En el libro La Tierra no es tu planeta planteas que hemos vivido como si la Tierra nos perteneciera. ¿Por qué crees que nos cuesta tanto asumir que somos solo una especie más dentro de la red de la vida?
Creo que por tres cuestiones. La primera es que tenemos una cierta ceguera hacia el resto de la vida. Nos parece que somos los únicos que pensamos, que tenemos expresiones culturales o sociedades avanzadas, cuando hay muchos animales, no solo primates, que también experimentan todo eso. La segunda es que tenemos una comprensión muy pobre de las coordenadas espaciales y temporales de la vida y de nuestro planeta.
Y, por último, creo que nos cuesta asumirlo por una cuestión de identidad humana que emana de determinados textos religiosos. Por ejemplo, el Génesis 1:26 nos dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y que, por tanto, estamos por encima del resto de especies.
Si juntamos todo esto —la incapacidad para detectar en otras especies comportamientos que pensamos humanos, esta ignorancia sobre qué es la vida y la legitimación religiosa del orden biológico—, al final nos parece que estamos en un peldaño por encima de todo. Y esta sensación de superioridad que tenemos nos permite explotar y dominar la naturaleza tal y como lo hacemos, lo que también es muy conveniente para el sistema capitalista.
En el libro hablas de devolver espacio a la vida y de «descolonizar el futuro». ¿Cómo definirías este concepto de «descolonización»?
La colonización es un proceso que solemos ubicar en el plano espacial, es un concepto que no solemos pensar a futuro. Lo que tenemos que entender es que, con nuestras acciones de hoy, estamos colonizando el futuro y limitando las posibilidades de la vida.
Estamos aplastando la vida futura con nuestras acciones presentes. Por eso, lo que propongo en el libro, siguiendo al filósofo Roman Krznaric, es ser unos buenos antepasados: retirarnos del futuro. Es una decisión que condicionará todos los futuros de todas las personas y todas las especies que van a vivir en este planeta a partir de ahora. Necesitamos entender esa responsabilidad.
La pérdida acelerada de biodiversidad ha llevado a hablar de una sexta extinción. ¿Puedes hablarnos de los factores que están causando este fenómeno y por qué es esencial que la sociedad comprenda su magnitud y sus consecuencias?
Estamos produciendo una erosión del tejido vivo de nuestro planeta que nos lleva a pensar que estamos entrando en la sexta extinción masiva. En la historia de la Tierra ha habido cinco momentos en los que la vida se ha desplomado; el último es el de los dinosaurios. Son episodios en los que más del 75% de las especies han desaparecido y, ahora, tenemos clarísimo que las especies no se están extinguiendo a un ritmo natural, sino a un ritmo muchísimo más elevado como consecuencia de las acciones humanas.
«Tenemos que llevar la naturaleza a la ciudad»
Aún se habla poco de «sexta extinción» porque requiere cierto conocimiento y no acabamos de percibirla. El cambio climático se percibe con facilidad: basta salir a la calle. En Valencia, por ejemplo, se nota un clima distinto al de hace 20 años, con temperaturas más altas o fenómenos como la DANA. Con la biodiversidad no ocurre lo mismo. Aunque vivimos en ciudades grises, en los últimos años han mejorado con más zonas verdes y espacios renaturalizados y, por tanto, vemos que ha habido una mejora. Pero, al estar desconectados de la naturaleza, nos cuesta detectar las señales de alarma y entender aspectos básicos de los ecosistemas, como qué implica una especie invasora o un paisaje fragmentado. Además, debemos acudir a datos, inventarios e informes para entender hasta qué punto están disminuyendo las especies o en qué grado de amenaza se encuentran.
Se habla mucho de sostenibilidad, pero, desde tu experiencia, ¿qué está fallando en la educación ambiental respecto al conocimiento específico sobre biodiversidad? ¿Qué cambios serían necesarios para mejorarla?
En el sistema educativo español, lamentablemente, se pueden abandonar las materias científicas en una etapa muy temprana. Evidentemente, a nadie se le ocurriría dejar de estudiar a una cierta edad, por ejemplo, lengua. Sin embargo, millones de personas cada año dejan de tener contacto con cuestiones científicas a una edad tempranísima, en la primera adolescencia. Esto nos lleva a una cierta incapacidad para comprender procesos físicos, geológicos, biológicos… y también a una sensación de que es un campo del conocimiento que no necesitan conocer si no se quieren dedicar a la ciencia.
¿Cómo encaja la crisis de biodiversidad con los discursos actuales sobre la crisis climática? ¿Crees que se ha descuidado uno de estos frentes en las políticas públicas o en la comunicación científica?
Cuando muchas empresas hablan de sostenibilidad en sus reportes, se fijan en las emisiones de la energía o transporte y, después, de algunos materiales o tasas de reciclaje. Se evalúa este desempeño ambiental a través de una métrica que es importante, pero que no lo recoge todo. Habría que ampliar el foco de ese «túnel de carbono» para poder ver el resto de cosas que importan de esa realidad ambiental.
«La fortaleza real de los seres humanos está en los cuidados»
De hecho, también tenemos un Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, muy centrado en la cuestión energética, que es muy importante, pero habría que recuperar el Ministerio de Medio Ambiente, modernizado, para darle un impulso decidido a las políticas de restauración de la biodiversidad, a las políticas costeras, políticas del agua… Estas cuestiones siguen ahí, pero en un plano más secundario.
En tu libro explicas que la teoría de la evolución se ha malinterpretado y ha alimentado ideas como el darwinismo social. Sin embargo, en la naturaleza también abundan las relaciones de cooperación. ¿Podrías darnos algunos ejemplos?
La teoría de la evolución se ha malinterpretado. No favorece al más fuerte: el survival of the fittest se refiere a quien deja más descendencia, no necesariamente al más fuerte ni al más competitivo. La idea de la evolución como legitimación de la competición surge a finales del siglo XIX, en paralelo a la expansión del capitalismo, a partir de lecturas interesadas.
En el caso de los seres humanos, es la cooperación la que ha permitido desarrollar sociedades complejas. No hemos llegado donde estamos por la competición, sino porque hemos cooperado. El registro cultural, antropológico e incluso fisiológico de las poblaciones humanas muestra cómo nos hemos organizado en grupos que cuidaban incluso de quienes tenían dificultades. A mí me impactó mucho el caso de una niña de 12 años en Atapuerca que tenía una discapacidad y no se explica que alcanzase esa edad sin los cuidados de otras personas.
Otro de los ejemplos que más me sorprendió es la reacción de unos macacos tras el paso de un huracán en Puerto Rico, que se quedaron prácticamente sin árboles y con un calor insoportable. Tenían dos opciones: pelear por la sombra o compartirla. Lo que hicieron fue organizarse y compartir ese recurso escaso. Por eso, conviene insistir en que ni en el mundo natural ni en el humano la competición es la vía por la que progresan las sociedades. Es la cooperación. Al final, la fortaleza real de los seres humanos está en los cuidados.
¿Qué papel pueden jugar las ciudades y la planificación de los espacios urbanos en la protección de la biodiversidad?
En vez de sacar a la gente de la ciudad para que experimente el contacto con la naturaleza, tenemos que llevar la naturaleza a la ciudad. Es decir, las ciudades no pueden expulsar la naturaleza. Necesitamos más naturaleza, más verde, más animales, más cantos, más sonidos no humanos. No creo que haya alguien que prefiera un martillo neumático al canto de un pájaro. Tenemos que traer verde a las ciudades para poder experimentar esa fascinación por la naturaleza. También debería haber zonas de descubrimiento, que no sea una naturaleza domesticada, como los jardines donde tiene que estar todo perfecto, sino espacios de bosques, de descubrimiento de charcos, ríos…
Muchas personas pueden sentirse paralizadas por la magnitud de la crisis ecológica. ¿Qué tipo de respuestas prácticas propones para quienes quieren actuar?
Tenemos que abandonar las soluciones simplistas y dejar de dar voz a iniciativas que prometen solucionarlo todo. Debemos dejar de creernos los mesías y abrir conversaciones incómodas para entender que sí hay cosas que podemos hacer. Al final, todo está relacionado con la explotación de la tierra y con este sistema económico, el capitalismo, que busca la acumulación del capital y no el sostenimiento de la vida. Gran parte de los problemas ambientales se deben al sobreconsumo.
Tenemos que cuestionar el sistema, pero no como algo abstracto. Hay que buscar grietas en el sistema para actuar en nuestro entorno, como crear huertos comunitarios o resistir la mercantilización de la naturaleza.
«No podemos desligar las cuestiones climáticas de la desigualdad social y económica»
También hay confusión con la sobrepoblación. El problema no es cuántas personas somos, sino cómo consumimos. Un estudio de Jason Hickel y Dylan Sullivan, que cito en el libro, muestra que con un 30% de los recursos naturales y energía utilizados actualmente se podría ofrecer unos estándares de vida digna a todas las personas, algo de lo que ahora mismo carece el 80% de la población. No podemos desligar las cuestiones climáticas de la desigualdad social y económica.
Por otra parte, necesitamos tener más herramientas prácticas, que es algo que traté de ofrecer en mi libro Y ahora yo qué hago. Podemos reducir el consumo de carne o evitar comprar fast fashion, pero sobre todo necesitamos tener conocimientos básicos para tomar mejores decisiones. Por ejemplo, tenemos que saber en qué fijarnos en las etiquetas cuando vayamos a comprar y no consumir un producto que ha recorrido miles de kilómetros y que, en realidad, no necesitamos.
En el libro escribes: «La vida es agradecida y también resistente. A pesar de todo, a pesar de nosotros, del humo, el asfalto, la motosierra, la escopeta y el lodo tóxico». A pesar de los daños que hemos causado, ¿qué señales de recuperación de la naturaleza te parecen hoy más esperanzadoras?
Puede parecer contradictorio con el mensaje de la sexta extinción, pero es que la vida es agradecida. Si un barrio se une y decide naturalizar sus calles, parques o solares, el retorno es casi inmediato. Y, además, cuando dejamos de molestar un poco a la naturaleza, la naturaleza vuelve con mucha fuerza. Por eso creo que es agradecida. Y es ahí donde creo que hay una buena oportunidad para estos proyectos de restauración de ecosistemas o de reintroducción de algunas especies.
