Autor: Inma Mora Sánchez

Andreu Escrivà: «Estamos colonizando el futuro y limitando las posibilidades de la vida»

En el libro La Tierra no es tu planeta planteas que hemos vivido como si la Tierra nos perteneciera. ¿Por qué crees que nos cuesta tanto asumir que somos solo una especie más dentro de la red de la vida? 

Creo que por tres cuestiones. La primera es que tenemos una cierta ceguera hacia el resto de la vida. Nos parece que somos los únicos que pensamos, que tenemos expresiones culturales o sociedades avanzadas, cuando hay muchos animales, no solo primates, que también experimentan todo eso.  La segunda es que tenemos una comprensión muy pobre de las coordenadas espaciales y temporales de la vida y de nuestro planeta. 

Y, por último, creo que nos cuesta asumirlo por una cuestión de identidad humana que emana de determinados textos religiosos. Por ejemplo, el Génesis 1:26 nos dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y que, por tanto, estamos por encima del resto de especies. 

Si juntamos todo esto —la incapacidad para detectar en otras especies comportamientos que pensamos humanos, esta ignorancia sobre qué es la vida y la legitimación religiosa del orden biológico—, al final nos parece que estamos en un peldaño por encima de todo. Y esta sensación de superioridad que tenemos nos permite explotar y dominar la naturaleza tal y como lo hacemos, lo que también es muy conveniente para el sistema capitalista. 

En el libro hablas de devolver espacio a la vida y de «descolonizar el futuro». ¿Cómo definirías este concepto de «descolonización»?

La colonización es un proceso que solemos ubicar en el plano espacial, es un concepto que no solemos pensar a futuro. Lo que tenemos que entender es que, con nuestras acciones de hoy, estamos colonizando el futuro y limitando las posibilidades de la vida. 

Estamos aplastando la vida futura con nuestras acciones presentes. Por eso, lo que propongo en el libro, siguiendo al filósofo Roman Krznaric, es ser unos buenos antepasados: retirarnos del futuro. Es una decisión que condicionará todos los futuros de todas las personas y todas las especies que van a vivir en este planeta a partir de ahora. Necesitamos entender esa responsabilidad.

La pérdida acelerada de biodiversidad ha llevado a hablar de una sexta extinción. ¿Puedes hablarnos de los factores que están causando este fenómeno y por qué es esencial que la sociedad comprenda su magnitud y sus consecuencias?

Estamos produciendo una erosión del tejido vivo de nuestro planeta que nos lleva a pensar que estamos entrando en la sexta extinción masiva. En la historia de la Tierra ha habido cinco momentos en los que la vida se ha desplomado; el último es el de los dinosaurios. Son episodios en los que más del 75% de las especies han desaparecido y, ahora, tenemos clarísimo que las especies no se están extinguiendo a un ritmo natural, sino a un ritmo muchísimo más elevado como consecuencia de las acciones humanas. 

«Tenemos que llevar la naturaleza a la ciudad»

Aún se habla poco de «sexta extinción» porque requiere cierto conocimiento y no acabamos de percibirla. El cambio climático se percibe con facilidad: basta salir a la calle. En Valencia, por ejemplo, se nota un clima distinto al de hace 20 años, con temperaturas más altas o fenómenos como la DANA. Con la biodiversidad no ocurre lo mismo. Aunque vivimos en ciudades grises, en los últimos años han mejorado con más zonas verdes y espacios renaturalizados y, por tanto, vemos que ha habido una mejora. Pero, al estar desconectados de la naturaleza, nos cuesta detectar las señales de alarma y entender aspectos básicos de los ecosistemas, como qué implica una especie invasora o un paisaje fragmentado. Además, debemos acudir a datos, inventarios e informes para entender hasta qué punto están disminuyendo las especies o en qué grado de amenaza se encuentran.

Se habla mucho de sostenibilidad, pero, desde tu experiencia, ¿qué está fallando en la educación ambiental respecto al conocimiento específico sobre biodiversidad? ¿Qué cambios serían necesarios para mejorarla?

En el sistema educativo español, lamentablemente, se pueden abandonar las materias científicas en una etapa muy temprana. Evidentemente, a nadie se le ocurriría dejar de estudiar a una cierta edad, por ejemplo, lengua. Sin embargo, millones de personas cada año dejan de tener contacto con cuestiones científicas a una edad tempranísima, en la primera adolescencia. Esto nos lleva a una cierta incapacidad para comprender procesos físicos, geológicos, biológicos… y también a una sensación de que es un campo del conocimiento que no necesitan conocer si no se quieren dedicar a la ciencia. 

¿Cómo encaja la crisis de biodiversidad con los discursos actuales sobre la crisis climática? ¿Crees que se ha descuidado uno de estos frentes en las políticas públicas o en la comunicación científica?

Cuando muchas empresas hablan de sostenibilidad en sus reportes, se fijan en las emisiones de la energía o transporte y, después, de algunos materiales o tasas de reciclaje. Se evalúa este desempeño ambiental a través de una métrica que es importante, pero que no lo recoge todo. Habría que ampliar el foco de ese «túnel de carbono» para poder ver el resto de cosas que importan de esa realidad ambiental. 

«La fortaleza real de los seres humanos está en los cuidados»

De hecho, también tenemos un Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, muy centrado en la cuestión energética, que es muy importante, pero habría que recuperar el Ministerio de Medio Ambiente, modernizado, para darle un impulso decidido a las políticas de restauración de la biodiversidad, a las políticas costeras, políticas del agua… Estas cuestiones siguen ahí, pero en un plano más secundario. 

En tu libro explicas que la teoría de la evolución se ha malinterpretado y ha alimentado ideas como el darwinismo social. Sin embargo, en la naturaleza también abundan las relaciones de cooperación. ¿Podrías darnos algunos ejemplos?

La teoría de la evolución se ha malinterpretado. No favorece al más fuerte: el survival of the fittest se refiere a quien deja más descendencia, no necesariamente al más fuerte ni al más competitivo. La idea de la evolución como legitimación de la competición surge a finales del siglo XIX, en paralelo a la expansión del capitalismo, a partir de lecturas interesadas. 

En el caso de los seres humanos, es la cooperación la que ha permitido desarrollar sociedades complejas. No hemos llegado donde estamos por la competición, sino porque hemos cooperado. El registro cultural, antropológico e incluso fisiológico de las poblaciones humanas muestra cómo nos hemos organizado en grupos que cuidaban incluso de quienes tenían dificultades. A mí me impactó mucho el caso de una niña de 12 años en Atapuerca que tenía una discapacidad y no se explica que alcanzase esa edad sin los cuidados de otras personas. 

Otro de los ejemplos que más me sorprendió es la reacción de unos macacos tras el paso de un huracán en Puerto Rico, que se quedaron prácticamente sin árboles y con un calor insoportable. Tenían dos opciones: pelear por la sombra o compartirla. Lo que hicieron fue organizarse y compartir ese recurso escaso. Por eso, conviene insistir en que ni en el mundo natural ni en el humano la competición es la vía por la que progresan las sociedades. Es la cooperación. Al final, la fortaleza real de los seres humanos está en los cuidados. 

¿Qué papel pueden jugar las ciudades y la planificación de los espacios urbanos en la protección de la biodiversidad?

En vez de sacar a la gente de la ciudad para que experimente el contacto con la naturaleza, tenemos que llevar la naturaleza a la ciudad. Es decir, las ciudades no pueden expulsar la naturaleza. Necesitamos más naturaleza, más verde, más animales, más cantos, más sonidos no humanos. No creo que haya alguien que prefiera un martillo neumático al canto de un pájaro. Tenemos que traer verde a las ciudades para poder experimentar esa fascinación por la naturaleza. También debería haber zonas de descubrimiento, que no sea una naturaleza domesticada, como los jardines donde tiene que estar todo perfecto, sino espacios de bosques, de descubrimiento de charcos, ríos…  

Muchas personas pueden sentirse paralizadas por la magnitud de la crisis ecológica. ¿Qué tipo de respuestas prácticas propones para quienes quieren actuar?

Tenemos que abandonar las soluciones simplistas y dejar de dar voz a iniciativas que prometen solucionarlo todo. Debemos dejar de creernos los mesías y abrir conversaciones incómodas para entender que sí hay cosas que podemos hacer. Al final, todo está relacionado con la explotación de la tierra y con este sistema económico, el capitalismo, que busca la acumulación del capital y no el sostenimiento de la vida. Gran parte de los problemas ambientales se deben al sobreconsumo.

Tenemos que cuestionar el sistema, pero no como algo abstracto. Hay que buscar grietas en el sistema para actuar en nuestro entorno, como crear huertos comunitarios o resistir la mercantilización de la naturaleza. 

«No podemos desligar las cuestiones climáticas de la desigualdad social y económica»

También hay confusión con la sobrepoblación. El problema no es cuántas personas somos, sino cómo consumimos. Un estudio de Jason Hickel y Dylan Sullivan, que cito en el libro, muestra que con un 30% de los recursos naturales y energía utilizados actualmente se podría ofrecer unos estándares de vida digna a todas las personas, algo de lo que ahora mismo carece el 80% de la población. No podemos desligar las cuestiones climáticas de la desigualdad social y económica.

Por otra parte, necesitamos tener más herramientas prácticas, que es algo que traté de ofrecer en mi libro Y ahora yo qué hago. Podemos reducir el consumo de carne o evitar comprar fast fashion, pero sobre todo necesitamos tener conocimientos básicos para tomar mejores decisiones. Por ejemplo, tenemos que saber en qué fijarnos en las etiquetas cuando vayamos a comprar y no consumir un producto que ha recorrido miles de kilómetros y que, en realidad, no necesitamos.

En el libro escribes: «La vida es agradecida y también resistente. A pesar de todo, a pesar de nosotros, del humo, el asfalto, la motosierra, la escopeta y el lodo tóxico». A pesar de los daños que hemos causado, ¿qué señales de recuperación de la naturaleza te parecen hoy más esperanzadoras?

Puede parecer contradictorio con el mensaje de la sexta extinción, pero es que la vida es agradecida. Si un barrio se une y decide naturalizar sus calles, parques o solares, el retorno es casi inmediato. Y, además, cuando dejamos de molestar un poco a la naturaleza, la naturaleza vuelve con mucha fuerza. Por eso creo que es agradecida. Y es ahí donde creo que hay una buena oportunidad para estos proyectos de restauración de ecosistemas o de reintroducción de algunas especies.

Aitor Francesena, el campeón mundial que surfeó el destino

Pionero del surf adaptado en España y referente internacional, Aitor Francesena ha convertido el mar en un espacio de autonomía y superación. En su trayectoria, el esfuerzo personal se ha convertido también en un impulso colectivo.


Desde tus primeros años en el surf hasta hoy, ¿cómo ha evolucionado el reconocimiento y la inclusión del surf adaptado en España?

Yo perdí la vista en 2012. Tengo 55 años, así que durante mucho tiempo pude ver y surfear como cualquier otra persona. Entonces casi nadie con discapacidad practicaba surf, ni a nivel nacional ni mundial. A partir de 2015, la situación empezó a cambiar. Ahora el surf adaptado es algo que se está construyendo muy rápido. Hemos conseguido logros importantes, como proclamarnos campeones del mundo en 2020 con la selección nacional. Y, sobre todo, estamos demostrando que cualquier persona, con cualquier discapacidad, puede surfear. En las escuelas ya se nos tiene en cuenta en la enseñanza. Cada vez lo practica más gente a nivel nacional.

El surf es un deporte profundamente sensorial. ¿Cómo ha cambiado tu manera de percibir el mar desde que perdiste la vista?

El mar es una pasada. Lo que te da, tengas discapacidad o no, es increíble. Cuando me quedé ciego, pensaba que me iba a marear sobre algo en movimiento, que no iba a poder, pero me di cuenta de que sí se puede. 

Mi manera de percibir el mar cambió completamente. Creía que perdería información, pero en realidad el mar me da muchos datos. Según cómo venga la ondulación y dónde me golpee la ola en el cuerpo, sé hacia dónde estoy orientado. Luego está el sonido. Con los dos oídos puedo saber cuándo viene una ola, su altura y su fuerza. Todo está en estéreo. Percibo cómo subo y bajo sobre la ola, cómo puedo hacer maniobras. Todo son sensaciones puras. Por eso, surfear sin ver es una experiencia muy potente. Cuando ejecutas la ola te acompaña, es lo más. Es una sensación difícil de explicar.

«Con los dos oídos puedo saber cuándo viene una ola, su altura y su fuerza»

Tardé muchísimo en adaptarme. Un año y medio, casi dos. Y no hablo de adaptarme a un nivel básico, sino a sentirme en el agua como una persona que ve. Hoy me dejan en la orilla y puedo irme a surfear solo, coger olas, volver y recolocarme en el sitio. Pero eso llevó tiempo. Al principio solo podía estar quince minutos en el agua. La concentración que necesitaba era enorme. Cuando ves, recibes muchísima información de golpe. Cuando no ves, tienes que estar atento a todo lo demás: el sonido, el movimiento, el contacto del agua. Eso exige mucha atención, pero también te conecta muchísimo más con el mar.

Para competir en condiciones de seguridad y alto rendimiento, ¿qué recursos humanos y técnicos necesitas? 

Al final, una persona ciega, esté donde esté, tiene que mapear el entorno. ¿Qué significa mapear? Que antes estás con alguien que ve y te da datos: referencias, distancias, corrientes, orientación. Con esa información construyes un mapa mental y luego verificas si lo que sientes coincide con lo que te han dicho. Hasta que llega un punto en que el mapa está consolidado y puedes moverte solo.

En el mar es exactamente lo mismo. Al principio dependes de otras personas. Te dan datos y tú compruebas si encajan con tus sensaciones. Pero además cada guía es diferente. En competición, por ejemplo, no siempre tienes a la misma persona. Cada uno tiene su ritmo, su manera de contar. Tienes que adaptarte a su cadencia, entender su margen de error. Lo mismo cuando te dicen «cuidado, la corriente tira mucho». ¿Qué es mucho para él? Tienes que traducir esa información a tu propio sistema de referencias. Es un proceso de ajuste constante entre lo que te dicen y lo que tú percibes.

En tu día a día como surfista, ¿qué te ayuda a mantener la motivación? 

Lo más grande y lo más bonito ha sido aprender a surfear solo. Yo había surfeado toda mi vida, luego me quedé ciego. Por eso, mi percepción del surf es totalmente diferente a la de alguien que nunca ha visto. El estilo, la manera de moverme en el mar, cómo interpretar las olas… todo eso lo aprendí antes de perder la vista. Además, poder surfear solo me ha ayudado muchísimo. Tener un guía facilita las cosas, pero poder manejarme por mi cuenta da una sensación de libertad enorme. 

«Nadie sabe dónde está el techo de nadie»

En la tierra tengo obstáculos, pero para mí en el mar hay menos. Puede haber gente, pero les aviso de que no veo y respetan mi espacio. Cuando hay buenas olas durante el día y luego voy solo por la noche… ¡Es la gloria! Conozco el tipo de ola, cómo tira la corriente. Me muevo solo, sin chocar con nadie. Esa autonomía es increíble.

Tu último libro, Surfear la vida, nace después de otros dos textos centrados en el surf. ¿Qué te llevó a escribir una obra con un enfoque más vital y reflexivo?

Yo había escrito dos manuales de surf, porque toda mi vida me he dedicado al surf y la enseñanza. Después de eso, el Grupo Planeta me llamó para escribir un libro que pudiera ayudar a la gente joven, contando mi vida de manera que muestre que, pase lo que pase, siempre hay una salida. Fue una sorpresa que me lo pidieran. El libro se llama Surfear la vida porque hace un símil entre el surf y la vida. Cada ola es diferente, cada día es diferente y lo importante es levantarse después de caerse. 

El libro gira en torno a conceptos como miedo, perseverancia, disciplina o gratitud. ¿Cómo elegiste esos ejes? 

Son temas que hay que poner en mayúsculas en la vida. Para mí, la vida sigue siendo igual que cuando era joven. Los problemas siguen siendo problemas, las pérdidas siguen siendo pérdidas. Lo importante es enfrentarlos, aprender y seguir. Todo eso intento reflejarlo en el libro, con historias de mi propia experiencia: desde el coronavirus, que casi me mata, hasta la ceguera y los viajes por los circuitos mundiales de surf. Cada experiencia te enseña algo, y ese es el espíritu que quería transmitir.

¿Hasta qué punto el entorno puede condicionar la actitud y la preparación deportiva?

El entorno puede ayudar mucho, pero depende de ti. Puedes tener gente maravillosa a tu alrededor que te da consejos, pero si no los escuchas, no aprendes nada. Lo importante es saber a quién realmente le importa tu progreso, a quién consideras que lo que te dice vale. He aprendido de mis padres, mis abuelos, de genios que he conocido… Esas son las personas que te evitan malos tragos y te preparan para lo que viene. Lo demás, lo que no aporta, lo apartas y sigues con tu camino.

A lo largo de tu trayectoria, también habrás tenido que enfrentarte a comentarios o prejuicios sobre lo que podías hacer. ¿Cómo los has gestionado?

Cuando tienes el objetivo claro y real, no te afectan. Sigues adelante con tu plan, y eso forma parte de la personalidad y de la fuerza para superar los retos.

¿Qué barreras sociales crees que siguen existiendo hoy para que las personas con discapacidad puedan practicar deporte en igualdad de condiciones?

Hay muchas barreras sociales todavía, aunque las cosas han mejorado mucho. Antes, cuando alguien tenía un hijo con discapacidad, casi lo escondía. La sociedad te hacía sentir que debías quedarte quieto. Hoy eso ha cambiado. Puedes salir, practicar deporte, participar. Si alguien no lo hace, suele ser por actitud o por cómo le han educado, pero las oportunidades existen.

Aun así, queda margen de mejora. El deporte adaptado no está al mismo nivel que el deporte convencional: premios, visibilidad y consideración aún son diferentes. Pero hemos avanzado mucho en poco tiempo. Hace 15 años, ni siquiera existía prácticamente, y poco a poco se van corrigiendo las cosas. No podemos quedarnos en la queja, yo prefiero seguir haciendo y aportando.

Redeia está apoyando la Escuela de Surf de Sopelana para promover la inclusión y la cohesión social a través del deporte y que cada vez más personas con discapacidad puedan unirse al programa de surf adaptado en la costa vasca. Como referente del surf adaptado, ¿qué factores son clave para que iniciativas como esta funcionen a largo plazo y logren una inclusión real?

Lo más importante es que haya un verdadero interés por el deporte sin buscar el beneficio económico. Para que un programa funcione, tiene que mantenerse en el tiempo y permitir que cada vez más personas practiquen surf y disfruten. A partir de ahí, va rodado. Y hoy todo va mucho mejor que hace años. Se ha avanzado muchísimo en oportunidades y visibilidad y cada vez más gente puede disfrutar de este deporte. 

¿Hay algún momento o experiencia en tu carrera que te haya hecho sentir que tu esfuerzo no es solo personal, sino que puede inspirar cambios en la forma en que la sociedad ve la discapacidad y el deporte?

Más de una vez, mi pareja y mucha otra gente, se asombra de la cantidad de cosas hago al cabo del año. Cuando llegan las Navidades suelo hacer repaso y ahí es cuando yo mismo me doy cuenta. Soy una persona muy activa y me encanta hacer millones de cosas siempre con un propósito. Y una de las cosas que más me llena es demostrar a la gente que la vida es maravillosa, que se pueden hacer muchísimas cosas y que las puede hacer cualquiera. Que nadie sabe dónde está el techo de nadie.

Mar Aguilera: «Hay personas mayores que tienen miedo a decir que se sienten solas»

La soledad no deseada y la falta de vínculos reales se han convertido en uno de los grandes problemas sociales de nuestro tiempo. Desde la Fundación Vivofácil, Mar Aguilera reflexiona sobre un modelo de bienestar que combina tecnología, cercanía y cuidado mutuo.


La soledad no deseada se ha convertido en un problema transversal que tiene muchas caras, desde mayores que viven sin compañía a personas jóvenes rodeadas de gente. Mar Aguilera, directora general de la Fundación Vivofácil (antes Fundación Alares), reflexiona sobre la necesidad de tejer redes que nos ayuden a vivir mejor. 

«Ilumina una Vida» se ha convertido en uno de los proyectos más importantes de la Fundación Vivofácil. ¿Cómo nació y cómo ha evolucionado desde entonces?

Empezamos trabajando la soledad con personas mayores en sus domicilios, algo que seguimos haciendo. No se trata de personas dependientes, sino de personas autónomas que, por distintas circunstancias, se encuentran solas. Esa falta de contacto acaba generando aislamiento. En esas visitas, hacemos lo que la persona necesita o desea: desde ver una película y comentarla, a idear el menú semanal o acompañarla fuera del domicilio. Con la pandemia, tuvimos que interrumpir las visitas, pero activamos en menos de 24 horas la línea gratuita Ilumina una Vida, que sigue disponible 24 horas los 365 días del año. Empezó como una forma de mantener el contacto con las personas mayores, pero gracias a una campaña de televisión, el teléfono se difundió por todo el país y empezaron a llamarnos cientos de personas de todas las edades. Mantenemos la línea abierta (900 877 037) con personal formado para escuchar y detectar posibles situaciones de vulnerabilidad. Cuando se detecta algo grave, lo dirigimos a nuestro equipo de profesionales. Lo importante es que nadie se quede sin alguien al otro lado.

La soledad no deseada de las personas mayores a veces se aborda desde una perspectiva asistencial o incluso paternalista. ¿Crees que esto refleja los prejuicios que aún existen sobre la vejez?

Totalmente. Hay muchos prejuicios. En La sociedad de la soledad, el documental que hemos producido, una persona mayor dice algo que me parece muy revelador: «Cuando yo era joven, hacía lo que decían mis padres; ahora, hago lo que dicen mis hijos». Pensamos que ya no pueden decidir, que ya no pueden aprender… y eso es falso. Nos cuesta aceptar que envejecer también es vivir. Eso tiene consecuencias. Hay personas mayores que tienen miedo a decir que se sienten solas. Creen que sus hijos o hijas pueden decidir llevarlas a una residencia o, incluso, sienten vergüenza por lo que pueda pensar la gente. Se callan por miedo al juicio. A veces no piden ayuda por eso, aunque estén sufriendo.

Según el único informe mundial que existe sobre el edadismo, realizado por Naciones Unidas en 2021, la mitad de la población tiene actitudes edadistas hacia las personas mayores. ¿Cómo se manifiesta esto en su vida cotidiana?

El edadismo está en todas partes. Desde los iconos que usamos –cuando ves un cartel de «personas mayores» siempre aparece alguien con bastón y encorvado– hasta el mercado laboral. Parece que a los 50, o incluso antes, ya no servimos, cuando en realidad es cuando más experiencia tenemos. Por otro lado, al jubilarte, parece que tu vida ya está «acabada». Conozco a personas de 65 años que dicen «ya solo me queda esperar a morir». Y no: con 65 años se pueden hacer muchísimas cosas. Tenemos que romper esa idea de que envejecer es dejar de vivir.

El mismo informe señala que la creación de espacios intergeneracionales es una de las mejores formas para combatir el edadismo. ¿Se rompen muchos estereotipos cuando se generan relaciones entre distintas generaciones?

Totalmente. En la fundación procuramos que los acompañamientos a mayores los realicen personas jóvenes, porque ahí se genera un intercambio muy bonito. Cuando una persona joven comparte tiempo con una mayor, se rompen muchos prejuicios: descubren que la edad no es una barrera; que pueden aprender mucho la una de la otra. Esa relación se convierte en un vínculo afectivo real, donde ambas partes aprenden y se sienten acompañadas. Al final, el aprendizaje es mutuo y el resultado, precioso.

A través de vuestro trabajo, ¿habéis detectado diferencias entre hombres y mujeres mayores? ¿Viven la soledad de manera distinta?

Hay más mujeres que viven solas porque vivimos más años, pero gestionamos mejor la soledad. Tenemos más recursos emocionales y relacionales: pedimos ayuda, buscamos compañía, participamos en actividades. Los hombres, en cambio, en términos generales tienden mucho más a encerrarse. Piden menos ayuda, no acuden a servicios sociales ni a actividades comunitarias. Tiene mucho que ver con cómo se han educado las generaciones que hoy son mayores. El hombre ha crecido con el rol de proveedor, de tener que sacar la casa adelante y, cuando llega la jubilación o se queda viudo, siente que ha perdido su función. Nosotras lo vivimos de otra manera: nos duele la soledad, pero la compartimos y buscamos redes. Afortunadamente, creo que las nuevas generaciones lo vivirán distinto. Hay un cambio cultural importante.

Se habla mucho de la soledad no deseada de las personas mayores, pero también afecta a los jóvenes. ¿Qué factores influyen en este problema? ¿Qué soluciones son más eficaces?

Cuando abrimos la línea ‘Ilumina una Vida’ y vimos que llamaban tanta gente joven, hicimos un estudio en todo el país, dividiendo por franjas de edad. La sorpresa fue que el 75% de personas de entre 18 y 35 años declaran que su estado de ánimo se ha visto alterado por encontrarse en una situación de soledad. No se trata de una soledad física, sino emocional. Además, el 62,5% sale de ocio con su grupo de amistades ninguna o solo una vez a la semana. La tecnología tiene mucho que ver. A las personas mayores las conecta, pero a las jóvenes, en exceso, las desconecta. Por eso creamos el programa desCONECTAD@S, liderado por Nacho Dean. Con colegios, con y sin alumnado con discapacidad, salimos a la naturaleza a caminar, a hacer actividades, a respirar aire puro. Y, en ese tiempo que estamos fuera, no pueden utilizar el móvil. Al principio protestan, pero al final se divierten y descubren que pueden relacionarse sin pantallas. No buscamos que dejen la tecnología, sino que aprendan a usarla con responsabilidad.

Aunque el uso de la tecnología entre las personas mayores ha aumentado, todavía existe una brecha. También trabajáis para combatirla. ¿Qué necesidades habéis detectado con vuestro programa de autonomía tecnológica?

Hemos formado ya a más de 500 personas mayores en tecnología. Ofrecemos talleres para utilizar el teléfono de forma segura, reconocer la ciberdelincuencia y aprender funciones cotidianas como hacer videollamadas o usar las redes sociales. La tecnología, bien utilizada, ayuda mucho. Además, estos talleres también se convierten en una herramienta de conexión social, se crean vínculos entre personas que viven en la misma zona, pero no se conocían. A veces esas relaciones continúan más allá del programa.

La sociedad a menudo subestima el potencial de las personas mayores. ¿Cómo podríamos aprovechar mejor su experiencia y conocimiento?

Primero, dándoles espacio y escuchándolas. En las empresas, por ejemplo, se está perdiendo mucho talento porque se da por hecho que una persona de 50 o 55 años ya no puede innovar. Y es falso. La combinación entre juventud y experiencia es potentísima: la gente joven aporta frescura, pero la experiencia da perspectiva y calma. También necesitamos romper con la idea de que las personas mayores no quieren aprender. Hay gente que empieza la universidad con 80 años. Hay que seguir aprendiendo durante toda la vida.

La actividad durante la vejez es clave para la salud y la autonomía. ¿Qué iniciativas impulsa la Fundación para que las personas mayores participen activamente en la sociedad?

Trabajamos para que las personas mayores sigan participando. A través de los acompañamientos y talleres fomentamos que mantengan rutinas, que salgan de casa, que se relacionen. También colaboramos con redes municipales de soledad en Madrid, Cádiz, Barcelona, Sevilla o Galicia, entre otras. Nos apoyamos mucho en el trabajo conjunto con la administración pública y otras entidades. 

¿Qué factores hacen que estas colaboraciones sean más eficaces?

Cuando se trabaja en el ámbito social, no hay competencia: compartimos conocimientos y sumamos esfuerzos. Esa colaboración es la que permite llegar más lejos. Lo importante es entender que cada cual tiene algo que aportar. Con las empresas, por ejemplo, proyectamos el documental sobre la soledad y luego abrimos un debate. Porque la soledad también existe dentro de las empresas: en el directivo que tiene que tomar una decisión difícil, en la persona que teletrabaja sola o en quien no puede compartir sus dificultades por miedo. La colaboración funciona cuando hay empatía y objetivos comunes. Al final, se trata de sumar entre administraciones, empresas y ciudadanía para construir una sociedad más conectada, más humana y menos sola.

«Espigar es aprender con las manos, el corazón y la tierra»

Espigoladors nació para combatir una doble injusticia: el desperdicio de alimentos y las barreras de acceso a una alimentación digna. Hoy, su modelo inspira cambios en campos, ciudades y políticas públicas. 


Mireia Barba es presidenta y cofundadora de Espigoladors, una fundación que desde 2014 lucha contra el desperdicio alimentario con una mirada profundamente social. Graduada en Ciencias Empresariales y Educación Social, Mireia Barba ha desarrollado su trayectoria entre la gestión de proyectos públicos y privados, siempre convencida de que la ciudadanía organizada puede transformar realidades. En esta entrevista, analiza cómo el espigueo –la recuperación de alimentos descartados– puede ser también una vía hacia un sistema alimentario más justo y sostenible.

Espigoladors nació en 2014 con la idea de recuperar alimentos descartados. ¿Cómo surgió esta iniciativa? ¿En qué territorios trabajáis actualmente? 

Nació como respuesta a una doble injusticia: la pérdida y el desperdicio de alimentos y la dificultad de muchas personas para acceder a una alimentación saludable. Recuperamos la práctica tradicional del espigueo desde una perspectiva innovadora, social, ambiental y educativa. Nuestro modelo busca dignificar la labor de los productores en el sector primario, empoderar a colectivos vulnerables y sensibilizar y concienciar a la ciudadanía sobre el valor de los alimentos. Comenzamos en el Baix Llobregat y, actualmente, trabajamos en la mayoría de los territorios de la comunidad de Cataluña. También trabajamos en otras comunidades de España y a nivel europeo. Nuestro objetivo es que el modelo sea replicable y adaptable a otras realidades locales.

El desperdicio alimentario es un problema global con implicaciones ambientales, sociales y económicas. ¿La sociedad es hoy más consciente de este problema?

Hemos notado un aumento de la concienciación en la última década. Cada vez hay más iniciativas, investigaciones y políticas públicas que abordan esta problemática. La ciudadanía también muestra más interés en temas como el consumo responsable o el impacto ambiental de la alimentación. Pero es necesario ir más allá de las campañas. La pedagogía ha de seguir y generar cambios estructurales en la forma en que producimos, distribuimos y consumimos los alimentos. 

Además de evitar la pérdida de alimentos, utilizáis el espigueo como herramienta educativa. ¿Cómo transforma esta experiencia la percepción del desperdicio en quienes participan?

El espigueo es mucho más que una actividad de aprovechamiento: es una experiencia transformadora que educa, sensibiliza y moviliza. Se dirige a una gran diversidad de públicos –desde personas voluntarias, escuelas, entidades sociales y colectivos en situación de vulnerabilidad, hasta empresas y ciudadanía en general–, generando en todos ellos una profunda toma y cambio de conciencia. Al participar en un espigueo, las personas se conectan de forma directa con el origen de los alimentos, descubren el valor del trabajo del campo y reflexionan sobre las múltiples injusticias que atraviesan el sistema alimentario.

«Nuestro objetivo es que el modelo sea replicable y adaptable a otras realidades locales»

Además, el espigueo también tiene un gran valor como herramienta de diagnóstico: permite cuantificar las pérdidas que se producen en el campo y recoger datos reales sobre sus causas y magnitud. Y por otro lado, espigar es una manera de visibilizar la labor de la producción y romper con la desconexión histórica entre el mundo rural y el urbano, promoviendo una cultura alimentaria más respetuosa, consciente y sostenible. Espigar es, en definitiva, aprender con las manos, el corazón y la tierra.

A través de es im-perfect® elaboráis conservas con productos vegetales descartados del circuito comercial. ¿Qué criterios llevan a excluir estas frutas y verduras del mercado pese a ser perfectamente aptas para el consumo?

Principalmente, el aspecto visual. Muchos productos se descartan por no cumplir con ciertos estándares de forma, tamaño o color, aunque estén en perfecto estado para el consumo. También influyen las dinámicas del mercado: si hay sobreproducción, baja demanda o costes de recolección elevados, los productos pueden no llegar a cosecharse. Estas frutas y verduras no tienen nada de «imperfectas» desde el punto de vista nutricional, pero son invisibilizadas por un sistema que prioriza la estética y el beneficio económico inmediato. En el centro de producción es im-perfect® se da una segunda oportunidad a frutas y verduras y también a personas excluidas del mercado, que elaboran conservas con un alto impacto social y medioambiental. Esta actividad económica genera un cambio positivo y un producto de alto valor. 

La economía social y solidaria es clave en vuestro modelo de trabajo. ¿Cómo ha sido la relación con el sector privado?

Desde Espigoladors, siempre hemos apostado por una economía social y solidaria como vía para transformar el sistema alimentario desde la raíz. Entendemos la economía no solo como un mecanismo de generación de beneficios, sino como una herramienta al servicio de las personas y del planeta. Nuestro modelo combina la prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario a través de diferentes actuaciones como la investigación, la sensibilización, el espigueo y la transformación alimentaria, generando oportunidades de inserción laboral de personas en situación de vulnerabilidad.

Hemos tejido relaciones con empresas del sector privado que comparten esta visión y están dispuestas a implicarse desde la corresponsabilidad. Estas alianzas se han materializado en múltiples formas: compra de productos para campañas como las cestas de Navidad, distribución de nuestras conservas en circuitos comerciales, apoyo a proyectos compartidos.... 

¿Qué papel puede jugar la nueva legislación en la expansión del modelo de Espigoladors?

La reciente aprobación de la Ley estatal de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario (2025) representa un hito importante. No solo reconoce formalmente la práctica del espigueo como una herramienta legítima y regulada de prevención, sino que también reconoce los modelos de economía social e inserción laboral como parte activa de la solución. Esto abre una oportunidad para reforzar nuestra labor, generar alianzas más sólidas con el sector privado y escalar el modelo a nuevos territorios.

«Sí existen empresas dispuestas a transitar hacia un nuevo paradigma económico más justo y sostenible»

Sin embargo, para alcanzar un impacto real y estructural, necesitamos pasar de las buenas prácticas a políticas públicas ambiciosas, alianzas estratégicas a largo plazo y una inversión decidida en la economía del bien común. Escalar el modelo significa poder replicarlo en otros territorios, pero también consolidarlo donde ya existe. Solo con la implicación conjunta de administraciones, empresas y sociedad civil podremos avanzar.

La economía del futuro no puede construirse sin valores, y el compromiso social y ambiental no es una opción: es el camino necesario para garantizar la vida digna de las personas y la salud del entorno. 

¿Qué cambios estructurales serían necesarios en la cadena alimentaria para reducir estas pérdidas y garantizar el derecho a una dieta equilibrada?

Garantizar una alimentación saludable y sostenible para toda la población requiere transformar profundamente nuestro sistema alimentario. No se trata solo de evitar que los alimentos se pierdan o desperdicien, sino de asegurar que todas las personas puedan acceder, de forma digna y justa, a alimentos frescos, nutritivos y culturalmente adecuados. La Ley de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario es un avance importante pero, para que tenga un impacto real, es fundamental que esta ley se implemente con ambición, recursos y visión de justicia alimentaria.

Reducir las pérdidas pasa por proteger al sector primario, garantizar precios justos, fomentar la recogida y aprovechamiento de excedentes, y facilitar la transformación de productos descartados pero aptos para el consumo. También debemos crear canales de distribución alternativos, accesibles y de proximidad, que conecten directamente al campesinado con la ciudadanía, y que prioricen el producto local, de temporada y con menor huella ecológica.

Además, necesitamos repensar los sistemas de distribución y comercialización para que no sean las exigencias estéticas o logísticas las que determinen qué se vende y qué se descarta. 

Todo ello debe ir acompañado de educación alimentaria, fiscalidad verde, formación para el cambio de hábitos y el impulso de modelos como el nuestro. Solo con una mirada sistémica y comprometida podremos avanzar hacia un modelo que alimente a las personas sin agotar el planeta.

El proyecto Urban(eat)a apuesta por el aprovechamiento de los frutos del arbolado urbano. ¿Cómo surgió esta idea? 

Nace de una idea sencilla pero transformadora: cambiar la visión de los árboles urbanos públicos, de elementos meramente decorativos a fuentes productivas de alimentos. En muchas ciudades, estos árboles generan frutos que acaban cayendo al suelo y desaprovechándose. Vimos una oportunidad clara para vincular el aprovechamiento alimentario con la gestión comunitaria, la inclusión social y la sostenibilidad urbana. Así empezó nuestra apuesta por las ciudades comestibles.

Mediante el espigueo urbano, involucramos a la ciudadanía –incluidas personas en situación de vulnerabilidad– en la recolección, transformación y valorización de los frutos de los árboles públicos. Esto reduce el desperdicio alimentario y conecta a las personas con su entorno urbano desde una lógica de cuidado y corresponsabilidad.

¿Qué papel han tenido los ayuntamientos en el desarrollo de este proyecto?

La colaboración con los ayuntamientos ha sido clave. Gracias a su apoyo, hemos podido organizar espigueos en el espacio público, diseñar estrategias legales para regular esta práctica y desarrollar herramientas que permiten su implementación en al menos 20 municipios. También hemos realizado más de 90 talleres educativos sobre sostenibilidad y prevención del desperdicio, e implicado a más de 700 personas en acciones directas. 

El proyecto (S)àvies reconoce a las personas mayores como agentes de cambio. ¿Qué aporta su experiencia frente al desperdicio alimentario? ¿Cómo ha sido la respuesta de la comunidad y en qué medida contribuye a luchar contra el edadismo? 

(S)àvies nace del convencimiento de que la sabiduría de las personas mayores es un bien común que debemos preservar, cuidar y proyectar. Recuperamos saberes tradicionales, recetas de aprovechamiento y trucos de cocina cotidiana que se están perdiendo con el ritmo acelerado de la sociedad. Se trata también de poner a las personas mayores en el centro, como agentes de cambio, transmisoras de cultura, valores y resiliencia. No solo cocinan, sino que enseñan, cuentan historias, crean comunidad y generan vínculos. Gracias a su implicación, se crean espacios intergeneracionales de aprendizaje mutuo y cuidado colectivo, donde personas de todas las edades redescubren el valor del tiempo, la memoria y la alimentación consciente.

La respuesta ha sido muy positiva. En cada encuentro, se genera una energía única, cargada de emoción, reconocimiento y escucha. Y sí, creemos que es también una forma de combatir el edadismo, desmontando la idea de que envejecer es sinónimo de pasividad o dependencia. 

Espigoladors se ha consolidado como referente en la lucha contra el desperdicio alimentario. ¿Cuáles son los próximos retos y qué sueño te gustaría ver cumplido en los próximos años?

Después de diez años, nuestro gran reto es claro: replicar el modelo Espigoladors en otras partes de España y del mundo. Lo que hacemos aquí no es exclusivo de nuestro territorio, y muchas ciudades y comunidades pueden adaptar el modelo para luchar contra el desperdicio alimentario y generar impacto social, ambiental y económico positivo. Trabajamos en muchas direcciones al mismo tiempo: desde el espigueo hasta la transformación alimentaria con empleo inclusivo, pasando por la educación y sensibilización, la investigación o la incidencia política. Cada una de estas líneas se puede adaptar a diferentes realidades locales y queremos ayudar a que eso pase.

Y si hablamos de sueños… El más grande es que un día Espigoladors deje de existir. Que no haga falta espigar porque no se desperdician alimentos, porque todo el mundo tiene acceso a una alimentación saludable, y porque los modelos sociales, justos y sostenibles ya están plenamente integrados en el sistema. Mientras tanto, seguiremos espigando, cocinando, formando y tejiendo redes. Porque sabemos que el cambio se construye desde abajo, pero también soñando en grande.

Asunción Ruiz: «Ante el negacionismo de los problemas ambientales, necesitamos el ‘afirmacionismo’ de la ciencia»

Las aves son indicadores clave de la salud del planeta y su estado refleja una crisis ambiental y social. Asunción Ruiz, directora ejecutiva de SEO/BirdLife, habla sobre los retos urgentes de la conservación y la necesidad de respuestas colectivas.


Asunción Ruiz es ambientóloga y directora ejecutiva de la Sociedad Española de Ornitología-SEO/BirdLife, una ONG dedicada a la conservación de las aves y sus hábitats en España desde 1954. Con una trayectoria en proyectos de conservación a nivel nacional e internacional, ha contribuido a la investigación y divulgación científica a través de artículos, monografías e inventarios. Bajo su dirección, SEO/BirdLife trabaja en la protección de especies amenazadas, la monitorización de poblaciones y la sensibilización sobre la importancia de la biodiversidad.

SEO/BirdLife es la organización ambientalista más antigua de España. ¿Qué logros destacarías de sus 70 años de historia? 

SEO/BirdLife ha sido fundamental en la defensa y conservación ambiental, desde su participación en el Convenio Ramsar, en una España no democrática, hasta el reciente reconocimiento del derecho a un medio ambiente sano como derecho humano en 2022.

En este tiempo, con muchos pájaros en la cabeza, pero con los pies en la tierra, hemos podido influir en todos los poderes del Estado para tener una mejor sociedad. Hemos sido parte fundamental de la regulación ambiental, como la Directiva Aves o la Directiva Hábitats. Nuestro inventario de Áreas importantes para la Conservación de las Aves y la Biodiversidad sirvió de base para la designación de espacios protegidos dentro de la Red Natura 2000. Todo esto sin dejar de trabajar sobre el terreno y sin perder nuestro origen científico. Seguimos siendo esa rara avis que combina conservación y ciencia, algo fundamental en el contexto actual. 

¿Por qué el seguimiento de aves es tan importante para entender la salud de nuestra biodiversidad?

Las aves han sido observadas y registradas a lo largo de la historia y esto nos permite contar con datos científicos muy antiguos. Además, están presentes en prácticamente todos los ecosistemas y son fáciles de observar, lo que facilita su monitoreo. Gracias a estos registros a largo plazo, las aves funcionan como indicadores clave de la salud de los ecosistemas y de los cambios ambientales, también los efectos del cambio climático. Su estudio no solo nos ayuda a entender el estado de la biodiversidad, sino también a promover soluciones para conservarla.

En un contexto de creciente preocupación por la biodiversidad, ¿cuáles son los principales retos que enfrenta en la actualidad? ¿Qué transformaciones estructurales se requieren para garantizar su preservación en las próximas décadas?

Los retos hoy van más allá de lo ambiental: estamos ante una crisis social que exige cooperación y respuestas colectivas. La conservación no es solo un tema ecológico, sino también una cuestión de calidad de vida y bienestar para toda la sociedad. El gran desafío es transformar nuestros entornos en espacios donde podamos vivir en armonía.

«Las aves funcionan como indicadores clave de la salud de los ecosistemas y de los cambios ambientales»

En SEO/BirdLife siempre hemos sabido adaptarnos a cada momento, y ahora enfrentamos el mayor desafío: nos quedamos sin tiempo. Debemos acercarnos a la sociedad y demostrar que el bienestar no depende de acumular bienes materiales, sino de fortalecer nuestros vínculos y recuperar la conexión con la naturaleza.

El Pacto Verde representaba una luz al final del túnel, pero el panorama ha cambiado y nos obliga a replantear estrategias. Por eso, estamos trabajando mucho con proyectos demostrativos que ponen encima de la mesa lo importante que es la biodiversidad para toda la sociedad. Ante el negacionismo de los problemas ambientales, necesitamos el ‘afirmacionismo’ de la ciencia.

¿Qué zonas de España reconocidas por su valor medioambiental necesitan especial atención actualmente?

Tenemos que preocuparnos por los espacios protegidos por obligación legal, son los deberes que nos hemos puesto y es algo que tenemos que hacer sí o sí. Sin embargo, el verdadero reto es mayor. Debemos cuidar de todo el territorio. No podemos limitarnos a eliminar el uso de sustancias contaminantes dentro de las áreas protegidas mientras seguimos degradando el entorno fuera de ellas. Debemos mantener y respetar la totalidad del territorio y lo que está clarísimo es que la protección no ha sido suficiente para la conservación que necesitamos.

Tenemos muchas aves endémicas en España, ¿cuáles están en peligro de extinción?

Las especies endémicas de España que están en peligro de extinción incluyen aves como la pardela balear o el urogallo cantábrico. También hay especies más emblemáticas, como el águila imperial ibérica cuya conservación siempre ha sido prioritaria. Sin embargo, es importante entender dónde estamos ahora. La crisis actual exige una mirada más amplia porque lo común ha dejado de serlo. Estamos perdiendo gorriones, vencejos y golondrinas a un ritmo alarmante. Los principales focos de este declive son los entornos agrarios, donde están desapareciendo casi un 60% de sus efectivos y los núcleos urbanos, donde la caída ronda el 40%. Si a las aves de los espacios que nos dan de comer y de los lugares donde vivimos no les va bien, deberíamos reflexionar sobre lo que eso significa para el conjunto de la sociedad.

¿Qué efectos tiene el uso excesivo de fertilizantes y pesticidas en las aves? 

El uso de pesticidas, fertilizantes y otras sustancias químicas agresivas tiene un efecto directo en la disminución de las aves y otros grupos faunísticos, como los artrópodos, en los entornos agrarios. Sin embargo, el problema no se limita a la fauna: estos productos también están deteriorando los suelos, empobreciéndolos y reduciendo su capacidad de producción. Y si la tierra produce menos, también estamos empobreciendo a las y los agricultores.  

Se ha creado una dependencia de estos productos, que cada vez son más caros porque en muchos derivan del petróleo, y esto hace que el sector agrícola también tenga más gastos. En sectores como el olivar, el cereal o el viñedo estamos viendo que la mejor aliada del campo es la biodiversidad. Un entorno rico en vida reduce la necesidad de insumos y permite mantener cosechas sin depender de sustancias que, a largo plazo, ponen en riesgo la producción y el equilibrio del ecosistema.

¿Cómo está afectando el cambio climático a las aves migratorias que pasan temporadas en España? 

España es un país con una enorme riqueza en biodiversidad y un punto clave en las rutas migratorias de muchas aves. Lugares como el estrecho de Gibraltar atraen a personas de todo el mundo para observar su paso hacia África. Sin embargo, el cambio climático está haciendo que cada vez más aves modifiquen sus viajes o lleguen a su destino cuando los recursos que necesitan ya no están disponibles. Estos desequilibrios aumentan el esfuerzo energético de la migración y afectan la supervivencia de muchas especies.

Nuestro país, además, es una de las regiones más vulnerables al cambio climático. La desertificación avanza a un ritmo galopante y ya se observa la presencia de especies africanas que antes no pasaban tanto tiempo aquí, como el corredor sahariano, que hoy se encuentra asentado en España.

Desde SEO/BirdLife analizamos estos cambios: cuándo viajan las aves, cuánto duran sus desplazamientos, qué países cruzan y cómo están variando sus puntos de descanso. Este estudio no solo nos ayuda a protegerlas, sino que también nos permite comprender mejor los efectos del cambio climático y cómo adaptarnos a ellos.

¿Cómo ha tenido que adaptar SEO/BirdLife sus estrategias de conservación frente a los retos actuales? 

Las campañas que hemos puesto en marcha reflejan muy bien esta evolución. En la estrategia anterior, hasta 2022, el lema fue Contagiar naturaleza, con el objetivo de involucrar a toda la sociedad en la conservación del medio natural. Nunca pudimos imaginar hasta qué punto esto se volvería crucial, pero la pandemia dejó claro que la relación con la naturaleza es fundamental en todos los ámbitos.

Ahora, el lema ha evolucionado a Revivir naturaleza. Más del 50% del PIB mundial depende de la naturaleza y, sin embargo, estamos agotando nuestros recursos. Si nuestra economía y bienestar dependen de ella, tenemos que revivirla. Esto significa actuar en todos los frentes: en las ciudades, en el campo y dentro y fuera de los espacios protegidos. También significa devolver la conexión con la naturaleza a las personas. Queremos demostrar que una naturaleza bien conservada mejora nuestra vida. 

¿Cómo podemos fortalecer la relación entre ciencia, política y sociedad para proteger la biodiversidad?

Para que la ciencia transforme la realidad, no puede ser escuchada solo cuando su mensaje resulta políticamente conveniente. Debe ser una base constante para la toma de decisiones. En SEO/BirdLife trabajamos al más alto nivel en incidencia política para contribuir a la definición de normativas, regulaciones y estrategias de conservación. Pero la incidencia política, por sí sola, no es suficiente: necesitamos una sociedad civil organizada, informada y activa.

«Trabajamos para dar alas a la sociedad civil, para que pueda hacer de contrapeso a los bulos y a las amenazas que ponen en riesgo el futuro del planeta»

En el contexto actual, donde los intereses económicos condicionan muchas decisiones, es imprescindible que la ciudadanía refuerce su capacidad de acción. Una sociedad civil fuerte es la mejor defensa contra la desinformación y la inacción. Desde SEO/BirdLife trabajamos para dar alas a la sociedad civil, para que pueda hacer de contrapeso a los bulos y a las amenazas que ponen en riesgo el futuro del planeta. Proteger la naturaleza va mucho más allá de salvar pájaros y flores: es una cuestión de calidad de vida, justicia ambiental y justicia social.

Después de lo que hemos vivido una pandemia o fenómenos climáticos extremos como la DANA, no podemos permitir que todo este sufrimiento quede en el olvido. Es el momento de traducir esos aprendizajes en acción. Aunque la situación es compleja, el activismo sigue siendo una herramienta clave. Puede que no cambie de inmediato el rumbo del mundo ni la actitud de ciertos líderes, pero sí puede influir en la dirección que tomemos como sociedad. El futuro que queremos depende de lo que hagamos hoy.

Íñigo Vila: «La polarización no va a cambiar nuestra forma de trabajar»

El número de personas migrantes que llegaron a Canarias en 2024 marcó un récord histórico. Íñigo Vila, director de Socorros de Cruz Roja, explica cómo la organización trabaja para adaptar su intervención a cada contexto y dar respuesta a una crisis que exige coordinación, recursos y un enfoque en derechos humanos.


El número de personas migrantes que llegó a Canarias en 2024 fue el mayor registrado en su historia, un total de 46.843 personas. ¿Cómo ha respondido Cruz Roja ante esta situación? ¿Qué refuerzos han sido necesarios?

Tratamos de reforzar nuestros equipos para realizar una mejor atención a la llegada, dependiendo de las necesidades. Nuestro trabajo es el mismo, tenemos una metodología estandarizada, pero la adaptamos a las particularidades de cada ubicación y de cada momento. Desde 2022, nos encontramos con un aumento en el número de llegadas en Canarias y nos hemos ido adaptando. ¿Cómo va a evolucionar este fenómeno a lo largo de 2025? No lo sabemos. El último mes de enero, en comparación con el año pasado, ha sido más bajo, pero hay muchos factores que condicionan.

Una de cada siete personas de las que habéis rescatado en 2024 era menor de edad. ¿Qué impacto tienen estas cifras en la capacidad de respuesta ante la emergencia humanitaria?

En realidad, para nuestro trabajo de rescate a pie de playa no es algo que marque tanto la diferencia, cambia más en la gestión posterior, donde las competencias con menores las asumen las comunidades autónomas. En general, lo que más influye en el primer rescate es la vulnerabilidad de las personas que llegan o las condiciones en las que desembarcan y, en este caso, damos prioridad a una serie de perfiles. Por ejemplo, alrededor del 90% de las personas que llegan son hombres. En el caso de que hubiera un vuelco y llegaran muchas más mujeres, quizás habría más diferencias en este primer rescate. Tenemos protocolos para actuar en cada caso y coordinarnos con las instituciones públicas. 

En el contexto de Canarias y el socorro y atención humanitaria a personas migrantes, ¿cómo habéis logrado movilizar y formar al voluntariado para poder atender este incremento de llegadas?

El voluntariado es una pieza clave en la labor de Cruz Roja. Gracias a su participación, podemos adaptarnos con flexibilidad a las necesidades del momento, ampliando o reduciendo los equipos según la demanda. En cada una de nuestras 16 ubicaciones, contamos con equipos de gestión estables que trabajan previamente con el voluntariado para garantizar que, en caso de emergencia, todo esté preparado para actuar de manera eficaz.

«Trabajar en situaciones de emergencia es una carrera de fondo»

La formación es fundamental. El voluntariado debe conocer el protocolo sanitario, la distribución del trabajo y las responsabilidades de cada rol. Aunque seguimos un modelo estandarizado en todas las ubicaciones, ajustamos la estructura en función de la presión que afronta cada isla, escalonando los equipos según sea necesario. Además, cada punto de intervención tiene sus particularidades. Por eso, reforzamos la capacitación en los periodos de menor actividad e impulsamos intercambios entre ubicaciones, permitiendo que el voluntariado conozca diferentes realidades y pueda adaptarse mejor a distintos contextos.

¿Cómo trabajáis para apoyar el bienestar emocional y psicológico del personal y voluntariado que trabaja en situaciones de emergencia?

Este es un aspecto clave en nuestra labor, sin importar cuál sea la emergencia. El apoyo a los equipos intervinientes es fundamental, ya que enfrentan situaciones de gran complejidad y estrés. Por ello, trabajamos de forma continua con pequeños grupos en los que abordamos, entre otros temas, los primeros auxilios psicológicos. Nuestro objetivo es que el personal aprenda a identificar momentos críticos y sepa cómo gestionarlos. Estas sesiones se realizan de manera periódica o cuando se presenta una situación especialmente difícil. Además, hemos llevado a cabo charlas con el personal de Salvamento Marítimo, con quienes colaboramos estrechamente. Cuidar a quienes cuidan es una prioridad. También promovemos la rotación del personal y la gestión de descansos, ya que este trabajo es una carrera de fondo, y tratamos de mantener un equilibrio entre personas con experiencia y con menos. Todo esto ayuda a hacer nuestro trabajo más sostenible. 

Una de las preocupaciones es la saturación de los recursos de acogida en las islas. ¿Cuáles son los mayores desafíos en este sentido? ¿Qué diferencias hay entre las distintas islas?

La insularidad, tanto en Canarias como en Baleares, supone un reto logístico evidente, igual que en Ceuta y Melilla. Es más fácil desplegar recursos en el sur de la península que en una isla. Siempre digo al equipo que tenemos que hacer el mismo trabajo, pero con diferentes cartas: estas son nuestras cartas y con ellas tenemos que trabajar. Por eso, es tan importante saber cómo actuar en cada ubicación, aunque partamos del mismo protocolo. No podemos cambiar las circunstancias logísticas de un territorio. Por ejemplo, en algunos casos, nos gustaría que hubiera un aeropuerto internacional en El Hierro o que hubiera más frecuencia de ferris, pero el espacio es el que es y la isla tiene el tamaño que tiene. Debemos entender las limitaciones. Por otro lado, no se trata de tener a mucha gente trabajando, sino a la adecuada, de modo que todo sea más fluido y poder coordinarnos con rapidez cuando llegan muchas personas para que puedan ser trasladadas cuando se sobrepasan ciertos umbrales. 

Aunque solemos hablar de la ruta marítima, la ruta migratoria de las personas que llegan a nuestro país es más larga. ¿Qué impacto tiene esto en la salud de las personas rescatadas? 

Los factores que influyen en cómo llegan son muchos y las condiciones del trayecto varían muchísimo, como el número de días, las condiciones en las que han viajado o el estado de salud inicial. Algunas personas llegan caminando desde el interior del continente africano, otras puede que hayan cogido un medio de transporte y no hayan tenido ningún problema y luego, por el contrario, tienen una mala travesía marítima porque se ha estropeado un motor o no llevaban víveres suficientes. Y, por el contrario, hay quien no ha tenido ningún incidente en su travesía. 

¿En qué medida difieren los motivos de migración entre hombres y mujeres? Aunque el porcentaje de mujeres y niñas que llegan es menor, ¿qué necesidades específicas deben cubrirse en su caso?

Los motivos pueden variar mucho dependiendo de los países de origen. Pueden ir desde conflictos armados o crisis sociales a sequías. Su migración, al final, es por una búsqueda de oportunidades, dado que en su lugar de origen no las tienen. Vemos también un poco la fluctuación de diferentes nacionalidades dependiendo de si hay mayores tensiones políticas y sociales o conflictos armados. Por eso también insistimos tanto en la importancia de invertir en los países de origen para que haya mejores condiciones de vida.

«Nadie quiere abandonar su lugar de nacimiento, donde está todo su tejido social, e irse a un país diferente donde no tiene tanta red»

Nadie quiere abandonar su casa, el pueblo o ciudad donde ha nacido si allí está bien. Por otro lado, en el caso de las mujeres, también tenemos protocolos específicos. Por ejemplo, las mujeres embarazadas son evacuadas automáticamente, aunque estén en buen estado de salud, para hacerles un reconocimiento médico en un hospital. También si vemos algún indicador de que sean víctimas de trata y estén migrando de manera forzada. 

Aunque se hable de crisis migratoria, estamos ante un fenómeno estructural muy complejo. ¿Cómo crees que se podría cambiar esta situación? ¿Cómo , podemos fomentar la integración en los territorios de acogida?

El fenómeno de las migraciones ha existido siempre y siempre existirá. España también fue un país migrante. Al final son situaciones que se dan y la gente sale a buscar oportunidades si no las tiene. De ahí que la necesidad de inversión en los países de origen, en proyectos de desarrollo que les permita tener una nueva situación distinta a la actual, sea fundamental. Nadie quiere abandonar su lugar de nacimiento, donde está todo su tejido social, e irse a un país diferente donde no tiene tanta red. Creemos que es importante invertir en oportunidades de desarrollo, en educación, para que pueda haber oportunidades de futuro. Por otro lado, aquí, tenemos que mejorar la inclusión. En Cruz Roja, facilitamos la adaptación a través de apoyo a cuestiones básicas, como aprender español o saber cómo funciona el sistema, y ofrecemos orientación legal en cuestiones de derechos humanos. 

En un momento de gran polarización, en el que circulan bulos y discursos de odio sobre la migración y otros asuntos relacionados con los derechos humanos, ¿habéis notado un impacto en la labor de Cruz Roja? ¿Esto ha afectado a los fondos para emergencias o a la percepción de vuestro trabajo?

Nuestra forma de trabajar va a seguir siendo la misma, a pesar de las desinformaciones que haya alrededor. Esto no va a hacer que cambiemos nuestra forma de trabajo. Tenemos una historia de 160 años y hemos vivido muchos conflictos, guerras y crisis, momentos de menos y mayor bonanza, y hemos seguido trabajando siempre de la misma manera. Nos regimos por siete principios fundamentales y el primero es la humanidad. Vamos a atender a toda persona que nos necesite sin mirar su origen, su raza o su región. Esta polarización no va a cambiar nuestra forma de trabajar. Además, vemos que, en muchos casos, no ha afectado a la ayuda que recibimos. Hemos tenido la mayor recaudación de fondos durante la DANA para ayudar a la gente de Valencia y estamos ejecutando un plan a tres años. No se trata de estar en las primeras semanas, es un trabajo a largo plazo. Por ejemplo, también seguimos trabajando con la gente afectada por el volcán de la Palma, que ya muchos han olvidado. 

En un contexto global marcado por crisis climáticas y conflictos, ¿cómo crees que evolucionará el fenómeno migratorio en los próximos años?

El contexto global actual  toca a todo el mundo y también afecta a las migraciones. Siempre ha habido sequías más prolongadas, quizás no con esta frecuencia o intensidad, pero no es algo nuevo. Sin embargo, ahora tenemos una posición distinta para poder adaptarnos y buscar alternativas, precisamente, para que el cambio climático tenga el menor impacto. Por otro lado, lo que ha cambiado es que antes veíamos fenómenos muy lejos, como El Niño, y ahora los estamos viendo aquí. Por eso, aunque no es algo nuevo, las personas están más sensibilizadas. Tenemos que aprovechar esta alerta generalizada para buscar soluciones. 

José Miguel Viñas: «El arte es una herramienta muy efectiva para acercar la ciencia»

©RTVE

José Miguel Viñas (@divulgameteo), físico y meteorólogo de Meteored, une ciencia y arte en su libro Los cielos retratados. Con más de 20 años de experiencia en medios como RNE y COPE, explora cómo los fenómenos meteorológicos se reflejan en la pintura y su impacto cultural.


¿Qué te inspiró a conectar la meteorología con la pintura y escribir Los cielos retratados?

Todo comenzó con mis intervenciones en No es un día cualquiera, de RNE. Tras completar las dos primeras temporadas del programa, entre 2004 y 2006, me di cuenta de que los temas transversales ligados al tiempo y al clima daban mucho juego. Entonces, comencé a visitar con asiduidad el Museo del Prado y el Thyssen-Bornemisza, poniendo mi foco de atención en los cielos de los paisajes. Se abrió ante mí un fascinante campo de estudio, en el que sigo embarcado, y que he podido divulgar a través de la radio, artículos y conferencias. Todo ese trabajo ha culminado en este libro.

¿Las pinturas captan cambios climáticos o meteorológicos significativos que ahora podemos analizar científicamente?  

Pintores –y artistas en general– no pueden desvincularse de sus vivencias atmosféricas y lo terminan reflejando, en mayor o menor medida, en sus obras. Los crudos inviernos que se vivieron entre los siglos XVI y XIX han quedado retratados fielmente en la pintura, ya que influyeron notablemente en las sociedades de esas épocas. Ahora, el calentamiento global es una circunstancia que también comienza a afectar a nuestras vidas. Esta nueva realidad no está siendo ajena a las distintas manifestaciones artísticas. Empezamos a ver que el cambio climático también capta la atención de artistas contemporáneos. 

¿Qué nubes suelen aparecer con más frecuencia en las pinturas? ¿Qué crees que simbolizan?

Al recorrer las salas de una pinacoteca, es fácil comprobar que las nubes que más abundan en los cuadros son las de tipo cúmulo: las típicas nubes de algodón, blancas y de contornos redondeados. Esto es así porque son las nubes que con mayor frecuencia hay en los cielos primaverales y de verano, que es cuando los pintores suelen salir al aire libre a abocetar o a pintar al natural, mientras que los meses invernales se dedican al trabajo en el taller. Esto ha sido una constante a lo largo de la historia, especialmente, en épocas más frías que la actual, cuando en el periodo invernal apenas se podía salir a pintar al exterior. Esto ha cambiado en la actualidad debido a que la suavidad térmica está presente muchos días de invierno.

¿Cómo se expresan fenómenos como el viento o las tormentas? ¿Existen patrones comunes en el arte?

El viento comenzó a pintarse a través de representaciones mitológicas, como dioses, diosas, ninfas o angelotes. Posteriormente, las obras muestran los efectos que provoca en los diferentes elementos del paisaje, como las ramas de los árboles o el humo. Este último aparece representado magistralmente en Juana la Loca, de Francisco Pradilla, que podemos admirar en el Museo del Prado. Las tormentas son un elemento clásico en la pintura para dar dramatismo a una escena. En cuadros de temática religiosa, suelen simbolizar el mal, el infierno o el pecado, frente a los cielos azules que representan lo contrario: el bien, el paraíso, el reino de Dios en el cristianismo.

¿Hay algún periodo artístico que tenga una conexión especial con fenómenos meteorológicos?

En el Romanticismo, tenemos ejemplos notables de cielos retratados. Aparte de las tormentas y los ambientes tempestuosos, también brillan con luz propia los cuadros de Caspar David Friedrich, en particular los que incluyen nieblas que pintó con reiteración, como su famoso Caminante sobre el mar de niebla. Para este pintor romántico alemán, la niebla tenía un carácter místico, al igual que la naturaleza, que le invitaba a reflexionar sobre nuestra propia existencia. Se juntan en este artista su visión profunda, espiritual, en torno al medio natural y una técnica pictórica sobresaliente.

¿Cómo influyen las erupciones volcánicas en los colores de ciertos cielos pintados?

Las grandes erupciones volcánicas lanzan a la alta atmósfera una enorme cantidad de aerosoles que, dispersados por los fuertes vientos, forman un velo que afecta al planeta de dos formas. Por un lado, al bloquear parte de la radiación solar, se produce un descenso transitorio de la temperatura y, por otro, esos aerosoles alteran la dispersión de la luz, lo que intensifica los colores de menores longitudes de onda, como los rojos, naranjas o amarillos. Este fenómeno provoca crepúsculos más intensos durante semanas, meses o, incluso, años, algo que no escapa a la atenta mirada de paisajistas. Lo vemos en pintores como Turner, que, sin duda, quedó impresionado por los cielos encendidos que se vieron en Europa y otras zonas del mundo tras la erupción del volcán Tambora, en 1815.

Las artistas siempre han tenido menos visibilidad que sus colegas hombres. En el contexto de la representación de los cielos, ¿qué pintora crees que debería ser más reconocida por su trabajo?

Sin duda, las mujeres en el mundo artístico no han gozado del reconocimiento que merecen y es difícil obtener información de su obra pictórica. Visibilizar su legado es una tarea pendiente, igual que el de otras tantas mujeres de otros ámbitos. En el caso de la pintura de paisajes, en donde aparecen cielos, me gustaría destacar a la pintora noruega Kitty Lange Kielland y a la pintora impresionista austriaca Tina Blau.

Como puente entre la ciencia y el público general, ¿cómo se puede fomentar un mayor interés por las ciencias atmosféricas? 

El tiempo y el clima tienen la ventaja de ser temas de conversación cotidiana, pero el tratamiento que suelen recibir no siempre es el adecuado. Existe una falta de cultura meteorológica, y aquí es donde la divulgación científica desempeña un papel clave. Personalmente, me gusta resaltar lo atractivo de este campo de estudio en todo lo que hago, porque sé que esto despierta la curiosidad del público.

¿Crees que el arte puede ser una herramienta efectiva en este sentido?

Sin duda. Cada vez hay más ejemplos de que esta fórmula funciona. En mi experiencia, cuando utilizo una pintura conocida para explicar un fenómeno meteorológico, noto cómo se despierta un mayor interés. Por ejemplo, los cuadros de Canaletto con vistas de Venecia son muy conocidos. Si cuento que, gracias a ellos, se puede obtener un indicador del cambio climático, la primera reacción es de sorpresa. Cuando, a continuación, explico que hace unos años unos científicos se dieron cuenta de que las marcas de las algas de las fachadas de los edificios están situadas, en promedio, unos 60 centímetros por debajo que las marcas en esos mismos edificios en la actualidad, crece su interés y quieren saber más. Objetivo cumplido.

A lo largo de tu carrera, ¿has notado un cambio en la percepción de las personas sobre el clima y la meteorología?

El interés por el clima siempre ha existido, pero ahora vivimos un bombardeo de información, especialmente ante grandes catástrofes meteorológicas. El cambio climático ya forma parte de nuestras vidas y esto es otra gran diferencia con respecto a lo que pasaba cuando comencé mi trayectoria profesional en los 90. Aunque ya se hablaba del tema, no se hacía como ahora, ni su magnitud era comparable. La mayoría de las personas son conscientes del proceso de cambio en el que estamos inmersos y de que cada vez nuestras vidas se verán más afectadas por él.

¿Hay algún fenómeno meteorológico que todavía te sorprenda o te fascine y que quisieras explorar en futuros proyectos?

A lo largo de mi vida, me he interesado por infinidad de fenómenos meteorológicos y he presenciado muchos, pero no todos los que me gustaría. Tengo pendiente un fenómeno mitad meteorológico, mitad astronómico: las auroras polares. No he tenido ocasión de contemplarlas desde latitudes altas, pero confío en poder hacerlo. Quizás surja la oportunidad en el marco de un proyecto científico en 2025. Ojalá que todo vaya para adelante y pueda ser partícipe de esa experiencia, no solo observacional sino de conocimiento científico.

Theresa Zabell: «Tenemos la misión de proteger nuestra casa, que es más agua que tierra»

Fundada en 1999 por Theresa Zabell, la Fundación Ecomar es una organización sin fines de lucro comprometida con la conservación y preservación de los mares. Su misión es proteger y restaurar los ecosistemas marinos, cuidando de la biodiversidad, combatiendo la contaminación, sensibilizando a la población y promoviendo un estilo de vida saludable y sostenible.


Cuando se creó Ecomar, en 1999, no había la misma concienciación que en la actualidad sobre la importancia de cuidar los mares y el medio ambiente. ¿Cuáles fueron las razones que la llevaron a crear la Fundación?

Ecomar nació después de una carrera deportiva de más de 20 años navegando por todos los mares del mundo, que me sirvió para darme cuenta de que mi terreno de juego, el mar, estaba enfrentándose a retos cada vez más difíciles. Sentí que tenía la responsabilidad de trasladar a la sociedad estos mensajes y empezar a formar parte de la solución. Fue la realización de un sueño que comencé a tener cuando era adolescente y no entendía por qué el mar tenía cosas flotando que no eran suyas. Me propuse ayudarle y ya llevamos 25 años haciéndolo.

¿Qué retos había entonces y qué retos hay ahora? ¿Han cambiado mucho las necesidades del mar? 

Hace 25 años el gran reto era conseguir que la población entendiera que nuestros mares estaban en peligro y que teníamos que actuar. Nuestros mares y océanos eran tan inmensos que nos parecía que eran capaces de «tragar» todo lo que les mandábamos. Desde Ecomar hemos trabajado con más de 2,5 millones de personas a través de las cuales educamos, concienciamos, actuamos y reparamos todo lo que podemos. La tarea es enorme, pero anima mucho ver cómo niños que han pasado por nuestros programas educativos están ahora en puestos de toma de decisión.

Después de 25 años, ¿cuál considera el mayor logro de la fundación? 

Una fundación no cumple 25 años si no sirve a la sociedad y a las personas. Ecomar llegó para demostrar que las cosas también se podían hacer de otra manera, de forma inclusiva, contando con las empresas, las instituciones y las personas, centrándonos no solo en el qué sino también en el cómo. Lo que nosotros llamamos la «filosofía azul». Nuestra manera de hacer las cosas ha calado muy hondo, y servido de modelo para muchos otros que siguen nuestra estela. Se han subido a nuestra ola y la siguen surfeando. Sin ninguna duda, esto y los más de dos millones y medio de personas que han pasado por nuestras actividades son los mayores logros de la Fundación Ecomar.

Una parte muy importante del trabajo de Ecomar es la educación y sensibilización. ¿Cuáles son las principales actividades educativas que llevan a cabo y qué resultados han observado?

Nuestro primer proyecto educativo fue un concurso escolar en el que los mejores eran premiados con una Semana del Mar. Con la crisis económica nos tuvimos que reinventar y ahora hemos volcado toda nuestra experiencia y conocimiento en una plataforma digital con la que llegamos a muchos más niños, niñas y adolescentes. Conseguimos, a través de todos nuestros programas, que  los participantes conozcan el papel fundamental que juegan nuestros mares y océanos en nuestra supervivencia en este planeta, el problema al que nos enfrentamos como humanidad. Conseguimos también que quieran ponerle solución. Asimismo, tenemos el programa educativo de la Grímpola Ecomar, que está implantado en un centenar de clubes de España y Portugal en los que los niños que van a aprender un deporte náutico también aprenden lo que les da y cómo cuidar su terreno de juego.

¿Qué papel cree que juegan adolescentes y personas jóvenes en este proceso? ¿Cómo fomenta Ecomar su participación?

Las nuevas generaciones juegan un papel importantísimo. De lo que aprendan ahora depende el futuro del planeta. Ecomar les educa y conciencia en cada uno de sus programas. Les hacemos partícipes de actividades como una limpieza de costas para que vean de primera mano la realidad de la situación. A partir de ese momento se quieren involucrar más y acaban siendo nuestros «embajadores».

Uno de sus proyectos recientes es la plataforma Bosque Marino, en colaboración con Redeia. ¿Cómo surge esta iniciativa y en qué consiste?

Después de años estudiando cómo dar un paso al frente en la recuperación de ecosistemas marinos para ser más útiles a la sociedad y el planeta, nos aliamos con Redeia, que lleva 10 años trabajando una iniciativa pionera. En la Fundación Ecomar nos gusta trabajar en equipo y sumar esfuerzos para conseguir mayores resultados con menor inversión, y por ello nos juntamos para constituir la plataforma Bosque Marino. No solo se trata de restaurar las praderas de posidonia, que también, sino de implantar una manera de hacerlo junto con la comunidad científica y la colaboración público-privada, que la iniciativa sea escalable, y así conseguir en un futuro un verdadero cambio. Además, haremos talleres en colegios e institutos para que los más jóvenes aprendan a identificar y valorar esta planta, sean partícipes del proyecto y crezcan sabiendo cómo cuidarla.

A partir de vuestra experiencia colaborando con Redeia, ¿qué papel juega el sector privado en la conservación de los ecosistemas marinos?
El capital privado es fundamental para la conservación y el equilibrio de nuestro planeta en general, y en la Fundación Ecomar involucramos al sector privado en todas nuestras actividades. Sin su apoyo no habríamos sobrevivido. Todos estamos en el mismo barco, metafóricamente hablando, y debemos remar en la única dirección posible: la de proteger nuestra casa que, dicho sea de paso, es más agua que tierra. Con Redeia participamos en un proyecto muy innovador, que estoy segura va a sorprender gratamente a muchos.

Una de las primeras acciones del proyecto Bosque Marino es la restauración de posidonia oceanica en las aguas de la Comunitat Valenciana. ¿Cuál es la finalidad de esta iniciativa?

Empezar a regenerar los fondos marinos del Mediterráneo, que están muy deteriorados por diferentes razones. El objetivo es restaurar 30 hectáreas de aquí al 2030 en línea con la reciente Ley de Restauración de la Naturaleza de la Unión Europea y con los objetivos globales de biodiversidad y conservación marina de la ONU.

¿Cómo seleccionan las áreas donde desarrollan proyectos como Bosque Marino? 

Los científicos y expertos en la materia con los que trabajamos hacen estudios exhaustivos, bajan a examinar los fondos y valoran el número de plantaciones que hay que realizar. A partir de ahí se valora la viabilidad y se eligen las localizaciones en función de la necesidad y de dónde se estima que pueda haber una mayor tasa de supervivencia.

¿Es parecido este proyecto a otros como Acción Posidonia? ¿Qué diferencias o similitudes destacaría de ambos?

Son proyectos paralelos con un mismo objetivo. En el proyecto Acción Posidonia, Redeia es uno de los socios, además de un apoyo fundamental. El objetivo es mejorar la salud ambiental de las praderas de posidonia oceanica involucrando al sector pesquero, a los científicos y a la ciudadanía, promoviendo a su vez la sensibilización ambiental de la sociedad y la I+D en la mitigación del cambio climático. Acción Posidonia forma parte del Programa Pleamar de Fundación Biodiversidad y cuenta con fondos de la Unión Europea.

Su vida siempre ha estado muy ligada al mar y al deporte. ¿Cómo puede promover el deporte una mayor concienciación y compromiso con el medio ambiente?
Me gusta decir que el deporte es la mejor escuela para la vida, ya que a través de él aprendemos una serie de valores que difícilmente podríamos adquirir de otra manera. Los deportes practicados en la naturaleza, además, te enseñan la importancia de tu «terreno de juego», en mi caso el mar. Al final todos cuidamos aquello que amamos, y es un buen comienzo para empezar a cuidar nuestro entorno.

Para quienes tengan interés en contribuir a la conservación marina, pero no saben por dónde empezar, ¿qué consejo daría?

Los cambios empiezan por pequeñas acciones, decisiones que tomas en tu día a día, como lo que consumes y su procedencia. Los animaría a que sigan nuestros diferentes canales de comunicación para aprender gestos que puedan impactar positivamente en el estado de nuestro planeta, y a que se hagan Socios Ecomar con una pequeña cuota que es 80% desgravable, que además de ser una gran ayuda para nosotros, sirve para que puedan participar en nuestras actividades.

Violencia obstétrica, cuando el maltrato llama a consulta

La violencia obstétrica es una realidad invisible para muchos sistemas sanitarios pese a que mujeres de todo el mundo reportan continuamente malos tratos, intervenciones innecesarias y la negación de sus derechos durante el embarazo, parto y posparto. 


En 2007, Venezuela se convirtió en el primer país en introducir el término violencia obstétrica en su legislación, definiéndolo como «la apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres por personal de salud, que se expresa en un trato deshumanizador, en un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y su sexualidad, impactando negativamente en la calidad de vida de las mujeres». Después le siguieron algunos países de América Latina. A nivel internacional no hay una definición consensuada, aunque en 2014 la OMS señaló que «en todo el mundo, muchas mujeres sufren un trato irrespetuoso y ofensivo durante el parto en centros de salud, que no solo viola los derechos de las mujeres a una atención respetuosa, sino que también amenaza sus derechos a la vida, la salud, la integridad física y la no discriminación».

Más allá de las definiciones, la violencia obstétrica se materializa en algunas técnicas normalizadas que, en muchas ocasiones, no son identificadas como violentas. Según el Observatorio de Violencia Obstétrica, estas conductas incluirían prácticas rutinarias no basadas en evidencia, como la restricción de movimientos, la ingesta de líquidos, o el uso de la posición horizontal durante el parto, así como el intervencionismo innecesario (fórceps didácticos, maniobra de Kristeller, episiotomías y cesáreas no justificadas), entre otras. Además, la violencia obstétrica también implica no respetar la fisiología del parto, no atender las necesidades básicas de las mujeres y de sus hijos o hijas (como el acompañamiento familiar), la atención integral al dolor, la no incorporación de prácticas beneficiosas orientadas a la humanización del parto o no respetar el protagonismo y la autonomía de las mujeres. 

Como también han denunciado diversas expertas y organizaciones feministas como El Parto es Nuestro, muchas de estas prácticas están relacionadas con estereotipos de género muy arraigados en nuestra sociedad. Estos se materializan en un trato denigrante hacia las mujeres embarazadas, consideradas como sujetos pasivos, y, en muchas ocasiones, en la omisión de sus planes de parto y nacimiento.

Nombrar las violencias estructurales para transformar la realidad

En todo el mundo, mujeres con experiencias similares se han ido organizando para buscar reparación en un sistema en el que se han sentido invisibles o vulnerables tal y como recoge el proyecto de la artista visual Silvia Marte. La similitud de sus relatos demuestra que lo que han vivido no es causa de una mala praxis puntual, sino de un problema estructural al que hay que hacer frente.  

Sin embargo, la violencia obstétrica aún no está reconocida en la legislación de ningún Estado miembro de la UE, según un estudio presentado en 2024, que evaluó el nivel de conciencia y el tratamiento jurídico del tema en los 27 Estados miembros. Las lagunas jurídicas detectadas en esta materia obligan a las mujeres que solicitan reparación a basarse en instrumentos jurídicos preexistentes, como derechos de los pacientes o las normas mínimas de asistencia sanitaria, que pocas veces incluyen de forma explícita los tratamientos obstétricos y ginecológicos. Además, este informe también señala la dificultad que tienen muchas mujeres que han experimentado violencia obstétrica para poder denominarla y comprenderla como tal, ya que aún hay un desconocimiento generalizado. 

Este estudio sitúa la violencia obstétrica como convergencia de dos problemas estructurales: la violencia de género y la falta de recursos de los sistemas e instituciones sanitarias, y ofrece algunos datos de diferentes países. Por ejemplo, en Polonia, un estudio reveló que el 71,8% de las actividades realizadas durante las exploraciones ginecológicas eran bruscas, y el 14,6% recuerda una exploración ginecológica en urgencias como extremadamente dolorosa y desagradable. En España, un estudio que contó con una muestra de 17.541 mujeres mostró que el 45,9% de las mujeres entrevistadas no fueron informadas sobre los procedimientos a los que iban a someterse, ni se les solicitó expresamente que dieran su consentimiento informado. De ellas, el 74% señaló a profesionales de ginecología como responsables de no haberles informado ni haberles solicitado su consentimiento. 

Además, un estudio publicado en Woman and Birth en el que participaron 899 mujeres, muestra que el 67,4% de las mujeres en España ha experimentado violencia obstétrica en al menos una de sus formas: el 54,5% reportó violencia física; el 25,1%, violencia verbal; y el 36,7%, psicoafectiva.  

A pesar de todo, el término violencia obstétrica sigue creando confrontación y siendo rechazado por diferentes colectivos profesionales en España. De hecho, no fue incluido en la reforma de la Ley de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, aunque sí se incluyó el término «parto respetado» y se definieron las «intervenciones ginecológicas y obstétricas adecuadas» y «la violencia contra las mujeres en el ámbito reproductivo».

¿Por qué genera rechazo este término? «No es un término bien recibido por parte de la comunidad médica (…), de alguna manera, se contrapone a nuestra vocación», explica Mina Comas, jefa de servicio de obstetricia del Hospital Germans Trias i Pujol, en un documental que celebra los 20 años de El Parto es Nuestro. «Creo que, más allá del término, debemos ser capaces de entender cuál es la realidad, qué expresa ese término y, nos guste o no, aceptar que existe. Como profesionales directamente implicados, debemos tomar parte proactiva, positiva, propositiva, en lugar de quedarnos en la fachada de rechazo del término», concluye Comas.

Claudio Barría: «Nuestro vínculo con el mar y su importancia en nuestras vidas es innegable»

El 70% de la superficie del planeta es mar. Un mar en el que, como explica Claudio Barría, «hay una diversidad que ni siquiera somos capaces de imaginar». Doctor en Ciencias del Mar, profesor de la UAB, miembro del grupo de expertos de la UICN y cofundador de Catsharks, Claudio Barría nos habla de la importancia de la biodiversidad marina. Es experto en tiburones y rayas y su investigación la ha desarrollado en diferentes lugares, como el Océano Pacífico, el Atlántico y el Mar Mediterráneo. 


¿Qué te motivó a especializarte en biología marina y, en particular, en tiburones y rayas?

Mi familia se dedica a la pesca y crecí en un ambiente marino. Siempre he sentido atracción hacia el mar y todo lo que habita en él. ¿Por qué no dedicarme a explorar lo que se encuentra en sus profundidades y trabajar para conservarlo? Mi fascinación por los tiburones y las rayas comenzó cuando, de niño, encontré un tiburón pequeño en el bote de pesca de mi familia, era una musola. Tenía las aperturas branquiales descubiertas, dientes diferentes y cuerpo alargado. En ese momento surgió mi amor por descubrir más sobre este grupo de peces tan particular. Posteriormente, ya en la universidad, me di cuenta de que los tiburones son animales bastante estigmatizados y sentí que alguien debía hacer algo para evitar que desaparecieran.

¿Qué proyectos de investigación científica estáis desarrollando actualmente en Catsharks?

Acabamos de obtener un proyecto nacional, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y en colaboración con la Universidad de Oviedo, para investigar si se están comercializando especies en peligro de extinción y qué podemos hacer para reducir esta práctica. Vamos a identificar las especies presentes en el Mediterráneo y en el Atlántico a través de análisis de ADN y de visitas a las lonjas. También tenemos un proyecto para establecer protocolos básicos para mantener a los tiburones en cautiverio, con el objetivo de recuperar algunas poblaciones que están a punto de desaparecer. Además, participamos en el proyecto «Tiburones y Rayas», dentro de la iniciativa Observadores del Mar, que involucra a la ciudadanía en la identificación de lugares prioritarios para la conservación de tiburones y rayas en España. 

«Los tiburones son animales bastante estigmatizados y sentí que alguien debía hacer algo para evitar que desaparecieran»

Uno de vuestros últimos estudios aborda los niveles de concentración de metales pesados en tiburones, rayas y quimeras del Mediterráneo occidental. ¿Cuáles son los principales hallazgos de este estudio? 

Este estudio fue desarrollado por Pol Carrasco, socio de Catsharks, como parte de su trabajo de máster, que tuve el honor de dirigir. Es el análisis de metales pesados que ha abarcado la mayor cantidad de especies de tiburones, rayas y quimeras en todo el Mediterráneo: se analizaron 116 muestras de tejido muscular de 17 especies de condrictios del Mediterráneo occidental. Los tiburones mostraban mayores concentraciones de cadmio y cobre y las quimeras presentaban la mayor concentración de plomo. Dentro del grupo de condrictios, las rayas eran las que tenían menores concentraciones de metales pesados. A nivel de especies, el tiburón negrito (Etmopterus spinax) presentaba las concentraciones más elevadas de cadmio y cobre y la quimera (Chimaera monstrosa) tenía las mayores concentraciones de plomo. Ambas superaban los niveles permitidos por la UE, por lo que no se recomienda el consumo. Sin embargo, aún quedan especies por evaluar, muchas de ellas se consumen habitualmente. 

¿Qué importancia tienen los tiburones, rayas y quimeras para el equilibrio del medio marino? ¿Cuáles son las principales amenazas a las que se enfrentan actualmente?

Los tiburones y rayas son depredadores y cumplen un rol fundamental en la estructuración de las cadenas alimenticias marinas, influyendo en ellas desde arriba hacia abajo. Para explicarlo mejor, suelo utilizar el modelo del castillo de naipes, que representa nuestra red trófica marina. Si retiramos las cartas basales, el castillo se derrumba: es lo que ocurriría si hubiera alteraciones en el plancton. Si quitamos las cartas superiores, el castillo de naipes también puede colapsar y sería lo que ocurriría con la desaparición de tiburones y rayas. Este colapso podría ocurrir por la sobrepesca, el uso de artes de pesca poco amigables con el medio ambiente, la contaminación, la degradación de hábitats o el cambio climático.

¿Cómo está afectando el cambio climático y la sobrepesca a estas especies marinas?

Aunque es difícil evaluar la situación de las 1.200 especies de tiburones y rayas, casi la mitad están amenazadas o cerca de la amenaza de extinción. La sobrepesca ha reducido las poblaciones de tiburones en algunas zonas en más del 70% en los últimos 50 años, y otras especies están al borde de la extinción. Se estima que más de 100 millones de tiburones mueren cada año como resultado de la pesca dirigida y accidental en todo el mundo. El cambio climático está provocando un aumento del nivel del mar, olas de calor marinas, anomalías térmicas, acidificación del océano y cambios en las corrientes marinas. Estos cambios han afectado al metabolismo de algunos tiburones y sus crías y es probable que muchos tiburones se vean obligados a cambiar sus rutas migratorias o a desplazarse hacia aguas más profundas en busca de mejores condiciones para su supervivencia.

«Se estima que más de 100 millones de tiburones mueren cada año como resultado de la pesca dirigida y accidental en todo el mundo»

¿Qué podemos hacer la ciudadanía para no contribuir a la pesca de especies amenazadas?

El papel de la ciudadanía es fundamental. Una persona informada tiene el poder de decidir si quiere consumir especies en peligro de extinción o no. Se están dando pasos para aumentar la sensibilización y la información disponible sobre la situación de estas especies, lo que permitirá a la ciudadanía tomar decisiones más conscientes y responsables. Vamos en esa dirección, pero aún queda mucho por hacer.

¿Qué papel tiene la ciencia en la creación de políticas de conservación efectivas?

Desempeña un papel crucial, ya que permite a las administraciones implantar acciones de manejo adecuadas. Es fundamental que se trabaje de manera conjunta y continua en procesos que son cada vez más urgentes, como la adopción de medidas efectivas a través de un plan de acción nacional, integral y con recursos en el tiempo. Este plan debería incluir la recuperación de las poblaciones, la divulgación científica, la educación, el seguimiento de los planes de acción y la fiscalización, entre otras prioridades. 

¿Cómo se está abordando la conservación de los elasmobranquios en otras partes del mundo?

Por ejemplo, en Estados Unidos se realizan seguimientos detallados de la pesca recreativa; en Colombia, se prohíbe la pesca de tiburones y rayas; en Chile, se realizan pescas exploratorias de rayas para evaluar sus abundancias; y en Reino Unido o Maldivas, se promueven actividades de ecoturismo. En Suecia y Suiza, el etiquetado de productos pesqueros es mucho más riguroso. En lugares como Isla Cocos o Indonesia, se han establecido áreas protegidas donde las poblaciones de tiburones han comenzado a recuperarse tras una tendencia a la baja. Existen diversas medidas de gestión que pueden ser efectivas, pero es crucial que se adapten a las necesidades específicas de cada país.

¿Qué actividades turísticas, como el buceo o la pesca recreativa, tienen mayor impacto en los elasmobranquios? 

Con una buena regulación, el buceo no genera ningún impacto negativo en tiburones y rayas. En el caso de España, las actividades de observación contribuyen a la ciencia ciudadana y deberían potenciarse para promover el conocimiento de nuestra biodiversidad. En cambio, la pesca recreativa tiene un impacto sobre las especies capturadas y su ecosistema. Solo en Baleares existen más de 49.000 licencias de pesca recreativa, pero los datos de estas pescas no llegan a ningún repositorio público. Aunque existen pescadores responsables e informados, esta actividad debería estar mejor regulada. 

Como divulgador, ¿por qué crees que la ciudadanía debería interesarse por la biología marina y la protección de los océanos?

Aproximadamente la mitad de la población mundial vive en zonas costeras; nuestro vínculo con el mar y su importancia en nuestras vidas es innegable. Disfrutamos este privilegio casi todo el año, especialmente en primavera y verano. Además, del mar extraemos alimentos y generamos productos farmacéuticos. El mar regula las temperaturas de muchas ciudades y del planeta en general, ayuda a mitigar la erosión costera, actúa como un importante sumidero de carbono y nos ofrece beneficios turísticos, culturales, recreativos, estéticos y espirituales. El 70% de la superficie del planeta es mar y bajo esa superficie hay una diversidad que ni siquiera somos capaces de imaginar.