Los campos de concentración no son cosas del pasado

Los campos de concentración no constituyen una realidad pasada, sino que su existencia continúa hoy, oculta a plena luz del día, en estados autoritarios que niegan a su población los derechos humanos más básicos.  


Zygmunt Bauman bautizó el siglo XX como «el siglo de los campos» debido a la triste proliferación de los campos de concentración nazis y de los gulags soviéticos. La existencia de estos lugares reveló al ser humano su capacidad para la crueldad y la autodestrucción, y, una vez clausurados los campos, parecía inimaginable que algo así pudiera volver a suceder. 

Sin embargo, los campos de detención, trabajo y reeducación en los que cualquier idea de derechos humanos es inconcebible siguen existiendo en distintos países como Corea del Norte, China o Eritrea. 

«Los campos de concentración son experimentos de aniquilación del hombre. Que hayan existido es una mancha para la humanidad; que sigan existiendo es una acusación contra nuestras bellas pretensiones de derechos humanos universales. ¿Debería alarmarnos que el siglo XXI vaya a convertirse de nuevo en un siglo de campos?», se pregunta Dan Stone en su libro Campos de concentración. Una breve introducción. 

Los campos de concentración modernos 

«Hasta la fecha, ni las Naciones Unidas ni ninguna otra delegación internacional han podido comprobar por sí mismas el alcance del genocidio», escribe la periodista Rozenn Morgat sobre la represión masiva que China lleva a cabo contra la etnia uigur. 

Morgat recoge en el libro El gulag chino el testimonio de Gulbahar Haitiwaji, la primera uigur que Francia consiguió liberar. En él quedan recogidos los rasgos que comparten estos lugares de internamiento: la arbitrariedad en las detenciones, la ausencia de un juicio y de cualquier tipo de garantía, la brutalidad del trato hacia los presos y su explotación laboral para beneficio del estado.  

La misma experiencia describe el ex preso norcoreano Shin Dong-Hyuk en Evasión del Campo 14,  escrito por el periodista Blaine Harden, que subraya que «los campos de trabajo de Corea del Norte llevan existiendo ya el doble de tiempo de lo que lo hicieron los del Gulag soviético y unas doce veces lo que duraron los de los nazis». 

Blaine Harden: «Los campos de trabajo de Corea del Norte llevan existiendo ya el doble de tiempo de lo que lo hicieron los del Gulag soviético y unas doce veces lo que duraron los de los nazis»

El gobierno de Corea del Sur calcula que hay unos 154.000 prisioneros en los campos, mientras que el Departamento de Estado estadounidense y varias organizaciones de defensa de los derechos humanos elevan la cifra hasta unos 200.000. Existen seis campos, según los servicios secretos de Corea del Sur y algunas organizaciones de defensa de los derechos humanos radicadas en ese mismo país. El más grande tiene cincuenta kilómetros de largo y cuarenta de ancho, es decir, abarca un área más extensa que la de la ciudad de Los Ángeles.

Un informe del Comité para los Derechos Humanos en Corea del Norte concluye que «el sistema de campos de trabajo para prisioneros, tal y como ha funcionado en la RPDC durante unos cincuenta años, y como sigue funcionando hoy en día, constituye un claro y masivo crimen contra la humanidad».

Otro informe similar de la Comisión de Investigación de la ONU sobre los Derechos Humanos en Eritrea declara que «en los últimos 25 años se han cometido de forma generalizada y sistemática crímenes de lesa humanidad en centros de detención, campos de entrenamiento militar y otros lugares de Eritrea». 

«Se han cometido crímenes de esclavitud, encarcelamiento, desapariciones forzadas, tortura, persecución, violación, asesinato y otros actos inhumanos como parte de una campaña para infundir miedo, disuadir de la oposición y, en última instancia, controlar a la población civil eritrea desde que las autoridades eritreas tomaron el control del territorio en 1991», describe el documento.  

Los testimonios de los supervivientes, clave para la denuncia 

En Eichmann en Jerusalen, Hannah Arendt deja un espacio a la esperanza al concluir que el terror nunca logrará imponerse del todo puesto que «siempre quedará un hombre para contar lo que pasó». 

Es el valor de los supervivientes para contar su historia lo que permite que se conozca la existencia de estos lugares de horror, lo que permite recopilar pruebas que presentar frente a la negación permanente de los países que los albergan, lo que permite romper el muro del silencio que pretenden imponer. 

El testimonio de Shin, por ejemplo, fue clave en la comisión de investigación de la ONU que concluyó que Corea del Norte ha cometido crímenes contra la humanidad. 

También gracias a las manifestaciones de uigures en el exilio, que comenzaron a producirse de manera más organizada en 2018, la ONU reconoció y condenó la existencia de los campos de concentración en China. 

Es el valor de los supervivientes para contar su historia lo que permite que se conozca la existencia de estos lugares de horror

«A principios de 2018, un mundo atónito se enteró de las “escuelas” de Xinjiang. Las organizaciones de derechos humanos ya no eran las únicas que daban la voz de alarma. La perfecta superficie de China, protegida hasta ahora por su Gran Cortafuegos, comenzó a resquebrajarse cuando empezaron a aparecer en la prensa relatos dispersos de supervivientes e imágenes de denunciantes dieron la vuelta al mundo, de Canadá a China pasando por Estados Unidos. Miembros de la diáspora uigur se manifestaron en capitales europeas. Entre las banderas celestes del Turkestán Oriental, portaban fotos ampliadas de seres queridos desaparecidos desde hacía meses o incluso años», relata Gulbahar Haitiwaji. 

Es necesario seguir amplificando la voz de aquellos que más sufren la represión porque, como ya advirtió Primo Levi, «puede ocurrir, y puede ocurrir en cualquier lugar».