Autor: Álvaro Hermida

Exposiciones de arte: pasen y ¿vean?

La ciencia ha demostrado que el contacto con el arte puede reducir el estrés, estimular la curiosidad y mejorar nuestro bienestar emocional. Ahora, museos e instituciones culturales trabajan para garantizar que esos beneficios estén al alcance de todas las personas.


Durante siglos, la invitación de un museo parecía sencilla: pasen y vean. Entrar en una sala silenciosa, detenerse frente a un lienzo, observar una pincelada, reconocer una figura, descubrir un detalle oculto. Pero esa llamada aparentemente universal escondía una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con quienes no pueden ver? ¿O con quienes no pueden escuchar una explicación, comprender un texto complejo o recorrer un espacio diseñado sin tener en cuenta sus necesidades?

La respuesta está transformando poco a poco la relación entre museos y visitantes. Las instituciones culturales han empezado a asumir que la accesibilidad no consiste únicamente en abrir una puerta física, sino en crear nuevas formas de encontrarse con el arte. Un cuadro puede contemplarse, pero también escucharse, tocarse o narrarse. La experiencia estética no pertenece solo a la mirada.

El cambio llega, además, en un momento en el que la ciencia está reforzando una idea que los amantes del arte llevan siglos defendiendo, y es que cultura tiene un impacto real en nuestro bienestar. En 2019, la Organización Mundial de la Salud publicó uno de los mayores análisis realizados hasta la fecha sobre la relación entre arte y salud. El informe, elaborado por las investigadoras Daisy Fancourt y Saoirse Finn tras revisar más de 3.000 estudios científicos, concluía que la participación en actividades artísticas puede contribuir tanto a la prevención como al manejo de problemas físicos y mentales, desde la reducción del estrés hasta la mejora del bienestar emocional.

Un cuadro puede contemplarse, pero también escucharse, tocarse o narrarse. La experiencia estética no pertenece solo a la mirada

Por su parte, investigadores del King’s College London y Art Fund analizaron recientemente el efecto de visitar una galería de arte y observaron una reducción de marcadores biológicos asociados al estrés. «El arte no solo nos conmueve emocionalmente, también calma el cuerpo», explicaba Tony Woods, investigador sénior del estudio. Una conclusión que abre otra reflexión: si el acceso al arte tiene beneficios, garantizar ese acceso deja de ser un complemento para convertirse en una cuestión de igualdad.

En España, más de cuatro millones de personas viven con algún tipo de discapacidad, según la Encuesta de Discapacidad, Autonomía Personal y Situaciones de Dependencia del Instituto Nacional de Estadística. Para muchas de ellas, la barrera de entrada a un museo no siempre es una escalera. Puede ser una cartela imposible de interpretar, una visita guiada sin adaptación, una obra que solo existe en formato visual o un lenguaje especializado sin traducción.

Algunos museos han comenzado a romper esa frontera. Uno de los ejemplos más recientes es el proyecto Tocar para ver del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, una iniciativa que transforma la forma tradicional de acercarse a una pintura. El programa incorpora cinco reproducciones en relieve de obras de su colección permanente para que personas ciegas o con baja visión puedan explorarlas mediante el tacto. Las piezas están colocadas junto a los cuadros originales y permiten comprender elementos como la composición, la perspectiva, el volumen o la distribución de los personajes.

El recorrido incluye adaptaciones de obras de Jan van Eyck, Pieter de Hooch, Berthe Morisot, Vincent Van Gogh y Juan Gris. No se trata simplemente de convertir una pintura en un objeto táctil, sino que cada relieve se acompaña de recursos complementarios, como audios de exploración, transcripciones y códigos QR accesibles vía NaviLens. El proyecto forma parte de Museo fácil, una línea de trabajo del Thyssen centrada en la accesibilidad cognitiva y sensorial que busca garantizar el derecho de acceso a la cultura y la participación.

La nueva mirada hacia la accesibilidad cultural propone pensar desde el inicio en públicos diversos y entender que otras formas de percibir también enriquecen la experiencia colectiva

El Museo Reina Sofía también lleva años explorando esta idea de que el arte puede experimentarse por caminos diferentes a la vista. Sus visitas descriptivas para personas con discapacidad visual combinan explicaciones verbales con diagramas táctiles que permiten reconstruir mentalmente las obras. Uno de sus programas más conocidos, Explora Guernica, nació precisamente con el objetivo de acercar una de las pinturas más reconocibles del siglo XX a personas que nunca podrían aproximarse a ella únicamente mediante la mirada.

La accesibilidad también implica crear nuevos lenguajes. El Museo del Prado y la Fundación CNSE presentaron Signar con el Prado, un glosario con más de 250 términos artísticos en Lengua de Signos Española. La iniciativa incluye conceptos relacionados con técnicas pictóricas, estilos, iconografía, artistas y vocabulario propio del museo. Porque explicar qué es el claroscuro, el impresionismo o una alegoría requiere primero disponer de las palabras necesarias para hacerlo.

Estas iniciativas responden a una transformación más amplia del propio concepto de museo. El Consejo Internacional de Museos (ICOM) define estas instituciones como espacios abiertos al público, accesibles e inclusivos. Es decir, lugares donde conservar objetos, pero también donde generar experiencias compartidas.

Durante mucho tiempo, la accesibilidad cultural se interpretó como una adaptación posterior: primero se diseñaba el museo y después se buscaban soluciones para quienes quedaban fuera. La nueva mirada propone lo contrario, pensar desde el inicio en públicos diversos y entender que otras formas de percibir también enriquecen la experiencia colectiva.

Sintomatología de un planeta enfermo

La degradación ambiental suele medirse en grados de temperatura, toneladas de emisiones o especies perdidas. Pero detrás de esas cifras también hay algo mucho más cercano: más problemas respiratorios, nuevas enfermedades, golpes de calor o impactos sobre la salud mental.


Un cuerpo enfermo rara vez se deteriora de un día para otro. Primero aparecen señales: fiebre, fatiga, inflamación o dificultades para respirar. El planeta funciona de una manera parecida. Antes de un colapso hay síntomas: olas de calor cada vez más frecuentes, aire contaminado, pérdida de biodiversidad o alteraciones en los ciclos del agua. Y, aunque solemos percibirlos como problemas ambientales, cada vez existe más evidencia científica de que también son problemas de salud.

La Organización Mundial de la Salud estima que los efectos combinados de la contaminación del aire exterior y doméstico están asociados a cerca de 6,7 millones de muertes prematuras al año en todo el mundo. Además, calcula que cumplir los objetivos del Acuerdo de París únicamente por los beneficios derivados de una mejor calidad del aire podría salvar cerca de un millón de vidas anuales de aquí a 2050.

Lo llamativo es que el daño no se limita a los pulmones. La contaminación atmosférica está relacionada con enfermedades respiratorias, pero también con accidentes cerebrovasculares, patologías cardiovasculares y determinados cánceres. Respirar, algo que hacemos de manera automática unas 20.000 veces al día, se convierte así en una exposición continua a la salud de nuestro entorno.

El aumento de la temperatura global constituye otro síntoma evidente. El calor extremo ya no representa solo una incomodidad estacional. Diversos estudios muestran que incrementa el riesgo cardiovascular, afecta al funcionamiento renal, altera el sueño y aumenta la mortalidad. Los informes de The Lancet Countdown que analizan la relación entre salud y cambio climático alertan de un crecimiento sostenido de las muertes asociadas al calor en las últimas décadas.

Pero la fiebre del planeta también modifica otros sistemas menos visibles. Cuando cambian las temperaturas y los patrones climáticos, también lo hacen los comportamientos de insectos, microorganismos y especies animales. Algunas enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue o el virus del Nilo Occidental, están expandiéndose mientras, al mismo tiempo, temporadas de polen más largas e intensas provocan problemas como alergias o asma.

Sin embargo, quizá el síntoma más profundo no sea ninguno de estos por separado, sino su conexión. La salud humana depende de ecosistemas capaces de sostener aire limpio, agua potable, alimentos y estabilidad climática. Cuando estos sistemas pierden equilibrio, nosotros también lo hacemos.

Durante años se habló de proteger la naturaleza como una cuestión ambiental. Hoy la ciencia empieza a describirlo de otra manera: también es una forma de medicina preventiva.