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Mar Aguilera: «Hay personas mayores que tienen miedo a decir que se sienten solas»

La soledad no deseada y la falta de vínculos reales se han convertido en uno de los grandes problemas sociales de nuestro tiempo. Desde la Fundación Vivofácil, Mar Aguilera reflexiona sobre un modelo de bienestar que combina tecnología, cercanía y cuidado mutuo.


La soledad no deseada se ha convertido en un problema transversal que tiene muchas caras, desde mayores que viven sin compañía a personas jóvenes rodeadas de gente. Mar Aguilera, directora general de la Fundación Vivofácil (antes Fundación Alares), reflexiona sobre la necesidad de tejer redes que nos ayuden a vivir mejor. 

«Ilumina una Vida» se ha convertido en uno de los proyectos más importantes de la Fundación Vivofácil. ¿Cómo nació y cómo ha evolucionado desde entonces?

Empezamos trabajando la soledad con personas mayores en sus domicilios, algo que seguimos haciendo. No se trata de personas dependientes, sino de personas autónomas que, por distintas circunstancias, se encuentran solas. Esa falta de contacto acaba generando aislamiento. En esas visitas, hacemos lo que la persona necesita o desea: desde ver una película y comentarla, a idear el menú semanal o acompañarla fuera del domicilio. Con la pandemia, tuvimos que interrumpir las visitas, pero activamos en menos de 24 horas la línea gratuita Ilumina una Vida, que sigue disponible 24 horas los 365 días del año. Empezó como una forma de mantener el contacto con las personas mayores, pero gracias a una campaña de televisión, el teléfono se difundió por todo el país y empezaron a llamarnos cientos de personas de todas las edades. Mantenemos la línea abierta (900 877 037) con personal formado para escuchar y detectar posibles situaciones de vulnerabilidad. Cuando se detecta algo grave, lo dirigimos a nuestro equipo de profesionales. Lo importante es que nadie se quede sin alguien al otro lado.

La soledad no deseada de las personas mayores a veces se aborda desde una perspectiva asistencial o incluso paternalista. ¿Crees que esto refleja los prejuicios que aún existen sobre la vejez?

Totalmente. Hay muchos prejuicios. En La sociedad de la soledad, el documental que hemos producido, una persona mayor dice algo que me parece muy revelador: «Cuando yo era joven, hacía lo que decían mis padres; ahora, hago lo que dicen mis hijos». Pensamos que ya no pueden decidir, que ya no pueden aprender… y eso es falso. Nos cuesta aceptar que envejecer también es vivir. Eso tiene consecuencias. Hay personas mayores que tienen miedo a decir que se sienten solas. Creen que sus hijos o hijas pueden decidir llevarlas a una residencia o, incluso, sienten vergüenza por lo que pueda pensar la gente. Se callan por miedo al juicio. A veces no piden ayuda por eso, aunque estén sufriendo.

Según el único informe mundial que existe sobre el edadismo, realizado por Naciones Unidas en 2021, la mitad de la población tiene actitudes edadistas hacia las personas mayores. ¿Cómo se manifiesta esto en su vida cotidiana?

El edadismo está en todas partes. Desde los iconos que usamos –cuando ves un cartel de «personas mayores» siempre aparece alguien con bastón y encorvado– hasta el mercado laboral. Parece que a los 50, o incluso antes, ya no servimos, cuando en realidad es cuando más experiencia tenemos. Por otro lado, al jubilarte, parece que tu vida ya está «acabada». Conozco a personas de 65 años que dicen «ya solo me queda esperar a morir». Y no: con 65 años se pueden hacer muchísimas cosas. Tenemos que romper esa idea de que envejecer es dejar de vivir.

El mismo informe señala que la creación de espacios intergeneracionales es una de las mejores formas para combatir el edadismo. ¿Se rompen muchos estereotipos cuando se generan relaciones entre distintas generaciones?

Totalmente. En la fundación procuramos que los acompañamientos a mayores los realicen personas jóvenes, porque ahí se genera un intercambio muy bonito. Cuando una persona joven comparte tiempo con una mayor, se rompen muchos prejuicios: descubren que la edad no es una barrera; que pueden aprender mucho la una de la otra. Esa relación se convierte en un vínculo afectivo real, donde ambas partes aprenden y se sienten acompañadas. Al final, el aprendizaje es mutuo y el resultado, precioso.

A través de vuestro trabajo, ¿habéis detectado diferencias entre hombres y mujeres mayores? ¿Viven la soledad de manera distinta?

Hay más mujeres que viven solas porque vivimos más años, pero gestionamos mejor la soledad. Tenemos más recursos emocionales y relacionales: pedimos ayuda, buscamos compañía, participamos en actividades. Los hombres, en cambio, en términos generales tienden mucho más a encerrarse. Piden menos ayuda, no acuden a servicios sociales ni a actividades comunitarias. Tiene mucho que ver con cómo se han educado las generaciones que hoy son mayores. El hombre ha crecido con el rol de proveedor, de tener que sacar la casa adelante y, cuando llega la jubilación o se queda viudo, siente que ha perdido su función. Nosotras lo vivimos de otra manera: nos duele la soledad, pero la compartimos y buscamos redes. Afortunadamente, creo que las nuevas generaciones lo vivirán distinto. Hay un cambio cultural importante.

Se habla mucho de la soledad no deseada de las personas mayores, pero también afecta a los jóvenes. ¿Qué factores influyen en este problema? ¿Qué soluciones son más eficaces?

Cuando abrimos la línea ‘Ilumina una Vida’ y vimos que llamaban tanta gente joven, hicimos un estudio en todo el país, dividiendo por franjas de edad. La sorpresa fue que el 75% de personas de entre 18 y 35 años declaran que su estado de ánimo se ha visto alterado por encontrarse en una situación de soledad. No se trata de una soledad física, sino emocional. Además, el 62,5% sale de ocio con su grupo de amistades ninguna o solo una vez a la semana. La tecnología tiene mucho que ver. A las personas mayores las conecta, pero a las jóvenes, en exceso, las desconecta. Por eso creamos el programa desCONECTAD@S, liderado por Nacho Dean. Con colegios, con y sin alumnado con discapacidad, salimos a la naturaleza a caminar, a hacer actividades, a respirar aire puro. Y, en ese tiempo que estamos fuera, no pueden utilizar el móvil. Al principio protestan, pero al final se divierten y descubren que pueden relacionarse sin pantallas. No buscamos que dejen la tecnología, sino que aprendan a usarla con responsabilidad.

Aunque el uso de la tecnología entre las personas mayores ha aumentado, todavía existe una brecha. También trabajáis para combatirla. ¿Qué necesidades habéis detectado con vuestro programa de autonomía tecnológica?

Hemos formado ya a más de 500 personas mayores en tecnología. Ofrecemos talleres para utilizar el teléfono de forma segura, reconocer la ciberdelincuencia y aprender funciones cotidianas como hacer videollamadas o usar las redes sociales. La tecnología, bien utilizada, ayuda mucho. Además, estos talleres también se convierten en una herramienta de conexión social, se crean vínculos entre personas que viven en la misma zona, pero no se conocían. A veces esas relaciones continúan más allá del programa.

La sociedad a menudo subestima el potencial de las personas mayores. ¿Cómo podríamos aprovechar mejor su experiencia y conocimiento?

Primero, dándoles espacio y escuchándolas. En las empresas, por ejemplo, se está perdiendo mucho talento porque se da por hecho que una persona de 50 o 55 años ya no puede innovar. Y es falso. La combinación entre juventud y experiencia es potentísima: la gente joven aporta frescura, pero la experiencia da perspectiva y calma. También necesitamos romper con la idea de que las personas mayores no quieren aprender. Hay gente que empieza la universidad con 80 años. Hay que seguir aprendiendo durante toda la vida.

La actividad durante la vejez es clave para la salud y la autonomía. ¿Qué iniciativas impulsa la Fundación para que las personas mayores participen activamente en la sociedad?

Trabajamos para que las personas mayores sigan participando. A través de los acompañamientos y talleres fomentamos que mantengan rutinas, que salgan de casa, que se relacionen. También colaboramos con redes municipales de soledad en Madrid, Cádiz, Barcelona, Sevilla o Galicia, entre otras. Nos apoyamos mucho en el trabajo conjunto con la administración pública y otras entidades. 

¿Qué factores hacen que estas colaboraciones sean más eficaces?

Cuando se trabaja en el ámbito social, no hay competencia: compartimos conocimientos y sumamos esfuerzos. Esa colaboración es la que permite llegar más lejos. Lo importante es entender que cada cual tiene algo que aportar. Con las empresas, por ejemplo, proyectamos el documental sobre la soledad y luego abrimos un debate. Porque la soledad también existe dentro de las empresas: en el directivo que tiene que tomar una decisión difícil, en la persona que teletrabaja sola o en quien no puede compartir sus dificultades por miedo. La colaboración funciona cuando hay empatía y objetivos comunes. Al final, se trata de sumar entre administraciones, empresas y ciudadanía para construir una sociedad más conectada, más humana y menos sola.