Autor: Esther Peñas

La cultura como eje vertebrador del territorio

Cohesionar el territorio y construir comunidad son dos de los impactos que puede tener la cultura si se impulsa desde zonas rurales, lo que ayudaría a asegurar la prosperidad económica de estas regiones y a frenar la despoblación.


A menudo, cuando se piensa en cultura, lo que nos asalta son espacios cerrados como museos, galerías, cines, o bien experiencias individuales como la lectura o las exposiciones. Pero emplear la cultura como elemento que cohesione un territorio, que haga comunidad, asegure su prosperidad económica y que frene la despoblación también es posible. Redeia convocó, en una mesa redonda, algunos ejemplos en sus Jornadas de Sostenibilidad 2023, celebradas el 18 y 19 de octubre en la madrileña Fundación Giner de los Ríos.

«La cultura es un bien básico, que tiene que ver con el sentido de la vida, transmite y genera valores, dignifica el sufrimiento, nos reconcilia con el ser humano y nos permite hacer memoria», apuntó el moderador, Óscar Becerra, CEO de La Fábrica.

«Se nos pasa por alto, en muchas ocasiones, que la cultura siempre tiene una función social, siempre, sea que hablemos de una colección privada o pública, que pretenda la propaganda, incluso en aquellos artistas que aseguran que su arte no tiene finalidad ninguna, la tiene, y es social. El arte surge en una sociedad y, para crear, se necesita de una estructura, por mínima que sea», explicó Manuel Borja-Villel, comisario de la 35 Bienal de São Paulo. 

El que fuera director del Museo Reina Sofía aseguró que la obra de arte tiene repercusiones sociales, y blandió el ejemplo del urinario de Duchamp, al que tituló ‘Fuente’, lo que ocasionó un debate a propósito de qué es el arte, que aún llega a nuestros días. «El arte nos hace ver el mundo desde otra perspectiva», afirmó, al tiempo que recordaba su función catártica, que permite a los ciudadanos «debatir las pesadillas sin violencia». 

Un pueblo museo

Genalguacil es un municipio malacitano de apenas cuatrocientos habitantes. Con la amenaza de la despoblación, su alcalde, Miguel Ángel Herrera, lideró un proyecto que se ha convertido en referencia europea: transformar el pueblo en museo. Cada dos años, artistas de diferentes procedencias se reúnen en él durante una semana, becados por el ayuntamiento, para realizar distintas piezas artísticas que quedarán expuestas de manera permanente en las calles del pueblo. Genalguacil es un museo al aire libre.

Borja-Villel: «Lo interesante del arte es que nos enseña que el otro es diferente, pero tan válido como uno mismo»

«En 2011 estábamos a punto de cerrar el colegio. Dos años más tarde, pudimos contratar a un profesor, porque había niños suficientes. Ahora tenemos dos profesores. Cada año vienen veinte mil personas a ver el pueblo, y se han trasladado a él muchos artesanos. Hemos conseguido fijar la población y aumentarla. Hemos demostrado que la cultura puede ser un elemento de transformación muy potente para los entornos rurales, combinando cultura tradicional con innovación», expone el edil. 

«El arte va a los pueblos, pero nos olvidamos de que los pueblos son, en muchos casos, fuente de arte. Es muy interesante que haya pueblos que se conviertan en museos, pero tenemos que conseguir también que los museos se conviertan en pueblos», apunta Borja-Villel, al tiempo que denuncia el olvido sistemático de la cultura que proviene del ámbito rural: «desde la Europa de las grandes ciudades, pensamos que nuestros criterios en materia de arte son hegemónicos, universales, pero existen otras epistemologías, otros modos de entender el arte igualmente valiosos. Lo interesante del arte es que nos enseña que el otro es diferente, pero tan válido como uno mismo».

A este respecto, Marta Espinós, directora adjunta de la Fundación Cultura en Vena, aseguró que la cultura mejora la vida en los entornos rurales y, sobre todo, regenera afectos que han estado viciados por rencillas pasadas. «A nuestros talleres acuden muchos de los habitantes de estos pequeños pueblos, y tienen que trabajar de manera comunitaria; muchos de ellos, antes de acudir al taller, ni se hablaban, pero, al hacer algo juntos, y al tener un resultado bello, ese afecto se reestablece, y eso es muy gratificante».

Espinós: «La cultura ayuda a curar, es beneficiosa para la salud mental de todos, combate el estrés y puede constituir un tratamiento complementario al convencional»

La Fundación Cultura en Vena acude a centros sanitarios y comunidades rurales en riesgo de despoblación, trabajando la salud mental y el bienestar de las personas a través de la cultura, con música, exposiciones itinerantes, prácticas culturales ambulatorias, etc. «La cultura ayuda a curar, es beneficiosa para la salud mental de todos, como reconoce la Organización Mundial de la Salud, combate el estrés y puede constituir un tratamiento complementario al convencional», señala Espinós.

«Cuidar nuestro entorno, defender un río o un lago, evitar la deforestación también es cultura, también cohesiona a las comunidades, basta pensar en los pueblos indígenas y cómo se articulan y movilizan para preservarla», apostilla Borja-Villel.

 

El caso Boa Mistura

Cuatro amigos madrileños a los que les unía salir juntos de noche a hacer graffitis. Así comienza esta aventura, nacida a finales de 2001, llamada Boa Mistura («buena mezcla»), cuyo propósito es transformar los espacios urbanos y rurales a través del color creando vínculos entre las personas. 

«Uno de los proyectos más emocionantes que hemos vivido fue en São Paulo. Hicimos todo lo que las guías turísticas desaconsejan: meterse en un coche con desconocidos, quedarse a dormir en una favela… Buscábamos grandes paredes, pero no había ninguna, por la propia estructura de las favelas, así que decidimos nombrar algunos espacios con una palabra y asignarlos un color determinado», explica Javier Serrano, uno de los integrantes de Boa Mistura.

Y así lo hicieron. Con la ayuda de sus residentes, convirtieron la favela de Brasilândia en un lugar acogedor. La favela se desarrolla de forma longitudinal, con elementos de comunicación transversal que facilitan el acceso a las viviendas. Estas grietas se conocen como «becos», en los tramos llanos, y «vielas», en los tramos de escaleras, y articulan ambos la vida interna de la comunidad. Estos «becos» y «vieles» se convirtieron en ‘Belleza’ (azul), ‘Orgulho’ (verde), ‘Amor’ (amarillo), ‘Firmeza’ (azul turquesa), ‘Doçura’ (rojo)… «Al principio, solo nos ayudaban los niños, pero después vinieron las madres y, más tarde, de los padres, y así teníamos a familias enteras haciendo aún más suyo el espacio».

Serrano también compartió la experiencia del grupo cuando fueron a la colonia Infonavit Independencia, al norte de la ciudad de Guadalajara, Méjico. Se estima que viven allí unas 2.500 personas, repartidas en 1.024 departamentos, distribuidos en 66 torres iguales. Es un punto en el que el tráfico de drogas impedía a los habitantes disfrutar de los escasos espacios públicos. Apenas el único que había, una enorme cancha que utilizan para mercadear los pequeños narcotraficantes, fue el espacio escogido para ser intervenido. 

«Lo primero que hicimos, fue contratar a cinco de los pandilleros del barrio, para que nos ayudaran. Ahora, alguno de ellos está estudiando Bellas Artes. Pintamos el suelo y los edificios que la conformaban con motivos indígenas, respetando la identidad local. A día de hoy, ese espacio sigue siendo usado por los pequeños traficantes, pero también por los muchachos del barrio, donde juegan, y se encuentran, y para los mayores también es un lugar de encuentro».

La última experiencia que compartió Serrano durante las Jornadas de Sostenibilidad de Redeia, como ejemplo de que la cultura es un eje vertebrador del territorio, se refirió a su intervención en Nicaragua, en las comunidades rurales de los municipios de Icalupe y Somoto.

«Cuando llegamos allí, nos encontramos con que las casas estaban pintadas. Las mujeres nos explicaron que lo hacían ellas mismas, moliendo rocas y mezclándolas con agua. Obtenían algo muy similar a la tiza. Lo que hicimos fue enseñarlas la técnica del temple con huevo, que adquiere mucha más consistencia que la que ellas empleaban. Les enseñamos a moler. Cuando terminaron de pintar todas las casas, comenzaron a pintar pequeñas rocas, que terminaron vendiendo como piezas artesanales», explica Serrano.

Boa Mistura es otro ejemplo de cómo el arte, la cultura, puede resignificar lugares, mostrar una manera de ganarse la vida a quienes no pensaban que tenían otra alternativa que la pobreza endógena, trabaja la identidad y la teje a sus paisajes, afianza el vínculo con el lugar. Todo ello construye comunidad, gracias a la cultura.

Los Ángeles, capital del Green New Deal

Los Ángeles (California), la segunda ciudad más importante de Estados Unidos después de Nueva York –al menos en cuanto a superficie y población– acaba de aprobar un Green New Deal, un plan que busca mejorar la eficiencia de las infraestructuras, transformar las tradicionales fuentes de energía en unas más limpias y regenerar los sistemas de protección social para que sean más justos. Así, la capital de la fama pretende convertirse en el centro de la vanguardia mundial en la lucha contra el cambio climático.

La expresión que da nombre al paquete de medidas administrativas no es casual, sino una adaptación del New Deal económico que impulsó el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt entre 1933 y 1938 para sacar al país de la Gran Depresión del 29. Con el tiempo, el concepto se ha convertido en todo un símbolo y, ahora, las nuevas propuestas políticas se lo han apropiado, redirigiéndolo hacia la sostenibilidad.

Los Ángeles aspira a tener un 80% de coches con cero emisiones en menos de dos décadas

Según el alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, L.A (como se conoce popularmente a la ciudad) aspira a tener un 80% de coches con cero emisiones en menos de dos décadas. “No se trata de eliminar los automóviles, pero sí de que no sean contaminantes”, ha repetido en múltiples ocasiones el político norteamericano. Al final, el propósito es que de cara a 2045, el 100% de la electricidad provenga de fuentes renovables.

Lejos de ser una propuesta deliberada, esta decisión nace como remedio a las malas prácticas en las que ha venido incurriendo hasta ahora la ciudad de Los Ángeles: es todavía el paradigma de transporte contaminante e ineficiente y la zona con peor calidad de aire de toda norteamérica. Durante las décadas de los 80 y los 90, el problema se acentuó incluso hasta el punto de que los ciudadanos tuvieron que reducir sus actividades al aire libre por la constante presencia de smog, esa oscura y densa niebla contaminante, causante de algunos de los problemas respiratorios más graves.

Con la llegada de Garcetti a la Administración municipal, las líneas políticas han dado un brusco giro. El alcalde demócrata considera que para que L.A. sea una ciudad sostenible hay que tomar decisiones radicales y rápidas: el Green New Deal obligará a que los nuevos edificios de propiedad de la ciudad, así como las renovaciones de mayor calado, sean completamente eléctricos. Asimismo, se exigirá que la totalidad de los edificios sean netos en carbono para 2050 y se eliminará de manera paulatina la espuma de poliestireno, las pajitas de plástico y los envases de un solo uso para 2028.

Según se recoge en el programa, se espera también reducir el número de viajes por carretera de vehículos personales y, por contra, fomentar el uso del transporte público, las bicicletas o los traslados a pie. Se incluye además la intención de reciclar el 100% de las aguas residuales para 2035 y construir una red eléctrica con cero emisiones de carbono que permita un suministro de energía renovable del 80% en 2036.

Los cálculos de la repercusión de las medidas son optimistas: se salvarán 1.600 vidas, se evitarán más de seiscientos ingresos hospitalarios, se ahorrarán dieciséis mil millones de dólares en atención médica. Por no mencionar, que está programada la plantación de no menos de noventa mil árboles para 2021 y la creación de cerca de cuatrocientos mil empleos verdes para 2050.

California se coloca al lado de Nueva York en la resistencia contra Donald Trump

De esta manera, junto con estados como Washington o Hawái, California se sitúa en la resistencia frente a un Gobierno federal, capitaneado por Donald Trump, escéptico sobre el cambio climático, que retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París en 2017. Los Ángeles compite con Nueva York para ser la gran esperanza demócrata y medioambiental. Esto es Hollywood, pero en versión ecológicamente real.

Refugiados climáticos: en busca de respuestas a un desafío global

Refugiado climático, migrante ambiental, desplazado climático, refugiado ecológico, refugiado medioambiental, eco-refugiado... La terminología que hasta hace poco sonaba a nueva ahora ocupa titulares por doquier. Sin embargo, el concepto viene de lejos: fue el profesor egipcio Essam El-Hinnawi quien lo empleó por vez primera en 1985 en un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Dos dos décadas después, la Premio Nobel de la Paz Wangari Maathai lo popularizó, dándole nombre a lo que es un realidad más que perceptible.

El informe del organismo dependiente de la ONU definía a los refugiados ambientales como “aquellos individuos que se han visto forzados a abandonar su hábitat tradicional, de manera temporal o permanente debido a un marcado trastorno ambiental, ya sea a causa de peligros naturales y/o provocado por la actividad humana”. No obstante, la Convención de Ginebra (conjunto normativo que regula el derecho internacional humanitario) no contempla motivos de tipo ambiental en su concepción de refugiado, a pesar de que los desplazamientos forzados causados por fenómenos como la desertización, el aumento del nivel del mar, las sequías extremas, las inundaciones o los desastres naturales son cada vez más frecuentes.

En la última década, 26,4 millones de personas se han desplazado por los efectos del cambio climático

“Aunque han existido desde siempre, los desplazamientos actuales están relacionados ‒por lo general de forma indirecta‒ con los nuevos procesos de destrucción del hábitat y deterioro ambiental por dos tipos de dinámicas, ambas resultado de la acción humana: la crisis climática y sus impactos en forma de fenómenos meteorológicos extremos y súbitos, y los conflictos socioecológicos asociados a ‘proyectos de desarrollo’ como el extractivismo de la minería, los combustibles fósiles, la agricultura industrial, el acaparamiento de tierras y la construcción de grandes infraestructuras”, explica Nuria del Viso, investigadora de FUHEM Ecosocial.

“A ello se suma el efecto perverso de algunas iniciativas de adaptación climática que también generan un desplazamiento forzado, como es el caso del acaparamiento de tierras para cultivar biocombustibles, el llamado green grabbing, y la construcción de muros para afrontar la subida del nivel del mar que, por ejemplo, en las grandes ciudades del sudeste asiático ‒Bangkok, Yakarta o Manila‒ están generando la expulsión de la población más pobre y así hacer sitio, no solo a las infraestructuras de adaptación climática, sino también a edificios y viviendas de lujo”, apostilla del Viso.

El primer solicitante de asilo por causas medioambientales fue Ioane Teitiota, un ciudadano de Kiribati, un pequeño estado compuesto por 33 islas del Pacífico que está siendo engullido por el mar. Era 2015 y Nueva Zelanda denegó su petición. En la actualidad, muy pocos países han incorporado la figura del refugiado medioambiental a su ordenamiento jurídico. Acaso porque la mayoría de los desplazamientos ecológicos se producen en Asia, África subsahariana y algunas regiones de Centroamérica.

Aunque no hay estimaciones rigurosas, ACNUR asegura que, en la última década, 26,4 millones de personas se han desplazado forzosamente por los efectos del cambio climático. Una cada segundo. Sin olvidar que, independientemente de estas cifras, hay “personas y poblaciones, los más vulnerables, que no pueden desplazarse aunque lo deseen y se convierten en poblaciones atrapadas”, apunta del Viso.

El primer solicitante de asilo por causas medioambientales fue Ioane Teitiota, un ciudadano de Kiribati

“Estamos ante un problema de extrema gravedad. El último informe del Banco Mundial apunta a que en 2050, debido a los impactos del cambio climático, 140 millones de personas se verán obligadas a dejar sus casas. Solo el año pasado, 17,2 millones de personas tuvieron que hacerlo, y el número de afectados crece exponencialmente”, asegura Tatiana Nuno, responsable de Cambio Climático de Greenpeace España. Y las perspectivas no son halagüeñas: el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) estima que la subida del nivel del mar en 2100 puede ser de hasta 77 centímetros, lo que expondría a millones de personas tanto a inundaciones como a colapso de infraestructuras.

De hecho, la guerra abierta en Siria desde hace ocho años no solo se explica por motivaciones políticas sino también por un malestar social fruto de las adversidades medioambientales. En 2006, una sequía extrema obligó a más de millón y medio de personas a dejar su hogar para trasladarse a ciudades como Damasco o Alepo. La drástica disminución de lluvias (hasta en un 10%) y la subida de la temperatura media del país (en 1,2 grados) motivó que más de ochocientas mil granjas fuesen abandonadas. La desolación y desamparo de esos desplazados fue uno de los factores que influyó en la detonación de las violentas protestas de 2011, que culminaron en un sangriento conflicto. A a todo ello se le suma una tragedia más: la de la discriminación.

Según múltiples informes, las mujeres son las más afectadas por el cambio climático. “En la mayoría de los casos, las mujeres no son propietarias de las tierras, aunque las trabajan. Esto, unido a su mayor vinculación al territorio y a sus descendientes, hace que tengan menos recursos que los hombres para desplazarse o adaptarse, por lo que están más expuestas que ellos a estos terribles efectos”, concluye Nuno.

Sin embargo, esta situación es todavía reversible. En la Conferencia de las Partes sobre el Cambio Climático (COP24) celebrada el pasado diciembre en Katowice (Polonia) se presentó un manual comunicativo sobre género y cambio climático para, según se estipula en el documento, “colocar a las mujeres en el centro de la crisis medioambiental que caracteriza nuestro siglo”. Un objetivo nada desdeñable. Los expertos en cambio climático coinciden que para que la transición ecológica sea justa, nadie debe quedarse atrás. Por el contrario, debe tener en cuenta al conjunto de la sociedad y reforzar, en la mayor medida de lo posible, las perspectivas y oportunidades de los más vulnerables.

Paneles de musgo para devorar la contaminación

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El musgo, esa planta de aspecto esponjoso que recubre rocas y se abre paso en superficies húmedas como ladrillos, maderas y cemento no solo decora los belenes navideños: es el componente básico de la turba, que se usa como combustible agrícola; durante la II Guerra Mundial se utilizó para curar heridas, tanto por su capacidad de absorción como por sus características anti-bacterianas; en las zonas rurales del Reino Unido servía para extinguir fuegos por el alto contenido de agua que es capaz de retener, y en la Antigüedad se empleaba a modo de pañal.

Ahora sus propiedades lo han convertido en una eficaz arma para luchar contra el cambio climático. En concreto, para reducir la contaminación de las grandes ciudades. La empresa alemana Green City Solutions (una startup que aglutina ingenieros, arquitectos e informáticos) observó que el musgo absorbe el dióxido de nitrógeno (gas de efecto invernadero), así como partículas de metales pesados que emiten los automóviles, y decidió emplearlo como filtro natural del aire.

Para ello ideó unos paneles inteligentes de cuatro metros de alto por tres de ancho cubiertos de musgo que tienen una triple función: aspirar la polución del aire, recoger agua de lluvia que se utilizará para el riego dosificado y generar electricidad a través de las placas solares que llevan incorporadas. Además, las estructuras instaladas en las calles están construidas con materiales reciclables y permiten integrar bancos para sentarse. De esta manera su presencia no solo resulta visualmente bella, sino útil para los viandantes.

Un panel de musgo retiene la misma cantidad de CO2, y oxígeno de nitrógeno que 275 árboles

El musgo, al tener un área de superficie de hojas más grande que cualquier otra planta, retiene una mayor cantidad de elementos contaminantes como CO2, oxígeno de nitrógeno o polvo. De hecho, según aseguran los creadores de los paneles, su función de captación es equivalente al de 275 árboles. Por si fuera poco, la planta transforma las partículas contaminantes absorbidas en nutrientes, a través de una suerte de proceso alquímico ecológico.

En total, cada panel puede engullir 250 gramos de material particulado al día y capturar 240 toneladas métricas anuales de CO2. Se necesitan solo seis horas para instalarlos y 2.500 euros anuales mantenerlos. Hoy en día, estos jardines verticales de musgo acampan en 25 ciudades del mundo, entre las que se encuentran Oslo, Hong Kong o Glasgow y también la ciudad española de Vitoria.

Sin embargo, no toda ubicación es adecuada. La empresa Green City Solutions define las zonas óptimas en los que colocar los paneles a través de un sistema de información geográfica, con indicadores meteorológicos, sociales y urbanos. Una vez escogido el lugar, se elige la variedad de musgo (hay cientos de especies) que mejor encaja con la fisonomía y las necesidades de la ciudad.

Teniendo en cuenta que la polución del aire es uno de los grandes problemas de salud en las ciudades (que causa anualmente la muerte prematura de seis millones y medio de personas en todo el mundo, según datos de la OMS) y que los núcleos urbanos cada vez concentran una mayor densidad de población, la presencia de musgo en ellos puede resultar un dique de contención cuyos efectos –en el mejor de los casos– sean salvíficos.

Cuando al arte se le enciende la bombilla

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A día de hoy resulta casi imposible imaginarse a un artista, ya sea escritor, arquitecto o músico, que no haga del ordenador un instrumento indispensable para su creatividad. Aunque sea solo para plasmarla: cuadros que se pueden descargar, canciones que se quedan grabadas, historias que cambian de final con tan solo teclear. ¿Se habían parado a pensar hasta qué punto la electricidad es imprescindible a la hora de crear?

Basta deambular por ARCO para encontrarse con creaciones que han hecho de la electricidad su materia prima

Pero no solo como sujeto activo, sino como objeto mismo. La electricidad se ha colocado bajo el foco artístico en vídeos, musicales, performances e instalaciones y exige cada vez más protagonismo. Basta deambular por ARCO (la feria de arte más importante de España) para encontrarse con creaciones que han hecho de la electricidad su materia prima. Vídeo retratos, vídeo confesiones, vídeo selfies, vídeo libros, vídeo pinturas, vouyerismo electrónico… Reconocidos artistas como Bill Viola, Dara Birnbaum o Naime June Paike muestran las múltiples capacidades de un arte ‘electrizante’.

Por no hablar de los reflectores y tubos de neón publicitarios, los cilindros giratorios de colores, los rótulos luminosos encartados en nuestra vida cotidiana, la utilización de láseres, tan en boga hoy en día para trazar paseos metafóricos entre cielo y tierra, como la propuesta que el artista Jaume Plensa, Blake in Gateshead, exhibió en 1996 en el Centro Báltico de Arte Contemporáneo de Gateshead, en Reino Unido.

Shawn Brixey y Laura Knot consiguieron que una multitud de partículas de grafito formaran esculturas cinéticas gracias a la proyección de luz de ultra intensidad en una cámara hermética. La obra se llamó Photon Voice. También Paul DeMarinis colocó un rayo láser que atravesaba una pecera para alcanzar de pleno un aparato de grabación del XIX. El resultado: Edison Effect. El rayo de luz activaba el sonido codificado en el cilindro y un ordenador convertía la información analógica en digital para reproducir el sonido de manera análoga, solo interrumpido por el pez que se interponía en la directriz del rayo.

La vídeo artista norteamericana Mary Lucier exploró con su propuesta Dawn Burn los efectos entrópicos de la luz. Siete monitores reproducían siete amaneceres simultáneos, mostrando cómo la intensidad del sol afectaba al aparato de grabación hasta causar quemaduras que deterioraban las cintas en las que se registró los amaneceres.

Para que la combinación sinestésica entre sonido e imagen causara en los espectadores una sensación de honda intensidad, el artista Mark Boyle ideó el espectáculo Liquid Light, en el que participaron los cantantes The Soft Machine, Pink Floyd y Jimi Hendrix.

Artistas del siglo XX ya incorporaron las formas de luz eléctrica como medios artísticos genuinos

Se trata de obras nacidas a la luz de la contemporaneida, pero la incorporación de la electricidad como sujeto y objeto en el arte data de principios del siglo XX, cuando artistas de diferentes disciplinas incorporaron neones, fluorescentes y otras formas de luz eléctrica como medios artísticos genuinos.

En 1920, artistas como Thomas Wilfred, Marcel Duchamp o Naum Gabo introdujeron elementos electrónicos en sus quehaceres artísticos, creando obras que se movían o que eran ellas mismas fuentes de luz. Wilfred, en Clavilux, colca un teclado que controlaba seis proyectores y una serie de reflectores que permitían al artista modular el movimiento, matiz e intensidad de la luz. Duchamp fue un poco más complejo. En Rotary Glass Plates incorporó cinco placas de vidrio montadas sobre un eje monotorizado. Cuando giraban a gran velocidad, si el espectador se situaba ante ellas a la distancia adecuada, las placas le devolvían la impresión de círculos concéntricos en un mismo plano.

Es posible que la electricidad aún no ocupe su lugar legítimo en el mundo y que no esté recibiendo el reconocimiento que merece, pero desde que se construyeron medios para producir luz artificial, intensa y de alta potencia, esta energía ha sido un factor clave en la creación de la obra de arte. Y en vista de las oportunidades artísticas que ofrece, lo seguirá siendo.