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Ángeles Alvariño: la bióloga gallega que conquistó los océanos de todo el mundo

El quetognato Aidanosagitta alvarinoae se conoce popularmente como gusano flecha, y es un minúsculo depredador marino. La hidromedusa Lizzia alvarinoae es igualmente diminuta (apenas medio centímetro de diámetro) lo que, en su condición carnívora, no le impide comerse a peces pequeños. Ambas especies tienen algo en común, aparte de su voracidad y de estar desperdigadas por océanos de todo el mundo: el final de su denominación. El término ‘alvarinoae’ hace referencia a la mujer que descubrió estas especies: Ángeles Alvariño, una de nuestras científicas más ilustres.

Además de descubrir 22 especies nuevas, publicó más de 100 trabajos científicos de primer nivel en revistas y libros de distribución internacional

Oceanógrafa de profesión y vocación, vivió mucho (nació en Serantes, en el municipio de Ferrol, en 1916 y falleció a los 89 años) y lo aprovechó muy bien. Varios científicos han usado su apellido para bautizar nuevas especies, y ella también ha descubierto unas cuantas: nada menos que 22, todas planctónicas. Podría haber sido, como su madre, una excelsa pianista (a los tres años aprendió a tocar el instrumento y a leer solfeo), pero el fondo marino enseguida le pareció mucho más apasionante que el terrenal. Cuando acabó el bachillerato en 1934 viajó a Madrid a estudiar Ciencias Naturales, y cuando la Guerra Civil la obligó a interrumpir su formación y volver a Galicia, aprovechó el ínterin para aprender francés e inglés antes de licenciarse en 1941, lo que le permitió saltar al extranjero desenvuelta y continuar allí su carrera científica. Esa estancia inesperada cerca de la playa de Doñinos despertó, además, su interés definitivo por el litoral gallego, lo que fue decisivo en la manera en que dirigió su vida a partir de entonces.

Tras impartir clases de biología unos años en varios colegios de Ferrol, obtuvo una beca en el Instituto Español de Oceanografía (IEO) de Madrid, donde estaba destinado su marido, marino de la Armada. De allí saltó al IEO de Vigo donde trabajó como bióloga. Se doctoró y en 1953 recibió una beca para investigar los microorganismos en Inglaterra, donde cumplió su primer hito: ser la primera mujer científica en subirse a un buque oceanográfico británico, el Sarsia.

Después de aquella experiencia obtuvo una de las becas de estudios más prestigiosas del mundo, la Fulbright, que la llevó a seguir sus investigaciones en Estados Unidos, donde acaparó la atención de otra pionera, Mary Sears, comandante en la Reserva Naval y oceanógrafa en la Institución Oceanográfica Woods Hole. Abrumada ante el talento y el entusiasmo de Alvariño, Sears la recomendó para un puesto en el Instituto Scripps de Oceanografía, en California, donde la española se dedicó a analizar miles de muestras de plancton de todo el mundo hasta 1969.

Fue una pionera en el análisis biológico de los ecosistemas marinos

Alvariño se jubiló en 1987, pero eso no le impidió seguir investigando durante seis años más. Su legado es innegable: además de descubrir 22 especies nuevas, publicó más de 100 trabajos científicos de primer nivel en revistas y libros de distribución internacional. Su contribución a la defensa del medio ambiente fue notable, ya que sus investigaciones más relevantes se centraron en el estudio de los quetognatos, y demostró que pueden emplearse como indicadores fiables de condiciones oceanográficas determinadas, por lo que fue una pionera en el análisis biológico de los ecosistemas marinos.

Hoy, uno de los buques de investigación operado por el Instituto Español de Oceanografía lleva su nombre, y ya cuenta con su propia biografía publicada, ‘Ángeles Alvariño González, investigadora marina de relevancia mundial’. Su autor, Alberto González-Garcés Santiso, exdirector del Centro Oceanográfico de Vigo, la describió en una entrevista a la publicación científica SINC como «fuerte, arrogante y luchadora» y al mismo tiempo «cercana y maravillosa».

Su carácter la llevó a reclamar sus derechos cuando se sintió desplazada por la comunidad científica por el hecho de ser mujer. Haber recalado en una organización de tanto prestigio internacional como el Instituto Scripps de Oceanografía no la amilanó para escribir a la entonces ministra de Comercio de Estados Unidos (supervisaba este y otros centros de investigación) para denunciar discriminación de género al ver que solo ascendían a sus colegas de sexo masculino.

En 2018, con motivo de la inauguración de una estatua en homenaje a Ángeles Alvariño junto a la Casa de las Ciencias de A Coruña, su hija Ángeles Leira -una reputada arquitecta en Estados Unidos- dijo que este gesto la habría conmovido, y que incluso habría llorado un poco, «como buena gallega». También aprovechó para desvelar que su madre, además de su dedicación a la ciencia, era una apasionada de la música, de la literatura, de la historia de la Expedición Malaspina e incluso sacaba tiempo para diseñar y crear su propia ropa. No exageraba su hija cuando la definió como «una mujer del Renacimiento».

María Telkes, ‘la reina del Sol’, pionera de la energía solar

Cuando hablamos de energías renovables, la solar es una de las primeras opciones que nos vienen a la mente. De hecho, la solar fotovoltaica (la que aprovecha la luz del Sol) y la solar térmica (que aprovecha el calor) están entre las renovables más utilizadas y entre las que más se ha invertido en el mundo durante los últimos diez años.

Estados Unidos, China y Alemania son los países con mayores avances y atractivo de inversión para este tipo de energía, de acuerdo con el índice Renewable Energy Country Attractiveness Index (RECAI), uno de los más importantes en ese campo. Si ponemos el foco en España, este ranking nos sitúa en octava posición, un puesto más arriba que hace dos años.

Pero todo eso corresponde a la actualidad. La idea de ciudades calentadas con placas y paneles parece de este siglo, pero no es así. La creadora de esa tecnología fue María Telkes (Budapest, 1900-1995), una científica húngara (posteriormente nacionalizada estadounidense), que está considerada como un icono en la historia de la ciencia y de los avances tecnológicos hacia la sostenibilidad. No en vano es recordada como ‘la reina del Sol’.

Cuando Telkes (la mayor de ocho hermanos) nació, las grandes ciudades luchaban contra los fríos más inclementes con carbón, y se alumbraban, en el mejor de los casos, con lámparas de gas, y, posteriormente, con electricidad. Eran tiempos en los que los feroces inviernos hicieron que episodios históricos como la Primera Guerra Mundial o la Revolución rusa fueran más cruentos aún. La idea de que una placa que absorbiera la energía solar, y que gracias a ella ese calor se pudiera transmitir a una casa o a un edificio, parecía una locura. Sin embargo, para esta joven nacida en el antiguo Imperio austrohúngaro, eso resultaba algo completamente lógico y capaz de materializarse. Claro que, ella, durante su adolescencia, ya había leído acerca de las inmensas posibilidades que existían en el mundo para crear nuevas fuentes de energía, un tema que no dejaría de ser una preocupación durante todo el siglo pasado, en el que los avances tecnológicos y científicos crecieron como nunca antes en la historia.

Después de terminar el doctorado en Fisicoquímica en la Universidad de Budapest, María Telkes emigró a Estados Unidos. Y fue precisamente en el prestigioso Massachusets Institute of Technology (MIT) donde desarrolló la mayor parte de su carrera. Años antes de ese titánico salto profesional, sus primeros pasos en la gran potencia americana ya los había dado en la ciudad de Cleveland, donde creó un dispositivo fotoeléctrico que registraba las ondas cerebrales. Aquel invento le valió la atención de la comunidad científica, y gracias a sus investigaciones acerca del enorme potencial de la energía solar, nueve años más tarde, en 1934, llegaría su primer gran reconocimiento: de acuerdo a una publicación de The New York Times, entró en la lista de las 11 mujeres más relevantes de Estados Unidos.

No mucho más tarde, ya en 1940 e instalada en el MIT, estuvo a cargo de un proyecto de investigación de conversión de energía solar. Desafortunadamente, el trabajo quedó paralizado con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, su creatividad no dejó de rendir frutos: pese al difícil contexto, su ingenio y talento quedaron al servicio de las fuerzas militares, para las que inventó un kit portátil de desalinización de agua. Su creación fue patentada y formó parte del equipo de supervivencia para los soldados estadounidenses durante años.

La primera casa con energía solar

Para Telkes no pasó inadvertido el hecho de que las guerras y las crisis económicas tenían un impacto directo en la forma de calentarse de millones de hogares. Y fue gracias a eso que esta brillante mujer logró, en 1948, el hito científico por el que es recordada y reconocida hasta nuestros días: la primera casa con calefacción solar.

Se trataba de una vivienda con dos dormitorios, ubicada en la localidad de Dover, no muy lejos de Boston. El invento de Telkes consistía básicamente en una serie de ventanas con paneles de vidrio y metal que captaban la energía del sol y que estaban conectados con unos recipientes ubicados en las paredes y aislados con sales fundidas (otra de sus principales investigaciones) que almacenaban el calor. Aquella tecnología no tiene nada que ver con los paneles solares de hoy en día, pero ‘la casa solar de Dover’ fue el primer paso para entender que las energías renovables pueden cambiar la forma de calentarnos.

Ese no fue el único invento en el que Telkes aprovechó las bondades del sol. Un año antes, en 1947, ya había creado un generador termoeléctrico y una cocina solar con un diseño que, salvo algunos cambios y adaptaciones, sigue vigente en nuestros días. También el primer refrigerador termoeléctrico, de 1953, engrosa su lista de creaciones.

Una científica excepcional

No es nada sencillo cambiar la historia de la humanidad, y mucho menos hacerlo desde la ciencia. Pero María Telkes fue de esas personas: vio en el Sol una fuente energética inagotable capaz de solucionar tantos problemas en la sociedad. Y esa visión, puesta al servicio de su creatividad científica, le mereció incontables distinciones, una de las más importantes el primer premio de la Society of Women Engineers Achievement Award, en 1952.

Un par de décadas más tarde, en los setenta, cambió su residencia a Texas, donde se dedicó a asesorar a varias empresas interesadas en potenciar la energía solar en incontables sistemas tecnológicos.

María Telkes vivió prácticamente toda su vida profesional en Estados Unidos y volvió a su Budapest natal solo una vez, en 1995, y justo diez días antes de cumplir los 95 años, allí mismo falleció.

La luz y la energía de ‘la reina del Sol’ siguen más vivas que nunca, ya que sus inventos e investigaciones hoy nos permiten tener a la energía fotovoltaica como una de las opciones más fuertes en la lucha contra el cambio climático.

David Attenborough, una vida dedicada a la lucha ambientalista

Su vocación por la defensa del planeta comenzó en la niñez cuando buscaba los secretos de la Tierra guardados en los fósiles. Hoy, su obra es un referente del cuidado medioambiental en la lucha contra el cambio climático.

Cuando David Frederick Attenborough (Londres, 1926) nació, la información sobre el pasado de las plantas, los animales y el planeta solo se encontraba en los libros y…, por supuesto, en las piedras. Y precisamente así fue como él, hoy considerada una de las voces más reconocidas de la defensa planetaria, comenzó a descubrir los grandes secretos de la vida en la Tierra. Desde entonces brotó dentro de él la fascinación por saber cómo era y había sido el mundo y qué podíamos hacer para preservarlo.

A los 12 años ya coleccionaba pequeños pedruscos y plantas y fue precisamente a esa edad cuando una de sus hermanas le regaló una piedra de ámbar con insectos fosilizados en su interior. Aquel gesto despertó en él, aún más, la imperiosa necesidad de hurgar en el ayer para saber cómo hemos cambiado como especies y cuál ha sido la huella que hemos dejado en la historia del planeta.

Actualmente, los documentales que ha dirigido y producido son un referente de la divulgación naturalista universal. Pero antes de consolidarse como uno de los ambientalistas más importantes de todos los tiempos, los primeros pasos profesionales de Attenborough fueron filmando y contando cómo eran los entornos naturales hacia mediados del siglo pasado (incluso en los tiempos en que las pantallas eran en blanco y negro). Eso, por supuesto, lo hizo después de obtener el grado en Ciencias Naturales por el Clare College de la Universidad de Cambridge.

Su vocación no pudo esperar e, inmediatamente después de concluir sus estudios universitarios, el joven David salió a recorrer el planeta. Mostró al resto del mundo escenas nunca vistas de frondosas selvas, desiertos enigmáticos, océanos inmaculados por la vorágine humana, bosques espectaculares e islas solo conocidas por la imaginación de quienes las habían descrito en relatos épicos y mapas. Pero eso solo es una parte de lo que yace en su inabarcable hemeroteca, pues en el resto de sus piezas audiovisuales, sobre todo en las más recientes, como A Life on Our Planet (2020), el protagonismo es para la ya innegable alerta medioambiental. Por ejemplo, en esa producción aparecen fotografías y vídeos de ecosistemas, especies animales y rincones del mundo que ya no existen. Ese trabajo bien podría ser la continuación de obras legendarias que lo llevaron al reconocimiento internacional, como A Life on Earth (1979), A Living Planet (1984), The Trials of Life (1990), The Life of Mammals (2002) y Life in the Undergrowth (2005).

Una voz ineludible contra el cambio climático

Tras siete décadas de una incesante labor documental y de divulgación científica y naturalista (cabe destacar que fue director de programación de la BBC en las décadas de los sesenta y setenta), David Attenborough actualmente se encuentra dedicado al activismo medioambiental.

Su discurso de 2021 en la COP26, en Glasgow, en la que fue designado defensor del pueblo, fue más que conmovedor: una última llamada de atención sobre lo que podría suceder en la Tierra si no hacemos algo para frenar el calentamiento global: nada más y nada menos que la sexta extinción masiva en la historia del planeta. Esa idea ya la había expuesto un año antes en A Life on Our Planet, donde deja muy claro que, de no cumplir con los objetivos de descarbonización para 2050 y no frenar la subida de temperatura global, el escenario planetario no será muy distinto al de un apocalipsis. Al margen de esas predicciones catastróficas, Attenborough presentó en ese documental el análisis de cuántas hectáreas de ecosistemas sanos hemos ido perdiendo década a década. ¿Su conclusión? Hoy tenemos menos de la mitad de los entornos naturales que existían hace setenta años.

En aquella intervención también subrayó la imperiosa necesidad de crear una nueva revolución industrial, una en la que la sostenibilidad sea la columna vertebral del modelo económico. “De lo contrario, todos los esfuerzos hacia la descarbonización serán inútiles”, dijo al respecto. Pero sus palabras también estuvieron cargadas de esperanza, pues dejó sobre la mesa la idea de que estamos en un momento excepcional para construir un nuevo mundo, uno más igualitario entre las distintas poblaciones, además de uno más sostenible, circular y sano. Es decir, tenemos la oportunidad de crear un nuevo mundo en el que la humanidad pueda convivir de manera más armónica con el entorno natural.

Como no podía ser de otra manera, su labor por el cuidado de los ecosistemas y la lucha ambientalista le ha valido incontables distinciones. Entre las más destacadas se encuentran el premio Princesa de Asturias, el premio Desmond Davis de BAFTA, el premio Kalinga de la Unesco, el premio Fonseca, el premio Primetime Emmy como mejor narrador, además de haber sido reconocido como Comendador de la Orden del Imperio Británico por sus servicios prestados a la conservación de la naturaleza. Por si fuera poco, este año fue nominado para el Premio Nobel de la Paz.

Hoy, sin duda, David Attenborough es una de las voces con mayor peso en la defensa del planeta. Sus más de setenta años recorriendo y documentando cada rincón del mundo, a cada especie, a cada población, lo avalan como una voz ineludible para el proyecto global (en un futuro muy cercano) en el que las personas y los ecosistemas puedan convivir en armonía y prosperidad.

Ángeles Alvariño: la mujer que cambió la forma de entender los océanos

Dedicada a la investigación y a la divulgación de la vida en los océanos, la calidad de su trabajo le llevó a lo más alto y a merecer las máximas distinciones, como la de ser la única investigadora española incluida en la Encyclopedia of World Scientists. La vida submarina, sin ella, definitivamente no sería la que conocemos hoy.

El 3 de octubre de 2021, Google le dedicó un doodle por el aniversario 105 de su nacimiento. Nadie cuya vida y obra no hayan cambiado la historia merecen esa distinción en estos tiempos digitales. Sin ella, sin su obra, su vocación y entrega absoluta al estudio del mar yy de quienes habitan en él, las ciencias oceanográficas hoy estarían incompletas. Gracias a su trabajo, veintidós especies marinas son conocidas, y, como reconocimiento, su apellido forma parte de la taxonomía de algunas medusas y otros animales que forman parte del placton. Ella es, sin duda alguna, una de las glorias científicas de España, y para muestra de ello basta con constatar que ha sido la única mujer de los cuatro científicos españoles con el honor de estar incluida en la Encyclopedia of World Scientists, un prestigioso compendio en el que se destacan los nombres de los mil científicos más prestigiosos e importantes de la historia. 

Alvariño es la única investigadora española incluida en la prestigiosa Encyclopedia of World Scientists, en la que están los nombres de los mil científicos más importantes de la historia

María de los Ángeles Alvariño (Serantes, 1916 - La Jolla, California, 2005) fue una precursora en toda regla. Nacida en la Galicia profunda, estuvo en contacto con la ciencia y las artes desde muy pequeña: fue la hija del médico del pueblo, y su madre era pianista; y a los tres años, ya sabía leer y escribir y tenía conocimientos de piano y teoría musical. Esa, quizá, fue la semilla que sembraron sus padres en ella y que germinó en la pasión por la ciencia, una virtud que no tardó en dar los frutos que cambiaron la historia de la investigación oceanográfica en el mundo. 

De vocación científica innegable, cursó estudios de Bachillerato Universitario de Ciencias y Letras en la Universidad de Santiago de Compostela, los cuales concluyó exitosamente con los trabajos titulados Insectos sociales y Las mujeres en el Quijote. Pero sus ímpetus académicos no estaban saciados, así que decidió seguir su formación en Ciencias Naturales en la Universidad de Madrid. No obstante, aquellos estudios quedaron interrumpidos debido al estallido de la Guerra Civil, una situación que la obligó a radicarse nuevamente en su Galicia natal. Durante esos días tan convulsos, Alvariño aprovechó el tiempo para estudiar inglés, francés y alemán, pero también descubrió su pasión investigadora volcada en las aguas gallegas. 

Cuando aquel negro episodio en la historia del país finalizó Ángeles Alvariño regresó a la capital para culminar sus estudios y se casó con Eugenio Leira Manso, un capitán de la Marina de Guerra Española, y Caballero de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo. Continuó con sus investigaciones y finalmente fue admitida (a pesar de que en aquel entonces el acceso a las mujeres no estaba permitido) en el Instituto Español de Oceanografía. 

En 1952 obtuvo una plaza como investigadora en el Centro Oceanográfico de Vigo, donde comenzó a investigar en profundidad el zooplancton (un tema en el que se especializaría más tarde y en el que quedarían muchas de sus mayores aportaciones a las ciencias del mar).

Su carrera fue meteórica. Gracias a la calidad de su trabajo, en 1953, el British Council le concedió una beca para seguir con sus investigaciones acerca del zooplancton en el Laboratorio inglés de Plymouth. Ese hecho le valió otro hito en su vida: convertirse en la primera científica en subirse a un buque oceanográfico británico, el Sarsia.

Un referente en Estados Unidos, pero con bandera gallega

Llegó el momento en que el viejo mundo le quedó pequeño a una mujer que nació para dedicar todos sus talentos al conocimiento de los mares, y en 1956 ya había cruzado el Atlántico para instalarse en Estados Unidos, país en el que obtuvo la nacionalidad y los máximos reconocimientos científicos. Todo fue gracias a una subvención de la Comisión Fullbright, con la que pudo continuar con sus investigaciones en el Instituto Oceanográfico Woods Hole (Massachusetts). Y, no mucho más tarde, bajo una recomendación de la prestigiosa oceanógrafa Mary Sears, Alvariño llegó al Scripps Institution of Oceanography en La Jolla (San Diego, California). 

En 1967 obtuvo el doctorado y en 1969 publicó sus últimas investigaciones para el Instituto Español Oceanográfico, un compilado de sus trabajos realizados entre 1952 y 1965 titulado Los quetognatos del Atlántico, distribución y notas esenciales, en la que ilustra detalladamente más de treinta especies marinas descubiertas por ella.

Su carrera investigadora recibió reconocimientos y distinciones en ambos lados del Atlántico. Uno de ellos fue el cargo que obtuvo como bióloga investigadora en la agencia Southwest Fisheries Center (SWFC, donde desarrolló estudios esenciales sobre la albacora, un pez que hoy conocemos como bonito del norte. 

Fue una precursora en las ciencias del mar y en la lucha por la igualdad de oportunidades de la mujer, tanto en España como en Estados Unidos

Aun así, a pesar de haber tenido una carrera meteórica y brillante, Alvariño padeció la discriminación por cuestiones de género. Y eso mismo fue lo que denunció ante el Gobierno de Estados Unidos, en 1977, mediante una carta que llevaba una copia dirigida al mismo Jimmy Carter (presidente estadounidense en aquel entonces). Durante los siete años que trabajó en el SWFC, ella misma constató que todos los cargos superiores siempre eran ocupados por hombres, y en su denuncia fue clara y contundente: la cuestión era “discriminación por género”. Aquel alzamiento de voz la convirtió en un referente de la defensa de los derechos laborales de las mujeres. Sí, una gallega, investigadora de primer nivel, defendió a sus compañeras científicas hace más de cuarenta años. 

Muchos años antes de su muerte en 2005, María de los Ángeles Alvariño ya era considerada como la máxima autoridad respecto al zooplancton. Y por toda su brillante carrera recibió, desde 1976, incontables distinciones en el mundo entero y por parte de prestigiosas instituciones académicas como la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad de San Diego, el Instituto Politécnico Nacional (México), la Universidad Federal de Panamá, entre otras. Y su tierra no fue la excepción, pues la Real Academia Gallega de Ciencias le rindió un homenaje el Día de la Ciencia en Galicia (celebrado el 1 de junio). Y, por si fuera poco, su nombre quedó inmortalizado en un buque oceanográfico que entró en servicio en 2012.

Su nombre, en la historia de la investigación científica de los océanos, está escrito con letras de oro. Su vida y obra, inspiradoras en todo rubro, son un ejemplo para las nuevas generaciones de investigadores e investigadoras en el mundo entero pero, sobre todo, en España y en Estados Unidos, los dos países en los que Ángeles Alvariño creció, se formó y desarrolló una brillante carrera que hoy nos permite entender las ciencias oceanográficas con mayor profundidad. 

Miguel Delibes de Castro: el hombre con la última palabra sobre el lince ibérico y Doñana

Hacia finales de los años ochenta, Miguel Delibes de Castro (Valladolid, 1947) jugaba con una frase que sugería que el Parque de Doñana «servía» para lo mismo que el Museo del Prado; en pocas palabras: «Para nada». Por supuesto, se trataba de una broma con una buena dosis de ironía con la que exaltaba la innegable importancia de ambos: «Doñana es un patrimonio mundial, un patrimonio de la humanidad, una herencia natural, porque no solo las culturales son herencias que hay que respetar», zanjaba en una entrevista para Canal Sur en 1989.

El distinguido biólogo y experto en la conservación del Parque de Doñana como patrimonio de la humanidad participa en la mesa redonda «Cambio climático y biodiversidad, dos caras de la misma moneda» de las Jornadas de Sostenibilidad de Redeia.

Sin embargo, más allá de aquella puntiaguda broma con la que Delibes intentaba poner sobre la mesa el inmenso e irrenunciable valor patrimonial que tiene el que está considerado como uno de los santuarios naturales de España, su opinión se centraba también en la importancia de una las especies más emblemáticas del sur de Europa, es decir, del lince ibérico. «Si alguien dice que al lince le ha llegado su hora, y que qué más da que se extinga, pues sería como perder a Mozart. Nadie se murió por la falta de Mozart, y nadie se va a morir por la falta de linces, pero el mundo y la humanidad sí que estarían perdiendo una parte muy importante de sí mismos sin ellos», agregó por aquel entonces.

Delibes de Castro es la máxima autoridad en el país sobre el lince ibérico, pues fue, durante doce años, director de la Estación Biológica de Doñana. Además, es un reconocido biólogo, profesor e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Entre las distinciones que ha recibido por su dilatada carrera divulgativa y científica se encuentran el Premio Nacional de Medio Ambiente (2001), el Premio Rey Jaime I de Protección del Medio Ambiente (2003), el Premio nacional de Investigación Alejandro Malaspina (2005), además de es parte de la Selección Española de la Ciencia (2016). También ha sido distinguido con el Premio del Mérito de la Conservación del WWF International, y fue merecedor de la Medalla de Andalucía al Mérito Medioambiental (2022).

Miguel Delibes de Castro es la máxima autoridad en cuanto al lince ibérico y la Estación Biológica de Doñana

Un dato interesante sobre su trayectoria es que, cuando hacía su tesis, trabajó con Félix Rodríguez de la Fuente (el gran referente español de la divulgación ambientalista y naturalista de las últimas décadas gracias a su programa El hombre y la Tierra), y fue precisamente él quien le mostró cómo escribir para que sus historias llegaran a la gente y se interesaran cada vez más por las cuestiones medioambientales. No mucho más tarde llegaría a la mencionada Estación de Doñana, pero antes de eso, en 1983, fue uno de los firmantes del Manifiesto de Tenerife: el texto precursor del ecologismo político en España.

Entrar en su obra publicada merecería un texto aparte; aun así, cualquier perfil biográfico suyo quedaría incompleto sin citar obras como La naturaleza en peligro (Destino, 2005), La tierra herida: ¿qué mundo heredarán nuestros hijos? (Destino, 2005), una pieza elaborada con la coautoría de su padre, el novelista Miguel Delibes, y Cuaderno de campo de la naturaleza española (J. M. Reyero, 1995). Cabe mencionar que durante su juventud fue redactor de la Enciclopedia Salvat de la fauna, cuya dirección y coordinación estuvo a cargo del mismo Rodríguez de la Fuente.

Y es que son décadas las que lleva Miguel Delibes de Castro luchando por la conservación del lince ibérico. Hoy, los números del que está considerado como el felino más preciado de España y Portugal son alentadores, y sugieren que su recuperación en la naturaleza está siendo todo un éxito, pero no siempre fue así. A principios de este siglo estuvo a punto de extinguirse (en 2002 quedaban menos de 100 ejemplares). En una entrevista de 2003 del diario ABC, Delibes llegó a sostener que, de no ponerse en marcha con urgencia un plan para la cría y conservación del lince, sería prácticamente «un muerto viviente». Afortunadamente, ahora mismo, en 2022, la realidad ya es otra: en uno de los últimos censos realizados, el número de linces fue de 1400 (se calcula que para que esté fuera de peligro son necesarios entre 3000 y 3500 ejemplares).

El lince ibérico vive un «milagro», pues sus números se han recuperado notablemente después de haber sorteado la extinción a principios de siglo

El espacio natural de Doñana es, sin duda alguna, uno de los corazones silvestres de nuestro país y representa a la naturaleza peninsular en su estado más puro. No obstante, es un sitio que ha sufrido, por ejemplo, incendios, como el del trágico junio de 2017. Además, esta «joya» medioambiental es uno de los lugares más afectados por el impacto del cambio climático. Hoy, gracias a los incontables esfuerzos de las administraciones y de la sociedad civil, se recupera y aparece como un santuario para el lince.

Es precisamente el calentamiento global lo que está definiendo las agendas internacionales de muchos países europeos, y España no es la excepción, pues es una de las grandes causas de la desertificación. Por eso mismo, la extensa labor que Miguel Delibes de Castro lleva haciendo desde hace más de cuatro décadas para conservar y mantener sanos los ecosistemas más preciados del país resulta una labor invaluable hoy más que nunca.