Categoría: Cambio climático

De nuevo en el Acuerdo de París

El 20 de enero la Casa Blanca estrenaba nuevo huésped y, con él, se dejaban atrás cuatro años de negacionismo climático y políticas controvertidas tanto a nivel nacional como internacional. La llegada al despacho oval del demócrata Joe Biden parece querer dejar atrás una legislatura perdida para la Agenda 2030 y la vuelta a un liderazgo con foco en la lucha contra el cambio climático. Algo que, para Miranda Massie, directora del Museo del Clima de Nueva York, es una «obligación moral» de Estados Unidos para con el mundo: «Somos el mayor emisor del planeta y, por eso, deberíamos liderar la lucha contra una emergencia climática que es el marco bajo el que se producen las peores crisis raciales, de justicia social y de igualdad de la historia», sentencia. Y la Administración de Biden y Kamala Harris, a priori, parece incorporar el cambio climático como eje vertebrador de las políticas y del futuro de su país.

La Administración de Biden y Kamala Harris, parece incorporar el cambio climático como eje vertebrador

Nada más tomar posesión del nuevo cargo, Biden ha dado la orden de dar marcha atrás a la retirada del Acuerdo de París –impulsado por Barack Obama y abandonado por Donald Trump a finales del año pasado– mostrando un nuevo compromiso adquirido con la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Pero, ¿cuál será el camino a seguir por la Administración Biden?

El clima como eje transversal

El primer paso que dio el nuevo presidente –incluso antes de su llegada a la Casa Blanca– de cara a su compromiso climático fue el nombramiento de algunas de las caras visibles de su gabinete, como el secretario de Estado de la era Obama, John Kerry, como enviado especial de Estados Unidos para el clima. De esta manera, se eleva el cambio climático a un puesto ministerial que no será asumido sin desafíos nacionales e internacionales. Pero, según el New York Times, la ambición climática del nuevo presidente no se queda solo ahí: toda persona que ocupe un puesto en su Administración, aseguran, debe cumplir un requisito fundamental, que es incluir la emergencia climática entre sus principales preocupaciones.

Con esto dicho, en los próximos meses se prevé que Biden priorice la inversión en energías renovables. Las primeras, junto a toda empresa o sector ligado al clima –eléctricas, transporte o infraestructuras sostenibles– tendrán un empujón desde Washington: serán piezas clave del paquete de estímulos para superar la crisis económica en la que el coronavirus ha sumido al país –y al mundo–. 

Compromiso con la descarbonización

Al contrario que Trump, Biden es un arduo defensor de la reducción de emisiones de CO2. Su programa electoral asegura su compromiso con la descarbonización, que quiere impulsar desde el primer día en la Casa Blanca. Además, su intención es que todos los ciudadanos dispongan de una electricidad proveniente de fuentes 100% renovables para 2035 y que la economía y el país esté descarbonizada por completo para 2050. El impulso de los trenes de alta velocidad y las infraestructuras sostenibles –rehabilitación de edificios, creación de nuevas plantas eólicas y solares, etc.– estarán en el centro de las políticas medioambientales del nuevo presidente. La movilidad sostenible también llegará a los hogares en forma de incentivos para sustituir el parque móvil estadounidense por vehículos eléctricos. 

La estrategia de Biden: inversiones en tecnologías renovables, sustitución de energías contaminantes y la adaptación de infraestructuras

La estrategia de Biden se basará, en definitiva, en las inversiones millonarias, directas e indirectas, en tecnologías renovables, en sustitución de energías contaminantes por otras que reduzcan las emisiones o la adaptación de infraestructuras y edificios a los fenómenos extremos provocados por el cambio climático. Detrás de todo este plan se encuentra la palabra oportunidad: la nueva Administración quiere convertir uno de los mayores desafíos de la humanidad en una oportunidad para, como ya ocurrió en su momento con el New Deal de Roosevelt, impulsar el crecimiento económico y el empleo en Estados Unidos. Por el momento, solo queda ver hasta qué punto el nuevo presidente es capaz de ejecutar ese ambicioso plan, que sin embargo para muchos activistas climáticos sigue siendo insuficiente. 

Las emisiones de la UE cayeron en 2019 al nivel más bajo en tres décadas

El año 2019 nos queda ya muy lejos. Especialmente después de estos doce últimos meses donde el coronavirus ha sido el protagonista. Sin embargo, de ese año previo a que todo cambiara todavía salen a la luz noticias realmente llamativas. En 2019 Europa fue testigo de la mayor y más drástica caída de emisiones de dióxido de carbono, que se desplomaron más de un 24% en comparación con los niveles registrados en 1990. Fue el nivel más bajo en tres décadas, tal y como anunció a finales de 2020 la Comisión Europea en su Informe Anual de situación sobre la acción por el clima, que trata de los avances de la Unión Europea en la reducción de las emisiones en 2019. 

Los resultados de este estudio demuestran que ser más verdes y mantener a la vez el crecimiento de la economía es completamente factible. Si se comparan los números con 2018, veremos que en 2019 la caída interanual en la producción de gases de efecto invernadero en los 27 estados-miembros fue de un 3,7%, mientras que el PIB creció un 1,5%. En palabras de Frans Timmermans, vicepresidente ejecutivo responsable del Pacto Verde Europeo: “La Unión Europea está demostrando que es posible reducir las emisiones y hacer que crezca la economía. No obstante, el informe confirma una vez más que debemos intensificar nuestros esfuerzos en todos los sectores de la economía para alcanzar nuestro objetivo común de neutralidad climática de aquí a 2050”. 

Para elaborar una estrategia realista es importante analizar las emisiones cubiertas por el Régimen de Comercio de Derechos de Emisión (RCDE UE), el principal mercado de carbono del mundo y el de mayor tamaño. El RCDE establece la cantidad total, sujeta a un límite máximo, de determinados gases de efecto invernadero que pueden emitir las instalaciones contempladas en el régimen. Dentro de este límite, las empresas reciben o compran derechos de emisión con los que comerciar en función de necesidades y, al final de cada año, entregan suficientes derechos para cubrir todas sus emisiones. En caso contrario, se les imponen fuertes sanciones.

Las emisiones cayeron un 9,1% en 2019, lo equivalente a 152 millones de toneladas de CO2

Este sistema, calificado como un hito de la política europea de lucha contra el cambio climático, consiguió registrar la mayor reducción en 2019 con un descenso del 9,1% de emisiones, es decir, alrededor de 152 millones de toneladas de dióxido de carbono. Uno de los principales responsables fue el sector eléctrico que, gracias a la sustitución del uso del carbón para la calefacción por electricidad procedente de fuentes renovables y gas, redujo sus emisiones en un 15%. La industria, por otro lado, solo alcanzó el 2% de reducción y las emisiones de la aviación siguieron creciendo, aunque moderadamente: aumentaron un 1%, es decir, alrededor de 0,7 millones de toneladas equivalentes a CO2 en comparación con 2018.

Por otro lado, las emisiones no contempladas en el RCDE UE, tales como las procedentes de la industria no sujeta a ese régimen, el transporte, los edificios, la agricultura y los residuos no sufrieron cambios significativos con respecto a los niveles de 2018, ni para bien ni para mal. Teniendo estos últimos datos en cuenta, la transición verde, indica Timmermans, solo es viable si aprovechamos las oportunidades de recuperación económica post-Covid para relanzar una economía más verde y resiliente. 

El coronavirus como herramienta de aprendizaje

La pandemia provocada por el coronavirus apunta a una caída sin precedentes en las emisiones, según la propia Comisión Europea, estimando una reducción de las emisiones globales en un 8%, en comparación con 2019. Aunque ya hemos sido testigos de algunas caídas de gases efecto invernadero fruto de las restricciones de movilidad para frenar los contagios, falta saber de qué forma se han visto afectados los derechos de emisión en la Unión Europea, unas cifras que no conoceremos hasta finales de 2021. 

Mientras esperamos esos resultados podemos tomar nota de las vivencias económicas y sociales durante los meses más duros de la pandemia que han evidenciado la necesidad de un sistema más verde, inclusivo y justo para evitar consecuencias similares a las provocadas por el coronavirus en el futuro. De hecho, en julio de 2020, la Comisión Europea aprobó que el paquete de recuperación económica 2021-2027 destinara un 30% de los fondos (más de un billón de euros) a apoyar a los países de la UE en los retos de sostenibilidad y el fomento de los trabajos verdes para garantizar una mejor competitividad, especialmente en las áreas de renovación de edificios, energías renovables, movilidad limpia y la integración del sector de la energía. 

España es el tercer mayor emisor de bonos sostenibles de Europa

España, por ejemplo, se consolidó en 2020 como el tercer mayor emisor de bonos sostenibles de Europa -intentos de captar fondos de los inversores con una devolución completa (con intereses) posterior- tan solo por detrás de Francia y Holanda. Nuestro país llegó a incrementar las cifras nacionales de estas emisiones hasta en un 97% anual en el primer trimestre de 2020, alrededor de 9.000 millones de euros en bonos verdes. En el futuro de 2021 estas inversiones apuntan a convertirse en protagonistas: el Tesoro español prevé emitir bonos verdes, algo que hará crecer aún más el interés en este tipo de emisiones para cumplir con los compromisos de sostenibilidad. 

¿Cuánto cuesta la contaminación?

Dicen los expertos que uno de los mejores trucos para ahorrar es controlar los gastos mensuales y saber cuánto destinamos a cada factura. Seguro que, sin pensarlo mucho, sabes cuánto pagas de alquiler, cuánto sueles gastar en ocio o qué parte de tu sueldo va destinado a cubrir tu consumo de Internet, agua o luz. Pero, ¿sabes cuánto te cuesta la contaminación atmosférica? Según los cálculos de la Alianza Europea de Salud Pública (EPHA, por sus siglas en inglés), casi mil euros al año. 

En concreto, la factura asciende a 926 euros en conceptos de tratamientos médicos derivados de la polución, las jornadas laborales perdidas, muertes prematuras y otros costes sanitarios derivados de la contaminación, especialmente de sus elementos más mortíferos, como las micropartículas en suspensión, el dióxido de nitrógeno y el ozono. En España, la minuta que la contaminación le pasa a cada habitante está algo por debajo de la media europea, que el mismo informe sitúa en 1.276 euros anuales. De hecho, ninguna de las ciudades españolas se encuentra el top ten, encabezado por Bucarest (Rumanía), donde los costes sobrepasan los 3.000 euros anuales por persona, y en el que figuran nada menos que cinco ciudades italianas –Milán, Padua, Venecia, Brescia y Turín–. 

En España, la contaminación atmosférica cuesta a cada habitante 926 euros al año

En nuestro país, el problema principal se concentra en las grandes ciudades que, aunque llevan años intentando implantar políticas para reducir su contaminación, siguen registrando los mayores índices debido, principalmente, al tráfico rodado. Así, los costes netos por los daños causados por la contaminación son de 3.383 millones de euros en Madrid,Barcelona (2.020 millones ), Valencia (670 millones) y Zaragoza (522 millones ). Sin embargo, la cosa cambia si hablamos de gastos per cápita: a nivel individual, la contaminación sale más cara a los habitantes de Barcelona (1.256 euros), Guadalajara (1.183 euros), Madrid (1.069 euros), Gijón y Coslada (que comparten la cifra de 1.033 euros). 

Del otro lado de la balanza, las ciudades que menos pagan por gastos derivados de la contaminación son Arrecife (26 millones), Elda (35 millones), Zamora (37 millones) y Ferrol (40 millones). Al hablar de gastos per cápita, la factura es más barata para la población canaria de Santa Cruz de Tenerife (382 euros), Arrecife (448 euros) y Telde (521 euros) y, ya en la península, Cáceres (584 euros). 

Una mirada a Europa

Para su análisis, la EPHA ha realizado mediciones en 432 ciudades de países miembro de la Unión Europea, además de Reino Unido, Noruega y Suiza, con la intención de hacer una estimación del daño que la contaminación atmosférica produce en la salud humana, basándose en los datos oficiales de Eurostat y lo recogido en las estaciones de medición de los niveles de polución en 2018. 

«Nuestro estudio revela la magnitud de los daños causados por el aire contaminado en la salud humana y las inmensas desigualdades que existen entre los distintos países de Europa», explica Sascha Marschang, secretario general de la EPHA. Si observamos el mapa que recoge los datos del impacto per cápita, es especialmente notoria la diferencia entre las ciudades del centro y este de Europa, además de la ya comentada incidencia en el norte de Italia. Según los datos, dos tercios de las ciudades analizadas en el informe no cumplen con los criterios marcados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre aire limpio. Debido a la densidad de población y a la propia situación económica de las grandes ciudades –con mayores ingresos, pero también con más gastos–, sus habitantes son los que suelen enfrentarse a los mayores costes por contaminación. 

Fuente: Alianza Europea de Salud Pública

Sin embargo, más allá del coste para nuestro bolsillo, el aspecto más importante para la entidad es el demostrado impacto que la mala calidad del aire tiene en nuestro organismo. Según estimaciones de la propia OMS, en todo el mundo, alrededor de siete millones de personas mueren prematuramente cada año por exposición a la contaminación y a las partículas dañinas que flotan en el aire y que aumentan el riesgo de sufrir cardiopatías, accidentes cerebrovasculares y enfermedades pulmonares, desde el asma, la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) al cáncer. En Europa, solo en 2018 –año en que se recogieron los datos para este estudio–, se estima que más de medio millón de personas murieron por causas estrechamente relacionadas con la contaminación.

Según la OMS siete millones de personas mueren prematuramente cada año por exposición a la contaminación

De hecho, dentro de los costes sociales calculados en el estudio, la mortalidad prematura es el más importante, ya que sobrepasa el 75% de estos gastos. La situación en las ciudades, además, se espera que empeore con la pandemia ya que, según apuntan estudios recientes, la mala calidad del aire podría ser un factor de riesgo extra: además de dañar los sistemas cardiovascular y pulmonar, las partículas nocivas también podrían ser transmisoras del virus. 

Reducir la contaminación es una de las prioridades para las grandes ciudades europeas que, en los últimos años, han implementado medidas para mejorar la calidad del aire. Sobre todo, lo han hecho mediante restricciones al tráfico rodado, uno de los principales responsables de la polución urbana –en España, se han visto este tipo de medidas en grandes urbes como Madrid y Barcelona, pero también en otras como Pontevedra– y apostando por parques, zonas verdes y medios de transporte más sostenibles. «En gran medida, las ciudades pueden reducir los costes pasándose a la movilidad urbana de cero emisiones. Los gobiernos nacionales y la Unión Europea deben tener en cuenta este impacto para sus políticas de transportes para apoyar, y no obstaculizar, una recuperación saludable tras la pandemia», concluye Marschang.

El uso responsable de la calefacción, clave para reducir las emisiones

Featured Video Play Icon

Según el último informe sobre la calidad del aire elaborado por la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), la contaminación atmosférica es el mayor riesgo medioambiental individual para la salud de la población europea. A las emisiones generadas por el transporte o la industria, en invierno se suman las provenientes por el uso de sistemas de calefacción. Con un simple gesto como es la regulación óptima de temperatura podemos contribuir a reducir el calentamiento de nuestro planeta. 

Ozono para la vida en el planeta

Hace exactamente 35 años -el 16 de septiembre de 1985- se celebró la Conferencia de Viena, una cumbre donde los líderes mundiales acordaron dar una respuesta unitaria a una de las mayores amenazas contra el planeta: la destrucción de la capa de ozono, una capa natural de gas presente en la atmósfera superior que nos protege de la radiación ultravioleta del sol.

Los objetivos de esta reunión se concretaron en el posterior Protocolo de Montreal de 1987, en los que los gobiernos, los científicos y las industrias de los países miembros de Naciones Unidas se comprometieron a trabajar juntos para eliminar el 99 por ciento de todas las sustancias que reducen la capa de ozono. Ahora, más de tres décadas después, garantizar la salud de la ozonosfera sigue siendo uno de los grandes retos del siglo XXI.

El descubrimiento de los peligros de la reducción de esta capa se remonta a finales de los años 70, cuando un grupo de científicos demostró que la capa de ozono estaba disminuyendo y que era la primera gran amenaza global para la humanidad. En concreto, los investigadores pusieron de manifiesto que la causa de este descenso era la presencia en la atmósfera de sustancias químicas artificiales, los llamados clorofluorocarbonados, gases muy potentes que son muy comunes en los aerosoles.

Sin embargo, esta realidad no comenzó a ser percibida como un peligro acuciante a nivel mundial hasta que, a inicios de los 80, los investigadores Joe Farman, Brian Gardiner y Jonathan Shanklin descrubrieron un agujero en la capa de ozono de la Antártida. Fue entonces cuando se tomó conciencia de que, al destruirse esta capa que protege la superficie de la Tierra de los rayos del sol, los seres humanos están sobreexpuestos a la radiación ultravioleta, lo que supone un grave riesgo para la salud humana. A grandes rasgos, esto incrementa el riesgo de sufrir melanomas o cáncer de piel, cataratas oculares o supresión del sistema inmunitario de humanos y otras especies animales.

De seguir con el Protocolo de Montreal, en 2060 el agujero de la capa de ozono podría ser cosa del pasado

Pero, además de suponer un riesgo para la salud, la ciencia ha demostrado que la emisión de los gases que dañan la capa de ozono también contribuye al calentamiento global. Esto es, son también potentes gases de efecto invernadero. Algunos de ellos tienen un efecto de calentamiento global hasta 14.000 veces mayor que el dióxido de carbono (CO2), el principal gas de efecto invernadero. Concretamente, estudios como el publicado recientemente en la revista Nature Sustainability por miembros del Panel de Evaluación de los Efectos Ambientales del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, ponen de manifiesto que el aumento de la radiación solar que penetra la parte de la capa de ozono dañada está interactuando con el clima cambiante.

Por tanto, como señalan desde la Unión Europea, la eliminación progresiva en todo el mundo de las sustancias que agotan la capa de ozono ha supuesto también una importante contribución positiva a la lucha contra el cambio climático.

 Los esfuerzos planteados por el Protocolo de Montreal han servido durante más de tres décadas para que los países disminuyan drásticamente el uso de productos químicos que desgastan la capa de ozono. 35 años después, la regeneración de la capa de ozono es un hecho y continúa su largo camino. De hecho, los últimos datos sugieren que si este protocolo sigue aplicándose (y cumpliéndose) a las velocidades previstas por Naciones Unidas, el ozono del Ártico y de las latitudes medias del hemisferio norte podría recuperarse completamente en quince años. Esto supondría que, en 2060, el agujero de la capa de ozono de la Antártida podría ser cosa del pasado.

El Protocolo de Montreal es un ejemplo de que los grandes tratados sí sirven cuando se aplican con rigor, responsabilidad y compromiso. De ello depende nuestra supervivencia.

Salvar las abejas, una prioridad para el futuro

La tarde del 15 de abril de 2019 un voraz incendió arrasó gran parte de la catedral de Notre-Dame de París. Aunque la estructura principal no quedó dañada, las llamas devoraron una de las torres, la cubierta y la icónica aguja de la catedral construida a mediados del siglo XIX por Eugène Viollet-le-Duc. Tras el desastre, todo apuntaba a que las tres colmenas con casi 200.000 abejas que albergaba la sacristía (situada a un costado del templo) desde 2013 como colaboración con un proyecto para recuperar la apicultura urbana, estarían calcinadas. Sin embargo, una vez extinguido el fuego, unas imágenes satelitales confirmaron que las abejas habían sobrevivido al humo y al calor.

Esta suerte de milagro, que inicialmente se difundió como una anécdota, sirvió a la comunidad científica para recordar que millones de abejas en todo el mundo luchan a diario por sobrevivir a las altas temperaturas, aunque no provocadas por un incendio, sino por el cambio climático.  De hecho, son muchos los estudios que apuntan a que las abejas podrían llegar a desaparecer si no logramos frenar el aumento de las temperaturas y acabar con prácticas como la desforestación o la destrucción de hábitats naturales.

La situación de estos polinizadores que, tal y como advierte Naciones Unidas son fundamentales para la supervivencia de los ecosistemas y esenciales para la producción y reproducción de muchos cultivos y plantas silvestres, se ha agravado durante la pandemia, ya que el confinamiento ha afectado al sector apícola y, por consiguiente, también a los medios de vida de los apicultores. Por este motivo, la ONU ha aprovechado la nueva normalidad para recordar la importancia de las abejas que, señala, "pueden contribuir de forma significativa a resolver los problemas relacionados con el suministro de alimentos en el mundo y acabar con el hambre en los países en desarrollo".

La abejas son fundamentales para la biodiversidad y la seguridad alimentaria

A priori, puede parecer extraño la importancia que se le da a la supervivencia de estos pequeños insectos más allá del grave problema que supone la pérdida de biodiversidad. Sin embargo, en el caso de las abejas la situación es especialmente delicada porque, no solo están desapareciendo a velocidades vertiginosas, sino que son fundamentales para el equilibrio de los ecosistemas.

Esto se debe a que, de la polinización de insectos como las abejas o las mariposas depende la producción de más de una tercera parte de los alimentos a nivel mundial. Sin ir más lejos, se estima que el 84% de los 264 cultivos europeos están sujetos a este tipo de polinización. Y en España, según un estudio publicado por Greenpeace, el 70% de los principales cultivos para consumo humano producidos dependen también de este proceso. Hablamos de cultivos tan importantes para nuestra agricultura como los melocotones, las sandías, los pepinos o las manzanas.

A día de hoy, en todo el mundo existen entre 25.000 y 30.000 especies de abejas, pero el número va en descenso. Según un reciente estudio de la Universidad de Ottawa (Canadá), que utilizó datos recopilados durante un período de 115 años sobre 66 especies de abejorros en América del Norte y Europa, las abejas se encuentran en peligro de extinción masiva por el calentamiento global. Y eso no es todo: la misma investigación concluye que la probabilidad de que una población de abejas sobreviva ha disminuido un 30% en los últimos años. Concretamente, en el transcurso de una sola generación humana: “Descubrimos que las poblaciones estaban desapareciendo en áreas donde las temperaturas habían aumentado. De seguir con los ritmos actuales de pérdida de especies, podríamos encontrarnos con una desaparición total en tan solo unas pocas décadas”, explica uno de los autores del estudio en el documento.

En Europa la situación no es más prometedora. De las 2.500 especies autóctonas, el 9 % del total se encuentran en peligro de extinción y otro 5% se consideran “casi amenazadas”, según datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

En Europa, el 9% de las abejas se encuentran en peligro de extinción

Estos datos explican el porqué en los últimos años se han desarrollado numerosos proyectos para conservar las abejas. En nuestro país, uno de los más destacables es el de la Asociación Apicultura y Biodiversidad que, junto con el Ayuntamiento de Leganés, en Madrid, han puesto en marcha una iniciativa pionera para recuperar y conservar las abejas en el medio urbano. La iniciativa contempla la recuperación de enjambres, la divulgación de información sobre la cultura apícola y la organización de actividades formativas a vecinos y escolares.

Con todo, si bien las abejas tienen un valor incalculable para los ecosistemas, su desaparición también provocaría una fuerte tormenta económica. Actualmente, se calcula que el impacto de la polinización de estas especias supone, a nivel mundial, 265.000 millones de euros al año, y 22.000 millones de euros en Europa. ¿Qué más argumentos se necesitan para frenar el calentamiento global y así, entre otras cosas, garantizar la supervivencia de las abejas?

¿Cómo puede la tecnología ayudar a la transición verde?

“Será como el momento ‘hombre en la luna’ para Europa”. Con estas palabras, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentaba el pasado diciembre el Green Deal europeo, un ambicioso plan para convertir al continente en el primero climáticamente neutro para el 2050. En ese preciso momento Europa ratificaba su intención de liderar la lucha contra el cambio climático a nivel mundial. Sin embargo, una vez izada la bandera verde en medio del ruido de la Cumbre del Clima de Madrid, comenzaron a surgir las dudas: ¿Cómo acelerar la transición ecológica? ¿Qué herramientas existen? ¿Cómo garantizar la transición sea socialmente justa?

En cuestión de semanas empezaron a surgir algunas respuestas, pero la irrupción del virus en nuestras vidas hizo saltar por los aires todos los planes definidos a corto plazo. La pandemia -y la crisis social y económica de ella derivada- ha reordenado las prioridades políticas y cabría esperar que los objetivos climáticos quedasen relegados a segundo plano.  No obstante, contra todo pronóstico, la Unión ha rechazado abandonar el camino de la transición verde y ha situado al Pacto Verde en el centro de la recuperación tras la crisis. Así, no caben dudas sobre la apuesta europea por descarbonizar la economía… ahora la cuestión es cómo hacerlo de manera eficiente.

La respuesta de las nuevas tecnologías

“Actualmente hay dos revoluciones que están transformando el mundo en que vivimos: la revolución digital, que se ha acelerado durante el confinamiento, y esa transición ecológica que busca reconciliar la economía con la salud del planeta”. Pablo Blázquez, editor de la revista Ethic, abría con estas palabras uno de los debates del Digital Summit 2020, un encuentro virtual organizado por la patronal tecnológica DigitalEs, en el que un grupo de expertos analizaron el papel de las nuevas tecnologías en la transición verde. Si bien hace ya años que estamos inmersos en una revolución digital -esa Cuarta Revolución Industrial de la que habla el sociólogo y economista Jeremy Rifkin-, durante el confinamiento, ciudadanos, empresas e industrias han tenido que adaptarse en tiempo récord al mundo online.

Valvanera Ulargui: "La digitalización debe poner en el centro de toda su política la sostenibilidad"

De hecho, según explicaba en una entrevista Nacho Pinedo, cofundador y CEO de ISDI, “en 60 días de confinamiento, el mundo aceleró el equivalente a seis años en digitalización”. Ahora, cómo utilizar esa transición digital -que se antoja imparable- para alcanzar los objetivos climáticos de descarbonización es uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan los gobiernos. 

Para Valvanera Ulargui, directora general de la Oficina de España del Cambio Climático, la revolución tecnológica es uno de los pilares para construir una nueva economía más sostenible que, defiende, debe despojarse de la anterior y responder a los retos del siglo XXI. “El binomio transición digital y transición ecológica es fundamental para la salida y recuperación de la crisis”, sostiene y añade que, “la digitalización debe poner en el centro de toda su política la sostenibilidad; debemos integrar al sector como un sector que también reduzca emisiones”. Porque la tecnología puede formar parte de la solución, pero tampoco es neutra en carbono.

Una estrategia común

Se calcula que el consumo directo de energía del sector tecnológico es comparable con el sector de la aviación (cerca del 2% y 3% de las emisiones actuales). Sin ir más lejos, los centros de datos representan actualmente el 1% del consumo de la electricidad mundial. Por eso, ante el tsunami de datos que se avecina, Laura Díaz Anadon, profesora Climate Change Policy de la Universidad de Cambridge, sugiere activar mecanismos que eviten un incremento de las emisiones derivadas de este ámbito. Y esto, según Díaz Anadon, solo es posible si hay un análisis previo de lo que ha funcionado hasta ahora y lo que no: "para realizar la promesa de la digitalización hay que innovar en la gobernanza", señala.

Para Manuel Mateo, subdirector del departamento Unit, Cloud and Software de la Comisión Europea, ese espíritu innovador es el que ha perseguido la nueva Comisión en el todavía primer año de los cinco de legislatura. “Hemos lanzado el Green Deal y la Estrategia Digital, además de otros proyectos como el de la Estrategia para la Economía Circular”, recuerda. Además, la Unión ha activado recientemente el Fondo europeo para la Recuperación, que, dentro del presupuesto medioambiental, contempla inversiones en I+D+i en prácticamente todos los sectores, siempre que contribuyan a alcanzar los objetivos para la descarbonización. “España se está jugando su plaza en el mundo”, zanja Mateo.

Hacia una descarbonización justa y digital

En este sentido, representantes de diversos sectores como el químico o el energético resaltan la necesidad de invertir en tecnología y digitalización para garantizar que la transición ecológica sea sostenible, pero también justa. Según explica Carles Navarro, director general de Blasf España, la industria química invierte más de 2.500 millones de euros en I+D al año y contribuye al desarrollo de soluciones tecnológicas sostenibles como baterías de coches eléctricos más económicas y reciclables o tecnologías para producir hidrógeno de manera eficiente. Sin embargo, señala Navarro, la industria química es muy intensiva en energía y emisiones: “A día de hoy somos parte de los factores que favorecen el cambio climático, pero la industria está comprometida con la reducción de emisiones. Solo necesitamos un marco legislativo y una serie de inversiones que haga que haya suficiente energía limpia disponible”, sostiene.

Miguel Ángel Panduro: "No se puede digitalizar si no hay conectividad”

Por su parte, José D. Bogas, Consejero Delegado de Endesa, recuerda la importancia de hacer que caminen en paralelo el crecimiento económico y la sostenibilidad, “que debe ser una sostenibilidad socialmente justa, que no deje a nadie atrás". La coincidencia de ambas revoluciones supone además una oportunidad única: “la digitalización está contribuyendo a avanzar de una forma importante en el proceso de descarbonización y de electrificación e interacción, así como a dotar de inteligencia a la red de transporte y distribución”.

Conectividad para la digitalización

Además de inversiones, el proceso de digitalización requiere también de servicios e infraestructuras que le permitan promover una transformación total de la sociedad. Uno de ellos es la conectividad.  “No se puede digitalizar si no hay conectividad”, señala Miguel Ángel Panduro, CEO de Hispasat. Y es por eso que la conexión 5G promete ser el detonante de la revolución digital. Pero no es la única red: para Panduro este tipo de conexión debe complementarse con soluciones satelitales, que son capaces de dar una solución de conectividad de banda ancha que puede llegar a los 100 MB. Además, señala, tienen unas características –capacidad de distribución, inmediatez y resiliencia- que las convierten en un elemento clave para una salida verde y digital de la crisis. “El futuro pasa por la conectividad”, concluye.

Cómo salvar la Gran Barrera de Coral

Si uno sobrevuela la costa nordeste de Australia verá cómo el agua adopta diferentes (y maravillosos) colores que invitan a sumergirse en las profundidades de un mar que esconde uno de los ecosistemas marinos más ricos y diversos de todo el planeta: la Gran Barrera de Coral, una joya biológica que está pidiendo auxilio.

Declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad en el año 1981, la Gran Barrera de Coral es el mayor arrecife del mundo, con una extensión de 2.600 kilómetros y con más de 400 tipos de corales, 1.500 especies de peces y animales, y 400 tipos de moluscos. Se trata de una maravilla natural que en los últimos años se ha deteriorado notablemente debido al blanqueo de hasta el 60% de sus corales, consecuencia directa del aumento de la temperatura de los océanos.

Una cuarta parte de la biodiversidad marina vive de los arrecifes de coral

Este fenómeno es especialmente preocupante porque los arrecifes de coral tienen un valor incalculable para el planeta: una cuarta parte de toda la biodiversidad marina -potencialmente hasta un millón de especies- viven de ellos. Además, forman “barreras” que sirven de escudos que protegen las costas de las olas, las tormentas y las inundaciones. “Las llamamos células tropicales del mar por su gran riqueza en biodiversidad. Son súper ecosistemas, un activo natural increíble que no estamos tratando con cuidado”, advierte Gabriel Grimsditch miembro de la división de ecosistemas marinos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

La última voz de alarma la dio la Autoridad del Parque Marino de la Gran Barrera de Coral (GBRMPA) a finales del pasado marzo, cuando lanzó un comunicado alertando de blanqueos de gran severidad en más de 344.000 kilómetros cuadrados. “Es importante recordar que los corales blanqueados no son corales muertos: en los arrecifes blanqueados de forma leve o moderada hay una alta probabilidad de que se recuperen y sobrevivan en su mayoría”, apuntaba la Autoridad del Parque Marino de Australia en un comunicado esperanzador pero que urgía a la acción: “A día de hoy, el cambio climático es el mayor desafío para la supervivencia del arrecife”, apuntaba el documento.

Soluciones para salvar la Gran Barrera de Coral

Para proteger esta belleza de la naturaleza es necesario un plan de choque. Por eso, el Gobierno Australiano y el de Queensland han puesto en marcha el plan Reef 2050, que contempla una inversión de alrededor de 200 millones de dólares anuales en acciones destinadas a aumentar la resiliencia de este ecosistema marino y asegurar su supervivencia. Esta iniciativa de las administraciones australianas permite aumentar el seguimiento y cuidado de la Gran Barrera de Coral a través de la contratación de personal de vigilancia y la puesta en marcha de un mayor número de programas de monitoreo y control del ecosistema del arrecife. No obstante, además de la activación de esta hoja de ruta, las autoridades nacionales han recordado que para salvar a esta inmensa formación coralina es necesaria la implicación de toda la sociedad. Y el mundo de la ciencia no se ha hecho de rogar: en los últimos años se han activado innovadoras soluciones destinadas a solventar el problema del blanqueamiento de los arrecifes de coral. A continuación mostramos algunas de ellas.

Robots de mar

Era cuestión de tiempo que los robots llegarán también a las profundidades marinas. Un ejemplo de ello es LarvalBot, un autómata ideado por un grupo de universitarios que recolecta larvas de coral de arrecifes vivos para trasladarlas y diseminarlas en arrecifes con problemas de supervivencia

Barreras de protección

 ¿Y si se pudiera proteger una zona concreta de un arrecife en proceso de blanqueamiento mediante el uso de una especie de film transparente? Ese es el objetivo de Sun Shield, un proyecto que está testando una finísima película biodegradable que protege a los corales de la luz solar y, por consiguiente, de aguas con elevadas temperaturas que aceleran su deterioro.

Refrigeradores de agua

Medio grado más o medio grado menos puede ser fundamental para garantizar la supervivencia de los arrecifes de coral. En este sentido, enfriar el agua del mar se presenta como una alternativa para proteger estos ecosistemas. Esta es la línea en la que están trabajando un grupo de científicos de la Southern Cross University, que a través del uso de grandes turbinas están tratando de lanzar al aire cristales de sal que, al mezclarse con nubes de baja altitud, alejen los rayos del sol del agua del océano, permitiendo así enfriar el agua.

Probióticos también para el coral

Si los probióticos pueden ayudar a mejorar la salud de los seres humanos, ¿por qué no la de los corales? Eso es lo que se preguntaron los artífices de Coral probiotics, una iniciativa que pretende mejorar la supervivencia de los corales durante el estrés por el calor mediante la dispensación de probióticos.

Criopreservación

La criopreservación es un proceso por el que se congelan las células a muy bajas temperaturas para mantenerlas en condiciones de vida suspendidas durante mucho tiempo. Esta técnica, que está estudiándose en la especie humana, también se está testando en los arrecifes de coral con el objetivo de preservarlos para el futuro.

Con todo, se trata de soluciones innovadores en fase de prueba y que requerirán años para refrendar su utilidad. Sin embargo, mientras tanto, no hay que olvidar del gran poder que tiene la sociedad en la lucha contra el cambio climático y que permitiría acelerar la protección de la Gran Barrera de Coral.

Recuperar el Mar Menor, una carrera de fondo

El año pasado, una DANA (o gota fría) provocó una catástrofe medioambiental en el Mar Menor, donde todavía hoy son visibles algunos de los estragos que las lluvias torrenciales y los fuertes vientos provocaron en el ecosistema marino. Ha pasado casi un año desde que la gran masa de agua dulce con sedimentos y restos orgánicos que fue arrastrada por las fuertes lluvias dejó a la vida marina de la laguna murciana sin oxígeno y empeoró con gravedad los niveles de clorofila de la zona acuática. La flora, y especialmente la fauna, sufrieron un terrible y gravísimo impacto: basta recordar las imágenes de los miles de peces muertos que aparecieron en la costa. Tras este suceso, el Instituto Oceanográfico Español comenzó a investigar el verdadero impacto que tuvo la DANA en la biodiversidad de la zona y, recientemente, ha publicado un informe en el que sostiene que se tardará una década en recuperar la fauna y flora muerta del Mar Menor.

A pesar de los desalentadores datos, el informe también explora posibles vías para revertir la situación. Con un equipo formado por 28 investigadores, el texto se centra fundamentalmente en el cambio de estado hallado en la zona marina. En concreto, la evaluación señala que la recuperación de la laguna pasa por frenar la entrada de sedimentos y nutrientes a la zona marina, ya que fueron estos los causantes de los primeros síntomas de declive hacia un estado de eutrofización —es decir, una fuerte acumulación de residuos orgánicos— que provocó un desequilibrio acuático.

Estas alteraciones, cuyo origen se remontan a la década de los años noventa y el inicio de la explotación agrícola intensivacausan serios problemas en el equilibrio del ecosistema marino. A esto se le suma también los efectos de fenómenos meteorológicos comunes que, como las lluvias torrenciales, trasladan sedimentos procedentes de la erosión de suelos agrícolas hacia la laguna. A pesar de todo, corregir inercia en la que la se encuentra metido desde hace años el Mar Menor es complejo: el informe alerta de que, aunque la actividad humana fuese inexistente, pasarían años hasta que la situación pudiese revertirse, ya que la cantidad de nutrientes introducidos en la laguna se ha convertido en una carga demasiado pesada.

El Mar Menor tardará una década en recuperar la fauna y la flora muerta, según el Instituto Oceanográfico Español

Sin embargo, las soluciones que proponen los expertos son muchas y variadas, aunque complejas. Algunos investigadores han propuesto medidas de carácter paliativo, como el aporte de agua de origen mediterránea, pero estas no son totalmente óptimas, ya que el estudio ha concluido que pueden tener efectos colaterales. Aquellas medidas planteadas en relación a la oxigenación de las aguas han sido también descartadas: ninguna se revela como una decisión positiva en una escala como la de la laguna. ¿Qué es, pues, lo que propone el informe técnico? La propuesta del Instituto Oceanográfico Español es, según se expone en el texto, establecer una restauración pasiva. Es decir, eliminar el propio elemento de presión o perjuicio de la zona, lo que permitiría, en principio, una recuperación natural sujeta, eso sí, a una constante evaluación técnica.

Estas medidas, que suelen tomarse con vistas a reducir el tiempo de recuperación, incluyen la biorremediación con bivalvos (que se trata de establecer un criadero de moluscos bivalvos autóctonos en la zona) y la restauración de plantas marinas. Por último, varias soluciones incluyen medidas de base natural, como es la recuperación de cauces, la reducción de la erosión, el incremento de la cobertura vegetal y la recuperación de humedales periféricos.

Todas estas actuaciones están orientadas a conservar la biodiversidad marina y su entorno, así como garantizar el buen estado ecológico del Mar Menor. Los indicadores, sin embargo, no podrán ser otros que los propios —e innumerables— aspectos de la laguna murciana: el estado de los hábitats, de las comunidades y especies marinas y, además, de aquellas pertenecientes a la franja adyacente del Mediterráneo y otros espacios asociados a la zona. Con todo, recuperar la biodiversidad del Mar Menor se presenta como una carrera de fondo en la que todos debemos participar.

15 ‘influencers’ contra el cambio climático

La emergencia climática es uno de los grandes retos de nuestra generación. Según los expertos, ya hemos dejado atrás la década en la que podríamos haber revertido las consecuencias del cambio climático en su totalidad, pero desde Naciones Unidas aún se muestran optimistas: quedan diez años para cumplir con la Agenda 2030 y garantizar así, el desarrollo sostenible del planeta.

Fruto de la amplia concienciación de la sociedad civil, que se hace cada vez más patente, han surgido numerosos referentes que se han convertido en líderes y fuente de inspiración para el resto de la población y, especialmente, los más jóvenes. Personalidades de todas las edades, expertos en diferentes áreas y pequeños emprendedores se han convertido en verdaderos influencers contra el cambio climático. Estos son algunos de ellos. 

Bill Gates

La mejor manera de ayudar a los países más vulnerables a atajar el cambio climático es, según el fundador de Microsoft, asegurándonos de que tienen la capacidad de garantizar la salud de su población. A través de la Fundación Bill y Melinda Gates, el filántropo estadounidense apuesta por la innovación para mejorar las condiciones de vida en los países más vulnerables y que, a fin de cuentas, son los que más sufren las consecuencias del calentamiento global.

Ellen MacArthur

La exregatista británica es una de las máximas defensoras de realizar un cambio del modelo económico actual hacia uno más circular. En 2009 MacArthur creó una fundación sobre economía circular que lleva su nombre y que, desde entonces, trabaja para que esa transición se lleve a cabo antes de que sea demasiado tarde para el planeta.

Alexandria Ocasio-Cortez

La joven política neoyorkina llegó al Congreso en 2018 para situar el cambio climático y el fin de las desigualdades en la agenda política estadounidense. Su Green New Deal, un acuerdo que busca garantizar una transición ecológica justa, supuso el pistoletazo de salida a los planes verdes que se han desarrollado en los últimos años en el país. Pero la congresista demócrata no solo moviliza a su electorado por el cambio climático; la defensa de los derechos sociales y civiles, los derechos LGTBi+ o el feminismo también forman parte de su discurso.

Billie Eilish

“Podríamos pararlo, pero no vamos a hacerlo porque todo el mundo es muy vago”. Así de rotunda se muestra la cantante estadounidense cuando habla (o canta) sobre el cambio climático. Y es que Eilish ha decidido utilizar su música como un altavoz para denunciar la inactividad política en la protección del medioambiente y hacer un llamamiento a la lucha contra la crisis climática. Además, la cantante predica con el ejemplo: no utiliza plástico en sus conciertos, trata el tema en sus canciones y en los últimos meses ha llevado a cabo alianzas con organizaciones sin ánimo de lucro para sensibilizar y concienciar sobre la importancia de frenar el calentamiento global.

Jon Kortajarena

Su mensaje es claro y conciso: “El planeta no soporta más demoras en lo que es un derecho y una obligación. Esto se nos va de las manos”. Con estas palabras el modelo español agradecía el año pasado haber sido reconocido por The Climate Reality Project, la fundación de Al Gore, por su activismo contra el cambio climático. Desde hace tiempo, Kortajarena utiliza sus redes sociales para acercar la problemática del calentamiento global a sus seguidores porque, como dice, necesita una solución urgente, ya que “no tenemos tiempo”.

Leonardo DiCaprio

Cuando recibió el Oscar al mejor actor en 2016 por su papel en El renacido nadie se esperaba que su discurso diese la vuelta al mundo y siguiese vigente cuatro años después: “El cambio climático es real, está ocurriendo ahora mismo, es la amenaza más urgente a la que se ha de enfrentar nuestra especie”. DiCaprio se convirtió así en una de las personalidades de Hollywood más visibles que luchan contra la emergencia climática, y así lo demuestran sus documentales Before the Flood (Antes que sea tarde, 2016) o Hielo en llamas (2019), en los que retrata consecuencias del cambio climático como la pérdida de biodiversidad.

Greta Thunberg

Con frases como “El planeta está en llamas” o “¿Cómo os atrevéis?”, Greta Thunberg es la cara más conocida del movimiento Friday’s For Future y una de las mayores influencers de la generación Z –ya denominada generación Greta en su honor– que luchan contra el cambio climático. En 2018, Thunberg dejó de ser una adolescente sueca normal para convertirse en una de las mayores defensoras de la Tierra que existe en la actualidad.

Juan Verde

El español Juan Verde es uno de los más reconocidos especialista en economía sostenible y un acérrimo defensor del desarrollo sostenible. Asesor de Barack Obama durante su periodo en la Casa Blanca, Verde es uno de los fundadores del proyecto impulsado por el ex vicepresidente estadounidense Al Gore, The Climate Reality Project,  que cuenta ya con delegaciones en España y Argentina.

Jaden Smith

A finales del año pasado, el rapero, actor y emprendedor, hijo de los también actores Will Smith y Jada Pinkett Smith, se unió a millones de jóvenes a lo largo y ancho del mundo en las masivas movilizaciones por el clima llevadas a cabo durante la COP25 celebrada en Madrid. Pero antes de eso, el joven estadounidense ya había protagonizado charlas con Greta Thunberg y Al Gore sobre los peligros del calentamiento global. Además, Jaden Smith y su padre han fundado una empresa de agua embotellada ecofriendly y han lanzado una colección de ropa sostenible con la marca G-Star RAW.

View this post on Instagram

Just

A post shared by Jaden Smith (@c.syresmith) on

Marina Testino

El ARTivismo se basa en despertar la conciencia de las personas a través de un arte que invite al activismo. Y eso es exactamente lo que hace esta modelo y diseñadora que solo trabaja con marcas ecológicas y sostenibles.  A través de sus redes sociales, Testino aboga por un nuevo tipo de consumo mucho más responsable.

https://www.instagram.com/p/CDRlQeyDEWc/

Lauren Singer

Trash Is For Tossers (o, en una traducción bastante libre, “la basura es para pringados”) es la iniciativa editorial de una de las mayores exponentes del movimiento zero waste, la emprendedora, activista y CEO de Package Free, Lauren Singer. Acabar con los residuos es uno de los objetivos de Singer, que se ha convertido en la muestra de que es posible reducir casi al completo nuestra huella ecológica: no solo ha conseguido eliminar el plástico de su vida por completo, sino que los deshechos que ha generado en los últimos ocho años caben en un tarro de cristal.

https://www.instagram.com/p/B_XaMY_Fp-A/

José Luis Crespo

Bajo el alias @QuantumFracture, este físico se ha convertido en uno de los científicos españoles más mediáticos a través de una popular cuenta de youtube que acumula miles y miles de seguidores. En sus redes sociales Crespo explica, de manera amena y entretenida, diferentes conceptos científicos y, además, desmonta los argumentos de los negacionistas del cambio climático.

Dafna Nudelman

Esta influencer argentina es más conocida como La loca del táper y es uno de los mayores referentes del movimiento zero waste de habla hispana. Nudelman promueve en sus redes y en su blog el consumo responsable. Este año tiene previsto lanzar su primer libro La basura no existe (2020), una guía sobre cómo reducir al mínimo los residuos que generamos.

https://www.instagram.com/p/B1Pv0cCDwwm/

Paola Calasanz

Más conocida como Dulcinea, esta escritora y directora de arte decidió dejarlo todo y mudarse a un bosque. Así nació su proyecto Reserva Wild Forest, una organización sin ánimo de lucro y santuario animal en la provincia de Barcelona donde se recuperan y rehabilitan animales salvajes que, por su situación específica, no pueden ser devueltos a la naturaleza.

https://www.instagram.com/p/CC8W8DNjRUW/

Rocío Vidal

Más conocida como La gata de Schrödinger, esta periodista científica utiliza las redes sociales y su canal de YouTube para comunicar y divulgar conocimiento científico desde el escepticismo y el humor. Además, aprovecha su altavoz digital para informar a los ciudadanos sobre cómo revertir las consecuencias del cambio climático.

https://twitter.com/SchrodingerGata/status/1204487724872404993