Autor: Jorge Ratia

Cinco científicas que han contribuido a la sostenibilidad

Durante los últimos dos años el mundo ha sido más consciente si cabe del importante papel que juega la ciencia en nuestras vidas, no solo para aminorar los efectos de una pandemia mundial, sino también para avanzar como sociedad. Precisamente, muchas mujeres han estado al frente de las investigaciones que han permitido desarrollar las vacunas frente a la Covid-19. Sin embargo, su menor presencia en el terreno científico sigue evidenciando una gran brecha de género. Según datos de la Unesco, las mujeres suponen menos del 30% en los equipos de investigación científica. Y otro dato más: de todos los premios Nobel otorgados, solamente el 6% llevan inscrito nombre femenino.

Alcanzar para 2030, la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas, pasa por reconocer la carrera de las científicas como merecen. De ahí que cada 11 de febrero se ponga en valor a todas las mujeres que han contribuido a la transformación del paradigma científico, al desarrollo de nuestra sociedad y al cuidado de nuestro planeta a través de la  investigación. Estos son cinco ejemplos:

Eunice Newton: Nos advirtió del efecto invernadero

Pocas mujeres del siglo XIX se atrevían a proponer ideas nuevas. Una de ellas fue Eunice Newton, sufragista, científica y climatóloga pionera en el descubrimiento del gas de efecto invernadero. Su experimento demostró que un cilindro de cristal con aire húmedo se calentaba más que uno con aire seco. Y un cilindro con dióxido de carbono no solo se calentaba todavía más, sino que le costaba notablemente enfriarse de nuevo. Por tanto, concluyó que una atmósfera con ese gas dentro provocaría altas temperaturas en la Tierra. Ahora bien, a pesar de la relevancia de su descubrimiento, Eunice Newton cayó rápidamente en el olvido.

 

Josefina Castellví: al cuidado de la biodiversidad polar

En nuestro país, la inspiración llegó con personas como la oceanógrafa catalana Josefina Castellví. Siempre ha estado  comprometida con los círculos polares, y ha sido, junto a la bióloga Marta Estrada, la primera española en participar en una expedición internacional en la Antártida. Además, fue la primera mujer en dirigir una base antártica. También ha dirigido el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC durante varios años. La propia “Pepita”, a sus 86 años, recuerda la situación de las mujeres en los laboratorios. No hace tanto de aquel entonces, corrían los años 80, cuando la tarea de ellas se limitaba a limpiar tubos y hacer facturas, pero muy pocas eran científicas.

 

Rose Mutiso: Activista contra el déficit energético

Desde joven decidió ayudar a las generaciones futuras de mujeres académicas africanas, y tras acabar la universidad optó por buscar soluciones al déficit energético que se esparce por África y Asia. Apasionada de la ciencia y la tecnología, la keniata Rose Mutiso es ingeniera, doctora en Ciencias de Materiales y fundó en Nairobi, con otros compañeros, el Instituto Mawazo ("Ideas") de investigación. Su trayectoria destaca por haber contribuido enormemente en decisiones medioambientales, en política energética e innovación sostenible en tres continentes distintos: América, Asia y África. Actualmente, también ayuda a mujeres en países subdesarrollados a convertirse en académicas y líderes políticos.

 

Kate Raworth: Best-seller en economía circular

Economista centrada en los retos sociales y ecológicos del siglo XXI. El prestigio de Raworth viene de su idea de la Doughnut Economics (economía del donut). Es una metáfora visual en la que combina conceptos de límites planetarios y sociales para replantear nuevas metas económicas. Su propuesta ha dado la vuelta al mundo y ha sido presentada en espacios como la Asamblea General de la ONU. Además, Kate Raworth trabaja como investigadora en el Environmental Change Institute de la Universidad de Oxford y es socia del Cambridge Institute for Sustainability Leadership.

 

Neri Oxman: Fundadora de la ecología de materiales

Está llamada a ser arquitecta del cambio, mezclando su conocimiento en diseño computacional, biología sintética y fabricación digital. Oxman fue de las primeras personas en investigar sobre ecología de materiales, una rama desconocida hasta hace menos de 20 años. Su labor consiste en informar sobre la composición material de los edificios que nos rodean y cómo estos pueden convivir con los ecosistemas cercanos. Con mucho esfuerzo y algo de suerte, la israelí Neri Oxman espera pasar de consumir naturaleza a aumentarla.

La ‘caja negra’ del planeta Tierra

“A menos que transformemos drásticamente nuestra forma de vida, el cambio climático y otros peligros provocados por el hombre harán que nuestra civilización colapse”. Esta frase reza la página web oficial de Earth's Black Box, la Caja Negra de la Tierra, el proyecto australiano que flirtea con un posible apocalipsis para concienciarnos sobre la salud del planeta.

La razón de ser de esta distópica idea surgió porque, al ritmo que actualmente aumenta el calentamiento de la Tierra, y si los acuerdos de la Cumbre del Clima de París no se traducen en acciones contundentes, podríamos sobrepasar el umbral de 1,5ºC de temperatura  global mucho antes de 2050. Para revertir el efecto se necesitaría reducir entre un 40% y un 50% las emisiones de gases de efecto invernadero y conseguir la neutralidad climática en 30 años. No es tarea fácil, y la hoja de ruta trazada tras la COP26 tampoco alimenta la esperanza. Por tanto, la premisa es crear un objeto donde dejar constancia de nuestros logros y errores para aprender de ellos y poder construir un futuro más respetuoso con el entorno. Paradójicamente, la “caja negra” encierra más optimismo del que aparenta, pues pretende contribuir a que nunca se utilice como tal, y sirva como herramienta para la toma de decisiones y el desarrollo de acciones que nos permitan frenar el cambio climático.

Los datos archivados en la Earth Black Box ayudarán a quienes lideran gobiernos y empresas   a tomar decisiones óptimas en su misión por preservar el medioambiente

Dicha ‘caja’, de acero indestructible y del tamaño de un autobús, estará escondida en algún lugar remoto de la isla de Tasmania, en Australia, enclave elegido por su estabilidad ambiental y por su lejanía de cualquier conflicto político-militar. La intención es llenarla de discos duros que funcionen de forma autómata mediante paneles solares (y baterías de respaldo) y que a través de una conexión a internet vayan recopilando información científica en tiempo real: temperatura del mar y de la tierra, niveles de acidificación del océano, consumo de energía, niveles de dióxido de carbono en la atmósfera… De momento, se calcula que podrá almacenar datos entre 30 y 50 años. La idea sería que, para cuando caduque el sistema se puedan implementar nuevas –y, a día de hoy, desconocidas– maneras de guardar datos que perduren en el tiempo.

La Earth’s Black Box es una iniciativa impulsada por la Universidad de Tasmania, la agencia de comunicación Clemenger BBDO y el colectivo de arte Glue Society. Sus impulsores afirman que será una cápsula de registro del fin de la humanidad, y aunque su función principal sea materia del futuro, también puede ser muy útil a corto plazo. Los datos archivados en su interior ayudarán a quienes lideran gobiernos y empresas a tomar decisiones óptimas en su misión por preservar el medioambiente. Así pues, detrás de un monolito con apariencia derrotista solo existe la voluntad de aumentar la responsabilidad social y el compromiso contra el cambio climático.

Funcionará mayoritariamente mediante paneles solares y recopilará información en tiempo real sobre la temperatura marítima y terrestre, el consumo de energía o los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera

No obstante, todavía existen algunas incógnitas sobre el producto final. ¿Qué pasa con los datos si falla todo el sistema de internet? Se desconoce si tienen un plan B. Por otra parte, la decodificación de los datos podría ser un dolor de cabeza tanto para sus creadores como para los futuros visitantes terrestres. Sobre este asunto, se prevé utilizar distintos lenguajes de codificación (el simbolismo matemático, por ejemplo) y se incluirán instrucciones para poder descifrarlos.

Si nada cambia, en los próximos meses se activará la Earth Black Box, y cuando esto pase, cualquiera podrá acceder a los datos climáticos a través de una plataforma online. Los usuarios podremos incluso conectarnos a la caja y ser testigos de nuestro propio apocalipsis. O, quién sabe, de nuestra propia salvación.