Autor: Manuel Á. Larrea

¿Puede un río tener derechos?

Durante siglos, el derecho ha tratado a la naturaleza como un objeto: algo que se posee, se explota o, en el mejor de los casos, se protege. Pero una corriente jurídica está cambiando la pregunta. ¿Y si un río, un bosque o una laguna pudieran ser también sujetos de derechos? Desde Nueva Zelanda hasta España, distintos países han empezado a experimentar con una idea que obliga a replantear nuestra relación con el mundo natural.


Que un río pueda tener derechos parece, a primera vista, imposible. Un río no puede votar, firmar un contrato ni comparecer personalmente ante un juez. Pero tampoco puede hacerlo una empresa y, sin embargo, el derecho le reconoce personalidad jurídica. La cuestión, por tanto, no es si la naturaleza puede comportarse como una persona, sino si puede tener intereses jurídicamente protegibles y representantes que los defiendan.

Esta es la idea que está detrás de los llamados derechos de la naturaleza: pasar de considerar los ecosistemas únicamente como recursos que los seres humanos deben proteger a reconocerles un valor propio y determinados derechos como existir, mantener sus ciclos vitales, evolucionar o ser restaurados cuando sufren un daño.

El primer país en llevar esta concepción a su Constitución fue Ecuador, en 2008. El texto constitucional del país reconoce a la naturaleza el derecho a que se respete su existencia y a la regeneración de sus ciclos vitales. También permite que cualquier persona o colectivo pueda exigir a las autoridades el cumplimiento de estos derechos.

Desde entonces, distintos sistemas jurídicos han ensayado fórmulas más concretas. En Colombia, la Corte Constitucional reconoció en 2016 al río Atrato como sujeto de derechos de protección, conservación, mantenimiento y restauración. La decisión respondía al deterioro provocado, entre otros factores, por la minería ilegal.

Los derechos de la naturaleza reconocen a los ecosistemas como sujetos jurídicos para proteger su existencia, conservación y restauración

En Nueva Zelanda, el Parlamento aprobó en 2017 una solución diferente para el río Whanganui. La ley lo reconoció como persona jurídica y estableció que sus derechos, poderes y obligaciones fueran ejercidos por representantes. El modelo recoge además la cosmovisión maorí, según la cual el río constituye una entidad viva e indivisible y existe una relación de identidad entre el río y las comunidades que dependen de él.

Pero no todos los experimentos han prosperado. En India, el Tribunal Superior de Uttarakhand reconoció en 2017 personalidad jurídica al Ganges y al Yamuna, pero el Tribunal Supremo suspendió posteriormente aquella decisión.

En Europa, España se convirtió en el primer país en reconocer los derechos de la naturaleza. La Ley 19/2022 reconoció personalidad jurídica al Mar Menor y su cuenca. Llegó al Congreso como iniciativa legislativa popular y convirtió al ecosistema murciano en un sujeto jurídico. Desde entonces, la experiencia española ha seguido avanzando. El Tribunal Constitucional avaló en 2024 la constitucionalidad de la ley, y en 2025 se desarrolló su sistema de representación.

Se trata de un cambio de paradigma. Cuando un ecosistema es reconocido como sujeto de derechos, su deterioro puede dejar de plantearse únicamente como un perjuicio para las personas. El propio ecosistema adquiere una posición desde la que reclamar protección, conservación o restauración.

Reconocer derechos a un ecosistema permite defenderlo jurídicamente por su propio valor, no solo por el daño que su deterioro causa a las personas

Esta idea sigue en construcción y no está exenta de contradicciones. Reconocer derechos no garantiza por sí solo que un río deje de contaminarse o que una laguna se recupere. Pero obliga a introducir una nueva perspectiva en decisiones que durante décadas se han tomado poniendo en primer plano otros intereses. No se trata, por tanto, de dejar de utilizar los recursos naturales, sino de reconocer que existe un límite que no depende únicamente de cuánto podamos extraer, sino también de cuánto puede soportar el propio ecosistema para seguir existiendo.

En caso de emergencia, contacte ¿a un animal?

El perro que ayudó a un joven a sobrevivir durante dos semanas bajo los escombros en Venezuela tras los devastadores terremotos es solo uno de los muchos ejemplos que demuestran que la relación entre humanos y animales puede convertirse en un recurso decisivo en situaciones de emergencia, pero también en la vida cotidiana.


Un joven permaneció catorce días atrapado bajo los escombros de un edificio derrumbado por los terremotos que sacudieron Venezuela el pasado 24 de junio. Cuando la esperanza de que fuera localizado casi se había extinguido, aún había alguien que no se iba de su lado, su perro. Tras el rescate de ambos, dos semanas después, el superviviente explicó cómo el animal le había ayudado a resistir durante aquellos días: «Mi perro fue quien me mantuvo con vida».

La historia conmovió por el desenlace, pero también recordó una realidad que los equipos de emergencias conocen desde hace años, que los animales pueden desempeñar un papel fundamental cuando la vida está en riesgo.

La capacidad de los animales para ayudar en una emergencia no nace solo del entrenamiento, sino también del vínculo que construyen con las personas

En España, la Escuela Nacional de Protección Civil forma unidades caninas especializadas en localizar supervivientes y víctimas mortales tras catástrofes como terremotos, incendios o derrumbes. Gracias a un olfato extraordinario, los perros son capaces de detectar a alguien atrapado bajo toneladas de escombros y acceder a lugares donde las personas apenas pueden moverse. 

Su trabajo, sin embargo, no depende únicamente de sus capacidades naturales. Detrás de cada intervención existe un largo entrenamiento conjunto entre el animal y su guía, un binomio basado en la confianza y el aprendizaje mutuo. Así, guía y perro funcionan como una única unidad, construida durante años de entrenamiento y confianza. 

Ese vínculo también explica algunos de los casos de heroísmo animal más conocidos, como el de la labradora Frida, integrante de la Marina mexicana, que participó en numerosos operativos de búsqueda y rescate tras terremotos, logrando salvar doce vidas. O el del gorila Jambo, que en 1986 protegió a un niño que había caído a su recinto hasta que llegaron los cuidadores. Y, durante el tsunami del Índico de 2004, un elefante llamado Ning Nong llevó a una niña británica hasta una zona elevada antes de que la alcanzara la primera gran ola.

La ayuda de los animales va más allá de las catástrofes: perros guía, animales de asistencia y terapias asistidas demuestran cada día el valor de esta relación

Pero la ayuda de los animales no se limita a las grandes catástrofes. Cada día, perros guía permiten a personas con discapacidad visual desplazarse con seguridad, incluso en situaciones de evacuación. Otros animales de asistencia son capaces de detectar crisis epilépticas o bajadas bruscas de glucosa antes de que aparezcan los primeros síntomas. 

A ello se suma la terapia asistida con animales, una intervención que ha demostrado reducir el estrés y la ansiedad y mejorar el bienestar emocional de personas que atraviesan enfermedades, accidentes o experiencias traumáticas.

La importancia de esa relación ha comenzado incluso a reflejarse en la legislación. La Ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales obliga a que los planes de protección civil contemplen el rescate conjunto de las personas y sus animales de compañía, un reconocimiento que va más allá del afecto. Cuando todo se derrumba, ese vínculo puede convertirse también en una herramienta para sobrevivir.