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«Espigar es aprender con las manos, el corazón y la tierra»

Espigoladors nació para combatir una doble injusticia: el desperdicio de alimentos y las barreras de acceso a una alimentación digna. Hoy, su modelo inspira cambios en campos, ciudades y políticas públicas. 


Mireia Barba es presidenta y cofundadora de Espigoladors, una fundación que desde 2014 lucha contra el desperdicio alimentario con una mirada profundamente social. Graduada en Ciencias Empresariales y Educación Social, Mireia Barba ha desarrollado su trayectoria entre la gestión de proyectos públicos y privados, siempre convencida de que la ciudadanía organizada puede transformar realidades. En esta entrevista, analiza cómo el espigueo –la recuperación de alimentos descartados– puede ser también una vía hacia un sistema alimentario más justo y sostenible.

Espigoladors nació en 2014 con la idea de recuperar alimentos descartados. ¿Cómo surgió esta iniciativa? ¿En qué territorios trabajáis actualmente? 

Nació como respuesta a una doble injusticia: la pérdida y el desperdicio de alimentos y la dificultad de muchas personas para acceder a una alimentación saludable. Recuperamos la práctica tradicional del espigueo desde una perspectiva innovadora, social, ambiental y educativa. Nuestro modelo busca dignificar la labor de los productores en el sector primario, empoderar a colectivos vulnerables y sensibilizar y concienciar a la ciudadanía sobre el valor de los alimentos. Comenzamos en el Baix Llobregat y, actualmente, trabajamos en la mayoría de los territorios de la comunidad de Cataluña. También trabajamos en otras comunidades de España y a nivel europeo. Nuestro objetivo es que el modelo sea replicable y adaptable a otras realidades locales.

El desperdicio alimentario es un problema global con implicaciones ambientales, sociales y económicas. ¿La sociedad es hoy más consciente de este problema?

Hemos notado un aumento de la concienciación en la última década. Cada vez hay más iniciativas, investigaciones y políticas públicas que abordan esta problemática. La ciudadanía también muestra más interés en temas como el consumo responsable o el impacto ambiental de la alimentación. Pero es necesario ir más allá de las campañas. La pedagogía ha de seguir y generar cambios estructurales en la forma en que producimos, distribuimos y consumimos los alimentos. 

Además de evitar la pérdida de alimentos, utilizáis el espigueo como herramienta educativa. ¿Cómo transforma esta experiencia la percepción del desperdicio en quienes participan?

El espigueo es mucho más que una actividad de aprovechamiento: es una experiencia transformadora que educa, sensibiliza y moviliza. Se dirige a una gran diversidad de públicos –desde personas voluntarias, escuelas, entidades sociales y colectivos en situación de vulnerabilidad, hasta empresas y ciudadanía en general–, generando en todos ellos una profunda toma y cambio de conciencia. Al participar en un espigueo, las personas se conectan de forma directa con el origen de los alimentos, descubren el valor del trabajo del campo y reflexionan sobre las múltiples injusticias que atraviesan el sistema alimentario.

«Nuestro objetivo es que el modelo sea replicable y adaptable a otras realidades locales»

Además, el espigueo también tiene un gran valor como herramienta de diagnóstico: permite cuantificar las pérdidas que se producen en el campo y recoger datos reales sobre sus causas y magnitud. Y por otro lado, espigar es una manera de visibilizar la labor de la producción y romper con la desconexión histórica entre el mundo rural y el urbano, promoviendo una cultura alimentaria más respetuosa, consciente y sostenible. Espigar es, en definitiva, aprender con las manos, el corazón y la tierra.

A través de es im-perfect® elaboráis conservas con productos vegetales descartados del circuito comercial. ¿Qué criterios llevan a excluir estas frutas y verduras del mercado pese a ser perfectamente aptas para el consumo?

Principalmente, el aspecto visual. Muchos productos se descartan por no cumplir con ciertos estándares de forma, tamaño o color, aunque estén en perfecto estado para el consumo. También influyen las dinámicas del mercado: si hay sobreproducción, baja demanda o costes de recolección elevados, los productos pueden no llegar a cosecharse. Estas frutas y verduras no tienen nada de «imperfectas» desde el punto de vista nutricional, pero son invisibilizadas por un sistema que prioriza la estética y el beneficio económico inmediato. En el centro de producción es im-perfect® se da una segunda oportunidad a frutas y verduras y también a personas excluidas del mercado, que elaboran conservas con un alto impacto social y medioambiental. Esta actividad económica genera un cambio positivo y un producto de alto valor. 

La economía social y solidaria es clave en vuestro modelo de trabajo. ¿Cómo ha sido la relación con el sector privado?

Desde Espigoladors, siempre hemos apostado por una economía social y solidaria como vía para transformar el sistema alimentario desde la raíz. Entendemos la economía no solo como un mecanismo de generación de beneficios, sino como una herramienta al servicio de las personas y del planeta. Nuestro modelo combina la prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario a través de diferentes actuaciones como la investigación, la sensibilización, el espigueo y la transformación alimentaria, generando oportunidades de inserción laboral de personas en situación de vulnerabilidad.

Hemos tejido relaciones con empresas del sector privado que comparten esta visión y están dispuestas a implicarse desde la corresponsabilidad. Estas alianzas se han materializado en múltiples formas: compra de productos para campañas como las cestas de Navidad, distribución de nuestras conservas en circuitos comerciales, apoyo a proyectos compartidos.... 

¿Qué papel puede jugar la nueva legislación en la expansión del modelo de Espigoladors?

La reciente aprobación de la Ley estatal de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario (2025) representa un hito importante. No solo reconoce formalmente la práctica del espigueo como una herramienta legítima y regulada de prevención, sino que también reconoce los modelos de economía social e inserción laboral como parte activa de la solución. Esto abre una oportunidad para reforzar nuestra labor, generar alianzas más sólidas con el sector privado y escalar el modelo a nuevos territorios.

«Sí existen empresas dispuestas a transitar hacia un nuevo paradigma económico más justo y sostenible»

Sin embargo, para alcanzar un impacto real y estructural, necesitamos pasar de las buenas prácticas a políticas públicas ambiciosas, alianzas estratégicas a largo plazo y una inversión decidida en la economía del bien común. Escalar el modelo significa poder replicarlo en otros territorios, pero también consolidarlo donde ya existe. Solo con la implicación conjunta de administraciones, empresas y sociedad civil podremos avanzar.

La economía del futuro no puede construirse sin valores, y el compromiso social y ambiental no es una opción: es el camino necesario para garantizar la vida digna de las personas y la salud del entorno. 

¿Qué cambios estructurales serían necesarios en la cadena alimentaria para reducir estas pérdidas y garantizar el derecho a una dieta equilibrada?

Garantizar una alimentación saludable y sostenible para toda la población requiere transformar profundamente nuestro sistema alimentario. No se trata solo de evitar que los alimentos se pierdan o desperdicien, sino de asegurar que todas las personas puedan acceder, de forma digna y justa, a alimentos frescos, nutritivos y culturalmente adecuados. La Ley de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario es un avance importante pero, para que tenga un impacto real, es fundamental que esta ley se implemente con ambición, recursos y visión de justicia alimentaria.

Reducir las pérdidas pasa por proteger al sector primario, garantizar precios justos, fomentar la recogida y aprovechamiento de excedentes, y facilitar la transformación de productos descartados pero aptos para el consumo. También debemos crear canales de distribución alternativos, accesibles y de proximidad, que conecten directamente al campesinado con la ciudadanía, y que prioricen el producto local, de temporada y con menor huella ecológica.

Además, necesitamos repensar los sistemas de distribución y comercialización para que no sean las exigencias estéticas o logísticas las que determinen qué se vende y qué se descarta. 

Todo ello debe ir acompañado de educación alimentaria, fiscalidad verde, formación para el cambio de hábitos y el impulso de modelos como el nuestro. Solo con una mirada sistémica y comprometida podremos avanzar hacia un modelo que alimente a las personas sin agotar el planeta.

El proyecto Urban(eat)a apuesta por el aprovechamiento de los frutos del arbolado urbano. ¿Cómo surgió esta idea? 

Nace de una idea sencilla pero transformadora: cambiar la visión de los árboles urbanos públicos, de elementos meramente decorativos a fuentes productivas de alimentos. En muchas ciudades, estos árboles generan frutos que acaban cayendo al suelo y desaprovechándose. Vimos una oportunidad clara para vincular el aprovechamiento alimentario con la gestión comunitaria, la inclusión social y la sostenibilidad urbana. Así empezó nuestra apuesta por las ciudades comestibles.

Mediante el espigueo urbano, involucramos a la ciudadanía –incluidas personas en situación de vulnerabilidad– en la recolección, transformación y valorización de los frutos de los árboles públicos. Esto reduce el desperdicio alimentario y conecta a las personas con su entorno urbano desde una lógica de cuidado y corresponsabilidad.

¿Qué papel han tenido los ayuntamientos en el desarrollo de este proyecto?

La colaboración con los ayuntamientos ha sido clave. Gracias a su apoyo, hemos podido organizar espigueos en el espacio público, diseñar estrategias legales para regular esta práctica y desarrollar herramientas que permiten su implementación en al menos 20 municipios. También hemos realizado más de 90 talleres educativos sobre sostenibilidad y prevención del desperdicio, e implicado a más de 700 personas en acciones directas. 

El proyecto (S)àvies reconoce a las personas mayores como agentes de cambio. ¿Qué aporta su experiencia frente al desperdicio alimentario? ¿Cómo ha sido la respuesta de la comunidad y en qué medida contribuye a luchar contra el edadismo? 

(S)àvies nace del convencimiento de que la sabiduría de las personas mayores es un bien común que debemos preservar, cuidar y proyectar. Recuperamos saberes tradicionales, recetas de aprovechamiento y trucos de cocina cotidiana que se están perdiendo con el ritmo acelerado de la sociedad. Se trata también de poner a las personas mayores en el centro, como agentes de cambio, transmisoras de cultura, valores y resiliencia. No solo cocinan, sino que enseñan, cuentan historias, crean comunidad y generan vínculos. Gracias a su implicación, se crean espacios intergeneracionales de aprendizaje mutuo y cuidado colectivo, donde personas de todas las edades redescubren el valor del tiempo, la memoria y la alimentación consciente.

La respuesta ha sido muy positiva. En cada encuentro, se genera una energía única, cargada de emoción, reconocimiento y escucha. Y sí, creemos que es también una forma de combatir el edadismo, desmontando la idea de que envejecer es sinónimo de pasividad o dependencia. 

Espigoladors se ha consolidado como referente en la lucha contra el desperdicio alimentario. ¿Cuáles son los próximos retos y qué sueño te gustaría ver cumplido en los próximos años?

Después de diez años, nuestro gran reto es claro: replicar el modelo Espigoladors en otras partes de España y del mundo. Lo que hacemos aquí no es exclusivo de nuestro territorio, y muchas ciudades y comunidades pueden adaptar el modelo para luchar contra el desperdicio alimentario y generar impacto social, ambiental y económico positivo. Trabajamos en muchas direcciones al mismo tiempo: desde el espigueo hasta la transformación alimentaria con empleo inclusivo, pasando por la educación y sensibilización, la investigación o la incidencia política. Cada una de estas líneas se puede adaptar a diferentes realidades locales y queremos ayudar a que eso pase.

Y si hablamos de sueños… El más grande es que un día Espigoladors deje de existir. Que no haga falta espigar porque no se desperdician alimentos, porque todo el mundo tiene acceso a una alimentación saludable, y porque los modelos sociales, justos y sostenibles ya están plenamente integrados en el sistema. Mientras tanto, seguiremos espigando, cocinando, formando y tejiendo redes. Porque sabemos que el cambio se construye desde abajo, pero también soñando en grande.