Autor: Pamela Subizar

¿Maquilla la industria cosmética su sostenibilidad?

Desde labiales y lociones hasta pastas de dientes: cada vez más productos de cuidado personal llevan sellos ecológicos. Pero, ¿significa esto que el sector se está volviendo en realidad más amigable con el medio ambiente?


Los productos de belleza y cuidado personal ecológicos están ganando terreno con cada vez más consumidores que buscan ser respetuosos con el medio ambiente. Según estima la consultora Grand View Research, el mercado de los cosméticos orgánicos crecerá un 9,3% anual hasta alcanzar un valor de unos 42 millones de euros en 2030. Pero esto no implica una mayor sostenibilidad en la industria: maquillajes, lociones y champús pueden llevar etiquetas «verdes» sin ser de bajo impacto ambiental y social. 

Esto sucede pues no hay una definición uniforme en Europa –y aún menos a nivel internacional– de lo que implica que un cosmético sea sostenible. Y algunas marcas lo aprovechan para promocionar artículos de este modo sin que realmente lo sean. ¿Cómo hacemos entonces para distinguirlos?  

Orgánico o natural no equivale a sostenible

La sostenibilidad es compleja y abarca múltiples requisitos en lo ambiental, lo social y lo económico. Calificaciones como «natural» u «orgánico» suelen referirse solo a los ingredientes del producto –en cuanto a que no tienen químicos o que provienen de la agricultura ecológica–. Pero esto no significa que todos los componentes y prácticas de la fabricación sean sostenibles. 

No hay una definición uniforme de lo que implica un cosmético sostenible a nivel mundial

Greenpeace recomienda prestar atención a más aspectos a la hora de elegir un artículo, desde el modo de extracción de sus materias primas y los métodos para probar sus fórmulas (con o sin animales) hasta los envases en que se venden. Este es un detalle importante: la industria cosmética mundial produce alrededor de 80.000 millones de envases como cartones plegables, botellas y tubos de plástico cada año, según datos de Euromonitor International.  Y una buena parte no pueden o no llegan a reciclarse.  Además, los envases pueden tener diseños o logotipos que parecen una credencial de sostenibilidad, pero no tienen un respaldo real, lo cual acaba confundiendo al consumidor. 

Aunque es importante saber que sí hay algunas certificaciones de entidades públicas y privadas que las marcas pueden pedir de forma voluntaria para ser transparentes con sus procesos –y que les exigen requisitos rigurosos– como Ecolabel, la etiqueta de la Unión Europea. El sello, que se muestra con el icónico símbolo de la «flor de la UE», garantiza que los productos contienen ingredientes biodegradables y renovables, procedentes de fuentes sostenibles, y que tienen un embalaje minimizado, fácil de reciclar y un uso restringido de sustancias peligrosas. Este puede estar en productos de higiene, como jabón, acondicionador, crema de afeitar y pasta de dientes, o de cuidado y belleza, como cremas, aceites y maquillajes (tanto para personas como mascotas). 

Calificaciones como «natural» u «orgánico» suelen referirse solo a los ingredientes del producto

Otras dos certificaciones con estrictos criterios y procesos de control externo son la norma BioVidaSana, con cerca de un centenar de empresas certificadas, en su mayoría pequeños proyectos y fabricantes, y la asociación internacional NATURE, con más de 280 marcas y 6.400 artículos bajo su sello. Estas analizan los ingredientes, fórmulas y etiquetas, e inspeccionan la producción y distribución para otorgar certificaciones en distintas categorías: natural, orgánico y ecológico. 

Las nevadas como fuente de energía limpia: así funciona la electricidad blanca

Sabemos que cada copo de nieve es único por su estructura cristalina. Investigadores exploran ahora otra propiedad de la nieve que puede transformar el campo de las energías renovables: su capacidad para generar cargas eléctricas. La nueva fuente de energía limpia tiene el potencial único de implementarse donde ninguna otra opción sostenible es viable. 


El sol, el viento y el agua se han utilizado durante décadas para generar electricidad de forma sostenible, en reemplazo de los combustibles fósiles, como el petróleo, el gas y el carbón. Ahora investigadores exploran una nueva alternativa que puede revolucionar el campo de la energía renovable: la nieve. La llamada electricidad blanca tiene el potencial de lograr un alcance a gran escala, ya que aproximadamente el 30% de la superficie de la Tierra está cubierto de nieve. Además, esta forma de generación de electricidad llega a regiones remotas de frío extremo, donde ninguna otra opción sostenible es viable. De momento, la industria ha comenzado a dar sus primeros pasos. 

La llamada electricidad blanca tiene el potencial de lograr un alcance a gran escala, ya que aproximadamente el 30% de la superficie de la Tierra está cubierto de nieve

Un equipo de investigadores de la Universidad de California. en Los Ángeles (UCLA), comenzó a desarrollar en 2019 una tecnología que obtiene energía de la nieve a partir del principio de la electricidad estática, por intercambio de electrones. Se trata de un dispositivo pequeño, delgado y flexible, denominado nanogenerador triboeléctrico basado en nieve (Snow-TENG, en inglés), que está fabricado con silicona, un material sintético parecido al caucho con carga negativa. Como los copos de nieve tienen carga positiva, cuando entran en contacto con la silicona se produce un intercambio de electrones, uno cede y otro toma, que genera electricidad.

«Puede funcionar en áreas remotas porque genera su propia energía y no necesita baterías», remarcó el autor principal del estudio, Richard Kaner, al dar a conocer la innovación. El Snow-TENG tiene bajo coste de producción, por la gran disponibilidad de silicona, y puede acoplarse a los paneles solares generando energía cuando están cubiertos por nevadas y no hay suficiente luz solar. Sin embargo, aún es pronto para conocer su alcance, ya que no se ha fabricado a gran escala y los que ya están disponibles no generan suficiente energía, por ejemplo, para abastecer un edificio entero. La innovación sí ha mostrado otras aplicaciones exitosas como el monitoreo de deportes de invierno.

El dispositivo Snow-TENG tiene un bajo coste de producción y puede acoplarse a los paneles solares, generando energía cuando las nevadas los cubren y no hay suficiente luz solar

Del otro lado del mundo, en Japón, está en marcha un experimento con un posible mayor alcance. La Universidad de Electro-Comunicaciones de Tokio y la empresa TI Forte están explorando el uso de grandes cantidades de nieve para impulsar una turbina generadora de electricidad. El proyecto se realiza en la ciudad japonesa de Aomori, uno de los lugares con más nieve del planeta (se acumulan unos 8 metros de media cada invierno). La nieve que retiran las máquinas de la ciudad es arrojada a una piscina, donde se usan turbinas para generar energía a partir de la diferencia de temperatura entre la nieve y el aire circundante.

Hay desafíos por sortear, como garantizar un suministro de aire caliente continuo en regiones nevadas, pero el nuevo sistema japonés tiene las bases para ser una alternativa rentable en los países nórdicos o que sufren inviernos de temperaturas extremas, en especial durante crisis energéticas como la desencadenada por la guerra en Ucrania. Y puede ser tan eficiente como la energía solar, aseguran los investigadores.

Pellets de plástico: de la industria al océano (y a nuestros alimentos)

microplásticos

Los microplásticos son esenciales para fabricar productos que usamos a diario, pero, por errores en su manipulación y transporte, muchas veces terminan vertidos en el medio ambiente, con efectos nocivos para la biosfera y la salud. Una nueva regulación de la UE intenta reducir su impacto. 


Cada año se producen y manipulan enormes cantidades de granzas o pellets de plástico.  En la Unión Europea, al ser la materia prima de artículos de uso cotidiano como botellas, tapones, envases y bolsas, y productos industriales y médicos, la cifra llega a más de 57 millones de toneladas. Pero, debido a la inadecuada gestión de su producción y transporte, millones se pierden en el proceso. 

Se calcula que se vierten al medio ambiente entre 52.000 y 184.000 toneladas de pellets cada año en la Unión Europea –el equivalente a unos 2.100 a 7.300 camiones repletos. Las granzas, llamadas «lágrimas de sirena», son consideradas unas de las principales fuentes de liberación no intencional de microplásticos.

Cada año, en la Unión Europea se vierte al medio ambiente el equivalente a unos 2.100 a 7.300 camiones repletos de pellets de plástico

Los pellets son granos de entre 2 y 5 milímetros de polietileno, polipropileno y otros plásticos o resinas sintéticas. Se caracterizan por su gran movilidad, adaptabilidad y resistencia, por lo que se desplazan con facilidad en aguas superficiales y corrientes marinas; y, al no ser biodegradables, permanecen en el tiempo. Pueden cargar toxinas y son ingeridos por diversas especies costeras (como crustáceos y tortugas y aves marinas) y causarles daños físicos o incluso la muerte.

Al contaminar la cadena trófica, se bioacumulan en los tejidos de los seres vivos y pueden llegar a nuestros alimentos. Aunque el impacto directo en la salud está siendo investigado, la exposición a microplásticos en estudios de laboratorio se ha relacionado con efectos tóxicos en los organismos vivos. Además, los microplásticos contribuyen al cambio climático, pues emiten gases de efecto invernadero e interfieren en la capacidad de los océanos para absorber y capturar dióxido de carbono. 

Y España no es ajena a esta realidad. En Cataluña, donde se concentra una buena parte de la industria del plástico del país, la granza es un problema cotidiano. Organizaciones han denunciado, con estudios sobre terreno, que desde Tarragona a Barcelona las playas están invadidas de pellets. La península también está en riesgo ante un posible vertido accidental a gran escala como ocurrió el invierno pasado cuando un buque perdió 25 toneladas de pellets camino a Portugal, y las «lágrimas de sirena» llegaron hasta Galicia y Asturias.

Al contaminar la cadena trófica, los microplásticos se bioacumulan en los tejidos de los seres vivos y pueden llegar a nuestros alimentos

No hay que dejar de lado que la fuga de pellets implica, además, una pérdida de materia prima y económica para la industria. A nivel mundial, el sector ha impulsado la iniciativa Operation Clean Sweep (OCS), un programa de certificaciones voluntarias para reducir la fuga, al que la industria española se adhirió en 2016 con el compromiso de la Asociación Española de Industriales de Plástico (ANAIP), y que desde 2021 tiene el respaldo del Ministerio para la Transición Ecológica. 

La Unión Europea ha implementado numerosas iniciativas para reducir la contaminación con plásticos, pero en el último año puso el foco en los pellets. Primero aprobó el reglamento REACH, que limita los microplásticos agregados a productos. Luego, en abril, estableció una nueva reglamentación con requisitos obligatorios de manipulación para toda la cadena –desde la producción, la conversión y el transporte hasta la gestión de residuos–. Se espera que esta entre en vigor a lo largo de 2024.