Patrimonio cultural, sostenibilidad, innovación tecnológica, medio ambiente, educación, territorio, responsabilidad social. Con Isabel Izquierdo –arqueóloga, investigadora, experta en cultura ibérica y museología– los temas se entremezclan hasta casi confundirse. Pero como en una buena receta, el resultado es más interesante que cualquier ingrediente por separado.
El Museo Arqueológico Nacional y Red Eléctrica celebrararon a finales de abril por primera vez y de manera conjunta las Jornadas Patrimonio Arqueológico y Transición Energética. ¿Cuál era el principal objetivo de organizar este encuentro?
Como casa común que somos de la arqueología, el objetivo era generar un espacio para que los distintos agentes implicados en la transición energética y en su relación con la arqueología pudieran conversar y conectar. Incorporar la arqueología a este diálogo en torno a sostenibilidad y energías renovables, conectar a los distintos interlocutores, escuchar algunos casos de éxito interesantes y ofrecer una panorámica de los distintos temas que conciernen a esa relación entre el patrimonio arqueológico y la transición energética.
¿Cuáles han sido las principales enseñanzas y conclusiones derivadas de estas jornadas?
La verdad es que han sido muchísimas las conclusiones, pero yo creo que la principal es la necesidad de incorporar la arqueología a ese diálogo. También han surgido ideas muy interesantes en el terreno de la formación y de la documentación y los datos. Por ejemplo, sobre cómo se tiene que acomodar el programa universitario a las nuevas necesidades de la arqueología de campo o la necesidad de tener bases de datos cada vez más completas y accesibles. Asimismo se ha destacado la importancia de concienciación social y educación en torno al patrimonio arqueológico, que es un recurso finito que debemos cuidar entre todos.
«Las sociedades preindustriales vivían de una manera sostenible, explotaban el medio ambiente, pero de una manera más equilibrada y armónica»
Y, finalmente, se ha hablado de innovación y arqueología, y de las distintas herramientas que han surgido en la increíble revolución tecnológica que hemos vivido en las últimas décadas. Estoy muy satisfecha porque todos los objetivos que nos habíamos marcado se han cumplido con creces. Tanto es así que ya nos hemos emplazado con Red Eléctrica a hacer una próxima edición.
Aunque puedan parecer cuestiones independientes, ya que una se relaciona con el pasado y otra con el futuro, ¿qué conexión existe entre ellas?
La arqueología está absolutamente conectada con el presente y con el futuro, y puede aportar muchísimo en esa transición energética. En primer lugar, tiene una visión totalmente diacrónica, es decir, tiene una visión de la historia profunda y un valor de la memoria. Desde la arqueología se estudian temas muy diversos, que van desde los orígenes de los tiempos hasta nuestros días, y aporta una información increíble precisamente sobre cómo el medio ambiente ha ido evolucionando.
«El respeto a la naturaleza era muy importante para la cultura griega, y para la cultura antigua en general»
Luego, la arqueología tiene un concepto del patrimonio y del paisaje cultural muy moderno, que también incorpora visiones críticas: sociales, patrimoniales, participativas, contemporáneas… La arqueología comprende una enorme variedad de temas, está integrada en muchísimos debates y reflexiones sobre la actualidad y es muy pertinente en ese diálogo.
¿Qué lecciones podemos extraer de las sociedades del pasado para afrontar la actual transición energética?
No sé si hay alguna que podamos tomar como referente. Yo creo que la arqueología nos muestra cómo las sociedades del pasado son sociedades resilientes. Es decir, son culturas que se van adaptando a los tiempos, a los contextos, a los territorios, a la evolución de la vida económica, política, social... Y, sobre todo, yo creo que hay un hito muy importante que es la Revolución Industrial, porque transforma muchísimas cosas de la vida cotidiana y de las organizaciones sociopolíticas y económicas. Las sociedades preindustriales lo que hacen es trabajar o vivir de una manera sostenible, es decir, en armonía con el medio ambiente. Es lo que llamamos ahora kilómetro cero, productos de cercanía, redes controladas… Explotaban el medio ambiente, evidentemente, pero de una manera más equilibrada y más armónica.
¿Hay alguna civilización que podamos decir que era más sostenible, o más eficiente, desde el punto de vista energético?
Nosotros ahora hemos tenido en el Museo Arqueológico Nacional una exposición temporal que se llamaba «Entre caos y cosmos», y lo que exploraba era el lugar central que la naturaleza ocupaba para los antiguos griegos. Hablamos de animales, de plantas, de bosques, de montañas, de ríos, y de ese respeto y ese equilibrio. Porque de la naturaleza dependía el sustento, los dones divinos, los dones humanos. Ese respeto es un tema muy importante para la cultura griega, para la cultura antigua en general. Y ahora mismo ese mensaje es un discurso muy pertinente ante las tragedias que están sucediendo fruto del cambio climático, que es un desequilibrio con el medio.
¿De qué manera pueden educar los museos como el MAN sobre sostenibilidad y transición energética?
Yo creo que los museos pueden educar en muchos sentidos, porque son instituciones referenciales. Lo que hacemos es contar historias. En las actividades didácticas, en los talleres, en las visitas, se pueden lanzar muchos conceptos que tienen que ver con el presente. Nosotros contamos todas estas historias de resiliencia y de adaptación al medio que se han dado a lo largo del tiempo. Y hay actividades específicas que ahondan en temas como, por ejemplo, el reciclaje, la alimentación a partir de alimentos kilómetro cero en las sociedades preindustriales, o la adaptación y el equilibrio con el medio ambiente.
¿Puede un museo ser un ejemplo de buenas prácticas energéticas para la ciudadanía?
Por supuesto. Nosotros tenemos un edificio muy grande, de casi 30.000 metros cuadrados construidos. El año pasado, sustituimos toda la climatización por un sistema más eficiente que contribuye a la descarbonización, por el que además nos han premiado. Por otra parte, estamos transformando toda la iluminación a LEDs y tenemos un sistema de climatización domótico que también insiste en la eficiencia energética.
Además, todas estas ideas en torno a la sostenibilidad se deslizan y se incorporan en todo el programa educativo, didáctico y de accesibilidad del museo. Aquí, con nuestros medios, intentamos contribuir en la medida de nuestras posibilidades. Es un acto de responsabilidad.
¿Por qué es importante la labor que lleva a cabo Red Eléctrica, la filial de Redeia encargada de la operación y el transporte del sistema eléctrico, de considerar el patrimonio cultural a la hora de planificar e instalar infraestructuras energéticas?
Hemos encontrado un punto de confluencia con Red Eléctrica. Nosotros trabajamos en distintos territorios en materia de arqueología y ellos nos ayudan a aportar recursos e innovación. Compartimos los valores del rigor, la excelencia científica, la ética, y la preocupación y cariño por el patrimonio arqueológico.
¿Qué beneficios puede aportar una alianza público-privada entre el sector cultural y el sector energético a la conservación del patrimonio?
Yo creo que nuestro país tiene una potencia arqueológica de tal calibre, como todos los países que nos rodean en el Mediterráneo, que es imprescindible la colaboración público-privada. Esta puede ser beneficiosa a la hora de aportar conocimiento, innovación, facilitar también la transición hacia energías renovables a algunas instituciones y en recursos económicos. Puede haber una aportación y un enriquecimiento mutuo muy significativo.
