Autor: María Sánchez Murciano

«El futuro digital no puede construirse dejando a nadie atrás»

El debate sobre la brecha digital, el uso que hacemos de la tecnología o el papel de la inteligencia digital en nuestras vidas está cada día más presente. Hablamos con Antonio Pulido, responsable de Incidencia Social y Política Pública de la Fundación Cibervoluntarios, de cómo podemos disfrutar con salud y buen hacer de la tecnología. 


¿Por qué es necesaria hoy una entidad como Fundación Cibervoluntarios?

La digitalización ya no es solo una cuestión tecnológica, sino que afecta al acceso a derechos, al empleo, a la educación, a la salud, a la participación ciudadana y a la autonomía personal. El problema es que la tecnología avanza más rápido que la capacidad de muchas personas para entenderla, usarla con seguridad y aprovecharla. Ahí es donde una entidad como Fundación Cibervoluntarios es necesaria: acompañamos a las personas para que la tecnología no sea una barrera, sino una oportunidad real.

Cuando hablamos de brecha digital, ¿a qué nos referimos exactamente? ¿A qué segmento afecta?

La brecha digital no es solo tener o no tener Internet. Hoy tiene varias capas. La primera es el acceso: conexión, dispositivos, cobertura. Pero después vienen otras brechas igual de importantes: saber usar la tecnología, entenderla, protegerse, hacer trámites, distinguir información fiable, crear contenidos, encontrar empleo o participar en igualdad de condiciones.

«La brecha digital es el acceso a la tecnología, pero también es saber usarla, entenderla y protegerse»

Afecta especialmente a personas mayores, población rural, mujeres en determinados entornos, personas migrantes, personas con discapacidad, familias con menos recursos, jóvenes vulnerables, pequeñas empresas, autónomos, entidades sociales y personas con bajo nivel de competencias digitales.

¿La tecnología y las redes sociales nos están afectando a la hora de relacionarnos? ¿Tiene esto consecuencias en la atención o el bienestar emocional?

Claro que nos están afectando, aunque no siempre para mal. La tecnología nos permite mantener vínculos, crear comunidad, aprender, participar o encontrar apoyo.

El problema aparece cuando el uso deja de ser consciente y se convierte en exposición constante, dependencia o consumo pasivo. Las notificaciones, el scroll infinito, la comparación social o la presión por estar siempre disponible pueden afectar a la atención, al descanso, a la autoestima y al bienestar emocional.

Después de más de 20 años de Internet en los hogares, ¿hemos aprendido a convivir con el mundo digital? ¿Qué carencias siguen existiendo?

Hemos aprendido a usar muchas herramientas, pero no siempre hemos aprendido a convivir de forma crítica, segura y equilibrada con ellas.

«El debate no es si la IA es buena o mala, sino quién puede usarla, para qué, con qué datos, con qué garantías y con qué capacidad crítica»

La gran carencia sigue siendo educativa y social: necesitamos formación digital a lo largo de toda la vida, no solo en la escuela, y necesitamos que esa formación llegue también a quienes no suelen estar en los espacios donde se habla de tecnología.

¿Qué consecuencias tiene el uso intensivo de pantallas, redes sociales y estímulos constantes? ¿Varían según la edad?

Las consecuencias pueden variar mucho según la edad, el contexto, el tipo de uso y el acompañamiento. En niños y niñas preocupa especialmente cómo afecta al desarrollo de hábitos, sueño, juego, atención y regulación emocional. En adolescentes, además, entra en juego la identidad, la autoestima, la presión del grupo, la validación social, el ciberacoso o la exposición a contenidos inapropiados.

¿Qué papel tiene la educación digital para evitar que la tecnología se convierta en una fuente de aislamiento o dependencia?

Tiene un papel central. La educación digital es la diferencia entre usar la tecnología por inercia y usarla con criterio. No basta con prohibir ni con entregar dispositivos. Hay que enseñar a comprender cómo funcionan las plataformas, cómo se protegen los datos, cómo se detecta una estafa, cómo se verifica una noticia, cómo se gestiona el tiempo de pantalla, cómo se convive en redes y cómo se pide ayuda cuando algo no va bien.

¿Puede la IA ayudar a reducir desigualdades digitales o existe el riesgo de que las amplíe?

Puede hacer las dos cosas. La inteligencia artificial puede ser una herramienta muy útil para acercar conocimiento, adaptar aprendizajes, facilitar trámites, traducir información, mejorar la accesibilidad o apoyar a pequeñas empresas y entidades sociales.

Pero también puede ampliar desigualdades si solo acceden a ella quienes ya tienen competencias digitales, buen nivel educativo, conectividad, dispositivos adecuados y capacidad para entender sus límites.

¿Qué competencias digitales son hoy imprescindibles?

Hoy necesitamos competencias digitales básicas, pero también competencias críticas. Saber buscar, interpretar y verificar información. Comunicarse y colaborar en entornos digitales. Hacer trámites online con seguridad. Proteger contraseñas, datos e identidad digital. Detectar fraudes, bulos y discursos de odio. Entender cómo funcionan los algoritmos y la IA.

¿Qué oportunidades ofrece un programa como Eje Digital, impulsado junto a Red Eléctrica?

Eje Digital es un ejemplo muy claro de cómo la formación digital puede convertirse en cohesión territorial. La oportunidad principal es que lleva la formación allí donde más falta hace, con cursos gratuitos, adaptados a distintos niveles y necesidades reales.

Si pudierais lanzar un mensaje a instituciones, familias y ciudadanía sobre el futuro digital, ¿cuál sería?

Que el futuro digital no puede construirse dejando a nadie atrás. A las instituciones les diríamos que la digitalización no puede medirse solo por cuántos trámites se ponen online, sino por cuántas personas pueden realizarlos con autonomía y seguridad.

Necesitamos una tecnología al servicio de las personas, abierta, ética, inclusiva, segura y sostenible. Y necesitamos una ciudadanía que no solo consuma tecnología, sino que la comprenda, la cuestione, la use para mejorar su vida y participe en cómo quiere que sea el mundo digital.

Cuando la protección de la fauna ve la luz

Vallas y barreras de luz y sonido son la nueva esperanza de la conservación de la diversidad biológica animal. Frente a las devastadoras cifras de atropellos, estos elementos innovadores parecen ser fundamentales en la protección de la fauna silvestre.


En 2009, un grupo de científicos propuso el concepto de los nueve límites planetarios para transmitir a la sociedad, de manera sencilla y accesible, el estado en el que se encuentra la Tierra y cómo evolucionan sus procesos naturales. Entre ellos, destaca la pérdida de biodiversidad por su situación especialmente crítica, lo que la convierte en una prioridad absoluta.

Entre las múltiples causas que explican las gravedad de este fenómeno, una de las más importantes es la fragmentación de los hábitats. La expansión urbanística y la proliferación de infraestructuras lineales que lo vertebran, como las carreteras y las vías férreas, junto con el aumento de vehículos a motor y de desplazamientos a lo largo del territorio, dividen los ecosistemas y se convierten en trampas mortales para la fauna. 

Uno de los ejemplos más conocidos en España es el del lince ibérico (Lynx pardinus), entre cuyas principales causas de muerte se encuentran los atropellos, en un 44% de los casos.

Entre las múltiples causas que explican las elevadas cifras de pérdida de diversidad biológica, destaca la fragmentación de los hábitats, debido a la expansión urbanística y la proliferación de infraestructuras lineales

Para hacer frente a esta problemática, se está contemplando una medida innovadora, todavía en fase experimental: las vallas o barreras de luz y sonido en carreteras. Este sistema consiste en la instalación de balizas a lo largo de un tramo determinado, a ambos lados de la vía, y con una separación entre sí de intervalos regulares.

Las balizas detectan la luz de los faros de los vehículos, lo que activa señales luminosas y acústicas destinadas a alertar a la fauna de la inminente llegada del automóvil. El sistema reacciona cuando el vehículo se encuentra aproximadamente a 75 o 100 metros de distancia, favoreciendo la huida de los animales y reduciendo el riesgo de colisión.

En el estado australiano de Victoria se desarrolló un proyecto piloto entre 2022 y 2025 en dos zonas de estudio que, a pesar de los resultados desiguales, en una de ellas se ha logrado un éxito de supervivencia del 99,71% de las aves susceptibles de ser atropelladas.

Estas balizas detectan la luz de los faros de los vehículos, lo que activa señales luminosas y acústicas destinadas a alertar a la fauna de la inminente llegada del automóvil

En Europa encontramos otro ejemplo pionero, el proyecto LIFE Safe-Crossing (2018-2023). Esta iniciativa colocó barreras en España para proteger el lince ibérico, en Grecia y Rumanía para el oso pardo (Ursus arctos) e Italia para el lobo (Canis lupus). Los resultados en este caso son aún más prometedores: en algunas áreas de actuación se consiguió hasta el 100% de la reducción de colisiones con fauna silvestre.

Apostar por proyectos que combinen la colocación de balizas y la construcción de pasos de fauna con campañas de conducción responsable y educación ambiental es clave para abordar una de las principales causas de mortalidad de nuestras especies más emblemáticas y vulnerables, y así hacer frente a uno de los problemas socioambientales más urgentes de nuestro tiempo.

COP30, entre las promesas y la acción

Foto: Raimundo Pacco/COP30

La Cumbre del Clima de Brasil, celebrada en el décimo aniversario del Acuerdo de París, acaba sin el compromiso de reducir la explotación y uso de los combustibles fósiles, siendo estos los mayores causantes del cambio climático.


Brasil ha liderado una COP de gran relevancia, marcada por el décimo aniversario del Acuerdo de París. La ha presidido posicionándose abierta y firmemente en un lugar de conciencia, compromiso y defensa del medio natural y en la lucha para mitigar las consecuencias del cambio climático. Así, aprovechó el espacio para presentar su nuevo proyecto, uno de los fondos climáticos más importantes del mundo: el Fondo Bosques Tropicales para Siempre. Al inicio de la cumbre, el gobierno brasileño había recaudado más de cuatro millones y medio de euros para la causa.

Los combustibles fósiles fueron el gran protagonista de la COP, precisamente por el tabú que supusieron. Frente a la Cumbre de Dubai, en el año 2023, donde se mencionó de forma explícita una transición para su abandono, en 2025 no se ha hecho mención alguna en el documento final del encuentro.

La COP30 se celebra en el año más cálido desde que hay registros y finaliza sin un acuerdo acerca de los combustibles fósiles

Los compromisos alcanzados, y aquellos no alcanzados, suponen la hoja de ruta a nivel mundial en materia climática para los próximos 12 meses. Resulta paradójico que, en el décimo aniversario del Acuerdo de París, en el cual se adoptó, no sin esfuerzo, el compromiso de trabajar de manera conjunta para no superar el famoso 1.5ºC de aumento de temperatura al final de este siglo frente a niveles preindustriales, no se haya podido llegar a un consenso en lo que respecta al futuro más inmediato de los combustibles fósiles. Es importante recordar que, según la Organización de Naciones Unidas, estos recursos suponen «más del 75% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (GEI) y casi el 90% de todas las emisiones de dióxido de carbono (CO2)». Y esto ocurre, aumentando la contradicción, en el año más cálido desde que hay registros.

Esta falta de consenso estuvo, además, marcada por la ausencia de actores clave como Estados Unidos, China o Rusia, lo cual evidenció la ruptura del diálogo y trabajo conjunto en materia climática.

La COP30 pasará a la historia como aquella que dio voz, pero no voto, a las comunidades indígenas

La COP30 también marcó un hito en la historia de las cumbres, pues por primera vez se dio voz a 3.000 indígenas, la mayoría de la Amazonía. Se les dio voz pero no voto, y a pesar de este tímido avance, se dejaron de lado sus reclamaciones, como la protección de sus territorios frente a los macroproyectos que los amenazan, según denuncian algunas de las asociaciones representantes.

El último punto clave es el acuerdo para avanzar hacia una transición justa ante la crisis climática. La sostenibilidad no puede entenderse sin la dimensión de la justicia social, por lo que este acuerdo marca un antes y un después, garantizando la posición central de los derechos humanos dentro de la agenda climática.

Más allá de las COP, el mutirão por la acción climática continúa fuera de los despachos, en manos de una ciudadanía que sostiene la transición hacia un modelo más sostenible, justo y democrático.