En 2023, un equipo científico llamó plasticosis a las lesiones provocadas por la ingestión de plástico en aves marinas, un hallazgo que demuestra cómo un residuo abandonado en el entorno puede acabar dañando los tejidos de los seres vivos, y plantea nuevas preguntas sobre sus efectos en la salud humana.
En un estudio publicado en 2023 en la revista Journal of Hazardous Materials, un grupo de investigadores analizó el estómago de 30 polluelos de pardela patirrosa de la isla de Lord Howe, en Australia. Comprobaron que estas aves habían ingerido plástico y que, cuanto más mayor era la cantidad ingerida, mayores eran las lesiones en sus tejidos. Sin embargo, otros materiales naturales distintos a su alimento que también habían tragado no producían el mismo daño.
Los científicos llamaron plasticosis a la enfermedad provocada por la exposición continuada al plástico. Cuando un tejido permanece inflamado durante mucho tiempo, el organismo trata de repararlo formando una especie de cicatriz interna. Si este proceso se repite, esas cicatrices pueden acumularse y hacer que el órgano pierda flexibilidad y funcione peor.
Los científicos llamaron ‘plasticosis’ a esta enfermedad provocada por la exposición continuada al plástico.
En las aves estudiadas, el daño aparecía en una zona del estómago fundamental para la digestión, lo que puede dificultar que aprovechen correctamente los nutrientes y las vitaminas de los alimentos, y hacerlas más vulnerables a infecciones y parásitos. El plástico, por tanto, además de provocar una falsa sensación de saciedad, también puede llegar a modificar físicamente los tejidos.
Del océano al organismo
Pero el problema continúa cuando el plástico se rompe. Con el paso del tiempo, los residuos se fragmentan en partículas cada vez más pequeñas, primero microplásticos y después nanoplásticos, todavía más diminutos. Su tamaño permite que se desplacen por el agua, el suelo y el aire y que terminen entrando en la cadena alimentaria.
La plasticosis solo se ha documentado en la pardela patirrosa y no existe constancia de esta enfermedad en seres humanos. Sin embargo, su descubrimiento sirve como advertencia sobre los efectos que una exposición continuada al plástico podría tener también en otras especies.
La prevención de cara al futuro
Todavía quedan muchas preguntas por responder sobre cómo afectan los microplásticos al organismo a largo plazo. Mientras la ciencia intenta despejarlas, ya se están tomando medidas para evitar que estas partículas sigan acumulándose en el entorno. La Unión Europea restringe desde 2023 los microplásticos que se añaden intencionadamente a determinados productos, y se ha marcado el objetivo de reducirlos un 30% para 2030. La Comisión Europea calcula que esta medida podría evitar que unas 500.000 toneladas de este material terminen en el medio ambiente durante los próximos veinte años.
La contaminación mundial por plásticos podría reducirse un 80 % de aquí a 2040 utilizando soluciones que ya existen.
El problema también se está atacando allí donde las partículas escapan de forma accidental. En 2025, la UE aprobó nuevas normas para evitar la pérdida durante su fabricación y transporte de los pequeños pellets que se utilizan como materia prima para producir plástico, una de las principales fuentes de microplásticos involuntarios en Europa. Desde ese año también, Francia obliga a que las lavadoras incorporen sistemas capaces de atrapar las microfibras que desprende la ropa sintética antes de que lleguen a las aguas residuales.
Pero la prevención empieza aún mucho antes, evitando que se generen residuos que acabarán descomponiéndose en partículas cada vez más pequeñas. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que la contaminación por plásticos podría reducirse un 80% de aquí a 2040 si utilizamos soluciones que ya existen, desde eliminar usos innecesarios hasta extender la reutilización, rediseñar productos y mejorar el reciclaje.