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El mapa de la movilidad eléctrica

ELÉCTRICO

Diez años. Ese es el tiempo que tenemos por delante para evitar que las consecuencias catastróficas del cambio climático sean irreversibles. Es tiempo de actuar. Pero el camino no es sencillo. El último informe del IPCC, el panel internacional de expertos que asesora sobre cambio climático a la la ONU, se muestra contundente: para limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados por encima de los niveles preindustriales es preciso disminuir un 45% las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) para 2030.

De esa urgencia por descarbonizar las economías, Gobiernos de todo el mundo han planteado ambiciosos planes de reducción de emisiones. La Unión Europea, antes de que se anunciase el Green Deal, se fijó la meta de alcanzar las cero emisiones en 2050. Para ello, la comunidad europea está desarrollando una estrategia enfocada sobre todo en el sector del transporte, responsable del 26% de las emisiones globales. Esto, en las grandes ciudades se traduce en un grave problema de contaminación atmosférica que, a su vez, afecta a la salud de los ciudadanos.

El sector del transporte es responsable del 26% de las emisiones globales

Para afrontar este gran reto, Gobiernos y administraciones están dirigiendo sus esfuerzos a favorecer un nuevo modelo de movilidad más sostenible. Estos van desde incentivar el uso del transporte público y de medios no contaminantes como la bicicleta o el patinete eléctrico hasta fomentar la transición hacia un parque de vehículos cero emisiones. Pero ¿en qué punto nos encontramos?

A mediados del 2019, el número de automóviles eléctricos superó a los propulsados por combustibles fósiles en Noruega. De esta manera, el país escandinavo se convirtió en uno de los líderes de la revolución de la movilidad eléctrica en el mundo. Ya en 2016 era el país con mayor número de autos eléctricos per cápita del planeta, según la Asociación de Constructores Europeos de Automóviles (ACEA). Ese año se vendieron 44.888 unidades de estos vehículos, lo que suponía más de un 21% de los que fueron adquiridos en todo el continente. Sin embargo, a pesar de estas halagüeñas cifras, Noruega no es el país que más eléctricos vende en el mundo.

Según un reciente informe elaborado por la aseguradora Euler Hermes, China es la potencia que lidera con holgura la carrera del coche eléctrico, tanto en términos absolutos – con el 56% de las nuevas matriculaciones de vehículos eléctricos a nivel global–, como en términos relativos –con un nivel de penetración en el mercado de un 4,2% frente al 2,5% de Europa–. No obstante, estos datos son el reflejo de una paradoja: el gigante asiático lidera la carrera mundial de las energías renovables, tanto en desarrollo como implementación; sin embargo, es también el país que más CO2 emite a la atmósfera, según datos de la plataforma Global Carbon Project.

Por eso, a pesar de que China se haya situado (con matices) a la cabeza de esta necesaria revolución, Europa es, en cuanto a implantación, la punta de lanza de la transición hacia un sistema de movilidad cero emisiones. Entre los países que llevan el estandarte se encuentran la ya mencionada Noruega, Países Bajos, Portugal, Alemania, Suecia, Francia o Reino Unido. Al menos así lo refleja el Barómetro Anfac de la Electromovilidad Global, que sitúa a Noruega como líder europeo absoluto seguido de Países Bajos.

Según datos de Red Eléctrica, España cuenta ya con más de 81.125 vehículos eléctricos

En el caso de España, la implantación del vehículo eléctrico todavía es tímida. Según datos de Red Eléctrica, España cuenta ya con más de 81.125 unidades, siendo Madrid y Cataluña las comunidades que registran la mayor implantación de todo el territorio nacional, con un parque de 32.405 ejemplares en el caso de Madrid y de 21. 990 en Cataluña. Estas cifras quedan lejos aún de lo estimado en el borrador del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, que ambiciona la implantación de 5 millones de coches eléctricos de cara a 2030.

El panorama dibuja una senda de diez años plagada de retos pero con un mensaje claro: es urgente impulsar la movilidad eléctrica porque será clave en la lucha contra el cambio climático y porque el cambio se presenta necesario para transitar hacia un modelo de movilidad más sostenible.

Las claves de la implantación del vehículo eléctrico

Uno de los aspectos principales de la integración masiva de esta nueva movilidad en el sistema eléctrico es que se realice de manera segura y eficiente. Con este objetivo, Red Eléctrica puso en marcha en 2017 Cecovel, un proyecto pionero en España y en Europa que realiza un seguimiento de la demanda de electricidad. Además, lleva a cabo estudios para anticiparse a escenarios de implantación masiva de vehículos eléctricos.

Para ello, actualmente monitoriza 1.835 puntos de recarga, tanto públicos como privados, gestionados por cuatro operadores de movilidad (Ibil-Repsol, Gic, Fenie y Melib). Se trata de puntos de recarga con potencias desde 2,3 kW hasta 350 kW y conectados en tiempo real a los operadores para que pueden gestionarlos de forma remota e inteligente.

Del mismo modo, recientemente y en el marco del proyecto Cecovel, la compañía publicó un mapa de puntos de recarga inteligente del vehículo eléctrico. Estos terminales están dotados de una tecnología inteligente que les permite realizar una gestión óptima de la demanda y conocer los patrones horarios del consumo de la recarga pública y su evolución.

El mapa monitoriza 573 terminales inteligentes públicos distribuidos por todo el territorio nacional que están gestionados por los operadores de movilidad que colaboran con el proyecto Cecovel (Ibil-Repsol, Gic, Fenie y Melib). Con una visualización intuitiva y sencilla, el mapa ofrece al usuario información completa sobre el punto de recarga: dirección en la que se ubica, el tipo de recarga que realiza, la potencia de cada punto y el modelo de conector.
Accede al mapa aquí

Biotecnología: una revolución que ya está aquí

biotecnología

Erradicar el hambre en el mundo, combatir enfermedades cuya cura aún se desconoce, reducir las emisiones de CO2 para frenar el cambio climático y garantizar la conservación del medio ambiente. El siglo XXI se enfrenta a estos y una larga lista de grandes desafíos. La Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas se encargan de recordarnos que debemos trabajar sin descanso para hacerles frente.

Pero para abordar retos de tal magnitud se requieren nuevas estrategias y disciplinas científicas. Y es que las tecnologías utilizadas hasta ahora parecen ser ineficaces o, en el mejor de los escenarios, incompletas. Por eso, la esperanza está puesta en el desarrollo de revolucionarias técnicas. Entre todas ellas destaca la biotecnología, una disciplina que, según define la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), “emplea los principios de la ciencia y la tecnología a los organismos vivos y los productos derivados de los mismos para alterar materiales vivos o no, con el fin de producir conocimientos, bienes o servicios”. Dicho de otro modo, es la aplicación de la biología para el beneficio humano y del medio ambiente.

El secretario general de EuropaBio (Asociación Europea de Bionindustrias), John Brennan, da un paso más allá en su definición. Según expone en un artículo publicado por European Biotechnology, “la biotecnología es capaz de acabar con las enfermedades a través de medicinas innovadoras, mejorar el suministro energético y la seguridad, ayudar a mitigar el cambio climático y contribuir al crecimiento económico y, al mismo tiempo, favorecer la creación de empleo”.

La biotecnología ya es una realidad en sectores como la agricultura o la asistencia sanitaria

Sin embargo, cabe preguntarse cuáles son sus aplicaciones específicas. Y más importante aún: ¿qué soluciones ya en marcha podrían ayudarnos a cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de cara a 2030?

Biotecnología contra el hambre

Poner fin a la pobreza y al hambre –el primero y segundo de los ODS– son quizá unos de los objetivos más ambiciosos. El incremento de las necesidades de consumo de una población mundial también en expansión implica que garantizar el suministro alimentario sea una tarea cada vez más difícil de llevar a cabo. Por eso, Naciones Unidas pone el foco no solo en el aumento de las cantidades de alimento, sino también en la mejora y viabilidad de su distribución. Desde la entidad señalan que esta labor requerirá de la aplicación de la biotecnología en la agricultura, el medio ambiente y el cuidado de la salud humana sin riesgo ecológico. Y como es tiempo de actuar, ya son muchos los sectores que han comenzado a desarrollarse en esta dirección.

El agrícola es uno de los que más ha apostado en los últimos años por las soluciones biotecnológicas. Muchos agricultores utilizan bionutrientes y biofertilizantes (bacterias, hongos, levaduras) como sustitutos de los químicos y tóxicos que afectan tanto a la salud medioambiental como a la de las personas. Pero eso no es todo. La aplicación de la biotecnología en la agricultura permite aumentar el rendimiento y convertir el modelo productivo en uno más sostenible. Un ejemplo de ello es la modificación de cultivos como el maíz o la soja para que sean más resistentes a las sequías, más tolerantes a las plagas o, sencillamente, tengan unas mejores cualidades nutricionales. Estos avances, todavía en desarrollo, podrían contribuir a que en lugares como el continente africano –uno de los más afectados por las sequías–, las plantaciones no se echen a perder tan rápidamente. Además, las mejoras en las propiedades de los cultivos contribuirían a reducir la malnutrición y a acabar con el hambre en el mundo.

La biomedicina, otro campo de batalla

En el ámbito de la medicina, los profesionales también aplican estas nuevas técnicas para mejorar la calidad de vida y la salud de las personas y promover el bienestar para todos en todas las edades (Objetivo 3). “Actualmente se están utilizando las herramientas de la bioingeniería (una rama de la biotecnología) para una mejor comprensión de la conducta de las proteínas, las células, los tejidos y los órganos del cuerpo”, explican desde el Institute of Bioengineering of Catalonia. Los especialistas de este centro son capaces, entre otras cosas, de desarrollar soluciones como “nanocápsulas para la administración dirigida de medicamentos” y de estudiar de manera más exhaustiva “la invasión celular colectiva en el cáncer”. De esta manera, pueden realizar diagnósticos más personalizados y aplicar innovadoras terapias.

Otro de los campos de aplicación de la biotecnología es la regeneración y sustitución de tejidos. Conocida en este caso como ingeniería de biomateriales, esta técnica permite sintetizar y procesar materiales que puedan servir como soporte físico para los nuevos tejidos desarrollados en el laboratorio. Aunque suene a ciencia ficción, ya hay muchos proyectos en marcha que empiezan, no solo a dar resultados viables, sino a usarse en terapias de rutina.

Esta técnica permite regenerar tejidos, aplicar innovadoras terapias y realizar diagnósticos más acertados

Nieves Cubo, científica e investigadora del CSIC y miembro del Instituto de Ciencia y Tecnología de Polímeros, lleva varios años dedicada a la creación de piel humana mediante la técnica de la impresión 3D. “Antes, cuando un paciente tenía quemaduras grandes se tenían que extraer extensas áreas de piel para poder regenerar toda la superficie quemada. Ahora, con estos nuevos métodos, a partir de un centímetro cuadrado de piel somos capaces de generar metros y metros de piel en pocas semanas”, explicó durante su charla TED en Madrid.

Fuera de nuestras fronteras, la empresa argentina Life SI se dedica a la impresión 3D de órganos y tejidos. “Esta línea de trabajo busca resolver dos de las problemáticas de mayor impacto a la hora de hacer un trasplante. Por un lado, si logramos crear el órgano que el paciente necesita ya no dependemos de un donante específico. Por otro lado, si ese órgano se crea con las células del mismo paciente disminuimos drásticamente la probabilidad de rechazo”, explica en un vídeo Aden Díaz Nocera, fundador de la compañía.

Hacia la regeneración del medio ambiente

Más allá de las aplicaciones médicas, la biotecnología también es una técnica muy útil a la hora de mejorar el estado ecológico de los ríos y de estabilizar los márgenes fluviales. En este caso, como cuenta la Confederación Hidrográfica del Ebro en su blog, la bioingeniería “combina materiales vivos como semillas, plantas, partes de plantas y comunidades vegetales con materiales inertes como piedras, tierra, madera, hierro, acero” para consolidar los taludes, controlar la erosión y proteger el medio ambiente. Esto permite, no solo proteger, estabilizar y regenerar los suelos de una manera más rentable, sino embellecer el paisaje.

Davos se 'resetea': en busca de un capitalismo más sostenible

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A menos de una semana de su celebración, el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) calienta motores para su cita anual que reunirá a la élite política y económica mundial del 21 al 24 de enero en la fría ciudad de Davos-Klosters (Suiza). Esta edición es especialmente relevante porque se cumplen 50 años de estas reuniones.

Fundado en 1971 por el profesor Klaus Schwab, el foro dio sus primeros pasos centrado en el campo de la gestión empresarial. Sin embargo, rápidamente adquirió una visión más amplia y global de la economía y los retos sociales. En concreto, fue en 1974 cuando por primera vez se invitó a líderes políticos. Desde entonces, los principales referentes mundiales de estos ámbitos –economía y política– y los representantes de grandes corporaciones, organizaciones sociales y culturales desafían las gélidas temperaturas para debatir sobre los principales desafíos que afronta el mundo.

Para celebrar este importante hito en su historia, el foro ha presentado recientemente un nuevo manifiesto (Manifiesto de Davos), que sustituye la primera versión de 1973 y da una vuelta de tuerca a la responsabilidad que tienen las empresas para con sus grupos de interés. El nuevo documento recuerda a las compañías que son organismos sociales y no solo actores con ánimo de lucro, y que, por tanto, deben asumir un papel diferente en el marco de la Cuarta Revolución Industrial. “Debe asegurarse que el valor de las compañías no se mida únicamente en términos financieros sino también en términos medioambientales, sociales y de buen gobierno”, explicaba Klaus Schwab en una entrevista con el diario el País pocos días después del lanzamiento del manifiesto.

El Foro de Davos celebrará su 50 aniversario con un nuevo manifiesto

En concreto, la nueva Biblia de Davos establece que el propósito de las empresas debe ser “colaborar con todos sus stakeholders en la creación de valor compartido y sostenido” porque, al crearlo, las compañías cumplen con sus accionistas, pero también “con todos sus empleados, clientes, proveedores, comunidades locales y la sociedad en general”.

De esta forma, Schwab y el foro se suman así a las voces que desde hace algún tiempo abogan por una profunda reforma del capitalismo. En concreto, el manifiesto de Davos desempolva el concepto de ‘capitalismo colectivo o de las partes’. Este difiere del tradicional ‘capitalismo de los accionistas’ preconizado hace ahora también medio siglo por Milton Friedman en las páginas del New York Times, donde sostenía que “la única responsabilidad de las empresas es hacer negocios”. En contraposición, este nuevo sistema propone reconectar el éxito de los negocios con el progreso social.

Y aunque este modelo no es nuevo resuena ahora con fuerza en el escenario empresarial. De hecho, el pasado mes de agosto, la Business Roundtable –una poderosa organización que aglutina a directivos de las principales compañías estadounidenses– se mostró a favor de esta forma de entender el mundo económico. Pero si ya es un concepto conocido, ¿por qué resurge ahora con fuerza?

Para el fundador del Foro Económico Mundial este fenómeno es consecuencia natural de una perceptible transformación de la sociedad, en todas sus expresiones, que exige cada vez más y de manera más urgente, un cambio radical. La joven Greta Thunberg agitando las conciencias de jóvenes de todo el mundo, los inversores apostando por la financiación sostenible, las grandes empresas impulsando la economía circular... El mundo está transformándose a pasos agigantados y Davos quiere ser parte.

El foro de Davos será totalmente neutro en carbono

De ahí que el manifiesto no sea la única novedad. De hecho, el leitmotiv del encuentro será Grupos de interés para un mundo cohesionado y sostenible. Con este marco, el programa publicado indica que la reunión dará cuenta de los retos que afronta el mundo a nivel económico, geopolítico e industrial, pero también desde el punto de vista del medioambiente y la tecnología.

Además, la organización ha comunicado que esta cumbre será un evento sostenible. El foro de Davos ha logrado el estándar ISO 20121 y será totalmente neutro en carbono. Para lograrlo, ha implantado diferentes iniciativas respetuosas como el medioambiente como el suministro de electricidad 100% renovable, la reducción del uso de materiales no reciclables y el uso de vehículos eléctricos.

Conoce más sobre Klaus Schwab aquí.

Descubre la historia del Foro Económico Mundial en este enlace.

14 de diciembre de 2019: ¿El principio del fin del carbón?

¿Es posible descarbonizar la economía? ¿Somos tan dependientes de los combustibles fósiles en la generación de electricidad como nos cuentan? Estas y otras cuestiones nos asaltan cuando abordamos el desafío del cambio climático.

Cada vez hay más datos para la esperanza, en España y más allá de nuestras fronteras. Sirva como ejemplo lo que ocurrió el pasado 14 de diciembre, cuando el sistema eléctrico peninsular dio un paso al frente en la lucha contra el calentamiento global y registró su primer día sin generar ni un solo megavatio hora (MWh) con carbón.

Durante 24 horas, las renovables supusieron el 62,7% de la generación peninsular

Siete días después, la Península volvió a registrar dos ‘ceros’ de carbón en la producción eléctrica -21 y 22 de diciembre-, situación que volvió a repetirse en Navidad (24 y 25 de diciembre). Sin duda, un mes de récord.

“El aumento de la capacidad de generación renovable y las condiciones climáticas favorables, con fuertes vientos e importantes lluvias, hicieron que ese día no hubiera producción de energía eléctrica en las centrales térmicas de la Península”, explica Tomás Domínguez, director de Operación de Red Eléctrica de España.

Durante esas 24 horas, las renovables fueron responsables del 62,7% de la generación peninsular, siendo la eólica, con 301 GWh, la tecnología con mayor presencia en el mix, aportando el 42,4% del total. Además, el 82,5% de la electricidad de la Península se produjo a partir de tecnologías libres de emisiones de CO2.

La pregunta es obligada: ¿veremos más días sin carbón? Domínguez lo tiene claro: “A medida que continúen entrando en servicio nuevas instalaciones de generación renovable, será más probable que no se recurra al consumo de carbón y, en general, a los combustibles fósiles para cubrir la demanda de electricidad”.

2019: un año para empezar a olvidar (el carbón)

Los datos de previsión de cierre del 2019 publicados por Red Eléctrica de España confirman que el carbón está reduciendo su presencia en el sistema peninsular. A lo largo del año que concluye se estima que las centrales térmicas habrán generado 11.084 GWh de electricidad, una cifra 68,2% menor que en el 2018, y un 78,2% inferior que hace 5 años, en 2015.

La producción eléctrica con carbón del 2019 relega esta tecnología a ocupar una discreta quinta posición dentro del ranking de mayor generación del año y representa ya solo un 4,5% del total peninsular.

En 2019 se dijo adiós a la central térmica de carbón de Anllares, en León

Se trata de la cifra más baja de participación de esta tecnología en el mix de la que se tiene constancia en Red Eléctrica. Y es que las emisiones de CO2 a la atmósfera, por cada MWh generado, se duplican si la producción es con carbón y no con ciclo combinado.

El aumento del precio en el mercado europeo de derechos de emisión ha demostrado que producir carbón ya no es tan rentable. De hecho, los ciclos combinados, segunda fuente de generación, tras la nuclear (21,4%), con un peso del 21,2%, duplicaron este año 2019 su participación en el mix respecto a 2018.

Así, según previsiones de Red Eléctrica, las emisiones de CO2 asociadas a la generación de electricidad en la península Ibérica serán en el 2019 un 23,7% inferiores al año anterior debido, principalmente, a la sustitución del uso de las térmicas de carbón por otras tecnologías más limpias.

2010

2019

Este 2019 también ha sido un año de salidas y entradas en el parque de generación: se dijo adiós a la central térmica de carbón de Anllares, en León, al mismo tiempo que se ha dado la bienvenida a 3.110 nuevos MW de potencia solar fotovoltaica, 1.634 de eólica, 102 de otras renovables y 38 de hidráulica, y estos son, todavía, datos de noviembre.

Los datos publicados recientemente por Red Eléctrica de España y el hito histórico de los ‘ceros’ de carbón en la Península hacen pensar que ni los esfuerzos de la transición energética caen en saco roto ni los objetivos europeos de descarbonización son una utopía.


El CO2 pierde fuelle en la generación eléctrica

En 2019 la generación de energía eléctrica libre de emisiones de CO2 en España representó el 60% de la generación total, lo que supone un aumento en la participación de estas tecnologías del 0,5% respecto al año anterior, cuando este porcentaje fue del 59,7%. Este aumento es consecuencia del avance en la incorporación de tecnologías renovables al parque de generación de energía eléctrica. Este aumento es consecuencia del avance en la incorporación de tecnologías renovables al parque de generación de energía eléctrica.

También ha influido la menor participación de la energía de origen hidroeléctrico, cuya producción ha descendido este año debido a que 2019 ha sido más seco que el año anterior. En España, el volumen medio de la producción hidráulica se sitúa en valores cercanos al 12%. En el año 2019 el peso de esta tecnología ha sido del 10% como consecuencia de que ha sido un año hidráulico seco, pero el año 2018, que fue muy húmedo, el de la generación hidráulica fue cercano al 14%.

El nuevo capitalismo ¿verde?

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Enero de 2007, Estados Unidos. Una crisis financiera comenzaba a cocinarse en el gran continente. Pocos meses después, un déficit de capital se extendería como la pólvora por los bancos estadounidenses hasta explotar con la quiebra del gigante financiero Lehman Brothers en verano de 2008. Un acontecimiento que marcaría el origen de una crisis económica y financiera de repercusión mundial.

Ese enero, antes de la precipitación de tan desafortunados acontecimientos, el columnista de The New York Times, Thomas L. Friedman, acuñó el término Green New Deal para referirse -en una clara alusión a la reforma que llevó a cabo el presidente Roosevelt para paliar los efectos de la Gran Depresión en los años 30- a un amplio programa con el objetivo de revitalizar la economía americana que girase en torno a las energías verdes. La idea cayó en el olvido durante los últimos meses de presidencia de George W. Bush, y aunque Barack Obama retomó el plan durante su primera campaña electoral, el Green New Deal quedó camuflado en medio de la feroz crisis. La idea nunca llegó a enterrarse.

En 2007 el columnista Thomas L. Friedman ya acuñó el término Green New Deal


En 2012 la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (Río+20) reabría la puerta al debate: ¿es posible un capitalismo respetuoso con el planeta y sus recursos naturales? ¿Puede la economía verde ser la alternativa al modelo de producción y consumo actual? Desde esa cumbre, numerosos economistas y expertos han analizado la posibilidad de un nuevo capitalismo verde o ecocapitalismo que reinvente el sistema económico mundial. Ahora, con la celebración de la Cumbre del Clima (COP25) que se ha celebrado en Madrid a inicios de diciembre, se ha vuelto a poner sobre la mesa la idea de una maquinaria basada en un beneficio que sea compatible con la protección de los ecosistemas y la lucha contra el cambio climático.

Sin embargo, si hubiese que datar el verdadero impulso del Green New Deal, al menos como propuesta tenida en real consideración, sería en 2018 con la llegada a la política de Alexandria Ocasio-Cortez. La congresista demócrata, apoyada por el ala más izquierdista del partido Demócrata de Estados Unidos, entre los que se encuentran el senador Bernie Sanders y la senadora Elisabeth Warren, propone la creación de una serie de medidas económicas y sociales. Todas ellas orientadas hacia la transformación de la economía estadounidense y sustentadas en una transición ecológica justa y generadora de empleo sostenible. Puesto sobre papel y presentado ante el órgano legislativo, el proyecto tiene todavía sus detractores pero ha sido la punta de lanza para teóricos económicos y sociólogos. También para movimientos juveniles, como el Sunrise Movement en Estados Unidos, que están dispuestos a trasladar de manera pacífica la intención política de combatir el cambio climático a las calles.

El economista y sociólogo estadounidense Jeremy Rifkin es también uno de los abanderados de este Pacto Verde. Según explica en su último libro El Green New Deal Global, la descarbonización de la economía -que, según sostiene, sucederá de una manera casi natural cuando la sociedad de los combustibles fósiles colapse entorno a 2028-, permitirá que la transición ecológica sea rentable y justa a la vez.


Hacia una Europa verde y sostenible


El Pacto Verde también ha echado raíces en Europa. La nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunció hace unos días un ambicioso pero realista Europen Green Deal, una hoja de ruta que pretende transformar el continente en el primero neutro para 2050. Para ello, el Ejecutivo ha desplegado un plan que desplegará un paquete legislativo que revolucionará de forma integral la economía europea para hacer frente al cambio climático. Los principales ejes de este plan serán: incrementar la ambición climática con horizonte 2030 y 2050; garantizar el suministro y la producción de energía limpia, asequible y segura; movilizar a la industria por una economía circular y limpia; fomentar la construcción y la renovación de edificios eficientes; conseguir un medioambiente con polución cero; preservar y restaurar los ecosistemas y la biodiversidad; impulsar un modelo agroalimentario justo y saludable; y acelerar el cambio a una movilidad inteligente y sostenible.

La estrategia europea 20-20-20 fue el germen del Green New Deal en el continente


Pero el Green New Deal no es una política nueva en Europa. En 2007 ya nacieron los primeros brotes con la puesta en marcha de la Estrategia Energética de la Unión Europea, conocida como 20-20-20, que pretendía, según el documento, “provocar una nueva revolución industrial y crear una economía de alta eficiencia energética y baja emisión de CO2”. El plan ambiciona reducir en un 20% las emisiones de gases de efecto invernadero, en un 20% el consumo de energía y garantizar que en otro 20% la energía provenga de fuentes renovables. Ese mismo año, en Reino Unido nació Green New Deal Group, un grupo de activistas ecologistas que publicaron un manifiesto con el mismo nombre que marcaba unas pautas para iniciar una transición hacia un nuevo sistema económico orientado a frenar el cambio climático.


El Green New Deal, a examen


Sin embargo, no todos los autores son favorables a una alteración radical del sistema económico que afecte a todas las piezas del engranaje, incluidas la industria, el transporte o el sector de la energía. Es el caso de la escritora Naomi Klein, que alerta de los posibles peligros de un sistema económico verde basado en el capitalismo. “No necesitamos un New Deal pintado de verde, sino una doctrina de choque”, señala Klein en su libro On Fire: The Burning Case for a Green New Deal (2019). A su juicio, las políticas hasta ahora definidas no están lo suficientemente orientadas a solventar todos desafíos interconectados con la crisis climática, como el de acabar con la pobreza, la desigualdad o el hambre. “Necesitamos estar en guardia contra la posibilidad de que el estado de emergencia se convierta en un estado de excepción, en el que poderosos intereses explotan el miedo y el pánico del público para revertir derechos ganados con dificultad, o forzar soluciones tan falsas como rentables para ellos”, sostiene.

Y frente a este amplio abanico de perspectivas de teóricos y políticos, jóvenes en todo el mundo se manifiesta desde el 2018 con más ímpetu que nunca. Más allá de planteamientos económicos, exigen un cambio radical y democrático que permita abordar la cuestión climática. La joven activista sueca Greta Thunberg -que en el último año se ha convertido en el estandarte de la lucha contra el cambio climático- es un claro ejemplo de la demanda de las nuevas generaciones. "Millones de personas alrededor del mundo marcharon y demandaron acciones reales contra el cambio climático. Mostramos que estamos unidos y que los jóvenes somos imparables". Con estas palabras, Thunberg hace una llamada a todos los ciudadanos para que dejen de lado sus intereses y diferencias y aúnen fuerzas para luchar contra la mayor amenaza a la que se enfrenta la humanidad.

La salud del planeta exige una nueva receta alimentaria

Dieta y salud. Durante décadas este binomio ganador marcó la agenda de los Gobiernos occidentales y sus programas de educación nutricional. Se trataba, fundamentalmente, de frenar el avance de las pandemias modernas, la obesidad y el cáncer, y de fomentar los hábitos de alimentación y vida saludables. Por eso, los nutricionistas alertaban sobre el consumo excesivo de carbohidratos, lípidos y alimentos y bebidas procesadas, y promovían como contrapunto la ingesta de verduras y frutas.

Sin embargo, hace apenas diez años todo esto cambió. La dieta saludable dejó de cocinarse con los nutrientes tradicionales y la pirámide alimentaria comenzó a cimentarse sobre los indicadores que alertan del cambio climático, las emisiones GEI y el CO2, entre otros.

Lo que estaba en juego ya no era la salud de los individuos, o no sólo eso, lo que estaba en entredicho era la salud del planeta. “La salud de la civilización humana y el estado de los sistemas naturales de los que depende”, tal y como dejaron escrito a principios de 2019 los 37 expertos de 16 países que redactaron, como integrantes de la Comisión EAT-Lancet, el informe “Alimentos, Planeta y Salud”, el primer intento de establecer objetivos científicos universales para el sistema alimentario desde disciplinas tan diversas como la salud humana, las ciencia políticas, la agricultura y la sostenibilidad ambiental.

España es el país con más superficie dedicada a agricultura ecológica de la Unión Europea y cuarto a nivel mundial

La dieta planetaria, como ya se conoce entre los expertos en sostenibilidad la producción sostenible de alimentos y su correlato dietético, también ha sido objeto de debate y reflexión en la COP25, que estos días se celebra en Madrid. Allí se habló de fomentar el consumo de los productos locales y de temporada, de la importancia de duplicar el consumo mundial de frutas, vegetales, semillas y legumbres, de reducir en más  de un 50% el consumo de carnes rojas y azúcares y de la necesidad de atajar de una vez por todas el gravísimo problema de los desperdicios alimentarios.

La jornada ‘Cambio climático y biodiversidad. Hacia una revolución del sistema alimentario’, organizada este jueves por el Ministerio para la Transición Ecológica y la revista Ethic, puso de relieve, entre otras muchas cosas, que la salud del planeta exige una nueva receta alimentaria. El éxito de los ODS y el Acuerdo de París dependen de la adopción global de una dieta sostenible.

El campo y la gastronomía, aliados de la sostenibilidad

La jornada contó, entre otros, con la presencia de Teresa Ribera, ministra en funciones para la Transición Ecológica, quien destacó la importancia del sector agroalimentario para combatir los efectos del cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

 La agricultura ecológica, la ganadería sostenible y la gastronomía son tres aliados clave para frenar la pérdida de biodiversidad y fijar población en el entorno rural. La agricultura constituye un sector estratégico para nuestro país, que aporta un gran valor económico, social, territorial y medioambiental.

España es el país con más superficie dedicada a agricultura ecológica de la Unión Europea y cuarto a nivel mundial. La superficie de agricultura ecológica en España se situó en 2.246.474,5 hectáreas en 2018, lo que supone un incremento de un 8% sobre el año anterior. En los últimos 10 años la extensión dedicada a la producción biológica no ha parado de crecer, con casi un millón de hectáreas de incremento en el periodo 2008-2018.

Las prácticas de enriquecimiento de los suelos benefician a la fauna y la flora del suelo, mejoran la formación de éste y su estructura, propiciando sistemas más estables y reduciendo la erosión. Según la FAO, la biodiversidad hace que los sistemas de producción y los medios de vida sean más resilientes a las perturbaciones y los factores adversos, incluidos los efectos del cambio climático.

Según el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero de todos los sectores, incluido el de la tierra y el alimentario, es el único modo de mantener el calentamiento global muy por debajo de 2 °C.

El desperdicio alimentario y su huella de carbono

También la apuesta por la ganadería sostenible contribuye a la seguridad alimentaria, a la mitigación de la pobreza y a la lucha contra el calentamiento global. La ganadería sostenible es capaz de mantener un nivel de producción que no perjudique el medio ambiente o al ecosistema reduciendo así el impacto ambiental y el uso de recursos. Es una de las claves para combatir el cambio climático al ser un buen aliado para frenar la pérdida de biodiversidad y fijar a la población, al abrir una nueva ventana de oportunidades laborales en el mundo rural.

La producción mundial de ganado contribuye al 18% de las emisiones de gases con efecto invernadero. La carne de vacuno y el queso son los productos que mayor impacto causan sobre el clima debido a la enorme cantidad de pienso que es consumido por las vacas y a la producción de metano en sus sistemas digestivos. Reducir o eliminar la cantidad de carne que consumimos ayudaría en gran medida a reducir las emisiones de gases con efecto invernadero.

El desperdicio alimentario tiene también una considerable huella de carbono debido a las emisiones asociadas con la producción alimentaria y su descomposición en vertederos, generando cantidades considerables de metano y dióxido de carbono. Se estima que aproximadamente 100 millones de toneladas de alimentos se desperdician anualmente en la UE (unas 227 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalentes31) a través de todas las etapas de la cadena de producción de alimentos hasta su post-consumo. La producción de los alimentos desperdiciados en todo el mundo equivale al 24% del total de recursos de agua fresca, 23% de la tierra de cultivo y 23% del uso de fertilizantes.

Salvar la tierra, salvar el clima

Estrategia 1. Compromiso mundial para hacer accesibles y asequibles los alimentos saludables

Estrategia 2. Cambiar las prioridades agrícolas y producir menos alimentos y más saludables

Estrategia 3. Intensificar la producción de alimentos de alta calidad

Estrategia 4. Gestión firme y coordinada de la tierra y los océanos

Estrategia 5. Reducir a la mitad la pérdida y desperdicio de alimentos

Consumidores responsables, el faro de la transición energética

consumidor

A estas alturas, pocos negarán que estamos ante una emergencia climática que, si verdaderamente queremos detener, nos obliga a actuar de inmediato. Los expertos en la materia calculan que nos quedan 11 años para prevenir que los estragos del calentamiento global sean irreversibles. Con ese margen de tiempo, la solución no es fácil pero tampoco imposible. La transición hacia un modelo energético más sostenible es imprescindible y requiere de la implicación de todos los agentes sociales, incluidos los consumidores. Precisamente son ellos los que tienen el deber de ocupar la posición central en este cambio de paradigma.

Desde el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) señalan que el ciudadano está llamado a jugar un papel protagonista en la transición energética. No obstante, aunque un estudio publicado por la OCU y NESI sostiene que el 73% de los españoles ya toma decisiones de consumo por motivos sostenibles, el documento también indica que la falta de información sigue siendo la principal barrera que se encuentran los ciudadanos a la hora de tomar decisiones más responsables.

 

 

Precisamente con el objetivo de hacerles llegar las herramientas que tienen en su mano para realizar un consumo responsable, hace nueve años Red Eléctrica de España puso en marcha la exposición itinerante Una autopista detrás del enchufe. La electricidad de la central a tu casa, que este jueves llega hasta A Coruña, donde podrá visitarse en los próximos meses. “Diseñamos esta muestra para abordar el sistema eléctrico desde una perspectiva global, con la certeza de que un consumidor informado es un consumidor responsable. La sostenibilidad nos compete a todos”, afirma Fátima Rojas, directora corporativa de Sostenibilidad y Relaciones Externas del Grupo Red Eléctrica.

Con este propósito, la exposición plantea al visitante un viaje didáctico y ameno centrado en dos grandes pilares: el funcionamiento del sistema eléctrico y las bases del consumo responsable. En el primer caso, detalla cómo se produce, transporta y distribuye la electricidad, es decir, cuál es el camino que recorre la energía desde que se genera hasta que llega a todos los hogares. En este sentido, la exposición da cuenta del rol protagonista que Red Eléctrica juega en este engranaje.

Como operador y transportista del sistema eléctrico español, la compañía actúa como facilitador de la transición energética. ¿Cómo lo hace? A través de grandes líneas de acción como son la integración de energías renovables, la operación del sistema garantizando su seguridad y calidad, el refuerzo de las interconexiones, la promoción de la eficiencia energética a través de medidas de gestión de la demanda y redes inteligentes, el impulso de la movilidad eléctrica y la apuesta por la innovación tecnológica, entre otras.

 

 

Una vez que el visitante ya tiene en su mano el ABC del sistema eléctrico, pasa al siguiente nivel de la exposición, donde se le ofrecen las herramientas necesarias para convertirse en un consumidor responsable. En concreto, la muestra le ilustra sobre cómo la sociedad usa la electricidad y los efectos que tienen sus hábitos de consumo y le ofrece recomendaciones para realizar un uso racional de la energía.

¿Dónde y cómo sumergirse en este viaje energético?

Esta semana, la iniciativa llega a A Coruña después de haber recibido más de un millón de visitas en su paso por 10 ciudades españolas. Buena parte de la culpa de este éxito la tiene el diseño y los materiales que emplea la exposición, caracterizados por el lenguaje sencillo y la interactividad (videos, paneles, gráficos, pantallas táctiles, juegos y espacios multimedia) y… el bajo consumo. La exposición utiliza elementos de iluminación eficientes y realiza una contabilización de su consumo total. No podía ser menos.

En 2014, Red Eléctrica se ganó el reconocimiento de la Dirección General de Energía de la Comisión Europea que destacó la iniciativa como una de las cinco mejores prácticas de comunicación de los transportistas y operadores de los sistemas europeos.

La transición que necesitamos

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Ya nadie duda de que el cambio climático no es solo un problema de futuro. Estamos ante todo un desafío en el presente que vemos cómo día a día cambia las condiciones de la vida en el planeta, es decir, cómo lo cambia todo. Las evidencias científicas se suceden tanto en los informes del IPCC como en otros estudios, y comprobamos con preocupación cómo los peores escenarios se van cumpliendo mucho antes de lo previsto.

No es de extrañar, por tanto, que el Secretario General de Naciones Unidas convocase una cumbre especial para pedir a los países que incrementen sus compromisos de reducción de emisiones. Visto lo que cada Estado ha enviado a Naciones Unidas, se necesitaría triplicar esta ambición para garantizar que se cumple, al menos, el Acuerdo de París, aunque la ciencia ya nos dice que esto no será suficiente. La movilización global que al calor de Fridays for Future coincidió con la cumbre de Naciones Unidas precisamente pretendía presionar a los gobiernos para que, asumiendo su responsabilidad, planteen medidas ambiciosas y urgentes capaces de hacer frente a la crisis climática. A este conjunto de medidas es a lo que llamamos transición ecológica.

Una transición supone una transformación integral y progresiva. Un camino por recorrer para transitar de un lugar –o de una forma de hacer las cosas– a otro. En definitiva, un cambio de paradigma. De ahí que no se trate solo de cambiar el modelo energético, fundamental para la lucha contra el cambio climático. Se trata también de replantear el consumo de agua, el uso del territorio, la gestión de materias primas, el modelo de producción y por supuesto, de consumo, etc. En definitiva, una nueva forma de entender nuestra relación con el planeta asumiendo que la biosfera nos impone unos límites.

La transición ecológica es hoy un imperativo para garantizar la vida en el planeta

 

 

El reto no acaba aquí. Todo esto ha de hacerse compatible con la exigencia ética de maximizar el bienestar de todas las personas, las que habitamos hoy el planeta y las que vendrán. Una transición ecológica exitosa necesita garantizar que nadie se queda atrás y eso exige políticas públicas. El coste de este cambio de paradigma no se repartirá igual entre unos sectores de la población y otros. A quienes hoy cuentan con menos recursos, son más vulnerables y disponen de menos herramientas para hacer frente a la crisis esta transición les va a salir más cara.

A nivel global, esto puede verse en el desequilibrio entre los países con mayor y menor nivel de desarrollo. Paradójicamente son estos últimos quienes, habiendo contribuido menos a la crisis ambiental por su menor grado de industrialización, están pagando más caras las consecuencias. En ocasiones por su ubicación geográfica y en otras por tener un modelo económico más dependiente de las condiciones naturales y al mismo tiempo carecer de infraestructuras y herramientas para gestionar el desafío.

Este reto lo tenemos también dentro del llamado mundo desarrollado, donde la crisis de 2008 se saldó con un fuerte incremento de las desigualdades. La brecha entre los habitantes de grandes ciudades y los del resto, así como entre la población más acomodada y la más vulnerable, puede verse agravada si no se articulan políticas públicas de transición justa que no dejen a nadie atrás. Los chalecos amarillos en Francia nos han dado un aviso, pero el malestar puede ir a más si no se gestiona con criterios de justicia y equidad.

La transición ecológica es hoy un imperativo para garantizar la vida en el planeta, no hay duda. Para que sea exitosa, es fundamental que se ponga en marcha junto a políticas contra la desigualdad. De lo contrario, no solo no será posible, sino que puede contribuir a crear sociedades más cercanas a la distopía que tratamos de evitar.


*Cristina Monge, politóloga, asesora ejecutiva de Ecodes y profesora de sociología en la Universidad de Zaragoza

Cómo diseñar una ciudad (energéticamente) inteligente

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"La humanidad se enfrenta al colosal reto de acoger a más de dos mil millones de personas extra en las ciudades en 2050, lo que equivale a crear metrópolis del tamaño de Londres o San Francisco cada mes durante las próximas dos décadas". El Foro Económico Mundial reconoce así la titánica labor a la que tendrán que enfrentarse las grandes urbes en los próximos años para, según se especifica, "dar alojamiento, alimento y trabajo a toda esa gente, las ciudades tendrán que hacer más con menos, tendrán que ser más inteligentes, más verdes y más eficientes". Según Naciones Unidas, en poco más de treinta años la población de las ciudades equivaldrá a la población mundial que había en 2002. Ante este escenario, la innovación se plantea como única vía posible para dar cabida a los nuevos habitantes y a las nuevas estructuras sociales.

En la actualidad, las grandes ciudades están pensadas y diseñadas para los coches. Basta fijarse en los grandes ejes principales de las ciudades, que suelen ser vías con poco espacio para el peatón. Así se idearon las primeras urbes modernas, pero nuestra forma de vida y de entender el entorno ha cambiado radicalmente desde entonces. Ahora, las administraciones buscan adaptarse a las nuevas realidades reestructurando las metrópolis para hacerlas más humanas, más sostenibles e inteligentes. Por ello, la Comisión Global sobre el Futuro de las Ciudades y el Urbanismo del Foro de Davos ha recogido diez iniciativas ya en marcha que están demostrando que las ciudades pueden mejorar la vida de sus residentes a la vez que impulsan de manera sostenible el desarrollo económico.

Del estudio de todos los proyectos, la comisión global extrae cuatro principios fundamentales que se erigen como estrategia sobre la que se deberían cementar todas las soluciones innovadoras para combatir problemas urbanos tan complejos como los altos índices de precariedad, la infravivienda o la gentrificación. En primer lugar, las metrópolis sostenibles del futuro deben fundamentarse en el despliegue de todos los recursos infrautilizados –la economía circular entra aquí en juego: reutilizar, reciclar y suprarreciclar; dándole nuevos usos a los edificios vacíos, por ejemplo–. Pero también en la reducción de los picos de consumo de energía con tecnología que permita gestionar mejor ese 20% de la capacidad energética que permanece inactiva durante la mayor parte del día. Además, el rediseño de las pequeñas infraestructuras cobra en las ciudades del futuro más relevancia que nunca: añadir más (y mejor pensados) carriles bici, fomentar iniciativas de movilidad (ya sean bicicletas, patinetes, coches o motos) compartida o proyectos de siembra de árboles y vegetación adecuada que ayuden a combatir los problemas de contaminación. Todo sin olvidar la importancia de la innovación tecnológica, de servicios y de gobernanza centrada en las personas que no debe entenderse como un fin en sí mismo, sino como un medio para dar forma a la urbe y mejorar las vidas de la ciudadanía en su conjunto, sin hacer distinciones por edades o capacidades.

Asimismo, una ciudad (energéticamente) inteligente ha de gestionar no solo la energía, sino también el agua, los residuos y el resto de los recursos, de manera sostenible. En este aspecto, la gestión eficiente del agua es uno de los grandes desafíos que se derivan del cambio climático y de la sobrepoblación de las urbes. Así, sistemas como el waternet o el internet de tuberías se presenta casi como una obligación para cualquier ciudad inteligente. Estos modelos de gestión de agua inteligentes usan sensores en las cañerías que monitorizan el flujo y gestionan el ciclo del agua completo, proporcionando agua sostenible para cubrir tanto las necesidades humanas como las ecológicas. Su éxito es tal que la localidad de Queensland, en Australia, ha conseguido reducir sus pérdidas de agua en mil millones de litros en tan solo un año, es decir, se ahorró 1,9 millones de dólares gracias a un sistema inteligente de gestión.

En esta línea, existen ya proyectos de cogeneración (co-generating), cocalefacción (co-heating), corefrigeración (co-cooling) e instalaciones de captura de CO2 compartido que mejoran la eficiencia de los edificios al aprovechar el calor que se desperdicia al generar energía para calentar o enfriar los hogares. Con todo, cada nueva iniciativa que convierte los núcleos urbanos en lugares más amables y sostenibles hace que las ciudades inteligentes ya no formen parte de un futuro distópico, sino de una realidad cada vez más consolidad.

Diez apuntes sobre la transición energética

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La transición energética es imparable. A finales de 2018, 169 países se habían comprometido ya a cumplir diferentes objetivos energéticos a nivel nacional o regional para pasarse a las renovables. Siguiendo su estela, cada vez son más las instituciones y empresas privadas que apuestan por las energías verdes. A continuación, repasamos 10 claves para entender la importancia de una transición que, si es socialmente justa y no deja a nadie por el camino, podría (y debería) cambiar el futuro del planeta.

1. Abrazar las renovables supondría una reducción del 70% de emisiones de CO2

Según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), una rápida adopción de las renovables en todo el mundo podría hacer que los niveles de emisiones de dióxido de carbono cayeran hasta un 70% respecto a los niveles actuales. La agencia asegura que, dentro de treinta años, en un planeta con diez mil millones de habitantes y megaciudades hiperpobladas, “con una combinación de energía renovable competitiva en costos, eficiencia energética y sistemas digitales, las emisiones de CO2 podrían ser mucho menores que en la actualidad”. Aun así, para cumplir con el Acuerdo de París habría que adoptar las renovables a un ritmo seis veces más rápido que el actual.

2. Cada año se crean millones de puestos de trabajo relacionados con las renovables

Según IRENA, el pasado año se crearon en todo el mundo once millones de empleos directamente relacionados con las energías verdes. Además, en un estudio elaborado por la agencia se asegura que la transición energética proporcionará una mejora del 2,5% del PIB y un aumento del 0,2% en el empleo mundial en comparación con permanecer en el sistema actual.

3. Cerca de 840 millones de personas carecen aún de acceso a la electricidad

Uno de los principios básicos de la transición energética es la electrificación del planeta. Una condición que, según Naciones Unidas, debe ir de la mano de un acceso universal a las energías limpias y rentables. El Informe sobre el progreso del ODS 7 de 2019, realizado por la Agencia Internacional de la Energía (IEA), IRENA, la ONU, el Banco Mundial y la Organización Mundial de la Salud (OMS), considera imprescindible lograr que las poblaciones más empobrecidas del planeta sean capaces de mejorar el despliegue y acceso de sus fuentes de energía de manera sostenible. Parece que vamos por el buen camino, aunque aún queda mucho por hacer: en 2010, 1.200 millones de personas carecían de electricidad en sus hogares; en 2017 –último año analizado– la cifra se reduce a 840 millones. Ahora, uno de los mayores retos es el de conseguir la electrificación de las zonas rurales, especialmente en los países más empobrecidos.

4. Casi 3.000 millones de personas no tienen acceso a fuentes alternativas

Muy relacionado con el punto anterior: el acceso universal a la electricidad – procedente de fuentes renovables– evitaría que millones de personas se expusiesen a los gases nocivos que producen la madera y el carbón a la hora de quemarse en la cocina –sobre todo cuando esta se sitúa en un espacio cerrado y con poca ventilación–. Además, en el mundo hay 2.900 millones de personas que no tienen acceso a energías limpias (y seguras) para cocinar.

5. En las ciudades son los mayores focos de contaminación

Según el informe Escenario, políticas y directrices para la transición energética elaborado por la Fundación Renovables, en las ciudades, donde se concentra el 55% de la población, se consume el 75% de toda la energía producida y se generan el 80% de la contaminación mundial. Por ello, Naciones Unidas señala a las grandes ciudades como punto de partida: si las áreas metropolitanas del planeta no se suben al carro de las energías verdes difícilmente se podrá hacer frente a la crisis climática a la que nos enfrentamos.

6. Cada dólar invertido en la transición tendrá un retorno de entre 3 y 7 dólares

IRENA, en su estudio La transformación de la energía global: la hoja de ruta hacia 2050, estima que por cada dólar que se invierta en la puesta en marcha de la transición energética habrá un retorno, a medio-largo plazo, de entre 3 y 7 dólares. Esto se transformaría en un beneficio acumulado de entre 65 y 160 billones de dólares en todo el mundo.

7. En 2018 se invirtieron 272.900 millones de euros en nuevas instalaciones renovables

Sin tener en cuenta los grandes proyectos hidroeléctricos, un informe de Bloomberg NEF y del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) asegura que la cifra, a pesar de ser ligeramente menor que en el año anterior, es positiva. Además, explica que las inversiones en mejoras, investigación y desarrollo de energía limpias aumentó un 12% respecto a 2017, alcanzando los 7.600 millones de dólares. Se prevé que las inversiones sigan creciendo en los próximos años.

8. Suecia, Suiza, Noruega, Finlandia y Dinamarca, los países mejor preparados para la descarbonización

Al menos, así lo asegura el Informe del Foro Económico Mundial para la promoción de una transición energética efectiva. Les siguen de cerca Austria, Reino Unido, Francia, los Países Bajos e Islandia. El reto que se nos presenta por delante, como sociedad global, es conseguir que países como Haití (el último de la lista de los países más preparados para la transición), Sudáfrica, Zimbabue o Venezuela sean capaces de transitar hacia modelos energéticos mucho más sostenibles y descarbonizados.

9. La tecnología, una aliada esencial de la eficiencia energética

La tecnología es una de las palancas de cambio esenciales para frenar el cambio climático. Basta fijarse en cómo las nuevas tendencias tecnológicas, como el Internet de las Cosas o la tecnología blockchain, están transformando la forma de analizar la información y de optimizar la eficiencia energética. De hecho, según establece el Marco de Clima y Energía para 2030 de la Unión Europea, se espera conseguir una mejora de la eficiencia energética de al menos el 32,5% de cara a la próxima década. Para lograrlo se contempla una inversión de 10 mil millones de euros destinada al desarrollo de nuevas tecnologías que permitan generar o almacenar energía renovable y reducir el consumo de electricidad.

10. La movilidad eléctrica: el epicentro de las ciudades del siglo XXI

Cada vez más ciudadanos utilizan las nuevas modalidades de transporte que han aparecido en los últimos años: bicicletas, patinetes, y coches y motos compartidas han conquistado las calles de las grandes urbes. En la trasformación de las ciudades, donde se aglutina cerca del 55% de la población mundial, hay un claro protagonista: los vehículos eléctricos. Según datos del Observatorio Europeo de Combustibles Alternativos (EAFO), en lo que llevamos de 2019 se han matriculado 5.604 turismos eléctricos e híbridos enchufables. El dato refleja el auge de este tipo de vehículos, pero también que el crecimiento de este tipo de transporte demasiado lento debido a la (todavía) limitada capacidad de las baterías. Nuevas líneas de investigación aseguran que, en el futuro, los coches eléctricos no solo gozarán con suficiente autonomía, sino que permitirán generar, almacenar y compartir energía.

Con todo, los esfuerzos de los países europeos, que se han fijado el objetivo de reducir las emisiones de C02 de los coches en un 37% para 2030, están siendo titánicos. En nuestro país se calcula que para afianzar los vehículos eléctricos se deberían instalar 80.000 puntos de recarga de aquí a 2025. Una ambiciosa meta que garantizaría que los ciudadanos puedan desplazarse de una ciudad a otra de manera sostenible y sin que eso implicase renunciar a largos trayectos.