Categoría: Innovación sostenible

La revolución del cultivo vertical

«Asombrosas islas de verduras que se mueven como balsas sobre el agua». Al historiador William Prescott, que basó gran parte de sus relatos en el imperio azteca, el paisaje de la zona le dejó perplejo: donde debía estar el lago Xochimilco, se vislumbraban aquellas llamativas chinampas, abundantes cosechas de verduras y flores que flotaban impasibles en balsas acuáticas, formando islas que parecían levitar en el aire. Parecía magia. ¿Cómo era posible que esos cultivos no necesitaran del suelo para salir adelante? 

Si viajamos aún más atrás en la historia, encontraremos jeroglíficos egipcios que describían procesos de cultivo acuáticos a lo largo del Nilo. Eran los orígenes de lo que ahora conocemos como la hidroponía, que reemplaza un sustrato inerte por disoluciones minerales en agua, una técnica innovadora y mucho más sostenible que la agricultura tradicional, responsable del consumo del 70% del agua a escala global.

De seguir con el sistema alimentario actual en 2050 el acceso global a calorías se reducirá hasta niveles propios del año 2000

Ahora  la agricultura ha dado un paso más y ya mira al suelo desde las alturas. Es la aeroponía, una técnica de cultivo vertical que solo necesita una décima parte del agua respecto a los cultivos tradicionales y que resuelve algunos de los problemas que el incipiente reto de alimentar al planeta trae consigo: alteraciones del suelo, desertificación, sequía y falta de espacio. Y es que el tiempo corre en nuestra contra: de seguir con el modelo extensivo de agricultura, advierte la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), «el sistema reducirá la disponibilidad de calorías en 2050, especialmente en los países en vías de desarrollo, a los niveles alcanzados en el año 2000». 

Aprender a prescindir del suelo para seguir subsistiendo es una necesidad, y la aeroponía recoge ese guante como una técnica que no solo es más sostenible sino también más barata: esta técnica, desarrollada en 1920 por el doctor Franco Massantini y mejorada por la NASA en 1990, consiste en cultivar verduras en paredes o columnas, con las raíces al aire y escondidas dentro de una cámara que las protege de la luz permitiéndoles, a la vez, absorber el oxígeno que necesitan. Al tener un mayor acceso al oxígeno, los nutrientes son absorbidos directamente del ambiente una vez son pulverizados en forma de disolución, lo que les requiere menos energía para llevar a cabo la fotosíntesis.

Gracias a esta independencia del sustrato, la aeroponía se presenta como una técnica especialmente productiva en interior, lo que, a su vez, evita múltiples problemas típicos de la agricultura tradicional. Como los cultivos no están expuestos a plagas, no es necesario aplicarles pesticidas; y tampoco se ven afectados por heladas ni climas extremos.Al no requerir grandes atenciones en comparación con otras técnicas, el proceso se simplifica considerablemente, lo que minimiza, por un lado, el uso de agua y nutrientes y, por otro, la energía, reduciendo así la huella de carbono agrícola. 

Una posible solución a las ciudades hambrientas

La industria alimentaria moderna da forma a nuestros territorios y afecta a las ciudades. En ellas, el acceso a frutas y verduras de calidad suele ir normalmente acompañado de una extensa huella de carbono ya que, dada la falta de espacio para instalar cultivos, las ciudades se abastecen de frutas y verduras provenientes de lugares lejanos, con las emisiones que ese transporte conlleva. La urbanista Carolyn Steel lo explica con el concepto del «triple golpe»: «La mayoría de los ciudadanos no sabe de dónde viene su comida (primer golpe) y se han acostumbrado a alimentos baratos (segundo golpe), mientras que los líderes políticos tienen escaso control sobre el sistema alimentario frente a la industria (tercer golpe)», explicaba en una entrevista recientemente. 

Según el Ministerio de Agricultura, los cereales, las legumbres y las frutas recorren de media 2.954 y 5.466 kilómetros, respectivamente, hasta llegar a los hogares. Es precisamente aquí donde la aeroponía juega un papel clave: al distribuirse verticalmente, facilita la siembra de una alta densidad de plantas en espacios muy reducidos, fomentando la producción de ‘kilómetro cero’ (alimentos cultivados a menos de 100 km del punto de consumo) y resolviendo posibles situaciones de desabastecimiento como las que vivimos durante el estado de alarma..

La aeroponía permite cultivar alimentos en tan solo 16 días

Pero ¿puede hablarse ya de una revolución vertical? En Estados Unidos, por ejemplo, la aeroponía ya se ha hecho un hueco. La empresa Aerofarms, ubicada en Newark (New Jersey), abastece a instituciones, restaurantes y supermercados locales con 1.000 toneladas de verduras al año, cultivadas en 16 días (en la agricultura tradicional, el tiempo es el doble) en siete pisos de estanterías gigantes sin llegar a ocupar ni siquiera una hectárea de suelo. En Francia, por otro lado, una azotea parisina alberga el mayor huerto urbano de tomates, fresas y plantas aromáticas en Europa y basa su cultivo, sobre 14.000 metros cuadrados, en la aeroponía y la hidroponía.

En lo que a España concierne, los avances aún son tímidos. A pesar de sus múltiples ventajas, lo cierto es que un sistema aeropónico es una instalación relativamente costosa, ya que necesita, entre otros materiales, una serie de equipos electrónicos para vigilar el estado de los cultivos. Por eso, los pasos son pequeños, aunque decididos: en Ibiza, una pareja compró hace varios años una finca para dar vida a Ibiza Farm, el primer huerto aeropónico de exteriores de Europa donde, además de producir frutas y verduras para donarlas a escuelas locales, sus dueños desarrollan talleres de educación ambiental para los más pequeños. 

En este ámbito también han surgido start-ups como Nextfood, mitad danesa y mitad española, que proporciona infraestructuras de aeroponía a granjeros locales de todo el mundo para crear una red descentralizada de granjas verticales conectadas y vigiladas a distancia por un equipo de científicos para garantizar su eficiencia. Porque, como ya apostilló el CEO de la compañía, Rasmus Bjengaard, «en los próximos 40 años la humanidad debe producir tanta comida como lo hizo en los últimos 10.000 años. El problema es obtener suficiente, no reemplazar a otros». Y en el caso de la agricultura vertical, solo el cielo es el límite.

Jardines verticales: más que una pared verde

¿Qué pensaría Jackson Pollock de este lienzo vivo? Una pared vegetal de 17 metros de altura y 32 de largo formado por 22.300 plantas de 26 especies distintas, tropicales y subtropicales, elegidas según un estudio de la luz e inspiradas en sus pinturas. Cuanto menos, le halagaría ver cómo su obra ha sido musa de este jardín vertical, levantado en la antigua sede de Tabacalera de la ciudad de Santander, que se ha convertido en el más grande de Europa. Un trabajo orgánico y dinámico cuya forma y textura serán distintas, según su flora vaya cambiando con las estaciones a lo largo del año. 

El jardín vertical más grande de Europa está en Santander y cuenta con 22.300 plantas de 26 especies distintas

Teniendo en cuenta que el futuro de las ciudades pasa por crear más espacios verdes , los jardines verticales se alzan como una solución práctica y eficiente, además de estética. Porque, aunque su principal objetivo sea restaurar la conexión entre la naturaleza y los edificios, resulta que estas paredes verdes también se alzan como reconfortantes oasis artísticos en mitad de las junglas de asfalto. No solo en las fachadas de los edificios (como CaixaForum de Madrid), sino también en los interiores de estos (como el de Santander) e incluso en recepciones de hoteles, oficinas, tiendas y restaurantes. Y es que cuando la estética se une a un amplio abanico de beneficios, no solo para el medio ambiente sino también para la salud, la tendencia está servida. 

Grandes beneficios ambientales, físicos y psicológicos

Incluir jardines verticales llenos de flores y plantas crea ambientes placenteros que invitan a estar cerca de ellos, generando una sensación de tranquilidad y confort necesaria en estos tiempos que corren. Un estudio de la Washington State University concluyó que las plantas reducen los indicios físicos de estrés y demostró que las personas que trabajaban en un entorno en el que hay plantas tienen una productividad un 12% superior, y están menos estresadas que quienes trabajaban en espacios sin ellas.

4 millones de personas mueren al año en el mundo por problemas derivados de la contaminación

Además de aumentar el bienestar, este tipo de estructuras naturales ayudan a mejorar las relaciones, la creatividad y la productividad, restablecen la biodiversidad, mitigan el ruido dentro de los inmuebles, reducen las temperaturas en núcleos urbanos y contribuyen a eliminar la contaminación del aire, entre otros beneficios. La contaminación urbana es uno de los mayores problemas de salud a los que se enfrentan las sociedades modernas. Según la Organización Mundial de la Salud, cada año mueren más de 4 millones de personas en el mundo debido a problemas relacionados con la contaminación del aire, especialmente en las ciudades. Por eso, crear espacios urbanos habitables y saludables son dos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (11: Ciudades y Comunidades Sostenibles y 3: Salud y Bienestar) y los jardines verticales pueden ser parte de la respuesta para paliarlos ya que, según expertos en este tipo de estructuras, un metro cuadrado de fachada vegetal extrae 2,3 kg de CO2 al año del aire y produce 1,7 kg de oxígeno, contribuyendo así a la purificación del aire.

Los jardines verticales ayudan a reducir la temperatura de las ciudades

En 2050 seremos casi 10.000 millones de personas sobre la faz de la Tierra, la mayoría viviendo en urbes. Junto a la densidad de población, surge el problema del aumento de la temperatura en las ciudades más densas. ¿El motivo? El cemento de estos edificios tiene la capacidad de almacenar grandes cantidades de calor que luego desprenden sus muros. Si las nuevas edificaciones, especialmente los rascacielos, tienden a concentrarse en determinadas zonas, estas se vuelven extremadamente tórridas. Es lo que se conoce como el “efecto isla de calor urbano”. Rebajar el calor en estas partes, sin olvidar la habitabilidad, es otro de los grandes retos del diseño y la arquitectura urbanos y uno de los motivos por los que las paredes verdes se alzan como una gran solución pudiendo llegar a rebajar la temperatura de las ciudades hasta 3ºC. Por otro lado, en ambientes interiores también ayudan a controlar el calor que se concentra con la luz solar, mejorando así la eficiencia de los edificios por la reducción del uso de aire acondicionado. Aunque sea algo en boga en los últimos años, estos vergeles en mitad de las urbes no son nuevos, sino que ya se estilaban en las antiguas civilizaciones. Ejemplo de ello son los Jardines Colgantes de Babilonia, considerados una de las siete maravillas de la antigüedad. Pero, según los expertos, parece ser que construir espacios verdes por puro placer y estética es algo que los babilonios bebieron de culturas todavía más primitivas, como Mesopotamia o Egipto. Decía Giambattista Vico, filósofo e historiador italiano del XVII, que la historia es cíclica y tiende a volver a sus orígenes. Si todos los comienzos son tan placenteros y beneficiosos como el origen de estos jardines, convendría hurgar en las raíces históricas con más frecuencia.

Computación cuántica: la tecnología que puede acelerar la lucha contra el cambio climático

En octubre de 2019, el gigante tecnológico Google publicó en la revista Nature un informe que recogía un hito histórico: un superordenador había logrado realizar en solo 3 minutos y 20 segundos una operación de cálculo con números aleatorios que el mejor ordenador convencional de la actualidad hubiese tardado miles de años en realizar. Suena a ciencia ficción, pero en realidad se trata de computación cuántica, una rama de la ingeniería informática que permite procesar y resolver problemas complejos miles de millones de veces más rápido que cualquier dispositivo al que estamos acostumbrados. Con este logro, cuestionado, eso sí, por sus competidores, Google daba el pistoletazo de salida a una carrera mundial por crear el ordenador más inteligente del mundo. En ella ya están inscritos otros grandes laboratorios tecnológicos como IBM, que han hecho grandes inversiones para alcanzar la supremacía cuántica. Sin embargo, ante la irrupción de una nueva era tecnológica, cabe preguntarse: ¿qué pueden hacer estos superordenadores por nosotros?

En la actualidad, algunas grandes empresas utilizan esta revolucionaria tecnología para mejorar la velocidad de sus operaciones en sectores como el de la banca, las finanzas, la química o la automoción. También la computación cuántica promete tener unas aplicaciones mucho más amplias y conectadas con el gran desafío al que se enfrenta actualmente la humanidad: el cambio climático. Según expone Fidel Díez, director de I+D del Centro Tecnológico de la Información y la Comunicación (CTIC), la computación cuántica tiene un enorme potencial para utilizarse en la resolución de grandes desafíos como el desarrollo científico en el campo de la salud y la lucha contra el cambio climático. Podría, por ejemplo, “aplicarse en la búsqueda de materiales más ligeros, fuertes y aislantes que reducen las emisiones de edificios y medios de transporte o como ayuda para la reducción del consumo energético en la producción de fertilizantes, haciendo más eficientes los sistemas de producción”.

Esta revolucionaria tecnología se podría emplear para buscar nuevos materiales más ligeros, fuertes y sostenibles

Precisamente, esta es la línea en la que trabajan instituciones como el Centro de Excelencia en Programación de Desempeño (CEPP) de la empresa de transformación digital Atos, que en 2020, bajo su Programa de Investigación y Desarrollo Cuántico, comenzó a desarrollar nuevos materiales para la captura y el almacenamiento de energía. El objetivo principal, destacan desde el centro, es el de “explorar nuevas y más efectivas vías hacia un futuro descarbonizado y eficiente en el uso de energía utilizando tecnologías cuánticas”.

Otra de las aplicaciones que se pueden atribuir a la computación cuántica es la de reducir el tiempo de aquellos procesos químicos que consumen una gran cantidad de energía y que suelen emplearse para producir fertilizantes. El ejemplo más claro es el del amoníaco, una sustancia cuya producción se calcula que es responsable de entre un 1% y un 2% del gasto energético global. Esto se debe a que es el resultado de una combinación de hidrógeno y nitrógeno que requiere primero disociar las moléculas de nitrógeno, algo que solo es posible en condiciones extremas de presión y temperatura. Eso no quiere decir que no existan maneras alternativas más sostenibles de producir amoníaco. De hecho, se ha descubierto que una enzima denominada nitrogenase permite llevar a cabo este proceso sin requerir altas temperaturas. El problema es que todavía se desconoce con exactitud la naturaleza molecular de este catalizador que, por el contrario, podría estudiarse y simularse a través de la computación cuántica. 

La computación cuántica ayudará a descubrir nuevos catalizadores para capturar carbono

Este no es el único catalizador molecular que los avances en la computación cuántica podrían ayudar a investigar. Según expuso Jeremy O'Brien, director ejecutivo de PsiQuantum en el Foro Económico Mundial de 2019, “estas simulaciones podrían ayudar a descubrir nuevos catalizadores más eficientes y baratos que permitiesen capturar carbono directamente de nuestra atmósfera”. Y añade: “incluso podríamos encontrar un catalizador barato que permita el reciclaje eficiente de dióxido de carbono y produzca subproductos útiles como hidrógeno (un combustible) o monóxido de carbono (un material de origen común en la industria química)”.  

A día de hoy, todavía queda para que los superordenadores aumenten su potencia y alcancen velocidades desorbitadas de cálculos complejos. Sin embargo, la revolución tecnológica en la que nos encontramos camina hacia la computación cuántica. Y si ha demostrado parece tener aplicaciones que permitirán combatir uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta la humanidad, el cambio climático, ¿por qué no apostar por ella? Como concluía O’Brien, “hay muchas otras cosas que podemos y debemos hacer para abordar el cambio climático, pero el desarrollo de computadoras cuánticas a gran escala es una cobertura que no podemos permitirnos el lujo de prescindir”.

Primero fue la carne hecha en el laboratorio: ahora llega el pescado

Hasta hace apenas unos años, parecía imposible que con un puñado de soja, guisantes y un poco de aceite se pudiese crear -ciencia mediante- un alimento con casi idéntico sabor, color e incluso textura que los de la más jugosa hamburguesa de ternera. Sin embargo, ahora son muchos los supermercados que ofrecen productos similares a la carne y al pollo pero que están elaborados exclusivamente con proteínas vegetales. Esto ha sido posible gracias a la investigación de varios laboratorios de todo el mundo que han buscado la manera de producir alternativas a la carne que sean más sanas y sostenibles con el planeta. Pero los esfuerzos por transformar la industria de la alimentación no acaban con la carne vegetal sino que son muchas las empresas que también se han lanzado a producir sustitutos del pescado. 

Según la FAO, cerca del 33% de las especies comerciales de peces están sobreexplotadas

Recientemente, a los derivados de la soja modificada se les ha unido la carne cultivada; es decir, aquella que se obtiene a partir de técnicas de cultivo de células procedentes de animales vivos como las vacas, los cerdos o las gallinas sin necesidad de criar y sacrificar a los animales. Así, esta tecnología busca resolver algunos desafíos globales, como el hecho de que, de seguir con el tipo de dieta actual, que solo en España nos lleva consumir cerca de 50 kg de carne por persona al año, y ante el esperado aumento de la población mundial hasta  casi los 10.000 millones en 2050, no habrá capacidad para producir suficiente alimento para todos. Para entonces, el planeta tampoco podrá aguantar nuestro modelo de consumo.

Se calcula que la ganadería usa cerca del 80% de la superficie agrícola del mundo y consume el 40% de la producción mundial de cereales. Además, el sector ganadero es responsable de cerca del 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero que se producen al año. Por no hablar de la huella hídrica de la carne: según el National Water Footprint Accounts de la UNESCO, se necesitan cerca de 3.100 litros de agua para producir una hamburguesa de 200 gramos. Si dirigimos la vista hacia los océanos las cifras no son más halagüeñas. Actualmente, la FAO calcula que el 33% de las especies de peces comerciales están actualmente sobreexplotadas y todo apunta a que, de seguir con los ritmos actuales, muchas especies de peces podrían desaparecer en los próximos años. Si a esto le sumamos la contaminación, el cambio climático y la invasión de plásticos, los océanos están sometidos a un enorme estrés. También los animales que en él viven. 

La empresa Finless Food desarrolla atún rojo a partir de las células madre de este pescado

Precisamente con la idea de proteger las poblaciones de peces y garantizar la seguridad alimentaria se fundó en 2017 en San Francisco la empresa Finless Food, orientada a desarrollar atún rojo a partir de las células madre de este pescado. No es la única, en 2016, Justin Kolbeck fundó la empresa Vildtype Food para, según explicó en El País, “reinventar los productos del mar en el laboratorio” y encontrar una fuente de pescado que esté libre de mercurio, antibióticos o microplásticos.

La apuesta por esta tecnología se antoja imparable. Pero antes de que podamos encontrar filetes de pescado sintéticos en nuestros supermercados se deben sortear algunos obstáculos. El principal es el de la reducción de los costes de producción para garantizar que cualquier consumidor pueda acceder a una carne o un pescado sostenible y limpio de elementos contaminantes que venga, eso sí, de una probeta. Y eso que algunos laboratorios, como Finless Food, van ya en camino: en 2018 anunciaron la reducción de los costes en un 50%. 

El ‘coliving’ como nueva forma sostenible de vivir

En menos de diez años harán falta más de 96.000 viviendas al día para dar techo a los más de 3.000 millones de personas que seremos en 2030. Así lo estiman las predicciones de las Naciones Unidas, que dan con unas cifras imposibles de acotar. En la actualidad las ciudades ya acogen a más de la mitad de la población mundial y producen más del 75% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Cada vez tenemos menos espacio y más habitantes: cuando la hoja del calendario marque el año 2050, el 75% de la población estará viviendo en entornos urbanos, lo que sumará aún más presión al ya acuciante problema de la habitabilidad y, por ende, de la sostenibilidad.

La rápida urbanización sobrecarga los servicios, satura el suelo, agota los recursos, empeora el aire y conlleva un crecimiento urbano incontrolado que llevará a un número creciente de habitantes en barrios pobres, tal y como indica el Objetivo de Desarrollo Sostenible 11 sobre ciudades y comunidades sostenibles. Con la mirada puesta en el futuro, la teoría de lo común ha tomado parte del protagonismo en el discurso por la sostenibilidad. El consumo colaborativo y la financiación colectiva han demostrado ser modalidades que fomentan un modo de vida mucho más sostenible y justo con el planeta. Ahora, en el ámbito inmobiliario, el coliving transforma la vivienda en una mucho más abierta e inclusiva, más común, priorizando los espacios compartidos por encima de los privados.

¿Por qué es sostenible el ‘coliving’?

El modelo se importa de Silicon Valley, donde el acceso a la vivienda es, como en la mayor parte de las grandes ciudades, tremendamente complicado. Aunque en un principio surgió como una simple idea de compartir piso y abaratar el precio en un mercado de rentas demasiado altas, el ‘coliving’ ha evolucionado en una alternativa que puede responder de forma muy satisfactoria al reto de la habitabilidad en formato de vivienda colaborativa que recupera los valores humanos de la comunidad -cada vez más difusos en el individualismo de las ciudades- y reduce la huella de carbono de los hogares. 

El coliving es una alternativa que puede responder de forma muy satisfactoria al reto de la habitabilidad

El ‘coliving’ busca recuperar la convivencia entre vecinos a través de valores y objetivos comunes, con una co-gobernanza que sitúa a las personas en el centro, distinguiendo muy claramente entre zonas privadas y una serie de zonas comunes cuyo uso deciden los propios habitantes: un parque lúdico para los más pequeños, una zona de ‘coworking’, una terraza para barbacoas o un huerto urbano. Todo es válido siempre que cuente con la aprobación de la mayoría. Al compartir espacio y recursos se genera una pequeña economía de proximidad con la que se optimizan energías, se ahorran costes y se apuesta por las finanzas éticas. 

De esta forma, la vida colaborativa se alinea por pura inercia con la sostenibilidad. Además, el vecindario suele autogestionarse garantizando, de esta forma, el derecho a la vivienda, una de las grandes metas que buscan alcanzar los ODS. A la hora de diseñar los planos, los vecinos suelen apostar por situar al medio ambiente en el centro de la ecuación, por lo que cabe esperar que estas viviendas sean energéticamente eficientes y estén construidas con materiales sostenibles. Se suele abogar por evitar aislantes, pinturas o barnices utilizados tradicionalmente y que pueden resultar perjudiciales así como por una distribución que, además de garantizar el reparto energético más eficiente, juegue muy bien con el equilibrio entre la densidad poblacional y el espacio que ocupa el edificio en sí superando ese reto de minimizar el uso del suelo sin dejar de lado la comodidad de la vivienda.

Parte activa desde los cimientos

En España se contabilizan unas 150 viviendas ‘coliving’ de todo tipo: desde senior -grupos de mayores de 65 años y nuevas residencias- hasta intergeneracionales o específicas para grupos como personas LGTBI. La clave está en compartir los mismos intereses. Desde Cohousing Spain, el colectivo estatal que defiende este modelo de viviendas, aseguran que el ‘coliving’ cumple con 12 de los 17 ODS: la democratización de la vivienda y las finanzas, mejora de la oferta de vivienda no especulativa, recuperación de pueblos y edificios en desuso, fomento de ecosistemas económicos interdisciplinares y sostenibles (economía local, social, colaborativa y circular), mutualismo comunitario, incorporación de tecnología y fomento de la implicación social, entre otros. 

En España se contabilizan unas 150 viviendas ‘coliving’

Algunos modelos cooperativos han llegado incluso a propiciar acuerdos legales ofreciendo contratos de propiedad a cambio de rehabilitación de un edificio. En Aletxa, un pueblo de Álava, un grupo de vecinos decidió rehabilitar un caserío de finales del siglo XVIII en una vivienda colaborativa, aplicando los mejores criterios de sostenibilidad y abriendo espacios para favorecer la vida en común. Las cinco viviendas, completamente autosuficientes, miden unos 45 metros cuadrados. Bajo la fórmula cooperativa, el objetivo principal es conseguir la mejor vivienda, con la mejor calidad y la mayor eficiencia sin intermediarios.

Del ‘coliving’ pueden extraerse numerosas ideas para el ámbito urbano, más allá de lo que concierne a la vivienda. La madrileña Cooperativa Entrepatios, que recientemente cumplió 15 años, se basa en tres pilares fundamentales: el social (los vecinos y vecinas forman parte activa del proyecto), el económico (financiado con banca ética) y el medioambiental (persigue generar la menor huella ecológica e impacto posible). La participación activa del ciudadano, el protagonismo de los espacios públicos y la reducción del impacto medioambiental son las tres características por las que se abogan de cara a la Agenda 2030. Si pretendemos hacer de las ciudades nuestro hogar, necesitamos hacerlo en una vida colaborativa con el medio ambiente. 

Cuatro voces imprescindibles para entender las ciudades del futuro

En tres décadas, el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. Pero las grandes urbes arrastran desde la Revolución Industrial problemáticas estructurales que, este año, con la pandemia de la Covid-19 han quedado más patentes que nunca. Los altos niveles de contaminación, el hacinamiento en el caso concreto de algunos países, la falta de espacios verdes y la eterna batalla entre peatón y automóvil son algunos de ellos. Pero si queremos llegar a 2050 habiendo evitado la temida subida de 2 grados Celsius de la temperatura del planeta, las ciudades y sus habitantes deben dar un paso adelante y acompañar e, incluso, impulsar la descarbonización y la transición energética. No hay una fórmula mágica que permita adaptar las urbes a la realidad que viene, pero ya existen planteamientos que se han probado útiles para que nuestras poblaciones sean más sostenibles. La resiliencia urbana es uno de esos conceptos que resuenan cada vez más en las mentes de los urbanistas y arquitectos más concienciados con la emergencia climática. Esto es, la capacidad que tengan las ciudades para adaptarse a nuevas situaciones, como la crisis sanitaria o la medioambiental. Estos cuatro arquitectos llevan varios años impulsando las ciudades del futuro: más habitables, más humanas y, sobre todo, más sostenibles y ecológicas. 

Michael Green

Este arquitecto canadiense se ha propuesto resolver uno de los mayores retos a los que se enfrenta la humanidad: dar cobijo a toda su población y, a la vez, reducir las emisiones de CO2. Para ello, lleva décadas impulsando la utilización en la construcción de un material que tiene la capacidad de captar carbono en vez de los tradicionales hormigón y acero, altamente contaminantes. Este material es la madera. Según Green, tan solo en Estados Unidos, el acero representa alrededor del 3% de las emisiones de efecto invernadero emitidas por el ser humano, y el hormigón más del 5%. Es decir, más del 8% de la contaminación que los seres humanos emitimos a la atmósfera proviene exclusivamente de dos materiales que, para Green, son fácilmente reemplazables por opciones más verdes. El canadiense explica su fascinación por la madera –siempre proveniente de talas controladas que no dañen biodiversidad y se realicen de manera sostenible– y, en especial, por la versatilidad de este material: «Cuando un árbol crece en el bosque, libera oxígeno y absorbe dióxido de carbono. Cuando muere y cae al suelo, devuelve el CO2 a la atmósfera o al suelo. Si se quema en un incendio forestal, el carbono regresa a la atmósfera, pero si se toma esa madera y se incorpora a una construcción –o a una pieza de mobiliario o a un juguete de madera–, con esa increíble capacidad que tiene para almacenar el carbono, nos proporciona una gran retención de este elemento». Un metro cúbico de madera, asegura, almacena una tonelada de dióxido de carbono. «Nuestras dos soluciones al clima son reducir las emisiones y encontrar almacenamiento: la madera es el único material que utilizo que cumple esas dos funciones», asegura.

Iñaki Alonso Echevarría

Tras 15 años poniendo el foco en la sostenibilidad y el medio ambiente, este arquitecto español tiene claro que el modelo de vivienda post-COVID-19 debería ser «resiliente, colaborativo y ecológico». Su estudio de arquitectura es el impulsor del cohousing en España: una revolucionaria manera de entender los edificios de viviendas como lugares de encuentro comunitario, de bajas emisiones y eficientes. Alonso apuesta por las construcciones ecológicas que se guíen por la propia naturaleza: «Ahora, los edificios se vuelven a pensar desde un punto de vista eficiente y empiezan a aparecer los de energía casi nula, pero también podemos hacer edificios que produzcan energía y que sean suministradores a través de paneles solares o mini molinos eólicos». Además, promueve la búsqueda del ahorro de agua e, incluso, de la depuración de esta como parte del sistema de residuos de los edificios. «Pueden ser metabolismos que tengan una relación con el entorno bastante más limpia», recuerda. Para este arquitecto y su estudio, un proyecto nunca podrá ser sostenible si no tiene en cuenta la sostenibilidad medioambiental, social y económica, tres aspectos que no pueden desconectarse los unos de los otros. Como Michael Green, Alonso también apuesta por la madera como material bajo en carbono que puede revolucionar el urbanismo en los próximos años, si le dejamos.

Julien De Smedt

Este arquitecto belga tiene un compromiso con el medio ambiente, y así lo refleja su estudio de arquitectura. Sostenibilidad y análisis del paisaje se unen a un proceso constante de investigación para desarrollar las soluciones más respetuosas con la biodiversidad, nuestro entorno y la propia sociedad. Para De Smedt, la cada vez mayor densidad de población de las zonas urbanas nos lleva a superpoblar las áreas ya construidas y, muchas veces, a ignorar otras que tienen potencial pero «que no interesan». El belga recuerda que, si se es eficiente a la hora de construir, se pueden aprovechar mucho mejor los espacios y, sobre todo, crear edificios sostenibles en los que la gente quiera (y pueda) vivir. «Un edificio eficiente y pasivo en el que nadie quiera vivir –porque no sea acogedor, esté incomunicado o sea poco práctico– nunca podrá ser sostenible, porque acabará vacío. Necesitamos espacios útiles y eficientes energéticamente, y eso implica diseño y tener en cuenta las necesidades y los gustos de la sociedad. Además, siempre es posible transformarlos y hacerlos cada vez más y más sostenibles a medida que vamos avanzando en las investigaciones al respecto», recuerda.

Araceli Reymundo

Esta arquitecta canaria pone el foco en la optimización de los recursos y, sobre todo, en la adaptación de las construcciones al entorno en el que se van a desarrollar y al clima. Este último juega un papel central en la arquitectura bioclimática que Reymundo viene impulsando en el archipiélago canario desde los 90. «Debido a su clima, en Canarias las estrategias bioclimáticas pueden evitar, en la mayor parte de las localidades, el consumo energético en climatización, por ejemplo», explica la arquitecta y, de hecho, esa misma lógica se podría utilizar en cualquier territorio. Además, para Reymundo es esencial la utilización de materiales locales, con una huella ecológica baja, para cumplir los estándares sostenibles. «Antes de elegir un material u otro, analizamos el clima del municipio y la parcela en sí», reconoce. Así, cada construcción está adaptada a las necesidades de su entorno. La gestión de la energía y del agua, la dependencia alimentaria, la gestión de los residuos, la potenciación del transporte público o la movilidad sostenible son aspectos principales de la investigación de esta experta en arquitectura bioclimática para conseguir que los edificios canarios sean más sostenibles, humanos y adaptables al cambio climático.

Bonos azules, una nueva herramienta para combatir el cambio climático

A pesar de la vacuidad que puede transmitir en ocasiones el término «desarrollo sostenible», cada vez somos más conscientes de que se trata de la única vía que permite estimular la economía satisfaciendo las necesidades de las generaciones actuales sin poner en peligro, a su vez, el desarrollo de las generaciones futuras. Es en este contexto en el que se erigen innumerables estrategias para hacer frente a un acuciante problema: el mundo se enfrenta, a contrarreloj, a sus propios excesos. Sin embargo, la última solución a esta realidad a la que debemos hacer frente no parece producto de una estrategia a corto plazo. Se trata de la gran construcción de lo que se conoce como Blue Economy (o, en castellano, Economía Azul).

Esta economía no es tanto novedosa en sus principios como en sus ámbitos de actuación. Es decir, si bien se puede englobar dentro de las múltiples estrategias que buscan un uso económico sostenible, también es necesario destacarla como una de las acciones más necesarias en términos ecológicos, pues su foco se centra en la vida oceánica. La Economía Azul promueve el uso sostenible de recursos oceánicos: su mirada no solo se posa sobre el crecimiento económico, sino también sobre las mejoras que afectarían a los medios de subsistencia y a los trabajos, así como, por supuesto, a la propia conservación y «salud» del ecosistema oceánico. Los principales pilares de este plan a largo plazo serían la energía renovable marina, la industria pesquera, el transporte marítimo —que, según se cree, se cuadruplicará para el año 2050– y la gestión de residuos, si bien también han de tenerse en cuenta otros ámbitos más específicos, como la biotecnología o la acuicultura.

Bonos azules para la protección de la vida marina

Los bonos azules son la herramienta financiera sostenible con más proyección futura

Es aquí donde entran en juego las finanzas sostenibles, cuyas herramientas son cada vez más innovadoras, ya que el riesgo climático y la sostenibilidad —y no solo la propia transición ecológica— ya no son solo un aspecto político, sino cada vez más económico. Así, los llamados bonos azules, encajan en este esquema perfectamente, ya que se perfilan como una forma eficaz de preservar y proteger los océanos. Esta clase de activos financieros sostenibles, de hecho, se halla en alza. Entre 2016 y 2018, según datos de Global Sustainable Investment Alliance, la inversión sostenible ha aumentado de 22.000 millones de dólares a casi 31.000 millones. Esto no solo demuestra su fuerte relevancia, sino también su rápido crecimiento a efectos internacionales. Los famosos bonos verdes, por su parte, alcanzaron una emisión de hasta 167.000 millones de dólares en 2018 a nivel global. De hecho, la Unión Europea siempre se mantiene presente en la financiación internacional de la lucha contra el cambio climático, ya que sus Estados miembros son los mayores contribuyentes de fondos públicos a los países en desarrollo para la lucha contra el cambio climático (llegando a crear, en 2019, la Plataforma Internacional de Finanzas Sostenibles). 

Los bonos azules son, por tanto, una nueva oportunidad dentro de un contexto que se antoja cada vez más grande: según datos del Banco Mundial, si los océanos —que cubren dos tercios del planeta— fueran una economía, ésta sería la séptima en términos de Producto Interior Bruto.

3.000 millones de personas dependen de los océanos

A pesar de todo, los bonos azules no son estrictamente nuevos. Es solo la acuciante necesidad de la protección y el desarrollo marítimo lo que los ha convertido en imprescindibles protagonistas. La primera propuesta, llevada a cabo en 2018 por las Islas Seychelles, contaba con una emisión de 15 millones de dólares dispuesta a preservar las aguas del Océano Índico: estas no eran solo un preciado ecosistema, sino también la base de dos de sus principales industrias, como son la pesca y el turismo. Este modelo, exportable a todos los rincones del planeta bañados por el mar, no es tanto deseable como, sencillamente, necesario. Según la ONU, hasta 3.000 millones de personas dependen de los océanos tanto en aspectos relacionados con el mercado laboral como con el propio sustento vital. Es más, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que esta Economía Azul duplicará su tamaño de aquí a diez años, lo que la hará alcanzar los 3.000 millones de dólares. Por otra parte, la organización WWF estima en 24.000 millones de dólares el valor económico de los océanos.

El potencial económico y sostenible de los océanos podría alcanzar hasta 24.000 millones de dólares

Esta incursión, por tanto, no solo busca remitir la preocupante contaminación marítima —donde ya no solo cuentan las toneladas de plásticos, sino también el hecho de que los océanos absorben hasta el 25% de las emisiones de CO2 en el mundo— sino aprovecharla como una oportunidad de reconstruir un ámbito resquebrajado por el excesivo impacto causado por los humanos, especialmente en el ámbito de la pesca, donde la sobreexplotación se muestra cada vez más evidente. Esta forma de financiación, además, va estrechamente ligada a la reputación estatal, por lo que gran parte de su relevancia estriba también en ser capaz de situar a los países según sus compromisos medioambientales y el prestigio adquirido a través de éstos. Es seguro que cualquier infracción o desvío asociado a este tipo de bonos repercutiría negativamente en las actividades comerciales de cualquier país que se muestre negligente.

Los bonos azules, así, se erigen como una necesaria forma de insuflar vida en un ecosistema de cuyo equilibrio y vivacidad dependemos todos. Es, en última instancia, otra forma más de ayudarnos.

¿Cuáles son las nuevas tendencias comerciales sostenibles?

La sostenibilidad se ha convertido en el ingrediente no tan secreto de cualquier éxito empresarial. La Agenda 2030, aprobada por Naciones Unidas en 2015, dejó muy claro el papel protagonista que debía adoptar y ya nadie se puede permitir el lujo de ignorarla. La sostenibilidad guía las decisiones de las compañías: desde una startup que opta por energía renovable y proveedores verdes a inversores que deciden poner su dinero en proyectos que generen un impacto positivo en la sociedad. Pero ¿en qué se basan las empresas a la hora de valorar a qué proyectos sostenibles destinan sus recursos?  Para aclararlo, la estadounidense Techstars ha realizado un nuevo informe en el que analiza las principales tendencias en materia de sostenibilidad empresarial. 

El futuro de la inversión está en la comida (sostenible)

Las startups que más inversiones reciben buscan soluciones sostenibles para el sector alimentario

Una de las grandes incoherencias de la humanidad es que, mientras unos llegan a desperdiciar hasta 1.700 millones de toneladas de alimentos al año, la ONU estima que cerca de 690 millones de personas en el mundo pasan hambre. Las empresas –y los inversores– no son ajenas a una problemática que va en aumento y que, además, se junta con una de las industrias más contaminantes, la alimentaria. Según Techstars, las startups que más inversiones están recibiendo son aquellas que buscan soluciones sostenibles para un sistema de producción de alimentos que parece haberse roto sin que nos diésemos cuenta.

La era de las construcciones sostenibles

Las inversiones también se están desplazando hacia aquellas empresas que buscan maneras de construir ciudades de una forma más respetuosa con el medio ambiente. Desde la creación de espacios verdes en zonas urbanas hasta utilizar las redes de sensores para detectar nuestra huella ecológica y buscar cómo reducirla, las compañías que realizan este tipo de actividades son cada vez más demandadas. Y el informe de Techstars recuerda que, después de las de alimentación, son las que reciben más recursos por parte de los inversores. 

Las startups sostenibles han llegado para quedarse

El informe asegura que los nuevos proyectos empresariales ligados con la sostenibilidad no son fruto de una moda pasajera. Cada vez son más los emprendedores que buscan cambiar el mundo con su actividad económica. Con generaciones de jóvenes concienciados con la crisis climática que empiezan a dejar su huella en el mundo de los negocios, también va creciendo el número de startups que buscan impactos medioambientales (y sociales) positivos. 

La transversalidad de la sostenibilidad es un hecho

En Techstars tienen claro que las dos grandes tendencias del 2020 son la crisis sanitaria mundial y el Black Lives Matter, ambos ya temas transversales a prácticamente cualquier sector social o empresarial. Pero el informe también asegura que el medio ambiente y su protección no puede desarrollarse de manera aislada. Por eso, recuerda, que todos los elementos sociales, desde la salud pública a la justicia social, son transversales a la sostenibilidad y viceversa.  Es decir, una solución con impacto medioambiental positivo debe tener en cuenta si su impacto social también lo es, pues son dos caras de una misma moneda. 

Los vehículos eléctricos, el futuro de la movilidad

En 2019 se incrementó un 40% el número de coches eléctricos en el mundo

Parece que la conducción del mañana será eléctrica. Poco a poco, los consumidores se alejan de los combustibles fósiles y buscan soluciones de movilidad mucho más sostenibles. El informe asegura que, en 2019, el número de coches eléctricos alcanzó los 7,2 millones, cifra que puede parecer poco significativa si tenemos en cuenta que en el mundo hay un total de 1.400 millones de coches. Sin embargo, el aumento de los eléctricos supone un 40% de un año a otro y desde Techstars lanzan un mensaje optimista: las baterías cada vez son más económicas y se están popularizando los puntos de carga. Por tanto, los vehículos eléctricos –desde patinetes y motos hasta camiones- no pararán de crecer en nuestras calles. 

La sostenibilidad se entiende como eje transversal para cualquier solución social

“Para que la naturaleza y las personas prosperen juntas necesitamos apoyarnos en la tecnología para que nos ayude a entender las opciones que tenemos y su impacto en un planeta en pleno cambio”. Con esta cita de Niraj Swami, asesor sénior de IA Aplicada y Proyectos de Innovación de The Nature Conservancy, comienza la investigación de Techstars basada en entrevistas a expertos de la industria, estudios internos de aceleradores de ideas y un profundo conocimiento del sector. Todas estas tendencias tienen un denominador común: la lucha contra la crisis climática. Gracias a este cambio en la industria y en los consumidores, tal vez consigamos que la temperatura terrestre, como dice el Acuerdo de París, no supere los 1,5 °C. Pero, para ello, es necesario reducir las emisiones a la mitad para 2030 y que desaparezcan antes de 2050. Teniendo en cuenta que los humanos emitimos 52 gigatones de CO2 anuales –equivalentes al peso de 2.740 edificios como el Empire State de Nueva York–, parece que la misión es complicada. Y el informe de TechStars nos marca el camino a seguir para conseguirlo.

Los residuos como fuente de oportunidades para la economía circular

Somos una civilización que nada en basura, y no es del todo una metáfora, la gran isla de plástico del Pacífico está ahí para recordárnoslo. Es por ello que uno de los grandes retos que debemos abordar en la próxima década es el de reducir drásticamente la creación de residuos. Un desafío que solo se podrá superar si se adopta una cultura de consumo y un sistema productivo basado en los principios de la economía circular. 

En este marco, la Comisión Europea aprobó el pasado mes de marzo un nuevo Plan de acción para la economía circular, que según fuentes de la organización va a ser «uno de los principales elementos del Pacto Verde Europeo, con medidas que tienen por objeto adaptar nuestra economía a un futuro ecológico y reforzar nuestra competitividad». En España el compromiso en esta materia se ha reforzado en el último año. Así, el pasado mes de junio, se aprobaron la Estrategia Española de Economía Circular, denominada España Circular 2030, y el anteproyecto de Ley de Residuos. Este último, pone especial foco en la reducción de los plásticos de un solo uso, así como en la disminución de los residuos que se generan en la cadena alimentaria y los hogares, con un 50% de reducción per cápita a partir de este año a nivel de hogar y consumo minorista, y un 20% en las cadenas de producción y suministro.

Un tercio de la comida del mundo se pierde

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) lleva décadas advirtiendo sobre el enorme desgaste de recursos que supone el desperdicio alimentario. Se calcula que aproximadamente 1.300 millones de toneladas de alimentos se pierden o desperdician en todo el mundo al año, el equivalente a un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano.  

Un derroche de recursos que supone, un gran impacto social, teniendo en cuenta que hoy en día aún hay más de 800 millones de personas que sufren hambre o desnutrición; pero también un enorme impacto ecológico, ya que la huella ambiental de estos residuos equivale a 3,3Gt de CO2, un consumo de agua de 250 km³ y el uso de 1,4 billones de hectáreas de tierra cultivable.

El reaprovechamiento de los residuos es clave para poder avanzar en la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible

El reaprovechamiento de los alimentos que no llegan a consumirse, así como el de los residuos que derivan de la alimentación, como pueden ser los plásticos o el papel de los envases, es clave para poder avanzar en la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, donde no solo el reciclaje es una vía para recuperar dichos residuos, sino que gracias a la innovación pueden reutilizarse para la elaboración de otros subproductos como el biodiesel o la biomasa. Una alternativa que favorece el avance hacia la transición energética.

Restaurantes y granjas que generan energía

La producción de biogás a partir de materia orgánica es un procedimiento cada vez más extendido. Restaurantes en países como EE.UU. o Alemania están incorporando en sus establecimientos, al igual que lo vienen haciendo granjas y explotaciones agrícolas, biodigestores como parte de su gestión de residuos. Esta tecnología, que es relativamente nueva, representa una gran oportunidad en la reducción de la huella ambiental de este tipo de negocios, así como en el ahorro de costes, al permitir producir su propia energía verde. 

El biodigester o biodigestor es un contenedor cerrado de forma hermética que almacena materia orgánica procedente de alimentos en descomposición y excrementos. Con los microorganismos presentes en los desechos orgánicos se produce una reacción conocida como fermentación anaeróbica con la que se obtiene abono y biogás, que puede emplearse para cocinar, en sustitución de otros combustibles como el gas propano, la leña o la electricidad. Por su parte el abono producto del biodigester se considera un excelente acondicionador del suelo con una alta concentración de nutrientes esenciales para el buen desarrollo de las plantas. 

En España la consultora en Economía Circular Red Miogas es una de sus principales impulsoras de esta tecnología. 

Innovación para alcanzar el objetivo de residuos cero

Son muchas las empresas e instituciones que investigan nuevas vías para alcanzar el objetivo de residuos cero. Ejemplo de ello es el grupo de investigación BIOSAHE de la Universidad de Córdoba que trabaja en la búsqueda de procesos que aprovechan los desechos para su uso como biocombustibles, nuevos combustibles para motores de combustión interna alternativos, que permitirían recuperar el equilibrio entre el ecosistema humano y el ecosistema natural, mediante la producción de energía limpia. En este campo, uno de los grandes descubrimientos ha sido el hongo llamado Aspergillus awamori, capaz de degradar la basura orgánica para producir biodiesel.

En Colombia, el país líder en la producción de café, se crean 500 toneladas anuales de restos de cascarillas de café. La firma Diseclar ha basado su estrategia en la creación de un nuevo material partiendo del plástico reciclado y de la fibra vegetal del café, que es ideal para la fabricación de acabados arquitectónicos o muebles para el hogar.

Grupo Red Eléctrica ha reducido su volumen de residuos generando 4,7 veces menos de desechos en los dos últimos años

A este tipo de iniciativas se suman las apuestas de las compañías que buscan reducir al mínimo su impacto ambiental a través de políticas de gestión de residuos. En España destaca el caso del Grupo Red Eléctrica, que se ha fijado, como parte de su modelo de negocio y de sus objetivos de sostenibilidad, el objetivo de ser una empresa líder en economía circular en 2030. «Integrar la circularidad en nuestro modelo de negocio nos ayuda a contribuir a los Objetivos de Desarrollo Sostenible y preservar el medio ambiente, una responsabilidad global e individual ineludible, pues de seguir consumiendo como hasta ahora, acabaremos consumiendo completamente al planeta. Pero, es que además, la economía circular conlleva grandes ventajas: supone una diferenciación competitiva, reduce nuestra huella medioambiental y el coste de las materias primas, nos acerca a un modelo más innovador y nos trae fuentes de ingreso adicionales», asegura Antonio Calvo, director de Sostenibilidad de Red Eléctrica.

La compañía ha diseñado una hoja de ruta con acciones concretas enfocadas a mejorar en diferentes dimensiones, entre ellas, residuos cero y plásticos cero, con resultados como la reducción de su volumen de residuos, generando 4,7 veces menos de desechos en los últimos dos años. La estrategia Residuo 0 busca que los residuos que no puedan reducirse sean transformados en materias primas de nuevos productos de una forma económica y ambientalmente rentable. En diez años el grupo tiene como objetivo no llevar ninguno de sus residuos a vertedero y además reducir a cero los residuos de tierras contaminadas. Por otro lado, la estrategia Plástico 0, tiene por objetivo que en 2030 la compañía solo emplee equipos y materiales sin plásticos de un solo uso y embalajes reciclados, reciclables y reutilizables. Grupo Red Eléctrica calcula que con estas y otras medidas disminuirá el consumo de agua en oficinas y centros de trabajo a 6,5m3 por persona al año y en un 40% sus emisiones de alcance 1 y 2 por MWh transportado, en el 2030, respecto al 2015.