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Biotecnología: una revolución que ya está aquí

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Erradicar el hambre en el mundo, combatir enfermedades cuya cura aún se desconoce, reducir las emisiones de CO2 para frenar el cambio climático y garantizar la conservación del medio ambiente. El siglo XXI se enfrenta a estos y una larga lista de grandes desafíos. La Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas se encargan de recordarnos que debemos trabajar sin descanso para hacerles frente.

Pero para abordar retos de tal magnitud se requieren nuevas estrategias y disciplinas científicas. Y es que las tecnologías utilizadas hasta ahora parecen ser ineficaces o, en el mejor de los escenarios, incompletas. Por eso, la esperanza está puesta en el desarrollo de revolucionarias técnicas. Entre todas ellas destaca la biotecnología, una disciplina que, según define la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), “emplea los principios de la ciencia y la tecnología a los organismos vivos y los productos derivados de los mismos para alterar materiales vivos o no, con el fin de producir conocimientos, bienes o servicios”. Dicho de otro modo, es la aplicación de la biología para el beneficio humano y del medio ambiente.

El secretario general de EuropaBio (Asociación Europea de Bionindustrias), John Brennan, da un paso más allá en su definición. Según expone en un artículo publicado por European Biotechnology, “la biotecnología es capaz de acabar con las enfermedades a través de medicinas innovadoras, mejorar el suministro energético y la seguridad, ayudar a mitigar el cambio climático y contribuir al crecimiento económico y, al mismo tiempo, favorecer la creación de empleo”.

La biotecnología ya es una realidad en sectores como la agricultura o la asistencia sanitaria

Sin embargo, cabe preguntarse cuáles son sus aplicaciones específicas. Y más importante aún: ¿qué soluciones ya en marcha podrían ayudarnos a cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de cara a 2030?

Biotecnología contra el hambre

Poner fin a la pobreza y al hambre –el primero y segundo de los ODS– son quizá unos de los objetivos más ambiciosos. El incremento de las necesidades de consumo de una población mundial también en expansión implica que garantizar el suministro alimentario sea una tarea cada vez más difícil de llevar a cabo. Por eso, Naciones Unidas pone el foco no solo en el aumento de las cantidades de alimento, sino también en la mejora y viabilidad de su distribución. Desde la entidad señalan que esta labor requerirá de la aplicación de la biotecnología en la agricultura, el medio ambiente y el cuidado de la salud humana sin riesgo ecológico. Y como es tiempo de actuar, ya son muchos los sectores que han comenzado a desarrollarse en esta dirección.

El agrícola es uno de los que más ha apostado en los últimos años por las soluciones biotecnológicas. Muchos agricultores utilizan bionutrientes y biofertilizantes (bacterias, hongos, levaduras) como sustitutos de los químicos y tóxicos que afectan tanto a la salud medioambiental como a la de las personas. Pero eso no es todo. La aplicación de la biotecnología en la agricultura permite aumentar el rendimiento y convertir el modelo productivo en uno más sostenible. Un ejemplo de ello es la modificación de cultivos como el maíz o la soja para que sean más resistentes a las sequías, más tolerantes a las plagas o, sencillamente, tengan unas mejores cualidades nutricionales. Estos avances, todavía en desarrollo, podrían contribuir a que en lugares como el continente africano –uno de los más afectados por las sequías–, las plantaciones no se echen a perder tan rápidamente. Además, las mejoras en las propiedades de los cultivos contribuirían a reducir la malnutrición y a acabar con el hambre en el mundo.

La biomedicina, otro campo de batalla

En el ámbito de la medicina, los profesionales también aplican estas nuevas técnicas para mejorar la calidad de vida y la salud de las personas y promover el bienestar para todos en todas las edades (Objetivo 3). “Actualmente se están utilizando las herramientas de la bioingeniería (una rama de la biotecnología) para una mejor comprensión de la conducta de las proteínas, las células, los tejidos y los órganos del cuerpo”, explican desde el Institute of Bioengineering of Catalonia. Los especialistas de este centro son capaces, entre otras cosas, de desarrollar soluciones como “nanocápsulas para la administración dirigida de medicamentos” y de estudiar de manera más exhaustiva “la invasión celular colectiva en el cáncer”. De esta manera, pueden realizar diagnósticos más personalizados y aplicar innovadoras terapias.

Otro de los campos de aplicación de la biotecnología es la regeneración y sustitución de tejidos. Conocida en este caso como ingeniería de biomateriales, esta técnica permite sintetizar y procesar materiales que puedan servir como soporte físico para los nuevos tejidos desarrollados en el laboratorio. Aunque suene a ciencia ficción, ya hay muchos proyectos en marcha que empiezan, no solo a dar resultados viables, sino a usarse en terapias de rutina.

Esta técnica permite regenerar tejidos, aplicar innovadoras terapias y realizar diagnósticos más acertados

Nieves Cubo, científica e investigadora del CSIC y miembro del Instituto de Ciencia y Tecnología de Polímeros, lleva varios años dedicada a la creación de piel humana mediante la técnica de la impresión 3D. “Antes, cuando un paciente tenía quemaduras grandes se tenían que extraer extensas áreas de piel para poder regenerar toda la superficie quemada. Ahora, con estos nuevos métodos, a partir de un centímetro cuadrado de piel somos capaces de generar metros y metros de piel en pocas semanas”, explicó durante su charla TED en Madrid.

Fuera de nuestras fronteras, la empresa argentina Life SI se dedica a la impresión 3D de órganos y tejidos. “Esta línea de trabajo busca resolver dos de las problemáticas de mayor impacto a la hora de hacer un trasplante. Por un lado, si logramos crear el órgano que el paciente necesita ya no dependemos de un donante específico. Por otro lado, si ese órgano se crea con las células del mismo paciente disminuimos drásticamente la probabilidad de rechazo”, explica en un vídeo Aden Díaz Nocera, fundador de la compañía.

Hacia la regeneración del medio ambiente

Más allá de las aplicaciones médicas, la biotecnología también es una técnica muy útil a la hora de mejorar el estado ecológico de los ríos y de estabilizar los márgenes fluviales. En este caso, como cuenta la Confederación Hidrográfica del Ebro en su blog, la bioingeniería “combina materiales vivos como semillas, plantas, partes de plantas y comunidades vegetales con materiales inertes como piedras, tierra, madera, hierro, acero” para consolidar los taludes, controlar la erosión y proteger el medio ambiente. Esto permite, no solo proteger, estabilizar y regenerar los suelos de una manera más rentable, sino embellecer el paisaje.

14 de diciembre de 2019: ¿El principio del fin del carbón?

¿Es posible descarbonizar la economía? ¿Somos tan dependientes de los combustibles fósiles en la generación de electricidad como nos cuentan? Estas y otras cuestiones nos asaltan cuando abordamos el desafío del cambio climático.

Cada vez hay más datos para la esperanza, en España y más allá de nuestras fronteras. Sirva como ejemplo lo que ocurrió el pasado 14 de diciembre, cuando el sistema eléctrico peninsular dio un paso al frente en la lucha contra el calentamiento global y registró su primer día sin generar ni un solo megavatio hora (MWh) con carbón.

Durante 24 horas, las renovables supusieron el 62,7% de la generación peninsular

Siete días después, la Península volvió a registrar dos ‘ceros’ de carbón en la producción eléctrica -21 y 22 de diciembre-, situación que volvió a repetirse en Navidad (24 y 25 de diciembre). Sin duda, un mes de récord.

“El aumento de la capacidad de generación renovable y las condiciones climáticas favorables, con fuertes vientos e importantes lluvias, hicieron que ese día no hubiera producción de energía eléctrica en las centrales térmicas de la Península”, explica Tomás Domínguez, director de Operación de Red Eléctrica de España.

Durante esas 24 horas, las renovables fueron responsables del 62,7% de la generación peninsular, siendo la eólica, con 301 GWh, la tecnología con mayor presencia en el mix, aportando el 42,4% del total. Además, el 82,5% de la electricidad de la Península se produjo a partir de tecnologías libres de emisiones de CO2.

La pregunta es obligada: ¿veremos más días sin carbón? Domínguez lo tiene claro: “A medida que continúen entrando en servicio nuevas instalaciones de generación renovable, será más probable que no se recurra al consumo de carbón y, en general, a los combustibles fósiles para cubrir la demanda de electricidad”.

2019: un año para empezar a olvidar (el carbón)

Los datos de previsión de cierre del 2019 publicados por Red Eléctrica de España confirman que el carbón está reduciendo su presencia en el sistema peninsular. A lo largo del año que concluye se estima que las centrales térmicas habrán generado 11.084 GWh de electricidad, una cifra 68,2% menor que en el 2018, y un 78,2% inferior que hace 5 años, en 2015.

La producción eléctrica con carbón del 2019 relega esta tecnología a ocupar una discreta quinta posición dentro del ranking de mayor generación del año y representa ya solo un 4,5% del total peninsular.

En 2019 se dijo adiós a la central térmica de carbón de Anllares, en León

Se trata de la cifra más baja de participación de esta tecnología en el mix de la que se tiene constancia en Red Eléctrica. Y es que las emisiones de CO2 a la atmósfera, por cada MWh generado, se duplican si la producción es con carbón y no con ciclo combinado.

El aumento del precio en el mercado europeo de derechos de emisión ha demostrado que producir carbón ya no es tan rentable. De hecho, los ciclos combinados, segunda fuente de generación, tras la nuclear (21,4%), con un peso del 21,2%, duplicaron este año 2019 su participación en el mix respecto a 2018.

Así, según previsiones de Red Eléctrica, las emisiones de CO2 asociadas a la generación de electricidad en la península Ibérica serán en el 2019 un 23,7% inferiores al año anterior debido, principalmente, a la sustitución del uso de las térmicas de carbón por otras tecnologías más limpias.

2010

2019

Este 2019 también ha sido un año de salidas y entradas en el parque de generación: se dijo adiós a la central térmica de carbón de Anllares, en León, al mismo tiempo que se ha dado la bienvenida a 3.110 nuevos MW de potencia solar fotovoltaica, 1.634 de eólica, 102 de otras renovables y 38 de hidráulica, y estos son, todavía, datos de noviembre.

Los datos publicados recientemente por Red Eléctrica de España y el hito histórico de los ‘ceros’ de carbón en la Península hacen pensar que ni los esfuerzos de la transición energética caen en saco roto ni los objetivos europeos de descarbonización son una utopía.


El CO2 pierde fuelle en la generación eléctrica

En 2019 la generación de energía eléctrica libre de emisiones de CO2 en España representó el 60% de la generación total, lo que supone un aumento en la participación de estas tecnologías del 0,5% respecto al año anterior, cuando este porcentaje fue del 59,7%. Este aumento es consecuencia del avance en la incorporación de tecnologías renovables al parque de generación de energía eléctrica. Este aumento es consecuencia del avance en la incorporación de tecnologías renovables al parque de generación de energía eléctrica.

También ha influido la menor participación de la energía de origen hidroeléctrico, cuya producción ha descendido este año debido a que 2019 ha sido más seco que el año anterior. En España, el volumen medio de la producción hidráulica se sitúa en valores cercanos al 12%. En el año 2019 el peso de esta tecnología ha sido del 10% como consecuencia de que ha sido un año hidráulico seco, pero el año 2018, que fue muy húmedo, el de la generación hidráulica fue cercano al 14%.

La salud del planeta exige una nueva receta alimentaria

Dieta y salud. Durante décadas este binomio ganador marcó la agenda de los Gobiernos occidentales y sus programas de educación nutricional. Se trataba, fundamentalmente, de frenar el avance de las pandemias modernas, la obesidad y el cáncer, y de fomentar los hábitos de alimentación y vida saludables. Por eso, los nutricionistas alertaban sobre el consumo excesivo de carbohidratos, lípidos y alimentos y bebidas procesadas, y promovían como contrapunto la ingesta de verduras y frutas.

Sin embargo, hace apenas diez años todo esto cambió. La dieta saludable dejó de cocinarse con los nutrientes tradicionales y la pirámide alimentaria comenzó a cimentarse sobre los indicadores que alertan del cambio climático, las emisiones GEI y el CO2, entre otros.

Lo que estaba en juego ya no era la salud de los individuos, o no sólo eso, lo que estaba en entredicho era la salud del planeta. “La salud de la civilización humana y el estado de los sistemas naturales de los que depende”, tal y como dejaron escrito a principios de 2019 los 37 expertos de 16 países que redactaron, como integrantes de la Comisión EAT-Lancet, el informe “Alimentos, Planeta y Salud”, el primer intento de establecer objetivos científicos universales para el sistema alimentario desde disciplinas tan diversas como la salud humana, las ciencia políticas, la agricultura y la sostenibilidad ambiental.

España es el país con más superficie dedicada a agricultura ecológica de la Unión Europea y cuarto a nivel mundial

La dieta planetaria, como ya se conoce entre los expertos en sostenibilidad la producción sostenible de alimentos y su correlato dietético, también ha sido objeto de debate y reflexión en la COP25, que estos días se celebra en Madrid. Allí se habló de fomentar el consumo de los productos locales y de temporada, de la importancia de duplicar el consumo mundial de frutas, vegetales, semillas y legumbres, de reducir en más  de un 50% el consumo de carnes rojas y azúcares y de la necesidad de atajar de una vez por todas el gravísimo problema de los desperdicios alimentarios.

La jornada ‘Cambio climático y biodiversidad. Hacia una revolución del sistema alimentario’, organizada este jueves por el Ministerio para la Transición Ecológica y la revista Ethic, puso de relieve, entre otras muchas cosas, que la salud del planeta exige una nueva receta alimentaria. El éxito de los ODS y el Acuerdo de París dependen de la adopción global de una dieta sostenible.

El campo y la gastronomía, aliados de la sostenibilidad

La jornada contó, entre otros, con la presencia de Teresa Ribera, ministra en funciones para la Transición Ecológica, quien destacó la importancia del sector agroalimentario para combatir los efectos del cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

 La agricultura ecológica, la ganadería sostenible y la gastronomía son tres aliados clave para frenar la pérdida de biodiversidad y fijar población en el entorno rural. La agricultura constituye un sector estratégico para nuestro país, que aporta un gran valor económico, social, territorial y medioambiental.

España es el país con más superficie dedicada a agricultura ecológica de la Unión Europea y cuarto a nivel mundial. La superficie de agricultura ecológica en España se situó en 2.246.474,5 hectáreas en 2018, lo que supone un incremento de un 8% sobre el año anterior. En los últimos 10 años la extensión dedicada a la producción biológica no ha parado de crecer, con casi un millón de hectáreas de incremento en el periodo 2008-2018.

Las prácticas de enriquecimiento de los suelos benefician a la fauna y la flora del suelo, mejoran la formación de éste y su estructura, propiciando sistemas más estables y reduciendo la erosión. Según la FAO, la biodiversidad hace que los sistemas de producción y los medios de vida sean más resilientes a las perturbaciones y los factores adversos, incluidos los efectos del cambio climático.

Según el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero de todos los sectores, incluido el de la tierra y el alimentario, es el único modo de mantener el calentamiento global muy por debajo de 2 °C.

El desperdicio alimentario y su huella de carbono

También la apuesta por la ganadería sostenible contribuye a la seguridad alimentaria, a la mitigación de la pobreza y a la lucha contra el calentamiento global. La ganadería sostenible es capaz de mantener un nivel de producción que no perjudique el medio ambiente o al ecosistema reduciendo así el impacto ambiental y el uso de recursos. Es una de las claves para combatir el cambio climático al ser un buen aliado para frenar la pérdida de biodiversidad y fijar a la población, al abrir una nueva ventana de oportunidades laborales en el mundo rural.

La producción mundial de ganado contribuye al 18% de las emisiones de gases con efecto invernadero. La carne de vacuno y el queso son los productos que mayor impacto causan sobre el clima debido a la enorme cantidad de pienso que es consumido por las vacas y a la producción de metano en sus sistemas digestivos. Reducir o eliminar la cantidad de carne que consumimos ayudaría en gran medida a reducir las emisiones de gases con efecto invernadero.

El desperdicio alimentario tiene también una considerable huella de carbono debido a las emisiones asociadas con la producción alimentaria y su descomposición en vertederos, generando cantidades considerables de metano y dióxido de carbono. Se estima que aproximadamente 100 millones de toneladas de alimentos se desperdician anualmente en la UE (unas 227 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalentes31) a través de todas las etapas de la cadena de producción de alimentos hasta su post-consumo. La producción de los alimentos desperdiciados en todo el mundo equivale al 24% del total de recursos de agua fresca, 23% de la tierra de cultivo y 23% del uso de fertilizantes.

Salvar la tierra, salvar el clima

Estrategia 1. Compromiso mundial para hacer accesibles y asequibles los alimentos saludables

Estrategia 2. Cambiar las prioridades agrícolas y producir menos alimentos y más saludables

Estrategia 3. Intensificar la producción de alimentos de alta calidad

Estrategia 4. Gestión firme y coordinada de la tierra y los océanos

Estrategia 5. Reducir a la mitad la pérdida y desperdicio de alimentos

Cómo diseñar una ciudad (energéticamente) inteligente

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«La humanidad se enfrenta al colosal reto de acoger a más de dos mil millones de personas extra en las ciudades en 2050, lo que equivale a crear metrópolis del tamaño de Londres o San Francisco cada mes durante las próximas dos décadas». El Foro Económico Mundial reconoce así la titánica labor a la que tendrán que enfrentarse las grandes urbes en los próximos años para, según se especifica, «dar alojamiento, alimento y trabajo a toda esa gente, las ciudades tendrán que hacer más con menos, tendrán que ser más inteligentes, más verdes y más eficientes». Según Naciones Unidas, en poco más de treinta años la población de las ciudades equivaldrá a la población mundial que había en 2002. Ante este escenario, la innovación se plantea como única vía posible para dar cabida a los nuevos habitantes y a las nuevas estructuras sociales.

En la actualidad, las grandes ciudades están pensadas y diseñadas para los coches. Basta fijarse en los grandes ejes principales de las ciudades, que suelen ser vías con poco espacio para el peatón. Así se idearon las primeras urbes modernas, pero nuestra forma de vida y de entender el entorno ha cambiado radicalmente desde entonces. Ahora, las administraciones buscan adaptarse a las nuevas realidades reestructurando las metrópolis para hacerlas más humanas, más sostenibles e inteligentes. Por ello, la Comisión Global sobre el Futuro de las Ciudades y el Urbanismo del Foro de Davos ha recogido diez iniciativas ya en marcha que están demostrando que las ciudades pueden mejorar la vida de sus residentes a la vez que impulsan de manera sostenible el desarrollo económico.

Del estudio de todos los proyectos, la comisión global extrae cuatro principios fundamentales que se erigen como estrategia sobre la que se deberían cementar todas las soluciones innovadoras para combatir problemas urbanos tan complejos como los altos índices de precariedad, la infravivienda o la gentrificación. En primer lugar, las metrópolis sostenibles del futuro deben fundamentarse en el despliegue de todos los recursos infrautilizados –la economía circular entra aquí en juego: reutilizar, reciclar y suprarreciclar; dándole nuevos usos a los edificios vacíos, por ejemplo–. Pero también en la reducción de los picos de consumo de energía con tecnología que permita gestionar mejor ese 20% de la capacidad energética que permanece inactiva durante la mayor parte del día. Además, el rediseño de las pequeñas infraestructuras cobra en las ciudades del futuro más relevancia que nunca: añadir más (y mejor pensados) carriles bici, fomentar iniciativas de movilidad (ya sean bicicletas, patinetes, coches o motos) compartida o proyectos de siembra de árboles y vegetación adecuada que ayuden a combatir los problemas de contaminación. Todo sin olvidar la importancia de la innovación tecnológica, de servicios y de gobernanza centrada en las personas que no debe entenderse como un fin en sí mismo, sino como un medio para dar forma a la urbe y mejorar las vidas de la ciudadanía en su conjunto, sin hacer distinciones por edades o capacidades.

Asimismo, una ciudad (energéticamente) inteligente ha de gestionar no solo la energía, sino también el agua, los residuos y el resto de los recursos, de manera sostenible. En este aspecto, la gestión eficiente del agua es uno de los grandes desafíos que se derivan del cambio climático y de la sobrepoblación de las urbes. Así, sistemas como el waternet o el internet de tuberías se presenta casi como una obligación para cualquier ciudad inteligente. Estos modelos de gestión de agua inteligentes usan sensores en las cañerías que monitorizan el flujo y gestionan el ciclo del agua completo, proporcionando agua sostenible para cubrir tanto las necesidades humanas como las ecológicas. Su éxito es tal que la localidad de Queensland, en Australia, ha conseguido reducir sus pérdidas de agua en mil millones de litros en tan solo un año, es decir, se ahorró 1,9 millones de dólares gracias a un sistema inteligente de gestión.

En esta línea, existen ya proyectos de cogeneración (co-generating), cocalefacción (co-heating), corefrigeración (co-cooling) e instalaciones de captura de CO2 compartido que mejoran la eficiencia de los edificios al aprovechar el calor que se desperdicia al generar energía para calentar o enfriar los hogares. Con todo, cada nueva iniciativa que convierte los núcleos urbanos en lugares más amables y sostenibles hace que las ciudades inteligentes ya no formen parte de un futuro distópico, sino de una realidad cada vez más consolidad.

Diez apuntes sobre la transición energética

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La transición energética es imparable. A finales de 2018, 169 países se habían comprometido ya a cumplir diferentes objetivos energéticos a nivel nacional o regional para pasarse a las renovables. Siguiendo su estela, cada vez son más las instituciones y empresas privadas que apuestan por las energías verdes. A continuación, repasamos 10 claves para entender la importancia de una transición que, si es socialmente justa y no deja a nadie por el camino, podría (y debería) cambiar el futuro del planeta.

1. Abrazar las renovables supondría una reducción del 70% de emisiones de CO2

Según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), una rápida adopción de las renovables en todo el mundo podría hacer que los niveles de emisiones de dióxido de carbono cayeran hasta un 70% respecto a los niveles actuales. La agencia asegura que, dentro de treinta años, en un planeta con diez mil millones de habitantes y megaciudades hiperpobladas, “con una combinación de energía renovable competitiva en costos, eficiencia energética y sistemas digitales, las emisiones de CO2 podrían ser mucho menores que en la actualidad”. Aun así, para cumplir con el Acuerdo de París habría que adoptar las renovables a un ritmo seis veces más rápido que el actual.

2. Cada año se crean millones de puestos de trabajo relacionados con las renovables

Según IRENA, el pasado año se crearon en todo el mundo once millones de empleos directamente relacionados con las energías verdes. Además, en un estudio elaborado por la agencia se asegura que la transición energética proporcionará una mejora del 2,5% del PIB y un aumento del 0,2% en el empleo mundial en comparación con permanecer en el sistema actual.

3. Cerca de 840 millones de personas carecen aún de acceso a la electricidad

Uno de los principios básicos de la transición energética es la electrificación del planeta. Una condición que, según Naciones Unidas, debe ir de la mano de un acceso universal a las energías limpias y rentables. El Informe sobre el progreso del ODS 7 de 2019, realizado por la Agencia Internacional de la Energía (IEA), IRENA, la ONU, el Banco Mundial y la Organización Mundial de la Salud (OMS), considera imprescindible lograr que las poblaciones más empobrecidas del planeta sean capaces de mejorar el despliegue y acceso de sus fuentes de energía de manera sostenible. Parece que vamos por el buen camino, aunque aún queda mucho por hacer: en 2010, 1.200 millones de personas carecían de electricidad en sus hogares; en 2017 –último año analizado– la cifra se reduce a 840 millones. Ahora, uno de los mayores retos es el de conseguir la electrificación de las zonas rurales, especialmente en los países más empobrecidos.

4. Casi 3.000 millones de personas no tienen acceso a fuentes alternativas

Muy relacionado con el punto anterior: el acceso universal a la electricidad – procedente de fuentes renovables– evitaría que millones de personas se expusiesen a los gases nocivos que producen la madera y el carbón a la hora de quemarse en la cocina –sobre todo cuando esta se sitúa en un espacio cerrado y con poca ventilación–. Además, en el mundo hay 2.900 millones de personas que no tienen acceso a energías limpias (y seguras) para cocinar.

5. En las ciudades son los mayores focos de contaminación

Según el informe Escenario, políticas y directrices para la transición energética elaborado por la Fundación Renovables, en las ciudades, donde se concentra el 55% de la población, se consume el 75% de toda la energía producida y se generan el 80% de la contaminación mundial. Por ello, Naciones Unidas señala a las grandes ciudades como punto de partida: si las áreas metropolitanas del planeta no se suben al carro de las energías verdes difícilmente se podrá hacer frente a la crisis climática a la que nos enfrentamos.

6. Cada dólar invertido en la transición tendrá un retorno de entre 3 y 7 dólares

IRENA, en su estudio La transformación de la energía global: la hoja de ruta hacia 2050, estima que por cada dólar que se invierta en la puesta en marcha de la transición energética habrá un retorno, a medio-largo plazo, de entre 3 y 7 dólares. Esto se transformaría en un beneficio acumulado de entre 65 y 160 billones de dólares en todo el mundo.

7. En 2018 se invirtieron 272.900 millones de euros en nuevas instalaciones renovables

Sin tener en cuenta los grandes proyectos hidroeléctricos, un informe de Bloomberg NEF y del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) asegura que la cifra, a pesar de ser ligeramente menor que en el año anterior, es positiva. Además, explica que las inversiones en mejoras, investigación y desarrollo de energía limpias aumentó un 12% respecto a 2017, alcanzando los 7.600 millones de dólares. Se prevé que las inversiones sigan creciendo en los próximos años.

8. Suecia, Suiza, Noruega, Finlandia y Dinamarca, los países mejor preparados para la descarbonización

Al menos, así lo asegura el Informe del Foro Económico Mundial para la promoción de una transición energética efectiva. Les siguen de cerca Austria, Reino Unido, Francia, los Países Bajos e Islandia. El reto que se nos presenta por delante, como sociedad global, es conseguir que países como Haití (el último de la lista de los países más preparados para la transición), Sudáfrica, Zimbabue o Venezuela sean capaces de transitar hacia modelos energéticos mucho más sostenibles y descarbonizados.

9. La tecnología, una aliada esencial de la eficiencia energética

La tecnología es una de las palancas de cambio esenciales para frenar el cambio climático. Basta fijarse en cómo las nuevas tendencias tecnológicas, como el Internet de las Cosas o la tecnología blockchain, están transformando la forma de analizar la información y de optimizar la eficiencia energética. De hecho, según establece el Marco de Clima y Energía para 2030 de la Unión Europea, se espera conseguir una mejora de la eficiencia energética de al menos el 32,5% de cara a la próxima década. Para lograrlo se contempla una inversión de 10 mil millones de euros destinada al desarrollo de nuevas tecnologías que permitan generar o almacenar energía renovable y reducir el consumo de electricidad.

10. La movilidad eléctrica: el epicentro de las ciudades del siglo XXI

Cada vez más ciudadanos utilizan las nuevas modalidades de transporte que han aparecido en los últimos años: bicicletas, patinetes, y coches y motos compartidas han conquistado las calles de las grandes urbes. En la trasformación de las ciudades, donde se aglutina cerca del 55% de la población mundial, hay un claro protagonista: los vehículos eléctricos. Según datos del Observatorio Europeo de Combustibles Alternativos (EAFO), en lo que llevamos de 2019 se han matriculado 5.604 turismos eléctricos e híbridos enchufables. El dato refleja el auge de este tipo de vehículos, pero también que el crecimiento de este tipo de transporte demasiado lento debido a la (todavía) limitada capacidad de las baterías. Nuevas líneas de investigación aseguran que, en el futuro, los coches eléctricos no solo gozarán con suficiente autonomía, sino que permitirán generar, almacenar y compartir energía.

Con todo, los esfuerzos de los países europeos, que se han fijado el objetivo de reducir las emisiones de C02 de los coches en un 37% para 2030, están siendo titánicos. En nuestro país se calcula que para afianzar los vehículos eléctricos se deberían instalar 80.000 puntos de recarga de aquí a 2025. Una ambiciosa meta que garantizaría que los ciudadanos puedan desplazarse de una ciudad a otra de manera sostenible y sin que eso implicase renunciar a largos trayectos.

Megalópolis: el futuro del urbanismo

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Si te dijeran que las ciudades acogen a más de la mitad de la población mundial, ¿qué porcentaje de la superficie terrestre pensarías que ocupan? La respuesta es cuando menos impactante: solo representan el 2%. Sin embargo, su relativamente pequeña dimensión no impide que consuman más de dos tercios de la energía mundial ni que sean responsables de más del 70% de las emisiones de dióxido de carbono. Si le damos la vuelta a estos datos, los núcleos urbanos presentan un gran potencial para liderar el cambio hacia una economía sostenible y desarrollar soluciones de producción y consumo de energías limpias y eficientes que permitan recuperar la salud del planeta. Aunque todavía queda camino por recorrer, ya se están empezando a registrar cambios importantes en algunos puntos del globo.

Las ciudades son responsables de más del 70% de las emisiones de CO2

En la actualidad, más de 100 ciudades obtienen hasta un 70% de su electricidad de fuentes renovables como la hidráulica, la geotérmica, la solar o la eólica, según datos de Carbon Disclorure Project (CDP), una organización que evalúa las políticas medioambientales de las grandes urbes. El ranking se elabora a partir de datos obtenidos tanto del sector público como del privado y es el resultado de un análisis de cómo las ciudades gestionan las emisiones de gases de efecto invernadero y de cómo adaptan sus políticas a riesgos relacionados con el clima o la seguridad del agua. Reikiavik es quizás uno de los casos más evidentes de ciudad líder en fuentes renovables: el 100% de la energía que consume es geotérmica —una fuente limpia e inagotable— o hidráulica. Y esto no sucede solo en la capital islandesa, sino en todo el país. Por un lado, la tierra del fuego y el hielo es una zona de gran actividad volcánica, que genera una cantidad de energía suficiente para administrar el total de los sistemas geotérmicos del país. Por otro lado, los glaciares cubren el 11% del territorio y, cuando se deshielan, proporcionan los recursos necesarios para transformarse en energía hidráulica. Por si fuera poco, en los últimos años, Islandia ha maximizado sus líneas de actuación energética para convertirse en un país de carbón neutro antes de 2040. Lejos de allí, también Dubái se ha marcado una meta ambiciosa: que en 2050 el 75% de su energía provenga de fuentes renovables. Para ello, ha hecho una fuerte inversión en el proyecto de construcción de una ciudad sostenible, situada a unos 30 kilómetros de distancia del actual centro urbano. El objetivo a alcanzar en este nuevo núcleo es que la totalidad de la energía sea limpia. Así, las casas se han construido con materiales ecológicos y están recubiertas con una pintura reflectante que ayuda a rebajar las altas temperaturas. Además, todos los edificios disponen de paneles solares (algo verdaderamente práctico, teniendo en cuenta la cantidad de horas de luz del emirato), electrodomésticos eficientes, sistemas inteligentes de aire acondicionado y tecnología puntera diseñada para reducir el consumo de energía y agua.

Reikiavik, Dubái y Vancouver son algunas de las que ya han apostado por un modelo 100% renovable

En la misma línea, la ciudad más verde de Canadá, Vancouver, es otro ejemplo urbano que se abastece casi en su totalidad de energía limpia procedente de presas hidroeléctricas. Desde 2007, sus emisiones de CO2 se han reducido un 33%, lo que llevó a que ya en 2015 se marcase un objetivo todavía más exigente: convertirse en una ciudad 100% renovable y reducir las emisiones de dióxido de carbono un 80% antes de 2050. Para ello, su estrategia pone el foco en los dos principales responsables de la presencia de gases de efecto invernadero, el transporte y los edificios, que solo en 2014 fueron responsables del 90% del total de las emisiones. Una de las grandes propuestas del Gobierno estatal para llegar a la meta fijada es la de desarrollar edificios inteligentes y vehículos impulsados por energía eléctrica y biogás. Con todo, estos casos concretos de ciudades implicadas en la transición hacia un sistema energético global más limpio son todavía insuficientes para alcanzar el imperativo de mantener la temperatura global de la Tierra a 1,5ºC acordado por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático solo dos años después de la firma del Acuerdo de París: se necesitan más urbes implicadas, ya que nunca antes los esfuerzos de ese 2% del territorio que representan las ciudades fueron tan necesarios para garantizar la supervivencia del planeta.

Feria Presura: cómo repoblar la España Vacía con innovación social

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«¡Las figuras del campo sobre el cielo!

Dos lentos bueyes

aran en un alcor, cuando el otoño empieza,

y entre las negras testas doblegadas bajo el pesado yugo,

pende un cesto de juncos y retama,

que es la cuna de un niño; 

y tras la yunta marcha

un hombre que se inclina hacia la tierra,

y una mujer que en las abiertas zanjas arroja la semilla».

Antonio Machado describía así una tarde de otoño en los campos de Soria. Con sus versos, el poeta sitúa a un buey, a un niño, a un hombre y a una mujer como protagonistas de una escena que a inicios del siglo XX representaba el día a día de la población de Castilla. Ahora, las tierras que inspiraron al poeta cuentan cada vez con menos figuras del campo: Soria es la provincia con la densidad de población más baja de España y, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), pierde cerca de diez habitantes a la semana.

Lejos de ser un caso aislado, la despoblación rural es un fenómeno cada vez más evidente en zonas de Castilla y León, Castilla La-Mancha Extremadura, Galicia o Aragón. Una vasta superficie (cerca del 80%) en el que vive mucho menos de la mitad de los habitantes. O, dándole la vuelta al porcentaje, cerca del 85% de la población vive concentrada en apenas el 20% del territorio que ocupan las ciudades. Estos datos reflejan una España vaciada o vacía -según la expresión acuñada por el periodista Sergio del Molino- que se desangra a ritmos cada vez mayores.

Para ayudar a redefinir el futuro de las zonas rurales, el Grupo Red Eléctrica se ha comprometido a luchar contra la despoblación del medio rural español a través de acciones que promueven iniciativas emprendedoras para el desarrollo social y económico del entorno rural.

Este es también el foco de Presura, la Feria Nacional para la Repoblación de la España Rural, que celebrará su tercera edición en Soria los días 8, 9 y 10 de noviembre. Presura es una iniciativa que organiza El Hueco – un ecosistema de fomento de la innovación social – y que cuenta con el apoyo de Red Eléctrica.

El reto es atraer a personas con espíritu emprendedor

Estas jornadas se presentan como un punto de encuentro de académicos, expertos en demografía e innovación y emprendedores que explorarán los principales retos a los que se enfrentan las zonas del país con menos habitantes. El reto es atraer a personas con espíritu emprendedor que quieran poner en marcha una idea, un negocio o un proyecto de vida en los territorios rurales. De hecho, el término que da nombre a la feria es ya toda una declaración de intenciones.

En la España medieval existía un sistema conocido como ‘derecho de presura’, una fórmula jurídica destinada a atraer a gente hacia las zonas despobladas. Salvando las distancias, la misma idea planea sobre esta feria Presura que busca facilitar la llegada de nuevos pobladores a esos lugares que han ido perdiendo esas “figuras del campo” por las que suspiraba Machado.

La necesaria apuesta por el desarrollo rural

Esta feria pone fin a la gira Presura que ha recorrido a bordo de un autobús este verano 26 municipios de la geografía española. La gira ha puesto de manifiesto las dificultades que entraña vivir en áreas rurales y también ha dado visibilidad a los proyectos innovadores que ya se están desarrollando.

Pero Presura no es la única iniciativa apoyada por el Grupo Red Eléctrica focalizada a echarle un pulso al éxodo rural: desde 2018, la compañía apuesta claramente por implementar proyectos innovadores y de futuro en los territorios rurales, con el fin de que las zonas rurales se conviertan en lugares atractivos donde vivir, sin que la distancia con los núcleos urbanos sean una barrera para el desarrollo económico y social.

Desde hace algunas semanas, el pueblo palentino de Paredes de Nava cuenta con un centro de coworking en donde se presta asesoramiento a aquellos emprendedores que deseen poner en marcha ideas innovadoras en este municipio de poco menos de 2.000 habitantes. Se llama Open Space y su objetivo principal, según define en su página web, es “pararse a pensar” y consiste en la creación de un ecosistema comercial donde la innovación deje de ser una idea para convertirse en un proyecto emprendedor a partir de la creación de sinergias entre los diferentes componentes de la comunidad.

Desarrollado también por El Hueco y abrazado por el Grupo Red Eléctrica, la idea, de ser un éxito, podría replicarse en otros puntos de la geografía española como medio para hacer del medio rural un lugar con las mismas oportunidades de crecimiento que ofrece una ciudad con, tal y como ellos matizan, “orgullo rural”.