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Consejos para enseñar ecología y consumo responsable a los niños durante el verano

Llegan las vacaciones y cambia la rutina, pero hay hábitos que se pueden seguir fomentando e incluso reforzar durante los meses de verano. Precisamente esta época, donde disponemos de más tiempo para disfrutar con nuestros hijos, es perfecta para enseñar a los más pequeños de la casa costumbres de vida sostenible que les permitan interiorizar cómo relacionarse con su entorno de manera respetuosa.

Ya sea nuestro destino de playa o montaña existen multitud de opciones para integrar en nuestro día a día actividades que fomenten valores medioambientales. A continuación os dejamos algunas opciones para disfrutar de unas vacaciones sostenibles que muestren a los niños la importancia de la ecología y el consumo responsable:

No dejar basura… y recoger la que encuentres

Los espacios naturales son entornos en los que disfrutar con respeto, no vertederos. Un paseo por el bosque o una tarde junto al mar son el momento perfecto para que los más pequeños aprendan la importancia de no tirar basura, cuidar de la naturaleza e incluso poner su granito de arena recogiendo aquellos desperdicios que encuentren a su paso. Ayudar a conservar un paisaje limpio en todos los sentidos es la mejor manera de enseñar que su salud es la nuestra. 

Esta actividad puede realizarse en familia o a través de campamentos o programas de voluntariado ambiental que promueven ayuntamientos de toda España. A través de estas iniciativas la relación con el medio ambiente se convierte en un juego que ayuda a los niños a sentirse parte de esa naturaleza que queremos cuidar.

Reducir los plásticos

La reducción del uso de plásticos es un hábito que debemos integrar en nuestro día a día. Sin embargo, durante las vacaciones se suele tender a utilizar en mayor medida productos elaborados con plástico de un solo uso, como pueden ser platos, cubiertos o comida envasada. Es el momento de predicar con ejemplo y evitarlo, reduciendo al máximo su consumo. Las alternativas existentes son cada vez mayores y nos permiten integrar hábitos con menor impacto ambiental mediante el uso de bolsas de tela para la compra, botellas de acero para el agua, el uso de tuppers de cristal o los cubiertos de madera sostenible para llevarnos el picnic a la playa, entre otros. 

Trabajar en el huerto

El turismo rural es una opción elegida por muchas familias que nos permite acercarnos a la naturaleza de diferentes maneras. Una de ellas es a través de las huertas. A través de ellas  los niños pueden aprender a relacionarse con la tierra, conocer de dónde provienen los alimentos y el trabajo que requiere obtenerlos. 

También es un buen momento para enseñarles la estacionalidad de los alimentos, los tipos de frutas o verduras según la época del año y por qué es importante integrar los alimentos de temporada en nuestra alimentación. Es una actividad para practicar en familia, en la que enseñar a las niñas y niños las ventajas de un trabajo paciente, del que a medio plazo acabarán recogiendo sus frutos, refuerza los lazos al disfrutar del resultado de un esfuerzo compartido.

Compra sostenible

Lo mismo que con los plásticos, se trata de mantener hábitos que ya integramos en nuestro día a día durante el resto del año. Si en casa estamos intentando comer productos de kilómetro cero y de temporada, no tenemos por qué dejar de hacerlo al viajar. Las tiendas locales ofrecen productos de cercanía respetuosos con el entorno y que impulsan la economía local. 

Por otro lado, la oferta de productos ecológicos o elaborados de forma sostenible como protectores solares, bañadores o sandalias es cada vez mayor. Explicar estas decisiones de compra a los más pequeños ayuda también a reducir el consumo compulsivo.

La bicicleta como forma de vida

La movilidad también es importante. Organizar excursiones en bicicleta con nuestros hijos es una manera perfecta de explicar conceptos como la movilidad sostenible para que se conviertan en una forma natural de moverse más allá de los meses de verano. Además del cuidado del entorno, a través de la reducción de la emisión de gases, la bicicleta es una buena manera de mostrarles cómo salud y medio ambiente son dos conceptos que van de la mano.

¿Una isla artificial contra la subida del nivel del mar?

El mar se presenta como uno de los principales atractivos turísticos del mundo, dando la costa múltiples oportunidades para las actividades recreativas más variadas. Es un paisaje completamente distinto al conglomerado urbano al que está acostumbrada la mayoría de la población. Especialmente en verano, la costa se convierte en un lugar en el que se busca la tranquilidad, la diversión y la evasión de los problemas cotidianos. Sin embargo, el mar podría ser una de nuestras principales preocupaciones este siglo.

Uno de los efectos más preocupantes de la subida de la temperatura global es la expansión de las masas de agua oceánicas y el deshielo de los casquetes polares, habiendo aumentado el nivel del mar hasta 20 centímetros en algunas zonas desde 1900. Esto afecta principalmente a las playas, costas y poblaciones que viven en asentamientos cerca del mar. Para 2050 podrían ser 300 millones de personas los afectados por esta subida, con apenas un aumento en altura de 20-30 centímetros; y en 2100 podría superar la barrera de los 400 millones y los 100 cm. Aunque consiguiéramos frenar de golpe las emisiones de gases de efecto invernadero, la inercia frente al cambio que muestran los fenómenos climáticos haría que aun así el mar subiera otro medio metro durante este siglo.

600 millones de personas, el 10% de la población mundial, vive en zonas costeras por debajo de los 10 metros sobre el nivel del mar

En total, 600 millones de personas, el 10% de la población mundial, vive en zonas costeras por debajo de los 10 metros sobre el nivel del mar. El país con más población amenazada por este problema antropogénico es China con más de 90 millones de personas afectadas. Y en el caso de España podría tener que reubicar a más de 2 millones de personas

Medidas para paliar el impacto de la subida del mar

Ante esta amenaza, el pasado mes de junio Dinamarca anunció la aprobación de un proyecto para construir una isla artificial que albergará a 35.000 personas. No es un recurso turístico o una simple ampliación de fronteras: es una medida que trata de dar solución a los problemas a los que se enfrentará el país debido a la subida del nivel del mar este siglo. El 17% de la población de Dinamarca podría perder sus hogares en los próximos años bajo las aguas y el Gobierno ha decidido comenzar a elaborar una solución antes de que ese momento llegue. 

En España, hasta 2 millones de personas podrían verse afectadas por la subida del nivel del mar

Dinamarca no es el único país que se ha planteado este tipo de solución—otros incluso ya la han llevado a cabo. Kiribati, un archipiélago ubicado en el Pacífico con 100.000 habitantes también planteó en 2011 una solución similar: plataformas flotantes en forma de anillo donde la población esté a salvo ante este fenómeno. Esta podría ser la solución para otras naciones asiáticas y oceánicas como Tonga, la Maldivas o la Isla de Cook. En el caso de Las Maldivas, en un intento también por desarrollarse económicamente, son varias las ocasiones en las que han construido nuevas islas, como Hulhumalé. Esta isla fue inaugurada en 2004 y en 2019 ya estaba habitada por 50.000 personas, aunque se estima que albergue hasta 240.000. Con estos métodos estas regiones tratan de mantener y fomentar el turismo del que viven actualmente, mientras luchan contra el cambio climático, ya que adaptación y desarrollo económico van de la mano. Y es que la subida del nivel del mar provocará grandes pérdidas económicas, que incluso ya se están haciendo notar en algunos sectores: los precios de la vivienda en zonas cuya afectación por la subida es innegable ya ven cómo el precio de sus viviendas se devalúa: es el caso de Florida, en Estados Unidos, con pérdidas de hasta 14.000 millones de dólares.

Iniciativas innovadoras como las islas artificiales no son nuevas, a lo largo de la historia encontramos otros ejemplos como las islas flotantes del Titikaka, donde vive el pueblo de los Uros, en Perú; o la predecesora de México D.F., Tenochtitlan, isla que habitaban 250.000 personas y estaba rodeada de otras islas artificiales. 

En lo concerniente a las islas artificiales contemporáneas, existen proyectos futuros para hacer de ellas un medio ecológicamente equilibrado y con menor impacto ambiental, como el Lylipad de Vicente Callebaut (proyecto diseñado para recibir refugiados climáticos), o el proyecto BioHaven, donde balsas de plástico reciclado podrían ser repobladas y ubicadas en humedales y pantanos. Sin embargo, estas medidas no están exentas de críticas debido al posible impacto ecológico que este tipo de construcciones pueden conllevar por las cantidades de arena que deberían movilizarse para llevarlas a cabo. Por ello, medidas adaptativas como la construcción de estas islas artificiales siempre deben ir acompañadas de un exhaustivo estudio de impacto ambiental para evitar que la solución se convierta en un nuevo problema.

Un soplo de tranquilidad para la vida marina

Panamá ha podido demostrar su firmeza en la conservación ambiental durante el pasado mes de junio. La protección de sus mares no solo es una victoria nacional; es, ante todo, una victoria de la humanidad. Al fin y al cabo, el país centroamericano ha decidido crear una reserva marina que prácticamente iguala —la cifra se sitúa alrededor del 90%— la superficie terrestre del país. La zona protegida, un espacio rico en recursos pesqueros, es también un importante punto de encuentro para la multitud de especies marinas que pueblan los fondos acuáticos. Junto con las reservas marinas establecidas por Colombia, con las cuales comparte sus zonas limítrofes, la zona es de facto la tercera reserva marina más grande del área tropical del Océano Pacífico.

Los océanos captan alrededor del 30% del dióxido de carbono liberado a la atmósfera

La nación panameña, junto con la ayuda del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, cumple así con dos objetivos fundamentales para su porvenir: proteger la fauna y flora amenazadas y preservar unos recursos pesqueros considerados críticos en cuanto a su importancia. La reserva —ampliada desde los más 17.000 kilómetros cuadrados establecidos en 2015 a casi 70.000— incluye hasta nueve cadenas montañosas marinas conocidas como la Cordillera de Coiba en las que habitan numerosas especies: tortugas, tiburones, ballenas, peces vela. Al fin y al cabo, las cordilleras submarinas son uno de los elementos físicos más relevantes no solo para la biodiversidad, sino que su protagonismo incluye otros fenómenos bien distintos, como es la generación de movimientos de corrientes. La zona, de hecho, incluye actualmente especies exclusivas de las más hondas profundidades que, por ello, aún son desconocidas para la ciencia a causa de la gran dificultad para estudiarlas.

La ampliación de la reserva eleva a alrededor de un tercio el total protegido relativo al territorio marino panameño

En el área protegida se prevé también establecer un sistema de monitoreo, control y vigilancia de la pesca ilegal, así como la promoción de la sostenibilidad en el uso de los recursos naturales —véase, por ejemplo, la práctica de pesca selectiva— para disminuir la incidencia humana en los distintos hábitats. El mar, además, es particularmente importante para un país como Panamá, considerado como uno de los puntos neurálgicos del comercio mundial a causa de su posición geográfica. Casi 5.000 barcos cruzaron la vía interoceánica —el canal de Panamá— durante 2019, el último año en que los datos no fueron alterados debido al impacto de la pandemia. Este tráfico ininterrumpido puede ser particularmente dañino en el caso de las naves petroleras y los pesqueros internacionales, algunos de los cuales realizan capturas de múltiples especies con redes de cerco, hoy consideradas ilegales. Desde el mes pasado, no obstante, la ampliación de la reserva eleva al 30% el total protegido relativo al territorio marino panameño. Aún queda, eso sí, implementar diversas acciones, algo por lo que el gobierno panameño continúa manteniendo conversaciones con diversos organismos internacionales.

Una oportunidad para las reservas marinas en España 

Tal como explicaba a El País el chileno Maximiliano Bello, conservador de la organización Mission Blue, «si cada país hiciera su parte, como lo hace Panamá, se podría proveer de un mejor futuro a estos ecosistemas marinos». Y en realidad, efectivamente, esto debería ser la norma: hasta 196 países han llegado a ratificar el Convenio sobre la Diversidad Biológica promovido por las Naciones Unidas.

En el caso de España, por ejemplo, no hay una reserva de un tamaño similar al de la panameña, sino más bien múltiples reservas de menor extensión. Véase, por ejemplo, la reserva almeriense de Cabo de Gata-Níjar, que cuenta con cuarenta y seis kilómetros cuadrados. La zona marina más protegida del territorio nacional, de hecho, cuenta con poco más de 700 kilómetros cuadrados y se halla localizada al norte de la isla de Lanzarote y alrededor de la isla de la Graciosa. Más allá del efecto que esto puede tener en las aguas españolas, lo cierto es que estas áreas repercuten en toda la estrategia medioambiental del planeta, al igual que si se tratase de sucesivas fichas de dominó: los océanos captan alrededor del 30% del dióxido de carbono liberado a la atmósfera.

 
Así, España, a pesar de ser el país con más Reservas de la Biosfera del mundo, contiene poco más de 1.000 kilómetros cuadrados de reservas acuáticas. Esto deja entrever una oportunidad para proteger aún más nuestros mares. De ello parece ser consciente el propio Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, cuya promesa de declarar nueve áreas marinas nuevas protegidas antes de 2024 se antoja hoy más necesaria que nunca.