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Las ciudades habitables

Ladrillo a ladrillo, las ciudades crecen, y con ellas la contaminación. El sector de la construcción protagonizó el 34% de toda la demanda energética de 2021 y sus emisiones de gases de efecto invernadero representaron el 37% del total. Así lo desvela Naciones Unidas en un informe que constata además el aumento tanto de  la demanda de energía como de las emisiones. Según el estudio, la demanda de energía para la calefacción, la refrigeración, la iluminación y el equipamiento de los edificios aumentó cerca de un 4% en 2021 y sus emisiones de CO2 lo hicieron un 5%.

Tal como señalaba a finales de este año Inter Andersen, directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medioambiente, «el sector de los edificios representa el 40% de la demanda energética de Europa” y esto hace que «se convierta en un área para la acción inmediata, la inversión y las políticas para promover la seguridad energética a corto y largo plazo».

Se espera que la cantidad de población mundial que vive en las ciudades aumente hasta el 60% para 2030

La situación es crítica. Aunque en los últimos ocho años el número de países con reglamentos energéticos para la construcción aumentó de 62 a 79, solo el 26% de los países disponen de normativas obligatorias para la totalidad del sector. El panorama parece ir contra las recomendaciones de la ONU, que sugiere que «los Gobiernos nacionales y regionales deben establecer códigos energéticos obligatorios para los edificios y fijar un camino para que, junto a las normas de construcción, alcancen un balance cero de carbono lo antes posible».

Las exigencias no son sencillas. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), para 2030 las emisiones directas de CO2 de los edificios deben disminuir un 50% (un 60% en el caso de las emisiones indirectas). Esto supone una caída de las emisiones de alrededor del 6% anual hasta 2030.

El problema, sin embargo, va más allá de la cuestión energética. Los edificios constituyen el esqueleto, ya algo maltrecho, de unas ciudades cada vez más difíciles de habitar.

Una ciudad para todos

El término sostenibilidad abunda en los núcleos urbanos, aunque lo suele hacer en un sentido reducido: el de un mayor respeto al medioambiente. Sin embargo, la sostenibilidad supone también la inclusión y la seguridad, así como la calidad de vida, algo reflejado en el concepto «ciudad de los 15 minutos» acuñado por la alcaldesa parisina de origen español, Anne Hidalgo y que significa que los ciudadanos puedan acceder a prácticamente todas sus necesidades esenciales –colegios, supermercados, lugares de trabajo, hospitales y centros culturales– en apenas un cuarto de hora a pie o en bicicleta desde sus hogares.

El concepto, al igual que otros acuñados anteriormente, trata de cambiar el paradigma al situar al ser humano en el centro. En este caso, la idea supone crear microurbes dentro de la propia ciudad no solo para acercarnos a servicios esenciales, sino también para volver a conectar con la naturaleza a través de diversos espacios verdes, una idea cada vez más defendida como esencial para el bienestar humano.

Si el modelo de bicis compartidas creciera un 25% se evitarían más de 10.000 muertes prematuras al año en más de 100 ciudades de Europa

Son perspectivas que se resumen en el número 11 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) elaborados por Naciones Unidas para la Agenda 2030: «Garantizar ciudades inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles». Una meta ambiciosa no solo para la reducción de emisiones necesaria, sino porque debe darse junto a una emigración cada vez mayor al ámbito urbano: se espera que el 60% de la población mundial viva en ciudades en 2030, lo que suponen 5.000 millones de habitantes.

Las opciones para mejorar las ciudades son múltiples, más allá de la reducción energética a la que se deberá enfrentar el sector de la edificación: desde potenciar la peatonalización y reducir los espacios de aparcamiento y la velocidad de vías hasta el fomento de campañas sociales y educativas para participar en un nuevo diseño urbano y una nueva forma de desplazarse por la ciudad.

Especialmente importante parece la implantación de zonas verdes, algo ya planteado en modelos como el mencionado líneas más arriba. En este sentido, el estudio realizado en la ciudad norteamericana de Filadelfia recogido en The Lancet es esperanzador: se estima que más de 400 muertes prematuras, incluidas más de 200 muertes en las áreas de bajo nivel socioeconómico, podrían prevenirse anualmente en la urbe si esta aumentara sus zonas verdes en un 30%. La movilidad, por último, es otro de los ejes esenciales a la hora de realizar un cambio urbano. Mientras que hoy son las carreteras las que funcionan como arterias urbanas, en el futuro próximo deberían ser las aceras y los carriles bici los que asumieran ese rol. Así lo defienden estudios como el publicado por un grupo de expertos en la National Library of Medicine: en más de 100 ciudades de Europa podrían evitarse más de 10.000 muertes prematuras al año si el modelo de bicicletas compartidas creciera en un 25%. Y su implementación, de hecho, no es particularmente difícil, si tenemos en cuenta que la mitad de los viajes en coche en vías urbanas cubren tan solo 5 kilómetros. Y es que, aunque el vehículo eléctrico es una de las soluciones para dar paso a la nueva movilidad, el espacio que ocupa sigue siendo uno de los problemas esenciales de la ciudad en cuanto ecosistema.

La Tierra de los 8.000 millones

Damián no lo sabe, pero cambió el mundo nada más llegar a él. Literalmente: este bebé nacido en la República Dominicana el pasado 15 de noviembre se convirtió en el habitante número 8.000.000.000 de este planeta. No fue sorpresa para nadie: en su informe Perspectivas de la Población Mundial, Naciones Unidas ya lo preveía, además de que la humanidad seguirá con la tendencia al alza hasta los 8.500 millones en 2030 y los 9.700 millones en 2050. Por si fuera poco, este año se espera una batalla (numérica) entre los dos países más poblados del mundo: si todo sigue igual, la población de la India (1.412.320 habitantes) superará a la de China (1.425.925 habitantes) antes de que acabe 2023.

Estas enormes cifras dibujan el momento en el que el reto demográfico es el centro de toda discusión: las consecuencias de un crecimiento de tales escalas suponen un importante desafío a la hora de satisfacer nuestras necesidades básicas desde el punto de vista ambiental y de acceso a recursos, pero también desde lo económico, lo urbanístico y lo sanitario. «Los 46 países menos adelantados del mundo se encuentran entre los de más rápido crecimiento. Se prevé que muchos de ellos dupliquen su población entre 2022 y 2050, lo que supondrá una presión adicional», advertía recientemente Naciones Unidas.

En 2086, el crecimiento de la humanidad tocará techo: a partir de entonces, la población mundial disminuirá paulatinamente

Concretamente, Asia Meridional será la región geográfica que experimente un mayor crecimiento, ya que pasará de los 1.899 millones de habitantes en 2022 a los 2.294 en 2050. Lo mismo ocurre con Asia Oriental y Pacífico, que alcanzará los 2.428 millones. Por la cola se sitúan Norteamérica y Europa, lo que demuestra que, efectivamente, es en los países en vías de desarrollo donde la tasa de natalidad corre el riesgo de dispararse: en el continente africano se prevé que se genere más de la mitad del crecimiento demográfico mundial en las próximas décadas, lo que cuadra con sus altas tasas de fecundidad (algunos países registran más de cuatro hijos por mujer) provocadas por un acceso limitado a la salud y a la educación sexual, además de la todavía existente discriminación de género que, según Naciones Unidas, «supone un obstáculo para la autonomía de la mujer».

Pero el ser humano no es infinito. El ritmo de crecimiento poblacional, de hecho, es cada vez más lento y a partir de 2080, según las estimaciones, dejaremos de traer más personas al mundo. Por entonces se registrarán algunas fluctuaciones poblacionales, pero en 2086 se tocará techo y, entonces, los habitantes de la Tierra disminuirán hasta las 10.349 millones para 2100. ¿Qué pasará por entonces? Como vaticina Naciones Unidas, en África se concentrará el 50% de la población mundial, Nigeria será el tercer país más poblado del mundo -de hecho, la mitad del crecimiento se dará en tan solo nueve países-, la India habrá superado sin problemas a China y el Viejo Continente hará honor a su nombre, donde casi una cuarta parte de la población tendrá más de 60 años.

De hecho, se estima que la esperanza de vida aumente, de manera global, de 72,8 años a 77,2 en 2050, aunque en los países menos desarrollados se sitúa ya siete años por debajo debido a los altos niveles de mortalidad infantil y materna, así como la violencia y el impacto de algunas enfermedades. A nivel global, en la actualidad, ya cerca del 10% de la población mundial tiene más de 65 años, una tasa que en 2050 alcanzará el 16%. Tal y como demuestran los datos, el ranking lo encabezarán Europa y Norteamérica, con un 26,9% de la población en edad de jubilación. En el África subsahariana, por el contrario, el porcentaje es mucho menor (4% en 2050). Suena paradójico, puesto que sabemos que es una de las zonas que experimentará un mayor crecimiento, pero a pesar de que nazcan tantos niños, si la mortalidad es alta, esto se traduce en una menor esperanza de vida y, por tanto, una escasa población que alcance la tercera edad.

 

En este escenario, los retos a superar difieren mucho entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo. A lo largo de los próximos años, aquellos que estén avanzados socioeconómicamente tienen que afrontar el conocido como invierno demográfico. En países como España y los vecinos europeos, las tasas de nacimiento no dejan de disminuir por diferentes factores –mayor independencia económica de las mujeres, priorización de la carrera laboral, etc– y, a la vez, los avances científicos permiten ampliar la esperanza de vida, generando la famosa pirámide invertida. ¿Qué lectura se puede hacer de esto? «Que la población de 61 países disminuirá para 2050: la tasa de fecundidad de las naciones europeas ya está hoy muy por debajo de la necesaria para garantizar el reemplazo de la población a largo plazo», advierte Naciones Unidas.

Se estima que la esperanza de vida aumente, de manera global, de 72,8 años a 77,2 en 2050, aunque en los países menos desarrollados se sitúa ya siete años por debajo de la media

Mientras tanto, los países en vías de desarrollo se enfrentan a otra caja de Pandora: la creciente densidad poblacional, la dificultad para acceder a bienes básicos y las posibles consecuencias del cambio climático. Las cifras demuestran que estos países tienen mayor densidad –en Singapur viven 8.377 personas por kilómetro cuadrado frente a las 385 que habitan Bélgica–. En este sentido, cuanto mayor sea la densidad, menor es el espacio a habitar y gestionar para obtener recursos básicos, como alimentos o un buen sistema de saneamiento. Además, en los países con ciudades superpobladas, la gestión sostenible de los entornos urbanos se hace mucho más complicada, lo que implica una mayor dificultad para adaptarlas a los posibles cambios de clima.

El nacimiento de Damián ha puesto la pregunta sobre la mesa: ¿El crecimiento poblacional es una oportunidad o un reto? Todo depende de cómo se mire. Mayor humanidad, por ejemplo, se traduce en mayor conocimiento. Por eso, a ojos de Naciones Unidas es el momento ideal para que «los países tomen medidas para minimizar el cambio climático y proteger el entorno, especialmente aquellos más desarrollados, que pueden tomar grandes decisiones a la hora de desconectar el crecimiento de la humanidad de la degradación del medio ambiente». Durante el primer minuto que has dedicado a leer este artículo han nacido en el mundo 300 niños. Al acabar el día, habrán sido 400.000.

¿Es realmente más sostenible el teletrabajo?

Hasta hace menos de cinco años, cuando un candidato acudía a una entrevista de trabajo, los factores que le hacían decantarse por la empresa contratante rondaban principalmente dos cuestiones primordiales: el dinero y el horario. Eran los puntos de interés habituales en la gran mayoría de sectores y lo que convertía una oferta en buena o mala. Una pandemia y un confinamiento después, lo que antes era una pregunta sobre cuánto cobrar y por cuántas horas, ahora se ha difuminado en si para llevar a cabo ese trabajo está requerida la presencialidad.

El teletrabajo, anteriormente percibido como un lujo de brokers o empresarios de éxito se ha convertido en una práctica habitual en una gran cantidad de sectores, a cuyas empresas los trabajadores demandan la posibilidad de trabajar desde casa como una forma de aumentar la eficiencia y reducir costes. Según un estudio del Instituto de Investigación Capgemini, el 75% de las organizaciones esperan que al menos el 30% de sus empleados trabajen de forma remota, mientras que más del 30% de las compañías espera que el 70% de su fuerza laboral trabaje a distancia. En este sentido, todos los argumentos que apoyan este cambio se simplifican bajo un mismo paraguas: sostenibilidad. Pero, ¿es realmente más sostenible el teletrabajo que la asistencia presencial?

Dos días de teletrabajo más permitiría ahorrar cada día 790 toneladas de CO2 en Madrid y 1.153 en Barcelona

Si algo es evidente es su impacto en lo que refiere a la movilidad: aquellos trabajadores que lleven a cabo su actividad de forma remota desde sus respectivos hogares generarán menos emisiones de efecto invernadero que los que viajen en coche y recorran la distancia hasta su puesto de trabajo. En este sentido, hasta un escenario laboral mixto (parte de la semana de teletrabajo y parte de asistencia presencial) tendría beneficios tangibles para el medio ambiente. Así lo asegura un estudio realizado por Greenpeace sobre el impacto del teletrabajo en la movilidad y las emisiones a la atmósfera. El informe contempla que añadir dos días de teletrabajo más a los que ya estuvieran estipulados permitiría ahorrar cada día 790 toneladas de CO2 en Madrid y 1.153 en Barcelona, números que equivalen a un 14-15% de ahorro de emisiones provenientes de desplazamientos laborales y un 5-6% de aquellas producidas por la movilidad de las personas en dichas ciudades. Con estas cifras en la mano, desde la organización ecologista subrayan la trascendencia que tendría este fenómeno como incentivo para la inversión en energías sostenibles en movilidad.

No es el único estudio que apuntala esta idea de una menor huella de carbono gracias a la reducción de los desplazamientos generada por el trabajo en remoto. Recientemente, un informe de Ecologistas en Acción que analizó las variaciones en la calidad del aire en 26 ciudades españolas durante los siete primeros meses dela pandemia -entre el 14 de marzo y el 31 de octubre de 2020- concluyó que se produjo una disminución del 38% en los niveles de dióxido de nitrógeno en comparación con la media de la última década. Unos índices que, durante el primer estado de alarma, entre marzo y mayo de ese mismo año, llegaron a alcanzar el 52%. Son datos de una contundencia absoluta y que subrayan la que quizás sea la mayor ventaja del teletrabajo desde el punto de vista medioambiental.

En los seis primeros meses de la pandemia se redujeron un 38% los niveles de dióxido de nitrógeno respecto a  la última década

Sin embargo, también existen algunos aspectos que, si bien no cuestionan, sí plantean una reflexión con respecto a estas aparentes ventajas del trabajo remoto. Un análisis realizado por parte de la consultora británica WSP a 200 de sus empleados en el que comparaban la huella de carbono producida trabajando desde la oficina y desde casa arrojó que si una persona trabajara en casa todo el año, produciría 2,5 toneladas de carbono al año, lo que representa alrededor de un 80% más que un empleado de oficina. Estos números vienen directamente relacionados con la gestión energética de los edificios, un aspecto en el que las oficinas suelen ser mucho más eficientes que los inmuebles residenciales.

Dada esta situación y ante las dos caras de la moneda que presenta la apuesta definitiva por el teletrabajo, los expertos apuntan a una renovación del parque inmobiliario como la clave de una posible optimización sostenible del empleo. Una renovación que se entiende como un ajuste a los tiempos y que conjugaría las bondades energéticas de un edificio eficiente con el ahorro en movilidad que implica el trabajo a distancia.

Si bien resulta complicado predecir si, una vez pasados los efectos de la pandemia, el poso de esta experiencia permitirá asentar el teletrabajo como forma mayoritaria de actividad laboral, si algo está claro es que la cuestión merece al menos un profundo análisis.

Los incendios se apagan en invierno

Una gestión forestal sostenible no solo en verano, sino durante todo el año, es imprescindible para prevenir los grandes incendios y enfrentar el incremento de la temperatura global.

El calentamiento global está provocando un alza desmesurada del número de incendios en nuestro país. Cada verano, nuevos miles de hectáreas de bosques peninsulares se unen a las ya incineradas el verano anterior. Es justamente en los meses de calor cuando los organismos oficiales se aplican con mayor esfuerzo no solo a la extinción de incendios, sino a su prevención. Pero ¿qué ocurre durante el invierno? ¿No se debería prestar atención a dichas labores de prevención cuando el número de incendios no desborda a los equipos humanos y profesionales que se encargan de su extinción?

En el marco de la consecución del Objetivo de Desarrollo Sostenible 15 para la conservación de los ecosistemas terrestres, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) destaca la importancia de que se aplique en los bosques del planeta una gestión forestal sostenible. 

La gestión forestal sostenible asegura que los bosques proporcionen los suficientes bienes y servicios para satisfacer las necesidades actuales y futuras de las comunidades

La gestión forestal sostenible es un concepto dinámico y en continua evolución, que varía dependiendo de las peculiaridades forestales de cada región del planeta. Pero su objetivo es claro: asegurar que los bosques del planeta proporcionen los suficientes bienes y servicios para satisfacer las necesidades actuales y futuras de las comunidades. Para ello es preciso combinar el aprovechamiento de los recursos que proveen los bosques con su capacidad de regeneración, su biodiversidad y su vitalidad. La aplicación de dicha gestión forestal sostenible abarca aspectos no solo sociales y medioambientales en el uso y conservación de los bosques, sino también administrativos, jurídicos, económicos y técnicos.

Hemos escuchado en numerosas ocasiones: “Los incendios se apagan en invierno”. Esta expresión anima gran parte del espíritu de la gestión forestal sostenible. 

El cambio climático influye en la intensidad de los fuegos que arrasan, cada verano, nuestros bosques. Estamos sufriendo las consecuencias de las pocas lluvias, unos veranos más largos y un aumento excesivo de las temperaturas. Pero más allá de estas condiciones meteorológicas, los incendios podrían minimizarse si se aplicase una correcta gestión forestal.

La pérdida de aprovechamientos tradicionales en el medio rural favorece que nuestros bosques acumulen mayor combustible en forma de biomasa forestal. En los últimos 50 años, los bosques de nuestro país han aumentado en casi 4 millones de hectáreas y somos, por detrás de Suecia y Finlandia, el tercer país de la UE en superficie forestal. Pero este incremento, lejos de ayudar a combatir el cambio climático, supone un peligro. Se trata de hectáreas de terreno que no cuentan como bosque, sino que son una masa forestal vulnerable y no gestionada que favorece la propagación de los grandes incendios y dificulta en extremo las tareas de extinción. Toda superficie forestal no gestionada se convierte en combustible.

En los últimos 50 años, en España, la masa forestal no gestionada que facilita la propagación de incendios ha crecido en 4 millones de hectáreas

Para evitarlo sería imprescindible reforzar el número de efectivos humanos dedicados durante todo el año, especialmente durante el invierno, a la vigilancia y el cuidado de los montes. Igualmente, es imprescindible dinamizar el medio rural e incentivar la economía de los pueblos de nuestro país fomentando actividades que generen paisajes fragmentados y potencien una actividad productiva sostenible. De esta manera, afrontaríamos los riesgos de las temporadas estivales con una mayor seguridad.

En España, la Norma UNE 162.002 de Gestión Forestal Sostenible certifica las hectáreas de bosques que cuentan con un sistema de gestión regido por criterios de sostenibilidad que no solo afectan a los propios bosques, sino también a los productos obtenidos de manera industrial de su madera. En la actualidad, cerca de 3 millones de hectáreas cuentan con esta certificación, otorgada por los dos organismos de observación forestal sostenible con mayor reconocimiento a nivel europeo: PEFC y FSC.

Urge controlar el crecimiento de masa forestal desatendida, y nuestros bosques deben ser gestionados de manera sostenible durante todo el año.

Adela Cortina: «Las empresas tienen una especial responsabilidad para hacer posible una sociedad más justa, local y global»

Con la palabra siempre templada y dispuesta al diálogo, Adela Cortina (Valencia, 1947) construye espacios de entendimiento en territorios donde la cooperación se hace necesaria, aunque sucesos como los populismos, la guerra en Ucrania o la polarización política se empeñen en dinamitarla. La cada vez mayor virtualidad de la vida, el rechazo al pobre (aporofobia, palabra que ella misma inventó hace más de veinte años), la calidad de la educación y el compromiso empresarial para construir una sociedad más justa son algunas de las cuestiones que analiza aprovechando su participación en las Jornadas de Sostenibilidad 2022: Acelerar la recuperación desde la ESG, organizadas por Redeia,

Existe la sensación, ciertamente extendida en algunos sectores, de que esto se acaba. El miedo en nuestras sociedades, en definitiva, ¿dinamita la ética? ¿La desplaza? ¿La pervierte?

El miedo es una de las emociones que necesitamos para sobrevivir, porque nos pone en guardia ante los peligros. Si no hubiéramos sentido miedo ante las amenazas, no habrían podido sobrevivir ni la especie humana ni otras especies animales. El miedo no es como el odio, por ejemplo, que resulta innecesario para vivir, y, sin embargo, hay quienes se empeñan en cultivarlo para generar guerras, polarizaciones y conflictos. Sin embargo, el miedo puede apoderarse de nosotros hasta el punto de llevar a la parálisis, lo cual es nefasto, o, por el contrario, a tratar de analizar las causas que lo provocan y a buscar salidas viables y justas. La opción más ética es la segunda, la que nos insta a buscar los mejores caminos en cooperación con otras personas, con otros países, porque somos interdependientes. La ética es un motor que nos incita a no quedarnos atenazados, impotentes ante el sufrimiento, a no conformarnos con lo que parece un destino implacable, sino a buscar caminos que aumenten la libertad.

¿Cómo se construye la confianza, esa creencia en que la conducta del otro será buena?

La confianza no se construye unilateralmente, sino desde la experiencia vivida de que el otro ha dado muestras palpables de merecerla, de que es fiable. Es verdad que las personas tenemos la tendencia a confiar en que nuestros interlocutores son veraces y que intentan decir lo que tienen por verdadero. En caso contrario, hubiera sido imposible la cooperación entre las personas y entre los pueblos, y es preciso recordar que la cooperación es la que nos ha permitido hacer ciencia, tecnología, la vida política y la vida ética. Es curioso que muy poca gente recuerde que, hasta que no aprendimos a cooperar, tampoco pudimos hacer ciencia y técnica. Como se ha dicho, “nunca veréis a dos orangutanes llevando juntos el mismo árbol”, mientras que las personas sí podemos hacerlo. Pero esa disposición a confiar tiene que venir refrendada por los hechos. Por eso es tan difícil construir la confianza y tan fácil dilapidarla. Como recordaba Maquiavelo al príncipe: quien actúa confiadamente donde tantos no lo hacen, más busca su perdición que su salvación. Y sobre todo pone en peligro la vida de aquellos que le están encomendados. La confianza no es una virtud, sí que lo son la prudencia, la justicia y la esperanza. La confianza hay que ganársela, se construye día a día y exige crear instituciones que den cierta estabilidad a las relaciones sociales, aunque tampoco las instituciones son fiables si no lo demuestran.

Cuando esa confianza se rompe —como ha demostrado el caso de Rusia—, ¿cómo podemos restablecerla? ¿Es posible hacerlo?

En el mes de enero de este año, Putin dijo que no tenía intención de invadir Ucrania, y el 24 de febrero la invadió con la especie de que pretendía “desnazificarla”, con la patraña de que el intento ucranio de entrar en la UE ponía en peligro la seguridad de Rusia, con el sueño de recomponer los países de la Unión Soviética, y quién sabe si el viejo imperio de los zares. No entabló ningún diálogo con Naciones Unidas, a cuyo comité de seguridad Rusia pertenece, y quebró todos los posibles pactos del derecho internacional. Creía tener la fuerza suficiente como para permitirse quebrar acuerdos y segar vidas. Por el momento las espadas siguen en alto, y nunca mejor dicho, pero el daño causado es irreparable y el futuro es angustioso para todos los países, no solo para Ucrania, para la Unión Europea o para Occidente.

Es un ejemplo más, particularmente sangriento, de la vileza de lo que ha dado en llamarse “posverdad” y que, por muchas teorías que se inventen al respecto, en lo que ha venido a recalar es en una banalización de la mentira. Quien tiene el poder suficiente se permite el lujo de mentir, además de dañar. Y con ello retrocedemos a un mundo que creíamos haber superado: el del poder absoluto, el del triunfo de los autócratas que están proliferando en Occidente y en Oriente. En la guerra de Rusia contra Ucrania restablecer la confianza me parece difícil, por no decir imposible. Creo que es más eficaz y humano ayudar a los ucranios a ganar la guerra, y a partir de este punto, a negociar una paz en la que no renuncien a nada de lo que tenían antes de ser agredidos y a ser indemnizados. Ese es el momento de empezar a construir confianza desde la justicia.

Volviendo a la invasión rusa. ¿Qué responsabilidad tiene Europa en el conflicto? ¿Es ético que se comprometa en ayudar a Ucrania mientras que no se ha mostrado tan predispuesta cuando se ha tratado de otros conflictos bélicos?

Desgraciadamente, la Unión Europea no se ha sentido desde su nacimiento como una comunidad de ciudadanos, preocupada por defender sus valores fundacionales. Como se ha dicho a menudo, empezamos por la unión económica, continuamos a duras penas por la política y más tarde llegó la Europa ciudadana, que es todavía muy endeble. Existen documentos, pero las gentes no sienten y valoran suficientemente su pertenencia como ciudadanas. Justamente, una de las pocas ganancias de esta guerra inadmisible es que los países de la Unión han estrechado lazos entre sí, como no lo habían hecho antes, porque han experimentado muy de cerca la barbarie, aunque siga habiendo discrepancias. Sin embargo, por que no se haya mostrado tan predispuesta a la ayuda en conflictos anteriores no vamos a dejar de hacerlo ahora. Lo importante es aprender que en los conflictos debemos apoyar a los débiles, unirnos para hacerlo con los países dispuestos a cooperar, e ir estableciendo vínculos con los demás para poder defender los valores irrenunciables. Esta es una lección que debemos sacar de esta guerra injusta y destructiva.

Asegura que, en los tiempos que corren, el género humano tiene que enfrentar los retos universales desde la ética. En otras palabras, es necesaria por primera vez en la historia una ética para el macronivel, esa ética cosmopolita que se haga cargo de los fines comunes de la humanidad. Sin embargo, como hemos visto a lo largo de los siglos, parece que solo establecemos alianzas con otras naciones cuando existe un adversario común. Por ejemplo, el compromiso entre Europa y Estados Unidos frente a Rusia y China. ¿Por qué?

La predisposición tribal que fuimos generando a lo largo de la etapa de formación del cerebro continúa alimentando la tendencia a actuar bajo el esquema simplista “amigo/enemigo”, que afecta a las relaciones internacionales y también a las del propio país. El actual retroceso a los nacionalismos cerrados, como el ruso, el chino o los de España, es una prueba fehaciente de que esas relaciones grupales siguen funcionando y generando polarizaciones. Por desgracia, después de la primacía de Estados Unidos posterior a la extinción de la Unión Soviética, no ha venido el esperado multilateralismo, el protagonismo de los distintos países y de las relaciones entre ellos. Tampoco, por el momento, un enfrentamiento claro entre dos bloques, como en la Guerra Fría, en los que se posicionaron los diversos países, aunque parece que algo semejante se va gestando. Por el momento, existen relaciones multipolares, relaciones entre distintos polos, que sellan alianzas bilaterales entre sí en proyectos comunes que les convienen puntualmente, sin comprometerse en todos los aspectos. Se trata de una multipolaridad. Con todo, como los problemas son globales, es preciso seguir intentando construir una sociedad cosmopolita, porque los afectados por la globalización tienen que poder ser de algún modo quienes decidan hacia dónde debe orientarse. El proyecto cosmopolita sigue siendo irrenunciable.

En este sentido, ¿es posible establecer una ética cívica, esos mínimos de justicia de los que usted habla, sin cambiar de raíz el modelo económico por el que nos regimos?

Claro que es posible, entre otras razones porque no hay un modelo económico único, sino muy diversos según las peculiaridades de cada país. Por sintetizar, podemos hablar de un modelo capitalista neoliberal estadounidense, un modelo capitalista comunista, al estilo de China, y un modelo de economía social de mercado, que debería ser el que trata de materializar la Unión Europea.

El modelo socialdemócrata, si sus representantes se lo toman en serio, defiende claramente unos mínimos de justicia referidos a derechos civiles y políticos, económicos, sociales y culturales, como también el derecho a la paz, al desarrollo de los pueblos y a un medio ambiente sano. Son derechos que deben ir ampliándose al ir descubriendo nuevas necesidades. En este sentido, los Objetivos de Desarrollo Sostenible, a pesar de las críticas que han recibido, son una buena brújula. Y en cuanto a los valores, la libertad, la igualdad, la solidaridad y el respeto activo pertenecen también a la entraña de este modelo.

Se trata, pues, de adaptar a las nuevas exigencias el modelo de economía social de mercado, basado en la libertad y la solidaridad, y de ponerlo por obra realmente, de forma que las realizaciones se correspondan con las declaraciones.

Según el barómetro de confianza realizado por la consultora Edelman, los españoles confían actualmente más en las empresas que otras organizaciones, como oenegés, medios e incluso el propio Gobierno. ¿Qué papel juega el sector empresarial en la salud de la ética?

Las empresas, y los bancos también son empresas, tienen en estos momentos una especial responsabilidad para hacer posible una sociedad más justa, local y global. Son ellas las que pueden generar mayor riqueza, proveernos de productos y servicios en un momento tan complicado como este, crear puestos de trabajo dignamente remunerados, cumplir con ese deber de influencia que solo las grandes empresas tienen para cambiar legislaciones injustas en países en desarrollo y también en los desarrollados. Pero, además, pueden incrementar ese capital social, que es el cemento que cohesiona a las sociedades, precisamente porque ha aumentado el nivel de confianza en ellas y no deben defraudarla, como bien señala, entre nosotros, Domingo García-Marzá.

Durante el tiempo de la pandemia, un buen número de empresas de distinto tamaño continuaron trabajando, se reinventaron, intentaron mantener a los trabajadores y atender a los ciudadanos. En la Comunidad Valenciana, por ejemplo, pusieron en marcha el eslogan “Esto no tiene que parar”, y lo más interesante es que lo llevaron a la práctica. Muchas empresas actuaron como “empresas ciudadanas”, comprometidas con su entorno. Otras no, por supuesto, pero sí una gran cantidad y la gente se sintió respaldada por ellas.

En esta línea ha venido trabajando nuestra fundación Étnor (“Para la ética de los negocios y las organizaciones”), desde hace más de tres décadas, porque estamos convencidos de que, como bien decía el premio nobel de Economía Amartya Sen, el fin de la economía consiste en ayudar a crear buenas sociedades. Por eso, para una sociedad es óptimo contar con buenas empresas y para las empresas también lo es actuar éticamente. Una buena empresa es un bien público y, afortunadamente, la ciudadanía ha ido dándose cuenta de ello poco a poco. Es preciso acabar con esa perniciosa ideología que se empeña en enfrentar a la ciudadanía con las empresas, cuando lo cierto es que empresarios, trabajadores, consumidores, proveedores son sociedad civil. Y es esencial ir construyendo un “nosotros”.

De las propias empresas afirma que inevitablemente tienen que buscar la perspectiva social, especialmente en el terreno tecnológico, que marcará el futuro de nuestras sociedades. Pero ¿dónde situamos los afectos en un mundo cada vez más virtual en el que ya se está implantando la telemedicina?

En efecto, es preciso decir muy claramente que “la empresa del futuro será social o no será”. En esto concuerdan los proyectos de responsabilidad social empresarial, de ESG (Environmental, Social and Corporate Governance) y todos los índices que reclaman una implicación social y medioambiental de las empresas. Y estas afirmaciones no proceden de una razón lógica, ajena a los afectos, sino de una razón humana que cuenta con afectos, emociones y sentimientos. Sin ellos no hay razón humana. Existe una tendencia, muy errada, a creer que la racionalidad económica, que debería ejercerse en la vida empresarial, es la que tiene como motor la maximización del beneficio a toda costa, pero esto es falso, como bien muestra Jesús Conill en Horizontes de economía ética, remitiéndose a los grandes clásicos que unen ética y economía. Por mi parte, he hablado de una “razón cordial”, que es una razón íntegra. Esto vale para la vida y para la “televida”, que nunca debe intentar sustituir a la vida, sino servirle de instrumento para alcanzar mejor las metas de las distintas actividades humanas. La sustitución sería lesiva en todas las actividades, como se echa de ver claramente en la medicina, las finanzas, la Administración o la educación. Servir de ayuda, por supuesto; sustituir, nunca.

Usted aboga por la ética del diálogo en un momento en el que hemos regresado a los maniqueísmos más absolutos, en donde hasta los movimientos más sólidos se resquebrajan. ¿Cómo integrar la diferencia sin alimentar los populismos?

Como he expuesto en Ética cosmopolita (2021), apostando por la tradición cosmopolita, según la cual todas las personas tenemos el mismo estatus moral, todas tenemos igual dignidad, en eso nos identificamos y nos hace acreedoras al respeto y al cuidado. Pero precisamente porque las personas tenemos algo en común esencial y es que estamos dotados de razón y corazón, precisamente porque tenemos dignidad y no un simple precio hemos de integrar las diferencias personales, siempre que esa integración no provoque desigualdades injustas. Los populismos no tienen ninguna opción en este proceso.

Para el Banco Mundial, los pobres son los que perciben menos de 1’25 dólares. Pero la pobreza es evitable y uno de los primeros Objetivos del Desarrollo Sostenible. ¿Por qué existe todavía la aporofobia?

A mi juicio, las medidas cuantitativas de la pobreza son necesarias, pero es preciso complementarlas con las cualitativas. Y recordar, con Sen, que es pobre quien carece de los medios necesarios para llevar adelante los planes de vida que tiene razones para valorar. Acabar con la pobreza extrema es el primer Objetivo del Desarrollo Sostenible, pero, a mi juicio, no solo es un objetivo, sino sobre todo un deber moral, político, económico y social que tenemos que cumplir ya, al menos por dos razones: porque las personas tienen derecho a no ser pobres y porque hay medios más que suficientes para que nadie lo sea. Si no cumplimos con esa obligación, estamos bajo mínimos de humanidad. No es extraño que los últimos Premios Nobel de Economía se hayan concedido por trabajos empíricos sobre las formas de reducir la pobreza.

En cuanto a la aporofobia, es la tendencia que tenemos los seres humanos a rechazar a quienes no parecen tener nada interesante que ofrecernos, sino solo problemas. Vivimos en la sociedad del intercambio, que puede ser de mercancías, de votos, de dinero, de favores. Y cuando damos con alguien que, al parecer, no puede devolvernos nada a cambio, lo rechazamos. Por eso siempre hay excluidos: los que nos parece que no tienen nada que ofrecer. La aporofobia es un atentado contra la dignidad humana, contra la dignidad de las personas concretas, y pone en peligro la democracia, que tiene por base la igual dignidad de todos los seres humanos. Para combatirla es preciso educar desde la familia, la escuela, los medios de comunicación y la vida pública, para cultivar la capacidad de apreciar el valor de dignidad de todas las personas. Como escribí en Aporofobia, el rechazo al pobre (2017), es urgente educar en la justicia y la compasión.

¿Cómo educamos en las escuelas a futuros ciudadanos críticos, responsables, dialogantes?

Como mínimo, introduciendo en la Enseñanza Secundaria Obligatoria una asignatura de ética, en la que los alumnos conozcan las principales propuestas éticas de nuestra historia y los fundamentos filosóficos que les dan sentido y legitimidad, que sepan también de los valores que priorizamos en las sociedades democráticas. Y que puedan dialogar abiertamente sobre todo esto sin temor a quedar excluidos por sus opiniones. Como decía Tocqueville, “los hombres temen más al aislamiento que al error”: convertir en costumbre el diálogo abierto, sin miedo al aislamiento, es el modo de cultivar una ciudadanía madura y crítica. Pero siempre conviene recordar que no solo educan la escuela y la familia, sino también los medios de comunicación, la ejemplaridad de los personajes públicos y, muy especialmente, la de los políticos. Si la vida pública está colonizada por los tribalismos y las polarizaciones, mal lo tiene la escuela para educar en una ciudadanía madura, con capacidad de discernir y dialogar.

Los riesgos de la no sostenibilidad

¿Cuáles son las consecuencias para las compañías que no se adecúan a los cambios que pide la sociedad?

La palabra está cada vez más presente y su definición es sencilla: la «sostenibilidad» consiste en satisfacer las necesidades de las generaciones actuales sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras, equilibrando el crecimiento económico, el respeto ambiental y el bienestar social. Es, por tanto, una forma de construir el presente, pero también el futuro. Las empresas, conscientes de los retos que se dibujan en el horizonte, cada vez son más sostenibles. No obstante, ¿qué ocurre cuando una compañía no asume el cambio? ¿Qué sucede con su reputación? ¿Y con su financiación, sigue atrayendo inversión? ¿Pierde cuota de mercado? Al menos así parecen sugerirlo los datos: por ejemplo, según la oenegé WWF, la popularidad de las búsquedas relacionadas con productos o servicios sostenibles ha aumentado un 71% a nivel mundial desde 2016.

Los criterios ESG tienen cada vez más influencia en la propia rentabilidad y riesgo

Lo cierto es que los riesgos de ignorar esta tendencia son múltiples, y pueden ser tanto financieros como no financieros, ya que ambos aspectos se encuentran estrechamente entrelazados en un mismo nudo. Los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) tienen cada vez más influencia en la propia rentabilidad y riesgo: cuanto menos coincidan las apuestas económicas con esta clase de perspectivas, menos segura será la inversión.

Estos aspectos son los que se trataron en las Jornadas de Sostenibilidad 2022 organizadas por Redeia entre el 18 y el 20 de octubre. En este último día, Roberto García Merino (CEO de Redeia), Rosa García (presidenta de Exolum) y Arturo Gonzalo (CEO de Enagás) hablaron precisamente de esta clase de riesgos en una mesa redonda que arrojó luz sobre el futuro de la industria y las finanzas nacionales. «Si una compañía quiere tener un futuro, tiene que incorporar estos criterios», defendió Roberto García. A lo que añadió que «tiene más costes no avanzar en la transición energética, como estamos viendo ahora mismo en Europa, que hacerlo».

Roberto García, CEO de Redeia: «Tiene más costes no avanzar en la transición energética, como estamos viendo ahora mismo en Europa, que hacerlo»

Entre los riesgos, es evidente que obstaculizar (e incluso ralentizar) la transición energética y ecológica es uno de ellos. No contar con una perspectiva sostenible puede conllevar la emisión de elevadas cantidades de gases de efecto invernadero, una contaminación del agua, un aumento de la temperatura y una baja eficiencia de las materias, los recursos y la energía en los procesos productivos. Y ello sin contar los perjuicios directos al medio ambiente, como los daños a la biosfera o la falta de respeto a los derechos y la vida de los animales. Actos que irían en contra de la Agenda 2030, cuyos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) son clave según António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, a la hora de lograr «un planeta saludable».

El cambio climático se ha vuelto una realidad urgente para el gran conjunto de la sociedad, lo que implica una exigencia tácita hacia las empresas: al desear un cuidado del medio ambiente en sus acciones, los stakeholders —que incluyen desde los accionistas hasta los trabajadores y los propios clientes— hacen decantar a las compañías hacia sus mismos intereses; estas, al fin y al cabo, no pueden funcionar de manera adecuada dentro de una burbuja. Tal como confirmó una encuesta realizada por Havas Group Worldwide, dos de cada tres consumidores creen que, a la hora de impulsar un cambio social positivo, las marcas tienen tanta responsabilidad como los gobiernos.

Y no son los únicos factores negativos a la hora de ignorar la sostenibilidad. Entre ellos también encontramos un precio más alto de los recursos, como la electricidad (si atendemos a los precios de las fuentes de energía no renovable), pero también aquellos de carácter más social: la producción de bienes poco saludables, el mal uso de los datos personales, las tensiones laborales y económicas, las dificultades de conciliación y las deficiencias en la mejora del capital intelectual. Lo mismo ocurre con aquellos vinculados a la gobernanza, con falta de diversidad, políticas deficientes y corrupción. A toda esta clase de consecuencias se sumarían, además, unas respuestas financieras negativas bastante concretas, como multas y sanciones, un deterioro del valor reputacional (y, por tanto, también del valor competitivo y del futuro empresarial, según defienden desde consultoras como Atrevia) y hasta un deterioro de los propios activos.

Hay un riesgo que, sin embargo, parece englobar todos los demás a los que puede enfrentarse una empresa: el de quedar al margen de las tendencias y el progreso (y, por tanto, el favor) sociales; es decir, carecer de una misión general con la que justificar la existencia corporativa. Y no son pocas compañías las que se enfrentan a esta amenaza: según señala Pacto Mundial, tan solo un 41% de las empresas afirman disponer de una estrategia de sostenibilidad. Arturo Gonzalo, de Enagás, defendió precisamente un aumento de esta clase de estrategias al resaltar el nudo formado por «la lógica de sostenibilidad y la lógica económica».

Tal como se resaltó durante las jornadas, no obstante, el desarrollo de un futuro más sostenible y más limpio incumbe a todos. «Es importante hacer un análisis pragmático para saber en qué momento tenemos que apretar el acelerador; es decir, para saber cuánto tenemos que descarbonizar y a qué coste. Si esta transición tiene unos costes tan altos que solamente la clase alta puede asumirlos, una gran parte de la sociedad se va a negar a llevarla a cabo», explicó Rosa García, de Exolum, que ponía el broche a una serie de riesgos que aún es posible esquivar.

Cómo hacer una compra sostenible (y asequible)

La escalada de la inflación ha hecho que más consumidores se preocupen por sus cestas de la compra. Aun así, no solo los precios están marcando qué se mete o no en el carrito semanal, porque la necesidad —y el deseo— de ser más sostenibles empuja también a cambiar hábitos y decisiones de consumo.

Preguntarse cómo hacer una compra sostenible y asequible es el primer paso para modificar las cosas. Después, llega el momento de actuar y ciertos consejos ayudan a conseguirlo de la mejor manera posible.

De entrada, es recomendable optar por la compra a granel. Como explica un análisis de la OCU, «comprar a granel es una buena manera de hacer una compra más sostenible: reducirás envases, podrás elegir las piezas y llevar solo la cantidad justa que desees». El consumidor puede ajustarse al producto que necesita por ejemplo, no más harina que se estropea por no haberla consumido antes de su fecha de caducidad o cereales rancios por llevar la bolsa abierta demasiado tiempo y escoger de forma más efectiva. Al mismo tiempo, ser más selectivos con la cantidad de producto comprado ayuda desde el punto de vista económico, porque se reduce el despilfarro alimentario y se paga simplemente por lo que se quiere.

La compra a granel ayuda a no llevarse más producto del que se necesita, pero también a eliminar plásticos de un solo uso

Además, también ayuda a reducir el uso de plásticos, puesto que estos productos no vienen envasados de serie. En líneas generales, usar menos plásticos de un único uso es uno de los objetivos clave para reducir la huella ambiental de las compras.

Hacerlo en la compra semanal no siempre es sencillo, como demostró el diario de una periodista de El País, que lo intentó a modo de experimento, pero sí es factible aplicarlo a ciertos niveles. Por ejemplo, es cada vez más habitual que tanto fruterías como supermercados ofrezcan bolsas de papel para pesar el género o que permitan que sean reutilizables. Y, aunque aún no sea lo habitual, en las demás secciones de frescos aceptarán que se traigan los envases de casa: algunas cadenas de hipermercados han llegado a lanzar acciones potenciando la idea.

Productos de proximidad

Además del cómo y el cuánto, también es importante fijarse en el dónde y el cuándo a la hora de hacer la compra. Así, apostar por productos de temporada aumenta la probabilidad de que la huella de carbono de lo comprado sea menor, puesto que todo aquello que no lo es suele haber hecho un largo viaje o consumir muchos recursos en invernaderos especiales para llegar al punto de venta. El Ministerio de Agricultura ha publicado diferentes calendarios de frutas y hortalizas de temporada que ayudan a saber qué está o no en su momento.

Para ser sostenible hay que fijarse en el dónde y el cuándo: los productos de cercanía y de temporada son mucho más responsables

El origen de los productos también importa, porque la cercanía entre el punto de producción y el de venta ayuda a reducir el impacto en el entorno. Por ello, es muy importante leer de forma crítica las etiquetas de los alimentos. Por ejemplo, como explica en una entrevista el investigador Gumersindo Feijoo, del Instituto CRETUS, si se compra en España un kiwi con la etiqueta de «ecológico», pero que viene de Nueva Zelanda, será mucho menos respetuoso con el medioambiente que uno que se ha cultivado en Galicia, por mucho que no tenga esa atribución en sus características.

El consumo de proximidad ayuda, al mismo tiempo, a reducir la factura de la compra. Solo hay que pensar cuánto cuesta la llamada «piña avión» que se deja madurar hasta el último momento en el árbol y se transporta en avión hasta Europa para entender cuánto puede encarecer la compra la importación.

Sellos de garantía

La sostenibilidad no implica únicamente reducir el impacto de la producción en el medioambiente, sino también garantizar que todo se haya creado de la forma más respetuosa posible para las personas. No en vano, el punto 8 de los ODS de Naciones Unidas reclama «promover el crecimiento económico inclusivo y sostenible, el empleo y el trabajo decente para todos».

Los sellos y distintivos de sostenibilidad ayudan a los consumidores a separar el grano de la paja en sus compras. El más popular es el sello de Comercio Justo Fairtrade, otorgado por la World Fair Trade Organization y que promete garantizar, tanto que los alimentos vienen de un cultivo sostenible, como que son justos con sus productores.

Pero más allá de esta certificación global, existen otras más que ofrecen ciertas seguridades. Por ejemplo, si se quiere consumir de cercanía, es interesante descubrir qué sellos utilizan los productores de la propia comunidad autónoma para buscarlos en el punto de venta. Algunas industrias también cuentan con garantías específicas: la industria láctea que protagonizó encarnizadas protestas hace un par de años por los bajos precios de la lechetiene ahora Productos Lácteos Sostenibles, que asegura que se ha pagado a los ganaderos un precio justo por la materia prima.

Decisiones alimentarias propias

Finalmente, para hacer la lista de la compra más sostenible y también más asequible hay que tomar decisiones en cuanto a la dieta. Reducir el consumo de carne no solo es más saludable, sino que además ayuda a reducir las emisiones de carbono de la industria de la alimentación. El 25 % de todas las emisiones anuales de gases de efecto invernadero viene de este sector: algo más de la mitad arranca en la creación de productos animales. Y no hay que pasarse a una dieta vegetariana o vegana para lograr mejorar el impacto, con bajar la carga semanal de productos cárnicos ya se avanza.

Huertos escolares para una educación integral

Aunque las iniciativas pioneras se remontan a la España de los años 30 o la Europa de finales del XIX, el gran momento de los huertos escolares está siendo este principio del siglo XXI. Su presencia es cada vez más habitual en los colegios: ya son miles en los centros españoles. Los beneficios educativos que aportan son clave para entender por qué las escuelas se lanzan al cultivo.

Algo ha cambiado en los centros educativos en los últimos años: cada vez es menos difícil encontrarse en alguna esquina con tomateras o lechugas florecientes. Niños y niñas conocen de primera mano cómo nacen y crecen los alimentos gracias a los huertos escolares, los cuales se han convertido en una pieza emergente en su currículo educativo. 

Aunque la propuesta pueda parecer moderna, lo cierto es que de forma experimental ya se trabajó la idea de integrar el cultivo en el colegio en décadas y hasta siglos anteriores. En España, algunas escuelas ya contaban con huertos durante los años de la II República y, en Europa, se registraron experiencias en las últimas décadas del siglo XIX. 

Aun así, el gran boom de los huertos escolares ha llegado durante estas primeras décadas del siglo XXI, cuando se ha popularizado mucho más allá de unas cuantas apuestas experimentales. La recuperación de espacios para el cultivo o la reconversión de los patios de recreo han ido progresivamente llenando las escuelas de pequeños huertos en los que los propios estudiantes trabajan la tierra y ven progresar sus frutos. 

Un estudio de 2018 calcula que en España ya hay unos 4000 huertos escolares

Los cálculos de las especialistas Andrea Estrella Torres y Laura Jiménez Bailón permiten estimar cuántos huertos escolares existen en España. Estrella y Jiménez apuntan unos 4000 huertos, más de los alrededor de 1000 que indicaba el otro intento previo —de 2004— de extraer una cantidad. Sus cuentas no son recientes, sino de 2018, por lo que es esperable que el número real actual supere esa cifra. Saberlo de forma precisa no es sencillo, puesto que no existe un censo de estos espacios (aunque sí hay una iniciativa colaborativa de mapeado en marcha). 

Los beneficios de los huertos escolares 

Las razones por las que los colegios están optando cada vez más por implementar este tipo de iniciativa son múltiples. De entrada, los huertos escolares funcionan porque sirven para enfocar la educación de una manera integral. En ellos, niños y niñas no solo acceden a conocimientos prácticos sobre la tierra, sino que ganan en habilidades sociales —ayudan, por ejemplo, a aprender a relacionarse o facilitan la integración social— o en comprensión de los ciclos de los productos.

De hecho, al descubrimiento del camino que recorren los alimentos de la tierra a la mesa, se suman cuestiones como la familiarización con los criterios de la economía circular. Por ejemplo, cuando Zaragoza puso en marcha hace unos meses un piloto de compostaje escolar para el abono de los propios huertos de los colegios participantes, su consejera de Medio Ambiente, Patricia Cavero, explicaba que querían implicar a toda la comunidad escolar para familiarizarse «con la separación de los residuos orgánicos, su aprovechamiento y los beneficios de la economía circular». Así, esos campos de cultivo en el patio enseñan a ser más respetuosos con el medio ambiente y a interiorizar comportamientos más sostenibles para demostrar que los desechos pueden servir para mucho más que acabar en un vertedero. 

Además de dar conocimientos prácticos sobre la tierra, mejoran áreas tan variadas como las habilidades sociales o las prácticas sostenibles

Asimismo, el potencial educativo no se limita a las áreas que a primera vista parecen más obvias, como las naturales. La aproximación al huerto escolar se puede hacer desde prácticamente todas las asignaturas, usándolo tanto para mejorar las matemáticas como para integrarlo en las prácticas plásticas. El límite está en la imaginación del profesorado.

Igualmente, se considera que estas experiencias tienen un efecto muy positivo en la asimilación de conceptos vinculados a una dieta más sana, variada y respetuosa con el entorno, puesto que permiten conocer alimentos y familiarizarse con los vegetales. Una berenjena puede parecer menos atractiva cuando un escolar la ve en un supermercado que cuando ha crecido gracias a su tiempo y esfuerzo.

Además, tampoco se debe olvidar la ventaja que supone, en general, convertir los patios de colegio en más verdes: una mejora de la salud mental y física o la transmisión de valores más igualitarios y cooperativos.

Finalmente, la última reforma educativa, la LOMLOE, ha incorporado al currículo escolar la educación ambiental, por lo que este tipo de iniciativas se convertirán en todavía más cruciales. Servirán, así, para poder transmitir a los escolares lo que el plano de estudios apuntala. 

Zoonosis, una amenaza cada vez más presente

El término, aunque suene extraño en un primer momento, deja entrever su gravedad. Según la Real Academia Española, el concepto de «zoonosis» hace referencia a la «enfermedad o infección que se da en los animales y que es transmisible a las personas en condiciones naturales». Es decir, aquella enfermedad infecciosa que salta de un animal a un humano de forma natural, precisamente lo que se cree que ocurrió con la propagación del coronavirus. Este hecho no constituye algo anecdótico. Tal como afirma Naciones Unidas, «las zoonosis representan un gran porcentaje de las enfermedades nuevas y existentes en los humanos». ¿Son, entonces, una amenaza para nuestro propio futuro?

Alrededor del 75% de todas las enfermedades infecciosas nuevas y emergentes que padecemos se transmiten entre las distintas especies animales y la nuestra

Se trata, desde luego, de una de las sombras más amenazantes de nuestro horizonte. Según señalan desde el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, «en los últimos años se ha asistido a un incremento del número de casos de algunas zoonosis». Las causas son múltiples, entre otras: la globalización, que conlleva un aumento del tráfico de personas y mercancías (y, por tanto, un mayor riesgo de diseminación); la intensificación de las producciones asociadas a un aumento del número de animales; los nuevos hábitos alimentarios; la creciente resistencia a los antibióticos; y el contacto de la fauna salvaje con la fauna doméstica, más cercana al ser humano.

Hasta 250 enfermedades zoonóticas han sido descritas por la Organización Mundial de la Salud en lo que tan solo parece ser la punta del iceberg: se estima que aún falta medio millón más por diagnosticar. De hecho, cada año aparecen cinco nuevas enfermedades humanas, siendo tres de ellas de origen animal.

Esta cifra, sin embargo, puede aumentar, y es que el cambio climático –y algunos de los factores que lo favorecen, como la deforestación– está acelerando la aparición y la transmisión de estas enfermedades. En hábitats bien conservados en los que las especies se relacionan en equilibrio, los virus se distribuyen entre estas, sin afectar a las personas; en cambio, cuando la naturaleza se altera de forma considerable o incluso se destruye, debilitando los ecosistemas naturales, se facilita la propagación de patógenos, aumentando la probabilidad de transmisión. Así lo asegura la ONU, desde la que indican que pandemias como la actual «son un resultado previsible y pronosticado de la forma en que el ser humano obtiene y cultiva alimentos, comercia y consume animales y altera el medio ambiente». Para prevenir que situaciones como la que estamos viviendo a nivel global se repitan, hay varios factores de intervención humana que evitar para el futuro. Es el caso de la intensificación no sostenible de la agricultura, el aumento y explotación de las especies silvestres o las alteraciones en el suministro de alimentos.

Según Naciones Unidas, pandemias como la actual «son un resultado previsible y pronosticado de la forma en que el ser humano obtiene y cultiva alimentos, comercia y consume animales y altera el medio ambiente»

Mientras tanto, con uno de los veranos más calurosos de la historia, el peligro parece acechar cada vez más. «Cada vez surgen más enfermedades de origen animal. Es preciso actuar con rapidez para abordar el déficit de información científica y acelerar el desarrollo de conocimientos y herramientas que ayuden a los gobiernos, empresas y comunidades a reducir el riesgo de futuras pandemias», señala el documento Prevenir la próxima pandemia. No en vano, alrededor del 75% de todas las enfermedades infecciosas nuevas y emergentes que padecemos se transmiten entre las distintas especies animales y la nuestra. En definitiva,  nuestra salud depende del resto de los que habitan en la Tierra.