista de años atrás, hoy resulta evidente que lo que ocurre en el plato también repercute en el aula y, en última instancia, en el desarrollo integral de la infancia.
Invertir en alimentación infantil, además de ser una cuestión de salud pública, es una estrategia de educación
Cochrane, una red internacional independiente dedicada a producir y difundir evidencia científica para mejorar la toma de decisiones en salud, publicó a finales del año pasado una revisión sistemática sobre el impacto que tienen los programas de alimentación escolar. El análisis examinó hasta qué punto estas iniciativas pueden mejorar la salud física y psicológica de la infancia, especialmente entre quienes viven en contextos de vulnerabilidad socioeconómica. Para muchas familias, garantizar a sus hijos una alimentación nutritiva y equilibrada está lejos de ser una tarea sencilla, lo que convierte a los comedores de los colegios en una herramienta clave no solo para combatir la desigualdad, sino también para promover un desarrollo más saludable y equitativo.
Son muchos los estudios que llevan años demostrando que una buena nutrición incide directamente en el rendimiento escolar, la concentración o la memoria. Revistas científicas han publicado investigaciones en las que se avala que una alimentación con un alto consumo de frutas, verduras, proteínas de calidad y micronutrientes esenciales (como el hierro y el omega-3) supone mejores resultados en matemáticas, comprensión lectora o pruebas de atención. Por el contrario, dietas basadas en ultraprocesados o en comidas con déficits nutricionales pueden repercutir negativamente en la memoria y la concentración.
A partir de abril una nueva normativa fijará estándares nutricionales para los menús de los centros educativos
Estar en edad escolar supone encontrarse en pleno desarrollo, un fenómeno que también afecta al cerebro, ya que en los primeros años de funcionamiento precisa de un suministro constante de energía y nutrientes. Solo así puede consolidar conexiones neuronales, regular estados de ánimo y sostener una gran actividad intelectual. Por ello, invertir en alimentación infantil, además de ser una cuestión de salud pública, es una estrategia educativa que está íntimamente ligada con el futuro del mundo.
En poco más de un mes, España dará un paso significativo a favor de la alimentación y el rendimiento escolar. En abril entrará en vigor un nuevo real decreto que establece normas de nutrición para los menús de los centros educativos. La norma toma como referencia iniciativas que ya han demostrado su eficacia, como los «Ecocomedores de Canarias», un programa que desde hace una década mejora la calidad de la comida escolar al tiempo que promueve valores educativos y hábitos saludables a partir de una producción agraria ecológica y local. Este parece ser, sin duda, el nuevo rumbo a seguir: convertir la alimentación en una herramienta de equidad y en una inversión directa de la que depende el futuro de toda una generación.
Aitor Francesena, el campeón mundial que surfeó el destino
Pionero del surf adaptado en España y referente internacional, Aitor Francesena ha convertido el mar en un espacio de autonomía y superación. En su trayectoria, el esfuerzo personal se ha convertido también en un impulso colectivo.
Desde tus primeros años en el surf hasta hoy, ¿cómo ha evolucionado el reconocimiento y la inclusión del surf adaptado en España?
Yo perdí la vista en 2012. Tengo 55 años, así que durante mucho tiempo pude ver y surfear como cualquier otra persona. Entonces casi nadie con discapacidad practicaba surf, ni a nivel nacional ni mundial. A partir de 2015, la situación empezó a cambiar. Ahora el surf adaptado es algo que se está construyendo muy rápido. Hemos conseguido logros importantes, como proclamarnos campeones del mundo en 2020 con la selección nacional. Y, sobre todo, estamos demostrando que cualquier persona, con cualquier discapacidad, puede surfear. En las escuelas ya se nos tiene en cuenta en la enseñanza. Cada vez lo practica más gente a nivel nacional.
El surf es un deporte profundamente sensorial. ¿Cómo ha cambiado tu manera de percibir el mar desde que perdiste la vista?
El mar es una pasada. Lo que te da, tengas discapacidad o no, es increíble. Cuando me quedé ciego, pensaba que me iba a marear sobre algo en movimiento, que no iba a poder, pero me di cuenta de que sí se puede.
Mi manera de percibir el mar cambió completamente. Creía que perdería información, pero en realidad el mar me da muchos datos. Según cómo venga la ondulación y dónde me golpee la ola en el cuerpo, sé hacia dónde estoy orientado. Luego está el sonido. Con los dos oídos puedo saber cuándo viene una ola, su altura y su fuerza. Todo está en estéreo. Percibo cómo subo y bajo sobre la ola, cómo puedo hacer maniobras. Todo son sensaciones puras. Por eso, surfear sin ver es una experiencia muy potente. Cuando ejecutas la ola te acompaña, es lo más. Es una sensación difícil de explicar.
«Con los dos oídos puedo saber cuándo viene una ola, su altura y su fuerza»
Tardé muchísimo en adaptarme. Un año y medio, casi dos. Y no hablo de adaptarme a un nivel básico, sino a sentirme en el agua como una persona que ve. Hoy me dejan en la orilla y puedo irme a surfear solo, coger olas, volver y recolocarme en el sitio. Pero eso llevó tiempo. Al principio solo podía estar quince minutos en el agua. La concentración que necesitaba era enorme. Cuando ves, recibes muchísima información de golpe. Cuando no ves, tienes que estar atento a todo lo demás: el sonido, el movimiento, el contacto del agua. Eso exige mucha atención, pero también te conecta muchísimo más con el mar.
Para competir en condiciones de seguridad y alto rendimiento, ¿qué recursos humanos y técnicos necesitas?
Al final, una persona ciega, esté donde esté, tiene que mapear el entorno. ¿Qué significa mapear? Que antes estás con alguien que ve y te da datos: referencias, distancias, corrientes, orientación. Con esa información construyes un mapa mental y luego verificas si lo que sientes coincide con lo que te han dicho. Hasta que llega un punto en que el mapa está consolidado y puedes moverte solo.
En el mar es exactamente lo mismo. Al principio dependes de otras personas. Te dan datos y tú compruebas si encajan con tus sensaciones. Pero además cada guía es diferente. En competición, por ejemplo, no siempre tienes a la misma persona. Cada uno tiene su ritmo, su manera de contar. Tienes que adaptarte a su cadencia, entender su margen de error. Lo mismo cuando te dicen «cuidado, la corriente tira mucho». ¿Qué es mucho para él? Tienes que traducir esa información a tu propio sistema de referencias. Es un proceso de ajuste constante entre lo que te dicen y lo que tú percibes.
En tu día a día como surfista, ¿qué te ayuda a mantener la motivación?
Lo más grande y lo más bonito ha sido aprender a surfear solo. Yo había surfeado toda mi vida, luego me quedé ciego. Por eso, mi percepción del surf es totalmente diferente a la de alguien que nunca ha visto. El estilo, la manera de moverme en el mar, cómo interpretar las olas… todo eso lo aprendí antes de perder la vista. Además, poder surfear solo me ha ayudado muchísimo. Tener un guía facilita las cosas, pero poder manejarme por mi cuenta da una sensación de libertad enorme.
«Nadie sabe dónde está el techo de nadie»
En la tierra tengo obstáculos, pero para mí en el mar hay menos. Puede haber gente, pero les aviso de que no veo y respetan mi espacio. Cuando hay buenas olas durante el día y luego voy solo por la noche… ¡Es la gloria! Conozco el tipo de ola, cómo tira la corriente. Me muevo solo, sin chocar con nadie. Esa autonomía es increíble.
Tu último libro, Surfear la vida, nace después de otros dos textos centrados en el surf. ¿Qué te llevó a escribir una obra con un enfoque más vital y reflexivo?
Yo había escrito dos manuales de surf, porque toda mi vida me he dedicado al surf y la enseñanza. Después de eso, el Grupo Planeta me llamó para escribir un libro que pudiera ayudar a la gente joven, contando mi vida de manera que muestre que, pase lo que pase, siempre hay una salida. Fue una sorpresa que me lo pidieran. El libro se llama Surfear la vida porque hace un símil entre el surf y la vida. Cada ola es diferente, cada día es diferente y lo importante es levantarse después de caerse.
El libro gira en torno a conceptos como miedo, perseverancia, disciplina o gratitud. ¿Cómo elegiste esos ejes?
Son temas que hay que poner en mayúsculas en la vida. Para mí, la vida sigue siendo igual que cuando era joven. Los problemas siguen siendo problemas, las pérdidas siguen siendo pérdidas. Lo importante es enfrentarlos, aprender y seguir. Todo eso intento reflejarlo en el libro, con historias de mi propia experiencia: desde el coronavirus, que casi me mata, hasta la ceguera y los viajes por los circuitos mundiales de surf. Cada experiencia te enseña algo, y ese es el espíritu que quería transmitir.
¿Hasta qué punto el entorno puede condicionar la actitud y la preparación deportiva?
El entorno puede ayudar mucho, pero depende de ti. Puedes tener gente maravillosa a tu alrededor que te da consejos, pero si no los escuchas, no aprendes nada. Lo importante es saber a quién realmente le importa tu progreso, a quién consideras que lo que te dice vale. He aprendido de mis padres, mis abuelos, de genios que he conocido… Esas son las personas que te evitan malos tragos y te preparan para lo que viene. Lo demás, lo que no aporta, lo apartas y sigues con tu camino.
A lo largo de tu trayectoria, también habrás tenido que enfrentarte a comentarios o prejuicios sobre lo que podías hacer. ¿Cómo los has gestionado?
Cuando tienes el objetivo claro y real, no te afectan. Sigues adelante con tu plan, y eso forma parte de la personalidad y de la fuerza para superar los retos.
¿Qué barreras sociales crees que siguen existiendo hoy para que las personas con discapacidad puedan practicar deporte en igualdad de condiciones?
Hay muchas barreras sociales todavía, aunque las cosas han mejorado mucho. Antes, cuando alguien tenía un hijo con discapacidad, casi lo escondía. La sociedad te hacía sentir que debías quedarte quieto. Hoy eso ha cambiado. Puedes salir, practicar deporte, participar. Si alguien no lo hace, suele ser por actitud o por cómo le han educado, pero las oportunidades existen.
Aun así, queda margen de mejora. El deporte adaptado no está al mismo nivel que el deporte convencional: premios, visibilidad y consideración aún son diferentes. Pero hemos avanzado mucho en poco tiempo. Hace 15 años, ni siquiera existía prácticamente, y poco a poco se van corrigiendo las cosas. No podemos quedarnos en la queja, yo prefiero seguir haciendo y aportando.
Redeia está apoyando la Escuela de Surf de Sopelana para promover la inclusión y la cohesión social a través del deporte y que cada vez más personas con discapacidad puedan unirse al programa de surf adaptado en la costa vasca. Como referente del surf adaptado, ¿qué factores son clave para que iniciativas como esta funcionen a largo plazo y logren una inclusión real?
Lo más importante es que haya un verdadero interés por el deporte sin buscar el beneficio económico. Para que un programa funcione, tiene que mantenerse en el tiempo y permitir que cada vez más personas practiquen surf y disfruten. A partir de ahí, va rodado. Y hoy todo va mucho mejor que hace años. Se ha avanzado muchísimo en oportunidades y visibilidad y cada vez más gente puede disfrutar de este deporte.
¿Hay algún momento o experiencia en tu carrera que te haya hecho sentir que tu esfuerzo no es solo personal, sino que puede inspirar cambios en la forma en que la sociedad ve la discapacidad y el deporte?
Más de una vez, mi pareja y mucha otra gente, se asombra de la cantidad de cosas hago al cabo del año. Cuando llegan las Navidades suelo hacer repaso y ahí es cuando yo mismo me doy cuenta. Soy una persona muy activa y me encanta hacer millones de cosas siempre con un propósito. Y una de las cosas que más me llena es demostrar a la gente que la vida es maravillosa, que se pueden hacer muchísimas cosas y que las puede hacer cualquiera. Que nadie sabe dónde está el techo de nadie.
Mamá, quiero un juguete inclusivo
A la hora de socializar y desarrollarse, el juego desempeña un papel esencial en la vida de los niños, pero ¿pueden los juguetes impulsar también la integración social y la diversidad?
Los juguetes que hemos tenido en nuestra infancia nos han dejado una huella que va mucho más allá de los momentos de ocio, aunque quizá no seamos del todo conscientes de ello. Su papel es clave en el desarrollo de todo ser humano, ya que contribuyen a adquirir habilidades sociales y emocionales desde las primeras etapas de la infancia.
Ya a principios del siglo XX, con el surgimiento de nuevas corrientes educativas como Montessori o Waldorf, comenzó a cambiar la concepción del juego, que empezó a entenderse como un espacio para la creatividad, la imaginación y la libre expresión, convirtiendo los juguetes en nuevas herramientas de aprendizaje. Tal es su importancia que en 1989 la Asamblea General de las Naciones Unidas elevó el «juego» a la categoría de derecho de la infancia y estableció el deber de los adultos de protegerlo.
Sin embargo, en la mayoría de los casos aspectos como la inclusión o la diversidad quedan relegados a un segundo plano en los juguetes que encontramos en el mercado, pese a su relevancia a la hora de que los niños construyan su identidad social.
¿Qué es un juguete inclusivo?
Ana Mata, coordinadora de la Guía de AIJU Instituto Tecnológico de Producto Infantil y de Ocio, define los juguetes inclusivos como «aquellos accesibles, adaptativos y que permiten una interrelación entre los niños sin los prejuicios de la discriminación, mostrando la diversidad como algo natural».
El juguete inclusivo es accesible, adaptativo y permite establecer relaciones en la infancia sin los prejuicios de la discriminación
Los primeros esfuerzos de los fabricantes de juguetes para poder ofrecer juguetes inclusivos se dirigieron a reducir los sesgos de género. Así, compañías como Moltó, El Corte Inglés o incluso la empresa de productos de limpieza y del hogar Vileda incorporan desde hace varios años la imagen tanto de niños como de niñas en sus campañas publicitarias de juguetes simbólicos como cocinitas, planchas, supermercados o sets de limpieza, desvinculando así estos productos de los estereotipos de género.
La diversidad racial también es cada vez más habitual en los estantes de las jugueterías. Un ejemplo de ello es Mattel con su muñeca Barbie, que ya cuenta con 22 versiones de diferentes etnias, 35 tonos de piel y nueve tipos de cuerpo distintos. Otra línea de muñecas de este fabricante, Monster High, pone el foco en la diversidad de sus personajes con el «objetivo de crear un mundo en el que todos y todas puedan sentirse orgullosos de ser ellos mismos». Una misión que refuerzan mediante iniciativas como el Proyecto Pertenencia, que proporciona ayuda a los niños y niñas para conectar con sus comunidades y crear vínculos, o su asociación con organizaciones como la Fundación Anar, que busca educar a niños y niñas en la tolerancia y el respeto.
La diversidad más allá del género y la raza
Han transcurrido ya más de diez años desde que la empresa Famosa lanzara al mercado «La Consulta Médica de Nenuco», que consistía en un muñeco con ambliopía (ojo vago) al que había que tratar con un parche y gafas correctoras. Con el tiempo, este juguete evolucionó, dando lugar a nuevas versiones, como bebés con implantes cocleares o con síndrome de Down.
A pesar de la mayor presencia de juguetes inclusivos en el mercado, todavía no existe una adecuada representatividad de la diversidad social
Pero no es la única compañía que ha incorporado diversidades funcionales y sanitarias en sus muñecos a lo largo de los años. Marcas como Miniland cuentan con juguetes en los que los más pequeños pueden ver reflejadas realidades como el vitíligo, la discapacidad motora —con muñecos en silla de ruedas— o la discapacidad visual. Otros fabricantes también han lanzado al mercado ediciones de su muñeca con diferentes patologías, como la diabetes.
Aunque estos juguetes inclusivos han ayudado a normalizar la diversidad y fomentar la empatía, a día de hoy aún hay niños y niñas que se ven excluidos de los juguetes que existen en el mercado. Así lo afirma un estudio de 2024 de la Confederación de Organizaciones Familiares de la Unión Europea (COFACE Families Europe), que pone de manifiesto que los juguetes inclusivos no son lo suficientemente accesibles y que todavía no existe una adecuada representatividad de la diversidad social.
Este hecho demuestra que, pese a los pasos dados por la industria hacia la diversidad y la inclusión, aún son casos minoritarios que requieren mayor presencia y protagonismo para integrarse plenamente en la realidad social que representan. Solo así conseguiremos que algún día la etiqueta de «juguete inclusivo» desaparezca para convertirse simplemente en lo que siempre debieron ser: juguetes.