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Matrimonio infantil forzado: un nuevo caso cada 3 segundos

El matrimonio infantil es todo matrimonio formal o unión informal entre un menor de 18 años y un adulto u otro menor y es considerado por la Organización de Naciones Unidas como un tipo de matrimonio forzado. Aun así, sigue formando parte de la vida de muchas niñas y niños en el mundo. 


La infancia y la adolescencia son dos etapas determinantes en el desarrollo de cualquier ser humano, ya que a esas edades empezamos a dar forma a la hoja de ruta que vamos a seguir para convertirnos en personas adultas. Sin embargo, esto sólo puede cumplirse si nos dejan vivir nuestra infancia y adolescencia en toda su plenitud, algo que no es posible para aquellas personas que son obligadas a contraer matrimonio siendo todavía menores. Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), cada año 12 millones de niñas son forzadas a casarse, lo que supone que su desarrollo se frene en seco, a la vez que su salud y su seguridad son puestas en peligro.

En 2014, la Asamblea General de la ONU adoptó la primera resolución sobre el matrimonio infantil precoz y forzado y un año más tarde, todos los estados miembros votaron a favor de que la erradicación de esta grave vulneración a los derechos de la infancia se convirtiera en una de las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para el año 2030. Por eso, en 2016 UNICEF y la UNFPA pusieron en marcha el Programa Mundial para Acelerar las Medidas Encaminadas a Poner Fin al Matrimonio Infantil. 

Este programa ha sido impulsado principalmente en los 12 países donde la práctica es más elevada: Bangladesh, Burkina Faso, Etiopía, Ghana, India, Mozambique, Nepal, Níger, Sierra Leona, Uganda, Yemen y Zambia. Sin embargo, cabe destacar que se producen matrimonios y uniones infantiles tempranas y forzadas en todo el mundo, incluyendo países occidentales como Estados Unidos, Reino Unido o España. Por tanto, es una lacra que debe combatirse de forma global. 

La mayoría de organizaciones implicadas en acabar con esta situación coinciden en que una de sus causas principales es la arraigada desigualdad de género todavía existente en gran parte del mundo, que hace que a las mujeres no se les reconozca el derecho a tomar decisiones sobre sus propias vidas. Esto explica que el problema afecte de una forma mucho mayor a las niñas que a los niños, ya que la tasa del matrimonio infantil de los menores varones equivale a tan solo una quinta parte de la tasa de las niñas, según UNICEF.

La tasa del matrimonio infantil de los menores varones equivale a tan solo una quinta parte de la tasa de las niñas, según UNICEF

No obstante, el matrimonio infantil es un problema con muchos otros orígenes, entre los cuales se cuentan la falta de recursos y oportunidades educativas, el acceso limitado a la asistencia sanitaria y la fuerte influencia de algunas costumbres y tradiciones, que acaban haciendo que muchas familias opten por casar a sus hijas a una edad temprana, pensando que de este modo están garantizándoles un futuro mejor tanto a sus hijas como al resto de la familia. 

En muchos países, la pobreza también es una condición inseparable de esta situación. De hecho, casi el 40% de las niñas en los países más pobres del mundo son obligadas a casarse, el doble del promedio mundial. Y ese porcentaje podría verse agravado por las crisis humanitarias causadas por conflictos armados y la violencia, el cambio climático y por brotes de enfermedades, tal como pasó en su día con la pandemia de COVID-19. 

En el momento en que una niña se convierte en esposa, la infancia se acaba de golpe para ella. Con frecuencia, estas jóvenes se quedan embarazadas cuando su cuerpo aún no se ha desarrollado por completo, lo que puede suponer muchas complicaciones para su salud y la de su futuro bebé. Además, en algunos países el matrimonio supone pasar a formar parte de la familia del marido y, en muchas ocasiones, eso las aísla y aleja de su propia familia, de sus amistades y de la comunidad. Todo ello deja en ellas unas profundas heridas psicológicas, que pueden acabar desembocando en trastornos de estrés postraumático, baja autoestima, depresión y ansiedad.   

Las niñas que contraen matrimonio antes de cumplir los 18 años corren un mayor riesgo de sufrir violencia doméstica y tienen menos probabilidades de seguir asistiendo a la escuela

Pero el matrimonio infantil no solo es un problema de carácter social, ya que a la larga se convierte también en un problema económico para los países en los que se practica. Según UNICEF, las niñas que contraen matrimonio antes de cumplir los 18 años corren un mayor riesgo de sufrir violencia doméstica y tienen menos probabilidades de seguir asistiendo a la escuela, lo que hace que las posibilidades de prosperar sean menores tanto para ellas como para su descendencia, perpetuando la situación de pobreza en la que viven estas familias y a la vez, dificultando aún más la capacidad de estos países para proporcionar una mejor asistencia educativa y sanitaria a su población. 

Por lo que respecta al marco legal, Amnistía Internacional informa de que la Convención de los Derechos del Niño recomienda que todos los países firmantes fijen los 18 años como edad mínima para contraer matrimonio y la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer recoge que este tipo de uniones no tendrán efecto jurídico. Pero en la práctica, estos acuerdos y convenciones entran en conflicto con las leyes y tradiciones de los países en los que más se practica y, en consecuencia, los acuerdos internacionales acaban pasándose por alto.  

Aunque es importante que los países legislen en contra del matrimonio infantil, la realidad nos deja claro que la ley por sí sola no será capaz de acabar con una práctica tan arraigada socioculturalmente. El matrimonio infantil debe ser abordado desde múltiples prismas de forma simultánea. 

Desde 2014 hasta hoy, los avances han sido significativos: si hace diez años 1 de cada 4 niñas eran obligadas a casarse, en la actualidad la proporción ha descendido a 1 de cada 5 niñas. Pero aún estamos muy lejos de llegar a cero: en la actualidad, cada tres segundos una niña contrae matrimonio en contra de su voluntad. Una de cada tres niñas en el mundo se va a casar antes de cumplir 18 años y el 14% de las niñas de países en vías de desarrollo se casarán antes de cumplir los 15 años. Y ante esta realidad, es necesario plantear nuevas estrategias en las que más allá de los gobiernos, se tenga en cuenta a los principales afectados por esta práctica: las niñas. 

En los últimos años, los esfuerzos del Programa Mundial impulsado por UNICEF y la UNFPA se han encaminado a brindar un apoyo efectivo a las jóvenes en situación de riesgo de contraer matrimonio a través formación en competencias para la vida, educación sexual y el fomento de la asistencia escolar. Garantizar el derecho a la educación y a la información de estas niñas es quizá una de las medidas más contundentes que se pueden tomar, porque nadie mejor que ellas conoce su contexto. Tomar sus inquietudes, opiniones y propuestas en consideración puede ser, sin duda, una buena estrategia para acelerar el avance hacia la eliminación total del matrimonio infantil.

¿Qué pueblos indígenas aún no han sido contactados?

«Existen otros mundos, pero están en éste». Esta célebre frase del poeta francés Paul Éluard encaja a la perfección si pensamos en los más de 150 pueblos indígenas no contactados que existen en el mundo, cuya supervivencia peligra por el avance del desarrollismo desmedido y la falta de una protección real.


En unas sociedades cada vez más desconectadas del estado primitivo y natural de la vida, las comunidades indígenas no contactadas suponen una seguridad global en cuanto a la conservación de la naturaleza. Ubicadas principalmente en la región amazónica, Nueva Guinea y algunas islas de Indonesia, estos pueblos conservan en gran medida sus formas de vida originarias y nos recuerdan que el ser humano posee capacidades innatas fundamentales para su supervivencia.

Dos ejemplos ubicados en la Amazonia son las tribus de los Mashco-Piro, en Perú, o los Korubo, de Brasil. De los primeros, se calcula que existen unas 750 personas que viven a lo largo de las cuencas medias y altas de los ríos que atraviesan los departamentos de Ucayali y Madre de Dios. En el caso de la tribu brasileña Korubo, no fue contactada hasta el año 1996 por la Funai (Fundación Nacional del Indio) y suma unos 200 miembros.

Ambas tribus viven en la selva y su supervivencia depende completamente de ella. Utilizan los recursos de manera sostenible, practicando la pesca y la caza con herramientas básicas. En general, poseen un vasto conocimiento del medio y se sirven de las plantas como remedios medicinales. 

La tribu Korowai vive en casas construidas en la copa de los árboles, en grupos de 10 o 12 personas

En el sureste de Nueva Guinea Occidental, se calcula que hay aproximadamente 3.000 personas que pertenecen a la tribu Korowai. Una de sus principales características es que viven en casas construidas en la copa de los árboles, en grupos de 10 o 12 personas. Entre los vecinos se ayudan y participan en la construcción de las diferentes viviendas familiares. El hecho de vivir en lo alto de los árboles les ofrece protección contra los depredadores, además de simbolizar una existencia en simbiosis con la naturaleza. 

En Indonesia, cerca de la costa del oeste de Sumatra, se encuentra la tribu Mentawai, originaria de las islas con ese mismo nombre. Está integrada por unos 64.000 individuos repartidos por todas sus islas, todos ellos cazadores seminómadas. 

De los mentawai destaca su profunda espiritualidad. Practican una religión llamada Arat Sabulungan de tipo animista, que vincula el poder sobrenatural de los espíritus ancestrales con la naturaleza que les rodea en la selva tropical. Los seres vivos e inertes tienen una esencia espiritual que debe ser respetada. 

A pesar de la relativa seguridad que ofrece el aislamiento a todos estos pueblos, están lejos de estar a salvo. La deforestación, la minería, la agricultura extensiva o los planes de empresas privadas apoyadas por diferentes gobiernos para construir carreteras y otras infraestructuras ponen en peligro su hábitat y, con él, su medio de vida. 

Una vez situados en el mapa, es más sencillo reconocer todo lo perteneciente a una comunidad de habitantes: su existencia y sus derechos

Para evitarlo, la tecnología está jugando un papel fundamental de salvaguarda. La forma más eficiente de proteger a estos territorios de la vorágine desarrollista es registrando su ubicación por medio de GPS para, de esta forma, marcar y documentar los límites de su territorio y poder emplear estas coordenadas, en casos de litigios legales. 

Eso fue lo ocurrido en la parroquia de Yurimaguas, en el Amazonas peruano. La ONG Pastoral de la Tierra formó a un equipo de nativos en el empleo del GPS para registrar las fuentes de agua ante la autoridad Nacional de Aguas del Estado. 

Aunque sea un proceso largo y en ocasiones peligroso –pues hay que enfrentarse a las hostilidades de la selva amazónica– esta fue la mejor manera que encontraron para poder obtener el título de propiedad comunal, sin el cual las comunidades y sus hábitats están totalmente desprotegidas.

Aunque pueda parecer mentira que la tecnología es la mejor herramienta de las comunidades indígenas para protegerse, parece que así es. El empleo del GPS, la implicación de la ONG y la colaboración de los propios nativos fue, en este caso, la única forma de defender esta área de bosque amazónico.  

Una vez situados en el mapa, es más sencillo reconocer todo lo perteneciente a una comunidad de habitantes: su existencia y sus derechos. Con ello, se hace presión y resistencia ante los diferentes proyectos que hoy amenazan la vida de una parte importante de estas tribus. 

No deja de ser paradójico que el desarrollismo, al tiempo que amenaza a estas culturas milenarias, nos brinde herramientas como la tecnología para intentar preservarlas. Pero esta es solo una de las muchas contradicciones que acompañan a la innovación.

Dorothy Day, la activista santa que quiso poner fin a la pobreza

Desde el corazón de Brooklyn, Dorothy Day dedicó su vida a combatir la desigualdad. Activista, periodista y católica comprometida, fundó el Catholic Worker Movement para dar esperanza a los más desfavorecidos. 


Conocida como «La Radical Piadosa», Dorothy Day fue una escritora norteamericana, defensora de los derechos de la mujer y de los obreros que se convirtió en una de las figuras más influyentes del activismo social en Estados Unidos. Nacida en 1897 en Brooklyn (Nueva York), creció en una familia de ascendencia irlandesa y británica, y desde muy joven se sintió atraída por la literatura y las causas sociales, dos intereses que definirían su camino. 

Dorothy Day canalizó toda su energía hacia la acción comunitaria y la solidaridad con los más vulnerables

Y es que, en un momento de profunda incertidumbre en Estados Unidos, Day trabajó como periodista en publicaciones que promovían el socialismo y el cambio social, defendiendo activamente los derechos de la mujer, el amor libre y el aborto. Sin embargo, la transformación más profunda de su vida llegó en 1927, cuando decidió convertirse al catolicismo. A partir de ese momento, la escritora canalizó toda su energía hacia la acción comunitaria y la solidaridad con los más vulnerables, inspirada por los valores cristianos de compasión y justicia. Encontró en la fe una razón para luchar contra la pobreza y la exclusión y, junto al filósofo Peter Maurin, fundó en 1933 el Movimiento del Trabajador Católico (Catholic Worker Movement).

Esta iniciativa nació en pleno corazón de la Gran Depresión, un periodo en el que millones de estadounidenses perdieron sus trabajos y sus hogares. Day y Maurin crearon casas de acogida donde todo el que lo necesitara podía encontrar un plato de comida caliente y un lugar donde dormir. Era una respuesta directa y tangible a la pobreza, y también una declaración política, pues la sociedad no podía dar la espalda a los más desfavorecidos.

El Catholic Worker Movement sigue funcionando actualmente, inspirando a nuevas generaciones a trabajar por una sociedad más justa

El Catholic Worker Movement se construyó sobre los principios de la no violencia y la acción directa, ya que Day rechazaba la guerra y el uso de la violencia, convencida de que el cambio verdadero solo podía lograrse a través del amor y la solidaridad. Su compromiso con la paz la llevó a participar en diversas manifestaciones y a ser arrestada en varias ocasiones. Sobrevivió a una huelga de hambre en prisión por oponerse a la entrada de su país en la Primera Guerra Mundial y por la cuestión del voto femenino. «A mi alrededor solo percibía oscuridad y desolación», reflejó en su autobiografía, La larga soledad.

De radical a santa

Aunque Dorothy Day nunca quiso ser considerada una santa, su vida estuvo marcada por una búsqueda constante de la justicia y el amor al prójimo. Para ella, la fe no era algo abstracto, sino una llamada a la acción. En 1980, a los 83 años, Dorothy Day falleció, tras una vida llena de pobreza voluntaria. Sin embargo, el Movimiento del Trabajador Católico sigue funcionando actualmente, inspirando a nuevas generaciones a luchar contra la pobreza y a trabajar por una sociedad más justa.

Day demostró que una vida dedicada a los demás, a los pobres y desfavorecidos, puede ser una inspiración en tiempos de desesperanza. La activista que quiso poner fin a la pobreza sigue siendo un ejemplo de cómo la compasión y la acción comunitaria pueden transformar la sociedad desde sus cimientos.

Asa Philip Randolph, a la vanguardia de los derechos laborales

En una época donde se separaba a las personas por el color de su piel, la incansable labor de Asa Philip Randolph como activista y su habilidad para unir movimientos sindicales con demandas de justicia social dejaron una huella imborrable en la historia.


En 1925, Asa Philip Randolph tomó una decisión que marcaría un antes y un después en la historia laboral y social de Estados Unidos: fundó el Sindicato de Trabajadores de los Ferrocarriles (Brotherhood of Sleeping Car Porters), el primer sindicato afroamericano reconocido oficialmente en el país. Randolph fue testigo, durante su estancia en Nueva York, de las duras condiciones laborales que sufrían los afroamericanos. La explotación y la discriminación eran parte de la vida cotidiana, especialmente en el trabajo.

Randolph creía profundamente en la fuerza de los sindicatos para cambiar realidades

Inspirado por el poder de la organización colectiva, Randolph creía profundamente en la fuerza de los sindicatos para cambiar realidades y veía en la unidad de los trabajadores la clave para derribar barreras consideradas infranqueables durante generaciones. Consideraba que la igualdad racial y la justicia económica estaban entrelazadas y que la clase trabajadora afroamericana podía lograr avances significativos a través de la organización sindical. Este pensamiento le llevó a convertirse en una de las voces más influyentes de su tiempo, tanto en el ámbito laboral como en la esfera de los derechos civiles. 

La marcha sobre Washington: un punto de inflexión

Uno de los momentos más destacados en la carrera de Randolph fue su participación en la organización de la histórica Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad en 1963. Este evento reunió a más de 250.000 personas en la capital del país y fue la plataforma en la que Martin Luther King Jr. pronunció su famoso discurso «I Have a Dream». La marcha fue clave para la aprobación de la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley de Derechos Electorales de 1965.

Su visión de un país donde las oportunidades laborales estuvieran abiertas para todos, sin importar el color de su piel, sigue siendo relevante en la lucha por la equidad en el trabajo y en la sociedad

Randolph, con su habitual discreción, prefirió dejar el protagonismo de la jornada a los jóvenes líderes emergentes del movimiento, pero su influencia fue innegable. Su trabajo contribuyó a la integración racial en el ámbito laboral y a la consolidación de los derechos civiles en Estados Unidos. Y es que el sindicalista soñaba con un país donde las oportunidades laborales estuvieran abiertas para todos, sin importar el color de su piel. Randolph fue un visionario que comprendió que la justicia social es un esfuerzo colectivo, que requiere tanto la voz de la protesta pacífica como la organización sindical para construir un futuro más justo.

La pobreza de tiempo, una desigualdad invisible

La falta de tiempo libre debido a la carga de trabajo remunerado y no remunerado es un problema creciente. Afecta especialmente a las mujeres y a los sectores más vulnerables, con importantes repercusiones para la salud.


Cuando pensamos en la pobreza, solemos imaginar una carencia económica que afecta a la vivienda, la salud o la calidad de vida. Sin embargo, en los últimos años ha surgido un nuevo concepto: la pobreza de tiempo, que se refiere a la falta de tiempo libre disponible para el ocio, el descanso y el autocuidado. Según los datos de The Time Use Initiative (TUI), en países como España, una persona se considera pobre de tiempo si dispone de menos de 170 minutos al día para dedicar a estas actividades. 

La feminización de la pobreza de tiempo

Uno de los aspectos más preocupantes que destaca la TUI es la desigualdad de género en la distribución del tiempo. En Europa, las mujeres dedican entre 1,5 y 2 veces más tiempo que los hombres al trabajo no remunerado, que incluye tareas domésticas y cuidados familiares, lo que limita el tiempo que pueden dedicar a su desarrollo profesional, al ocio o incluso al descanso.

Margarita Vega-Rapun, investigadora del Center for Time Use Research y autora del estudio The multidimensionality of poverty: time poverty in Spain (2021), destaca que este fenómeno perpetúa las desigualdades de género y genera un impacto negativo en la salud mental y física de las mujeres. 

Un problema de salud pública 

Este tipo de pobreza también impacta en la salud física y mental de las personas. La falta de tiempo para el autocuidado aumenta el riesgo de estrés crónico, agotamiento y enfermedades como la ansiedad y la depresión. También está asociada con problemas cardiovasculares y un sistema inmunológico debilitado. 

Pero esta problemática no afecta por igual a todas las clases sociales. Las personas con empleos precarios o mal remunerados suelen trabajar más horas o tener varios trabajos, lo que limita aún más su tiempo libre. Esto crea un círculo vicioso difícil de romper: al tener menos tiempo, las oportunidades para mejorar sus condiciones laborales se reducen drásticamente. 

Las personas que carecen de tiempo no tienen la oportunidad de adquirir nuevas habilidades, fortalecer vínculos sociales o participar activamente en la vida democrática, lo que limita su desarrollo personal y su plena integración en la sociedad.

La necesidad de políticas públicas y cambios culturales

The Time Use Initiative y expertos como Sara Moreno Colom, profesora de Sociología en la Universitat Autònoma de Barcelona, subrayan la importancia de implementar políticas públicas que aborden de manera integral la redistribución del tiempo en la sociedad. Entre las medidas clave se destacan la reducción de la jornada laboral, la flexibilidad horaria y el acceso a servicios públicos de cuidado que descarguen las responsabilidades familiares –que generalmente recaen sobre las mujeres–. 

Es crucial que estas políticas se apliquen a toda la población: trabajadores de todos los sectores, clases sociales y situaciones familiares, de manera que todos puedan disfrutar de un tiempo libre suficiente y de calidad.

En definitiva, reorganizar el uso del tiempo es crucial para garantizar el bienestar de la población. Promover el derecho al tiempo libre, adoptar modelos laborales más flexibles y fomentar una mayor eficiencia en la gestión del tiempo puede aliviar la presión que muchas personas enfrentan en su vida diaria. Estas medidas no solo mejorarán la salud y el equilibrio personal, sino que también impulsarán una sociedad más productiva y con una mejor calidad de vida.

Narges Mohammadi, la Nobel de la Paz presa por defender los derechos de las iraníes

Esta activista iraní fue vicepresidenta del Centro de Defensores de los Derechos Humanos y ha sido encarcelada en varias ocasiones por su activismo en pro de la democracia y la igualdad. En 2023, recibió el Premio Nobel de la Paz, que no pudo recoger porque se encontraba en prisión.


La ganadora del Premio Nobel de la Paz en 2023 no pudo acudir al evento de entrega: Desde 2021,  la activista Narges Mohammadi, de 51 años, está condenada por su defensa de los derechos humanos a 12 años y 11 meses de prisión, y a 154 latigazos.

Al acto sí pudieron asistir sus hijos Kiana y Ali, gemelos de 17 años, que leyeron en Oslo el discurso que su madre escribió desde la cárcel y que fue sacado del centro penitenciario de forma clandestina. 

Desde que estudiaba en la Universidad Internacional Imam Jomeini, Narges Mohammadi publicó artículos sobre los derechos de la mujer y se implicó en grupos estudiantiles. Licenciada en Física, comenzó a trabajar como ingeniera y, en paralelo, inició una carrera periodística centrada en denunciar la carencia de libertades a la que es sometida la población iraní.

Narges Mohammadi cumple actualmente una condena de 12 años y 11 meses de prisión por su activismo en favor de los derechos humanos

La primera detención que sufrió la propició su nombramiento como vicepresidenta del Centro de Defensores de los Derechos Humanos, una organización iraní en defensa de los derechos de mujeres, presos políticos y otras minorías clausurada en 2010 por las fuerzas de seguridad. A partir de entonces, sus entradas y salidas de prisión han sido continuas en base a lo que las autoridades consideran difusión de propaganda contra el Estado y actuaciones en contra de la seguridad nacional. Pero ella siguió reivindicando la democracia, mientras cosechaba numerosos reconocimientos internacionales que culminarían con el Nobel de la Paz.

En Irán, a pesar de celebrarse elecciones para elegir a los miembros del Parlamento y al presidente, el ayatolá Jamenei es reconocido como líder supremo que ostenta el poder absoluto. La aplicación restrictiva de las leyes coránicas es la máxima por la que se rige, y su control de las fuerzas de seguridad, el poder judicial y los medios de comunicación gubernamentales provoca una inexistencia de facto de las libertades de expresión, reunión, religión, asociación y participación política. En este clima restrictivo, las mujeres llevan la peor parte, al verse abiertamente discriminadas en cuestiones relativas al matrimonio, el divorcio y la custodia de sus descendientes, entre otras que incluyen la obligatoriedad de utilizar el velo en público a partir de los 7 años de edad.

El régimen teocrático iraní otorga al ayatolá Jamenei un poder absoluto como jefe de Estados

Muchos de los activistas iraníes que, como Narges, combaten la dura restricción de sus derechos, sufren encarcelamientos sin juicio y enfrentan torturas y maltrato. Ella denunció estos violentos métodos de coerción en el libro Tortura blanca (2022), donde recoge el testimonio de catorce mujeres (incluido el suyo) sometidas a todo tipo de violencia psicológica, física y sexual durante el cumplimiento de sus condenas. 

En su discurso en la ceremonia de entrega del Nobel, Mohammadi reivindicó los esfuerzos de la ciudadanía iraní para lograr la democracia, la libertad y la igualdad usurpadas por el régimen teocrático, y defendió la protesta pacífica y la resistencia civil para construir una sociedad igualitaria. También hizo un llamamiento a la comunidad internacional para defender esta lucha.

Dos días después de recibir el Premio Nobel, fue hospitalizada para que se le practicase una angioplastia. Las autoridades le obligaban a ir al hospital con velo, orden que ella incumplió y motivó su reingreso inmediato en prisión, contraviniendo las recomendaciones médicas.

Numerosas organizaciones no gubernamentales han creado la Coalición Free Narges con el objetivo de lograr la movilización popular que permita la liberación de esta mujer valientemente comprometida con los derechos humanos. 

Rosa Parks, la mujer que comenzó su lucha por la igualdad racial en un autobús

¿Qué pasaría si un simple acto de rebeldía en un autobús pudiera desencadenar un movimiento revolucionario? Rosa Parks se convirtió en el símbolo de la resistencia contra la injusticia racial, iniciando un cambio que resonaría en todo el país. 


El 1 de diciembre de 1955, en la fría noche de Montgomery, Alabama, un acto aparentemente inofensivo en un autobús desencadenó una serie de eventos que cambiarían el curso de la historia estadounidense. Rosa Parks, una mujer de 42 años, desafiaba las normas segregacionistas con una valentía serena que, a primera vista, podría parecer insignificante. Sin embargo, su decisión de no ceder su asiento a un pasajero blanco encendió una chispa que iluminó el camino hacia la igualdad racial en Estados Unidos.

Parks se negó a levantarse de su asiento en la sección de «colores». Este simple acto cuestionó un sistema de opresión enraizado en la sociedad

En la década de 1950, el sur de Estados Unidos estaba profundamente marcado por la segregación racial. Las leyes Jim Crow dictaban que las personas negras y blancas debían mantener diferentes espacios en los lugares públicos, incluidos los autobuses. En Montgomery, estos vehículos estaban divididos en secciones: los asientos delanteros eran para blancos, y los traseros para los negros. Aunque el frente del autobús estaba lleno, Parks se negó a levantarse de su asiento en la sección de "colores". Este simple acto de resistencia no solo desafió la ley, sino que también cuestionó un sistema de opresión enraizado en la sociedad.

Una protesta pacífica de 381 días

El arresto de Parks por no ceder su asiento llevó a la comunidad negra de Montgomery a organizar el boicot de autobuses, una protesta pacífica que duró 381 días. Este boicot, dirigido por un joven y enérgico pastor llamado Martin Luther King Jr., no solo fue un acto de desobediencia civil sino también un poderoso símbolo de resistencia. La movilización de los residentes de Montgomery demostró que la desobediencia pacífica podía desmantelar las estructuras de discriminación racial, un concepto que se convertiría en un pilar del Movimiento por los Derechos Civiles.

Su valentía le valió el reconocimiento como un símbolo de la resistencia contra la injusticia racial

A pesar de enfrentarse a severas represalias, incluyendo la pérdida de su empleo y amenazas a su seguridad, Parks mantuvo su compromiso con la lucha por la igualdad. Su valentía le valió el reconocimiento no solo como una figura central en el Movimiento por los Derechos Civiles, sino también como un símbolo de la resistencia contra la injusticia racial. Rosa Parks no se detuvo con el boicot, pues se mudó a Detroit, donde continuó su activismo participando en protestas y trabajando con líderes de derechos civiles para avanzar en la causa.

Camino hacia la igualdad

Parks también fue una defensora incansable de la educación y el empoderamiento comunitario, trabajando en organizaciones que promovían la justicia social y los derechos humanos. Su legado continúa siendo una fuente de inspiración, recordándonos que el cambio social a menudo comienza con actos de valentía personal y colectiva. Hoy en día, el impacto de Rosa Parks se celebra no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Su contribución al Movimiento por los Derechos Civiles es una prueba palpable de que una sola acción, cuando se lleva a cabo con coraje y determinación, puede desafiar las injusticias más profundas y provocar un cambio significativo.

La historia de Rosa Parks nos recuerda que el camino hacia la igualdad no siempre es fácil ni rápido, pero que cada paso, por pequeño que parezca, puede ser un avance crucial hacia una sociedad más justa. Su vida es un testimonio del poder de la resistencia y la importancia de luchar por lo que es correcto, incluso cuando las probabilidades están en contra. Y es que la próxima vez que veamos un autobús, quizás pensemos en la valentía de esa mujer que, con su firmeza y determinación, ayudó a construir un camino hacia la igualdad y la justicia.

«La educación es un derecho inalienable»

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Pilar Orenes es directora general de Educo, organización de cooperación al desarrollo con enfoque en la educación y acción humanitaria con presencia en 18 países de América, África, y Asia. Gracias a sus más de 200 proyectos de acción humanitaria han logrado llegar a más de un millón de niños, niñas y adolescentes para garantizar una educación ininterrumpida, hasta en las situaciones más desafiantes.


¿Por qué Educo?

La educación es una de las principales maneras de reducir las desigualdades sociales y erradicar la pobreza, por eso trabajamos por los derechos y el bienestar de la infancia. Trabajamos en 18 países y en cada uno aplicamos estrategias acotadas al contexto de ese lugar. Si bien las intervenciones pueden ser diferentes, el hilo conductor siempre es el mismo: una educación de calidad garantizada como derecho humano para todos los niños y niñas, independientemente del contexto. 

¿Qué tipo de estrategias implementáis?

Trabajamos con las instituciones educativas de cada país, con las escuelas públicas y con el profesorado para reforzar la estrategia educativa del país y asegurar el acceso a la escuela. También lo hacemos cerca de los padres de familia, ya que los entornos protectores son una prioridad. Lo cierto es que cada país nos ofrece contextos diferentes, pero en todos procuramos asegurar una educación de calidad, y espacios en los que el niño y la niña pueda participar y expresar sus opiniones.

«Estamos en una sociedad adultocéntrica que está diseñada sin tener en cuenta un porcentaje muy alto de la población que son los niños»

Desde Guatemala a Burkina Faso… ¿Cuáles son los principales retos a los que os enfrentáis?

Hay que señalar que cuando hablamos del derecho a la educación, este no solamente es habilitador de otros derechos, sino que es un derecho inalienable, que no se pierde y que no se puede dejar de dar estés donde estés. Entonces, cuando hablamos de países en la región del Sahel, en África, estamos hablando principalmente de contextos de emergencia. Se trata de situaciones en las que las familias deben desplazarse por seguridad o a consecuencia del cambio climático. Ahí los niños no siempre tienen una escuela fija, sino que deben adaptarse. 

En el caso de Centroamérica, por ejemplo, trabajamos en el área del Corredor Seco, donde también hay desplazamientos por hambruna; o Bangladesh, donde las olas de calor hacen que se cierren las escuelas. Por eso nuestra seña de identidad es asegurar que la educación se mantenga en todos los contextos. 

Siguiendo esa línea, ¿qué tipo de innovaciones educativas realizáis para este tipo de contextos?

En la educación las metodologías son claves. Innovar es aplicar metodologías en las que el niño y la niña y sus necesidades están en el centro, gracias a que son activamente escuchados y son ellos mismos quienes influyen en su currícula. En España, por ejemplo, uno de los proyectos que hemos realizado sobre comedores escolares fue hablando con ellos sobre cómo sería su comedor ideal. 

Estamos en una sociedad adultocéntrica que está diseñada sin tener en cuenta un porcentaje muy alto de la población que son los niños. Por eso es importante entender qué están diciendo y cómo lo están diciendo, ya que no van a usar ni las mismas palabras ni los mismos razonamientos que un adulto. Nosotros adaptamos nuestra manera de trabajar a su manera de comunicarse y esto es algo muy innovador.

Lleváis 30 años trabajando, ¿qué sabéis ahora que no sabíais entonces?

El sector general de la cooperación y la acción humanitaria en 30 años ha evolucionado muchísimo. Hemos aprendido la importancia de asegurar que los cambios que promueves sean sostenibles en el tiempo, una vez que ya no estemos ahí. Es importante no estar continuamente poniendo parches, sino tener una mirada a largo plazo. Y eso se consigue cuando hay cambios en las prácticas, pero también en los sistemas, y los valores. Por ejemplo, si pones un pozo, cambias la vida de la gente porque tienen agua, pero ¿cómo desarrollas una política pública alrededor de una correcta gestión del recurso? 

​​En estos 30 años hemos aprendido que tenemos que hacer análisis, investigaciones, trabajar con datos y hacer incidencia política. Es fundamental reunirnos con los gobiernos locales, autonómicos y estatales y convencer a la ciudadanía, ya que a los políticos les interesa lo que le interesa a la ciudadanía. Es por eso que las ONG hacemos campañas. Hemos aprendido que tenemos que unirnos y que, por muy grande que sea una ONG, no va a poder cambiar nada si no trabaja con otros actores.

«La educación es una herramienta para frenar el matrimonio infantil»

En el caso de países como Nicaragua, donde se han ilegalizado cerca de 3.600 ONG, ¿de qué manera impacta una buena o mala calidad democrática en los derechos de las infancias y en la labor de una organización como Educo?

Nosotros realizamos un análisis de la situación de cada país y nos preguntamos cuál es el valor agregado que, dentro de ese contexto, Educo puede aportar. Es ahí donde cambian también nuestras intervenciones. Hay países donde nuestras estrategias tienen que ser más operativas, enfocadas en un trabajo de primera línea, entonces estamos presentes en las escuelas. Hay otros países en los que trabajamos en incidencia pública, y otros donde vemos más posibilidades de cambio a través de la influencia.

Según Naciones Unidas, el 40% de los países no han logrado la paridad de género en la educación primaria. ¿Cómo se puede implementar una perspectiva de género en la educación para poder cumplir con el ODS 4?

Desgraciadamente todavía estamos lejos de alcanzar esa paridad y todas nuestras estrategias deben llevar un enfoque de género. En países con altas tasas de matrimonio infantil, la educación se ve totalmente interrumpida, pero a su vez, la educación es una herramienta para frenar esos matrimonios. Una de las cuestiones que sucedió durante el covid-19 fue el cierre de las escuelas y esto disparó las cifras de matrimonio y trabajo infantil, ya que hubo niñas que nunca volvieron a escolarizarse tras la pandemia.

Leymah Gbowee y su lucha por la paz en Liberia

En el seno de la desesperación de una nación devastada por la guerra, surgió una voz que resonó con fuerza en todo el mundo. Leymah Gbowee utilizó su inquebrantable voluntad y liderazgo para traer la paz a Liberia, demostrando que la valentía y el compromiso pueden superar cualquier adversidad.


Leymah Gbowee es una activista pacifista y feminista​ liberiana, reconocida mundialmente por su papel crucial en el fin de la Segunda Guerra Civil Liberiana. Nacida el 1 de febrero de 1972 en Liberia, Gbowee vivió en primera persona los horrores de la guerra civil que desgarraron su país desde 1989 hasta 2003. Esta experiencia traumática se convirtió en el catalizador de su dedicación a la paz y la justicia social. Se formó como trabajadora social y fue en este rol donde comenzó a comprender la magnitud del sufrimiento humano causado por el conflicto. 

En 2003, comenzó a organizar a las mujeres liberianas en un movimiento de paz sin precedentes fundando el Movimiento de Mujeres por la Paz en Liberia

En 2003, comenzó a organizar a las mujeres liberianas en un movimiento de paz sin precedentes y en plena guerra civil fundó el Movimiento de Mujeres por la Paz en Liberia (WIPNET, por sus siglas en inglés), compuesto por mujeres cristianas y musulmanas desafiando tanto las barreras religiosas como culturales. Vestidas de blanco, se manifestaban pacíficamente en lugares públicos, cantando, rezando y llamando la atención del mundo hacia su causa. Este movimiento desempeñó un papel fundamental en la presión al entonces presidente, Charles Taylor, para que participara en las conversaciones de paz. Estas negociaciones culminaron en el Acuerdo de Paz de Accra en 2003, que puso fin a una guerra que había dejado más de 250.000 muertos y desplazado a un millón de personas.

Un reconocido legado

El impacto de Leymah Gbowee no pasó desapercibido. En 2011, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz, junto con Ellen Johnson Sirleaf y Tawakkol Karman, «por su lucha por la seguridad de las mujeres y por su derecho a participar plenamente en la labor de consolidación de la paz». Este reconocimiento internacional destacó la importancia del papel de las mujeres en los procesos de paz y consolidación democrática.

El impacto de Leymah Gbowee no pasó desapercibido y en 2011 fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz

Además de su trabajo en Liberia, Gbowee ha seguido abogando por la paz y la justicia en todo el mundo a través de la Fundación Leymah Gbowee para África, una organización que apoya a mujeres y jóvenes en el liderazgo y la participación cívica. También es una voz prominente en foros internacionales, promoviendo la inclusión y la igualdad de género como pilares fundamentales para la paz duradera.

Un ejemplo a seguir

La historia de Leymah Gbowee es un impulso al concepto de que la paz no es solo la ausencia de guerra, sino la presencia activa de justicia y equidad. «A día de hoy a veces me pregunto por qué tenemos que matar a las personas por el poder», afirma Gbowee. Su valentía demuestra que incluso en los tiempos más oscuros, hay esperanza y capacidad de cambio. Las acciones de Gbowee y las mujeres de Liberia han dejado una huella imborrable, inspirando a generaciones a luchar por un mundo más justo y pacífico. «Estoy convencida de que mi continente va a ser el próximo lugar del mundo. Y si África va a ser el número uno, los africanos tienen que estar preparados. Yo sólo estoy invirtiendo en el futuro del continente», sentencia, antes de afirmar que si ella llegó donde está, con formación cualquier otra mujer podrá.