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Red Natura 2000, la gran apuesta europea por la biodiversidad

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Cada 21 de mayo celebramos el Día Europeo de la Red Natura 2000. Gracias a ella se garantiza la supervivencia a largo plazo de una gran cantidad de especies y hábitats presentes en el continente europeo. La Red, formada por más de 27.000 áreas de conservación de la biodiversidad con un gran valor ecológico, se erige como la principal herramienta para proteger la naturaleza en Europa.

En España, el país que más superficie aporta a la Red Natura 2000, el 27% del territorio pertenece a esta, lo que evidencia la gran riqueza medioambiental de nuestro país. Esto en números totales se traduce en que 1.872 espacios en territorio español pertenecen a la Red con un área total de más de 222.000 km2.

La Red Natura 2000, que nació en 1992, persigue que la conservación de la naturaleza y el desarrollo económico y social vayan de la mano. Sin ir más lejos, los espacios que forman la Red aportan servicios vitales como el almacenamiento de carbono o el mantenimiento de la calidad del agua valorados en 300.000 millones de euros al año.

Las ciudades abren paso a sus habitantes

"Las ciudades son para las personas, no para los vehículos”. Esta declaración de principios hecha hace un tiempo por la directora ejecutiva de ONU Hábitat, Maimunah Sharif, sigue hoy más vigente que nunca. Sobre todo porque, en las últimas semanas, a las grandes ciudades del planeta se les han visto las costuras. Cuando el distanciamiento social se ha convertido en algo necesario para contener la expansión del coronavirus nos hemos dado cuenta de que en las grandes urbes, diseñadas para los vehículos, no hay suficiente espacio para las personas. Y ahora ha llegado el momento de cambiar esa realidad.

La considerable reducción del tráfico rodado y la disminución de la contaminación del aire como consecuencia del confinamiento han evidenciado la urgencia de situar a los ciudadanos (y no a los vehículos) en el centro de la planificación urbanística del futuro, que debe ser más sostenible para cumplir también con los objetivos de reducción de emisiones y la Agenda 2030 de Naciones Unidas.

Además, el aumento de la población urbana, que según la ONU crecerá en 6 millones de habitantes en 2050, es una amenaza seria para la salud si no se plantea un nuevo modelo de ciudad que vaya ligado a criterios de sostenibilidad. Es por eso que, algunos expertos han señalado a la “nueva normalidad” como un buen escenario para comenzar a alcanzar las metas propuestas por el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 11 sobre el desarrollo de espacios urbanos sostenibles.

Londres como hoja de ruta

La última gran ciudad en sumarse a esta corriente reformista es una de las capitales más importantes del planeta: Londres. Sin ir más lejos, la semana pasada, el alcalde de la ciudad, Sadiq Khan, aseguró que el coronavirus cambiaría fundamentalmente la forma en la que los londinenses se desplazan por la ciudad. En una de las mayores iniciativas de reorganización llevadas a acabo en cualquier ciudad del mundo, Londres limitará el acceso con automóviles a una superficie significativa de su casco urbano, cediendo así las calles a peatones, ciclistas y transporte público. El objetivo es claro: además de permitir ese distanciamiento social obligado por el coronavirus, la ciudad reducirá sus niveles de contaminación y la salud de los ciudadanos ganará a corto, medio y largo plazo.

El anuncio de Londres coincide con las propuestas en las últimas semanas de Milán, que peatonizará 35 kilómetros de calles, de París, que invertirá más de 300 millones de euros en crear nuevos carriles bici, o Bogotá, que reconvertirá 76 kilómetros para ciclistas y evitará así aglomeraciones en el transporte público.

Milán, París y Bogotá también han puesto en marcha iniciativas de reorganización en las últimas semanas

En nuestro país, en la última semana más de 1.500 personas firmaron el manifiesto diseñado por el arquitecto Massimo Paolini y dirigido a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, donde se destacaba que la situación actual se presenta como una oportunidad única para llevar a cabo restructuraciones urbanísticas –tanto en la capital catalana como en el resto de ciudades españolas– y devolver la ciudad a las personas.

Según se especifica en el documento, la clave está en otorgar espacio al ciudadano a través de una reorganización de la movilidad. “No podemos seguir adelante si no quitamos espacio al automóvil, que se lleva más de la mitad de la superficie urbana”, explica el arquitecto y experto en urbanismo, José Rodríguez. En este sentido, reducir drásticamente el uso del vehículo privado mediante el fomento de la bicicleta -como ha venido haciéndose en las últimas semanas- , mejorar el transporte público en términos de acceso y frecuencias y ampliar aceras devolvería instantáneamente gran parte del espacio a los peatones. Hay ejemplos que demuestran que funciona, como la ampliación de las aceras  de la Gran Vía madrileña o la supermanzana de Barcelona.

Una ciudad más humana también pasa por apostar por impulsar los espacios públicos a través de la creación de nuevas zonas verdes, la naturalización de solares no edificados o la instalación de huertos urbanos en los diferentes barrios. Claros ejemplos de ello son el anillo verde de Vitoria o el cauce del río Tùria en Valencia. Desde la oficina de arquitectos Paisaje Transversal, que también ha propuesto una decena de medidas post-pandemia, Jon Aguirre destaca el especial esfuerzo que debe ponerse en este aspecto: “Tenemos una agenda urbana a nivel internacional, europeo y nacional. Las ciudades tienen que empezar a desarrollar un plan estratégico que incorpore la resiliencia, la infraestructura verde y la naturalización urbana”.

La desigualdad, el otro gran problema de las ciudades

Más allá del ámbito climático, la sostenibilidad también se dibuja a través de la erradicación de las desigualdades. Repensar la vivienda y garantizar su acceso es otra parte de la reorganización urbana. De hecho, es la primera meta del Objetivo 11 de los ODS que, además, insiste en fortalecer económicamente el desarrollo regional y evitar la despoblación.

Una importante necesidad, como señalan desde Paisaje Transversal, sería acabar de raíz con las llamadas “vulnerabilidades sistémicas”, como son los excesos del alquiler, los espacios domésticos limitados y la pobreza energética. “Desde hace tiempo se ha visto la urgencia de rehabilitación del parque inmobiliario como una lucha contra el cambio climático porque los edificios son grandes fuentes de gases de efecto invernadero”, explica Aguirre.

Rehabilitar es históricamente caro, pero existen ciertas medidas que pueden ayudar a mejorar los edificios más antiguos, como explica José Rodríguez: “Al no estar bien aislados requieren un gran consumo de calefacción y aire acondicionado. Eso podría solucionarse rehabilitándolo energéticamente incluyendo espuma de poliuretano en las fachadas, un procedimiento que no requiere obra interior, es barato y tiene muy buenos resultados”.

Economía al rescate

Como último paso, reorganizar las ciudades requiere replantear el modelo económico. Y esto el coronavirus lo ha conseguido con creces. No solo ha quedado evidenciada la dependencia exterior de bienes de consumo básicos, sino que además ha situado en el centro del debate las dificultades que han atravesado los pequeños comercios y el consumo local. Tal y como marca el arquitecto italiano en su manifiesto, la reorganización urbana debe pasar por impulsar la economía local y el cooperativismo, reutilizar materiales de construcción y reducir el turismo masivo.

Además de estos planes, el despacho de Paisaje Transversal añade políticas públicas en torno a la revitalización económica de barrios, el impulso de energías renovables a escala local y la recuperación de la industria mediante estrategias de renovación de polígonos. A fin de cuentas, el coronavirus ha dejado en evidencia que el desarrollo sostenible solo es posible si se transforma radicalmente la forma en la que administramos los espacios urbanos. Como subraya Aguirre: “Una ciudad sin un plan es una ciudad a la deriva”.

#Coronavirus y turismo: una vuelta a los orígenes

Valeria Cafagna

Hasta hace relativamente poco, viajar era una actividad reservada para unos pocos afortunados cuyos ingresos podían costear los altos gastos asociados a pasar unos días fuera del hogar, o incluso de su propio país. Sin embargo, el incremento del nivel de vida medio de los ciudadanos y la reducción considerable de los precios del turismo con la llegada, por ejemplo, de compañías de transporte low cost, han democratizado la actividad del turismo. Ejemplo de este cambio es que en 2019 hubo 1.460 millones de turistas internacionales en el mundo, un crecimiento del 117% respecto al año 2000, según datos de la Organización Mundial del Turismo (OMT). Todo apuntaba a que la tendencia estaba al alza, hasta que el coronavirus ha irrumpido en nuestras vidas.

Las medidas adoptadas para frenar la expansión del coronavirus han puesto al mundo tal y como lo conocíamos en pausa, obligando a muchos sectores económicos a disminuir o incluso frenar por completo su actividad. El turismo es, sin duda, uno de los más damnificados debido al cierre total o parcial de las fronteras y al confinamiento general de la población mundial, lo que ha llevado a los diferentes países a restringir los viajes. “A fecha de 6 de abril, el 96% de los destinos del mundo habían introducido restricciones a los viajes en respuesta a la pandemia. Alrededor de 90 destinos han cerrado total o parcialmente sus fronteras a los turistas, mientras que otros 40 se encuentran cerrados a ciertos turistas, dependiendo del país de origen”, explica el informe Covid-19 Related Travel Restrictions A Global Review for Tourism, elaborado por la OMT.

Todo apunta a un turismo dentro del país, cerca de casa y más corto temporalmente

Aunque todo apunta a que de cara al verano lo peor de la crisis habrá pasado, parece muy improbable que se reactive el turismo internacional. Ese escenario supondría la reapertura de fronteras, algo que para los Estados miembro de la Unión Europea debe consensuarse de manera conjunta. Además, hay que tener en cuenta la huella psicológica que la crisis podría dejar en los turistas del futuro. Al menos, durante un tiempo. “El trauma que supondrá esta crisis sanitaria hará que las personas cambien sus prioridades, y cuando opten por viajar, serán mucho más prudentes y se preocuparán más por su seguridad”, explica en un estudio de la Universidad Oberta de Catalunya (UOC) Joan Miquel Gomis, director del programa de Turismo.

Priorizar la seguridad a la hora de viajar pasa, de manera casi inevitable, por reducir la distancia de los viajes escogiendo destinos nacionales. También cambiará el método de desplazamiento en las largas distancias: los vehículos privados ganarán peso frente a alternativas como el avión, donde guardar distancia social con desconocidos es casi  imposible en la actualidad. La predicción de la revista Forbes coincide con el estudio de la UOC y vaticina un turismo “dentro del país, cerca de casa y más corto temporalmente”. Un patrón que supondría volver a los orígenes de los viajes de hace medio siglo, cuando el turismo mayoritario se resumía en “carretera y manta”.

El turismo nacional ante su gran reto

Esta situación requiere repensar el turismo. Muchas comunidades autónomas ya preparan la puesta en marcha de campañas para promocionar el turismo nacional este verano. En Andalucía, una de las regiones más castigadas por este parón en uno de los sectores principales de su economía, las cifras son alarmantes. Solamente en la Costa del Sol, se espera que hasta cuatro millones de turistas hayan dejado de visitar la zona debido al confinamiento, lo que supondrá 4.000 millones de euros de pérdidas solo en la provincia de Málaga. Por ello, la Diputación de Málaga destinará un millón de euros a una campaña de promoción del destino para atraer al mercado nacional con unos precios competitivos.

Otras comunidades dependientes económicamente en gran parte del turismo ya han solicitado al Gobierno central ayudas económicas para paliar los efectos de la crisis, pero para ello es necesario la colaboración del turista local durante el estío. Incluso en la Comunidad de Madrid, una de la que más viajeros exporta al resto del territorio nacional, la consejera de Turismo y Cultura de la región, Marta Rivera, ha animado a los madrileños a viajar dentro de la provincia para estimular la economía local.

El turismo nacional podría contribuir a reactivar la España vaciada

A priori, todo cambio asusta, pero la alternativa más probable a no participar en el “nuevo” modelo de turismo será quedarse en casa durante las vacaciones. Algo difícil de imaginar para el 62,5% de los españoles, que viaja al menos entre dos y tres veces al año, mientras que sólo el 6% de la población afirma que nunca realiza un viaje, según datos del informe Radiografía del turista español elaborado por Rastreator. Además, lo que en principio no parece ideal, puede derivar en una mejora para las personas y los entornos naturales. "La idea es que la conciencia de salubridad e higiene contra las enfermedades derive en una conciencia a favor de la sostenibilidad", apunta Pablo Díaz, profesor de Economía y Empresa de la UOC. Un turismo sostenible dentro de nuestro propio país puede ser el impulso necesario para cumplir con una de nuestras tareas pendientes: volver a llenar la España vaciada. Teniendo en cuenta que el 90,4% de los viajes de los españoles tienen como destino algún punto del territorio nacional, escoger pueblos y zonas rurales poco conocidas como alternativa ante el tradicional turismo de sol y playa. Con una afluencia de turistas mayor este verano, se conseguirá reactivar la economía de la España rural y se fomentará la creación de nuevos yacimientos de empleos en la zona, un primer paso para afrontar uno de los grandes retos de nuestra sociedad en esta próxima década.

De esta manera, la “nueva normalidad” que vendrá después de la crisis del coronavirus puede contribuir a cumplir la Agenda 2030 optando por un turismo más sostenible. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas tienen como una de sus metas conseguir un modelo de vida en el que nadie se quede atrás y el cuidado del medio ambiente sea la pauta a seguir a la hora de producir y consumir. El abandono de las zonas rurales solo puede traer desigualdad económica entre las urbes y los pueblos, pues como apunta el Plan de Acción para la Implementación de la Agenda 2030, “no es posible alcanzar los ODS dejando atrás las zonas rurales y a sus habitantes".