Categoría: Cambio climático

Cómo salvar la Gran Barrera de Coral

Si uno sobrevuela la costa nordeste de Australia verá cómo el agua adopta diferentes (y maravillosos) colores que invitan a sumergirse en las profundidades de un mar que esconde uno de los ecosistemas marinos más ricos y diversos de todo el planeta: la Gran Barrera de Coral, una joya biológica que está pidiendo auxilio.

Declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad en el año 1981, la Gran Barrera de Coral es el mayor arrecife del mundo, con una extensión de 2.600 kilómetros y con más de 400 tipos de corales, 1.500 especies de peces y animales, y 400 tipos de moluscos. Se trata de una maravilla natural que en los últimos años se ha deteriorado notablemente debido al blanqueo de hasta el 60% de sus corales, consecuencia directa del aumento de la temperatura de los océanos.

Una cuarta parte de la biodiversidad marina vive de los arrecifes de coral

Este fenómeno es especialmente preocupante porque los arrecifes de coral tienen un valor incalculable para el planeta: una cuarta parte de toda la biodiversidad marina -potencialmente hasta un millón de especies- viven de ellos. Además, forman “barreras” que sirven de escudos que protegen las costas de las olas, las tormentas y las inundaciones. “Las llamamos células tropicales del mar por su gran riqueza en biodiversidad. Son súper ecosistemas, un activo natural increíble que no estamos tratando con cuidado”, advierte Gabriel Grimsditch miembro de la división de ecosistemas marinos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

La última voz de alarma la dio la Autoridad del Parque Marino de la Gran Barrera de Coral (GBRMPA) a finales del pasado marzo, cuando lanzó un comunicado alertando de blanqueos de gran severidad en más de 344.000 kilómetros cuadrados. “Es importante recordar que los corales blanqueados no son corales muertos: en los arrecifes blanqueados de forma leve o moderada hay una alta probabilidad de que se recuperen y sobrevivan en su mayoría”, apuntaba la Autoridad del Parque Marino de Australia en un comunicado esperanzador pero que urgía a la acción: “A día de hoy, el cambio climático es el mayor desafío para la supervivencia del arrecife”, apuntaba el documento.

Soluciones para salvar la Gran Barrera de Coral

Para proteger esta belleza de la naturaleza es necesario un plan de choque. Por eso, el Gobierno Australiano y el de Queensland han puesto en marcha el plan Reef 2050, que contempla una inversión de alrededor de 200 millones de dólares anuales en acciones destinadas a aumentar la resiliencia de este ecosistema marino y asegurar su supervivencia. Esta iniciativa de las administraciones australianas permite aumentar el seguimiento y cuidado de la Gran Barrera de Coral a través de la contratación de personal de vigilancia y la puesta en marcha de un mayor número de programas de monitoreo y control del ecosistema del arrecife. No obstante, además de la activación de esta hoja de ruta, las autoridades nacionales han recordado que para salvar a esta inmensa formación coralina es necesaria la implicación de toda la sociedad. Y el mundo de la ciencia no se ha hecho de rogar: en los últimos años se han activado innovadoras soluciones destinadas a solventar el problema del blanqueamiento de los arrecifes de coral. A continuación mostramos algunas de ellas.

Robots de mar

Era cuestión de tiempo que los robots llegarán también a las profundidades marinas. Un ejemplo de ello es LarvalBot, un autómata ideado por un grupo de universitarios que recolecta larvas de coral de arrecifes vivos para trasladarlas y diseminarlas en arrecifes con problemas de supervivencia

Barreras de protección

 ¿Y si se pudiera proteger una zona concreta de un arrecife en proceso de blanqueamiento mediante el uso de una especie de film transparente? Ese es el objetivo de Sun Shield, un proyecto que está testando una finísima película biodegradable que protege a los corales de la luz solar y, por consiguiente, de aguas con elevadas temperaturas que aceleran su deterioro.

Refrigeradores de agua

Medio grado más o medio grado menos puede ser fundamental para garantizar la supervivencia de los arrecifes de coral. En este sentido, enfriar el agua del mar se presenta como una alternativa para proteger estos ecosistemas. Esta es la línea en la que están trabajando un grupo de científicos de la Southern Cross University, que a través del uso de grandes turbinas están tratando de lanzar al aire cristales de sal que, al mezclarse con nubes de baja altitud, alejen los rayos del sol del agua del océano, permitiendo así enfriar el agua.

Probióticos también para el coral

Si los probióticos pueden ayudar a mejorar la salud de los seres humanos, ¿por qué no la de los corales? Eso es lo que se preguntaron los artífices de Coral probiotics, una iniciativa que pretende mejorar la supervivencia de los corales durante el estrés por el calor mediante la dispensación de probióticos.

Criopreservación

La criopreservación es un proceso por el que se congelan las células a muy bajas temperaturas para mantenerlas en condiciones de vida suspendidas durante mucho tiempo. Esta técnica, que está estudiándose en la especie humana, también se está testando en los arrecifes de coral con el objetivo de preservarlos para el futuro.

Con todo, se trata de soluciones innovadores en fase de prueba y que requerirán años para refrendar su utilidad. Sin embargo, mientras tanto, no hay que olvidar del gran poder que tiene la sociedad en la lucha contra el cambio climático y que permitiría acelerar la protección de la Gran Barrera de Coral.

Recuperar el Mar Menor, una carrera de fondo

El año pasado, una DANA (o gota fría) provocó una catástrofe medioambiental en el Mar Menor, donde todavía hoy son visibles algunos de los estragos que las lluvias torrenciales y los fuertes vientos provocaron en el ecosistema marino. Ha pasado casi un año desde que la gran masa de agua dulce con sedimentos y restos orgánicos que fue arrastrada por las fuertes lluvias dejó a la vida marina de la laguna murciana sin oxígeno y empeoró con gravedad los niveles de clorofila de la zona acuática. La flora, y especialmente la fauna, sufrieron un terrible y gravísimo impacto: basta recordar las imágenes de los miles de peces muertos que aparecieron en la costa. Tras este suceso, el Instituto Oceanográfico Español comenzó a investigar el verdadero impacto que tuvo la DANA en la biodiversidad de la zona y, recientemente, ha publicado un informe en el que sostiene que se tardará una década en recuperar la fauna y flora muerta del Mar Menor.

A pesar de los desalentadores datos, el informe también explora posibles vías para revertir la situación. Con un equipo formado por 28 investigadores, el texto se centra fundamentalmente en el cambio de estado hallado en la zona marina. En concreto, la evaluación señala que la recuperación de la laguna pasa por frenar la entrada de sedimentos y nutrientes a la zona marina, ya que fueron estos los causantes de los primeros síntomas de declive hacia un estado de eutrofización —es decir, una fuerte acumulación de residuos orgánicos— que provocó un desequilibrio acuático.

Estas alteraciones, cuyo origen se remontan a la década de los años noventa y el inicio de la explotación agrícola intensivacausan serios problemas en el equilibrio del ecosistema marino. A esto se le suma también los efectos de fenómenos meteorológicos comunes que, como las lluvias torrenciales, trasladan sedimentos procedentes de la erosión de suelos agrícolas hacia la laguna. A pesar de todo, corregir inercia en la que la se encuentra metido desde hace años el Mar Menor es complejo: el informe alerta de que, aunque la actividad humana fuese inexistente, pasarían años hasta que la situación pudiese revertirse, ya que la cantidad de nutrientes introducidos en la laguna se ha convertido en una carga demasiado pesada.

El Mar Menor tardará una década en recuperar la fauna y la flora muerta, según el Instituto Oceanográfico Español

Sin embargo, las soluciones que proponen los expertos son muchas y variadas, aunque complejas. Algunos investigadores han propuesto medidas de carácter paliativo, como el aporte de agua de origen mediterránea, pero estas no son totalmente óptimas, ya que el estudio ha concluido que pueden tener efectos colaterales. Aquellas medidas planteadas en relación a la oxigenación de las aguas han sido también descartadas: ninguna se revela como una decisión positiva en una escala como la de la laguna. ¿Qué es, pues, lo que propone el informe técnico? La propuesta del Instituto Oceanográfico Español es, según se expone en el texto, establecer una restauración pasiva. Es decir, eliminar el propio elemento de presión o perjuicio de la zona, lo que permitiría, en principio, una recuperación natural sujeta, eso sí, a una constante evaluación técnica.

Estas medidas, que suelen tomarse con vistas a reducir el tiempo de recuperación, incluyen la biorremediación con bivalvos (que se trata de establecer un criadero de moluscos bivalvos autóctonos en la zona) y la restauración de plantas marinas. Por último, varias soluciones incluyen medidas de base natural, como es la recuperación de cauces, la reducción de la erosión, el incremento de la cobertura vegetal y la recuperación de humedales periféricos.

Todas estas actuaciones están orientadas a conservar la biodiversidad marina y su entorno, así como garantizar el buen estado ecológico del Mar Menor. Los indicadores, sin embargo, no podrán ser otros que los propios —e innumerables— aspectos de la laguna murciana: el estado de los hábitats, de las comunidades y especies marinas y, además, de aquellas pertenecientes a la franja adyacente del Mediterráneo y otros espacios asociados a la zona. Con todo, recuperar la biodiversidad del Mar Menor se presenta como una carrera de fondo en la que todos debemos participar.

15 ‘influencers’ contra el cambio climático

La emergencia climática es uno de los grandes retos de nuestra generación. Según los expertos, ya hemos dejado atrás la década en la que podríamos haber revertido las consecuencias del cambio climático en su totalidad, pero desde Naciones Unidas aún se muestran optimistas: quedan diez años para cumplir con la Agenda 2030 y garantizar así, el desarrollo sostenible del planeta.

Fruto de la amplia concienciación de la sociedad civil, que se hace cada vez más patente, han surgido numerosos referentes que se han convertido en líderes y fuente de inspiración para el resto de la población y, especialmente, los más jóvenes. Personalidades de todas las edades, expertos en diferentes áreas y pequeños emprendedores se han convertido en verdaderos influencers contra el cambio climático. Estos son algunos de ellos. 

Bill Gates

La mejor manera de ayudar a los países más vulnerables a atajar el cambio climático es, según el fundador de Microsoft, asegurándonos de que tienen la capacidad de garantizar la salud de su población. A través de la Fundación Bill y Melinda Gates, el filántropo estadounidense apuesta por la innovación para mejorar las condiciones de vida en los países más vulnerables y que, a fin de cuentas, son los que más sufren las consecuencias del calentamiento global.

Ellen MacArthur

La exregatista británica es una de las máximas defensoras de realizar un cambio del modelo económico actual hacia uno más circular. En 2009 MacArthur creó una fundación sobre economía circular que lleva su nombre y que, desde entonces, trabaja para que esa transición se lleve a cabo antes de que sea demasiado tarde para el planeta.

Alexandria Ocasio-Cortez

La joven política neoyorkina llegó al Congreso en 2018 para situar el cambio climático y el fin de las desigualdades en la agenda política estadounidense. Su Green New Deal, un acuerdo que busca garantizar una transición ecológica justa, supuso el pistoletazo de salida a los planes verdes que se han desarrollado en los últimos años en el país. Pero la congresista demócrata no solo moviliza a su electorado por el cambio climático; la defensa de los derechos sociales y civiles, los derechos LGTBi+ o el feminismo también forman parte de su discurso.

Billie Eilish

“Podríamos pararlo, pero no vamos a hacerlo porque todo el mundo es muy vago”. Así de rotunda se muestra la cantante estadounidense cuando habla (o canta) sobre el cambio climático. Y es que Eilish ha decidido utilizar su música como un altavoz para denunciar la inactividad política en la protección del medioambiente y hacer un llamamiento a la lucha contra la crisis climática. Además, la cantante predica con el ejemplo: no utiliza plástico en sus conciertos, trata el tema en sus canciones y en los últimos meses ha llevado a cabo alianzas con organizaciones sin ánimo de lucro para sensibilizar y concienciar sobre la importancia de frenar el calentamiento global.

Jon Kortajarena

Su mensaje es claro y conciso: “El planeta no soporta más demoras en lo que es un derecho y una obligación. Esto se nos va de las manos”. Con estas palabras el modelo español agradecía el año pasado haber sido reconocido por The Climate Reality Project, la fundación de Al Gore, por su activismo contra el cambio climático. Desde hace tiempo, Kortajarena utiliza sus redes sociales para acercar la problemática del calentamiento global a sus seguidores porque, como dice, necesita una solución urgente, ya que “no tenemos tiempo”.

Leonardo DiCaprio

Cuando recibió el Oscar al mejor actor en 2016 por su papel en El renacido nadie se esperaba que su discurso diese la vuelta al mundo y siguiese vigente cuatro años después: “El cambio climático es real, está ocurriendo ahora mismo, es la amenaza más urgente a la que se ha de enfrentar nuestra especie”. DiCaprio se convirtió así en una de las personalidades de Hollywood más visibles que luchan contra la emergencia climática, y así lo demuestran sus documentales Before the Flood (Antes que sea tarde, 2016) o Hielo en llamas (2019), en los que retrata consecuencias del cambio climático como la pérdida de biodiversidad.

Greta Thunberg

Con frases como “El planeta está en llamas” o “¿Cómo os atrevéis?”, Greta Thunberg es la cara más conocida del movimiento Friday’s For Future y una de las mayores influencers de la generación Z –ya denominada generación Greta en su honor– que luchan contra el cambio climático. En 2018, Thunberg dejó de ser una adolescente sueca normal para convertirse en una de las mayores defensoras de la Tierra que existe en la actualidad.

Juan Verde

El español Juan Verde es uno de los más reconocidos especialista en economía sostenible y un acérrimo defensor del desarrollo sostenible. Asesor de Barack Obama durante su periodo en la Casa Blanca, Verde es uno de los fundadores del proyecto impulsado por el ex vicepresidente estadounidense Al Gore, The Climate Reality Project,  que cuenta ya con delegaciones en España y Argentina.

Jaden Smith

A finales del año pasado, el rapero, actor y emprendedor, hijo de los también actores Will Smith y Jada Pinkett Smith, se unió a millones de jóvenes a lo largo y ancho del mundo en las masivas movilizaciones por el clima llevadas a cabo durante la COP25 celebrada en Madrid. Pero antes de eso, el joven estadounidense ya había protagonizado charlas con Greta Thunberg y Al Gore sobre los peligros del calentamiento global. Además, Jaden Smith y su padre han fundado una empresa de agua embotellada ecofriendly y han lanzado una colección de ropa sostenible con la marca G-Star RAW.

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Marina Testino

El ARTivismo se basa en despertar la conciencia de las personas a través de un arte que invite al activismo. Y eso es exactamente lo que hace esta modelo y diseñadora que solo trabaja con marcas ecológicas y sostenibles.  A través de sus redes sociales, Testino aboga por un nuevo tipo de consumo mucho más responsable.

https://www.instagram.com/p/CDRlQeyDEWc/

Lauren Singer

Trash Is For Tossers (o, en una traducción bastante libre, “la basura es para pringados”) es la iniciativa editorial de una de las mayores exponentes del movimiento zero waste, la emprendedora, activista y CEO de Package Free, Lauren Singer. Acabar con los residuos es uno de los objetivos de Singer, que se ha convertido en la muestra de que es posible reducir casi al completo nuestra huella ecológica: no solo ha conseguido eliminar el plástico de su vida por completo, sino que los deshechos que ha generado en los últimos ocho años caben en un tarro de cristal.

https://www.instagram.com/p/B_XaMY_Fp-A/

José Luis Crespo

Bajo el alias @QuantumFracture, este físico se ha convertido en uno de los científicos españoles más mediáticos a través de una popular cuenta de youtube que acumula miles y miles de seguidores. En sus redes sociales Crespo explica, de manera amena y entretenida, diferentes conceptos científicos y, además, desmonta los argumentos de los negacionistas del cambio climático.

Dafna Nudelman

Esta influencer argentina es más conocida como La loca del táper y es uno de los mayores referentes del movimiento zero waste de habla hispana. Nudelman promueve en sus redes y en su blog el consumo responsable. Este año tiene previsto lanzar su primer libro La basura no existe (2020), una guía sobre cómo reducir al mínimo los residuos que generamos.

https://www.instagram.com/p/B1Pv0cCDwwm/

Paola Calasanz

Más conocida como Dulcinea, esta escritora y directora de arte decidió dejarlo todo y mudarse a un bosque. Así nació su proyecto Reserva Wild Forest, una organización sin ánimo de lucro y santuario animal en la provincia de Barcelona donde se recuperan y rehabilitan animales salvajes que, por su situación específica, no pueden ser devueltos a la naturaleza.

https://www.instagram.com/p/CC8W8DNjRUW/

Rocío Vidal

Más conocida como La gata de Schrödinger, esta periodista científica utiliza las redes sociales y su canal de YouTube para comunicar y divulgar conocimiento científico desde el escepticismo y el humor. Además, aprovecha su altavoz digital para informar a los ciudadanos sobre cómo revertir las consecuencias del cambio climático.

https://twitter.com/SchrodingerGata/status/1204487724872404993

Cinco documentales medioambientales para este verano

Fotograma de 'La tierra de noche'

El séptimo arte sirve para entretener, pero también para mostrar y recordarnos verdades que a veces pasan desapercibidas. En los últimos años han proliferado las películas, series y documentales que intentan, a través de los recursos cinematográficos más artísticos, lanzar un mensaje sobre uno de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos como humanidad: el cambio climático. A día de hoy, y a través de plataformas como Netflix o HBO, son muchos los filmes que, sin caer en la ciencia ficción, nos ayudan a reflexionar sobre la emergencia climática, sus consecuencias y sobre lo que podemos hacer para combatirla. A continuación, presentamos cinco documentales medioambientales para disfrutar de un verano tan entretenido como responsable.

1 - Our Planet (2019)

Mostrándonos la belleza de nuestro —y único— planeta, esta serie, producida por el equipo que está detrás de la serie documental de la BBC Planeta Tierra, nos impulsa a reflexionar sobre la fragilidad de nuestro entorno. Y no solo lo hace a través de unas impresionantes imágenes captadas con sistemas de producción de última generación, sino que su hilo argumental la convierte en una obra muy completa. A través de profundas y enmarañadas selvas, hondos océanos, recios bosques y suaves praderas, cada capítulo nos invita a conocer la asombrosa diversidad de vida que hay en la tierra y a recordar que los hábitats de nuestro planeta están conectados entre sí. De esta manera, el documental se presenta como un aviso del impacto que tienen nuestras acciones sobre los lugares antes descritos. Ante todo, Our Planet plantea un solo manifiesto: la defensa de nuestro hogar común.

2- La tierra de noche (2020)

Emitida a inicios de año, esta serie documental de Netflix de 6 capítulos utiliza tecnología de grabación más innovadora para mostrarnos la vida nocturna de animales de todo el mundo, desde leones en plena caza hasta murciélagos volando. Añadiendo luz donde no suele haber a través de cámaras de vídeo ultrasensible y sensores, esta obra nos revela las maravillas del planeta y descubre el lado menos explorado del entorno natural.

3 - Before The Flood (2016)

Con el actor Leonardo DiCaprio, también activista medioambiental y Mensajero de la Paz de Naciones Unidas contra el cambio climático, como conductor del filme, este nos muestra los efectos que el cambio climático ya tiene en nuestro entorno y la forma en que la sociedad puede luchar contra ellos. Las emisiones de gases de efecto invernadero, la contaminación industrial o la ineficacia energética son algunos de los problemas que aborda el documental, en el que se nos da la posibilidad de observar, pero también de escuchar: toda la historia se vertebra a través de entrevistas a influyentes personalidades del entorno ecologista y político como Barack Obama o Ban Ki-Moon. Con todo, Before The Flood no se presenta como una lección, sino como una advertencia.

4 - More Than Honey (2012)

En las últimas décadas han desaparecido millones de abejas en todo el mundo. Sin duda, son datos preocupantes, no solo porque nos recuerdan el peligro que corre la biodiversidad, sino porque estos pequeños insectos rayados suponen la primera de una larga fila de piezas de dominó: sin abejas, no hay plantas (ya que de éstas, un 80% requieren ser polinizadas), ni ciertas frutas o vegetales. El filme aborda este fenómeno, conocido como “trastorno del colapso de la colonia”, que hace referencia a la desaparición abrupta de una cantidad considerable de abejas obreras de una colonia, y analiza el trabajo de apicultores y agricultores en el funcionamiento de las colmenas. Desde esta particular mirada, More Than Honey refleja la existente relación simbiótica entre el ser humano y la naturaleza, puesto que, queramos o no, todos compartimos las mismas cadenas.

5- Terra (2015)

Terra es un viaje al mundo animal, un canto a la vida. Tras constatar cómo a lo largo de los últimos años se han ido perdiendo miles de especies, su director, el fotógrafo Yann Arthus-Bertrand, nos plantea una pregunta que todavía planea sobre nuestras cabezas: ¿qué podemos hacer para preservar el maravilloso mundo natural que nos rodea? A lo largo de 90 minutos de impactantes imágenes y poderosas frases, uno empieza a tomar conciencia de la necesidad de crear una nueva relación consciente entre todos los seres vivos y proteger así, la Tierra.

Día Internacional por la Conservación de los Manglares: proteger a los guardianes de la costa

En el año 2018 la UNESCO declaró el 26 de julio el Día Internacional de Conservación del Ecosistema de Manglares para reconocer la necesidad de proteger este tipo de hábitat natural fundamental para el equilibrio ecológico en costas, arrecifes y zonas de pesca. El organismo quería, sobre todo, señalar que la acción humana en zonas costera es la principal responsable del progresivo y rápido deterioro de estos ecosistemas. Pero ¿qué es exactamente un manglar y qué implicaría su desaparición?

Los manglares reciben su nombre del árbol mangle, una especie que tiene la peculiaridad de sobrevivir con sus raíces sumergidas en agua salada y que se da en zonas costeras, tropicales y fangosas. Normalmente, se encuentran en la desembocadura de alguna masa de agua dulce en otra de agua salada, como deltas de ríos, estuarios y similares. El bioma que crean los sistemas de manglares, por definición siempre en clima tropical, es de una rica biodiversidad, única y muy beneficiosa para el conjunto del ecosistema y las comunidades que habitan esos lugares.

El ecosistema manglar se extiende por las costas de América Central y el Caribe, el sudeste asiático y las zonas tropicales de América del Sur, África y Oceanía, siendo uno de los más conocidos el de la Gran Barrera de Coral en Australia. Hace dos años Audrey Azoulay, directora general de la UNESCO, recordaba precisamente los beneficios que presentan los manglares contra la erosión y la contaminación, además de la protección de todo tipo de especies que viven en los manglares. Sin embargo, como bien recordaba Azoulay, desde 1980 se ha perdido casi la mitad de la superficie de su cobertura mundial debido a la reordenación de zonas costeas. En total se calcula que cerca del 20% de los manglares está en peligro de desaparecer.

Cerca del 20% de los manglares está en peligro de desaparecer

Y es que el manglar es parte integral del equilibrio de las costas tropicales donde su ubica y su desaparición completa tendría muy graves consecuencias. Por ejemplo, el “suelo” que proporciona el ecosistema de manglares protege el litoral contra la erosión de las mareas y en zonas de grandes tormentas protege también contra estas o contra la erosión propia del viento. De hecho, son catalizadores contra la contaminación, ya que ayudan a mantener la limpieza de las aguas costeras porque sirven como filtro natural. Además, también protegen los arrecifes y sirven de barrera natural contra los tsunamis.

En los últimos años, en los que luchar contra el cambio climático se ha vuelto más imprescindible que nunca, las características del manglar, con sus mecanismos naturales de almacenamiento del carbono atmosférico, los convierten en lo que la UNESCO denomina “sumideros de carbono azul”, puesto que ayudan a paliar los efectos del cambio climático en las zonas costeras.

Los manglares tienen también una importancia crucial en el mantenimiento de la biodiversidad. Por su propia localización, transición entre otros grandes ecosistemas, son lugar de tránsito, anidamiento y cría de miles de especies de aves, reptiles, peces, crustáceos o moluscos. En este sentido, son parada obligada de numerosas especies migratorias. Los estudios apuntan a que en esas zonas geográficas más del 70% de las especies capturadas en el mar para consumo humano realizan parte de su ciclo de vida en los manglares.

A nivel económico también es vital conservar los ecosistemas manglares. En los años 90 del siglo pasado, cuando el nivel de destrucción de estos ecosistemas era mucho menor se calculó que por cada especie de manglar destruida se pierden anualmente 767 kg de especies marítimas de importancia comercial.

Desde hace siglos, los manglares han sido fuente de pesca y materias primas como la leña o el carbón para las comunidades humanas. La madera del mangle, por ejemplo, es muy resistente a los ataques de insectos y no se pudre fácilmente. No obstante, su uso abusivo y reciente para actividades agrícolas es lo que ha hecho peligrar su supervivencia.

Si algo sabemos ya es que el conjunto de biodiversidad y el equilibrio de planeta se desajusta por el más mínimo cambio. Los manglares, como ecosistema que ayuda al equilibrio y la sostenibilidad de sus vecinos, es una pieza fundamental en dicho equilibrio y la conciencia sobre la necesidad de su protección, una necesidad.

Día Mundial del Medio Ambiente: los hitos verdes que han marcado nuestra historia reciente

Ilustraciones: Valeria Cafagna

Hoy 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, la fecha más importante en el calendario verde de Naciones Unidas desde 1974. Este año, las celebraciones miran hacia el rol crucial de la biodiversidad, por lo que la ONU ha aprovechado la situación en la que nos encontramos para invitar a reflexionar sobre cómo el coronavirus es “un recordatorio de que la salud humana está vinculada a la salud del planeta”. Este año es momento de repensar cómo hemos convivido con el planeta hasta ahora. Por eso, aunque todavía queda mucho camino por recorrer, echamos la vista atrás y recordamos los hitos medioambientales de la última década que han marcado la hoja de ruta hacia un modelo de vida más sostenible.

2012: en busca del “futuro que queremos

“Confiamos en que durante las 72 próximas horas antepongan nuestro interés a cualquier otro. El tiempo corre: tic, tac, tic, tac…”. Subida al estrado frente a más de 100 líderes mundiales, la estudiante neozelandesa Brittany Fold (17 años) reflejó así el descontento de la sociedad ante la falta de políticas verdes. Era la ceremonia inaugural de la Conferencia de Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible Rio+20 y el discurso que resonaba era el mismo que en 1997 pronunció otra estudiante, Seern Cullis, en la misma cumbre.

Tras varios días de negociaciones nació “El futuro que queremos”, un manifiesto que apuntaba hacia la erradicación de la pobreza como “el mayor reto que afronta el mundo y una condición indispensable del desarrollo sostenible”. En él, los líderes prometían adoptar medidas urgentes para lograr un desarrollo sostenible y “promover un crecimiento sostenido, inclusivo y equitativo, creando mayores oportunidades para todos”. Como colofón, se dedicó un subtítulo específico a las ciudades sostenibles y la importancia de la planificación transversal.

Sin embargo, hubo cierto sentimiento de decepción generalizado. Organizaciones sociales y gobernantes de algunos países, como el entonces primer ministro francés François Hollande, sintieron que pocas cosas había cambiado en 20 años. El entonces secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, lo dijo bien alto: “Los esfuerzos no han estado a la altura del desafío”.

2015: nace el Acuerdo de París, primer compromiso internacional para reducir emisiones

Tres años después de Rio+20 nació el Acuerdo de París, el primer tratado universal de la lucha contra el cambio climático. Se gestó en un tiempo récord, tan solo 11 meses después de que fuera planteado. Era la primera vez que casi todos los países del mundo fijaban un marco legal para llegar juntos a la meta: no superar los 2 ºC de aumento en la temperatura de la Tierra.

Ese mismo año nacieron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como una llamada universal para poner fin a la pobreza y proteger el planeta de manera decisiva antes de 2030. Los 17 ODS reconocen que las intervenciones deben mantener un buen equilibrio entre la sostenibilidad ambiental, económica y social, por lo que tocan temas que van desde la igualdad de género hasta la industria, pasando por la educación, la energía sostenible y la economía circular.

2018: Los jóvenes salen a la calle bajo el lema #FridaysForFuture

La joven activista sueca Greta Thunberg hizo historia aquel frío viernes en el que faltó a clase para sentarse frente al Parlamento sueco y exigir una mayor acción política en la lucha contra el cambio climático. La imagen de la adolescente ataviada con su abrigo, impasible, corrió como la pólvora por Internet hasta conseguir que, en pocas semanas, más de 100.000 jóvenes de todo el mundo se manifestaran de la misma forma para denunciar la situación límite a la que se enfrenta el planeta debido a la contaminación del planeta.

Nació así #FridaysForFuture, un movimiento estudiantil que consiguió llevar la preocupación medioambiental de los jóvenes a Naciones Unidas y al Foro Económico de Davos. En este sentido, el despertar de la conciencia medioambiental ha supuesto un hito en cuanto a la movilización ciudadana por la lucha contra el cambio climático.

2019: nace el Green Deal

Según un informe de la ONU, 2019 fue uno de los años más negros en materia medioambiental, pero pasará también a la historia gracias a la aprobación del Green Deal europeo, el plan más ambicioso en materia medioambiental o “el momento ‘hombre en la luna’ de la UE”, como lo definió la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen.

El pacto verde, presentado en la COP25 que se celebró en Madrid el año pasado, promete ser una bocanada de aire fresco para el planeta y propone alcanzar la neutralidad de carbono en 2050, además de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a la mitad en diez años. Las medidas pasan por garantizar el acceso a energía limpia y asequible, impulsar la economía circular y los edificios eficientes así como reducir la polución a cero, proteger la biodiversidad e impulsar una movilidad sostenible y un modelo agroalimentario más justo.

A pesar de lo ambicioso de su paquete de medidas, la iniciativa pone en marcha un camino definitivo hacia la salud del planeta a través de un sistema económico más sostenible. Eso sí, siempre que este vaya de la mano de la justicia social: “O la transición es justa para todos o no funcionará”, sostuvo Von der Leyen durante la presentación del pacto.

Otro de los momentos más relevantes de 2019 fue el envío del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030 (PNIEC) por parte de España a la Comisión Europea. En él se definen los objetivos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, de penetración de energías renovables y de eficiencia energética. El resto de miembros europeos también presentaron ante el ejecutivo europeo su propio plan en materia de energía y clima.

2020: España aprueba el anteproyecto de Ley del Cambio Climático

A pesar de que este año ha quedado completamente congelado por la pandemia del coronavirus, el escenario dibujado por la COVID-19 no frena el avance de la transición energética: aun con menor demanda de electricidad a nivel nacional, las renovables han incrementado en un 10,2% su generación durante los primeros cinco meses de 2020 con respecto al mismo periodo del 2019, tal y como reflejan los datos de Red Eléctrica de España. En lo que llevamos de año también hemos sido testigos de un avance importante para el futuro de nuestro país: la aprobación del Proyecto de Ley de Cambio Climático, un texto legal que sitúa a España en el camino hacia la neutralidad en emisiones de carbono en 2050. El texto hace además hincapié en la educación ambiental, una asignatura pendiente en nuestro país desde hace décadas.

Con el confinamiento y el parón de la actividad económica hemos visto nuestra forma de vida desde otro ángulo. Las medidas de distanciamiento social han demostrado que las ciudades no son tan sostenibles como cabría pensar: hacen falta más espacios para bicicletas, aceras anchas, más zonas verdes para limpiar el aire y menos coches.

Si bien es cierto que el parón ha mejorado la calidad del aire y del agua tras décadas de daño desmedido, esto no es más que un espejismo. Mucho antes del coronavirus, los científicos ya alertaron de que la pérdida de biodiversidad favorecería la expansión mundial de enfermedades infecciosas y cabe recordar que ahora estamos en camino de perder una de cada ocho especies en las próximas décadas, según el IPBES.  

Tras una larga racha de hitos históricos en el medio ambiente, este es el momento perfecto para dar el paso definitivo hacia políticas más sostenibles que sitúen al Green Deal en el eje de la recuperación económica. En el horizonte quedan pendientes la legislación contra los plásticos de un solo uso, la mejora de la eficiencia energética de las viviendas y otras tantas normativas que servirán para seguir cuidando a nuestro planeta.

La educación ambiental, un pilar de la Ley de Cambio Climático

La Ley de Cambio Climático y Transición Energética (PLCCTE) está un paso más cerca de convertirse en realidad. El pasado 19 de mayo, el Consejo de Ministros envió a las Cortes el primer proyecto legislativo para que España alcance la neutralidad de emisiones antes de 2050 y logre así cumplir con los objetivos del Acuerdo de París. Este texto permitirá, entre otras metas, que nuestro país fije por ley sus objetivos nacionales de reducción de emisiones de gases efecto invernadero en 2030 con un descenso del 20% respecto a los niveles de 1990.

Además de implicar a todos los sectores económicos en el reto de una reindustrialización más sostenible y una reducción drástica de sus emisiones, esta nueva Ley de Cambio Climático destaca por situar la educación ambiental en el centro del debate. De hecho, el octavo de sus nueve títulos está dedicado a la inclusión de la crisis climática en el sistema educativo español, ya que se trata de un aspecto que el Gobierno considera “de especial importancia” para implicar a la sociedad española en todas las respuestas frente al cambio climático y la promoción de la transición energética.

La normativa contempla que el sistema educativo español refuerce el conocimiento sobre el cambio climático

A través de cuatro puntos, la normativa contempla que el sistema educativo español refuerce el conocimiento sobre el cambio climático en las aulas –tanto en colegios como institutos y universidades– con miras a que los alumnos adquieran la suficiente responsabilidad personal y social para comprender la realidad que supone el cambio climático y puedan desarrollar en el futuro “una actividad técnica y profesional baja en carbono y resiliente frente al cambio del clima”.

En esta línea, además, se revisará el tratamiento del cambio climático en el currículo básico de las enseñanzas, siendo posible incluir cualquier elemento “para hacer realidad una educación para el desarrollo sostenible”. En las universidades ocurrirá lo mismo en aquellos planes de estudios en los que, según se especifica, “resulte coherente conforme a las competencias de los mismos”. Además, será fundamental que el profesorado tenga la formación suficiente y adecuada para llevar a cabo esta educación ambiental de manera satisfactoria, por lo que el Gobierno podrá impulsar las acciones necesarias para mejorar la formación de los docentes en este aspecto.

El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico también pone el foco en la formación profesional y fija en el anteproyecto que mantendrá actualizado el Catálogo Nacional de Cualificaciones Profesionales y el catálogo de ofertas formativas de FP “que capaciten en perfiles profesionales propios de la sostenibilidad medioambiental”.

La educación ambiental en Europa

Desde esta semana, el anteproyecto de Ley de Cambio Climático vuelve a recuperar -y a revitalizar con renovado impulso- un término que lleva largo recorrido en la historia educativa española. Ya en 1990, la Ley Orgánica para la Gestión del Sistema Educativo (LOGSE) planteó algunos contenidos ambientales que se fueron aplicando poco a poco en asignaturas como Conocimiento del Medio Natural y Geografía y Ciencias de Naturaleza. No obstante, no fue hasta la publicación del Libro Blanco de la Educación Ambiental en España en 1999 cuando quedaron implícitos sus objetivos y principios básicos.

En el resto de países europeos, la evolución de la educación ambiental ha sido muy dispar: depende del territorio y las medidas políticas. En el norte, Suecia y Finlandia lideran el camino: llevan introduciendo la ecología en los colegios públicos desde los noventa, alternando enseñanzas prácticas y teóricas. La formación ambiental en Dinamarca también se distribuye en un abanico multidisciplinar y variado, ya que la enseñanza escolar depende de las autoridades locales, mientras que el Ministerio de Educación controla las escuelas superiores y las universidades. En cuanto a Alemania, que estableció en 1980 sus objetivos de formación ambiental, cada uno de los 16 estados federados decide qué priorizar en los planes de educación. Este año, todas las escuelas del país deberían estar ofreciendo una asignatura por año que cubra el cambio climático desde diferentes perspectivas.

En el sur, las políticas de educación ambiental se aplican también de distinta forma. Francia tiene definida la estrategia de integración de la educación ambiental en la Circular de 1977 y apuesta por no tratarla como una rama independiente ni un tema de estudio en sí misma, sino que aboga por ampliar progresivamente el aprendizaje medioambiental en los distintos niveles educativos, desde la guardería hasta la Educación Secundaria Obligatoria. Por su parte, el Reino Unido ha desarrollado una política de educación verde más basada en la experimentación de los alumnos educando sobre el entorno y por el entorno.

También en Italia, el ministro de Educación, Lorenzo Fioramonti, llevó a finales del año pasado el cambio climático a las aulas tras anunciar que en el próximo curso las escuelas dedicarían 33 horas al año -en torno a una hora a la semana- a abordar la cuestión del cambio climático. El objetivo final del Ministerio es que la perspectiva verde se incluya en materias tradicionales como la Geografía, las Matemáticas o la Física para analizar los efectos de la acción humana en las diferentes zonas del planeta. Por su parte, Portugal sigue un camino muy similar al español: la educación ambiental quedó realmente integrada en la enseñanza a partir de 1986 y definida transversalmente en la reforma de 1987, que incluye definitivamente el concepto de educación ambiental. Sin embargo, todavía se plantean reformas para reforzar este aprendizaje.

#Coronavirus: la Tierra celebra su día en su momento más complicado

día de la tierra

El Día de la Tierra cumple 50 años en medio de una crisis sanitaria mundial que nos hace recordar la necesidad, ahora más que nunca, de cuidar el planeta. En estas últimas semanas hemos asistido atónitos a imágenes impensables en pleno siglo XXI, en el planeta globalizado e hiperconectado en el que vivimos y por el que 1.400 millones de personas viajaron por el mundo en 2019 para hacer turismo. Era inimaginable hasta hace unos días ver los canales de Venecia totalmente vacíos y con peces nadando sin tener que esquivar a las decenas de góndolas que los recorren, como también se nos hace raro ver la mítica Times Square, en Nueva York, sin turistas sacándose fotos y sentados en las gradas. Mientras, en España, es difícil recordar una fecha en la que la icónica Gran Vía madrileña haya estado tan vacía como durante este último mes.

La alteración que el ser humano provoca en los sistemas naturales aumenta el riesgo de pandemias

En estos días en los que el ser humano anda confinado en sus hogares para salvar sus propias vidas, parece que la Tierra empieza a respirar un poco. Los niveles de contaminación han bajado en todo el planeta (solo hay que ver los informes diarios de la calidad del aire en Madrid), los cielos se empiezan a vaciar de gases contaminantes para dejar paso a un azul brillante que apenas recordábamos, mientras que la fauna se adueña de territorios que en un pasado fueron suyos y el ser humano les arrebató (jabalíes en Barcelona, osos en localidades asturianas o delfines en Cagliari). La naturaleza se abre paso, y el equilibro entre esta y los humanos es cada vez es más frágil. Tanto que, según un informe presentado a principios de abril por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés), la alteración que el ser humano provoca en el equilibrio de los sistemas naturales aumenta el riesgo de aparición de pandemias y nuevas enfermedades. Parece que esta situación está creando una conciencia social que nos ha permitido comprender una realidad innegable que ha sido puesta en duda en multitud de ocasiones: nuestra salud y la del planeta van de la mano. Proteger la naturaleza es rentable.

Unos inicios duros y un cumpleaños diferente

El Día de la Tierra tiene sus orígenes en la década de los sesenta en Estados Unidos, en un clima de protesta con una sociedad activista que rechazaba la pasividad de su Gobierno en muchos asuntos. En unos años marcados por las protestas ciudadanas por la guerra de Vietnam, fue el senador demócrata por Wisconsin, Gaylord Nelson, el que puso encima de la mesa la cuestión medioambiental. Le sorprendía que, a pesar del clima de desencanto que estaba instalado en el país, la ecología no fuera un tema presente en la agenda política.

Durante esa década, Nelson no tuvo mucho éxito en sus reivindicaciones populares hasta que en 1970, el 22 de abril, decidió seguir el modelo de las manifestaciones contra el conflicto en Vietnam y la respuesta fue abrumadora: más de 20 millones de personas salieron a la calle para exigir la protección inmediata del medio ambiente. Ante tal presión, el gobierno federal creó la Agencia de Protección Ambiental (EPA por sus siglas en inglés) y la lucha climática entró de lleno en la agenda pública.

En 1970, se celebró la primera manifestación climática de la historia en Estados Unidos

La trayectoria de la conmemoración del Día de la Tierra hasta hoy ha sido imparable. En 1972, la Conferencia de Estocolmo organizada por la ONU expandió el mensaje climático por todo el planeta. Veinte años más tarde, la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo fue más allá y recogió la necesidad de conseguir un equilibrio entre lo ecológico, lo social y lo económico para favorecer un desarrollo sostenible. Finalmente, unos meses más tarde, la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático en Nueva York reconocía la existencia del cambio climático y marcaba un objetivo final para la comunidad internacional: reducir la emisión de gases contaminantes a la atmósfera.

En 1997, el Protocolo de Kioto aumentó los compromisos acordados en las conferencias anteriores y se erigió como el primer gran acuerdo vinculante de reducción de emisiones entre países. No entró en vigor hasta 2005, ya que Rusia solamente lo ratificó en 2004, mientras que Estados Unidos, principal responsable de emisiones contaminantes en esa época (y en la actualidad) nunca lo hizo. Este mismo año caducan los acuerdos del Protocolo de Kioto y entran en vigor los de París de 2015, los más ambiciosos hasta el momento en materia climática, de los que, una vez más –y a pesar de que según varias encuestas el cambio climático es la mayor preocupación actual de los ciudadanos (un 67% según el PCR)–,  Estados Unidos se ha retirado.

Un futuro cada vez más incierto

En los últimos años, y bajo el impulso del Acuerdo de París, la sociedad ha ido interiorizando la importancia de luchar por la protección del medioambiente. Y ha hecho propio ese combate, implicándose más que nunca en una cruzada que sigue siendo rentable. Según un estudio publicado en la revista científica Science of the Total Environment, la contaminación ambiental es un factor clave en la tasa de mortalidad del coronavirus: un 80% de las muertes registradas en cuatro países de los más afectados por el virus (Italia, España, Francia y Alemania) tuvieron lugar en sus regiones más contaminadas.

El 80% de las muertes registradas en Italia, España, Francia y Alemania tuvieron lugar en sus regiones más contaminadas

Ahora, la humanidad vive una de sus etapas más retadoras y luctuosas, pero son muchas las voces que se han alzado para la que la cuestión climática no quede en el olvido. De hecho, en las últimas semanas, desde la sociedad civil, los Estados y organismos supranacionales como la Unión Europea, se ha reclamado una salida “verde” a la crisis de la COVID-19. Esto es, que se pongan en marcha medidas e iniciativas que favorezcan la recuperación económica y social a través de la sostenibilidad, la innovación y la tecnología y teniendo como pilar clave la transición hacia un nuevo modelo energético.

En Milán, la capital de Lombardía –la región italiana más afectada por la COVID-19 con miles de muertos–, las autoridades han entendido que es el momento de actuar. La ciudad pretende transformar su sistema de movilidad de manera radical para acabar con la polución que provoca el transporte. Para ello tiene previsto reconvertir durante el verano más de 35 kilómetros de calles en espacios donde el tránsito de peatones y ciclistas tenga prioridad sobre los coches. Ante la nueva situación, desde el consistorio italiano tienen claro que es necesario “reinventar Milán ante la nueva situación”. Estas medidas serán estudiadas en todo el mundo y podrían servir como una hoja de ruta para esta década.

El próximo año, con suerte, el Día de la Tierra será muy diferente a este, pero las lecciones que estamos aprendiendo durante estas últimas semanas no deben quedar en el olvido. El futuro será sostenible o no será.

Eunice Foote, la primera (e invisibilizada) científica que teorizó sobre el cambio climático

El cambio climático constituye la mayor amenaza medioambiental a la que se enfrenta actualmente la humanidad. Aunque algunos se empeñen en negarlo, los datos están sobre la mesa y evidencian que la huella ecológica que dejamos a nuestro paso en el planeta tiene consecuencias devastadoras. De seguir con los actuales niveles de emisión de gases de efecto invernadero (GEI) a la atmósfera, se espera que las temperaturas globales sigan aumentando, con todas las consecuencias para nuestra salud y la del planeta que eso conlleva.

Muchos se preguntarán por qué no lo vimos venir con antelación o por qué no actuamos antes, pero lo cierto es que ya en el siglo XIX aparecieron las primeras advertencias sobre el calentamiento global. Pero quedaron silenciadas, probablemente porque fue una mujer quien las pronunció. Eunice Foote (1819-1888), científica estadounidense, fue la primera en teorizar sobre el cambio climático. Fue ella la que alertó sobre las consecuencias que las emisiones de dióxido de carbono podrían tener sobre la temperatura del planeta. Pero la vida de Foote, como la de muchas mujeres de la época, fue un camino marcado por los obstáculos y el olvido.

Durante siglos, el científico John Tyndall se llevó un reconocimiento que le correspondía a Foote

Nació en el seno de una familia numerosa y progresista en 1819, en Goshen, Connecticut (EE. UU.). Sus experimentos, realizados en un laboratorio construido en casa, evidenciaban el ingenio de Foote. Cuatro termómetros, dos cilindros de vidrio y una bomba de vacío para aislar los gases de la atmósfera y exponerlos a los rayos solares le bastaron para demostrar que el CO2 y el vapor de agua absorbían suficiente calor como para tener un impacto en el clima. Sin embargo, la historia concedió durante más de un siglo este reconocimiento al físico irlandés John Tyndall.

Según los libros de ciencia e historia, fue Tyndall el primero en descubrir, en 1859, que las moléculas de gases como el dióxido de carbono, el metano y el vapor de agua (los conocidos como gases de efecto invernadero) bloqueaban la radiación infrarroja. Pero lo cierto es que Eunice Foote ya había realizado estudios al respecto. En concreto, Foote había publicado en 1856 el paper ‘Circumstances affecting the heat of sun’s rays’.

El 23 de agosto de 1856, cientos de hombres -la mayoría científicos, inventores y doctores- se reunieron en Nueva York para compartir nuevos descubrimientos, discutir avances en sus respectivos campos y explorar nuevas áreas de investigación en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). Aunque Eunice Foote tenía un trabajo magnífico que presentar en esa reunión no pudo leerlo en el evento, ya que entonces las mujeres no tenían permiso para exponer sus ideas científicas. Fue su compañero de profesión Joseph Henry, profesor del Smithsonian Institution, quien presentó los resultados del estudio. Sin embargo, las pruebas quedaron fuera de las Actas y Foote fue condenada al olvido.

Sus descubrimientos únicamente vieron la luz en noviembre de ese año, cuando aparecieron publicados en una breve página y media de la revista American Journal of Art and Science. La teoría de Foote quedó en el olvido hasta 2011, cuando fue rescatada por Raymond Sorenson, un investigador independiente que dio con el artículo original que leyó Joseph Henry en aquella reunión de 1856.

Los descubrimientos de Foote se adelantaron a los estudios del momento, pero fueron relegados a un segundo plano. Por suerte ahora, aunque con mucho retraso -más de 200 años después de su nacimiento– la figura de Eunice Foote, como las de otras mujeres pioneras olvidadas, recupera el lugar que le corresponde en los anales científicos.

La gran pantalla, un altavoz para la acción climática

Ilustración: Natalia Ortiz

“Nos hemos desconectado mucho del mundo natural y vivimos en un entorno egocéntrico, explotando nuestro entorno solo para nuestro bien. Nos adentramos en la naturaleza y saqueamos sus recursos”. Esta frase no pertenece a un científico, tampoco a un filósofo: forma parte del discurso que pronunció el actor Joaquin Phoenix al recoger su Oscar a mejor actor protagonista en la pasada ceremonia de entrega de premios que celebra la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos cada año en Hollywood. De esta manera, Phoenix denunciaba ante cientos de actores, directores y productores la situación de emergencia climática en la que nos encontramos y recordaba que -igual que la culpa- la responsabilidad de frenar y revertir esta situación es compartida.

Pero sería injusto afirmar que la industria cinematográfica ha hecho oídos sordos a lo que es ya el mayor desafío del siglo XXI. Desde hace unos años, el mundo del cine se ha hecho eco de esta amenaza y ha impulsado soluciones tanto a través de la gran pantalla como desde detrás de las cámaras. Porque, aunque cueste imaginarlo, la industria cinematográfica es altamente contaminante. Un ejemplo revelador es el del negocio del cine en California que, según un estudio realizado por el Instituto de la Universidad de California (UCLA) para el Medio Ambiente, es el más contaminante del estado, por encima incluso de la industria aeroespacial y la textil.

La organización de la Seminci ha creado un sello verde para certificar las producciones más sostenibles

Afortunadamente, los tiempos están cambiando y la lucha por hacer de nuestro entorno un lugar más sostenible ha llevado a cineastas, productores y académicos a poner este asunto sobre la mesa de manera urgente. Es el caso de la Seminci —la Semana Internacional de Cine de Valladolid—, donde la organización ha elaborado un manifiesto que, entre otras medidas, establece la creación de un ‘sello verde’ que premie y certifique el espíritu sostenible de algunas producciones. Es decir, se trata de una especie de distintivo que reconoce a los rodajes que se llevan a cabo de una forma más respetuosa con el medio ambiente. Entre las acciones valoradas destacan la utilización de energías renovables y papel reciclado, el uso de envases reciclables y la sustitución de productos plásticos por materiales biodegradables como madera o textiles orgánicos.

“El cine genera mitos, lanza o asienta paradigmas de pensamiento y puede ayudar a resolver esta emergencia planetaria”, comenta Carlos Castro, profesor de Física Aplicada en la Universidad de Valladolid. Coincide con él el director de cine Guillermo García, que destaca la importancia de “normalizar este tipo de medidas a la hora de filmar y entender el rodaje ecológico y sostenible como un reto”.

La Seminci, además, se ha convertido en el primer festival de cine que ha creado un premio especial —la Espiga Verde— para galardonar al filme que mejor represente los valores medioambientales. Durante el festival, ocho películas y documentales llevaron a la gran pantalla temas como la contaminación por pesticidas, el activismo ecologista, la experimentación con cultivos o la desaparición de la biodiversidad.

El periodista y director del festival, Javier Angulo, destacó en la pasada edición que “los efectos del cambio climático ya están aquí y el cine puede ayudar a concienciar a los ciudadanos sobre este grave asunto de muchas formas”. Un ejemplo de ello es la aclamada serie de HBO Juego de Tronos, en cuyo rodaje se consiguieron ahorrar 2.000 kilos de plásticos en siete meses gracias a la iniciativa de eliminar las botellas de agua en el set.

Películas para el planeta

Al mismo tiempo, cada vez más películas y documentales ahondan en la problemática que supone el cambio climático y las consecuencias devastadoras que tiene en el planeta Tierra. Una muestra de ello es el documental de Fisher Stevens, Before the flood, en el que, junto a Leonardo DiCaprio, el cineasta visita y documenta los impactos del cambio climático y la actitud de la humanidad ante catástrofe como el deshielo de la Antártida.

“Todo lo que presenciamos en este viaje nos muestra que el clima de nuestro mundo está increíblemente interconectado y que está en un punto de ruptura urgente. Queríamos crear una película que generase alarma en las personas y que les hiciera entender qué cosas particulares pueden resolver este problema”, dijo DiCaprio sobre la obra.

Esta concienciación, que no tiene edades ni límites, también está presente en el cine animación. La película de Pixar Wall-E es un ejemplo de ello. Han pasado ya diez años desde que el pequeño robot encargado de compactar basura Wall-E llegó a los cines y presentó la peor versión posible de la Tierra: un planeta cubierto por toneladas de basura y sin rastro de vida ni actividad humana. Después de todo este tiempo, el tema de la película sigue ligado a la actualidad y refleja preocupantes realidades como la alta contaminación de las ciudades y el vertido de residuos que acaban en la naturaleza.

Joaquín Phoenix:" Nos hemos desconectado mucho del mundo natural y vivimos en un entorno egocéntrico"

Fiel a sus palabras, Joaquin Phoenix, que nos sorprendió con su actuación del Joker este último año, también ha decidido utilizar el cine como arma de sensibilización. El actor ha dejado atrás el maquillaje de villano para protagonizar Guardians of Life (2020), un microdrama del director y activista Shaun Monson. En el vídeo, que dura apenas unos minutos, se muestra a un Phoenix vestido de médico que intenta salvar a un paciente herido en “los incendios forestales”. Con diálogos cortos y duros silencios, el cineasta golpea nuestra consciencia y nos traslada de manera simbólica a los múltiples incendios forestales que en los últimos meses han devastado miles de hectáreas en Australia y en el Amazonas.  

“Todo es una clara llamada de atención. La gente no se da cuenta de que todavía hay tiempo, pero solo si actuamos ahora y hacemos cambios generalizados en nuestro consumo. No podemos esperar a que los gobiernos resuelvan estos problemas por nosotros”, sentenció el actor, que no duda en acusar a todos y cada uno de nosotros por haber provocado de manera más o menos directa, el calentamiento global.

Indudablemente el cine cala en las emociones y sentimientos de los espectadores como casi ningún otro arte lo hace. Y aunque la gran pantalla es un buen altavoz para llamar a la movilización, que logremos revertir los efectos del cambio climático depende de que cantemos claqueta… ¡Y acción!