Categoría: Cambio climático

«Las cosas que sugiere la naturaleza son siempre positivas, constructivas y necesarias»

Joaquín Araújo

Vive a quince kilómetros de su vecino más cercano, en plena comarca de Las Villuercas. Puede pasar meses sin ver a otra persona, rodeado únicamente de los árboles que él mismo ha plantado. Joaquín Araujo –naturalista, escritor, agricultor ecológico y una de las voces más veteranas del ecologismo español– se define a sí mismo como un «emboscado»: alguien que, literalmente, se parece al bosque. Desde hace cincuenta años combina esa vida de aislamiento voluntario con una intensa presencia pública: 122 libros publicados, casi 3.000 conferencias y una trayectoria como asesor de varios ministros.

Hablamos con él sobre los incendios de este verano, la codicia como motor de la destrucción ambiental y su particular manera de saldar, árbol a árbol, una deuda que considera impagable.


Usted vive rodeado de naturaleza desde hace cinco décadas y se define como «emboscado». ¿Cómo describiría esa relación?

No me relaciono solo desde el conocimiento científico, aunque en su día fui bastante ornitólogo. Me relaciono con los instantes, con el tiempo, con el agua, con la tierra, con la propuesta estética de la naturaleza. Y esa propuesta siempre acaba señalando lo mismo: qué hay que hacer. Las cosas que sugiere la naturaleza son siempre positivas, constructivas y necesarias.

A lo largo de su vida ha sido naturalista, escritor, periodista, agricultor y divulgador. ¿Cómo va pasando de una faceta a otra y qué hilo cree que las une?

No he parado nunca de cultivar, escribir y defender la paz, lo sensato y lo bello de este mundo cada día más amenazado. Los que admiramos la forma de proceder del paisaje en su conjunto no tenemos dificultad en ser multidisciplinares, porque nos alivia emular aquello que admiramos, amamos y defendemos. Al mismo tiempo, [esta multidisciplinariedad] es la consecuencia lógica de tener una visión panorámica de la realidad.

«No se gana atacando al fuego, sino conteniéndolo con parapetos»

¿Quiénes son y/o han sido sus naturalistas referentes para usted?

Fundamentalmente Thoreau, más por su carácter filosófico y poético que por la observación de animales y plantas. También admiro a Edward O. Wilson, que fue capaz de la prospección más minuciosa, a David Attenborough… Y al que más admiro es al geógrafo Eduardo Martínez de Pisón. Todos pensarán que, como trabajé con Rodríguez de la Fuente, él estaría en esta lista, pero precisamente por nuestra cercanía y por la relación tan intensa, me cuesta verlo como un naturalista en el sentido en que yo entiendo.

Este verano España ha vivido una ola de grandes incendios. ¿Se podrían evitar los del año que viene?

La naturaleza lleva pidiendo lo mismo desde hace décadas y no se ha hecho nada. He sido asesor de varios ministros y lo he repetido hasta la extenuación. No se trata de evitar el incendio en sí, sino su inmensidad: proponíamos desde hace tiempo un sistema de defensa pasiva, cortafuegos bien diseñados, para que ningún fuego superara las 500 o 1.000 hectáreas. Es el mismo principio que usa la naturaleza desde hace 3.000 millones de años: no se gana atacando al fuego, sino conteniéndolo con parapetos. Pero eso exige una infraestructura mantenida año tras año, y quienes mandan –en la política y en la economía– han mostrado un desprecio extraordinario hacia el paisaje, la cultura rural y la naturaleza.

Usted ha hablado de la codicia humana como raíz de ese desprecio. ¿Cómo se combate algo tan íntimo desde lo colectivo?

La codicia se da exclusivamente en el ser humano. El mismo cerebro capaz de la bondad más exquisita alberga también el odio, la competitividad, el acaparamiento. El problema es que nuestro sistema –educativo, político, cultural– le da todas las oportunidades a la codicia y casi ninguna a lo contrario: la convivencia, el vínculo, el abrazo. Para mí la cultura sería el auténtico antídoto: si eres culto no necesitas acumular ni dominar. Por eso siempre digo: ¿por qué no existe una asignatura que enseñe a abrazarse, o a echar de menos, o a ver la belleza?

El 55% de la superficie nacional son bosques, pero en España no son rentables. Si lo fueran, ¿considera que la economía del bosque podría ayudar a prevenir incendios?

Algo ayudaría, pero ¿por qué tienen que ser rentables? ¿Hay que crear una suerte de recompensa a los propietarios de la naturaleza para poder conservarla? ¿Hay que pagar algo al propietario del bosque a cambio de lo que nos da el bosque, del aire limpio y del oxígeno? Además se produciría una contradicción, porque los poderosos recibirían más dinero por haber podido comprar un territorio, lo que ahondaría la brecha entre los ricos, los menos ricos y no digamos los pobres. No soy partidario de que los bosques sean rentables, porque son invalorables. Hay que cambiar la mentalidad; ¿por qué tiene que dar ganancia económica un bosque? El bosque ya es lo más preciado que tenemos y debemos declararlo bien público inalienable. Un bosque vale más que todo el dinero que pueda existir en cualquier país.

«El bosque es una escuela de ética y de estética»

¿Cuál es la receta para una gestión forestal sostenible?

Que los propietarios acepten esta premisa anterior, que se sientan orgullosos por la posibilidad de estar contribuyendo al mantenimiento de la vida, y punto. Pero también vendría bien algo de parachoques y defensa pasiva que los propietarios fueran capaces de garantizar. Debería ser prioridad en España que fuera imposible un incendio de más de 1000 hectáreas, y no costaría tanto dinero conseguirlo.

Una de sus formas de «abrazar» la naturaleza es plantar unos 500 árboles al año, de media uno por cada día de su vida. ¿Siente que con eso salda esa deuda?

Es totalmente insuficiente. Por cada árbol que he plantado, la humanidad probablemente ha perdido un millón, o más: solo en 2024 perdimos 17.000 millones de árboles en el planeta. Así que mis 28.000 árboles son insignificantes en términos absolutos. Pero son magníficos para sentirme en paz conmigo mismo. No es ningún mérito plantarlos: si me han publicado 122 libros, tengo que plantar árboles. Es una deuda de gratitud elemental.

¿Qué le aporta personalmente, emocionalmente, estar en el bosque, sentir de cerca la naturaleza?

El mayor déficit intelectual, moral y sentimental de la humanidad es no vivir con la vida ni estar incorporado a lo viviente, no aceptar los lenguajes sin palabras de la naturaleza. Casi todo lo peor que nos pasa es por no ser capaces de enamorarnos de la belleza natural, vivir y dormir con ella, y por no dejarnos acariciar por la soledad. La soledad es una generadora de comprensión, de calma y de respeto. El bosque es una escuela de ética y de estética. Yo todos los días voy gratis a clase de buen gusto, respeto y educación. 

¿Cuál diría que es el gesto más bello que ha hecho por la vida?

Quizás resulte extraño, pero creo que lo más bello que he hecho es cuando no hago nada: cuando me siento a contemplar la línea del horizonte. Todo lo demás –cultivar la tierra, cuidar animales, dar conferencias, escribir– no puedo separarlo de esa misma actitud: incluir en mi vida lo que el sistema de la codicia excluye. Eso ya es, en sí mismo, un acto ético y estético a la vez.

Sintomatología de un planeta enfermo

La degradación ambiental suele medirse en grados de temperatura, toneladas de emisiones o especies perdidas. Pero detrás de esas cifras también hay algo mucho más cercano: más problemas respiratorios, nuevas enfermedades, golpes de calor o impactos sobre la salud mental.


Un cuerpo enfermo rara vez se deteriora de un día para otro. Primero aparecen señales: fiebre, fatiga, inflamación o dificultades para respirar. El planeta funciona de una manera parecida. Antes de un colapso hay síntomas: olas de calor cada vez más frecuentes, aire contaminado, pérdida de biodiversidad o alteraciones en los ciclos del agua. Y, aunque solemos percibirlos como problemas ambientales, cada vez existe más evidencia científica de que también son problemas de salud.

La Organización Mundial de la Salud estima que los efectos combinados de la contaminación del aire exterior y doméstico están asociados a cerca de 6,7 millones de muertes prematuras al año en todo el mundo. Además, calcula que cumplir los objetivos del Acuerdo de París únicamente por los beneficios derivados de una mejor calidad del aire podría salvar cerca de un millón de vidas anuales de aquí a 2050.

Lo llamativo es que el daño no se limita a los pulmones. La contaminación atmosférica está relacionada con enfermedades respiratorias, pero también con accidentes cerebrovasculares, patologías cardiovasculares y determinados cánceres. Respirar, algo que hacemos de manera automática unas 20.000 veces al día, se convierte así en una exposición continua a la salud de nuestro entorno.

El aumento de la temperatura global constituye otro síntoma evidente. El calor extremo ya no representa solo una incomodidad estacional. Diversos estudios muestran que incrementa el riesgo cardiovascular, afecta al funcionamiento renal, altera el sueño y aumenta la mortalidad. Los informes de The Lancet Countdown que analizan la relación entre salud y cambio climático alertan de un crecimiento sostenido de las muertes asociadas al calor en las últimas décadas.

Pero la fiebre del planeta también modifica otros sistemas menos visibles. Cuando cambian las temperaturas y los patrones climáticos, también lo hacen los comportamientos de insectos, microorganismos y especies animales. Algunas enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue o el virus del Nilo Occidental, están expandiéndose mientras, al mismo tiempo, temporadas de polen más largas e intensas provocan problemas como alergias o asma.

Sin embargo, quizá el síntoma más profundo no sea ninguno de estos por separado, sino su conexión. La salud humana depende de ecosistemas capaces de sostener aire limpio, agua potable, alimentos y estabilidad climática. Cuando estos sistemas pierden equilibrio, nosotros también lo hacemos.

Durante años se habló de proteger la naturaleza como una cuestión ambiental. Hoy la ciencia empieza a describirlo de otra manera: también es una forma de medicina preventiva.

Andreu Escrivà: «Estamos colonizando el futuro y limitando las posibilidades de la vida»

En el libro La Tierra no es tu planeta planteas que hemos vivido como si la Tierra nos perteneciera. ¿Por qué crees que nos cuesta tanto asumir que somos solo una especie más dentro de la red de la vida? 

Creo que por tres cuestiones. La primera es que tenemos una cierta ceguera hacia el resto de la vida. Nos parece que somos los únicos que pensamos, que tenemos expresiones culturales o sociedades avanzadas, cuando hay muchos animales, no solo primates, que también experimentan todo eso.  La segunda es que tenemos una comprensión muy pobre de las coordenadas espaciales y temporales de la vida y de nuestro planeta. 

Y, por último, creo que nos cuesta asumirlo por una cuestión de identidad humana que emana de determinados textos religiosos. Por ejemplo, el Génesis 1:26 nos dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y que, por tanto, estamos por encima del resto de especies. 

Si juntamos todo esto —la incapacidad para detectar en otras especies comportamientos que pensamos humanos, esta ignorancia sobre qué es la vida y la legitimación religiosa del orden biológico—, al final nos parece que estamos en un peldaño por encima de todo. Y esta sensación de superioridad que tenemos nos permite explotar y dominar la naturaleza tal y como lo hacemos, lo que también es muy conveniente para el sistema capitalista. 

En el libro hablas de devolver espacio a la vida y de «descolonizar el futuro». ¿Cómo definirías este concepto de «descolonización»?

La colonización es un proceso que solemos ubicar en el plano espacial, es un concepto que no solemos pensar a futuro. Lo que tenemos que entender es que, con nuestras acciones de hoy, estamos colonizando el futuro y limitando las posibilidades de la vida. 

Estamos aplastando la vida futura con nuestras acciones presentes. Por eso, lo que propongo en el libro, siguiendo al filósofo Roman Krznaric, es ser unos buenos antepasados: retirarnos del futuro. Es una decisión que condicionará todos los futuros de todas las personas y todas las especies que van a vivir en este planeta a partir de ahora. Necesitamos entender esa responsabilidad.

La pérdida acelerada de biodiversidad ha llevado a hablar de una sexta extinción. ¿Puedes hablarnos de los factores que están causando este fenómeno y por qué es esencial que la sociedad comprenda su magnitud y sus consecuencias?

Estamos produciendo una erosión del tejido vivo de nuestro planeta que nos lleva a pensar que estamos entrando en la sexta extinción masiva. En la historia de la Tierra ha habido cinco momentos en los que la vida se ha desplomado; el último es el de los dinosaurios. Son episodios en los que más del 75% de las especies han desaparecido y, ahora, tenemos clarísimo que las especies no se están extinguiendo a un ritmo natural, sino a un ritmo muchísimo más elevado como consecuencia de las acciones humanas. 

«Tenemos que llevar la naturaleza a la ciudad»

Aún se habla poco de «sexta extinción» porque requiere cierto conocimiento y no acabamos de percibirla. El cambio climático se percibe con facilidad: basta salir a la calle. En Valencia, por ejemplo, se nota un clima distinto al de hace 20 años, con temperaturas más altas o fenómenos como la DANA. Con la biodiversidad no ocurre lo mismo. Aunque vivimos en ciudades grises, en los últimos años han mejorado con más zonas verdes y espacios renaturalizados y, por tanto, vemos que ha habido una mejora. Pero, al estar desconectados de la naturaleza, nos cuesta detectar las señales de alarma y entender aspectos básicos de los ecosistemas, como qué implica una especie invasora o un paisaje fragmentado. Además, debemos acudir a datos, inventarios e informes para entender hasta qué punto están disminuyendo las especies o en qué grado de amenaza se encuentran.

Se habla mucho de sostenibilidad, pero, desde tu experiencia, ¿qué está fallando en la educación ambiental respecto al conocimiento específico sobre biodiversidad? ¿Qué cambios serían necesarios para mejorarla?

En el sistema educativo español, lamentablemente, se pueden abandonar las materias científicas en una etapa muy temprana. Evidentemente, a nadie se le ocurriría dejar de estudiar a una cierta edad, por ejemplo, lengua. Sin embargo, millones de personas cada año dejan de tener contacto con cuestiones científicas a una edad tempranísima, en la primera adolescencia. Esto nos lleva a una cierta incapacidad para comprender procesos físicos, geológicos, biológicos… y también a una sensación de que es un campo del conocimiento que no necesitan conocer si no se quieren dedicar a la ciencia. 

¿Cómo encaja la crisis de biodiversidad con los discursos actuales sobre la crisis climática? ¿Crees que se ha descuidado uno de estos frentes en las políticas públicas o en la comunicación científica?

Cuando muchas empresas hablan de sostenibilidad en sus reportes, se fijan en las emisiones de la energía o transporte y, después, de algunos materiales o tasas de reciclaje. Se evalúa este desempeño ambiental a través de una métrica que es importante, pero que no lo recoge todo. Habría que ampliar el foco de ese «túnel de carbono» para poder ver el resto de cosas que importan de esa realidad ambiental. 

«La fortaleza real de los seres humanos está en los cuidados»

De hecho, también tenemos un Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, muy centrado en la cuestión energética, que es muy importante, pero habría que recuperar el Ministerio de Medio Ambiente, modernizado, para darle un impulso decidido a las políticas de restauración de la biodiversidad, a las políticas costeras, políticas del agua… Estas cuestiones siguen ahí, pero en un plano más secundario. 

En tu libro explicas que la teoría de la evolución se ha malinterpretado y ha alimentado ideas como el darwinismo social. Sin embargo, en la naturaleza también abundan las relaciones de cooperación. ¿Podrías darnos algunos ejemplos?

La teoría de la evolución se ha malinterpretado. No favorece al más fuerte: el survival of the fittest se refiere a quien deja más descendencia, no necesariamente al más fuerte ni al más competitivo. La idea de la evolución como legitimación de la competición surge a finales del siglo XIX, en paralelo a la expansión del capitalismo, a partir de lecturas interesadas. 

En el caso de los seres humanos, es la cooperación la que ha permitido desarrollar sociedades complejas. No hemos llegado donde estamos por la competición, sino porque hemos cooperado. El registro cultural, antropológico e incluso fisiológico de las poblaciones humanas muestra cómo nos hemos organizado en grupos que cuidaban incluso de quienes tenían dificultades. A mí me impactó mucho el caso de una niña de 12 años en Atapuerca que tenía una discapacidad y no se explica que alcanzase esa edad sin los cuidados de otras personas. 

Otro de los ejemplos que más me sorprendió es la reacción de unos macacos tras el paso de un huracán en Puerto Rico, que se quedaron prácticamente sin árboles y con un calor insoportable. Tenían dos opciones: pelear por la sombra o compartirla. Lo que hicieron fue organizarse y compartir ese recurso escaso. Por eso, conviene insistir en que ni en el mundo natural ni en el humano la competición es la vía por la que progresan las sociedades. Es la cooperación. Al final, la fortaleza real de los seres humanos está en los cuidados. 

¿Qué papel pueden jugar las ciudades y la planificación de los espacios urbanos en la protección de la biodiversidad?

En vez de sacar a la gente de la ciudad para que experimente el contacto con la naturaleza, tenemos que llevar la naturaleza a la ciudad. Es decir, las ciudades no pueden expulsar la naturaleza. Necesitamos más naturaleza, más verde, más animales, más cantos, más sonidos no humanos. No creo que haya alguien que prefiera un martillo neumático al canto de un pájaro. Tenemos que traer verde a las ciudades para poder experimentar esa fascinación por la naturaleza. También debería haber zonas de descubrimiento, que no sea una naturaleza domesticada, como los jardines donde tiene que estar todo perfecto, sino espacios de bosques, de descubrimiento de charcos, ríos…  

Muchas personas pueden sentirse paralizadas por la magnitud de la crisis ecológica. ¿Qué tipo de respuestas prácticas propones para quienes quieren actuar?

Tenemos que abandonar las soluciones simplistas y dejar de dar voz a iniciativas que prometen solucionarlo todo. Debemos dejar de creernos los mesías y abrir conversaciones incómodas para entender que sí hay cosas que podemos hacer. Al final, todo está relacionado con la explotación de la tierra y con este sistema económico, el capitalismo, que busca la acumulación del capital y no el sostenimiento de la vida. Gran parte de los problemas ambientales se deben al sobreconsumo.

Tenemos que cuestionar el sistema, pero no como algo abstracto. Hay que buscar grietas en el sistema para actuar en nuestro entorno, como crear huertos comunitarios o resistir la mercantilización de la naturaleza. 

«No podemos desligar las cuestiones climáticas de la desigualdad social y económica»

También hay confusión con la sobrepoblación. El problema no es cuántas personas somos, sino cómo consumimos. Un estudio de Jason Hickel y Dylan Sullivan, que cito en el libro, muestra que con un 30% de los recursos naturales y energía utilizados actualmente se podría ofrecer unos estándares de vida digna a todas las personas, algo de lo que ahora mismo carece el 80% de la población. No podemos desligar las cuestiones climáticas de la desigualdad social y económica.

Por otra parte, necesitamos tener más herramientas prácticas, que es algo que traté de ofrecer en mi libro Y ahora yo qué hago. Podemos reducir el consumo de carne o evitar comprar fast fashion, pero sobre todo necesitamos tener conocimientos básicos para tomar mejores decisiones. Por ejemplo, tenemos que saber en qué fijarnos en las etiquetas cuando vayamos a comprar y no consumir un producto que ha recorrido miles de kilómetros y que, en realidad, no necesitamos.

En el libro escribes: «La vida es agradecida y también resistente. A pesar de todo, a pesar de nosotros, del humo, el asfalto, la motosierra, la escopeta y el lodo tóxico». A pesar de los daños que hemos causado, ¿qué señales de recuperación de la naturaleza te parecen hoy más esperanzadoras?

Puede parecer contradictorio con el mensaje de la sexta extinción, pero es que la vida es agradecida. Si un barrio se une y decide naturalizar sus calles, parques o solares, el retorno es casi inmediato. Y, además, cuando dejamos de molestar un poco a la naturaleza, la naturaleza vuelve con mucha fuerza. Por eso creo que es agradecida. Y es ahí donde creo que hay una buena oportunidad para estos proyectos de restauración de ecosistemas o de reintroducción de algunas especies.

¿Qué amenaza el espectáculo otoñal de la berrea?

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Llega el frío y con él uno de los fenómenos naturales más fascinantes de la época: la berrea. El periodo de apareamiento de los ciervos se ha convertido en todo un atractivo para el ecoturismo, aunque en los últimos años se está observando cómo el cambio climático está impactando en el correcto desarrollo de este proceso.  

El tercer polo: la pérdida de un recurso hídrico global

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La región del Hindu Kush Himalaya alberga algunas de las cadenas montañosas más grandes del mundo. Sin embargo, debido al cambio climático, la nieve y el hielo de estas montañas se están perdiendo a un ritmo incluso mayor al previsto por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU y esto afecta directamente a casi mil millones de personas y a muchas especies de animales. 

Cuando las olas del mar no refrescan

Las olas de calor marino son episodios en los que la temperatura del agua del mar o del océano se eleva de manera anómala. El cambio climático está potenciando estas olas de calor que tienen un impacto directo no solo en la vida de numerosas especies marinas, sino también en la nuestra.


Se acercan las fechas estivales, y las costas comienzan a poblarse de bañistas ansiosos por zambullirse en el agua y disfrutar de una ola de frescor. Apaciguar el calor externo adentrándose en las aguas del Mediterráneo es una de las principales motivaciones de las miles de personas que eligen alguno de sus enclaves para pasar las vacaciones de verano.

Pero el mar Mediterráneo se ha convertido en las últimas décadas en un punto caliente del cambio climático, y sus aguas han sufrido un aumento de temperatura que no deja de marcar récords cada año. Según el Informe Mar Balear, en los últimos 40 años su temperatura superficial ha aumentado 1,5 ºC. Cada verano, desde hace varios,  el mercurioen el Mediterráneo sube respecto al anterior. El año pasado llegó a superar los 28 ºC. Los veraneantes, que buscan olas de frescor, se encuentran cada vez más calor.

La temperatura del Mediterráneo se incrementa cada año, y en 2024 llegó a superar los 28ºC durante un período de tiempo prolongado

Olas de calor marinas que se suceden cada año no solo en el Mediterráneo sino también en las aguas del noreste del Pacífico, del suroeste del Atlántico, en el mar de China e incluso en el golfo de Alaska. Estos episodios climatológicos conllevan incrementos de la temperatura del agua entre 3ºC y 4ºC por encima de la media de las máximas (usando como referencia los valores de los 30 años anteriores) durante un mínimo de 5 días.

Su proliferación tiene una estrecha relación con el cambio climático. Principalmente están provocadas por el el calentamiento de la superficie marina desde la atmósfera. Otras de sus causas son la velocidad de los vientos (si es baja no logra movilizar el calor atmosférico) y las corrientes oceánicas (pueden acumular agua cálida en áreas específicas). Pero es la escalada de la temperatura atmosférica lo que conlleva que se repitan cada vez con mayor frecuencia e intensidad, y en más zonas de la geografía marina. A su vez, este calentamiento marino potencia el cambio climático al reducir la capacidad de los océanos para absorber CO2.

Las consecuencias van desde el cambio de la biodiversidad marina a la mortalidad masiva de determinadas especies, especialmente los corales, pasando por el incremento de la probabilidad de fenómenos meteorológicos extremos. El aumento de la temperatura de las aguas potencia que se multipliquen y refuercen las lluvias torrenciales en las costas colindantes, ya que el agua del mar les añade fuerza y energía.

Al afectar a la salud y supervivencia de numerosas especies marinas, las olas de calor impactan directamente en la seguridad alimentaria y el trabajo de las poblaciones costeras afectadas. Cada año, muchos pescadores se ven obligados a abandonar sus  caladeros  de pesca habitual debido a la disminución de poblaciones y especies. El turismo, que suele ser otra de las fuentes de ingresos principales de estas poblaciones, también merma.

Las olas de calor marinas incrementan la mortalidad de especies imprescindibles para la biodiversidad, como los corales, y la sucesión de fenómenos meteorológicos extremos

Afortunadamente, cada día aumenta la concienciación sobre la importancia de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que, junto a numerosas campañas de sensibilización sobre la conservación de nuestros mares y océanos y ambiciosos proyectos de restauración de los hábitats costeros facilitará que podamos hacer frente a las olas de calor marinas.

A nivel institucional, se han comenzado a implantar acciones de previsión y seguimiento del calentamiento de las aguas, como el Servicio Marino del Programa Copernicus, de la Unión Europea. Gracias a esta iniciativa, contamos con indicadores de monitoreo de los mares y océanos que permiten implementar políticas públicas que ayuden a frenar la proliferación de las olas de calor marinas y protejan la biodiversidad de las aguas y todos los beneficios que nos proporcionan. 

Patrimonios de la humanidad amenazados por el cambio climático

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Los sitios con el título de Patrimonio de la Humanidad son aquellos que tienen una importancia cultural o natural excepcional. Sin embargo, puede que este legado no llegue a generaciones futuras. Una empresa dedicada a medir los riesgos climáticos ha configurado una lista con los cincuenta lugares más amenazados por el impacto del calentamiento global. 

Cuando el calentamiento global cambia el color del mundo

El color del mundo está cambiando. El aumento de las temperaturas provoca que el Ártico sea menos blanco, el océano más verde y el otoño cada vez más marrón. 


La superficie del mar está adquiriendo un tono cada vez más verde, según los datos de la NASA que analizan dos décadas de mediciones satelitales. 

Es una tendencia que ha sido identificada en distintas investigaciones de instituciones de todo el mundo. Desde el Centro Nacional de Oceanografía del Reino Unido, cuyos datos señalan que el 56% de la superficie marina mundial ha sufrido un cambio de color significativo en los últimos 20 años, hasta un estudio del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), que ha concluido que para el año 2100 el color de los océanos cambiará completamente de color. 

Esto se debe a los cambios en los tipos del fitoplancton cercano a la superficie del mar, que tiene la función de absorber y reflejar la luz solar, dándole al océano el color que percibe el ojo humano. 

El cambio de color en los océanos es una señal de transformaciones profundas en los ecosistemas marinos

Por su parte, la superficie terrestre también está viviendo sus propias variaciones. Un grupo de investigación de la Universidad de Clemson (Estados Unidos) ha concluido que las plantas cambian de color para protegerse de los cambios de temperatura. 

El equipo ha estudiado la evolución de miles de muestras de Australia, América del Norte y Europa y han detectado variaciones de color en flores de las 12 especies analizadas. Los autores atribuyen estos cambios a la variación climática que experimentaron, especialmente la relacionada con la temperatura y las sequías. 

Y las sequías también son las responsables de que los bosques sean más marrones y menos variados en otoño. Según una investigación de la Universidad de Vermont, para que podamos disfrutar de la paleta de colores que asociamos al otoño, las hojas de los árboles necesitan noches frías, algo cada vez menos habitual. 

Por su parte, el color verde va poco a poco invadiendo el blanco de la Antártida. Las universidades británicas de Exeter y Hertfordshiren han calculado que el avance de la vegetación se ha acelerado un 30% en los últimos años, de 2016 a 2021. 

Por qué es importante: no es solo el color lo que cambia 

Sin embargo, lo verdaderamente relevante de estos cambios que se están produciendo por el aumento de la temperatura no es solo el cambio de color. «El seguimiento de los cambios en el fitoplancton marino es importante, ya que constituye la base de la cadena alimentaria marina y es crucial en el ciclo del carbono», explica la investigación del MIT.  Es decir, la alteración del fitoplancton supone la alteración de todo el ciclo de la vida submarina. 

Las variaciones en el color de las plantas y los bosques reflejan la respuesta de la naturaleza al cambio climático

Además, la ecóloga de la Illinois State University, Catherine O'Reilly, autora de otro estudio sobre el cambio de color del agua, también advierte de que tratar esa agua para el consumo humano podría ser más caro en el futuro y que la pesca podrá verse afectada. 

En cuanto a las flores, el cambio en su color confunde a los agentes polinizadores, lo que tiene implicaciones en la reproducción de las plantas. Además, el hecho de que las hojas de los árboles vean afectado su ciclo de recuperación disminuye la capacidad para captar carbono de los árboles. 

También el avance de la vegetación en la Antártida tiene el potencial de transformar el entorno ecológico, puesto que juegan un importante papel de regulación del ciclo de carbono y de los nutrientes en la zona.