Etiqueta: contaminación

Sintomatología de un planeta enfermo

La degradación ambiental suele medirse en grados de temperatura, toneladas de emisiones o especies perdidas. Pero detrás de esas cifras también hay algo mucho más cercano: más problemas respiratorios, nuevas enfermedades, golpes de calor o impactos sobre la salud mental.


Un cuerpo enfermo rara vez se deteriora de un día para otro. Primero aparecen señales: fiebre, fatiga, inflamación o dificultades para respirar. El planeta funciona de una manera parecida. Antes de un colapso hay síntomas: olas de calor cada vez más frecuentes, aire contaminado, pérdida de biodiversidad o alteraciones en los ciclos del agua. Y, aunque solemos percibirlos como problemas ambientales, cada vez existe más evidencia científica de que también son problemas de salud.

La Organización Mundial de la Salud estima que los efectos combinados de la contaminación del aire exterior y doméstico están asociados a cerca de 6,7 millones de muertes prematuras al año en todo el mundo. Además, calcula que cumplir los objetivos del Acuerdo de París únicamente por los beneficios derivados de una mejor calidad del aire podría salvar cerca de un millón de vidas anuales de aquí a 2050.

Lo llamativo es que el daño no se limita a los pulmones. La contaminación atmosférica está relacionada con enfermedades respiratorias, pero también con accidentes cerebrovasculares, patologías cardiovasculares y determinados cánceres. Respirar, algo que hacemos de manera automática unas 20.000 veces al día, se convierte así en una exposición continua a la salud de nuestro entorno.

El aumento de la temperatura global constituye otro síntoma evidente. El calor extremo ya no representa solo una incomodidad estacional. Diversos estudios muestran que incrementa el riesgo cardiovascular, afecta al funcionamiento renal, altera el sueño y aumenta la mortalidad. Los informes de The Lancet Countdown que analizan la relación entre salud y cambio climático alertan de un crecimiento sostenido de las muertes asociadas al calor en las últimas décadas.

Pero la fiebre del planeta también modifica otros sistemas menos visibles. Cuando cambian las temperaturas y los patrones climáticos, también lo hacen los comportamientos de insectos, microorganismos y especies animales. Algunas enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue o el virus del Nilo Occidental, están expandiéndose mientras, al mismo tiempo, temporadas de polen más largas e intensas provocan problemas como alergias o asma.

Sin embargo, quizá el síntoma más profundo no sea ninguno de estos por separado, sino su conexión. La salud humana depende de ecosistemas capaces de sostener aire limpio, agua potable, alimentos y estabilidad climática. Cuando estos sistemas pierden equilibrio, nosotros también lo hacemos.

Durante años se habló de proteger la naturaleza como una cuestión ambiental. Hoy la ciencia empieza a describirlo de otra manera: también es una forma de medicina preventiva.

Basuras sin fronteras: el auge del tráfico ilegal de residuos

Este negocio clandestino se basa en trasladar desechos desde países ricos a regiones más vulnerables, gracias a rutas ocultas que ponen en jaque la protección del medioambiente y la salud a nivel mundial.


«Operación Custos Viridis» es el nombre de la mayor actuación internacional realizada hasta la fecha contra el tráfico ilegal de residuos, un negocio global que mueve desechos a menudo peligrosos a través de sofisticadas rutas intercontinentales, para reducir costes, eludir controles ambientales y maximizar beneficios. 

La Guardia Civil, con la coordinación de Europol, lideró una operación de tres años de investigación y culminada en 2025 que logró desarticular redes criminales dedicadas al tráfico de residuos en los cinco continentes. El balance, hecho público el mes pasado, deja cifras contundentes: 127.000 toneladas de desechos incautados valorados en 31 millones de euros y 337 detenciones, 41 de ellas en España. 

En una operación internacional se han incautado 127.000 toneladas de residuos ilegales, con un valor estimado de 31 millones de euros

Las investigaciones confirman que el tráfico ilegal de residuos opera a escala global gracias a circuitos paralelos. Según las autoridades, estas redes delictivas no solo se encargan de gestionar de manera irregular residuos urbanos e industriales, sino que además utilizan de forma sistemática la falsificación de documentos y prácticas fraudulentas para trasladar materiales peligrosos, lo que provoca un impacto ambiental significativo y supone un riesgo para la salud pública.

Entre los fenómenos detectados, destacan el aumento del comercio ilícito de gases refrigerantes procedentes de Asia y la exportación ilegal desde la Unión Europea de vehículos al final de su vida útil, textiles y residuos electrónicos hacia África, Asia e Iberoamérica. A nivel mundial, se incautaron 602 toneladas de agentes contaminantes, incluyendo mercurio, productos fitosanitarios y gases de efecto invernadero. 

Solo en España se intervinieron 250 vehículos importados de manera ilícita y más de 3.000 certificados falsos de descontaminación, además de más de 5 toneladas de gases refrigerantes y 77 de residuos ilegales. Según los informes policiales, el país desempeña «un rol estratégico complejo en este entramado, actuando simultáneamente como origen, tránsito y destino de residuos». Los puertos de Algeciras, Barcelona, Valencia y Santander son puntos críticos de entrada y salida de estas mercancías.

Las redes criminales no solo gestionan desechos, también falsifican documentos para mover materiales peligrosos

El pasado febrero, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) publicó el informe Delitos y trata de residuos. En él se denuncia que estamos ante algo «increíblemente difícil de detectar, investigar y procesar» y que tiene graves consecuencias para el medioambiente, como la contaminación del agua, el suelo y los océanos, y la salud pública. 

Un paso decisivo para combatir este problema global pasaría por la creación de un marco sancionador común. Aunque instrumentos como el Convenio de Basilea (suscrito por más de 170 países) establecen principios compartidos, las diferencias entre legislaciones nacionales en cuanto a sanciones, controles y capacidad de aplicación siguen generando vacíos que aprovechan las redes ilegales. La implantación de un sistema homogéneo de infracciones y penas no solo contribuiría a cerrar estas brechas, sino que también evitaría el desplazamiento de residuos hacia países con leyes más laxas.

En un contexto de creciente presión ambiental y normativa, mientras muchos ciudadanos suman su colaboración para mejorar la gestión de los residuos, el tráfico ilegal de estos supone uno de los grandes retos más inmediatos. Es necesaria una respuesta coordinada, sanciones más homogéneas y una vigilancia real sobre las cadenas globales de producción y desecho para que, en la práctica, no resulte más barato traficar con residuos que cumplir la ley. 

Erin Brockovich, la 'miss' que quiso proteger el agua

Una mujer sin formación ni experiencia previa en derecho lideró una de las mayores batallas medioambientales de Estados Unidos. La historia de Erin Brockovich se convirtió en símbolo de justicia ambiental y empoderamiento femenino.


Cuando Erin Brockovich, madre soltera, divorciada y participante habitual de concursos de belleza, comenzó a trabajar como asistente legal en un pequeño despacho de abogados de California, lo hizo sin saber que estaba a punto de destapar uno de los mayores escándalos ambientales del país. En 1993, revisando unos archivos de la empresa Pacific Gas and Electric Company (PG&E), descubrió numerosas facturas médicas asociadas a casos de personas enfermas que vivían en Hinkley, una pequeña localidad en el desierto de Mojave, en California.

Todos los casos tenían algo en común: los residentes sufrían enfermedades graves como cáncer de pulmón, problemas gástricos, trastornos reproductivos y fallos hepáticos. La empresa, encargada de una planta compresora de gas, había estado utilizando cromo hexavalente como inhibidor de corrosión en sus sistemas de refrigeración. Esta sustancia, altamente tóxica y cancerígena, se había filtrado al agua subterránea durante más de 30 años. Brockovich  se dedicó a estudiar los documentos, analizar las pruebas médicas y a entrevistar a las personas afectadas, descubriendo que la compañía sabía de la contaminación desde hacía años, pero había ocultado esta información tanto a las autoridades como a la comunidad. Lo que parecía un caso aislado se transformó rápidamente en una denuncia a gran escala contra la negligencia de PG&E que llegó a los tribunales.

Una indemnización histórica

Gracias a la perseverancia de Brockovich y del abogado Ed Masry, en 1996, tras un largo proceso judicial, PG&E accedió a un acuerdo extrajudicial en el que debía pagar 333 millones de dólares a las 634 personas afectadas por la contaminación del agua. Este acuerdo se convirtió en uno de los mayores pagos en concepto de daños por contaminación ambiental en la historia de Estados Unidos y supuso una media de más de medio millón de dólares por demandante, aunque las cantidades variaron según el grado de afectación. La indemnización cubría no solo los gastos médicos y pérdidas económicas de los afectados, sino también daños morales y psicológicos. Sin embargo, más allá de la compensación económica, el caso sentó un precedente en la lucha contra la contaminación industrial y en la defensa de las comunidades vulnerables ante grandes corporaciones.

PG&E accedió a un acuerdo extrajudicial en el que debía pagar 333 millones de dólares a las 634 personas afectadas por la contaminación del agua

El trabajo incansable de Brockovich, quien fue considerada una heroína por los afectados, dio visibilidad a los problemas ambientales que enfrentan muchas comunidades a nivel mundial e impulsó reformas en la vigilancia de contaminantes en el agua, presionó a agencias federales para aumentar la transparencia medioambiental y se convirtió en referente global del activismo ciudadano. La exposición mediática de la historia culminó con la película Erin Brockovich, protagonizada por Julia Roberts, quien ganaría el Óscar a Mejor Actriz, lo que amplificó aún más su mensaje de lucha por los derechos ambientales. 

Un modelo de activismo empoderado

Erin Brockovich ha seguido firme en su lucha como activista medioambiental, involucrándose en numerosos casos de contaminación industrial tanto en Estados Unidos como a nivel internacional. Actualmente, lidera Brockovich Research & Consulting, una firma dedicada a asesorar a comunidades afectadas por la contaminación, que brinda apoyo y orientación legal a quienes enfrentan situaciones de injusticia medioambiental. Además, colabora estrechamente con el bufete de abogados Weitz & Luxenberg en Nueva York y mantiene una alianza con Shine Lawyers en Australia, abordando denuncias sobre abusos medioambientales y la contaminación industrial.

Brockovich anima a las personas a convertirse en «detectives ambientales» de sus propios barrios

En 2020 publicó Superman's Not Coming, un libro donde advierte que no podemos esperar que las instituciones solucionen todos nuestros problemas. Con un enfoque pragmático y directo, Brockovich anima a las personas a convertirse en «detectives ambientales» de sus propios barrios, a pedir informes, entender las etiquetas, hablar con los vecinos y exigir responsabilidades. La historia de Brockovich es también un reflejo de la importancia de las mujeres en la lucha por la justicia y de romper estereotipos desde el primer minuto. En un mundo en el que la credibilidad parecía estar reservada a quienes ostentan diplomas o trajes de chaqueta, ella reivindicó la fuerza del sentido común, la intuición y la indignación bien canalizada. Lo hizo con vaqueros y sin pedir permiso: su historia nos recuerda que los héroes del siglo XXI están más cerca de lo que pensamos.

¿Cuánto contamina una guerra?

El uso de armas o la violencia son algunas de las causas directas de la pérdida de vidas humanas durante los conflictos. Sin embargo, los daños a los ecosistemas y la contaminación también pueden tener un grave impacto en las víctimas.


Según un estudio de Scientists for Global Responsibility y el Observatorio de Conflictos y Medio Ambiente, se calcula que los ejércitos son responsables del 5,5% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.

Los efectos de un conflicto sobre el medio ambiente provocan una serie de problemas de salud, seguridad alimentaria y desplazamientos forzosos –entre otros– para las víctimas, que, dependiendo de su intensidad, pueden incluso seguir cobrándose vidas después de terminado el enfrentamiento. 

Perjudicar al medioambiente es perjudicar a la población civil  

Debido a cuestiones de seguridad y a la propia complejidad de los conflictos, es difícil estimar la contaminación causada por un enfrentamiento bélico. La guerra de Ucrania está siendo uno de los primeros conflictos en los que los efectos contaminantes están siendo registrados casi en tiempo real. 

Las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por la guerra, la reconstrucción de edificios, los incendios de paisajes, los daños a la infraestructura energética, los refugiados y el desplazamiento aumentaron un 30% desde que comenzó la invasión, según un informe de Ecoaction. Un total que equivale a las emisiones anuales de Austria, Hungría, República Checa y Eslovaquia juntas o las emisiones anuales de 120 millones de automóviles de combustible fósil.  

Los ejércitos son responsables del 5,5% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero

La guerra de Ucrania también revela cómo el ataque a infraestructuras esenciales tiene consecuencias devastadoras para el medio ambiente y perjudica a quienes dependen de estos servicios para sobrevivir.  Un estudio de la revista Science investigó el impacto de la destrucción de la presa en Ucrania y advierte que se liberaron contaminantes –entre los que se encontraron 83.300 toneladas de metales pesados como plomo, cadmio y níquel y otros elementos como el nítrogeno y el fósforo– que se habían acumulado en los sedimentos del embalse, creando una fuente de contaminantes a largo plazo que podrían propagarse en futuras inundaciones.

En el Líbano, el medioambiente también ha sufrido daños por valor de casi 200 millones de euros debido a la degradación de los recursos naturales y el impacto sobre la infraestructuras de gestión de los residuos sólidos a raíz del conflicto actual entre Israel y Hezbolá, según un informe del Banco Mundial.  

La ONU también documenta las consecuencias de la degradación en Gaza: «Se han colapsado los sistemas e instalaciones de alcantarillado, aguas residuales y gestión de residuos sólidos. La destrucción de edificios, carreteras y otras infraestructuras ha generado millones de toneladas de escombros, algunos de los cuales están contaminados con municiones sin detonar, amianto y otras sustancias peligrosas».  

Por otro lado, los propios recursos naturales pueden ser la causa del enfrentamiento. Según el Programa de Medio Ambiente de la ONU, al menos el 40% de todos los conflictos están vinculados con la explotación de madera, oro, petróleo, el agua o la tierra. 

Actualmente, las prácticas insostenibles de minería, tala y caza furtiva siguen perpetuando la violencia y devastando el medio ambiente en países como la República Democrática del Congo, donde la extracción de cobalto y coltán para pilas recargables alimenta el conflicto en el este del país.

La pérdida de vidas humanas no cesa tras el conflicto 

Cuando el enfrentamiento termina, la devastación sigue dejando su huella en la vida diaria de la población civil y de las generaciones futuras.

La contaminación provocada por una guerra sigue siendo responsable de la pérdida de vidas humanas incluso cuando el conflicto ha terminado

Los informes señalan el efecto especialmente perjudicial de las minas terrestres, que siguen matando personas mucho tiempo después de haber sido depositadas. También causan la degradación de la tierra en la que están y limitan el acceso a territorios seguros, lo que lleva a la sobreexplotación de otros. Inundaciones en Bosnia, Ucrania, Libia y Líbano han desenterrado este tipo de explosivos. 

Además, los bombardeos o el uso de armas incendiarias liberan metales pesados como el cadmio, el plomo o el arsénico, que provocan problemas de salud a largo plazo. En Irak, el aumento del cáncer, las malformaciones congénitas y otras afecciones se han asociado a los daños medioambientales y la inhalación de toxinas del polvo levantado por los vehículos militares.

Estos análisis ponen de manifiesto que los efectos de la guerra sobre el medio ambiente causan una pérdida de vidas humanas que no siempre se tiene en cuenta en la contabilización de las víctimas.  

Algo que tienen presente los países, pero sobre lo que no se tiene pensado actuar: el programa de investigación de la Universidad de Notre Dame que supervisa la aplicación de acuerdos de paz integrales en 34 países de todo el mundo señala que prácticamente ninguno contiene disposiciones relativas a la gestión de los recursos naturales o a la adopción de medidas de protección del medioambiente. 

Aunque, al hablar de guerra, el foco debe estar siempre sobre las víctimas humanas, no debemos dejar a un lado el tratamiento de los recursos naturales, en tanto que, si estos se contaminan o sufren daños, las consecuencias las pagará también la población.  

'Smart tourism', tecnología al servicio del turismo sostenible

Con el análisis de datos y la Inteligencia Artificial como pilares, los usuarios pueden consultar información en tiempo real y ser partícipes de la preservación del entorno.


Evitar aglomeraciones se convierte, a veces, en un reto dependiendo del destino turístico elegido. Principalmente en verano, ir a la playa se convierte en sinónimo de madrugar para evitar la multitud. No son pocos los municipios que han prohibido aquella vieja tradición de plantar la sombrilla al amanecer para reservar esa parcela de arena que se ocupaba sobre el mediodía. 

Ahora es posible consultar con antelación, en tiempo real y desde el salón de casa, qué escenario se va a encontrar el turista en el lugar a visitar. Con el foco puesto en la sostenibilidad, iniciativas como la Red de Destinos Turísticos Inteligentes abogan por la digitalización y el uso de tecnologías avanzadas para acompañar en la transformación y modernización del sector.

Dentro de esa meta de turismo y ciudades inteligentes, las smart beaches suponen uno de los elementos clave.  Diferentes ideas centradas en mejorar la preservación y la seguridad de las playas mediante aplicaciones móviles que informan sobre todos los aspectos claves en una jornada playera: ocupación, temperatura y calidad del agua y puestos de vigilancia.

El control del agua permite mantener su limpieza, detectando cualquier punto de contaminación

Precisamente el control del agua permite mantener su limpieza y detectar cualquier punto de contaminación. En las playas que cuentan con aparcamiento, la monitorización de plazas libres disponibles ayuda a reducir las emisiones de carbono y contribuye a un entorno más sostenible. Del mismo modo, una menor cantidad de turistas genera menos residuos y se reduce, además, el gasto de agua en las duchas habilitadas.

Conocer con antelación el estado del agua y la ocupación de la playa

Entre las iniciativas más innovadoras destaca Infomedusa, una aplicación gratuita desarrollada por el Aula del Mar de Málaga que, además de utilizar sensores, recopila datos de los propios usuarios para predecir la presencia de medusas. Detalles como cantidad, variedad y peligrosidad de las especies avistadas ofrecen una información detallada cuya precisión aumenta gracias a la participación colectiva. Características similares presenta Medusapp, una iniciativa en la que colaboraron conjuntamente la Universidad de Alicante y la Universitat Politécnica de Valencia.

Infomedusa, además de utilizar sensores, recopila datos de los propios usuarios para predecir la presencia de medusas

En Las Palmas de Gran Canaria, LPA Beach vigila el estado de las playas de Las Canteras, Las Alcaravaneras y La Laja. Una estación videométrica de 10 metros de altura con tres cámaras, que se alimenta de energía solar y está diseñada para resistir la corrosión del mar, analiza las condiciones del agua en términos de mareas, corrientes, zonas de riesgo, arena disponible y ocupación. La recopilación de datos posibilita, igualmente, el seguimiento de la morfología y la hidrodinámica del litoral, la línea de costa y los sedimentos.

A los puestos de socorrismo, algunas ciudades como Sagunto (Valencia) han añadido el uso de drones para garantizar la seguridad. Los aparatos, que cuentan con altavoz y chalecos salvavidas, permiten un tiempo de respuesta mucho más rápido en caso de rescate y ejercen labores de vigilancia y prevención a lo largo del litoral del municipio. 

Otros países como Australia, Estados Unidos, Italia o Portugal también impulsan el desarrollo de esta tecnología para encontrar el anhelado equilibrio entre turismo de masas y protección medioambiental. 

Cinco obras de arte que conciencian sobre el cambio climático

Ice Watch, 2014 Bankside, outside Tate Modern, London, 2018 Photo: Charlie Forgham-Bailey

El arte contemporáneo invita a la reflexión sobre la acción climática uniendo belleza con reivindicación en obras de distinto tipo.


El arte contemporáneo funciona como forma de expresión, y a veces con un fin medioambiental o social. Desligar la obra de su contexto siempre ha sido tarea difícil, más en algunos artistas que han querido capturar la urgencia del cambio climático en sus obras y a la vez invitar al público a reflexionar sobre una acción conjunta para solucionar el problema. El «climate change art» o «arte del cambio climático» lleva ya varios años aunando arte y reivindicación. Estas son algunas de sus obras más destacadas.

  • Ice watch de Olafur Eliasson

En 2014, el danés Olafur Eliasson trajo a Europa varios bloques de hielo desde Groenlandia para crear una instalación temporal en varias ciudades emblemáticas (Copenhague, París y Londres). Los bloques fueron colocados de modo que simularan un reloj. ¿La reflexión? La cuenta atrás para la desaparición de los glaciares: la instalación se daba por terminada cuando los bloques de hielo se derretían por completo. 

Ice Watch, 2014
Bankside, outside Tate Modern, London, 2018
Photo: Charlie Forgham-Bailey
  • Rising de Marina Abramovic

En Rising (2018), la artista serbia aparece como protagonista de un videojuego de realidad virtual. En él, vemos cómo se ahoga poco a poco a medida que sube el nivel del mar. El espectador puede participar en la performance al elegir si salvar o dejar morir a Abramovic y, por tanto, simbólicamente, al planeta. Recientemente la artista también ha presentado Performance for the Oceans (2024), una acción en colaboración con Fundación Blue Marine en la que lanza su súplica por la supervivencia de la Tierra emulando el cuadro El caminante sobre un mar de nubes de Caspar David Friedrich.

Marina Abramović, still from
Rising. Courtesy of Acute Art
  • Crochet Coral Reef Project

Este proyecto colectivo, dirigido por Christine y Margaret Wertheim, pone la mirada sobre los arrecifes de coral y su destrucción. Más de 20.000 artistas han aportado su técnica para tejer un arrecife de coral de crochet gigante, una obra que, según sus creadoras, tiene mucho que ver con el tiempo: el que lleva tejer cada uno de los corales y el que se le está echando encima al planeta Tierra. 

  • I don’t believe in global warming de Banksy

Varios artistas como Pejac o Banksy han utilizado su arte para concienciar a los viandantes de decenas de ciudades del mundo. El arte urbano es una manera sencilla y visual de reflexionar sobre el trato que le estamos dando a nuestro planeta. Un ejemplo es la metáfora visual «I don’t believe in global warming», «no creo en el calentamiento global», que Banksy escribió en el Regent’s Canal de Londres para mostrar con ironía los efectos más visibles del problema.

Banksy is a climate change denier
21 de diciembre de 2009
Matt Brown
  • Ghost forest de Maya Lin

En 2021, el Madison Square Park de Nueva York se convirtió en el hogar de 49 cedros blancos muy particulares. Y es que los árboles fueron plantados ya muertos como parte de una instalación que pretende mostrar los resultados materiales del cambio climático.

Ghost Forest, 2021. 49 Atlantic white cedars.
Collection the artist, courtesy Pace Gallery. ©2020 Maya Lin.
Photograph by Rashmi Gill/Madison Square Park Conservancy.
The exhibition was organized by Madison Park Conservancy, New York, and is on view from May 10, 2021 to November 14, 2021.
Photo credit: Rashmi Gill

Pellets de plástico: de la industria al océano (y a nuestros alimentos)

microplásticos

Los microplásticos son esenciales para fabricar productos que usamos a diario, pero, por errores en su manipulación y transporte, muchas veces terminan vertidos en el medio ambiente, con efectos nocivos para la biosfera y la salud. Una nueva regulación de la UE intenta reducir su impacto. 


Cada año se producen y manipulan enormes cantidades de granzas o pellets de plástico.  En la Unión Europea, al ser la materia prima de artículos de uso cotidiano como botellas, tapones, envases y bolsas, y productos industriales y médicos, la cifra llega a más de 57 millones de toneladas. Pero, debido a la inadecuada gestión de su producción y transporte, millones se pierden en el proceso. 

Se calcula que se vierten al medio ambiente entre 52.000 y 184.000 toneladas de pellets cada año en la Unión Europea –el equivalente a unos 2.100 a 7.300 camiones repletos. Las granzas, llamadas «lágrimas de sirena», son consideradas unas de las principales fuentes de liberación no intencional de microplásticos.

Cada año, en la Unión Europea se vierte al medio ambiente el equivalente a unos 2.100 a 7.300 camiones repletos de pellets de plástico

Los pellets son granos de entre 2 y 5 milímetros de polietileno, polipropileno y otros plásticos o resinas sintéticas. Se caracterizan por su gran movilidad, adaptabilidad y resistencia, por lo que se desplazan con facilidad en aguas superficiales y corrientes marinas; y, al no ser biodegradables, permanecen en el tiempo. Pueden cargar toxinas y son ingeridos por diversas especies costeras (como crustáceos y tortugas y aves marinas) y causarles daños físicos o incluso la muerte.

Al contaminar la cadena trófica, se bioacumulan en los tejidos de los seres vivos y pueden llegar a nuestros alimentos. Aunque el impacto directo en la salud está siendo investigado, la exposición a microplásticos en estudios de laboratorio se ha relacionado con efectos tóxicos en los organismos vivos. Además, los microplásticos contribuyen al cambio climático, pues emiten gases de efecto invernadero e interfieren en la capacidad de los océanos para absorber y capturar dióxido de carbono. 

Y España no es ajena a esta realidad. En Cataluña, donde se concentra una buena parte de la industria del plástico del país, la granza es un problema cotidiano. Organizaciones han denunciado, con estudios sobre terreno, que desde Tarragona a Barcelona las playas están invadidas de pellets. La península también está en riesgo ante un posible vertido accidental a gran escala como ocurrió el invierno pasado cuando un buque perdió 25 toneladas de pellets camino a Portugal, y las «lágrimas de sirena» llegaron hasta Galicia y Asturias.

Al contaminar la cadena trófica, los microplásticos se bioacumulan en los tejidos de los seres vivos y pueden llegar a nuestros alimentos

No hay que dejar de lado que la fuga de pellets implica, además, una pérdida de materia prima y económica para la industria. A nivel mundial, el sector ha impulsado la iniciativa Operation Clean Sweep (OCS), un programa de certificaciones voluntarias para reducir la fuga, al que la industria española se adhirió en 2016 con el compromiso de la Asociación Española de Industriales de Plástico (ANAIP), y que desde 2021 tiene el respaldo del Ministerio para la Transición Ecológica. 

La Unión Europea ha implementado numerosas iniciativas para reducir la contaminación con plásticos, pero en el último año puso el foco en los pellets. Primero aprobó el reglamento REACH, que limita los microplásticos agregados a productos. Luego, en abril, estableció una nueva reglamentación con requisitos obligatorios de manipulación para toda la cadena –desde la producción, la conversión y el transporte hasta la gestión de residuos–. Se espera que esta entre en vigor a lo largo de 2024.

La contaminación en las playas, un problema todavía latente

Featured Video Play Icon

El 96% de los españoles ha encontrado basura en las playas, según señala un reciente estudio de LIBERA. Un problema de contaminación que cobra mayor importancia en una época estival donde muchas personas pasan sus días de vacaciones cerca del mar. Por eso, conviene recordar que existen muchos pequeños gestos que ayudan a disfrutar del verano sin contaminar el ecosistema. 

Conciertos sostenibles, una gira mundial contra la huella de carbono

conciertos

La famosa cantante estadounidense Taylor Swift se encuentra en medio de una gira mundial que concluirá en diciembre en Vancouver (Canadá) tras 151 conciertos. La artista, que se ha convertido en la primera en superar la barrera de los 1.000 millones de dólares de recaudación –y a quien se le ha criticado su ingente uso del jet privado–, ha querido mostrar que está comprometida con el medio ambiente y concienciar a su público sobre el cambio climático. 

Así, antes de comenzar su recorrido, Swift compró bonos de carbono que, según afirma, serían suficientes para compensar su impacto medioambiental –aunque las cifras no se han hecho públicas–. En febrero, la presión pública empujó al icono pop a deshacerse de uno de sus aviones privados. 

Antes de comenzar su gira, Taylor Swift compró bonos de carbono para compensar su impacto medioambienta

Por su parte, la banda británica Coldplay se marcó como objetivo disminuir a la mitad su cifra de emisiones respecto a 2016-2017 y prometió plantar un árbol por cada entrada vendida. Los últimos datos reflejan que su cambio ha sido un éxito, elevando el porcentaje hasta el 59%. Del mismo modo, Ed Sheeran, abiertamente comprometido con la causa medioambiental, anunció un tour en 2022 pensado para maximizar la eficiencia de su recorrido reduciendo al máximo el número de vuelos y, por tanto, la emisión de carbono. 

Los ejemplos no se detienen ahí. Billie Eilish eliminó unas 35.000 botellas de agua de un solo uso durante su gira sustituyéndolas por tanques de agua y vasos reutilizables para los asistentes; el merchandising que acompaña a Olivia Rodrigo está teñido de forma sostenible y es 100% algodón orgánico; y Shawn Mendes da prioridad a aquellos alojamientos que minimizan su impacto medioambiental. La propia Eilish junto a otros artistas como Pink o Maroon 5 se han unido a Reverb, una organización que impulsa medidas ecológicas en los conciertos por parte, tanto de artistas como de espectadores a través del reciclaje y de distintas acciones ecológicas. 

El desplazamiento hasta el lugar de celebración representa un tercio de las 670.000 toneladas de CO2 que produce la industria

Otro estudio analizó cada detalle de los conciertos de Massive Attack desde 2019 y extrajo conclusiones aplicables al resto de la industria musical. Una gira comprometida al máximo con el impacto medioambiental eliminaría los aviones privados y evitaría volar, dando paso a los viajes en tren o en vehículos eléctricos. El recinto seleccionado se abastecería de energía solar o eólica y utilizaría iluminación y sonido de bajo consumo. Además, debería contar con aparcamiento para bicicletas. Para incentivar su uso, la entrada llevaría incluido el billete de transporte público y todo aquel que eligiese esta opción recibiría algún tipo de incentivo. Este es uno de los puntos clave de la reducción, pues el desplazamiento hasta el lugar de celebración representa un tercio de las 670.000 toneladas de CO2 que produce la industria

Tal y como dice Chris Spinato, director de comunicación de Reverb, «lo importante es hacer algo. No hay que ser perfecto y no hay que hacerlo todo, cualquier paso suma en la lucha contra el cambio climático».

La basura espacial: contaminación más allá de la Tierra

Ingentes cantidades de basura espacial orbitan alrededor de la Tierra, resultado de décadas de exploración y actividades satelitales. El riesgo que representan para las operaciones espaciales se ha vuelto una preocupación internacional.


Cada día somos más conscientes del problema que suponen, en nuestro entorno medioambiental, los residuos que generamos. Afortunadamente, conocemos las soluciones y tanto la sociedad como las instituciones comenzamos a incorporarlas a nuestro proceder diario. Pero, ¿somos conscientes de cómo otro tipo de residuos deterioran el espacio exterior que rodea nuestro planeta?

Desde que contamos con la capacidad tecnológica suficiente, hemos lanzado al espacio infinitos satélites que nos han ayudado a conocer mejor nuestro planeta y lo que le rodea, e incluso a mejorar nuestras comunicaciones. Pero a día de hoy, cerca de 10.000 de estos satélites, junto a miles de naves espaciales desaparecidas, cuerpos de cohetes abandonados y millones de piezas de todos estos ingenios orbitan descontrolados alrededor de nuestro planeta. Lógicamente, muchas de estas piezas orbitales acaban colisionando entre sí  multiplicando la basura espacial.

Cerca de 10.000 satélites, miles de naves espaciales, cuerpos de cohetes abandonados y millones de piezas de todos estos ingenios orbitan descontrolados alrededor de nuestro planeta.

Las consecuencias que puede provocar esta basura espacial van desde inutilizar nuestros actuales sistemas de comunicación a sufrir en la superficie terrestre el impacto de piezas de estos despojos envueltas en llamas, pasando por poner en riesgo el futuro de los vuelos espaciales. A primeros de año, una nave de la NASA encargada de estudiar la radiación solar en la atmósfera superior evitó por muy poco la colisión con un satélite desaparecido hace más de 30 años. Las consecuencias hubiesen sido dramáticas.

Como explica Jan Wörner, director general de la Agencia Europea del Espacio (ESA), realizar vuelos espaciales será «tan peligroso como lo sería navegar por alta mar si todos los barcos que se han perdido, a lo largo de la historia, siguieran a la deriva». 

La propia ESA advierte de que el lanzamiento de nuevos satélites corre un serio peligro, ya que calcula que 1 millón de objetos de más de un centímetro y cientos de miles de millones de fragmentos de más de un milímetro ocupan el espacio exterior. Por ello, desde 2019 trabaja en la misión Clear Space-1, que pretende sacar de su órbita un adaptador de carga de 113 kg, procedente de otra de sus misiones espaciales, que quedó varado a unos 600 kilómetros de la superficie terrestre.

Más acciones de este tipo, orientadas a eliminar la basura existente están en marcha. En febrero de este mismo año la misión ADRAS-J, de Astroscale Japan, arrancó con el objetivo de sacar de su órbita el cuerpo de un cohete que da vueltas alrededor de nuestro planeta desde hace 15 años.

En la actualidad, las misiones espaciales son tan peligrosas como lo sería navegar por alta mar si todos los barcos perdidos desde que se inició la navegación siguieran a la deriva.

Pero, además de limpiar la basura ya existente, es imprescindible aplicar con urgencia una estrategia de sostenibilidad que impida la generación de nuevos residuos espaciales. Un ejemplo son las normas que, en 2022, impuso la Comisión Federal de Comunicaciones de los Estados Unidos (FCC) a las empresas de telecomunicaciones para obligarlas a deshacerse de sus viejas naves espaciales para que no pasen a formar parte de la basura espacial que orbita alrededor del planeta.

La sostenibilidad espacial ya está en la agenda de la ESA y se ha convertido en prioritaria para la Agencia Espacial del Reino Unido. También forma parte de una campaña de sensibilización que desarrolla Japón junto a la Organización de Naciones Unidas (ONU) y ha logrado que la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA), generadora de gran parte de los actuales residuos espaciales, haga pública una ambiciosa Estrategia de Sostenibilidad Espacial.

Sin duda, los esfuerzos por lograr una sostenibilidad medioambiental en nuestro planeta han de servir de ejemplo para acometer también la sostenibilidad fuera de él.