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Juan Carlos del Olmo: “No podemos afrontar la crisis climática sin propuestas ni presupuestos”

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La comunidad científica advierte: el cambio climático ya está aquí y, con él, la pérdida de la biodiversidad y la degradación del entorno se aceleran. Juan Carlos del Olmo, secretario general de WWF, nos recuerda: “frenar esta situación depende de lo que hagamos en las próximas décadas”. Conversamos con él para conocer qué debemos cambiar para garantizar la supervivencia del planeta, y de la especie humana.

Diversos estudios, entre ellos el Informe Planeta Vivo y el informe IPBES, alertan de que la biodiversidad mundial disminuye a ritmos alarmantes ¿Qué podemos hacer para frenar la degradación del entorno natural?

El informe IPBES sobre la pérdida de biodiversidad ha puesto de manifiesto que estamos en medio de una crisis climática muy grave, porque no solo estamos hablando de que un millón de especies de esas ocho millones conocidas desaparecerán, sino de que esas especies son los resortes que hacen que funcionen los ecosistemas y de que, además, son la base nuestra economía. Estamos poniendo en riesgo los fundamentos de la sociedad. Como dice Greta Thunberg, no hay que entrar en pánico: todavía hay tiempo para revertir la situación. En primer lugar, lo que podemos hacer es tomárnoslo en serio. En general, nuestros líderes políticos no lo hacen. Es lamentable que estén mirando al corto plazo y no de cara a 2050 o 2100. En segundo lugar, las empresas tienen que darse cuenta de que no pueden seguir como hasta ahora, basando sus negocios en la explotación de la naturaleza y la biodiversidad. Si no quieren desaparecer, deben transformarse muy rápidamente.

¿Qué papel debería ocupar el cambio climático en las prioridades de los partidos políticos?

Algunos partidos políticos, como el partido socialista y, en general, los partidos de izquierdas, han situado la transición ecológica y la lucha contra la destrucción de la naturaleza entre sus prioridades. Luego ya veremos si las políticas se trasladan en presupuestos concretos y, sobre todo, en acciones. Pero es importante que esté en sus agendas. No podemos afrontar la crisis climática que viene sin propuestas, pero tampoco sin presupuestos ni funcionarios técnicos trabajando en las estructuras. Mucho peor es que hay otros partidos que entienden el problema del cambio climático y la cuestión de la naturaleza como algo menor. Algunos ni siquiera lo incluyen en sus programas y eso es una irresponsabilidad, como lo fue la suspensión de Madrid Central, que me parece una medida que refleja exactamente el corto de miras de quienes no ven que estamos ante un cambio de paradigma y a las puertas de algo muy importante.

Para frenar el aumento de la temperatura del planeta, urge un cambio en el modelo energético que permita la descarbonización de las economías. ¿Cómo debería ser esa transición?

Debe ser lo más rápida posible porque no hay tiempo. Y remarco el “posible” porque hay que hacerla bien; evitando los daños colaterales y reduciendo al máximo los efectos que esa transición pueda tener, sobre todo, en el sector de los combustibles fósiles que acabarán por desaparecer. De la misma manera, hay que mirar que los nuevos proyectos de energías renovables estén bien calibrados. Además, tiene que ser un modelo democrático descentralizado. No puede ser que las empresas que provocaron que nos encontremos en esta situación sean las que controlen las energías renovables. Desde WWF apostamos por un modelo donde las personas, la sociedad organizada, tenga un papel principal en el futuro de las energías renovables.

“El movimiento de los jóvenes evidencia la importancia de que la sociedad sea quien lidere el cambio”

Cada minuto se vierten 33.800 botellas de plástico al mar Mediterráneo. La Unión Europa prevé suprimir los plásticos de un solo uso de cara a 2021. ¿Es la regulación legislativa la solución?

El problema de los plásticos es solo una evidencia más, aunque muy notoria y visual, del modelo de consumo contaminante y excesivamente desmedido que tenemos y que conlleva un incremento del CO2 en la atmósfera. Todo nuestro modelo de consumo está disparatado: vemos bosques tropicales que están desapareciendo por la explotación del aceite de palma y los mares cada vez más degradados por la pesca intensiva. Este año presentamos un informe sobre la huella ecológica y, en el mes de mayo, Europa ya había consumido todo su capital natural. A partir de ese momento ya se empieza a consumir el agua, la madera y demás recursos naturales de otros países. Este es un modelo económico ilimitado que se basa únicamente en seguir creciendo económicamente a costa del planeta.

¿Qué rol tiene la ciudadanía en esta transición?

El papel de la ciudadanía es vital: lo poco o lo mucho que avanzamos se debe a la movilización de la sociedad. Si el Parlamento Europeo votó por mayoría aplastante eliminar los plásticos de un solo uso, es porque los la sociedad estaba presionando a los grupos políticos. Eso antes no pasaba. Se trata de un cambio perceptible de una sociedad organizada en un sistema inmunológico conectado a través de las redes sociales que fusiona conocimiento e innovación. Además, ahora ha empezado a sumarse gente joven, lo que evidencia la importancia de que sea la sociedad la que lidere el cambio. Solo así habrá esperanza para el planeta.

Ese cambio de mentalidad que mencionas se ha hecho evidente con la aparición de movimientos como Fridays for Future.

No ha ocurrido de forma espontánea, sino que hay un trabajo detrás. En WWF llevamos 50 años trabajando, junto con organizaciones ecologistas, para crear una sociedad cada vez más formada y concienciada. Es consecuencia de un proceso de años, pero es verdad que nunca la evidencia fue tan clara como ahora, que tenemos los datos encima de la mesa. Ya no son las organizaciones como la nuestra las que advierten de la degradación del planeta, ahora son los paneles de Naciones Unidas los que dan la voz de alerta. Sin embargo, tenemos el problema delante, no puede ser más claro, y no estamos actuando como deberíamos. Por eso la reacción de la gente joven es tan necesaria: vienen a sacudir esa normalización de las amenazas. Han hecho muy bien en organizarse y en salir a recordarnos esa realidad. Todos aquellos partidos políticos que hacen oídos sordos a ese movimiento de gente de 16 o 17 años que tienen en su ADN la protección y defensa del medio ambiente se equivocan. Esas personas serán las que, en el mejor de los casos, en las próximas elecciones votarán de una manera más consciente.

Sin ese cambio necesario, las perspectivas de futuro son descorazonadoras. ¿Hay motivos para ser optimistas?

Hace 20 años nos decían que era utópico cambiar el modelo energético y ahora esa utopía es lo que nos hace movernos porque es la única realidad posible para el futuro. Nuestro futuro va a depender de lo que hagamos en las próximas décadas, de si le damos una vuelta al modelo de producción y consumo. Soy optimista en cuanto a la actual movilización de la sociedad, pero tenemos que sacar a nuestros líderes empresariales de la realidad sesgada en la que se encuentran en este momento.


Fotografías: Alejandra Espino

«Es absurdo entender la energía solo como un negocio: el ciudadano tiene que estar en el centro»

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¿Cómo podemos acelerar la transición energética? Con esta pregunta como motor, Fernando Ferrando lleva la batuta de Fundación Renovables desde 2017. Ingeniero industrial de profesión, Ferrando ha trabajado en el sector energético durante más de tres décadas. Ahora, introducir las energías limpias en el mundo eléctrico y hacerlo de manera justa se ha convertido en una de las principales líneas de actuación de la entidad que preside. Consciente de que el camino está todavía por trazar, el experto sugiere un primer paso: convertir la energía en un derecho que sitúe al ciudadano en el centro.

Para garantizar la sostenibilidad del planeta, el futuro energético se prevé 100% renovable. Sin embargo, según los últimos datos de la Oficina Europea de Estadística, solo en España los combustibles fósiles representan cerca del 74% del consumo de energía actual. ¿Qué estamos haciendo mal?

Hasta ahora hemos favorecido lo que no tenemos: los combustibles fósiles. Por eso, el primer paso para dar el salto es gravar el uso de los combustibles, porque si quieres favorecer la electricidad pero es más cara que el gasóleo, la gente acaba consumiendo gasóleo. El segundo paso es el de apostar por lo que sí tenemos, que es energía renovable,  y bajar los precios para fomentar el consumo de electricidad. La electricidad está en ese futuro.

¿Cómo transitar hacia esa sociedad más electrificada?

Primero hay que hacer la electricidad más barata. También, si por ejemplo quieres cambiar la calefacción, se deberían garantizar unas ayudas para sustituir una caldera de gas por una bomba de calor. Luego, no debería hacerse publicidad de combustibles fósiles: nos venden que utilizar calderas de gas natural es apostar por un combustible limpio y, en realidad, son mentiras que solo provocan un aumento del consumo no responsable. La Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia (CNMC) debería regular eso. Al final no se trata de un componente fiscal o de precio, sino de un paquete global que debe dirigirse a dar facilidades de acceso para consumir y utilizar electricidad. Por ejemplo, el caso de los vehículos es paradigmático: si todas las ciudades pusieran trabas, como se está empezando a hacer con los coches de combustión interna, todo el mundo utilizaría el transporte público o vehículos eléctricos.

De entre los actores sociales, el ciudadano es al final uno de los más perjudicados por los estragos del aumento de la temperatura planetaria.

El ciudadano tiene un papel total en el desarrollo de todas las energías renovables porque es el que consume. Por eso debemos colocar al ciudadano, a los consumidores, en el centro del modelo y preguntarles cómo quieren abastecer sus necesidades. Lo que es un absurdo es que en estos momentos entendemos la energía únicamente como un negocio: cuando se habla de energía se hace referencia sobre todo a las empresas, pero nunca se habla de las personas que hay detrás. Hay que enfocarla hacia el ciudadano. Se tiene que cambiar esa idea de que la energía es oferta y no demanda, y enfocar la cultura de la energía hacia el que la consume, no al que la vende.

“La transición energética debe ser justa, pero para todos y con la vista puesta en el futuro”

El pasado 2018 el Gobierno de España derogó el conocido como ‘Impuesto al sol’, derribando así las trabas burocráticas de las instalaciones de autoconsumo. ¿Qué papel juega el autoconsumo en el cambio de modelo energético?

El autoconsumo es un ejemplo más de que el consumidor está en el centro. La Directiva Europea de Renovables ya recoge que el consumidor tiene derecho a comprar y vender, a generar y empaquetar. Se trata de un derecho innato: igual que tú tienes el derecho de comprarle la energía a quien quieras, también tienes el derecho de poder producirla. El autoconsumo es la máxima expresión de libertad y de la recuperación de los derechos de los consumidores.

Según datos de la Unión Española Fotovoltaica (UNEF), los sistemas de autoconsumo se han disparado en un 94% desde la derogación del “impuesto al sol”. Aunque los datos son positivos, la generación de energía renovable en el país no supera el 40% y queda lejos de ser el principal modelo energético. ¿Se está avanzando lo suficientemente rápido?

El Real Decreto de autoconsumo 244 se aprobó hace pocos meses. No se puede pretender un cambio radical tras cinco años de presión y multas: es como pasar de una dictadura a una democracia, y acabar siendo Suecia en dos días. Aún así, hay un crecimiento del sector muy por encima de lo esperado.

En España, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030 se propone descarbonizar la economía de cara a 2030 y cumplir así con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Pero ¿cómo lograr una transición energética justa que no deje a nadie atrás?

Se tiene que entender la transición justa en su máxima expresión. Debe ser una transición intergeneracional, para no dejar a los que vienen detrás una hipoteca como los niveles actuales de CO2. Además, desde un punto de vista territorial, está muy bien llegar a un acuerdo con las fuentes mineras, pero no puedes aplazar siete años el cierre de las centrales nucleares, porque eso de transición justa tiene poco y un cambio de modelo productivo real pasa también por tener una administración de los afectados. Luego, a la prohibición de actividades debe seguirle la propuesta de alternativas: no se puede sancionar la entrada a una ciudad con coche diésel y no reforzar los aparcamientos disuasorios o el transporte público. De la misma manera, la transición tiene que ser tecnológica y basarse en invertir en I+D. Tampoco hay que olvidar las necesidades del sector eléctrico, porque si este se niega a cambiar el modelo, iremos a una velocidad mucho más lenta. Así que por supuesto que tiene que ser una transición justa, pero para todos y con la vista puesta en el futuro.