Pionero del surf adaptado en España y referente internacional, Aitor Francesena ha convertido el mar en un espacio de autonomía y superación. En su trayectoria, el esfuerzo personal se ha convertido también en un impulso colectivo.
Desde tus primeros años en el surf hasta hoy, ¿cómo ha evolucionado el reconocimiento y la inclusión del surf adaptado en España?
Yo perdí la vista en 2012. Tengo 55 años, así que durante mucho tiempo pude ver y surfear como cualquier otra persona. Entonces casi nadie con discapacidad practicaba surf, ni a nivel nacional ni mundial. A partir de 2015, la situación empezó a cambiar. Ahora el surf adaptado es algo que se está construyendo muy rápido. Hemos conseguido logros importantes, como proclamarnos campeones del mundo en 2020 con la selección nacional. Y, sobre todo, estamos demostrando que cualquier persona, con cualquier discapacidad, puede surfear. En las escuelas ya se nos tiene en cuenta en la enseñanza. Cada vez lo practica más gente a nivel nacional.
El surf es un deporte profundamente sensorial. ¿Cómo ha cambiado tu manera de percibir el mar desde que perdiste la vista?
El mar es una pasada. Lo que te da, tengas discapacidad o no, es increíble. Cuando me quedé ciego, pensaba que me iba a marear sobre algo en movimiento, que no iba a poder, pero me di cuenta de que sí se puede.
Mi manera de percibir el mar cambió completamente. Creía que perdería información, pero en realidad el mar me da muchos datos. Según cómo venga la ondulación y dónde me golpee la ola en el cuerpo, sé hacia dónde estoy orientado. Luego está el sonido. Con los dos oídos puedo saber cuándo viene una ola, su altura y su fuerza. Todo está en estéreo. Percibo cómo subo y bajo sobre la ola, cómo puedo hacer maniobras. Todo son sensaciones puras. Por eso, surfear sin ver es una experiencia muy potente. Cuando ejecutas la ola te acompaña, es lo más. Es una sensación difícil de explicar.
«Con los dos oídos puedo saber cuándo viene una ola, su altura y su fuerza»
Tardé muchísimo en adaptarme. Un año y medio, casi dos. Y no hablo de adaptarme a un nivel básico, sino a sentirme en el agua como una persona que ve. Hoy me dejan en la orilla y puedo irme a surfear solo, coger olas, volver y recolocarme en el sitio. Pero eso llevó tiempo. Al principio solo podía estar quince minutos en el agua. La concentración que necesitaba era enorme. Cuando ves, recibes muchísima información de golpe. Cuando no ves, tienes que estar atento a todo lo demás: el sonido, el movimiento, el contacto del agua. Eso exige mucha atención, pero también te conecta muchísimo más con el mar.
Para competir en condiciones de seguridad y alto rendimiento, ¿qué recursos humanos y técnicos necesitas?
Al final, una persona ciega, esté donde esté, tiene que mapear el entorno. ¿Qué significa mapear? Que antes estás con alguien que ve y te da datos: referencias, distancias, corrientes, orientación. Con esa información construyes un mapa mental y luego verificas si lo que sientes coincide con lo que te han dicho. Hasta que llega un punto en que el mapa está consolidado y puedes moverte solo.
En el mar es exactamente lo mismo. Al principio dependes de otras personas. Te dan datos y tú compruebas si encajan con tus sensaciones. Pero además cada guía es diferente. En competición, por ejemplo, no siempre tienes a la misma persona. Cada uno tiene su ritmo, su manera de contar. Tienes que adaptarte a su cadencia, entender su margen de error. Lo mismo cuando te dicen «cuidado, la corriente tira mucho». ¿Qué es mucho para él? Tienes que traducir esa información a tu propio sistema de referencias. Es un proceso de ajuste constante entre lo que te dicen y lo que tú percibes.
En tu día a día como surfista, ¿qué te ayuda a mantener la motivación?
Lo más grande y lo más bonito ha sido aprender a surfear solo. Yo había surfeado toda mi vida, luego me quedé ciego. Por eso, mi percepción del surf es totalmente diferente a la de alguien que nunca ha visto. El estilo, la manera de moverme en el mar, cómo interpretar las olas… todo eso lo aprendí antes de perder la vista. Además, poder surfear solo me ha ayudado muchísimo. Tener un guía facilita las cosas, pero poder manejarme por mi cuenta da una sensación de libertad enorme.
«Nadie sabe dónde está el techo de nadie»
En la tierra tengo obstáculos, pero para mí en el mar hay menos. Puede haber gente, pero les aviso de que no veo y respetan mi espacio. Cuando hay buenas olas durante el día y luego voy solo por la noche… ¡Es la gloria! Conozco el tipo de ola, cómo tira la corriente. Me muevo solo, sin chocar con nadie. Esa autonomía es increíble.
Tu último libro, Surfear la vida, nace después de otros dos textos centrados en el surf. ¿Qué te llevó a escribir una obra con un enfoque más vital y reflexivo?
Yo había escrito dos manuales de surf, porque toda mi vida me he dedicado al surf y la enseñanza. Después de eso, el Grupo Planeta me llamó para escribir un libro que pudiera ayudar a la gente joven, contando mi vida de manera que muestre que, pase lo que pase, siempre hay una salida. Fue una sorpresa que me lo pidieran. El libro se llama Surfear la vida porque hace un símil entre el surf y la vida. Cada ola es diferente, cada día es diferente y lo importante es levantarse después de caerse.
El libro gira en torno a conceptos como miedo, perseverancia, disciplina o gratitud. ¿Cómo elegiste esos ejes?
Son temas que hay que poner en mayúsculas en la vida. Para mí, la vida sigue siendo igual que cuando era joven. Los problemas siguen siendo problemas, las pérdidas siguen siendo pérdidas. Lo importante es enfrentarlos, aprender y seguir. Todo eso intento reflejarlo en el libro, con historias de mi propia experiencia: desde el coronavirus, que casi me mata, hasta la ceguera y los viajes por los circuitos mundiales de surf. Cada experiencia te enseña algo, y ese es el espíritu que quería transmitir.
¿Hasta qué punto el entorno puede condicionar la actitud y la preparación deportiva?
El entorno puede ayudar mucho, pero depende de ti. Puedes tener gente maravillosa a tu alrededor que te da consejos, pero si no los escuchas, no aprendes nada. Lo importante es saber a quién realmente le importa tu progreso, a quién consideras que lo que te dice vale. He aprendido de mis padres, mis abuelos, de genios que he conocido… Esas son las personas que te evitan malos tragos y te preparan para lo que viene. Lo demás, lo que no aporta, lo apartas y sigues con tu camino.
A lo largo de tu trayectoria, también habrás tenido que enfrentarte a comentarios o prejuicios sobre lo que podías hacer. ¿Cómo los has gestionado?
Cuando tienes el objetivo claro y real, no te afectan. Sigues adelante con tu plan, y eso forma parte de la personalidad y de la fuerza para superar los retos.
¿Qué barreras sociales crees que siguen existiendo hoy para que las personas con discapacidad puedan practicar deporte en igualdad de condiciones?
Hay muchas barreras sociales todavía, aunque las cosas han mejorado mucho. Antes, cuando alguien tenía un hijo con discapacidad, casi lo escondía. La sociedad te hacía sentir que debías quedarte quieto. Hoy eso ha cambiado. Puedes salir, practicar deporte, participar. Si alguien no lo hace, suele ser por actitud o por cómo le han educado, pero las oportunidades existen.
Aun así, queda margen de mejora. El deporte adaptado no está al mismo nivel que el deporte convencional: premios, visibilidad y consideración aún son diferentes. Pero hemos avanzado mucho en poco tiempo. Hace 15 años, ni siquiera existía prácticamente, y poco a poco se van corrigiendo las cosas. No podemos quedarnos en la queja, yo prefiero seguir haciendo y aportando.
Redeia está apoyando la Escuela de Surf de Sopelana para promover la inclusión y la cohesión social a través del deporte y que cada vez más personas con discapacidad puedan unirse al programa de surf adaptado en la costa vasca. Como referente del surf adaptado, ¿qué factores son clave para que iniciativas como esta funcionen a largo plazo y logren una inclusión real?
Lo más importante es que haya un verdadero interés por el deporte sin buscar el beneficio económico. Para que un programa funcione, tiene que mantenerse en el tiempo y permitir que cada vez más personas practiquen surf y disfruten. A partir de ahí, va rodado. Y hoy todo va mucho mejor que hace años. Se ha avanzado muchísimo en oportunidades y visibilidad y cada vez más gente puede disfrutar de este deporte.
¿Hay algún momento o experiencia en tu carrera que te haya hecho sentir que tu esfuerzo no es solo personal, sino que puede inspirar cambios en la forma en que la sociedad ve la discapacidad y el deporte?
Más de una vez, mi pareja y mucha otra gente, se asombra de la cantidad de cosas hago al cabo del año. Cuando llegan las Navidades suelo hacer repaso y ahí es cuando yo mismo me doy cuenta. Soy una persona muy activa y me encanta hacer millones de cosas siempre con un propósito. Y una de las cosas que más me llena es demostrar a la gente que la vida es maravillosa, que se pueden hacer muchísimas cosas y que las puede hacer cualquiera. Que nadie sabe dónde está el techo de nadie.