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«La arqueología puede aportar muchísimo en la transición energética»

Patrimonio cultural, sostenibilidad, innovación tecnológica, medio ambiente, educación, territorio, responsabilidad social. Con Isabel Izquierdo –arqueóloga, investigadora, experta en cultura ibérica y museología– los temas se entremezclan hasta casi confundirse. Pero como en una buena receta, el resultado es más interesante que cualquier ingrediente por separado. 


El Museo Arqueológico Nacional y Red Eléctrica celebrararon a finales de abril por primera vez y de manera conjunta las Jornadas Patrimonio Arqueológico y Transición Energética. ¿Cuál era el principal objetivo de organizar este encuentro?

Como casa común que somos de la arqueología, el objetivo era generar un espacio para que los distintos agentes implicados en la transición energética y en su relación con la arqueología pudieran conversar y conectar. Incorporar la arqueología a este diálogo en torno a sostenibilidad y energías renovables, conectar a los distintos interlocutores, escuchar algunos casos de éxito interesantes y ofrecer una panorámica de los distintos temas que conciernen a esa relación entre el patrimonio arqueológico y la transición energética. 

¿Cuáles han sido las principales enseñanzas y conclusiones derivadas de estas jornadas?

La verdad es que han sido muchísimas las conclusiones, pero yo creo que la principal es la necesidad de incorporar la arqueología a ese diálogo. También han surgido ideas muy interesantes en el terreno de la formación y de la documentación y los datos. Por ejemplo, sobre cómo se tiene que acomodar el programa universitario a las nuevas necesidades de la arqueología de campo o la necesidad de tener bases de datos cada vez más completas y accesibles. Asimismo se ha destacado la importancia de concienciación social y educación en torno al patrimonio arqueológico, que es un recurso finito que debemos cuidar entre todos.

«Las sociedades preindustriales vivían de una manera sostenible, explotaban el medio ambiente, pero de una manera más equilibrada y armónica»

Y, finalmente, se ha hablado de innovación y arqueología, y de las distintas herramientas que han surgido en la increíble revolución tecnológica que hemos vivido en las últimas décadas. Estoy muy satisfecha porque todos los objetivos que nos habíamos marcado se han cumplido con creces. Tanto es así que ya nos hemos emplazado con Red Eléctrica a hacer una próxima  edición.

Aunque puedan parecer cuestiones independientes, ya que una se relaciona con el pasado y otra con el futuro, ¿qué conexión existe entre ellas?

La arqueología está absolutamente conectada con el presente y con el futuro, y puede aportar muchísimo en esa transición energética. En primer lugar, tiene una visión totalmente diacrónica, es decir, tiene una visión de la historia profunda y un valor de la memoria. Desde la arqueología se estudian temas muy diversos, que van desde los orígenes de los tiempos hasta nuestros días, y aporta una información increíble precisamente sobre cómo el medio ambiente ha ido evolucionando.

«El respeto a la naturaleza era muy importante para la cultura griega, y para la cultura antigua en general»

Luego, la arqueología tiene un concepto del patrimonio y del paisaje cultural muy moderno, que también incorpora visiones críticas: sociales, patrimoniales, participativas, contemporáneas… La arqueología comprende una enorme variedad de temas, está integrada en muchísimos debates y reflexiones sobre la actualidad y es muy pertinente en ese diálogo.

¿Qué lecciones podemos extraer de las sociedades del pasado para afrontar la actual transición energética?

No sé si hay alguna que podamos tomar como referente. Yo creo que la arqueología nos muestra cómo las sociedades del pasado son sociedades resilientes. Es decir, son culturas que se van adaptando a los tiempos, a los contextos, a los territorios, a la evolución de la vida económica, política, social... Y, sobre todo, yo creo que hay un hito muy importante que es la Revolución Industrial, porque transforma muchísimas cosas de la vida cotidiana y de las organizaciones sociopolíticas y económicas. Las sociedades preindustriales lo que hacen es trabajar o vivir de una manera sostenible, es decir, en armonía con el medio ambiente. Es lo que llamamos ahora kilómetro cero, productos de cercanía, redes controladas… Explotaban el medio ambiente, evidentemente, pero de una manera más equilibrada y más armónica. 

¿Hay alguna civilización que podamos decir que era más sostenible, o más eficiente, desde el punto de vista energético?

Nosotros ahora hemos tenido en el Museo Arqueológico Nacional una exposición temporal que se llamaba «Entre caos y cosmos», y lo que exploraba era el lugar central que la naturaleza ocupaba para los antiguos griegos. Hablamos de animales, de plantas, de bosques, de montañas, de ríos, y de ese respeto y ese equilibrio. Porque de la naturaleza dependía el sustento, los dones divinos, los dones humanos. Ese respeto es un tema muy importante para la cultura griega, para la cultura antigua en general. Y ahora mismo ese mensaje es un discurso muy pertinente ante las tragedias que están sucediendo fruto del cambio climático, que es un desequilibrio con el medio.

¿De qué manera pueden educar los museos como el MAN sobre sostenibilidad y transición energética?

Yo creo que los museos pueden educar en muchos sentidos, porque son instituciones referenciales. Lo que hacemos es contar historias. En las actividades didácticas, en los talleres, en las visitas, se pueden lanzar muchos conceptos que tienen que ver con el presente. Nosotros contamos todas estas historias de resiliencia y de adaptación al medio que se han dado a lo largo del tiempo. Y hay actividades específicas que ahondan en temas como, por ejemplo, el reciclaje, la alimentación a partir de alimentos kilómetro cero en las sociedades preindustriales, o la adaptación y el equilibrio con el medio ambiente.  

¿Puede un museo ser un ejemplo de buenas prácticas energéticas para la ciudadanía?

Por supuesto. Nosotros tenemos un edificio muy grande, de casi 30.000 metros cuadrados construidos. El año pasado, sustituimos toda la climatización por un sistema más eficiente que contribuye a la descarbonización, por el que además nos han premiado. Por otra parte, estamos transformando toda la iluminación a LEDs y tenemos un sistema de climatización domótico que también insiste en la eficiencia energética. 

Además, todas estas ideas en torno a la sostenibilidad se deslizan y se incorporan en todo el programa educativo, didáctico y de accesibilidad del museo. Aquí, con nuestros medios, intentamos contribuir en la medida de nuestras posibilidades. Es un acto de responsabilidad. 

¿Por qué es importante la labor que lleva a cabo Red Eléctrica, la filial de Redeia encargada de la operación y el transporte del sistema eléctrico, de considerar el patrimonio cultural a la hora de planificar e instalar infraestructuras energéticas?

Hemos encontrado un punto de confluencia con Red Eléctrica. Nosotros trabajamos en distintos territorios en materia de arqueología y ellos nos ayudan a aportar recursos e innovación. Compartimos los valores del rigor, la excelencia científica, la ética, y la preocupación y cariño por el patrimonio arqueológico.

¿Qué beneficios puede aportar una alianza público-privada entre el sector cultural y el sector energético a la conservación del patrimonio?

Yo creo que nuestro país tiene una potencia arqueológica de tal calibre, como todos los países que nos rodean en el Mediterráneo, que es imprescindible la colaboración público-privada. Esta puede ser beneficiosa a la hora de aportar conocimiento, innovación, facilitar también la transición hacia energías renovables a algunas instituciones y en recursos económicos. Puede haber una aportación y un enriquecimiento mutuo muy significativo.

Cuando la solidaridad ciudadana salva vidas

El apoyo entre particulares ha sido crucial tras la DANA en Valencia, recordando cómo en momentos críticos la unión y la cooperación vecinal pueden marcar la diferencia. 


En Valencia, miles de personas se movilizaron tras la devastadora DANA que dejó pueblos inundados y calles cubiertas de barro. Vecinos de todas las edades trabajaron hombro con hombro para limpiar, rescatar y asistir a los más afectados, dejando claro que, en situaciones límite -y sin entrar en cuestiones antipolíticas ni partidistas-, el lema de «el pueblo salva al pueblo» nos dice que la solidaridad ciudadana puede ser tan importante como los recursos oficiales. 

Este fenómeno no es nuevo. En las últimas décadas, las grandes crisis han demostrado que la acción ciudadana es, en muchos casos, un salvavidas esencial. Desde desastres naturales hasta emergencias sanitarias, el esfuerzo colectivo de los voluntarios ha mitigado daños y salvado vidas, mostrando que la cooperación no entiende de fronteras ni circunstancias.

En desastres como el del vertido del Prestige en 2002, el terremoto de Lorca en 2011 o la nevada histórica de Filomena en 2021 se vio el poder de la solidaridad

En España, de hecho, ya conocíamos la mejor cara de la ciudadanía que, en desastres como el del vertido del Prestige en 2002, el terremoto de Lorca en 2011 o la nevada histórica de Filomena en 2021, se movilizó para limpiar playas, atender a los heridos y proteger a los más vulnerables. 

Héroes cotidianos en las mayores tragedias 

La historia reciente está llena de ejemplos en los que la ayuda desinteresada de ciudadanos cambió el curso de los acontecimientos. 

Tras el terremoto y el tsunami que causaron el accidente nuclear en Fukushima (2011), un grupo conocido como los 50 de Fukushima se ofreció como voluntario para entrar en la planta y contener la emergencia, asumiendo riesgos mortales. Su valentía evitó una catástrofe de mayores dimensiones.

El caso reciente de la DANA en Valencia nos recuerda que, aunque la acción de las instituciones es indispensable, la unión vecinal es fundamental

En África Occidental, miles de voluntarios locales y extranjeros trabajaron en condiciones extremas para atender a los enfermos durante la crisis del ébola en 2014 y evitar la propagación del virus. Su labor fue determinante para frenar una pandemia que amenazaba con extenderse globalmente.

Y en nuestra memoria todavía es reciente el papel durante la pandemia de covid-19 de muchísimas personas que de forma  voluntaria asumieron tareas de distribución de alimentos o confección de mascarillas, entre muchas otras,  demostrando en barrios y ciudades que la resiliencia comienza en la comunidad.

Más allá de la tragedia

Las crisis, aunque devastadoras, han evidenciado que el voluntariado puede marcar la diferencia entre la condena y la recuperación. El caso reciente de la DANA en Valencia nos recuerda que, aunque la acción de las instituciones es indispensable, la unión vecinal también es fundamental. 

Y, aunque la acción voluntaria no siempre es organizada y profesional, la mera presencia de una mano en una zona devastada hace mucho por las víctimas. Muchas veces, el papel más importante que desempeñan los ciudadanos es el de ser capaces de transmitirles a los afectados el mensaje de que no están solos. 

Tal y como recuerda esta frase atribuida a Homero, «llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga».

Acuerdos históricos que transformaron la acción climática global

Se empezó a hablar de cambio climático ya en el siglo XIX, pero tuvieron que llegar los tratados internacionales para impulsar una acción global. Desde el Protocolo de Kioto hasta el Pacto Verde Europeo, repasamos los acuerdos clave que han moldeado nuestra respuesta a esta crisis.


La advertencia sobre el cambio climático tiene sus raíces en el siglo XIX, cuando científicos como Eunice Foote y John Tyndall identificaron la relación entre ciertos gases atmosféricos, como el dióxido de carbono, y la temperatura de la Tierra. Estos descubrimientos sentaron las bases para comprender cómo el aumento de gases de efecto invernadero afecta al clima. Sin embargo, el verdadero avance en la lucha contra el calentamiento global llegó cuando los países comenzaron a coordinar esfuerzos a través de acuerdos internacionales, reconociendo la necesidad de una acción colectiva y sistemática para mitigar sus efectos. Aquí repasamos los más importantes.

El Protocolo de Kioto, firmado en 1997, fue pionero al establecer metas vinculantes de reducción de emisiones para los países desarrollados, marcando un antes y un después en la acción climática global. Sin embargo, su impacto se vio limitado por la exclusión de economías emergentes como China e India, así como por la no ratificación de Estados Unidos, uno de los mayores emisores de gases contaminantes. A pesar de haber logrado avances en algunos países, la retirada de Canadá en 2011 debilitó sus efectos a largo plazo.

El Protocolo de Kioto, firmado en 1997, fue pionero al establecer metas vinculantes de reducción de emisiones para los países desarrollados

Este vacío fue llenado por el Acuerdo de París en 2015, el pacto más inclusivo hasta la fecha. Aprobado por casi 200 países, su principal objetivo es limitar el aumento de la temperatura global a menos de 2°C, idealmente 1,5°C, sobre niveles preindustriales. Introdujo las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC), donde cada nación se compromete a reducir sus emisiones de acuerdo  con sus capacidades, permitiendo así un enfoque flexible pero ambicioso. Gracias a este acuerdo, la comunidad internacional ha puesto en marcha planes de acción que se revisan periódicamente, aunque su implantación efectiva sigue siendo un desafío en muchos países.

En Europa, el Pacto Verde Europeo, lanzado en 2019, busca convertir al continente en el primero climáticamente neutro para 2050. Además de la reducción de emisiones, aborda múltiples áreas clave, como la protección de la biodiversidad, la promoción de una economía circular y la transición hacia energías limpias. Este plan integral no solo busca frenar el cambio climático, sino también transformar la economía europea hacia un modelo más sostenible y resiliente. Con un sólido respaldo financiero, se posiciona como un ejemplo líder en la lucha climática global.

En Europa, el Pacto Verde Europeo, lanzado en 2019, busca convertir al continente en el primero climáticamente neutro para 2050

Un antecedente clave fue el Acuerdo de Montreal de 1987, cuyo objetivo principal era detener el agujero en la capa de ozono mediante la eliminación de los clorofluorocarbonos (CFC), responsables del agujero en la capa. Aunque no se centró directamente en el cambio climático, fue un éxito global en términos de cooperación internacional y restauración ambiental, y ayudó a sentar las bases para futuros acuerdos.

Estos tratados reflejan el poder de la cooperación global en la lucha contra el cambio climático. Cada uno de ellos ha tenido un impacto tangible, pero la urgencia de la crisis climática actual demanda una mayor ambición y un cumplimiento más estricto de los acuerdos. Como ciudadanos, nos corresponde seguir presionando para que estas metas se alcancen: el futuro del planeta está en juego.

El laboratorio de la España vacía que busca el origen del universo bajo tierra

En lo más profundo del pirineo aragonés, más de 200 científicos e investigadores trabajan a destajo cada día para descubrir todo lo que la materia oscura tiene que esconder. Todo ocurre en el Laboratorio Subterráneo de Canfranc, que, construido en un túnel de tren abandonado, colabora con cientos de organizaciones científicas internacionales en avanzados programas de inteligencia artificial, astrofísica y física nuclear. Es así como desde un pequeño pueblo de menos de 600 habitantes se contribuye con el conocimiento científico global.

Cuando es invierno, en Canfranc cae la oscuridad tanto como la nieve que cubre de blanco la zona. Con el sol escondido tras las montañas, pasear por este conocido pueblo del Pirineo aragonés es garantía de calles silenciosas y en calma. Los habitantes (y turistas, porque también los hay) se resguardan del frío en sus casas y hoteles, o, de lo contrario, en los acogedores bares que ofrecen sopas humeantes. Al fondo se encuentra esa imponente estación que en 1945 quedó abandonada por desacuerdos políticos con el Gobierno francés —ahora pasan por allí trenes hacia Zaragoza y Francia— y que ha servido de escenario para tantas películas españolas del siglo XX.

Este lugar es centro de referencia para la comunidad científica internacional, pues sus instalaciones están abiertas a cualquier investigador que quiera llevar a cabo sus experimentos de física nuclear

Nadie diría que en este pueblo de la alta montaña trabajan a diario centenares de científicos buscando el origen del universo, pero así es. Escondidos en las profundidades, a más de 850 metros bajo el suelo, más de 200 investigadores intentan entender los neutrinos y la materia oscura. Es el Laboratorio Subterráneo de Canfranc, gestionado por el Gobierno de Aragón, el Ministerio de Ciencia y la Universidad de Zaragoza, y se le conoce como el segundo laboratorio soterrado más grande de Europa.

El interior recuerda al CERN, el mayor laboratorio de física de partículas, situado en Suiza, donde se descubrió el famoso bosón de Higgs. Sin embargo, el de Canfranc destaca porque sus fundadores aprovecharon un lugar abandonado para construir este templo de conocimiento sobre el universo: el túnel de Somport, un punto estratégico por donde pasaron trenes cargados de wolframio en el siglo XX y que cerró al tráfico en 1970 tras el descarrilamiento de uno de ellos. Su profundidad tiene una explicación, y es que hay que crear un «silencio cósmico» para poder investigar las colisiones de los neutrinos. Allí abajo casi existe el llamado «fondo radioactivo», por lo que es el enclave perfecto para encontrar el origen del universo.

El laboratorio, que organiza visitas guiadas para la ciudadanía de forma gratuita, protagoniza numerosos proyectos internacionales, pero la joya de la corona es el Hyper-Kamiokande, que no busca otra cosa que construir un telescopio de neutrinos que permita ver una estrella antes de que explote desde una montaña ubicada en Japón. De conseguirlo, será el mayor telescopio de este tipo en la historia del país nipón (y, por supuesto, en la historia de Canfranc y de España). Además, por si fuera poco, esta organización coordina también proyectos con otras instituciones españolas para desarrollar inteligencia artificial, electrónica y reducción de radón, entre otros. La calidad de sus investigaciones atrae a científicos de todo el mundo cada año, quienes no solo conocen las instalaciones, también un pueblo tan singular como Canfranc, en plena España vacía.

Terremotos, volcanes y tsunamis

 Recientemente, la Universidad de Standford desarrolló un sistema de filtración basado en inteligencia artificial que elimina el ruido propio de las ciudades —tráfico rodado, aviones, obras, conversaciones entre vecinos— para evitar que estos se interpongan en la detección de seísmos. Pero el laboratorio de Canfranc tiene un papel clave que jugar también en la predicción de estas catástrofes naturales: en enero de este año, uno de sus sismómetros detectaron la violenta explosión del Tonga, el volcán submarino que provocó un tsunami en el Pacífico. Entre ese punto y la localización del laboratorio hay 17.000 kilómetros, pero el laboratorio identificó las ondas sísmicas tan solo 20 minutos después de la explosión. Un paso clave de cara a aprender a predecir los terremotos y anticipar las peores consecuencias.

El pasado mes de enero, el laboratorio detectó la explosión del volcán Tonga, a 17.000 kilómetros en el Pacífico, tan solo 20 minutos después de que ocurriera

No obstante, como ocurre con otras instituciones ubicadas en la España rural, el laboratorio de Canfranc también necesita asegurar su futuro a largo plazo para seguir manteniendo este pueblo como centro de referencia internacional en la ciencia del espacio. Por eso, el Ministerio de Ciencia ha asegurado su financiación hasta el año 2031 con un total de 16,1 millones de euros. Con esta inversión no solo se garantizará la colaboración internacional con el resto de la comunidad científica, sino que se mantendrán las instalaciones abiertas para que investigadores de cualquier parte del mundo lleven a cabo sus investigaciones de astrofísica y física nuclear allí. En Canfranc, un pueblo que cuenta actualmente con menos de 600 habitantes.

El cooperativismo como respuesta a los ODS

A la hora de abordar la Agenda 2030 son varios los retos a los que nos enfrentamos como sociedad, entre ellos la correcta consecución de algunas de sus metas en territorios con menos recursos o más aislados, como pueden ser los entornos rurales. Es en estos lugares donde toman vital importancia algunas de las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible como son el comercio justo, la protección del medio ambiente o el reequilibrio entre el medio rural y el urbano.

El pasado 3 de julio se celebraba el Día Internacional de las Cooperativas, una oportunidad idónea para destacar el papel de este tipo de agrupaciones en ámbitos clave como la salud, la agricultura, la producción, el comercio minorista, las finanzas, la protección del medio ambiente o los servicios sociales. La ética tras el movimiento cooperativista, de colaboración y apoyo mutuo, se presenta como fundamental para afrontar estos retos, y estas agrupaciones se revelan como un factor clave en la transformación que estamos llevando a cabo de nuestros modos de producir y consumir. “Las empresas cooperativas logran el desarrollo sostenible para todos”, asegura Naciones Unidas.

En Europa existen en torno a 30.000 empresas cooperativas con casi 9 millones de socios y más de 600.000 trabajadores

Según el Libro Blanco de la Agricultura y el Desarrollo Rural,  en Europa existen en torno a 30.000 empresas cooperativas con casi nueve millones de socios y más de 600.000 trabajadores. Su volumen de negocio alcanza los 210.000 millones de euros, representando más del 60% de la producción, transformación y comercialización agraria. 

El movimiento cooperativo se encarga de que los beneficios sociales, medioambientales y financieros alcancen a aquellos grupos pertenecientes a la base de la pirámide económica, creando oportunidades y fomentando la inclusión financiera. Muchos de los valores sobre los que se asienta el sector desde hace más de un siglo son los mismos que se tratan de reforzar y poner de manifiesto a través de los ODS. La equidad, la participación directa, la defensa de libertades religiosas y políticas, etc., son algunos de estos pilares, que ahora se consideran fundamentales para la transformación de nuestra sociedad a nivel mundial

Así, ciertos ODS como el 1 (Fin de la pobreza), el 2 (Hambre cero), el 12 (Producción y consumo responsables) y, en especial, el 17 (Alianzas para lograr los objetivos), encuentran en estas asociaciones y/o empresas una herramienta estratégica desde la cual hacer partícipes a la ciudadanía y a los productores en la consecución de sus metas, a la vez que se tejen redes de cooperación y redistribución del capital. El cooperativismo cuenta con una vinculación directa con 69 de las metas marcadas por los ODS, el 41% del total existentes. De esta forma, la apuesta y fortalecimiento de un sector como el cooperativo se convierte en un aspecto esencial para la transformación sostenible de las agendas mundiales. Así, algunas iniciativas a nivel mundial como AgriCOOPDS, liderada por el Foro Rural Mundial, son un instrumento clave en el desarrollo y consecución de las metas planteadas por los ODS y su correcto impacto sobre los diferentes territorios, teniendo en cuenta que cada uno cuenta con necesidades específicas. 

El cooperativismo cuenta con una vinculación directa con 69 metas de los ODS, 41% del total de metas existentes

El cooperativismo nació en el siglo XIX como respuesta a las necesidades de colaboración entre productores y consumidores para una mejor y más beneficiosa redistribución de la riqueza y los beneficios en general, así como por la lucha conjunta para la obtención de más derechos y justas regulaciones al comercio. A pesar de su longevidad, cada vez está más presente en todos los sectores, y no únicamente en el agrario; por ejemplo, también existen cooperativas de artistas o periodistas. Es indispensable tener en cuenta un movimiento con tanta fuerza, que además plantea un modelo económico distinto al capitalista, donde la acumulación financiera se ve sustituido como primer objetivo por el reparto equitativo entre todos. Esto hace que esté en constante tangencia con otros modelos de economía solidaria, como las economías feministas o los modelos ecológicos. Aun así, su pertinencia se mantiene vigente, y ahora, cuando la colaboración y el refuerzo de las redes de apoyo son más necesarios que nunca, otras formas de entender la economía desde un planteamiento más social y humano son esenciales.

Más simple y compartida: ¿hacia dónde va la transformación digital en las empresas?

Volátil, incierto, complejo o ambiguo son palabras que describen a la perfección el futuro que nos espera tras la crisis del coronavirus. También a nivel empresarial. Estos cuatro adjetivos no nacen del azar, sino que corresponden al acrónimo inglés VUCA (por las siglas de las palabras en este idioma) y es un término empleado para referirse a un escenario que pone en jaque la rutina estratégica y profesional de las compañías, independientemente de su tamaño o naturaleza.

La extraordinaria situación vivida no solo ha puesto patas arriba el sistema económico y social, sino que ha dejado al descubierto numerosas brechas, entre ellas la tecnológica, tanto entre los alumnos que se han visto obligados a seguir con el curso escolar desde casa como entre los empleados de miles de empresas obligadas a poner a prueba o reforzar su estrategia digital de la noche a la mañana. El confinamiento preventivo, la aplicación del teletrabajo y una mayor presencia de los clientes en el espacio digital no ha dejado alternativa a las compañías: o entran de lleno al mundo del dato, o se quedan atrás.

El reto no es fácil. Las compañías de nuestro país no presumen todavía de ser unas de las más maduras digitalmente. De hecho, según concluía el informe sobre innovación digital de la consultora Minsait, antes de la pandemia más de la mitad de empresas carecía de programas para evolucionar hacia la Data Driven Organization (o DDO), a excepción del sector de las telecomunicaciones y la banca. Precisamente la Agenda 2030, en su ODS 9, hace un llamamiento a impulsar la digitalización para acelerar  la economía circular y  la eficiencia energética.

En este contexto, el escenario que nos deja el coronavirus exige una transformación digital compartida que mejore la tanto la experiencia del cliente como la gestión empresarial, por lo que ya han ido ganando terreno algunas propuestas tecnológicas que responden al famoso mantra repetido por el fundador de Apple, Steve Jobs, durante décadas: “Keep it simple” o, cuanto más simple, mejor.

Herramientas de colaboración

Dentro del entorno empresarial, una de las herramientas que más ha se ha utilizado en los últimos meses han sido las plataformas de colaboración. Estas permiten, no solo que los equipos y los clientes interactúen de manera sencilla y segura entre ellos, sino que facilitan el monitoreo de los procesos de trabajo mejorando así su eficacia. Enviar correos electrónicos, compartir archivos, realizar videoconferencias, editar presentaciones… la lista de las acciones que se pueden realizar a través de estas plataformas es larga, pero para garantizar que su uso mejora realmente el trabajo en equipo y la comunicación entre trabajadores, lo ideal es escoger -de entre las decenas que existen: Slack, Microsoft Teams, Trello…- aquella que más se ajuste a las necesidades de proyecto.

Firma digital

Los trámites burocráticos o administrativos requieren normalmente la presencia física de la persona implicada. Una misión casi imposible de cumplir durante el confinamiento, ya que mientras la rueda burocrática continuaba girando, la población ha tenido que quedarse recluida en sus hogares para protegerse (y proteger a los demás) del virus. Por este motivo, son muchas las empresas que ya han comenzado a implantar soluciones digitales que habiliten la firma electrónica y permitan agilizar la firma de documentos o certificados. Además de facilitar la gestión de algunos procesos durante los momentos más complicados de la pandemia, la firma electrónica presenta beneficios también a largo plazo: permite reducir tiempo y costes, así como gastos de oficina; reduce el impacto medioambiental de la impresión o envío de documentos de papel, y mejora inevitablemente la experiencia del usuario.

Datos en la nube

Otra de las respuestas digitales al coronavirus por parte de las empresas ha sido la apuesta por soluciones en la nube. De hecho, según la consultora Canalys, la inversión en servicios de infraestructura en la nube ha aumentado un 34% a nivel mundial durante el primer trimestre de 2020 por el teletrabajo. Son muchos los analistas que sostienen que ha sido gracias a la ubicuidad, la capacidad ilimitada y la seguridad que presenta la nube lo que ha permitido que el teletrabajo se haya desarrollado tan rápidamente en los últimos meses. Asimismo, ha dado lugar a una dinámica laboral mucho más flexible y productiva, ya que los empleados pueden encontrar, consolidar y compartir rápidamente y de manera sencilla datos e información.

…Y captación del talento a través de LinkedIn

La transformación digital de las empresas también pasa por los trabajadores. Con la pandemia, los procesos de selección han experimentado fuertes cambios estructurales en estos meses y,  las entrevistas virtuales han crecido de forma exponencial. Sin embargo, el miedo a lo nuevo, a no poder  transmitir todo lo que uno desearía o la inseguridad sobre cómo comportarse frente a una webcam puede acabar pasando una mala jugada a los candidatos. Por ello, la red social profesional LinkedIn ha lanzado la plataforma Preparación de Entrevistas para preparar a los futuros empleados de cara a los procesos de selección virtuales con ayuda de la Inteligencia Artificial (IA). La herramienta ofrece respuestas a las preguntas más frecuentes y consejos de expertos de recursos humanos y, en estos momentos, se está testando globalmente.

Las empresas, un potente agente de cambio e inclusión social

agenda 2030

Vivimos en un mundo en constante cambio que nos presenta un futuro incierto desde una visión “distópica” cargada de amenazas individuales y colectivas. Un mundo donde las personas pierden protagonismo y el papel de las instituciones queda relegado a un segundo plano. Estas incertidumbres generan desafección ciudadana hacia el sistema actual y desconfianza hacia las instituciones, tanto públicas como privadas. Las empresas no solo no están exentas de esta ruptura social sino que, además, frecuentemente se convierten en las causantes y beneficiarias de una estructura desigual.

Afortunadamente, hoy estamos en disposición de generar nuevas oportunidades y nuevos marcos que hagan del planeta un lugar gobernado por la justicia social; un lugar donde nadie quede atrás. Sin embargo, la mejor manera de predecir el futuro es liderarlo. Y hacerlo, no desde una visión jerarquizada de la toma de decisiones, sino desde una perspectiva compartida de colaboración radical. Para ello, debemos aprender a establecer unos ecosistemas que definan los marcos de actuación que permitan a ciudadanos, administraciones e instituciones, unidos bajo un mismo lenguaje universal, encontrar la suma ganadora que lleve a un enriquecimiento colectivo. No se trata de filantropía, se trata de integrar todas las acciones bajo el paraguas de una alianza forjada a base de cooperaciones blandas para un futuro sostenible.

La Agenda 2030, aprobada por 193 países, representa ese nuevo lenguaje universal que engloba en al conjunto de la sociedad en un único camino hacia ese futuro deseado. Es una agenda humanista, un pacto global que que va más allá de aportar el conocimiento necesario para avanzar. Al final, su pretensión trasciende la ambición de convertirse en la conceptualización de los valores de la ilustración y busca reafirmarse como estandarte de los derechos humanos.

Recogida en 17 objetivos y 169 metas, el pacto global implica necesariamente repensar nuestra manera de actuar y comprender que de nada sirve ponerle parches a un mal desarrollo. La Agenda nos marca un camino donde quedan señaladas acciones a corto plazo que, sin embargo, tienen la vista puesta en una futura alianza global donde todos los agentes sociales sean co-creadores. Porque todos somos parte del problema, pero también, somos el todo de la solución: nuestra misión es aportar ideas que permitan afrontar las metas y objetivos planteados. Inevitablemente, se ha de sustituir el egoísmo individual por la solidaridad como valor intrínseco.

"Las empresas deben encontrar su ethos empresarial en un marco común construido a base de alianzas"

La solidaridad no puede ser solo la expresión de un ejemplo de buenas prácticas. Ante todo, es un valor individual y colectivo que permite generar alianzas más allá de los intereses de los contrayentes. Es una manera de ser, de actuar, de entender el mundo en que vivimos y de ser copartícipe del beneficio de una sociedad que piensa en el aquí y en el ahora, tanto como en el allá y el mañana. Las empresas deben encontrar su propósito más sostenible, su ethos empresarial, en ese marco común construido a base de alianzas. Al mismo tiempo, deben convertirse en proveedoras de servicios y soluciones de un futuro ligado a los valores que representan los diferentes objetivos.

De esta manera, la contribución del sector empresarial se transforma en un compromiso compartido que impregna toda la cadena de valor y no es, en absoluto, un subproducto del modelo de negocio tradicional. El propósito de acción sostenible tiene que impactar positivamente en todos los aspectos de la empresa, tanto en su acción interna como externa. Sin olvidar que la generación de beneficios económicos y sociales necesitan estar orientados al empoderamiento de las personas.

Las empresas demandan marcos estables que propicien el cambio y entornos favorables para la implementación de medidas transformadoras dentro de la cultura empresarial. La Agenda 2030 está precisamente para ofrecer marcos de certidumbre compartida. Pero al final es la ciudadanía la que exige un cambio radical en el modelo de producción y consumo. Demandan una economía que vaya más allá de medir el crecimiento como un incremento del Producto Interior Bruto, y que se relacione a la mejora real de la calidad de vida de las personas.

No hay que olvidar que las personas somos la base del sistema. Por ello, las empresas que apuestan por apoyar el desarrollo del talento y a la vez ofrecen productos y servicios que giran en torno a las necesidades de los consumidores –cada vez más exigentes y comprometidos con el desarrollo sostenible–, se convierten en poderosos agentes de transformación.

Estamos ante un cambio inexorable: hasta ahora los diferentes actores sociales no habían trabajado conjuntamente con un fin común. La desigualdad es uno de los efectos negativos que ha traído la globalización y la consecuente crisis económicas. De ahí que nuestro reto estribe en la necesidad de generar acciones coordinadas para evitar que el crecimiento económico produzca beneficiarios y perjudicados. Porque si algo genera desigualdad son los modelos insostenibles tanto económica como socialmente. Las bases de una sociedad avanzada deben asentarse en unas conexiones que garanticen la protección de las personas y además refuercen la apuesta por el empoderamiento ciudadano.

"La Agenda 2030 está para ofrecer marcos de certidumbre compartida y construir entornos favorables para el cambio"

El sector empresarial es una fuerza dinámica que genera grandes beneficios tanto para su propia actividad como para la sociedad. Su papel es, a través del trabajo, liderazgo y talento, convertirse en ejemplo de referencia de una ciudadanía global comprometida con un desarrollo sostenible global.

De cara a 2030, el propósito está claro: las empresas tienen que ser motivadoras de la voluntad y satisfactoras de la demanda de una ciudadanía que desea cooperar en un mundo distinto. La economía sosteniblemente ética es posible y se traduce en beneficios tangibles e intangibles que retroalimentan el compromiso empresarial con un desarrollo inclusivo. Su liderazgo nace de entender que la calidad de vida de los trabajadores y trabajadoras no solo repercute en la cuenta de resultados de la empresa, sino que además, mejora el entorno social y económico.

El nuevo contrato social global que representa la Agenda 2030 reclama la creación de marcos de acción que converjan en un alianza win-win-win definida por una visión colectiva de las necesidades compartidas. No hay otro plan: no podemos perder la oportunidad que nos brinda la visión multilateral renovada gracias a los 17 objetivos y las 169 metas de la Agenda 2030. En un mundo que requiere de nuevas narrativas y actuaciones conjuntas, hemos de aprovechar los beneficios de ese lenguaje universal de progreso e inclusividad.

Transformar el mundo en que vivimos requiere de una voluntad firme de la situar la solidaridad en el centro de nuestros movimientos como ciudadanos globales. Las empresas, generadoras de una cultura de la colaboración se convierten el vectores transformación esenciales para salvaguardar el futuro de un planeta que ya no solo necesita protección, sino también una vuelta al pasado: que se reviertan las actuaciones que nos han llevado a la devastación de recursos.

Así pues, emprendamos esta transición hacia una economía con propósito, donde las empresas sean el agente imprescindible para alcanzar un modelo económico justo, inclusivo y sostenible.

Federico Buyolo es director general de la Oficina de la Alta Comisionada para la Agenda 2030