Categoría: Transición energética

La transición energética, una oportunidad para el empleo

Nadie pone ya en duda que para que la Tierra sea habitable en el futuro es imprescindible transformar nuestro modo de vida actual. Consumimos más recursos de los que la naturaleza genera, y estamos llevando al límite las capacidades del planeta. En esa reconfiguración, que tenemos que abordar desde todos los ámbitos sociales y económicos, juega un papel clave la transición energética, con la que lograríamos eliminar la dependencia actual de los combustibles fósiles y frenar el calentamiento global.

Entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU (ODS), el Objetivo 7 apunta directamente a esta transición al establecer como necesario el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna. Un reto que requiere una apuesta firme por el incremento de las energías renovables. Esta transformación, que supone un vuelco para las economías mundiales tradicionalmente arraigadas a las energías fósiles, tendrá un importante impacto no solo en el medio ambiente sino también en el mercado laboral, ayudando a la consecución del Objetivo 8 de los ODS: promover el crecimiento económico inclusivo y sostenible, el empleo y el trabajo decente para todos.

Las previsiones indican que para 2050 se crearán hasta 122 millones de puestos de trabajo relacionados con la energía

Escasos días antes del comienzo de la celebración de la COP26, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicó, junto a la Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA), el estudio Energía renovable y empleos: revisión anual 2021. En el documento,ambas organizaciones destacan el enorme potencial de creación de empleo que conllevará una transición energética eficiente. Según sus cálculos, en 2050 existirán 122 millones de puestos de trabajo relacionados con la energía renovable, lo que representa más de un tercio de todos los empleos del sector.

Guy Ryder, director general de la OIT, recordó, durante la presentación del estudio, que "el potencial de las energías renovables para generar trabajo decente es una clara indicación de que no tenemos que elegir entre la sostenibilidad medioambiental y la creación de empleo. Ambas pueden ir de la mano". Si bien es cierto que reducir el uso de combustibles fósiles implicará  la pérdida de puestos de trabajo -el estudio calcula que, hasta 2030, desaparecerán entre seis y siete millones de empleos por el cierre o transformación de las industrias más contaminantes-, la expansión de las energías limpias generará entre 24 y 25 millones de nuevos puestos.

Francesco la Camera, director general de IRENA, insistió en que "la capacidad de las energías renovables para crear puestos de trabajo está fuera de toda duda”. Pero incide en que “los gobiernos deben aumentar su ambición para alcanzar el nivel cero" y no dejar a nadie atrás.

La OIT destaca el gran potencial de España en empleos verdes

En nuestro país, la economía verde emplea a casi medio millón de personas, lo que supone el 2,5% de la fuerza laboral. Además, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, diseñado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, estima que en 2030 esa cifra habrá aumentado hasta 1,5 millones de personas.

Un ejemplo del impacto que puede tener la transición energética en la creación de empleo es el de los parques eólicos, instalaciones que requieren profesionales para su construcción, pero también para la puesta en marcha y mantenimiento de los aerogeneradores. Cabe recalcar que, según el Anuario Eólico 2021 de la Asociación Empresarial Eólica, en España hay en la actualidad 1.265 parques eólicos presentes en 1.037 municipios y 237 centros de fabricación en 16 de las 17 comunidades autónomas. Gracias a ello, más de 30.000 personas trabajan en el sector eólico en España a día de hoy y se estima que en 2030 podría emplear a más de 60.000. Una previsión que abre nuevas oportunidades de desarrollo para las zonas rurales.

Solo el sector eólico podría emplear a más de 60.000 personas en España

Respecto al tipo de perfiles que se demandarán en el mercado de las renovables, el estudio de la OIT y de IRENA, antes citado, hace una reflexión del tipo de profesionales que se requerirán en sectores como el fotovoltaico o el eólico. Según las estimaciones, seis de cada diez empleados tendrán una formación mínima, mientras que el 30% serán titulados universitarios en ciencias, tecnología, ingeniería o matemáticas. El resto serán profesionales administrativos (1,4%) y de otros perfiles universitarios como abogados o expertos en logística, marketing o regulación (5%).

Como indica la propia OIT, debemos acometer cambios en los sistemas de producción actuales a un nivel similar al que se produjo durante la revolución industrial. Solo de esta manera lograremos una economía verde y sostenible que beneficie no sólo al planeta sino también a la empleabilidad de quienes lo habitamos.

¿Es la madera el futuro de la energía eólica?

La madera puede ser tan fuerte como el acero y guardar en su interior un nuevo futuro para la energía eólica. Así lo ha demostrado la localidad de Björko, a las afueras de Gotemburgo (Suecia), tras construir un aerogenerador de madera de más de 30 metros de altura. Es el primero del país y se ha convertido en un espejo en el que actualmente se miran el resto de economías por tres motivos muy concretos: al ser un material más barato que el acero reduce en gran medida los costes de producción, proporciona un mayor ahorro energético y minimiza drásticamente su impacto medioambiental.

«Una torre de madera puede reducir hasta 2.000 toneladas de emisiones»

Estos nuevos modelos de aerogeneradores, que se suman a otras iniciativas de menor impacto como los aerogeneradores sin aspas, están construidos en madera laminada, un material capaz de adaptarse sin mayores complicaciones a la altura que necesiten las torres. Además, se consideran climáticamente neutros, ya que la madera utilizada para su construcción proviene directamente de árboles que ya han absorbido su parte de dióxido de carbono. «Una torre de madera puede reducir hasta 2.000 toneladas de emisiones», calcula Otto Lundman, presidente de la compañía que ha creado este modelo, Modvon. «Es un avance importante que abre camino a la generación de nuevos aerogeneradores».

Sin embargo, fue Alemania el primer país que apostó por la madera para la producción eólica en 2012, abriendo la veda a nuevas obras de la ingeniería basadas en las materias primas que nos aporta la naturaleza y que siempre nos han acompañado. Es importante tener en cuenta que las turbinas eólicas tienen una vida útil media de 20 a 25 años, así que los primeros aerogeneradores que se instalaron a principios de este siglo pronto nos harán plantearnos cómo desmantelarlos y deshacernos de sus residuos de una forma respetuosa con el medio ambiente.

Volver a lo básico

En la actualidad, el 85% de los materiales que componen los campos eólicos son reciclables pero, según cálculos de la Universidad de Cambridge, en los próximos años se producirán 43 millones de toneladas de materiales eólicos que deberán encontrar un destino. Los materiales más tradicionales se presentan así como el mejor aliado para afrontar la transición energética de la forma más sostenible. 

El 85% de los materiales que componen los campos eólicos son reciclables

Otro buen ejemplo de esta nueva ambición por reducir el impacto medioambiental de las energías renovables a través de materias básicas lo encontramos en la energía solar. Cada panel fotovoltaico produce una huella de 29 gramos de dióxido de carbono por kW, una cifra que debe reducirse de cara a garantizar la eficiencia energética sostenible.

Por eso, varias empresas españolas están desarrollando un proyecto capaz de reducir hasta un 30% la huella de carbono de la industria fotovoltaica, empleando más eficientemente sus recursos e innovando en materiales que abaratan el precio y, además, son más reciclables, como la plata o el indio. Por otro lado, la Universidad de Berkeley (California) ha descubierto que es completamente factible utilizar metales oxidados para fabricar paneles solares, reciclando esos materiales, que, de otra forma, acabarían en la basura y abaratando el coste de producción de energía solar. 

Los sectores de la arquitectura y la construcción  recurren de nuevo y cada vez más a los materiales provenientes de la naturaleza para erigir las viviendas del futuro. Para 2050, el mundo tendrá que dar un techo a más de 9.700 millones de personas, según cálculos de las Naciones Unidas, por lo que garantizar la sostenibilidad de nuestros hogares pasará por hacerlo de la forma más circular posible. 

La proteína de leche, las fibras de celulosa o el mycelium son cada vez más atractivos en la construcción de viviendas sostenibles

Entre los nuevos materiales que se están utilizando para las viviendas encontramos paneles que reemplazan a la madera y están fabricados a partir de desechos de cultivo de trigo, pintura ecológica creada con arcilla y proteína de la leche, mycelium -una especie de hongo- para crear ladrillos resistentes, fibras de celulosa para aislar los hogares de las temperaturas extremas o ceniza volcánica como sustituta del cemento.
Según el informe Innovación y Sostenibilidad en Materiales 2020 de Alimarket, en los últimos cinco años los fabricantes de materiales lanzaron 1.769 nuevas soluciones sostenibles de cara a reducir el impacto medioambiental de nuestra actividad en el planeta. Desde los primeros días de vida de la humanidad, el ser humano siempre ha buscado imitar a la naturaleza y vivir a su imagen y semejanza. A fin de cuentas, nada es tan eficiente y circular como la propia vida del planeta, por lo que vivir de forma sostenible debe basarse en la aplicación de sus materiales más básicos, aquellos que permitan devolverle lo que hemos tomado prestado durante tanto tiempo.

¿Es la energía azul el eslabón perdido de la descarbonización?

La descarbonización es el término que se refiere al proceso de reducción de emisiones de carbono y es hilo conductor de la transición energética en la que estamos inmersos. En este contexto, una de las iniciativas que surgen con fuerza para agilizar la tan necesaria transición hacia una economía post-carbono es la energía azul. Una fuente que surge del potencial del mar y que permite aprovechar las olas, las mareas y las corrientes marinas para la generación de energía (o, en términos más específicos, generar energía undimotriz, mareomotriz e hidrocinética, respectivamente). 

Las grandes ventajas que ofrece la energía azul no residen solo en el hecho de no emitir carbono a la atmósfera, sino también en su amplia difusión y en la estabilidad y previsibilidad que ofrece. Los océanos cuentan con una extensión de más de 361 millones de kilómetros cuadrados en todo el planeta, lo que hace que este tipo de energía limpia sea accesible para los cinco continentes. Por otro lado, en tanto que depende del mar, su generación no está sujeta a los vaivenes ni de la climatología ni de las estaciones, ni tampoco depende de ninguna franja horaria como sucede con la energía solar. Por otro lado, los cálculos que podemos manejar relativos a los movimientos marítimos (la previsión de sus olas o sus mareas), nos permite realizar una previsión de su generación eléctrica.  En definitiva, la fuerza del mar se está revelando con una tecnología con gran potencial para garantizar un suministro seguro y continuado.

La energía azul podría cifrar su potencia en 2030 con hasta 10 gigavatios

No obstante, esta energía, a diferencia de otras más extendidas y asentadas, es aún joven y emergente y, como tal, su desarrollo aún no es absoluto. Si bien la International Renewable Energy Agency (IRENA) proyecta una capacidad global de 10 gigavatios de energía azul para 2030, la mayor parte de las tecnologías aún se encuentran en fase de prototipo. Sin embargo, las previsiones son prometedoras. Según IRENA, “las tecnologías renovables marinas, aunque todavía no pueden competir en precio con los combustibles fósiles u otras renovables más maduras, serán menos costosas con el tiempo, a medida que su despliegue vaya creando economías de escala”. En la actualidad, existen dieciséis prototipos de extracción energética marina que se dividen en dos tipos de tecnologías: las basadas en la energía de las mareas, como las turbinas de eje horizontal o el cometa submarino; y las relativas a la energía del oleaje, donde se pueden encontrar prototipos como la columna de agua oscilante o el convertidor de olas (bulge wave), entre otros.

Aún a pesar de su facilidad de acceso, debido a la extensión marina, la energía azul se halla hoy principalmente bajo el paraguas occidental, siendo los pioneros en este mercado países como Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Australia o incluso España. 

Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Australia y España son pioneros en proyectos de energía azul

En nuestro país, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030 es el que marca los pasos hacia la transición energética del país y el camino a seguir en los próximos años. Uno de los objetivos principales del plan es alcanzar el  74% de presencia de energías renovables en el sector eléctrico, con el fin de que en 2050 el sector sea 100% renovable.

En este marco normativo se contempla el desarrollo de las energías del mar. En concreto, prevé medidas y programas específicos destinados a tecnologías en desarrollo con la esperanza de que en un futuro la energía eléctrica que hoy es cada vez más verde, sea también azul.

Así es el ambicioso proyecto verde danés

Para llegar al futuro hay que soltar la mano de los combustibles fósiles. Y no es fácil. A pesar de que el Acuerdo de París pide urgentemente el fin de su uso, todavía se están construyendo nuevas centrales térmicas en numerosos rincones del mundo. China e India, por ejemplo, son los dos países con mayor número de plantas de energía de carbón con las que cuentan para dar respuesta a sus elevados índices de demanda energética. ¿Es posible garantizar la demanda energética reduciendo nuestra dependencia de los combustibles fósiles?

Alcanzar la neutralidad climática pasa por buscar alternativas que transformen el sistema de la forma más justa y rentable para todos. Por suerte, para encontrar algunos ejemplos, no hay que irse muy lejos: Dinamarca acaba de dar luz verde a un innovador proyecto que no solo cambia el paradigma de la distribución energética verde, sino que también genera riqueza: fomenta la creación de empleo, convierte los residuos en agua y renaturaliza el sur de Copenhague. Bienvenidos a Holmene.

Una isla para llegar a la meta: Holmene

Islote, en danés. Ese es su significado. Holmene es -o, mejor dicho, será- un archipiélago de nueve islas artificiales distribuidas en tres millones de metros cuadrados de superficie y 18 kilómetros de costa, que se expandirán por la península de Jutland. El conjunto, fruto de la innovación y la tecnología verde, tendrá la capacidad para reducir la emisión de 70.000 toneladas de CO2 al año y producir un total de 322.000 MWh de energía verde, la suficiente como para cubrir el consumo del 25% de la población de Copenhague. 

En 2050, Dinamarca prohibirá la extracción de petróleo y gas en el mar

Ideado por el gobierno danés y el municipio de Hidrove, este paisaje costará 425 millones de euros y empezará a construirse en 2022. Estará listo, si todo va bien, en 2040, justo a tiempo para cumplir con la fecha de caducidad que las nuevas políticas verdes danesas han puesto al petróleo en el país: a partir de 2050, quedará prohibida la extracción de petróleo y gas en el mar del Norte.

Holmene también supondrá un importante impulso al futuro de la economía danesa. Las nuevas islas energéticas acogerán la mayor planta de conversión de residuos del norte de Europa, donde se procesarán los bioresiduos y las aguas sanitarias de 1,5 millones habitantes de la región para convertirlas en agua limpia y biogás, contribuyendo así a la economía circular y creando más de 12.000 puestos de trabajo. 

Una de las claves de un sistema más sostenible se encuentra en la intermodalidad de las estructuras. Y eso es algo que el gobierno danés también tiene en cuenta. Holmene apuesta por la protección de la biodiversidad, su equilibrio sano con la vida humana y la adaptación urbana a las alteraciones meteorológicas provocadas por la crisis climática. Así, las nueve islas estarán rodeadas por un cinturón natural que se utilizará para instalaciones deportivas y áreas recreativas y que, con la ayuda de diques, convertirá el archipiélago en un muro de contención frente a posibles inundaciones no previstas.

La ejemplaridad danesa

Dinamarca siempre se ha caracterizado por su ambición en la lucha contra el cambio climático. Para empezar, construyó el primer parque eólico marino del mundo y lanzó 13 asociaciones climáticas con el sector privado. Después, adelantó a la Unión Europea en materia climática al establecer hace dos años una Ley del Clima para reducir sus emisiones en un 70% hasta 2030.

Dinamarca ha establecido el objetivo de reducción emisiones más amplio de la UE: un 70% para 2030

La de Dinamarca fue la meta de reducción más alta anunciada por un país. «Hemos escuchado la llamada de la ciencia. Hemos decidido no apuntar a lo que sabemos que es posible, sino a lo que sabemos que es necesario. Nuestra tarea ahora es hacer posible lo necesario. Queremos que otros países tomen ejemplo de nosotros», señaló el ministro danés de clima, Dan Jorgensen, tras la aprobación de esta legislación, firmada como vinculante para evitar que un posible cambio de partido pueda influir en el camino hacia la neutralidad climática en 2050. 


Tres décadas antes, el gobierno danés ya había asentado las bases hacia la transición energética. Primero, a través de un Comité para la Transformación Verde, para que todas las decisiones políticas importantes tuvieran en cuenta consideraciones climáticas. Más tarde, a través de una serie de acciones integradas bajo el Plan de Adaptación Climática de Copenhague, que incluyen la reestructuración integral del sistema de drenaje, la construcción de jardines y techos verdes para recoger agua de lluvia, o la mejora de los espacios públicos. Homlene es ahora el siguiente gran proyecto, uno que promete transformar por completo -y para siempre- el paisaje y la vida en Dinamarca. Y del que otros países podrán tomar ejemplo.

Descifrando la calificación energética de nuestros electrodomésticos

“Con el etiquetado energético se busca que los compradores de electrodomésticos, aparatos de climatización, o coches consideren la eficiencia energética como un factor más a tener en cuenta en la decisión de compra y, al mismo tiempo, promover el ahorro energético y la protección medioambiental”. Con estas palabras, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico presenta la nueva clasificación energética de la que ya disponen los nuevos electrodomésticos que hay en el mercado. El pasado lunes 1 de marzo desaparecían definitivamente las famosas A+, A++, A+++ para frigoríficos, congeladores, vinotecas, lavadoras, lavasecadoras, lavavajillas y pantallas electrónicas. En su lugar, ahora encontramos una clasificación alfabética de la A a la G, en la que la primera letra designa a los productos más eficientes energéticamente –y, por ende, que menos consumen–, mientras que la G se refiere a los menos eficientes. Aunque por el momento solo afectará a los electrodomésticos, las fuentes de iluminación se unirán al nuevo sistema a partir de septiembre de este mismo año. En este marco se celebra este año el Día Mundial de la Eficiencia Energética, una jornada dedicada a concienciar sobre el uso racional de la energía. 

Desde el 1 de marzo los electrodomésticos contarán con una clasificación alfabética de la A a la G

Con este etiquetado, España se adhiere a las normas de ensayo sobre eficiencia energética de la legislación europea: así, se estandarizan los métodos utilizados por los laboratorios y fabricantes para adecuarse de manera realista al uso que el comprador final dará en su hogar al electrodoméstico. Además, el nuevo sistema de calificación viene regulado en las Directivas de Ecodiseño-Ecodesign (2009/125/EC) y en la Directiva 2010/31 de eficiencia energética. Estas, junto a la Directiva Europea 2010/30/CE –también conocida como Directiva sobre etiquetado energético o Energy Labelling–, marcan los requisitos de diseño ecológico que pauta la Comisión Europea. De esta manera, en ese sendero de descarbonización en el que el continente está sumergido, el mercado de electrodomésticos se vuelve más transparente para los usuarios finales gracias a los indicadores de consumo de energía y otros recursos necesarios para su funcionamiento –como el agua–. 

Así son las nuevas etiquetas

A partir de ahora, esta nueva etiqueta se convierte en obligatoria, pero cada electrodoméstico tendrá su propio reglamento de aplicación según sus características propias. Hasta el momento se han publicado los de los aparatos de refrigeración, lavadoras, lavavajillas, secadoras, campanas, hornos, calentadores de agua, aspiradores y aparatos de aire acondicionado. Sin embargo, poco a poco se irán uniendo a ellos el resto de dispositivos eléctricos y electrónicos.

Los electrodomésticos hasta ahora calificados con una A+++ recibirán una B, para ampliar su margen de mejora en eficiencia energética

Pero ¿en qué consiste el nuevo etiquetado? El principal cambio –más allá de la nomenclatura– estará en la inclusión de las nuevas categorías energéticas y de pictogramas para los parámetros indicados. Las etiquetas de la A a la G marcarán cuán ecológico es el electrodoméstico y, según la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), serán “revisadas cuando el 30% de los productos en el mercado comunitario reciban la máxima clasificación (A) o cuando el 50% esté en las franjas A y B, para asegurar su utilidad”. De esta manera, siempre habrá lugar a mejoras en la eficiencia energética de los productos. Además, este cambio en el etiquetado hará que aquellos electrodomésticos más eficientes hasta ahora calificados con la clase A+++ reciban, como mucho, una B. Así, ese margen de mejora en la eficiencia energética de todos esos aparatos será aún mayor. 

Por ejemplo, una etiqueta de una nevera sin congelador, que hasta ahora pertenecía a la categoría A+++, mostraría la siguiente información: un código QR que ofrece más datos sobre el modelo de electrodoméstico, la letra que marca la eficiencia energética del aparato (C), un código de color para visualizar con facilidad esa letra –A, B y C corresponderían a diferentes tonos de verde, D al amarillo, E y F al naranja y G al rojo–, el consumo energético anual calculado con menor margen de error (66kWh/annum), el volumen del frigorífico en litros (160 l), y sus niveles de ruido medidos en decibelios y visualizados en una escala de cuatro letras: A, B, C, D (38dB C). 

En el caso de una lavadora, por ejemplo, de eficiencia media clasificada como D (amarillo), se incluiría también la cantidad de energía consumida por cada 100 ciclos (por ejemplo, 69 kWh), los kilogramos de carga que soporta (7,0 kg), la duración del ciclo de lavado ecológico (03:20), la cantidad de agua que necesita (45 l), la eficiencia de centrifugado clasificada de la A a la G (una B en este ejemplo), el ruido de centrifugado (74 dB) y la clase de emisión de ruido de la A a la D (B en este caso). 

Aunque dependerá del electrodoméstico, como se ha visto, las nuevas etiquetas no solo se ciñen en clarificar la eficiencia energética de este, sino que aportan datos sobre el consumo de agua –en el caso de las lavadoras o los lavavajillas, por ejemplo–, su capacidad de almacenamiento o el ruido que hace. Gracias a su código QR se puede, además, encontrar información extra para el usuario final. Esta semana la Unión Europea y sus países miembro han dado un paso más en la dirección hacia un futuro más sostenible y unos hogares más respetuosos con nuestro planeta en el que la transparencia es la clave.

La rehabilitación energética de nuestros edificios: mucho más que un cambio de fachada

Caminamos por las calles sin saber que más de un tercio de los edificios que observamos a nuestro paso tienen más de 50 años de antigüedad. Son una joya arquitectónica, un recuerdo vivo del crecimiento del mayor desarrollo de la edificación de toda la historia de España, pero también un pesado lastre para el planeta: demandan más del 30% del consumo de energía en nuestro país. De hecho, más de la mitad de ese consumo corresponde exclusivamente al sector residencial. Si tenemos en cuenta que al menos la mitad de viviendas están construidas sin ningún tipo de aislamiento y que tan solo un 3% cumple con los estándares de la normativa actual, llegamos a una realidad insalvable: las ciudades del futuro tienen que asegurarse de que los edificios ya existentes apuesten por la sostenibilidad.

Hasta 14 millones de viviendas españolas tienen deficiencias graves en cuanto a su eficiencia energética

Cuando hablamos sobre rehabilitación energética no hablamos solo de retocar la fachada. Hay que mirar primero lo que tenemos frente a nosotros: materiales incapaces de almacenar el calor, distribuciones poco eficientes, ventanas mal construidas, aislamientos deficientes… la lista es extensa. Con el objetivo de escribir el punto y final del despilfarro energético, el Programa de Rehabilitación Energética de Edificios (PREE) del Gobierno de España destinará 300 millones de euros a ayudas para la rehabilitación energética de edificaciones y la descarbonización progresiva que permita alcanzar la neutralidad climática en 2050. 

El Ejecutivo advierte en el informe que teniendo en cuenta que actualmente se están construyendo unas 80.000 viviendas al año y que el parque construido ronda los 26 millones de edificios, de los cuales 14 millones tienen deficiencias graves en cuanto a su eficiencia energética, no se podrán conseguir los objetivos sin actuar de forma intensiva sobre lo que ya está construido., Así, la meta es rehabilitar un total de 300.000 viviendas de aquí a 2030. Para hacerlo subvencionará cambios en la envolvente térmica, la sustitución de calderas por opciones renovables y la mejora de la eficiencia de la iluminación. No hay una solución óptima pero sí una infinidad de soluciones distintas. 

Luchando contra la pobreza energética desde la rehabilitación

La mala eficiencia energética agrava la situación de más de un millón de hogares españoles en pobreza energética. En los Objetivos de Desarrollo Sostenible este término ocupa un lugar prioritario, ya que es necesario eliminarlo para garantizar la justicia social y la sostenibilidad de nuestra sociedad. Las ciudades en particular y los municipios en general son el escenario principal del cambio energético. Bajo la premisa de que todos aportamos, Red Eléctrica de España ha trabajado junto a la Federación Española de Municipios y Provincias en la elaboración de una Guía para la transición energética en las entidades locales que aborde los principales retos a los que se enfrenta la sociedad española desde cada consistorio, cada casa, cada habitación. 

El documento pretende dar respuesta a, entre otros aspectos, la rehabilitación de edificios, una estrategia clave para reducir el número de habitantes afectados por la pobreza energética: cambiar las ventanas, por ejemplo, puede ayudar a ahorrar hasta un 25% en las facturas y aislar térmicamente fachadas y cubiertas puede reducir la cifra a la mitad. Por otro lado, instalar termostatos y sistemas de ajustes ayudan a evitar el derroche energético. Otras medidas estructurales útiles son los sistemas domóticos, que permiten gestionar la demanda eléctrica y que pueden ser una gran técnica de cara a la habitabilidad energética de las viviendas. Cuanto más inteligente el hogar, más sostenible es nuestra forma de vida.

Priorizar las viviendas con alto grado de deterioro es un aspecto clave

Sin embargo, indica la guía, no podemos prestar atención solo a la parte más práctica: también es importante impulsar líneas de ayuda para las familias con menos recursos. Proponer planes para la rehabilitación, que prioricen la vulnerabilidad y la falta de recursos de los habitantes en las viviendas con alto grado de deterioro, es un aspecto clave a la hora de enfocar la sostenibilidad del parque de viviendas. A fin de cuentas, nuestra vida cotidiana depende de servicios energéticos fiables y asequibles para funcionar de forma equitativa.

España avanza en sostenibilidad energética

Este 2020 ha sido un auténtico temporal en alta mar. La ola que más nos ha afectado ha sido, sin duda, la de la pandemia del coronavirus. Pero como toda marea, la de 2020 trae también otras olas preocupantes: la de la recesión económica y la del cambio climático, que ha quedado relegado a un segundo plano debido a la imperante necesidad de enfocarse en la urgencia de la crisis sanitaria. Es importante que recordemos que una crisis nunca viene sola y que ahora la clave está en acelerar el trabajo para poner freno a los efectos de un cambio climático que sigue sobrevolándonos a diario. 

El Consejo Mundial de la Energía no deja de hacer hincapié a través de su informe World Energy Trilemma 2020 -elaborado junto con la consultora Oliver Wyman- en la necesidad de “humanizar la energía” dotando a los avances en sostenibilidad de un enfoque más social que preste atención a una redistribución más justa de los recursos, solucione la brecha de acceso energético entre países y permita evolucionar hacia un escenario más verde a través de una tecnología más asequible. 

España avanza en sostenibilidad e igualdad en el acceso energético, pero debe mejorar en seguridad energética

«Esta pandemia está provocando un gran impacto en el camino hacia la transición energética. Han aparecido nuevas formas de trabajar en ello, así como claros ganadores y perdedores», indica el informe, que analiza además la evolución de 130 países en materia de equidad, seguridad energética y sostenibilidad. En el primer puesto de la clasificación global de este índice se sitúa Suiza. En el último (108), Nigeria. España se encuentra en el puesto número 15 por detrás de 12 países europeos, como Italia, Reino Unido, Francia o Austria. Hemos mejorado en sostenibilidad y en igualdad en el acceso energético, pero aún hay camino por recorrer en seguridad energética. ¿Qué podemos mejorar?

En busca de una menor dependencia

La seguridad energética consiste en garantizar el suministro de energía de manera sostenible medioambiental y económica, a través del abastecimiento exterior y la generación de fuentes autóctonas, en el marco de los compromisos internacionales. En este ámbito, España obtiene una puntuación del 65,7 en respuesta a la caída de la capacidad de almacenamiento, lo que nos lleva a situarnos en el puesto 25. Compartimos cifra con Portugal y Rusia. No obstante, en diez años, hemos mejorado las tres subcategorías: dependencia de importaciones, almacenamiento y diversidad de generación de energía eléctrica. 

Las instituciones públicas son conscientes del reto al que se enfrenta nuestro país en cuanto a la garantía de una distribución energética justa. De hecho, según los datos del Ministerio de Exteriores, el 44,9% de la energía primaria consumida proviene del petróleo; el 22,3% del gas natural y el 11,6% de la energía nuclear. Además, España tiene una importante dependencia en las importaciones puesto que el 70% de la demanda energética se cubre de esta forma.  

El 70% de la demanda energética se cubre con importaciones

El cambio climático es una ficha esencial en este puzzle: el sector energético, como indicaba en 2015 la Estrategia de Seguridad Energética Nacional, es altamente sensible a los efectos producidos por el cambio climático. La disminución de las precipitaciones, el aumento de las temperaturas o el cambio abrupto en el régimen de los vientos puede incidir en la demanda de los recursos y afectar al rendimiento de muchas centrales energéticas. 

El anteproyecto de la Ley de Cambio Climático fija, para 2030, generar el 70% de la electricidad con energías renovables y mejorar la eficiencia energética en al menos un 35%. 

En 2030 el 70% de la electricidad deberá proceder de energías renovables

Sin embargo, quedan más asuntos por resolver: invertir adecuadamente en las infraestructuras, crear más interconexiones energéticas y fomentar una política energética que garantice el funcionamiento del mercado interior de la energía para hacernos menos dependientes del exterior.

La pandemia como escenario sobre le que improvisar

España puede presumir de puntuar muy alto en materia de igualdad de acceso a la energía, un 92,4. En cuanto a la sostenibilidad energética -la capacidad de un país para mitigar los efectos del cambio climático a través de la eficiencia energética y su distribución, la calidad del aire y la descarbonización- el informe destaca que los países con los sistemas energéticos más sostenibles se encuentran en Europa, donde destaca el crecimiento del uso de energías renovables. La preocupación por la sostenibilidad ha llevado a nuestro país a obtener un notable alto (79,8) superando a territorios como Bélgica, Portugal, Irlanda o Los Países Bajos. El Consejo Mundial de Energía lo achaca a la aprobación de la Ley de Cambio Climático y los objetivos de acceso a las energías renovables así como a la descarbonización y los nuevos modelos de negocios. 
En este último año, a pesar de la tormenta, hemos sido capaces de incrementar la producción eléctrica renovable y de reducir las emisiones de dióxido de carbono per cápita. ¿Y qué ocurrirá tras la pandemia del coronavirus? ¿Caminaremos hacia atrás? Ni siquiera el Consejo Mundial de Energía es capaz de predecirlo pero, en esta situación de incertidumbre asegura que «líderes energéticos, instituciones y políticos deben explorar de forma constructiva este escenario sin precedentes explorando la situación para llegar a la línea de meta: una política energética que, combinada con este contexto, garantice la transición ecológica más beneficiosa».

La huella ecológica de la revolución digital

En Internet no existe el tiempo ni el espacio. Sus puertas siempre están abiertas a nuestro mundo. Marshal McLuhan, el famoso filósofo canadiense, ya vaticinó en los años sesenta que Internet -aunque por entonces no existía ese término- se convertiría en una extensión de nuestro cuerpo, una prolongación que formaría parte de nosotros por y para siempre. No estaba equivocado: hoy en día ya hay más de 4.500 millones de usuarios navegando diariamente a través de mails, páginas webs y redes sociales. Toda nuestra vida está en la nube. A veces, vivimos más en Internet que en la vida real. 

Lo que McLuhan no pudo vaticinar con tanta precisión fue la huella de carbono de esta revolución digital. El sector IT ya representa el 7% del consumo global de electricidad, lo que implica un gasto de recursos que inevitablemente deja una emisión de dióxido de carbono tal sobre nuestro planeta que, según estiman los expertos, supera al de la aviación, responsable del 12% de las emisiones. 

A pesar de todo esto, las Naciones Unidas insisten en que la digitalización es capaz de acelerar y fomentar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para reducir las desigualdades y alcanzar un mundo más justo, con mejores condiciones laborales y sociales. Si queremos avanzar en la revolución digital en busca de un mundo mejor es necesario que lo hagamos de la forma más limpia posible.

El impacto de nuestra actividad digital

Si Internet fuera en país, ocuparía el sexto puesto entre los más contaminantes

Si Internet fuera un país, ocuparía el sexto puesto entre los más contaminantes. Aunque no veamos de forma instantánea el daño que provoca sobre el medio ambiente, como sí podemos hacerlo con un coche, todos los recursos que se necesitan para que el mundo digital funcione -almacenamiento de datos, antenas de emisión, sistemas de refrigeración…- implican un consumo ingente de electricidad que no siempre proviene de fuentes de energía renovables, pese a los avances y compromisos por descarbonizar el sector eléctrico y reducir su emisión de gases. ¿Cuánto podemos llegar a consumir en nuestra actividad digital durante un día? 

Como demuestra este reportaje de El País, realizado con la colaboración del grupo de investigación Alarcos, de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM), enviar un mensaje de 280 caracteres en Twitter consume un total de 177 vatios por segundo. A su vez, en esta red social y en Facebook, un GIF puede llegar a requerir más de un centenar de vatios por segundo. Hasta un simple emoticono implica un gran consumo: más de 140 vatios por segundo. En 40 segundos, la actividad global en Facebook y Twitter llega a costarnos más de 800 kilos de CO2. 

Por otro lado, cada segundo se envían 2,5 millones de correos electrónicos en todo el mundo, lo que equivale a 4 gramos de CO2 emitidos al medio ambiente. Si al día se escriben 236 mil millones de correos, la cifra se torna especialmente preocupante. Lo mismo ocurre con Youtube: según este artículo de The Guardian, cada 10 minutos consumidos en un vídeo equivalen a un gramo de CO2. Un dato que se torna preocupante si tenemos en cuenta que en 42 segundos, los internautas a nivel mundial llegan a consumir tres millones de vídeos. 

Los centros de datos, en el punto de mira

A pesar de que el tamaño de la huella de carbono que generamos día a día con nuestra actividad digital sea nuestra responsabilidad, lo cierto es que estas emisiones están íntimamente relacionadas con la forma en que las empresas digitales utilizan los recursos energéticos. La clave está en los centros de almacenamiento de datos, lugares físicos con la tecnología de computación necesaria para almacenar y alojar páginas webs. A nivel global, los centros de datos consumen más de 416 teravatios de electricidad al año, un 40% más que el consumo de todo Reino Unido.

Los centros de datos consumen un 40% más que el consumo de todo Reino Unido

No obstante, son muchas las empresas que están trabajando por reducir su huella de carbono digital. Google, que acoge en su servidor más de 5.000 millones de búsquedas al día, ya ha dado el primer paso hacia una red más sostenible comprando energía sin emisiones de carbono de forma ininterrumpida para sus centros de datos. Netflix, por su parte, anunció el año pasado su intención de reducir a cero las emisiones de carbono alimentándose de energía hidráulica y eólica. Facebook también presume de basar el 67% de su consumo en energías limpias, igual que iTunes (83%), Youtube (56%), Whatsapp (67%) e Instagram (67%). 

Nosotros, como individuos, también podemos contribuir al cambio centrándonos en consumir servicios digitales en dispositivos más pequeños, cerrando las ventanas del navegador que no estemos utilizando, apagando el router por las noches,y, sobre todo, utilizando servicios digitales que hayan diseñado una estrategia clara y efectiva para combatir el CO2. Solo sumando esfuerzos conseguiremos un mundo digital más verde y un planeta más sano.