Categoría: Transición energética

Destino a una aviación con combustibles sostenibles

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Tras dos años marcados por la pandemia, el tráfico aéreo mundial ha vivido un notable incremento en los últimos meses. Con el objetivo de que este impulso de la aviación vaya ligado a los objetivos de descarbonización, el Parlamento Europeo ha propuesto que el 85% de los combustibles sean sostenibles en 2050.

Recuperar el calor del suelo para reducir el consumo energético

Investigadores alemanes y canadienses han descubierto que reciclar el calor del suelo urbano puede ser la solución para satisfacer la demanda de calefacción en muchas zonas del mundo durante los meses más duros del invierno. Además, sería una opción más respecto a las energías limpias en medio de una crisis energética y climática global.

La idea es sencilla: reutilizar todo ese calor que generamos en las ciudades —debido a nuestras múltiples y frenéticas actividades— no solo para calentarnos, sino para reducir la dependencia de los combustibles fósiles. En pocas palabras, reciclaje, ahorro y cuidado del medio ambiente. 

El calor subterráneo, creado por la actividad humana, puede ser una de las energías limpias del futuro

Esto nace de las conclusiones del reciente estudio de científicos del Instituto de Tecnología Karlsruhe (Alemania) y de la Universidad de Dalhousie (Canadá), publicado en la revista Nature Communications, en el que se explica cómo es posible aprovechar todo el calor que se ha filtrado hacia el suelo. Resulta que toda la actividad humana, en especial en las principales urbes, aquella que se produce en los edificios y avenidas que se han construido sobre la tierra, genera cantidades ingentes de calor hacia el subsuelo. De hecho, se le considera un tipo de contaminación, pues existen investigaciones que sostienen que ese aumento de la temperatura facilita la filtración de sustancias tóxicas (por ejemplo, el arsénico) hacia los mantos acuíferos subterráneos. Es decir, hemos generado un exceso térmico no solo en el aire y el agua, sino también debajo de la tierra. La buena noticia es que, si sabemos aprovecharlo, tendremos una energía limpia que podrá calentar las ciudades durante los meses más duros del invierno sin depender tanto del petróleo o el gas.

¿Por qué es una opción altamente considerable? En la publicación científica antes mencionada hay un dato imprescindible: en 1950, solo el 30% de la población mundial vivía en asentamientos urbanos; en 2018, el porcentaje era del 55% (en América Latina, la región más urbanizada del mundo, dos de cada tres personas viven en grandes urbes), y los pronósticos indican que esa cifra seguirá subiendo.  

¿Cómo funciona?

Las ciudades y los grandes núcleos urbanos están cada vez más poblados y, por lo tanto, generan cada vez más calor. Y de acuerdo con el artículo de Nature Communications, este fenómeno solo irá en aumento.  

En esencia, el aprovechamiento de ese excedente térmico se podría lograr mediante un sistema de captación de esa energía gracias a unas tuberías de agua subterráneas que después lo llevarían hacia unas bombas encargadas de calentar directamente edificios o cualquier otra construcción. Una de las aplicaciones que sugiere el estudio sería para las zonas suburbanas, donde existe más espacio para construir la infraestructura y hay más demanda de sistemas térmicos. 

Otro de los datos más potentes presentados en este trabajo es que solo con el 7% del área europea estudiada se podría satisfacer hasta el 25% de la demanda de calefacción en el continente. Y es que ese porcentaje es lo que determina cuáles serían las áreas en las que implementar este sistema sería más necesario. Son, básicamente, tres: «no factible», o áreas donde no existe una demanda de calefacción o en la que la actividad humana no genera calentamiento subterráneo; «potencialmente factible», que son áreas donde el calor generado al reciclar la entrada anual es del 25% o menos de la demanda anual de calefacción de espacios, y «factible», áreas donde el calor generado al reciclar la entrada anual es de más del 25% de la demanda.

En medio de una crisis energética y climática global, reciclar el calor del subsuelo podría ser una opción económicamente más viable que las energías fósiles

Finalmente, es necesario aclarar que existe una gran diferencia entre la energía geotérmica y este proyecto. La geotérmica es esencialmente el aprovechamiento del calor interno de la tierra, provocado por el propio calentamiento interno del planeta, además de fenómenos como la actividad volcánica, mientras que este proyecto se centra en el aprovechamiento del calor generado por la actividad humana en zonas urbanas. Una de las hipótesis que también sugiere el estudio es que quizá, al aprovechar ese excedente térmico urbano, los impactos del calentamiento global podrían disminuir.  

Nuestro rol individual en la transición energética

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El trayecto hacia un futuro energético sostenible comenzó hace varios años. La transición energética es hoy toda una realidad que ha permitido la aparición de nuevos agentes del cambio. Tal y como señala el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030 (PNIEC) este camino debe incluir la participación de la ciudadanía.

Cuando la independencia la trae el sol

El día que Europa tomó posición a favor de Ucrania en su conflicto con Rusia, desde Bruselas eran conscientes de que aquella decisión no solo tendría un impacto diplomático, materializado en una ruptura absoluta de las relaciones internacionales con la potencia rusa, sino que también acarrearía cambios sustanciales en el plano económico y social. Meses después de aquella declaración, la Unión Europea en su conjunto ha entrado de lleno en una nueva era, marcada por la desconexión total de la energía rusa, cuyo suministro gasístico conformaba uno de los principales pilares del sistema de producción para el viejo continente.

En los últimos tres años la potencia solar fotovoltaica instalada en el territorio español se ha triplicado

Una vez que esta medida tomó forma, las instituciones europeas comenzaron a trabajar en un plan que permitiera a los países miembros generar alternativas y fijar un nuevo rumbo para las previsiones establecidas. Para ello, la Comisión Europea ha calculado una inversión de 210.000 millones de euros de cara a que los Veintisiete logren la ansiada y necesaria independencia energética. Un objetivo marcado por la firme apuesta por las energías renovables, a las que se destinará un total de 86.000 millones de euros. Entre todas ellas, desde Bruselas se ha depositado una especial confianza en la energía fotovoltaica, llamada a ser «la principal fuente de energía» del continente a partir de 2030. Una previsión para la que será necesario aunar esfuerzos de cara a encontrar implementaciones que garanticen el futuro energético sin comprometer el desarrollo en otros campos. Creatividad e innovación al servicio del futuro.

En el caso de España, nuestro país no solo no es ajeno a este asunto, sino que a lo largo de los últimos años se ha posicionado como uno de los principales focos a la hora de generar energía solar. De hecho, en los últimos tres años la potencia solar fotovoltaica instalada en el territorio español se ha triplicado, según datos de Red Eléctrica, pasando de 4.767 MW a inicios del 2019, a un total de 15.190 MW a finales del 2021. Como es evidente, este aumento de las instalaciones ha provocado un impacto considerable en el mix de generación eléctrico español, que en solo dos años ha pasado del 3,55% de energía solar fotovoltaica en 2019 a un 8,05% de energía solar en 2021. Ante este escenario, y en vista del aumento en inversión para este campo, resulta esencial continuar en esta línea de trabajo y potenciar la generación de energía solar a través de nuevas fórmulas.

La Unión Europea trabaja con la previsión de que la energía fotovoltaica sea «la principal fuente de energía» a partir de 2030

Para ello, Europa puede fijarse en aquellos países donde la obtención de energía fotovoltaica está más y mejor asentada de cara a replicar algunos de los proyectos. Uno de ellos, quizás el más eficaz de todos, es el proyecto de energía solar llevado a cabo en el estado de Gujarat, en el occidente de la India. Allí se han instalado miles de paneles solares sobre los numerosos canales que recorren la zona, uniendo así dos objetivos esenciales y totalmente complementarios: generar energía y evitar la evaporación del agua. El resultado se ha materializado en el ahorro de millones de litros de agua cada año y la creación de 2.200 MW de energía solar. No es el único proyecto que ha logrado combinar eficiencia y creatividad. En 2014, las autoridades de Krommenie, en Países Bajos, necesitadas de espacio para instalar las placas fotovoltaicas que generan la energía, pusieron en marcha un carril bici plagado de estos paneles. Conocida como SolaRoad, esta ciclovía generó aproximadamente 3.000 kWh en su primer semestre, una cifra mucho más alta de lo esperado y que hizo que países como Francia replicaran la iniciativa.

Con el mundo y el orden geopolítico en constante cambio, este tipo de iniciativas son más que necesarias para consolidar el liderazgo y la independencia de la Unión Europea. Una independencia que, dada la situación actual, solo podrá llegar en forma de energía. Es ahí donde las renovables juegan un papel clave.

Estados Unidos, ¿una potencia renovable?

A pesar de los esfuerzos extremadamente complejos, la actual administración norteamericana parece haber logrado un hito que parecía imposible: establecer las pautas concretas de un plan para lograr que en el año 2050 casi la mitad de la electricidad provenga de energía solar–actualmente es alrededor del 3%–. El logro, en realidad, no solo beneficiará a Estados Unidos sino a toda la humanidad ya que la superpotencia, al fin y al cabo, es aún el segundo mayor emisor de CO2 del planeta, tan solo por detrás de China.

La fecha elegida para la aplicación de este plan no es accidental. Los estadounidenses pretenden alcanzar una economía neutra en carbono –es decir, emitir la misma cantidad de gases de efecto invernadero que sea posible absorber por parte del planeta– para el año 2050. Ambas acciones van en consonancia con el resto de la política climática diseñada por el nuevo gobierno, como el descenso de emisiones en metano –en un 30% por debajo de los niveles de 2020 para el año 2030– o la consecución de una red energética nacional completamente limpia para el año 2035.

 Al menos 30 de los 50 Estados se han fijado un porcentaje mínimo de energía de origen renovable

Una de las últimas órdenes ejecutivas es reveladora en este sentido: la mitad de los coches nuevos vendidos en Estados Unidos en el año 2030 deberán ser eléctricos o de emisiones cero. Estos primeros pasos, si bien parecen ser tímidos, confirman la tendencia surgida tiempo atrás: los millones de toneladas de dióxido de carbono emitidos a la atmósfera por parte del país llevan una dirección evidentemente descendente desde al menos el año 2010. Y es que en los últimos diez años las emisiones de CO2 del país norteamericano se han reducido pasando de 5.571,8 megatoneladas a 4.535,3.

La neutralidad, no obstante, tan solo será un objetivo realizable siempre que se apueste con decisión por las energías renovables, tal como señalan los distintos grupos científicos. En términos macroeconómicos, las metas parecen lo suficientemente claras como para pensar que esta apuesta ya se está perfilando, y es que, según la Casa Blanca, para 2030 se deberían haber reducido en un 50% los niveles de emisión de gases de efecto invernadero con relación a 2005. Algunos agentes sociales van incluso más allá: hasta 13 grandes compañías públicas han enviado una carta a la Casa Blanca apoyando el recorte de emisiones en un 80% por debajo de los niveles de 2005 para el año 2030.

La mitad de los coches nuevos vendidos en Estados Unidos en el año 2030 deberán ser eléctricos o de emisiones cero

La cuestión requiere máxima urgencia: para el año 2100, incluso reduciendo drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero, las muertes relacionadas con el calentamiento global podrían ascender hasta las 26.000 anuales (actualmente son alrededor de 12.000). La inacción, sin embargo, sería fatal: dichas cifra podría ser de 100.000.

Al lado de los costes humanos, por tanto, los costes económicos, aunque elevados, palidecen. La administración norteamericana prevé invertir hasta tres billones y medio de dólares en un plan general de infraestructuras que apoye la transición hacia una energía limpia, las diversas políticas para combatir el cambio climático, la implementación del vehículo eléctrico en la sociedad y la jubilación de los combustibles fósiles. Además, al menos 30 de los 50 Estados ya han establecido un porcentaje mínimo de energía eléctrica de origen renovable.

Las medidas, tomadas en su conjunto, ofrecerían un fuerte impulso para cumplir el límite señalado en el Acuerdo de París; es decir, ayudarían a mantener el aumento de la temperatura alrededor de 1,5ºC en relación con los niveles preindustriales. Estados Unidos, así, pasaría de ser uno de los países más contaminantes del planeta a reducir su huella de carbono a un nivel casi imperceptible. No es casual: todas las inversiones dispuestas para la energía verde conllevan a su vez la creación de múltiples puestos de trabajo y la promoción de una industria y una tecnología modernas y no-contaminantes.

La transición energética, una oportunidad para el empleo

Nadie pone ya en duda que para que la Tierra sea habitable en el futuro es imprescindible transformar nuestro modo de vida actual. Consumimos más recursos de los que la naturaleza genera, y estamos llevando al límite las capacidades del planeta. En esa reconfiguración, que tenemos que abordar desde todos los ámbitos sociales y económicos, juega un papel clave la transición energética, con la que lograríamos eliminar la dependencia actual de los combustibles fósiles y frenar el calentamiento global.

Entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU (ODS), el Objetivo 7 apunta directamente a esta transición al establecer como necesario el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna. Un reto que requiere una apuesta firme por el incremento de las energías renovables. Esta transformación, que supone un vuelco para las economías mundiales tradicionalmente arraigadas a las energías fósiles, tendrá un importante impacto no solo en el medio ambiente sino también en el mercado laboral, ayudando a la consecución del Objetivo 8 de los ODS: promover el crecimiento económico inclusivo y sostenible, el empleo y el trabajo decente para todos.

Las previsiones indican que para 2050 se crearán hasta 122 millones de puestos de trabajo relacionados con la energía

Escasos días antes del comienzo de la celebración de la COP26, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicó, junto a la Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA), el estudio Energía renovable y empleos: revisión anual 2021. En el documento,ambas organizaciones destacan el enorme potencial de creación de empleo que conllevará una transición energética eficiente. Según sus cálculos, en 2050 existirán 122 millones de puestos de trabajo relacionados con la energía renovable, lo que representa más de un tercio de todos los empleos del sector.

Guy Ryder, director general de la OIT, recordó, durante la presentación del estudio, que "el potencial de las energías renovables para generar trabajo decente es una clara indicación de que no tenemos que elegir entre la sostenibilidad medioambiental y la creación de empleo. Ambas pueden ir de la mano". Si bien es cierto que reducir el uso de combustibles fósiles implicará  la pérdida de puestos de trabajo -el estudio calcula que, hasta 2030, desaparecerán entre seis y siete millones de empleos por el cierre o transformación de las industrias más contaminantes-, la expansión de las energías limpias generará entre 24 y 25 millones de nuevos puestos.

Francesco la Camera, director general de IRENA, insistió en que "la capacidad de las energías renovables para crear puestos de trabajo está fuera de toda duda”. Pero incide en que “los gobiernos deben aumentar su ambición para alcanzar el nivel cero" y no dejar a nadie atrás.

La OIT destaca el gran potencial de España en empleos verdes

En nuestro país, la economía verde emplea a casi medio millón de personas, lo que supone el 2,5% de la fuerza laboral. Además, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, diseñado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, estima que en 2030 esa cifra habrá aumentado hasta 1,5 millones de personas.

Un ejemplo del impacto que puede tener la transición energética en la creación de empleo es el de los parques eólicos, instalaciones que requieren profesionales para su construcción, pero también para la puesta en marcha y mantenimiento de los aerogeneradores. Cabe recalcar que, según el Anuario Eólico 2021 de la Asociación Empresarial Eólica, en España hay en la actualidad 1.265 parques eólicos presentes en 1.037 municipios y 237 centros de fabricación en 16 de las 17 comunidades autónomas. Gracias a ello, más de 30.000 personas trabajan en el sector eólico en España a día de hoy y se estima que en 2030 podría emplear a más de 60.000. Una previsión que abre nuevas oportunidades de desarrollo para las zonas rurales.

Solo el sector eólico podría emplear a más de 60.000 personas en España

Respecto al tipo de perfiles que se demandarán en el mercado de las renovables, el estudio de la OIT y de IRENA, antes citado, hace una reflexión del tipo de profesionales que se requerirán en sectores como el fotovoltaico o el eólico. Según las estimaciones, seis de cada diez empleados tendrán una formación mínima, mientras que el 30% serán titulados universitarios en ciencias, tecnología, ingeniería o matemáticas. El resto serán profesionales administrativos (1,4%) y de otros perfiles universitarios como abogados o expertos en logística, marketing o regulación (5%).

Como indica la propia OIT, debemos acometer cambios en los sistemas de producción actuales a un nivel similar al que se produjo durante la revolución industrial. Solo de esta manera lograremos una economía verde y sostenible que beneficie no sólo al planeta sino también a la empleabilidad de quienes lo habitamos.

¿Es la madera el futuro de la energía eólica?

La madera puede ser tan fuerte como el acero y guardar en su interior un nuevo futuro para la energía eólica. Así lo ha demostrado la localidad de Björko, a las afueras de Gotemburgo (Suecia), tras construir un aerogenerador de madera de más de 30 metros de altura. Es el primero del país y se ha convertido en un espejo en el que actualmente se miran el resto de economías por tres motivos muy concretos: al ser un material más barato que el acero reduce en gran medida los costes de producción, proporciona un mayor ahorro energético y minimiza drásticamente su impacto medioambiental.

«Una torre de madera puede reducir hasta 2.000 toneladas de emisiones»

Estos nuevos modelos de aerogeneradores, que se suman a otras iniciativas de menor impacto como los aerogeneradores sin aspas, están construidos en madera laminada, un material capaz de adaptarse sin mayores complicaciones a la altura que necesiten las torres. Además, se consideran climáticamente neutros, ya que la madera utilizada para su construcción proviene directamente de árboles que ya han absorbido su parte de dióxido de carbono. «Una torre de madera puede reducir hasta 2.000 toneladas de emisiones», calcula Otto Lundman, presidente de la compañía que ha creado este modelo, Modvon. «Es un avance importante que abre camino a la generación de nuevos aerogeneradores».

Sin embargo, fue Alemania el primer país que apostó por la madera para la producción eólica en 2012, abriendo la veda a nuevas obras de la ingeniería basadas en las materias primas que nos aporta la naturaleza y que siempre nos han acompañado. Es importante tener en cuenta que las turbinas eólicas tienen una vida útil media de 20 a 25 años, así que los primeros aerogeneradores que se instalaron a principios de este siglo pronto nos harán plantearnos cómo desmantelarlos y deshacernos de sus residuos de una forma respetuosa con el medio ambiente.

Volver a lo básico

En la actualidad, el 85% de los materiales que componen los campos eólicos son reciclables pero, según cálculos de la Universidad de Cambridge, en los próximos años se producirán 43 millones de toneladas de materiales eólicos que deberán encontrar un destino. Los materiales más tradicionales se presentan así como el mejor aliado para afrontar la transición energética de la forma más sostenible. 

El 85% de los materiales que componen los campos eólicos son reciclables

Otro buen ejemplo de esta nueva ambición por reducir el impacto medioambiental de las energías renovables a través de materias básicas lo encontramos en la energía solar. Cada panel fotovoltaico produce una huella de 29 gramos de dióxido de carbono por kW, una cifra que debe reducirse de cara a garantizar la eficiencia energética sostenible.

Por eso, varias empresas españolas están desarrollando un proyecto capaz de reducir hasta un 30% la huella de carbono de la industria fotovoltaica, empleando más eficientemente sus recursos e innovando en materiales que abaratan el precio y, además, son más reciclables, como la plata o el indio. Por otro lado, la Universidad de Berkeley (California) ha descubierto que es completamente factible utilizar metales oxidados para fabricar paneles solares, reciclando esos materiales, que, de otra forma, acabarían en la basura y abaratando el coste de producción de energía solar. 

Los sectores de la arquitectura y la construcción  recurren de nuevo y cada vez más a los materiales provenientes de la naturaleza para erigir las viviendas del futuro. Para 2050, el mundo tendrá que dar un techo a más de 9.700 millones de personas, según cálculos de las Naciones Unidas, por lo que garantizar la sostenibilidad de nuestros hogares pasará por hacerlo de la forma más circular posible. 

La proteína de leche, las fibras de celulosa o el mycelium son cada vez más atractivos en la construcción de viviendas sostenibles

Entre los nuevos materiales que se están utilizando para las viviendas encontramos paneles que reemplazan a la madera y están fabricados a partir de desechos de cultivo de trigo, pintura ecológica creada con arcilla y proteína de la leche, mycelium -una especie de hongo- para crear ladrillos resistentes, fibras de celulosa para aislar los hogares de las temperaturas extremas o ceniza volcánica como sustituta del cemento.
Según el informe Innovación y Sostenibilidad en Materiales 2020 de Alimarket, en los últimos cinco años los fabricantes de materiales lanzaron 1.769 nuevas soluciones sostenibles de cara a reducir el impacto medioambiental de nuestra actividad en el planeta. Desde los primeros días de vida de la humanidad, el ser humano siempre ha buscado imitar a la naturaleza y vivir a su imagen y semejanza. A fin de cuentas, nada es tan eficiente y circular como la propia vida del planeta, por lo que vivir de forma sostenible debe basarse en la aplicación de sus materiales más básicos, aquellos que permitan devolverle lo que hemos tomado prestado durante tanto tiempo.

¿Es la energía azul el eslabón perdido de la descarbonización?

La descarbonización es el término que se refiere al proceso de reducción de emisiones de carbono y es hilo conductor de la transición energética en la que estamos inmersos. En este contexto, una de las iniciativas que surgen con fuerza para agilizar la tan necesaria transición hacia una economía post-carbono es la energía azul. Una fuente que surge del potencial del mar y que permite aprovechar las olas, las mareas y las corrientes marinas para la generación de energía (o, en términos más específicos, generar energía undimotriz, mareomotriz e hidrocinética, respectivamente). 

Las grandes ventajas que ofrece la energía azul no residen solo en el hecho de no emitir carbono a la atmósfera, sino también en su amplia difusión y en la estabilidad y previsibilidad que ofrece. Los océanos cuentan con una extensión de más de 361 millones de kilómetros cuadrados en todo el planeta, lo que hace que este tipo de energía limpia sea accesible para los cinco continentes. Por otro lado, en tanto que depende del mar, su generación no está sujeta a los vaivenes ni de la climatología ni de las estaciones, ni tampoco depende de ninguna franja horaria como sucede con la energía solar. Por otro lado, los cálculos que podemos manejar relativos a los movimientos marítimos (la previsión de sus olas o sus mareas), nos permite realizar una previsión de su generación eléctrica.  En definitiva, la fuerza del mar se está revelando con una tecnología con gran potencial para garantizar un suministro seguro y continuado.

La energía azul podría cifrar su potencia en 2030 con hasta 10 gigavatios

No obstante, esta energía, a diferencia de otras más extendidas y asentadas, es aún joven y emergente y, como tal, su desarrollo aún no es absoluto. Si bien la International Renewable Energy Agency (IRENA) proyecta una capacidad global de 10 gigavatios de energía azul para 2030, la mayor parte de las tecnologías aún se encuentran en fase de prototipo. Sin embargo, las previsiones son prometedoras. Según IRENA, “las tecnologías renovables marinas, aunque todavía no pueden competir en precio con los combustibles fósiles u otras renovables más maduras, serán menos costosas con el tiempo, a medida que su despliegue vaya creando economías de escala”. En la actualidad, existen dieciséis prototipos de extracción energética marina que se dividen en dos tipos de tecnologías: las basadas en la energía de las mareas, como las turbinas de eje horizontal o el cometa submarino; y las relativas a la energía del oleaje, donde se pueden encontrar prototipos como la columna de agua oscilante o el convertidor de olas (bulge wave), entre otros.

Aún a pesar de su facilidad de acceso, debido a la extensión marina, la energía azul se halla hoy principalmente bajo el paraguas occidental, siendo los pioneros en este mercado países como Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Australia o incluso España. 

Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Australia y España son pioneros en proyectos de energía azul

En nuestro país, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030 es el que marca los pasos hacia la transición energética del país y el camino a seguir en los próximos años. Uno de los objetivos principales del plan es alcanzar el  74% de presencia de energías renovables en el sector eléctrico, con el fin de que en 2050 el sector sea 100% renovable.

En este marco normativo se contempla el desarrollo de las energías del mar. En concreto, prevé medidas y programas específicos destinados a tecnologías en desarrollo con la esperanza de que en un futuro la energía eléctrica que hoy es cada vez más verde, sea también azul.

Así es el ambicioso proyecto verde danés

Para llegar al futuro hay que soltar la mano de los combustibles fósiles. Y no es fácil. A pesar de que el Acuerdo de París pide urgentemente el fin de su uso, todavía se están construyendo nuevas centrales térmicas en numerosos rincones del mundo. China e India, por ejemplo, son los dos países con mayor número de plantas de energía de carbón con las que cuentan para dar respuesta a sus elevados índices de demanda energética. ¿Es posible garantizar la demanda energética reduciendo nuestra dependencia de los combustibles fósiles?

Alcanzar la neutralidad climática pasa por buscar alternativas que transformen el sistema de la forma más justa y rentable para todos. Por suerte, para encontrar algunos ejemplos, no hay que irse muy lejos: Dinamarca acaba de dar luz verde a un innovador proyecto que no solo cambia el paradigma de la distribución energética verde, sino que también genera riqueza: fomenta la creación de empleo, convierte los residuos en agua y renaturaliza el sur de Copenhague. Bienvenidos a Holmene.

Una isla para llegar a la meta: Holmene

Islote, en danés. Ese es su significado. Holmene es -o, mejor dicho, será- un archipiélago de nueve islas artificiales distribuidas en tres millones de metros cuadrados de superficie y 18 kilómetros de costa, que se expandirán por la península de Jutland. El conjunto, fruto de la innovación y la tecnología verde, tendrá la capacidad para reducir la emisión de 70.000 toneladas de CO2 al año y producir un total de 322.000 MWh de energía verde, la suficiente como para cubrir el consumo del 25% de la población de Copenhague. 

En 2050, Dinamarca prohibirá la extracción de petróleo y gas en el mar

Ideado por el gobierno danés y el municipio de Hidrove, este paisaje costará 425 millones de euros y empezará a construirse en 2022. Estará listo, si todo va bien, en 2040, justo a tiempo para cumplir con la fecha de caducidad que las nuevas políticas verdes danesas han puesto al petróleo en el país: a partir de 2050, quedará prohibida la extracción de petróleo y gas en el mar del Norte.

Holmene también supondrá un importante impulso al futuro de la economía danesa. Las nuevas islas energéticas acogerán la mayor planta de conversión de residuos del norte de Europa, donde se procesarán los bioresiduos y las aguas sanitarias de 1,5 millones habitantes de la región para convertirlas en agua limpia y biogás, contribuyendo así a la economía circular y creando más de 12.000 puestos de trabajo. 

Una de las claves de un sistema más sostenible se encuentra en la intermodalidad de las estructuras. Y eso es algo que el gobierno danés también tiene en cuenta. Holmene apuesta por la protección de la biodiversidad, su equilibrio sano con la vida humana y la adaptación urbana a las alteraciones meteorológicas provocadas por la crisis climática. Así, las nueve islas estarán rodeadas por un cinturón natural que se utilizará para instalaciones deportivas y áreas recreativas y que, con la ayuda de diques, convertirá el archipiélago en un muro de contención frente a posibles inundaciones no previstas.

La ejemplaridad danesa

Dinamarca siempre se ha caracterizado por su ambición en la lucha contra el cambio climático. Para empezar, construyó el primer parque eólico marino del mundo y lanzó 13 asociaciones climáticas con el sector privado. Después, adelantó a la Unión Europea en materia climática al establecer hace dos años una Ley del Clima para reducir sus emisiones en un 70% hasta 2030.

Dinamarca ha establecido el objetivo de reducción emisiones más amplio de la UE: un 70% para 2030

La de Dinamarca fue la meta de reducción más alta anunciada por un país. «Hemos escuchado la llamada de la ciencia. Hemos decidido no apuntar a lo que sabemos que es posible, sino a lo que sabemos que es necesario. Nuestra tarea ahora es hacer posible lo necesario. Queremos que otros países tomen ejemplo de nosotros», señaló el ministro danés de clima, Dan Jorgensen, tras la aprobación de esta legislación, firmada como vinculante para evitar que un posible cambio de partido pueda influir en el camino hacia la neutralidad climática en 2050. 


Tres décadas antes, el gobierno danés ya había asentado las bases hacia la transición energética. Primero, a través de un Comité para la Transformación Verde, para que todas las decisiones políticas importantes tuvieran en cuenta consideraciones climáticas. Más tarde, a través de una serie de acciones integradas bajo el Plan de Adaptación Climática de Copenhague, que incluyen la reestructuración integral del sistema de drenaje, la construcción de jardines y techos verdes para recoger agua de lluvia, o la mejora de los espacios públicos. Homlene es ahora el siguiente gran proyecto, uno que promete transformar por completo -y para siempre- el paisaje y la vida en Dinamarca. Y del que otros países podrán tomar ejemplo.