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Salud mental en adolescentes: la asignatura pendiente

Uno de cada siete adolescentes en el mundo padece algún trastorno mental. Son estadísticas de la Organización Mundial de la Salud que ayudan a visualizar en números lo que los medios empiezan ya a tratar como la próxima gran epidemia que marcará la salud de la población.

La crisis del coronavirus y sus consecuencias han llevado a que se hable mucho más de salud mental; ya que con la pandemia aumentaron los casos de depresión y ansiedad, sobre todo en adolescentes. “La pandemia ha destruido la salud mental infantojuvenil», resumía a finales de 2021 en una entrevista el pediatra del servicio de psiquiatría del Hospital Nuestra Señora de Candelaria, en Tenerife, Pedro Javier Rodríguez.

Este aumento de los problemas de salud mental en la adolescencia ha provocado que el sistema sanitario español esté desbordado y sea incapaz de gestionar y atender a todos aquellos que lo necesitan. Un problema que se extiende a nivel mundial, ya que según cálculos de UNICEF, solo el 2% de los presupuestos sanitarios se destina a salud mental.

«La pandemia ha destruido la salud mental infantojuvenil», alerta un pediatra

Las cifras con las que Save the Children cerraba el segundo año de pandemia indicaban que entre niños y adolescentes se estaban registrando cuatro veces más problemas de ansiedad o depresión y tres veces más problemas de conducta que años anteriores. Un hecho que ratifican las estadísticas del informe sobre el Estado Mundial de la Infancia 2021 de UNICEF: uno de cada siete adolescentes tiene ya un diagnóstico de salud mental.

No obstante, según este informe, por mucho que la crisis de la COVID-19 haya empeorado las cosas, los problemas de salud mental existían mucho antes. De hecho, la tendencia de los años previos a la pandemia ya daba avisos de alerta. Tal y como muestran las cifras de Estados Unidos, entre 2007 y 2019 los datos de depresión grave subieron en un 60% entre los adolescentes y los de suicidio en cerca de otro 60% tras haberse mantenido estables entre 2000 y 2007.

No es solo el coronavirus

Por tanto, la gran cuestión no es únicamente cómo ha afectado la pandemia a la salud mental en la adolescencia, sino qué es lo que ya antes de la crisis del coronavirus estaba afectando a la salud mental de la población. «Los jóvenes cuentan con más nivel educativo, son menos propensos a embarazarse o a consumir drogas; menos propensos a morir por accidentes o lesiones», explica la psicóloga de la Universidad de California, Candice Odgers, que recuerda que, a pesar de todas esas mejoras, su bienestar mental muestra una tendencia muy negativa.

La crisis del covid no es la única culpable de la situación: los problemas ya venían de antes

La salud psicológica de los adolescentes se resiente del contexto en el que les ha tocado vivir. Los efectos de las redes sociales –a las que múltiples estudios acusan de afectar a su autoestima– o el modo en el que la tecnología ha afectado a los patrones de sueño son algunas de las razones que se suelen esgrimir para explicar por qué ha empeorado su salud mental.

Además, en esta ecuación no se puede olvidar el contexto socioeconómico en el que viven los jóvenes. Quienes crecen en un hogar con menos ingresos, alerta Save the Children, tienen mayor probabilidad de tener problemas de salud mental. Así, la precariedad económica también pasa factura a la población adolescente.

Igualmente, son muchas las investigaciones que demuestran que los efectos del cambio climático crean ansiedad entre este grupo poblacional. El 50% de los adolescentes a los que se contactó para llevar a cabo un estudio multinacional de la Universidad de Bath reconocía sentirse asustado, triste, ansioso o enfadado ante la posición de sus gobiernos frente al cambio climático. Es más, una de las responsables del estudio lo resumía apuntando a que la juventud se «siente traicionada» por su clase política en la gestión de la crisis medioambiental.

En resumidas cuentas, la salud mental de los adolescentes se ha convertido en una grave problemática del mundo actual. La gran cuestión ahora es qué se debe hacer para que deje de ser una asignatura pendiente.

Diez formas de celebrar el Día de la Tierra

Hoy es siempre todavía. Así lo afirma el poeta Antonio Machado en una de sus obras: «Toda la vida es ahora. Y ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde». En múltiples ámbitos de nuestras apresuradas vidas, el ‘ahora’ siempre tiene un aroma de urgencia. O es ya, o nunca. Una mentalidad que trasciende a otros escenarios más globales, como la emergencia climática.

Cada 22 de abril, Día de la Tierra, a nuestros ojos y oídos llegan cientos de recomendaciones que animan a cambiar nuestros hábitos, buscar mejores formas de relacionarnos con el planeta y, en definitiva, dar con la clave para dejar el menor rastro en él. Aunque el cambio de rumbo de nuestro planeta tiene que venir precedido por los propios Gobiernos, también somos nosotros, los ciudadanos, los que podemos impulsar el cambio con pequeños gestos en nuestro día a día. Y es que no se trata solo de sustituir nuestras bombillas por unas más eficientes o reciclar los envases de plástico. Existen otros enfoques efectivos a través de los que promover la (verdadera) acción climática. Con motivo de este Día de la Tierra, compartimos algunos de ellos.

1. Promueve comportamientos ambientalmente responsables

Ser un ciudadano responsable es serlo con el resto de las personas que lo habitan. A fin de cuentas, resolver el cambio climático es algo colectivo y, por ello, es importante que todos nos encontremos en la misma página.

Piensa en esos patrones que pueden transformarse de manera relativamente sencilla a la vez que crean conciencia: optar por el tren en lugar del avión en los viajes, desplazarte en bicicleta, utilizar el transporte público siempre que sea posible, caminar siempre que sea factible,  instalar contenedores de reciclaje en casa y enseñar a los más pequeños a utilizarlos u optar por los envases de cristal (en lugar de plástico) para transportar la comida son buenas ideas para crear conciencia mientras vivimos de una forma más sostenible. 

2. Ropa nueva: solo la que vistamos más de diez veces

Tal y como apuntan las Naciones Unidas, el consumidor medio compra un 60% más de prendas de ropa que hace 15 años y conserva cada artículo la mitad del tiempo. En otras palabras: consumimos más y desechamos antes los productos de una industria que es responsable del 10% de gases de efecto invernadero y del 20% de los residuos plásticos que hay en los océanos.

¿Hay alguna forma de minimizar el impacto? Aunque lo ideal es apostar por la segunda mano, lo cierto es que esta opción no siempre es asequible. Sin embargo, todavía podemos seguir otra regla: comprar tan solo las prendas que vayamos a ponernos más de diez veces. Eso implica huir de las campañas de moda y el conocido fast-fashion. Al hacerlo, estaremos poniendo nuestro grano de arena para reducir la producción masiva de rop

3. Un refugio en nuestra ventana

Los ecosistemas son las mayores víctimas del cambio climático. En ese frágil equilibrio de la naturaleza, un cambio de temperatura casi indetectable por el ser humano puede dejar sin hogar a numerosas especies. De hecho, como advierte la ONU en un informe histórico, siete de cada diez ecosistemas terrestres ya están gravemente alterados por la actividad humana. Y dado el crecimiento exponencial de nuestra población, todo apunta a que las cifras irán a más.

Una forma efectiva (y sencilla) de cambiar esta situación, especialmente en las ciudades, donde la fauna corre mayor peligro, es aprovechar el espacio que ocupamos para construir pequeños hábitats que sirvan de hogar a las especies comunes. Ya sea plantar distintas especies de flora en una maceta, construir un pequeño panal a partir de objetos reciclados o instalar una casa para pájaros, cualquier opción garantiza un impacto positivo. 

4. Alimentación consciente 

La agricultura industrial utiliza plaguicidas que provocan efectos nocivos sobre nuestra salud, y también sobre las de otros seres importantes como las abejas. Recientemente, un estudio publicado en la revista Science descubrió, tras analizar 29 cursos de agua en 10 países europeos (incluido España), más de 100 pesticidas viajando por los ríos de los que beben gran parte de la flora y fauna silvestres.

Por ello, un gesto tan sencillo como acudir a esa  frutería del barrio que se surte de frutas y verduras ecológicas en lugar de ir al supermercado –donde se venden alimentos producidos de forma masiva– o comprar productos a granel (y locales) puede ayudarnos a reducir la contaminación de nuestro entorno y, además, el impacto de nuestra huella: al comprar de forma más consciente estaremos minimizando nuestro consumo de plástico y, por tanto, estaremos contribuyendo a reducir nuestros residuos.

5. Un espacio para el compostaje

Cada año en todo el mundo se desperdician 1.300 millones de toneladas de alimentos, una pérdida que genera aproximadamente entre el 8% y el 10% de las emisiones mundiales. Si bien debemos evitar a toda costa tirar alimentos a la basura, el compostaje puede ayudar a dar una segunda vida a esos residuos orgánicos que, de forma inevitable, acabarán en la basura.

Esta práctica puede parecer complicada a primera vista, pero no requiere más que una pequeña compostera (algunas tienen el tamaño de un cubo de basura) y un rastrillo para remover los restos. Una vez producido, podemos utilizarlo como abono para nuestras plantas, donarlo a huertos urbanos o, si se cuenta con los medios suficientes, utilizarlo como combustible.

6. No es solo consumir sostenible, sino menos

Una de las interpretaciones erróneas más típicas a la hora de luchar contra el cambio climático es creer que es suficiente con comprar sostenible. Sin embargo, el verdadero impacto positivo nace de un consumo minimizado; es decir, adquirir menos cosas, pero de mejor calidad. Esto no solo minimizará nuestra huella ambiental, también el gasto de nuestros bolsillos.

Para evitar un gasto de recursos mayor del que necesitamos, podemos seguir unos pasos para ahorrar todo lo posible: mantener la temperatura de la calefacción a 23 grados, aislar correctamente puertas y ventanas, no dejar objetos enchufados indefinidamente, etc.

7. Optimiza los envases

Uno de los efectos más negativos que la pandemia ha provocado sobre el planeta ha sido la vuelta de los envases de plástico desechable debido al aumento de las compras online y los pedidos de comida a domicilio. Afortunadamente, la aprobación de la Ley de Residuos española, que prohíbe la mayor parte de los plásticos de un solo uso y obliga a los supermercados a dedicar al menos el 20% de la superficie a productos sin embalaje, promete frenar en cierta medida la producción masiva de material.

No obstante, nuestros hogares aún están plagados de envases plásticos a los que conviene darles un segundo uso. Y es que todo envase –también  los de cristal– puede tener una segunda vida si sabemos dársela: una maceta donde plantar semillas, un recipiente para congelar alimentos, material con el que practicar manualidades… Si compramos menos y reutilizamos lo que adquirimos, le estaremos dando un doble respiro al planeta.

8. Practica turismo sostenible

Nuestra forma de viajar también influye en la salud del planeta, y una buena forma de celebrar el Día de la Tierra es asegurándonos de que nuestro impacto a la hora de descubrir sus paisajes sea el mínimo. Debemos ser capaces de revisar nuestro rol de turista.

Apostar por el alquiler de pisos turísticos sostenibles o elegir destinos cercanos en lugar de coger un avión a la otra punta del mundo son grandes opciones. A veces, es más sostenible viajar a un resort en el Mediterráneo que a un ecohotel en Tailandia.

9. Apoya iniciativas ecologistas locales

Para actuar de forma global primero hay que hacerlo con un enfoque local. Más allá de la gran labor de las organizaciones ecologistas internacionales, cada vez existen más movimientos verdes que dedican todos sus recursos a una causa muy concreta y conocen, por tanto, lo que realmente hace falta para resolverla.  Así, las asociaciones vecinales, las asambleas y otros tipos de entidades locales son grandes aliados para elegir dónde enfocar nuestros esfuerzos y ser testigos directos de ese impacto positivo que tanto deseamos provocar en nuestro planeta.

Por ejemplo, en Madrid el Grupo de Acción para el Medio Ambiente (GRAMA) trabaja por la protección de los ecosistemas de la comunidad y, en Castilla y León, organizaciones no gubernamentales como Ekoactivo (nacida en Tudela del Duero) se dedica a organizar itinerarios ambientales para mayores y pequeños con el objetivo de concienciar y promover hábitos sostenibles en el entorno local. No obstante, la mayor parte de las instituciones locales y regionales pueden informarte de las organizaciones que están trabajando actualmente en cuidar la zona y cómo puedes formar parte de ellas.

10. Duda e infórmate

¿Por qué nuestro día a día es tan contaminante? ¿Qué es lo que hacemos que tanto daño provoca al planeta? Puede resultar paradójico, pero vivir la sobreinformación no implica necesariamente personas más informadas y capaces de actuar.

Para enfrentar la crisis ambiental debemos ser ciudadanos responsables, es decir, construir un entorno mejor a través de la eficiencia energética o la movilidad sostenible. Para ello es importante estar bien informados, conocer los límites y aprender qué está en nuestra mano para cambiar las cosas.

Las Zonas de Bajas Emisiones llegan para quedarse

Las ciudades afrontan el futuro bajo las promesas de transformaciones esenciales. El propio esqueleto urbano podría llegar a cambiar por completo. Según la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, a partir del año 2023 las ciudades de más de 50.000 habitantes, los territorios insulares y los municipios de más de 20.000 habitantes que superen los límites de contaminación, «deberán adoptar planes de movilidad urbana sostenible para introducir medidas de mitigación y reducir las emisiones de la movilidad». Entre las medidas de mitigación se incluyen, entre otras cosas, el establecimiento de Zonas de Bajas Emisiones (ZBE).

Estas áreas, que se tendrán de adaptar a la particularidad de cada entorno urbano, deberán establecer medidas destinadas no solo a cumplir con un descenso del ruido y la contaminación, sino también con un aumento de la eficiencia en la movilidad urbana general. Las razones son evidentes: la contaminación atmosférica es la responsable directa de más de 500.000 muertes prematuras al año en Europa. El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico se muestra especialmente convencido de sus ventajas ambientales, ya que la creación de esta clase de áreas llevaría a dotar de una «monetización de los recursos naturales preservados y de una mitigación de efectos del cambio climático».

A partir del año 2023, las ciudades de más de 50.000 habitantes, los territorios insulares y los municipios de más de 20.000 habitantes que superen los límites de contaminación deberán implantar Zonas de Bajas Emisiones

Estas áreas, en su mayoría situadas en el centro de las ciudades, restringen el acceso a los vehículos con el objetivo de mejorar la calidad del aire. Para su implementación se tiene siempre en cuenta el sistema de clasificación por etiquetas creado por la Dirección General de Tráfico, que otorga una mayor facilidad a la hora de establecer la movilidad de unos y otros vehículos: aquellos más contaminantes –por ejemplo, los coches de gasolina matriculados antes del año 2000– ven casi siempre prohibido el paso a la zona en cuestión. Los ejemplos de Zonas de Bajas Emisiones son numerosos, extendiéndose en la actualidad a lo largo y ancho del continente europeo, como demuestra Urban Access Regulation. Ciudades como Berlín, París, Bruselas, Ámsterdam, Viena o Atenas cuentan con una de estas zonas restringidas, pero ¿qué ocurre mientras tanto en España?

Lo cierto es que actualmente los ejemplos aún son escasos. Uno de los más relevantes es el de Barcelona. Implantado por su ayuntamiento en 2020. El área en cuestión alcanza los 95 kilómetros cuadrados, englobando todo el término municipal de la ciudad y los municipios de Sant Adrià de Besòs y L'Hospitalet de Llobregat. No obstante, solo restringe la circulación a los vehículos sin etiqueta entre las 7.00 y las 20.00 horas los días laborables. Aunque el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha anulado recientemente la implantación de la zona por «deficiencias en su elaboración y un excesivo ámbito de aplicación», lo cierto es que sigue funcionando -la orden no es inmediata y se espera, además, que el consistorio recurra la sentencia-.

Otro caso destacado en España lo constituye la ZBE diseñada por el Ayuntamiento de Madrid, también conocida como Madrid 360. El área en cuestión mantendrá las mismas limitaciones que el primer proyecto de esta clase, Madrid Central, si bien permitirá la entrada en vehículos propios a los 15.000 comerciantes del centro. Tal como señala el gobierno municipal, la zona fue creada «para proteger la salud humana y el medio ambiente urbano mediante la mejora de la calidad del aire y la disminución de los efectos negativos del tráfico motorizado». Además, se prevén nuevas restricciones en el futuro: los 604 kilómetros cuadrados que componen el territorio municipal serán declarados como ZBE en 2024, según el consistorio.

La contaminación atmosférica es la responsable directa de más de 500.000 muertes prematuras al año en Europa

Los beneficios asociados a estas medidas se prevén abundantes: mejoras de la calidad de vida, electrificación del parque móvil, transformación de la movilidad urbana. Los datos así lo demuestran: la media de emisiones de la ZBE barcelonesa ya se encuentra por debajo del límite de la Unión Europea, lo que se observa especialmente en el caso tanto del gas NO2 –especialmente nocivo para la salud humana– como de las micropartículas contaminantes. La presencia de dióxido de carbono ha descendido en un 11% en las zonas restringidas de la urbe catalana.

Todo ello mientras el paisaje urbano cambia una vez más a causa de las necesidades humanas. En la aplicación y monitorización de las Zonas de Bajas Emisiones jugará un papel fundamental la tecnología, tal como ha demostrado la ciudad de Barcelona, ya que permitirá leer en tiempo real las matrículas y cuantificar con agilidad los distintos gases emitidos por los vehículos, como el CO2 y el NO2. Esto ayudará también a gestionar el tráfico. Al fin y al cabo, las restricciones no solo se aplican a los turismos, sino también a aquellos vehículos comerciales de los que depende gran parte de la cadena logística. A la espera de la llegada de los fondos europeos, que muchas ciudades esperan como un impulso esencial, urbes como Bilbao, Valencia y Sevilla ultiman ya sus necesarios planes para equilibrar movilidad, salud y medio ambiente.

Inseguridad alimentaria, una tarea pendiente en España

El filósofo alemán Ludwig Feuerbach dejó en el siglo XIX, grabado a tinta, una frase que ha trascendido todos los tiempos: «Somos lo que comemos». Lo hizo en las páginas de Enseñanza de la alimentación, una reflexión sobre la importancia de una buena dieta a la hora de garantizar una mayor esperanza de vida a las sociedades. «Si quiere mejorar al pueblo, dele mejores alimentos», decía. Su premisa no dejaba lugar a discusión: la alimentación sana y variada es un derecho básico.

O debería serlo. Porque si bien esta es una idea que en la actualidad nadie pone en duda, el acceso a alimentos en la cantidad y de la variedad que requiere el cuerpo humano sigue suponiendo un importante reto para muchos habitantes del mundo: en 2020, según calculan las Naciones Unidas, cerca de la décima parte de la población estaba infra alimentada. Esto podría equivaler a aproximadamente 811 millones de personas.

Hasta 90.000 muertes anuales en España se asocian a dietas inadecuadas

Detrás de estas cifras encontramos la evidente influencia de la pandemia, cuya repercusión ha puesto en jaque la seguridad alimentaria de miles de millones de personas de países en vías de desarrollo, pero también países económicamente estables. Uno de ellos es España: en nuestro país, durante 2020, el número de hogares que experimentaron inseguridad alimentaria aumentó de un 11,9% a un 13,3%, lo que representa un incremento de 656.418 personas.

La conclusión más relevante de este dato, calculado por un estudio impulsado por la Universidad de Barcelona y la Fundación Daniel y Nina Carasso, no es que la inseguridad alimentaria esté relacionada a crisis coyunturales sino que responde a un problema estructural que el coronavirus solo ha destapado.

En total, casi 2,5 millones de hogares sufren problemas alimentarios en España y «hasta 90.000 muertes al año se asocian a dietas inadecuadas», advierten los expertos del estudio, el primero que mide por primera vez los niveles de inseguridad alimentaria en nuestro país a través de la escala FIES, creada por las Naciones Unidas para medir el número de personas que carece de la cantidad necesaria y regular de alimentos inocuos y nutritivos para asegurar su desarrollo normal.

La comparativa entre las cifras pre y post-covid demuestra así que los niveles graves y moderados de inseguridad alimentaria crecieron más de un punto tras la llegada del coronavirus, provocando que la población con acceso garantizado a alimentos sanos cayera de un 88,1% a un 86,7%. Una diferencia que sobre el papel puede parecer mínima, pero supone un serio problema social, especialmente cuando el segundo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible es claro: solo el hambre cero generará sociedades más sostenibles. Y tenemos que conseguirlo antes del 2030.

La vulnerabilidad alimentaria, además, va íntimamente relacionada con la económica. En la actualidad, casi la mitad de los hogares muestran a algún miembro de la familia o a todos en una situación laboral precaria. En las familias con algún tipo de inseguridad alimentaria, esta precariedad es mucho más acentuada y afecta, sobre todo, a las familias monoparentales, con otros convivientes (abuelos, tíos, etc) y parejas con hijos.

Según la ONU, el ODS ‘hambre cero’ quedaría incumplido por un margen de 660 millones de personas

¿Significa que esos hogares no tienen nada que consumir? Los expertos aclaran que la interpretación no es tan sencilla: la inseguridad alimentaria también se trata de no tener la variedad de alimentos necesarios para una dieta saludable. «No consumir cinco raciones al día de fruta y verdura por falta de recursos o no ingerir carne y pescado cada dos días está claramente relacionado con diferentes niveles de inseguridad alimentaria», insisten. De hecho, el estado de salud de los hogares también guarda una relación clave: si alguna persona sufre de exceso de peso, una enfermedad crónica o alguna discapacidad, el nivel de vulnerabilidad alimentaria se incrementa.

Y aunque la inaccesibilidad a productos alimenticios queda paliada, en parte, por las prestaciones que reciben las familias –más de un 57% ingresan algún tipo de asistencia económica (ingreso mínimo vital, becas, etc.)–, todavía uno de cada diez hogares en España recibe ayudas de bancos de alimentos, vecinos o asociaciones. En otras palabras, no tienen garantizado un acceso definitivo a platos saludables.

Ampliada a nivel global, esta fotografía dejaría el ODS de ‘hambre cero’ incumplido por un margen de casi 660 millones de personas. De esta cifra total, revelada por las Naciones Unidas, unos 30 millones se deberán a los efectos duraderos de la pandemia. Aunque todavía hay margen para el optimismo, siempre que estemos dispuestos a transformar los sistemas alimentarios, un paso esencial para poner las dietas saludables al alcance de todos.

La transformación se antoja, cuando menos, profunda. Pero ya hay seis líneas de actuación que, bien aplicadas, pueden marcar una diferencia en balance positivo: integrar políticas de protección social en zonas de conflicto; ampliar la resiliencia frente al cambio climático en los distintos sistemas alimentarios (por ejemplo ofreciendo a los pequeños agricultores un amplio acceso a seguros contra riesgos climáticos); fortalecer a las poblaciones vulnerables frente a adversidades económicas; reducir el coste de los alimentos a lo largo de las cadenas de suministro, luchar contra las desigualdades estructurales y, sobre todo, introducir cambios en el comportamiento de los consumidores para garantizar dietas más variadas y saludables.

Día Mundial de la Concienciación sobre el Autismo: una manera diferente de ver el mundo

En 2007, la Asamblea General de Naciones Unidas declaró el 2 de abril como el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo. El objetivo era tan sencillo como loable: poner de relieve la necesidad de mejorar la calidad de vida de quienes lo sufren y promover su necesaria inclusión en todos los ámbitos de la sociedad.

El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es una alteración neurobiológica que afecta al sistema nervioso y al funcionamiento cerebral, dificultando el desarrollo de las áreas de comunicación e interacción social de quienes lo padecen. Según las estimaciones elaboradas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), 1 de cada 160 personas del planeta sufren este trastorno. A día de hoy, las causas que lo provocan siguen sin conocerse. 

 La estigmatización y discriminación que aún sufren las personas con TEA acentúan sus dificultades, impidiendo su pleno desarrollo personal

Lamentablemente, las personas que nacen con TEA lo sufren durante toda su vida, lo que vuelve especialmente importante una detección temprana –y su consiguiente tratamiento– para poder reforzar aquellos aspectos vitales en los que muestran mayor dificultad: la comprensión y expresión de sentimientos y mensajes sociales, la adaptación a los cambios y el manejo de la información sensorial. 

Una inclusión necesaria

El pasado año, Naciones Unidas puso el foco en la necesidad de estructurar el mercado laboral de manera que las personas con autismo pudieran acceder a un trabajo decente en condiciones de igualdad, intentando eliminar toda conducta que perjudique su empleabilidad.

Las dificultades en la comunicación e interacción de las personas con TEA favorecen que no se preste atención a capacidades que pueden ser especialmente útiles a la hora de desempeñar eficientemente un puesto de trabajo. Es el caso de la meticulosidad y la atención por los detalles, la honestidad, el respeto a las reglas establecidas, el empleo de la lógica o la correcta adaptación a las rutinas. Así, las empresas que incorporan a sus equipos personas con TEA experimentan beneficios que van desde la introducción de puntos de vista diferentes e innovadores a una mayor claridad en la comunicación y la atención a los condicionantes personales. 

Los beneficios sociales son evidentes. Un estudio de la organización danesa Specialisterne, dedicada a la inclusión laboral de personas con autismo y otros diagnósticos neurodiversgentes, demostró que cada corona danesa invertida en un empleado con TEA generó 2,20 coronas en impuestos y contribuciones al capital estatal. 

Las personas con TEA aportan atención por el detalle, adaptación a las rutinas, lógica y honestidad a su entorno laboral.

Replicando los métodos utilizados por la organización matriz, Specialisterne España nació en 2013, consolidada hoy como una empresa social dedicada en cuerpo y alma a facilitar la inclusión laboral de las personas con TEA. Specialisterne predica con el ejemplo: la mayoría de trabajadores de esta empresa son personas autistas. Su acción social se basa en la selección y preparación de estas personas para mejorar su empleabilidad, principalmente en el campo de las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), donde su alto nivel de atención al detalle les permite destacar con facilidad. Pero, además, acompañan y capacitan a las empresas que desean incluir la neurodiversidad en sus plantillas. Desde el inicio de su actividad, la compañía ha logrado facilitar el acceso al empleo a más de 450 personas.

Las dificultades laborales de este colectivo también propiciaron el nacimiento de contrataTEA, una plataforma web que pone en contacto a personas con TEA en búsqueda de empleo con empresas necesitadas de nuevos talentos. El proyecto fue iniciado en 2018 por Autismo España, Federación Española de Autismo (FESPAU) y Asperger España, y no sólo pone en contacto a los empleadores (a quienes sensibiliza) con sus futuros empleados (a los que selecciona y prepara).

La diversidad de estas personas continúa hoy exponiéndolas a una estigmatización social que acentúa sus dificultades y complica su desarrollo personal. Su plena inclusión, no solo laboral, sino social, pasa necesariamente por la sensibilización del resto de la sociedad para eliminar cualquier tipo de actitud discriminatoria hacia ellas. Un camino que, de momento, se construye poco a poco.

Los menores, principales víctimas del aire contaminado en las ciudades

Las imágenes legadas por la contaminación son fácilmente reconocibles. Pocos desconocen que las vistas de la ciudad de Madrid se asemejan, desde las afueras, a las texturas de un viejo cuadro: dibujada a través de sus tejados, la ciudad queda envuelta en una niebla que tan solo permite intuir el final del horizonte de hormigón. Es la llamada «boina tóxica»: surge cuando la atmósfera impide que la contaminación causada por la quema de combustibles fósiles se disipe. A pesar de que su documentación se cuenta por años, aún hoy es el máximo exponente de la polución urbana a gran escala.

La mala calidad del aire afecta directamente a nuestra salud. Según un estudio de El País en colaboración con Lobelia Air, más de 190.000 niños y niñas menores de 12 años acuden por la mañana a un colegio de Madrid o Barcelona con excesivos niveles de contaminación. El alumnado del 46% de los centros de educación infantil y primaria sufren actualmente una media anual de dióxido de nitrógeno (NO₂) que supera los 40 microgramos por metro cúbico, es decir, los niveles recomendados por las instituciones internacionales. 

El alumnado del 46% de los centros de educación infantil y primaria sufren una media anual de dióxido de nitrógeno que supera los niveles recomendados

El año pasado, Madrid fue la única urbe española que incumplió los niveles marcados por la Unión Europea. La importancia de reducir su impacto es evidente: este gas tóxico, asociado principalmente al tráfico de los vehículos, es el responsable de miles de muertes prematuras a lo largo de todo el continente, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). 

En este contexto, nuestros hijos son las principales víctimas. Tal como señala la OMS, el 93% de los niños y niñas menores de 15 años alrededor mundo (1.800 millones aproximadamente) respiran diariamente aire tan contaminado que pone en grave riesgo su salud y desarrollo. La organización estima que en 2016 un total de 600.000 menores murieron a causa de infecciones agudas de las vías respiratorias inferiores causadas por el aire contaminado.

Una de las razones por las que la infancia sufre más los efectos de esta contaminación es, en realidad, sorprendentemente sencilla: viven más cerca del suelo, donde algunos contaminantes alcanzan concentraciones máximas, y se da, además, en un momento en que su cuerpo y su cerebro aún se están desarrollando. A ello se suma que al respirar más rápido con unas vías respiratorias más estrechas que las de los adultos, los niños y niñas absorben más contaminantes. 

Según ha explicado María Neira, directora del departamento de Salud Pública, Medio Ambiente y Determinantes Sociales de la Salud de la OMS, «la contaminación del aire impide que el niño se desarrolle normalmente y tiene más efectos en su salud que los que sospechábamos». Efectos que incluyen el estado previo a la vida: el 1,35% de los partos prematuros que se produjeron en España entre 2001 y 2009 se atribuyen a la contaminación del aire.

Un problema europeo

Aunque tanto Madrid como Barcelona aún tienen por delante un largo camino que recorrer, lo cierto es que el problema no es exclusivo de ambas. A lo largo del continente europeo, los niveles de dióxido de nitrógeno se mantienen relativamente similares entre las distintas ciudades. De este modo, mientras el área metropolitana madrileña marca una media anual de 39,2 miligramos, la de París se sitúa por encima, rondando los límites recomendados por la OMS. Hasta dos ciudades más superan a la capital española. En el caso de Turín, el núcleo italiano supera los 40,8 miligramos, rebasando la cifra recomendada. Aunque parezca pequeña, una mínima reducción de estas emisiones podría salvar centenares de vidas, ya que los gases como el NO₂ también se pueden colar en las viviendas a través de las ventanas. 

Más de 190.000 niños y niñas menores de 12 años acuden por la mañana a un colegio de Madrid o Barcelona con excesivos niveles de contaminación

Las medidas para lograr una menor contaminación son relativamente sencillas. Así lo demostró el periodo del confinamiento: la reducción drástica del tráfico durante los primeros meses de la pandemia logró a su vez reducir la cantidad de dióxido de nitrógeno en más de un 70% en algunas ciudades, como ocurrió con Palma de Mallorca. Madrid y Barcelona también forman parte de esta ecuación: ambas redujeron la presencia de este gas tóxico durante el confinamiento en un 52% y un 58% respectivamente. 

Parte de la solución, por tanto, pasa por una restricción del tráfico. Según el estudio realizado en 2021 por la Universidad Complutense de Madrid, algunas de las medidas tomadas para restringir el tráfico en el centro de la ciudad ya podrían causar una fuerte mejora en la calidad del aire, llegando a alcanzar incluso una disminución de 10 microgramos por metro cúbico. De hecho, estas restricciones no redistribuyeron el tráfico hacia otras partes de la ciudad, sino que condujeron al aumento en el uso de otro tipo de transportes más sostenibles, como el autobús o las bicicletas. Esto refuerza, a su vez, una de las medidas más reivindicadas por parte de los expertos: la necesidad de reforzar y ampliar el sistema de transporte público, capaz de transportar grandes masas de gente con menos emisiones.

La industria de la moda quiere ser sostenible

Con cada temporada, la industria de la moda presenta nuevas colecciones para los siguientes meses. Sobre la pasarela de la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, que se ha celebrado recientemente en la capital, se han podido ver nuevos estilos y nuevas interpretaciones que marcarán tendencia en las calles de todo el mundo.

Sin embargo, el hecho de que las tendencias sean tan fugaces es la base de un problema. La industria de la moda potencia así un elevado consumo y condena a sus productos a un ciclo de vida muy corto. Como recuerdan en el estudio La transformación sostenible del sector textil, elaborado por KPMG, cada año se tiran a la basura 800.000 toneladas de ropa, y de ellas, cada prenda ha sido usada únicamente una media de 15 veces. A nivel global, el sector textil es el responsable del 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero y del 30% de todos los residuos plásticos que hay en los océanos.

El consumidor medio tiene hoy un 60% más de prendas que hace una década, según datos de la ONU

Comparando los hábitos del presente con los del pasado más cercano, se confirma ese impacto. Cada persona usa hoy un 60% más de prendas que hace una década, según datos de la ONU, una cifra tan elevada que ha llevado ya a que aparezcan comportamientos como el köpskam (vergüenza por comprar, en sueco), un movimiento crítico con la compra de prendas nuevas y que aboga por el reciclaje, o alquiler de ropa. Como explicaba Neus Soler, profesora colaboradora de los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya, hablando sobre la aparición de este término, su existencia «se deriva de la necesidad de hacer entender a la industria que su producción debe ser sostenible».

En un momento en el que la conciencia medioambiental es más elevada que nunca y en el que se aspira a potenciar la economía circular y a reducir el despilfarro de recursos, la moda empieza a hacer un viraje más que necesario. Los consumidores buscan cada vez más moda sostenible y respetuosa con el entorno, pero también la propia industria textil ha ido asumiendo esos compromisos como uno de sus valores fundamentales. La propia Mercedes-Benz Fashion Week Madrid definía su esencia en la presentación de esta última edición hablando de «elegancia en el diseño» pero también de sostenibilidad, apuntando por «un desarrollo sostenible como único camino posible».

Moda diversa e inclusiva

Si hace unos años las marcas de moda sostenible eran pequeñas compañías emergentes, ahora el compromiso se ha convertido en algo generalizado. No solo marcas especializadas como Ecoalf, Thinking Mu o Lindissims, entre muchas otras, se centran en ser respetuosas con el entorno. Gigantes como H&M, Mango o Inditex cuentan con colecciones verdes o con sistemas de recogida de prendas usadas y trabajan para diseñar tiendas más ecológicas. Igualmente, los principales fabricantes de la industria de la moda se han vinculado al Reto de Algodón Sostenible 2025.

En general, la moda sostenible intenta ser lo más respetuosa posible durante todas las fases de producción y comercialización. Esto supone prestar atención a las materias primas o al impacto que tienen sus fábricas en el medio ambiente, pero también pagar salarios justos a sus plantillas, incentivar el reciclaje de prendas o educar a los consumidores sobre los comportamientos más sostenibles.

La industria de la moda también ha dado pasos de gigante en términos de inclusión y diversidad en los últimos años

Los compradores ya apuestan por marcas verdes, por prácticas como la reutilización o el alquiler de prendas o por conocer con detalle la letra pequeña de cómo se han hecho sus prendas favoritas. También se muestran cada vez más sensibilizados ante otras cuestiones responsables sobre la moda. Como recuerdan los Objetivos de Desarrollo Sostenible establecidos por la ONU, la sostenibilidad no implica únicamente ser verde. A la par, supone preocuparse por la brecha social o por la igualdad de género, entre otras muchas cuestiones para lograr un mundo más justo.

Así, la industria de la moda también ha dado pasos de gigante en términos de inclusión y diversidad en los últimos años. Muchas compañías no solo han abandonado prácticas comerciales en las que se cosificaba a las mujeres, sino que han introducido cuerpos diversos entre las modelos que presentan sus productos. En general, los cuerpos no normativos son cada vez más habituales en las campañas y las cadenas de moda han ido ampliando las tallas disponibles en tiendas para reflejar en sus expositores la diversidad real.

Taxonomía verde, la apuesta económica de la Unión Europea en materia de clima

La Unión Europea, en el marco del Pacto Verde Europeo, se ha fijado el ambicioso objetivo de lograr la neutralidad climática de aquí a 2050. Para alcanzar esa meta el continente se ha comprometido a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en al menos un 55%, con respecto a los niveles de 1990, antes de 2030. En esta línea, se ha lanzado un paquete de medidas, conocido como Objetivo 55, que pretende revisar y actualizar la legislación europea en materia de clima, energía y transporte.

Reducción de emisiones de dióxido de carbono (CO2), eficiencia energética, combustibles alternativos, fiscalidad energética y energías renovables son solo algunas de las cuestiones que, de manera urgente, se deben abordar y que el plan Objetivo 55 pretende abordar. El estricto cumplimiento de las mismas por parte de los estados miembros facilitará que podamos disfrutar de un planeta más sostenible.

La taxonomía verde potencia la inversión privada en actividades económicas que se alinean con seis de los ODS

Por supuesto, asumir estas medidas implica una fuerte inversión económica. Por ello, la Unión Europea ha desarrollado una taxonomía verde, un sistema de clasificación que establece un listado de actividades económicas sostenibles. Todo, con el objetivo de movilizar la inversión privada para acelerar la transición ecológica.

La protección de los inversores privados y los consumidores de las estrategias de greenwashing, con las que algunas empresas venden al cliente una imagen de respeto hacia el medio ambiente que no se corresponde con la realidad, se encuentra en el corazón de la taxonomía verde. De hecho, su principal objetivo es establecer jurídicamente las actividades económicas que pueden considerarse sostenibles e incorporar un estricto control sobre las mismas exigiendo auditorías e informes más detallados. Así, las empresas cuyas actividades se adapten a este sistema, tendrán más oportunidades de recibir financiación privada.

Pero ¿cómo determina la taxonomía verde qué actividades económicas entran en esa categoría y son, por tanto, beneficiosas para el inversor? La Comisión Europea establece que, para ser considerada ambientalmente sostenible, cualquier actividad económica debe orientarse (al menos) a la mitigación del cambio climático, la adaptación al mismo, el uso sostenible del agua, la transición hacia una economía circular, la prevención de la contaminación o la protección de ecosistemas saludables. Efectivamente, estos seis propósitos coinciden con seis de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas.

La Unión Europea se ha comprometido a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 55% antes del año 2030

Si bien el documento base de esta taxonomía verde entró en vigor en julio de 2021, queda pendiente la lista real de actividades económicas ambientalmente sostenibles, que ha de cumplimentarse a través de actos delegados. El primero de estos actos delegados entró en vigor en diciembre del pasado año tras la aprobación por parte de todos los estados miembros.

No obstante, la polémica surgió a principios de 2022 con el segundo de estos actos, que otorga categoría de energías verdes a las nucleares y el gas natural. No todos los estados aceptan esta categorización y, en previsión de esta negativa, la Comisión Europea plantea considerar la energía verde como transitoria hacia el pleno uso de energías renovables. Así, en los casos de la nuclear solo aplicaría para aquellas centrales construidas antes de 2045, y en el del gas natural a las que emitan menos de 100 gramos de CO2 por kilovatio hora.

Sin duda, los miembros de la UE deberán dar a este acto delegado, antes de su aprobación, una forma determinada que permita a los inversores privados seguir apostando por aquellas actividades económicas que mejoren el sistema energético y las relacionadas con las energías renovables.

Los retos de España en sostenibilidad para 2022

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En 1972, los países asumieron su responsabilidad ambiental en la célebre Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano. 50 años después son muchos los retos en sostenibilidad que las diferentes naciones siguen teniendo que afrontar. La movilidad sostenible, la salud mental o avanzar en las energías renovables son algunos de ellos.

Carta abierta a la sostenibilidad (en las empresas)

Ninguna compañía se ha encontrado ante un momento tan perfecto para dar el salto a la sostenibilidad como este preciso instante. Empezando por algo tan sencillo como que el patrón de consumo ha cambiado: tan solo en España, dos de cada tres personas ya aseguran que modificarán sus hábitos de consumo por criterios de sostenibilidad. En otras palabras, que elegirán las empresas no por su renombre, sino por lo que hacen (y por cómo lo hacen). Si piensan en verde, entonces tienen la mitad del camino recorrido.

Consciente de ello, Larry Fink, director del mayor gestor de activos del mundo, BlackRock, ha decidido dedicar su influyente carta anual dirigida a CEOs a este cambio de paradigma donde la crisis ambiental se alza como principal protagonista y la pandemia, que ha mostrado claramente las desigualdades que todavía siguen afectando a nuestras sociedades, como la chispa que ha encendido la mecha.

«Los ingenieros y los científicos trabajan sin descanso en la descarbonización de los sectores del cemento, el acero y los plásticos; la del transporte marítimo, por carretera y aviación; y también de la agricultura, la energía y la construcción», afirma este peso pesado de Wall Street que, desde que se sentó al frente de BlackRock hace una década, siempre se ha mostrado como un firme defensor de la aplicación de los estándares ambientales, sociales y de gobernanza (criterios ESG) en la agenda empresarial. «Por tanto, los próximos 1.000 unicornios (así se habla en lenguaje empresarial de las start-ups) no serán motores de búsqueda ni redes sociales, sino empresas innovadoras sostenibles que conseguirán situar la transición energética al alcance de todos».

El 72% de los inversores ya tiene en cuenta los criterios de sostenibilidad a la hora de valorar una empresa

En la misiva, Fink insiste en que, en este escenario, las compañías que no miren hacia la transición ecológica tan solo conseguirán quedarse atrás. Cada empresa y sector tendrá que transformarse hacia un mundo neutral en carbono: «Pocas cosas afectarán tanto al valor de las empresas como la manera en que aborden la transición energética global en los próximos años». El financiero estadounidense pone así el foco en el capitalismo vinculado con la sostenibilidad, una nueva concepción que busca hacer girar el sistema económico –y, por tanto, la vida financiera de las compañías– en torno a la descarbonización y el cambio climático.

En este sentido juegan un papel fundamental las inversiones sostenibles –que, a diferencia de las tradicionales, tienen en cuenta los criterios ESG– dado que, como recuerda el experto, «nunca antes ha habido tanto dinero disponible para hacer realidad las ideas nuevas». La prueba está en los datos que maneja BlackRock: las inversiones sostenibles ascienden ya a 4.000 billones de dólares, una auténtica fortuna que puede acelerar la necesaria transición ecológica del sistema empresarial –solo 100 de las más grandes empresas del mundo producen el 71% del total de emisiones– y, por ende, del resto de agentes sociales (incluyendo los propios ciudadanos).

La relación entre compañía y empleados, pieza clave en el futuro

Otro foco a tener en cuenta: empleados satisfechos con el trabajo que desarrollan. Este es, a ojos del inversor, un punto crítico. También orbitan alrededor de este concepto los criterios ESG porque, sin trabajadores cómodos en sus puestos, ¿cómo puede avanzar una compañía? «Ninguna relación ha cambiado más por la pandemia que la que existe entre empleadores y empleados», afirma la carta. Las empresas, sí o sí, deben responder a sus nuevas expectativas. «No es solo salario y flexibilidad. El coronavirus ha arrojado luz sobre la igualdad, la conciliación o la salud mental al tiempo que ha puesto de manifiesto las expectativas laborales de cada generación». Ahora es el turno de los CEOs de coger el guante y comprender algo que ya está demostrado: «que las empresas que forjan lazos sólidos con sus trabajadores son más rentables».

Fink: «Los próximos 1.000 unicornios no serán redes sociales, sino empresas innovadoras sostenibles»

Igualmente, en el otro lado de la mesa deben sentarse los accionistas, aquellos que dotan de dinero a las compañías y que ya ponen la sostenibilidad en el centro. Como apunta la gestora de fondos Natixis, alrededor del 72% de los inversores aplica en la actualidad criterios sostenibles a la hora de valorar una compañía. ¿Qué significa esto? Que aquellas que no se centran en los ESG corren el riesgo de ver minimizados los apoyos económicos a cada minuto que pasa.

Tras aconsejar en las últimas líneas a las empresas de petróleo y gas que trabajen con grandes emisores para desarrollar tecnologías de reducción de carbono (es decir, energías renovables y captura de dióxido de carbono, entre otras), Fink aprovecha para hacer una llamada de emergencia a los Gobiernos: sin el sector público, el sector privado no puede maniobrar. «Necesitamos que los Gobiernos marquen claramente la hoja de ruta en la sostenibilidad», avisa.

También de cara a beneficiar a la sociedad reduciendo la desigualdad energética: «A medida que perseguimos estos ambiciosos objetivos debemos garantizar que la población tenga acceso a fuentes de energía fiables y a un precio razonable». Según el inversor, esa es la única forma de crear una economía verde equitativa. Es una alusión al principal reto de los criterios ESG pero también a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), puesto que la alianza público-privada es fundamental para permitir que la sociedad avance hacia un planeta más limpio, y sobre todo, más justo.