Autor: Bernardo Álvarez-Villar

Aterriza como puedas (pero de manera sostenible)

Aeropuertos de todo el mundo incorporan sistemas de generación de energías limpias y modelos para reducir el consumo de agua.


La descarbonización del transporte aéreo no se limita solamente a los aviones. También los aeropuertos, como colosales infraestructuras de comunicación, comienzan a repensar su arquitectura y su consumo energético para adaptarse a las necesidades de la transición ecológica. 

El reciente ejemplo del aeropuerto de Dalaman, en Turquía, ha puesto en portada de medios de todo el mundo el compromiso del sector con un nuevo modelo energético. Este aeropuerto se ha convertido en la última terminal del mundo en cubrir la totalidad de su demanda eléctrica mediante paneles solares. Una planta fotovoltaica instalada en la cubierta del edificio permite producir más de 20.000 MWh de electricidad limpia al año y evitar cerca de 8.500 toneladas de emisiones de CO₂.

El Aeropuerto de Adolfo Suárez Madrid-Barajas construirá una de las mayores plantas de autoconsumo solar en un aeropuerto europeo

Pero la iniciativa de la terminal turca no es la única. Se trata solo de la punta de lanza de un esfuerzo global por parte de los operadores aéreos por reducir su impacto ambiental y su consumo energético. El Aeropuerto Internacional de Cochin, ubicado al sur de la India y el cuarto con mayor tráfico de pasajeros del país, lleva más de una década operando de manera exclusiva a través de energía solar. La instalación en un terreno cercano de más de 46.000 paneles solares fotovoltaicos genera 52.000 kilovatios diarios capaces de cubrir la demanda energética del aeropuerto e incluso producir un excedente que retorna a la red eléctrica. 

En España, esta transición verde de los aeropuertos también gana terreno año tras año. El Aeropuerto de Adolfo Suárez Madrid-Barajas se encuentra inmerso en un ambicioso plan de sostenibilidad que incluye la construcción de una de las mayores plantas de autoconsumo solar en un aeropuerto europeo. Esta inversión de casi 100 millones de euros está determinada a generar energía equivalente al consumo de miles de hogares. El Plan Fotovoltaico de Aena, integrado en su Plan de Acción Climática, aspira a alcanzar el 100% de abastecimiento eléctrico mediante energías renovables en todos sus aeropuertos para este año 2026.

Los aeropuertos quieren seguir siendo ese lugar desde el que se parte para explorar el mundo, pero sin comprometer la sostenibilidad del planeta

Dicho plan contempla asimismo una revolución en la gestión hídrica de los aeropuertos. Las terminales españolas ya implementan sistemas de recogida de agua de lluvia para el mantenimiento de zonas verdes y sistemas sanitarios. El Aeropuerto de Alicante-Elche es uno de los más avanzados en este aspecto gracias a la implantación de un sistema pionero de captación y reutilización de agua que permite un ahorro del 15% de su consumo. Por su lado, el Aeropuerto de Ibiza o el de Barcelona-El Prat cuentan con iniciativas similares destinadas a reducir y optimizar su uso de agua. 

El gran reto de todos estos proyectos estriba en disminuir la huella ecológica sin sacrificar la eficiencia operativa ni comprometer la seguridad de las terminales. Integrar fuentes de energía renovable, potenciar el reciclaje y apostar por un diseño ecológico permite que los aeropuertos sigan siendo ese lugar desde el que partir para explorar el mundo, pero sin poner en riesgo la sostenibilidad y salud del planeta.

El nuevo régimen de las estaciones

Nos dirigimos a un régimen de estaciones en el que las lluvias y las bajas temperaturas tras el estío se harán esperar cada vez más; y que el paso de la manga corta al paraguas será más brusco y repentino de lo habitual.


A mediados de octubre, todavía estábamos en manga corta, con temperaturas en buena parte del país por encima de los veinte grados. De un día a otro, las lluvias y las bajas temperaturas empezaron a alcanzar, una a una, a las diferentes ciudades de España. Se trata de una anomalía que está dejando de serlo: en los últimos años, los octubres europeos han registrado temperaturas entre 10 y 15 ºC por encima de lo habitual. El verano no acaba de terminar para dar paso al otoño y este, poco a poco, pierde su protagonismo.

Un estudio de la AEMET demuestra cómo los veranos tienden a abarcar hasta cinco semanas más de lo que lo hacían a principios de los años 80

Ya en 2018, un estudio del Centro de Investigación Atmosférica de Izaña, adscrito a la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), señalaba que el cambio climático estaba alterando las estaciones del año. Esto era especialmente patente en las estaciones templadas o de transición, es decir, la primavera y el otoño. Las temperaturas propias del verano tienden cada vez más a aparecer mucho antes y a alargarse hasta bien entrado el otoño. Ejemplo de ello son los récords de temperatura que alcanzaron los termómetros durante el último verano: 37,9ºC en Badajoz el pasado 30 de septiembre, 38,2ºC en Montoro (Córdoba) el 1 de octubre o 37 ºC que se alcanzaron el 2 de octubre en el aeropuerto de Bilbao.

El citado estudio, basado en un análisis de las temperaturas entre 2010 y 2017, no apreciaba apenas variaciones en los meses centrales del invierno, es decir, en enero y febrero. Los cambios más acusados tienen lugar entre abril y junio, por un lado, y entre septiembre y octubre por el otro. Esta tendencia se ha profundizado desde entonces, con veranos y otoños más cálidos cada año que pasa: el informe sobre el Estado del Clima de España de 2022, elaborado por la AEMET, constata que «todos los meses, salvo marzo y abril, registraron temperaturas superiores a su promedio normal, y tanto el verano como el otoño fueron los más cálidos de la serie».

En los últimos años, los octubres europeos están registrando temperaturas entre 10 y 15 ºC por encima de lo habitual

Las consecuencias de esta tendencia son un avance de los climas semiáridos y la correspondiente reducción de las precipitaciones. Benito Fuentes, meteorólogo de la AEMET, publicó el pasado mes de junio un artículo que corrobora «un alargamiento evidente del periodo estival desde la década de 1940 (…) Si los veranos se están volviendo más largos, esto se logra a costa de ‘robarle’ días a la primavera y al otoño».

Aunque es improbable que el otoño vaya a desaparecer por completo, lo que sí indican las estadísticas es que las lluvias y la bajada de temperaturas tras el estío se harán esperar cada vez más; y que el paso de la manga corta al paraguas y al chubasquero será más brusco y repentino de lo habitual.