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Cuando la protección de la fauna ve la luz

Vallas y barreras de luz y sonido son la nueva esperanza de la conservación de la diversidad biológica animal. Frente a las devastadoras cifras de atropellos, estos elementos innovadores parecen ser fundamentales en la protección de la fauna silvestre.


En 2009, un grupo de científicos propuso el concepto de los nueve límites planetarios para transmitir a la sociedad, de manera sencilla y accesible, el estado en el que se encuentra la Tierra y cómo evolucionan sus procesos naturales. Entre ellos, destaca la pérdida de biodiversidad por su situación especialmente crítica, lo que la convierte en una prioridad absoluta.

Entre las múltiples causas que explican las gravedad de este fenómeno, una de las más importantes es la fragmentación de los hábitats. La expansión urbanística y la proliferación de infraestructuras lineales que lo vertebran, como las carreteras y las vías férreas, junto con el aumento de vehículos a motor y de desplazamientos a lo largo del territorio, dividen los ecosistemas y se convierten en trampas mortales para la fauna. 

Uno de los ejemplos más conocidos en España es el del lince ibérico (Lynx pardinus), entre cuyas principales causas de muerte se encuentran los atropellos, en un 44% de los casos.

Entre las múltiples causas que explican las elevadas cifras de pérdida de diversidad biológica, destaca la fragmentación de los hábitats, debido a la expansión urbanística y la proliferación de infraestructuras lineales

Para hacer frente a esta problemática, se está contemplando una medida innovadora, todavía en fase experimental: las vallas o barreras de luz y sonido en carreteras. Este sistema consiste en la instalación de balizas a lo largo de un tramo determinado, a ambos lados de la vía, y con una separación entre sí de intervalos regulares.

Las balizas detectan la luz de los faros de los vehículos, lo que activa señales luminosas y acústicas destinadas a alertar a la fauna de la inminente llegada del automóvil. El sistema reacciona cuando el vehículo se encuentra aproximadamente a 75 o 100 metros de distancia, favoreciendo la huida de los animales y reduciendo el riesgo de colisión.

En el estado australiano de Victoria se desarrolló un proyecto piloto entre 2022 y 2025 en dos zonas de estudio que, a pesar de los resultados desiguales, en una de ellas se ha logrado un éxito de supervivencia del 99,71% de las aves susceptibles de ser atropelladas.

Estas balizas detectan la luz de los faros de los vehículos, lo que activa señales luminosas y acústicas destinadas a alertar a la fauna de la inminente llegada del automóvil

En Europa encontramos otro ejemplo pionero, el proyecto LIFE Safe-Crossing (2018-2023). Esta iniciativa colocó barreras en España para proteger el lince ibérico, en Grecia y Rumanía para el oso pardo (Ursus arctos) e Italia para el lobo (Canis lupus). Los resultados en este caso son aún más prometedores: en algunas áreas de actuación se consiguió hasta el 100% de la reducción de colisiones con fauna silvestre.

Apostar por proyectos que combinen la colocación de balizas y la construcción de pasos de fauna con campañas de conducción responsable y educación ambiental es clave para abordar una de las principales causas de mortalidad de nuestras especies más emblemáticas y vulnerables, y así hacer frente a uno de los problemas socioambientales más urgentes de nuestro tiempo.

Jaime Lerner, el creador de la «acupuntura urbana»

Curitiba no se convirtió en una ciudad modelo por azar. Detrás de su transformación estuvo Jaime Lerner, arquitecto, urbanista y político brasileño que entendió la ciudad como un organismo donde pequeñas intervenciones eran capaces de generar grandes cambios. 


Jaime Lerner nació en 1937 en Curitiba (Brasil), en el seno de una familia de inmigrantes judíos polacos. Se formó como arquitecto y urbanista en la Universidad Federal de Paraná y, desde muy joven, entendió la planificación urbana como una gran herramienta de transformación social. Con apenas 33 años fue nombrado alcalde de Curitiba por primera vez. Corría el año 1971 y la ciudad crecía de manera acelerada, arrastrando problemas de tráfico, contaminación y desigualdad. Frente a los grandes planes teóricos y las soluciones a largo plazo, Lerner optó por actuar de inmediato.

Lerner entendió el espacio público como una infraestructura esencial para la calidad de vida

Aquel primer mandato, junto con los dos posteriores, marcó un punto de inflexión en la historia urbana de la ciudad. Lerner fue también gobernador del estado de Paraná y presidente de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA). Gracias a toda esta experiencia, desarrolló una intensa labor como asesor de ciudades y organismos internacionales como ONU-Hábitat, participando en proyectos urbanos en América Latina, Europa y Asia.

Transformando la ciudad

La transformación de Curitiba no respondió a un único gran proyecto, sino a una manera coherente de intervenir en la ciudad. El ejemplo más conocido es el sistema BRT (Bus Rapid Transit). En lugar de construir un metro, Lerner impulsó un sistema de autobuses rápidos con carriles exclusivos, estaciones cerradas y tarifas integradas. La propuesta era sencilla y adaptable al crecimiento urbano y, con el tiempo, el modelo se convirtió en una referencia internacional replicada en más de 150 ciudades, según el Institute for Transportation and Development Policy (ITDP). Sin embargo, el transporte fue solo un pequeño paso de una estrategia urbana mucho más amplia.

Lerner: «Una acción rápida en el lugar adecuado puede cambiar la dinámica de toda una ciudad»

Lerner entendió el espacio público como una infraestructura esencial para la calidad de vida y multiplicó las zonas verdes de la ciudad hasta superar los 50 metros cuadrados por habitante, muy por encima de las recomendaciones internacionales. También abordó la gestión del agua desde una lógica ambiental, pues en lugar de canalizar ríos y construir costosas obras de ingeniería, creó parques y lagos artificiales capaces de absorber las crecidas y, al mismo tiempo, ofrecer nuevos espacios de convivencia. Esa misma lógica integradora se aplicó a la gestión de residuos con programas como Lixo que não é lixo que mejoraron las tasas de reciclaje vinculando educación ambiental, empleo y cohesión social, especialmente en los barrios con menos recursos. 

El concepto «acupuntura urbana»

Cada intervención, por pequeña que pareciera, formaba parte del reto de resolver problemas urbanos complejos mediante soluciones simples centradas en las personas. Así nació el concepto por el que Lerner sería conocido internacionalmente: la «acupuntura urbana». La idea, que desarrolló más tarde en su libro Urban Acupuncture, parte de la premisa de que las ciudades funcionan como sistemas vivos y pueden mejorar mediante intervenciones pequeñas pero estratégicas. «Una acción rápida en el lugar adecuado puede cambiar la dinámica de toda una ciudad», escribió. Su enfoque, basado sobre todo en la rapidez y la creatividad, iba acompañado de una visión muy concreta de la gestión pública: «Si quieres creatividad, reduce un cero del presupuesto. Si quieres sostenibilidad, reduce dos», repetía con frecuencia, subrayando que la escasez puede ser un motor de innovación. La biografía de Jaime Lerner, fallecido en 2021, refleja la historia de una forma distinta de hacer urbanismo, siendo profundamente consciente de que una pequeña intervención bien pensada puede cambiar el rumbo de toda una ciudad.

La inteligencia artificial, una tecnología clave para mejorar la inclusión

‘Apps’ que describen objetos, transcriben conversaciones o asisten en la conducción muestran cómo el avance de la IA está mejorando la vida de muchas personas con diferentes discapacidades.


En solo unos años, la inteligencia artificial (IA) se ha posicionado como una herramienta tecnológica con un increíble potencial para garantizar la inclusión y los derechos de las personas con discapacidad, que representan el 16% de la población mundial. Esto se muestra tanto en el diagnóstico como en la asistencia diaria o en la mejora en el acceso a la información o la comunicación. 

En el ámbito de la discapacidad visual, por ejemplo, existen aplicaciones que, mediante el uso de esta tecnología, leen en voz alta textos impresos; plataformas de navegación guiada por voz; o herramientas que permiten a personas ciegas o con baja visión reconocer objetos como billetes, libros o prendas de vestir. En el seminario How can AI help disabled people? se compartieron algunas aplicaciones de «visión asistida», como Seein AI o Be My Eyes («sé mis ojos» en inglés), que describen el entorno o leen textos en tiempo real mediante cámaras e IA. «Como persona ciega, no puedo enfatizar lo suficiente el gran impacto que la IA está teniendo en personas con discapacidades», declaró Robin Christopherson, director de Inclusión Digital en AbilityNet, durante la sesión. 

Tasmin Keyes: «La capacidad de aprender patrones individuales de actividad y adaptarse a las diferencias personales puede ser una verdadera fortaleza y ventaja de la IA»

También hay soluciones para la discapacidad auditiva: aplicaciones que subtitulan conversaciones en tiempo real, algoritmos que interpretan el lenguaje de señas o sistemas que traducen alertas sonoras en señales visuales. Algunos ejemplos de estas aplicaciones son Ava/Roger Voice, un transcriptor de conversaciones; HeardThat, que filtra el ruido de fondo; o el audífono inteligente Orka Two.  

En cuanto a la discapacidad física o motora, la tecnología que utiliza la IA también ha implementado avances innovadores, como prótesis y exoesqueletos inteligentes, sillas de ruedas autónomas o robots de asistencia que ayudan a personas de movilidad reducida en tareas como abrir puertas o alcanzar objetos. 

La IA también puede ser un aliado para las personas con discapacidad cognitiva o intelectual. La aplicación Google Lens utiliza la cámara de los dispositivos para ayudar a identificar objetos, textos y lugares, y proporcionar información sobre ellos; Helpicto traduce textos en imágenes para facilitar su comprensión; Goblin Tools simplifica listas de tareas; y los asistentes de inteligencia artificial de PLACEAT adaptan textos con ChatGPT para convertirlos en lectura accesible. 

Para 2050, 3,5 mil millones de personas necesitarán uno o más productos de asistencia. Uno de los principales desafíos que tiene la IA es no dejar a nadie atrás.

Finalmente, en los casos de daño cerebral, la IA puede ayudar a paliar problemas relacionados como la pérdida de memoria, la fatiga o la dificultad para establecer metas. «La capacidad de aprender patrones individuales de actividad y adaptarse a las diferencias personales puede ser una verdadera fortaleza y ventaja de la IA», subraya Tasmin Keyes, directora de la Brain Injury Association. Un ejemplo de ello, son los vehículos automatizados, ya que conducir se convierte en una actividad muy difícil cuando se tiene una lesión cerebral, puesto que requiere combinar habilidades como mantener la atención o reaccionar ante peligros en muy poco tiempo. Asimismo, los asistentes digitales o las tecnologías inteligentes para el hogar (enchufes, cerraduras y electrodomésticos) son útiles para preservar la seguridad doméstica de personas con daño cerebral. También existen aplicaciones que ayudan a la comunicación con personas con parálisis cerebral, como los proyectos Euphonia/Relate o Parrotron. 

Estas tecnologías también presentan riesgos para las personas con discapacidad: problemas de accesibilidad, algoritmos sesgados, discriminación de grupos vulnerables o sistemas incapaces de comprender la diversidad humana o comunicativa. En este sentido, uno de los principales desafíos que tiene la IA es que la transformación que supone no deje a nadie atrás en un mundo muy desigual, y en el que para 2050 se prevé que 3,5 mil millones de personas necesitarán uno o más productos de asistencia. Sin embargo, y aun reconociendo los dilemas éticos de este campo en rapidísima evolución, «la IA tiene un gran potencial y posibilidades», concluye Keyes. 

El amor por el medioambiente, ¿punky?

Contrastando con el cyberpunk, varios movimientos y corrientes literarias buscan salir de la negatividad por el futuro y crear mundos alternativos sostenibles, donde darle a la naturaleza el espacio que se merece.


Ante la crisis medioambiental, varios estudiosos insisten en la idea de que la culpabilización y la llamada al esfuerzo no son una vía efectiva para promover la acción. Lo que sí se cree más eficaz es imaginar un futuro mejor, e intentar llegar a él. En ese camino están el solarpunk, el greenpunk y el tidalpunk.

Historias como las de Blade Runner, Matrix o Terminator forman parte de lo que se denomina cyberpunk. Este movimiento de ficción ha creado distopías en las que las personas estamos en constante conflicto con la tecnología, y la naturaleza ha quedado completamente relegada. Dejando a un lado su valor creativo y capacidad de entretenimiento, estas historias ficticias más que animarnos a construir un futuro mejor, nos amedrentan y producen inseguridades. 

En los últimos años están cogiendo fuerza corrientes culturales y subgéneros de la ficción especulativa como el solarpunk, el greenpunk y el tidalpunk

Afortunadamente, en los últimos años están cogiendo fuerza otras corrientes culturales y subgéneros de la ficción especulativa. Estos movimientos imaginan futuros sostenibles, felices y justos, donde la tecnología sirve para mejorar la vida de las personas y es, además, necesaria para enfrentarse a los grandes desafíos de la humanidad.

El término solarpunk aparece por primera vez en 2008, e intenta imaginarse de una forma más o menos realista una civilización futura sostenible y en armonía con la naturaleza. En el 2019 vio la luz el primer Manifiesto Solarpunk, firmado por una comunidad del mismo nombre. En él se define el solarpunk tanto como un movimiento como un género literario, y se defiende la ciencia ficción como una forma de activismo, ya que para construir un mundo mejor primero hay que pensarlo e imaginarlo.

En los mundos imaginados dentro del solarpunk, nunca faltan los jardines o las placas solares, y las ciudades verdes con agricultura urbana son una de las metas a conseguir.

En una línea muy parecida nació hacia la década del 2010 el greenpunk. Es, al igual que el solarpunk, un movimiento a favor de un futuro natural pero tecnológicamente avanzado, aunque tiene sus pequeños matices. 

La ciencia ficción puede ser una forma de activismo, ya que para construir un mundo mejor primero hay que pensarlo e imaginarlo

A diferencia del solarpunk que se enfoca más en el uso de energías renovables y tecnologías limpias, el greenpunk se centra en la lucha medioambiental. A menudo se presenta como una visión más realista que la del solarpunk. En las obras dentro de la corriente greenpunk se aprecia un notable protagonismo de la naturaleza, junto con una sociedad ecologista que vive dentro de las leyes naturales. Destacan en este movimiento literario la novela de J. G. Ballard, The Drowned World o la producción filmográfica de Hayao Miyazaki, entre otros.

De la tierra al mar, el tidalpunk se apropia de la conciencia ambiental y la tecnología del solarpunk y elige como escenario el alta mar. A causa de la subida del nivel del mar provocada por el cambio climático y la sobrepoblación en tierra firme, el tidalpunk imagina posibles alternativas futuras. Esta situación utópica pretende impulsar iniciativas como el uso de veleros gigantes como buques de carga, la implantación de la agricultura oceánica o la propulsión de la energía eólica marina.

Ciudades con jardines, agricultura urbana, edificios rodeados de naturaleza, energía verde… Puede parecer ficticio, pero podríamos estar más cerca de lo que imaginamos; y puestos a imaginar, ¿por qué no crear mundos mejores?

Hidrógeno blanco: los desafíos tras el «petróleo infinito»

Hidrógeno blanco

En 2024, científicos de la Universidad de Lorena (Francia) que buscaban metano en el noreste de Francia descubrieron lo que podría ser el mayor depósito de hidrógeno blanco que se conoce, con hasta 250 millones de toneladas de este gas. Recientemente, un estudio conducido por investigadores de las Universidades de Oxford y Durham (R. Unido)Durham y la Universidad de Toronto (Canadá) sugirió que el planeta esconde una cantidad de hidrógeno blanco para abastecer energéticamente a todo el mundo durante 170.000 años.

El hidrógeno blanco es un gas que se encuentra de manera natural en la corteza terrestre, y que, a diferencia de otros, no necesita ser producido mediante tratamientos industriales. Este material puede originarse a través de distintos procesos geológicos, como la serpentinización (una reacción de minerales ultramáficos con agua) o por descomposición de materia orgánica profunda.

El hidrógeno blanco no necesita ser producido mediante tratamientos industriales

Por ello, el hidrógeno blanco posee una serie de ventajas con respecto al resto de sus «hermanos», que necesitan ser producidos y suponen un alto coste económico o ambiental. El hidrógeno gris, por ejemplo, el más común y barato, se produce a partir de gas natural o carbón, y libera grandes cantidades de CO₂ a la atmósfera. El hidrógeno azul se obtiene de forma similar al anterior, pero captura parte de ese CO₂ para reducir emisiones, aunque no las elimina completamente. El hidrógeno verde, por su parte, se genera rompiendo moléculas de agua con electricidad procedente de energías renovables y, aunque no emite gases de efecto invernadero, sigue siendo una tecnología cara. 

Así, si se extrae de forma eficiente,  el hidrógeno blanco podría ser la opción más limpia y barata… Pero, entonces, ¿por qué no se utiliza ya de forma generalizada? En primer lugar, porque a pesar de estar «listo» en la naturaleza, no siempre se encuentra en lugares fáciles de explotar. Segundo, porque esta alternativa está en fase de investigación: aún no se dispone de demasiada información geológica ni geográfica, la tecnología de extracción y purificación no está optimizada a gran escala, a lo que se suma el hecho de que  la regulación sobre la propiedad y explotación no está del todo definida. Esto, unido a la competencia del hidrógeno verde (ya desarrollado, con inversión y respaldo político), hace que la rentabilidad del hidrógeno blanco esté aún en entredicho. 

No obstante, la tecnología de extracción y purificación no está optimizada a gran escala

Nabil Wakim, presentador del podcast Chaleur Humaine en Le Monde, establece que a pesar de que este gas se encuentra de forma natural «no existen perforaciones ni infraestructura a gran escala que permitan su uso masivo». Más allá del descubrimiento en Francia y de los indicios que sugieren su presencia en otros lugares del mundo (España, Alemania, Estados Unidos, Canadá, Brasil, Australia, Rusia o Kazajistán) el único caso de explotación a día de hoy se encuentra en Bourakébougou (Malí).

En definitiva,  el hidrógeno blanco es una nueva alternativa energética con mucho potencial de cara al futuro, pero que aún necesita tiempo e investigación para convertirse en una realidad constatable. Como resume el propio Wakim, «la investigación está en curso, pero es una apuesta incierta para, al menos, los próximos quince años».

Insecticultura: la práctica de cultivar bichos

La insecticultura o ganadería de insectos está en auge y no es de extrañar. Integrar los insectos en nuestra dieta diaria puede ayudar a mitigar el cambio climático, además de ser beneficioso para la salud. 


El inicio de la agricultura fue uno de los eventos más importantes en la historia de la humanidad. Nos permitió producir nuestro propio alimento y controlar las cosechas. Actualmente, otra nueva práctica se está extendiendo por todo el mundo, una que, en un contexto de crisis climática, puede llegar a modificar nuestra forma de alimentarnos. Hablamos de la insecticultura o ganadería de insectos.

En muchos países, los bichos son un alimento muy común. Aunque en España esta práctica aún produce choque cultural, en nuestro país existen ejemplos de ganadería de insectos, y muchas de estas empresas forman parte de Apoinsecta, la Asociación Profesional Nacional para la insecticultura en España. Pero ¿qué es exactamente la insectitultura? 

La ingesta de insectos como fuente de proteína reduciría en gran cantidad los gases de efecto invernadero

Esta práctica consiste en criar y producir insectos de manera controlada y a gran escala. Los insectos se almacenan comúnmente en bandejas o contenedores que se van apilando de forma vertical. Junto con los insectos, se va añadiendo el pienso del que se alimentan para crecer, y se controlan la temperatura y la humedad para optimizar su correcto desarrollo. 

¿Y por qué comer insectos? Según los expertos, sustituir ciertos alimentos por bichos nos podría aportar beneficios en varios aspectos. Por un lado, la ingesta de insectos como fuente de proteína reduciría en gran cantidad los gases de efecto invernadero. Según la Organización de las Naciones Unidas, más de un tercio de todas las emisiones de gases de efecto invernadero que producimos está relacionada con los alimentos. De estos alimentos, especialmente las carnes rojas se asocian con mayores tasas de emisión de gases de efecto invernadero. En cambio, las proteínas procedentes de insectos ofrecen perspectivas prometedoras, ya que su producción requiere un menor consumo de alimentos, agua y terreno y, además, genera menos cantidad de gases de efecto invernadero.

Los insectos se pueden transformar en harinas y suplementos alimentarios, o añadirlos en piensos

Pero, además de los beneficios medioambientales que nos puede aportar la insecticultura, los insectos también pueden ser un alimento muy saludable. Ya hemos mencionado su alto contenido proteico, que puede rondar entre 40 o 50 gramos por cada 100 gramos de insecto. Además, ciertas especies también son ricas en Omega 3, fibra y micronutrientes.

Dicho esto, el destino de los insectos producidos por la insecticultura no siempre es el paladar humano, y ni siquiera a veces la ingesta íntegra del animal. Por medio de distintos procesos, se pueden hacer harinas, suplementos alimenticios, e incluso se pueden utilizar los insectos como alimento vivo para otros animales y para producción de piensos. 

Hoy por hoy, existen más de 2.000 especies comestibles de insectos y arácnidos conocidas, y es de esperar que el número aumente si la insecticultura sigue en auge. La forma en la que nos alimentamos influye directamente en la Tierra, y buscar alternativas más sostenibles y eficientes es y será una buena herramienta para hacer frente a la crisis climática y a la inseguridad alimentaria. 

Las maravillas del mundo y el cuidado medioambiental

Las siete maravillas del mundo son ejemplo paradigmático de la pericia arquitectónica desarrollada por el ser humano a lo largo de la historia. Pero ¿pueden tales maravillas de la ingeniería serlo también en el aspecto medioambiental?


Filón de Bizancio (280 a.C.-220 a.C.) fue un ingeniero y escritor griego. A él atribuye el primer listado de las siete maravillas del mundo antiguo, en el que destacó lo que él consideraba los mayores logros arquitectónicos del ser humano. El historiador griego Diodoro (siglo I a.C.) nos legó, en su Biblioteca histórica, el listado definitivo, sustituyendo las murallas de Babilonia por el Faro de Alejandría. Que dichas maravillas fueran siete responde a que los antiguos griegos consideraban que este número representa la perfección. 

Las siete maravillas del mundo antiguo como las del mundo moderno, seleccionadas en 2007 mediante votación popular a nivel global, muestran las impresionantes capacidades de diseño e ingeniería que ha desarrollado el ser humano a lo largo de la historia. Además, algunas de estas maravillas combinaban o combinan la belleza arquitectónica con la sostenibilidad medioambiental.

El listado definitivo de las siete maravillas del mundo antiguo lo plasmó el historiador griego Diodoro (siglo I a.C.) en su Biblioteca histórica

Entre las del mundo antiguo, la más revolucionaria en este aspecto es, lamentablemente, la única de cuya existencia aún se duda. Supuestamente, los Jardines de Babilonia conformaban una inmensa estructura piramidal compuesta por terrazas abovedadas alzadas unas sobre otras, y habrían sido construidos durante el reinado de Nabucodonosor II (642 a.C.-562 a.C.). Dichas terrazas serían huecas y estarían rellenas de tierra. En ellas se plantaban, supuestamente, numerosos árboles y plantas que eran irrigados por un enorme depósito de agua situado en la cúspide. Aunque aún se sigue investigando para probar su existencia, de ser real, este sería el primer ejemplo de bioconstrucción de la humanidad.

La Gran Pirámide de Guiza, única de las siete maravillas del mundo antiguo que aún queda en pie, no se erigió con propósitos medioambientales. Sin embargo, en la actualidad su magnificencia impide que la ciudad de El Cairo, en cuyas afueras se sitúa, continúe expandiéndose y ampliando los efectos nocivos de la polución. 

Sin destacar por su arquitectura bioclimática, pero henchidas de grandeza, quedan en la memoria el Templo de Artemisa, la Estatua de Zeus, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría, que sí pudo utilizar su estructura para que los marinos sorteasen las tempestades.

Por otro lado, y si nos vamos ya a las siete maravillas del mundo moderno, la majestuosa ciudad inca de Machu Picchu es la única que cuenta, desde 2021, con la certificación Destino Carbono Neutral que otorga Green Initiative, líder en certificación climática para el sector del turismo. El monumento ha obtenido este reconocimiento gracias a las prácticas sostenibles de gestión de residuos sólidos allí implementadas.

Otra de las siete maravillas actuales, la Gran Muralla China, también es un ejemplo de sostenibilidad que la naturaleza ha obrado por sí misma. Un estudio publicado a finales de 2023 revelaba que las partes de la Gran Muralla construidas comprimiendo materiales naturales con tierra están cubiertas por un conglomerado de musgos y otros microorganismos, conocido como biocostra, que reduce la erosión, la hace más resistente y favorece la biodiversidad en los alrededores.

El sistema hidráulico de abastecimiento de la ciudad de Petra la convirtió en un oasis imprescindible en las rutas comerciales que atravesaban el desierto

El Coliseo romano se convirtió durante una temporada en receptáculo de una exuberante biodiversidad. En 1850, su estado de abandono lo había convertido en una especie de selva urbana. El botánico inglés Richard Deakin descubrió que, durante los dieciocho siglos que habían pasado desde su construcción, habían crecido en su interior casi 100 especies diferentes de vegetales. Animales y gladiadores llegados desde lugares remotos habrían traído consigo semillas entremezcladas con el pelaje o la ropa, y el Coliseo, gracias a un microclima propio, facilitaba su crecimiento.

Pero el ejemplo más paradigmático de cómo una maravilla arquitectónica puede ser también una maravilla medioambiental es el de la ciudad de Petra. Habitada desde el siglo VII a.C. hasta el año 1985, en que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, esta impresionante ciudad que los nabateos, árabes nómadas, construyeron en una zona desértica del sur de Jordania contaba con unas canalizaciones de agua verdaderamente sorprendentes. Las obras hidráulicas de abastecimiento que realizaron allí lograban transportar una media de 40 millones de litros de agua anuales. Este agua se utilizaba tanto para fines domésticos como para regadío, y convirtió Petra en un espectacular oasis inserto en las rutas comerciales que, por aquellos tiempos, atravesaban el desierto de Wadi Rum. 

Chichén Itza, en Yucatán, a pesar de su majestuosidad, no es ejemplo de arquitectura bioclimática, pero algún sentido tendrá que en sus cercanías eclosione la grandeza de diversidad biológica de los cenotes. El Cristo Redentor de Río de Janeiro contempla, majestuoso, los cielos, y el Taj Mahal no abandona en ningún momento su magnífico romanticismo de mármol. 

Sin dejar de admirar la apabullante belleza de las maravillas del mundo, conseguidas gracias a la pericia arquitectónica de nuestros antepasados, es importante que reflexionemos acerca de cómo puede la estética unirse con el cuidado del medio ambiente.

Electrónica biodegradable, el compromiso de la tecnología con el reciclaje

Con la introducción de la obsolescencia programada la tecnología se convirtió en un obstáculo para la sostenibilidad. Sin embargo, hoy en día se están desarrollando soluciones para hacer que la industria electrónica sea compatible con el medio ambiente.


En el parque de bomberos de Livermore de California (Estados Unidos), se encuentra la bombilla más antigua y famosa del mundo. La conocida como Centennial Light lleva encendida ininterrumpidamente desde que se instaló en 1901, por lo que supera de largo el centenar de años alumbrando el mismo rincón del enclave californiano. Así se fabricaban antes los objetos eléctricos o electrónicos: utilizando los materiales más fiables con el objetivo de proporcionar la mayor durabilidad posible. Con la llegada de la obsolescencia programada, todo cambió, y algunas compañías empezaron a trabajar para limitar la vida útil de sus productos. La obsolescencia programada funciona de manera simple pero efectiva: transcurrido un tiempo predeterminado, los dispositivos dejan de funcionar o quedan obsoletos, lo que obliga a los usuarios a comprar la versión actualizada con el consiguiente impacto medioambiental. 

Crear teléfonos que se descompongan tras su vida útil de manera natural reduciría el impacto climático significativamente

Desde que dispositivos como el ordenador portátil, la tablet o el teléfono móvil conquistaron nuestro día a día hasta convertirse en imprescindibles, el reto se ha multiplicado. La mayoría de los componentes y piezas, incluidas las baterías, resultan complicados de reciclar una vez el dispositivo deja de ser funcional. Alcanzar ese equilibrio es el reto al que se enfrentan los grandes fabricantes de productos electrónicos. Y si la demanda de productos electrónicos no hace sino aumentar, ¿sería posible crearlos con materiales biodegradables?

Bajo la premisa de que el aparato electrónico pueda descomponerse de manera natural después de su uso, minimizando así su impacto ambiental, nace esta alianza entre tecnología y reciclaje. Se basa en el empleo de materiales sostenibles como los bioplásticos, fabricados a partir de materiales orgánicos como el maíz, la caña de azúcar o la patata en lugar del petróleo, y ya se ha utilizado con éxito en el campo médico, con dispositivos que se disuelven en el cuerpo eliminando la necesidad de una segunda cirugía para retirarlos. En el campo medioambiental también se están desarrollando tecnologías similares, como sensores que se descomponen tras recopilar los datos necesarios. 

Una investigación del CSIC ha logrado desarrollar un método que usa únicamente metales que se pueden degradar de forma inocua en la naturaleza

Un estudio del Instituto de Ciencias de Madrid, dependiente del CSIC y liderado por la investigadora María del Puerto Morales, ha conseguido sintetizar nanopartículas de metales para su uso en las nanotintas conductoras que se emplean en la electrónica impresa: «Nuestro proyecto busca hacer electrónica con productos que se descomponen de forma natural sin dejar residuos tóxicos, como sucede con el hierro y el níquel. Usamos estos elementos y sus aleaciones porque son metales biodegradables que están presentes en la naturaleza: desde nuestra propia sangre a la tierra o los alimentos que comemos».

Igualmente, el uso de materiales biodegradables puede marcar un punto de inflexión para los fabricantes a nivel europeo. Y es que la Directiva de Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE) de la Unión Europea ofrece incentivos económicos para las compañías que utilicen materiales más fáciles de reciclar. Lo mismo sucede con todos los Estados miembros, que anualmente deben cumplir unos objetivos de reciclaje. Así, el impulso para servirse de materiales que se degraden en el medio ambiente de manera inocua se antoja como un pilar fundamental a corto plazo para los países europeos. 

No obstante, el desafío global radica en encontrar la fórmula para manufacturar dispositivos sostenibles a gran escala ofreciendo un precio similar para el consumidor. Aaunque estas iniciativas transitan en la dirección correcta, aún queda mucho camino por recorrer para que tecnología y sostenibilidad formen un binomio consolidado.