Los movimientos sociales de hoy se conformaron como tenues pero valientes llamas al calor de la Ilustración de la mano de visionarios como Nicolás de Condorcet. El Siglo de Luces, y de sombras, del que emanaron ideas de progreso, por las que hoy se sigue luchando.
No todo el mundo puede presumir de tener su nombre en un astro y perpetuar así su identidad a través del tiempo y el espacio. Esto sucedió con Nicolás de Condorcet, un filósofo, científico, matemático y politólogo francés a quien las circunstancias de su tiempo no le fueron lo suficientemente justas, pese a luchar sin denuedo por la igualdad real y la justicia social. Un legado que quiso reconocer la Unión Astronómica Internacional en 1935 asignado su nombre a un cráter de la cara oculta de la Luna.
Los comienzos de Condorcet
En el discurrir del Siglo de las Luces, emergieron corrientes, ideas, y profundos cambios sociales inspirados por grandes personajes que hoy siguen influyendo en nuestros días. Marie Jean Antoine Nicolas de Caritat, más conocido como Nicolas de Condorcet (1743-1794) fue uno de ellos.
Irrumpió en la escena ilustrada francesa, rompiendo con sus propios moldes familiares. Hijo de militar, del cual quedó huérfano a las pocas semanas de nacer, renunció pronto a la carrera castrense y dedicó su vida al estudio de las ciencias matemáticas, las cuales aplicó a la teoría política, filosofía y a la ciencia social, convirtiéndose en un renombrado filósofo, teórico y humanista.
Como todo ser humano, sus circunstancias vitales fueron las que marcaron su carácter y dirección. Desde muy pequeño fue sometido a una estricta educación jesuita en Reims, donde no solo destacó rápidamente como un gran estudiante, sino que también desarrolló una profunda convicción sobre la necesidad de alejar la religión de la educación.
No hay nada más esencial e imprescindible como la educación para que el progreso social y la democracia se desarrollen plenamente
Un personaje cuya explosiva personalidad determinó sus planteamientos llegando a ser definido en plena Ilustración francesa como «un volcán cubierto de nieve». Julie de Lespinasse, aristócrata organizadora de célebres reuniones de élites en el París ilustrado del siglo XVIII, afirmó: «Condorcet, esta alma sosegada y moderada en el curso ordinario de la vida se convierte en ardiente y fogosa cuando se trata de defender a los oprimidos o de defender lo que aún le es más querido: la libertad de los hombres...».
Vehemente en sus respuestas pero racional en su contenido, es considerado como uno de los precursores de los grandes movimientos sociales que hoy siguen en lucha. Condorcet defendió el feminismo, la igualdad y la reforma educativa, sugiriendo que la enseñanza, debía de ser pública, gratuita e impartida a niños y niñas por igual, para de esta forma erradicar la idea de la época de que las mujeres eran menos instruidas.
Igualdad y educación como núcleo central del progreso
No tenemos que mirar muy lejos para hablar del sufragio femenino, teniendo que entrar el siglo XX para que las primeras mujeres europeas pudieran ejercer su derecho a voto.
Sin embargo, ya en 1790 Condorcet publicaba su obra Sobre la admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía, defendiendo la igualdad de mujeres y hombres de forma natural, convirtiéndose en uno de los pioneros del feminismo: «O ningún miembro de la raza humana tiene derechos, o todos tienen los mismos; y cualquiera que vote en contra de los derechos de otro, sea cual sea su religión, color o sexo, pierde automáticamente los suyos».
Su obra resultó determinante para abolir la esclavitud en la Asamblea General de Naciones Unidas dos siglos después de su muerte
Por ello, este volcán inerte en ocasiones y furioso por momentos, consideró que no había nada más esencial e imprescindible como la educación para que el progreso social y la democracia se desarrollen plenamente. Defendiendo postulados que hoy en día se encuentran en plena actualidad social, Condorcet postulaba una educación igualitaria, pública y obligatoria. Según el autor, la educación serviría de barrera frente al monopolio de valores y pensamientos, y sería la única forma de generar en la ciudadanía un pensamiento ilustrado y dominado por la razón. «Ilustrar a los hombres para convertirlos en ciudadanos», afirmaba en sus escritos.
El atrevimiento en los planteamientos que defendía no se frenó aquí. Condorcet también destacó por su ferviente oposición a la esclavitud colonial y su incansable lucha por la abolición de la pena de muerte. Su obra Reflexiones sobre la esclavitud de los negros, publicada en 1781, resultó determinante para abolir definitivamente la esclavitud en la Asamblea General de Naciones Unidas en el siglo XX.
Sin embargo, esta implacable defensa de los derechos humanos convirtió a este ilustrado en víctima de la Revolución Francesa. En 1794 fue encontrado muerto de forma misteriosa en su celda, 48 horas después de ser arrestado por los jacobinos en Clamart por, entre otras razones, oponerse a la pena de muerte. Un final que no logró silenciar sus ideas ni enturbiar su legado, que ha llegado hasta nuestros días más vivo y actual que nunca; marcando el inicio de movimientos sociales basados en la igualdad de oportunidades de todos los seres humanos con independencia de su sexo, nacionalidad, origen o condición.