Autor: Javier Yanes Garrido

El reciclaje, un escudo del planeta

Reciclaje y medioambiente siempre han ido de la mano. Sin el primero, el segundo estaría cada vez más desprotegido y más expuesto ante la acción del ser humano. Es indiscutible que la manera en la que gestionamos nuestros residuos afectan al planeta de una forma u otra. Pero también a nosotros mismos.

Así lo apuntan algunos estudios como el Global Environment Outlook 6 –presentado por la ONU en 2019 y realizado por un equipo de 250 científicos y expertos de más de 70 países–, que concluye que la contaminación de las aguas, provocada en gran parte por los residuos plásticos, será una de las principales causas de mortalidad en el mundo en el año 2050. Ante estos datos, la gestión adecuada de los residuos y el impulso del reciclaje ya no son una opción: se han convertido en una obligación.

Aunque en las últimas décadas se han dado pasos en la dirección correcta en el camino de la concienciación ciudadana, aún estamos lejos de llegar a la meta. Por eso, cada 17 de mayo celebramos el Día Internacional del Reciclaje; porque es necesario recordar y concienciar sobre la importancia que el reciclaje tiene en nuestras vidas, siendo una de las herramientas más eficaces que hay para luchar contra el cambio climático.

Y eso ya se conocía hace más de tres décadas años, cuando los movimientos ecologistas de los años 70 y 80 comenzaron a denunciar la inacción política respecto a la protección del planeta. No obstante, a pesar de que el origen de este día parece estar en Estados Unidos en 1994, su recorrido está muy ligado al Día de la Tierra, que se empezó a celebrar unos años antes. Fue precisamente en la primera efeméride de la conmemoración cuando salió a la luz el famoso logo del reciclaje que hoy todo el mundo reconoce. Fue creado por Gary Anderson, un estudiante de la Universidad de California que se presentó a un concurso para crear un logotipo que celebrase tal fecha. El resultado ya lo conocemos: una composición sencilla, con tres flechas entrelazadas que representan el ciclo del reciclado. Este es: separar los materiales reciclables, fabricar nuevos productos con ellos y que los consumidores lo vuelvan a comprar.

Con el paso de los años, reciclar se ha convertido en un hábito y la sociedad española parece ser una de las más concienciadas. Sin ir más lejos, según datos de Ecovidrio, 2018 fue un año récord para los envases de vidrio y plástico. El vidrio alcanzó una tasa de reciclaje del 76,5%, tres puntos y medio porcentuales más que en el año anterior, mientras que los envases de plástico llegaron al 75,8%, casi siete puntos más que en 2017 (69%). En cuanto al reciclaje de papel y cartón, este llegó al 80%, y los envases metálicos como las latas de refresco o cerveza superaron el 85%. Los datos brutos en España son buenos, pero no debemos bajar la guardia. Todavía nos queda mucho por aprender; al final de la cadena del reciclado está el planeta y su último eslabón somos nosotros.

La economía circular, más allá del reciclaje

En las últimas décadas, desde las diferentes administraciones y con la ayuda de la sociedad civil se ha trabajado de manera firme en forma de legislación y con campañas de formación ciudadana para incluir en nuestro día a día unos hábitos de reciclaje idóneos. Pero lo que hace años conocíamos exclusivamente como reciclaje ha evolucionado hacía un concepto más amplio que aglutina todo el sistema de producción: la economía circular. Este concepto relativamente nuevo incluye acciones como el uso eficiente de materias primas o la optimización de recursos energéticos. Algunos hablan de las conocidas como “nueve erres”, que definen el ciclo completo de la economía circular: repensar, rediseñar, refabricar, reparar, redistribuir, reducir, reutilizar, reciclar y recuperar energía.

En los últimos meses, la Unión Europea se ha convertido en un referente de la economía circular con la presentación del European Green Deal, cuya hoja de ruta apuesta con fuerza por la economía circular. En concreto, el pasado mes de marzo se presentó en el Parlamento Europeo el Nuevo Plan de acción de economía circular, enmarcado dentro del European Green Deal, y que tiene como objetivo alargar el ciclo de vida de los productos.

El reto de la UE en este campo es importante, ya que la economía europea sigue siendo casi enteramente lineal. Según Frans Timmermans, vicepresidente primero de la Comisión Europea y responsable del European Green Deal, “solo el 12% de los materiales y recursos secundarios vuelve a entrar en la economía”. El objetivo de la Unión es el de transformar los métodos de fabricación de los productos y empoderar a los consumidores para que puedan elegir siempre opciones más respetuosas con el medio ambiente que ayuden a conservar el planeta. Con este plan, la economía circular seguirá arraigando en la Unión Europea: será su nuevo modo de entender la economía.

¡Eres necesario! Recicla y aporta tu granito de arena

Y para conseguir transformar nuestro modelo productivo hacia uno más sostenible, nuestro papel será vital. Reciclar es fácil: solo requiere un poco de compromiso con el medioambiente y que todos ayudemos desde casa en la medida de lo posible. Aunque Internet está lleno de trucos y consejos para hacer nuestro día a día con el reciclaje más llevadero, nosotros te proponemos algunos a continuación:

Diferentes contenedores para diferentes residuos: si tienes espacio, tres cubos de basura pequeños son suficientes para reciclar en casa los envases: plástico, cartón y vidrio. Los colores los podemos elegir nosotros y es recomendable siempre usar bolsas de basura para mantener el higiene. Si no tenemos hueco para poner tres cubos, podemos dividir un cubo en tres con diferentes bolsas. No cabrán los mismos residuos que en cubos diferentes, pero la función que cumple es la misma.

Colocar etiquetas en cada cubo. Porque aunque ya nos sepamos de memoria lo que significa cada color, nunca está de más prevenir y asegurarnos que nunca se nos va a olvidar que va en cada lugar. Incluso la etiqueta puede ser del mismo color que el cubo para asimilar los colores más rápidos.

Reducir el tamaño de los envases. Doblar los cartones de la leche, por ejemplo, o estrujar las latas de refrescos, harán que el espacio que ocupan estos envases sea menor y podamos acumular más residuos antes de renovar la bolsa.

Leer la etiqueta de los envases. La mejor forma de saber qué va a cada sitio, es asegurarnos de lo que nos indica cada producto. La mayoría de estos informan de sus materiales utilizados e incluso te indican el contenedor al que corresponden.

Reutilizar. Probablemente el más importante de todos. Antes de reciclar cualquier producto, podemos ver si nos sirve para darle un segundo uso. Por ejemplo, un envase de vidrio lo podemos reciclar como vaso, jarrón o incluso para guardar legumbres o pasta.

Cuidado con los artículos especiales. En nuestro día a día usamos productos que no podemos incluir en ningún contenedor de los que tenemos en casa pero que son igual de importantes de reciclar. Las pilas, los electrodomésticos y los medicamentos caducados son algunos ejemplos.

#Coronavirus: el ejemplo de los trabajadores en esta pandemia

Valeria Cafagna

El coronavirus ha trastocado nuestras vidas, en muchos casos con una fuerza devastadora. Ni el mundo ni la sociedad española volverán a ser los mismos. Sin embargo, esta trágica situación también ha demostrado, como ya ha ocurrido en otros momentos duros de la historia, que en las mayores dificultades los seres humanos sacamos lo mejor de nosotros mismos. Hoy, 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, rendimos un sincero homenaje a todos aquellos que han demostrado una gran altura moral al ponerse en primera línea de batalla para servir y proteger al resto la ciudadanía:

Los sanitarios, que luchan para cuidar de nuestra salud frente al virus.

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que velan por nuestra seguridad.

Los empleados públicos, que garantizan el funcionamiento de la Administración Pública.

Los empleados del sector alimentario, esenciales en nuestro día a día.

Los transportistas y mensajeros, que conectan recursos y personas a lo largo del territorio.

Los profesionales de los servicios de movilidad, que garantizan nuestros desplazamientos.

Los trabajadores de la industria, que han seguido abasteciendo nuestros mercados.

Los periodistas, que nos informan puntualmente de la evolución de la pandemia.

Y una mención especial a los profesionales del sector energético, que desde el inicio de esta crisis han seguido trabajando para garantizar que la energía llegs a todos los rincones de España. En Red Eléctrica, más de 400 ingenieros y técnicos trabajan 24/7 para garantizar la seguridad y continuidad del suministro eléctrico y por el buen estado de la red de transporte.

La lista de trabajadores a los que debemos estar agradecidos es infinita. A todos les une el mismo modus operandi cada día: ¡mascarilla, guantes y acción! Con valentía y una gran vocación de servicio dejan a diario sus hogares y sus familias para proteger a las nuestras. Por todo esto, ellos deben sentirse orgullosos y, nosotros debemos recordar, cuando superemos esta crisis, que vencimos al virus gracias a su esfuerzo.

Afortunadamente, su implicación no ha pasado desapercibida. Desde el inicio de la pandemia, se generó un movimiento con el que la sociedad civil traslada a diario su agradecimiento. Siguiendo el ejemplo de Italia, cada día, a las 20h, dedicamos un aplauso a todos estos profesionales desde nuestros balcones y ventanas. Este aplauso es mucho más que un reconocimiento. Con cada palmada contribuimos a visibilizar la importancia de estas profesiones que, antes de esta crisis, en muchos casos pasaban desapercibidas. El COVID-19 deja tras de sí una estela de sufrimiento, pero también enseñanzas fundamentales para construir una sociedad mejor.

Por supuesto, el 1 de mayo es el día de todos los trabajadores y, aunque rindamos un tributo especial a los que están al frente de los servicios esenciales, también debemos recordar al resto de colectivos. A los que, desde casa, a través del trabajo en remoto, siguen contribuyendo al progreso económico de nuestro país, a la disponibilidad de muchos otros servicios, a nuestro bienestar físico y mental o a la educación de nuestros hijos.

A todos, ¡gracias!

Un atípico 1 de mayo

La celebración del Día Internacional de los Trabajadores se remonta al siglo XIX en plena Revolución Industrial. Concretamente fue en Chicago, Estados Unidos, donde el 1 de mayo de 1886 se levantó un movimiento obrero multitudinario en el que diversas organizaciones unieron fuerzas para luchar por una jornada de trabajo más digna. El camino recorrido desde entonces ha sido largo, pero los avances han sido inmensos.

Este año su conmemoración será atípica. No se celebrarán las tradicionales manifestaciones o celebraciones multitudinarias. Pero, desde nuestros hogares, seguiremos aplaudiendo a todos los valientes que a diario nos sanan, asisten y protegen en estos momentos.

#Coronavirus: la Tierra celebra su día en su momento más complicado

día de la tierra

El Día de la Tierra cumple 50 años en medio de una crisis sanitaria mundial que nos hace recordar la necesidad, ahora más que nunca, de cuidar el planeta. En estas últimas semanas hemos asistido atónitos a imágenes impensables en pleno siglo XXI, en el planeta globalizado e hiperconectado en el que vivimos y por el que 1.400 millones de personas viajaron por el mundo en 2019 para hacer turismo. Era inimaginable hasta hace unos días ver los canales de Venecia totalmente vacíos y con peces nadando sin tener que esquivar a las decenas de góndolas que los recorren, como también se nos hace raro ver la mítica Times Square, en Nueva York, sin turistas sacándose fotos y sentados en las gradas. Mientras, en España, es difícil recordar una fecha en la que la icónica Gran Vía madrileña haya estado tan vacía como durante este último mes.

La alteración que el ser humano provoca en los sistemas naturales aumenta el riesgo de pandemias

En estos días en los que el ser humano anda confinado en sus hogares para salvar sus propias vidas, parece que la Tierra empieza a respirar un poco. Los niveles de contaminación han bajado en todo el planeta (solo hay que ver los informes diarios de la calidad del aire en Madrid), los cielos se empiezan a vaciar de gases contaminantes para dejar paso a un azul brillante que apenas recordábamos, mientras que la fauna se adueña de territorios que en un pasado fueron suyos y el ser humano les arrebató (jabalíes en Barcelona, osos en localidades asturianas o delfines en Cagliari). La naturaleza se abre paso, y el equilibro entre esta y los humanos es cada vez es más frágil. Tanto que, según un informe presentado a principios de abril por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés), la alteración que el ser humano provoca en el equilibrio de los sistemas naturales aumenta el riesgo de aparición de pandemias y nuevas enfermedades. Parece que esta situación está creando una conciencia social que nos ha permitido comprender una realidad innegable que ha sido puesta en duda en multitud de ocasiones: nuestra salud y la del planeta van de la mano. Proteger la naturaleza es rentable.

Unos inicios duros y un cumpleaños diferente

El Día de la Tierra tiene sus orígenes en la década de los sesenta en Estados Unidos, en un clima de protesta con una sociedad activista que rechazaba la pasividad de su Gobierno en muchos asuntos. En unos años marcados por las protestas ciudadanas por la guerra de Vietnam, fue el senador demócrata por Wisconsin, Gaylord Nelson, el que puso encima de la mesa la cuestión medioambiental. Le sorprendía que, a pesar del clima de desencanto que estaba instalado en el país, la ecología no fuera un tema presente en la agenda política.

Durante esa década, Nelson no tuvo mucho éxito en sus reivindicaciones populares hasta que en 1970, el 22 de abril, decidió seguir el modelo de las manifestaciones contra el conflicto en Vietnam y la respuesta fue abrumadora: más de 20 millones de personas salieron a la calle para exigir la protección inmediata del medio ambiente. Ante tal presión, el gobierno federal creó la Agencia de Protección Ambiental (EPA por sus siglas en inglés) y la lucha climática entró de lleno en la agenda pública.

En 1970, se celebró la primera manifestación climática de la historia en Estados Unidos

La trayectoria de la conmemoración del Día de la Tierra hasta hoy ha sido imparable. En 1972, la Conferencia de Estocolmo organizada por la ONU expandió el mensaje climático por todo el planeta. Veinte años más tarde, la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo fue más allá y recogió la necesidad de conseguir un equilibrio entre lo ecológico, lo social y lo económico para favorecer un desarrollo sostenible. Finalmente, unos meses más tarde, la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático en Nueva York reconocía la existencia del cambio climático y marcaba un objetivo final para la comunidad internacional: reducir la emisión de gases contaminantes a la atmósfera.

En 1997, el Protocolo de Kioto aumentó los compromisos acordados en las conferencias anteriores y se erigió como el primer gran acuerdo vinculante de reducción de emisiones entre países. No entró en vigor hasta 2005, ya que Rusia solamente lo ratificó en 2004, mientras que Estados Unidos, principal responsable de emisiones contaminantes en esa época (y en la actualidad) nunca lo hizo. Este mismo año caducan los acuerdos del Protocolo de Kioto y entran en vigor los de París de 2015, los más ambiciosos hasta el momento en materia climática, de los que, una vez más –y a pesar de que según varias encuestas el cambio climático es la mayor preocupación actual de los ciudadanos (un 67% según el PCR)–,  Estados Unidos se ha retirado.

Un futuro cada vez más incierto

En los últimos años, y bajo el impulso del Acuerdo de París, la sociedad ha ido interiorizando la importancia de luchar por la protección del medioambiente. Y ha hecho propio ese combate, implicándose más que nunca en una cruzada que sigue siendo rentable. Según un estudio publicado en la revista científica Science of the Total Environment, la contaminación ambiental es un factor clave en la tasa de mortalidad del coronavirus: un 80% de las muertes registradas en cuatro países de los más afectados por el virus (Italia, España, Francia y Alemania) tuvieron lugar en sus regiones más contaminadas.

El 80% de las muertes registradas en Italia, España, Francia y Alemania tuvieron lugar en sus regiones más contaminadas

Ahora, la humanidad vive una de sus etapas más retadoras y luctuosas, pero son muchas las voces que se han alzado para la que la cuestión climática no quede en el olvido. De hecho, en las últimas semanas, desde la sociedad civil, los Estados y organismos supranacionales como la Unión Europea, se ha reclamado una salida “verde” a la crisis de la COVID-19. Esto es, que se pongan en marcha medidas e iniciativas que favorezcan la recuperación económica y social a través de la sostenibilidad, la innovación y la tecnología y teniendo como pilar clave la transición hacia un nuevo modelo energético.

En Milán, la capital de Lombardía –la región italiana más afectada por la COVID-19 con miles de muertos–, las autoridades han entendido que es el momento de actuar. La ciudad pretende transformar su sistema de movilidad de manera radical para acabar con la polución que provoca el transporte. Para ello tiene previsto reconvertir durante el verano más de 35 kilómetros de calles en espacios donde el tránsito de peatones y ciclistas tenga prioridad sobre los coches. Ante la nueva situación, desde el consistorio italiano tienen claro que es necesario “reinventar Milán ante la nueva situación”. Estas medidas serán estudiadas en todo el mundo y podrían servir como una hoja de ruta para esta década.

El próximo año, con suerte, el Día de la Tierra será muy diferente a este, pero las lecciones que estamos aprendiendo durante estas últimas semanas no deben quedar en el olvido. El futuro será sostenible o no será.

#Coronavirus: innovación por el bien común

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La historia nos ha enseñado siglo tras siglo que el ser humano hace acopio de todas sus fuerzas en situaciones límites. Y ante la imparable expansión del coronavirus lo ha vuelto a hacer. La ciencia y la tecnología se han aliado para ofrecer soluciones innovadoras que permitan afrontar la lucha contra esta pandemia con las máximas garantías.

En España, la respuesta social y empresarial ha sido extraordinaria: fabricación de respiradores artificiales de bajo coste, uso de impresoras 3D para crear material sanitaria básico como son las mascarillas, ensayos clínicos acelerados para desarrollar una vacuna eficaz, etc.

El resto del mundo tampoco se ha quedado atrás. Los países asiáticos aprovecharon su posición privilegiada como gigantes tecnológicos para desarrollar apps que ayudasen a frenar la expansión del virus, y otros países han seguido esta línea de trabajo: científicos del MIT y Harvard han creado una aplicación que mediante el rastreo del usuario es capaz de trazar un mapa de contagios del coronavirus, mientras que Microsoft ha liderado el desarrollo de un 'chat bot' que mediante la inteligencia artificial es capaz de detectar los síntomas del COVID-19.

Dos cabezas piensan mejor que una, pero solo si tienen el mismo objetivo en mente. Y ahora mismo, el objetivo es claro: frenar el contagio por coronavirus lo antes posible.

#Coronavirus: los retos del sector educativo

En cuestión de semanas, el coronavirus ha transformado la vida de millones de ciudadanos en todo el mundo. Nadie sabe cuánto tardaremos en retomar la normalidad, pero sí es cierto que esta crisis sanitaria mundial ya está suponiendo un reto para la humanidad en todos los ámbitos. La cuarentena establecida en gran parte del mundo está afectando a todos los sectores, pero uno de los que está notando los efectos del coronavirus de manera más acusada es el educativo.

Las cifras del número de estudiantes que verán su día a día alterado en todo el mundo dan cuenta de la magnitud de este nuevo escenario: la UNESCO calcula que 1 de cada 2 estudiantes del mundo no podrán asistir a clase mientras dure la pandemia. Según datos actualizados a 18 de marzo, un total de 119 países ya ha anunciado el cierre de las instituciones educativas de manera total o parcial, dejando a 862 millones de niños y jóvenes sin clases.

En España, la Comunidad de Madrid, el País Vasco y La Rioja, echaron el candado a todos sus centros educativos el pasado 11 de marzo y, cinco días después, el resto de España se adhirió a esta iniciativa inédita. “Son tiempos extraordinarios que requieren medidas extraordinarias”, advirtió el presidente del Gobierno Pedro Sánchez en una de sus últimas comparecencias. En nuestro país, el cierre de colegios y centros universitarios afecta a 9,5 millones de estudiantes y va a poner a prueba la resiliencia del sistema educativo en todos sus niveles. Para muestra, la EBAU, anteriormente conocida como Selectividad, ya ha quedado aplazada de manera indefinida.

La brecha digital agranda la brecha educativa

Pero ¿qué pasará en este tiempo con todos estos estudiantes mientras sigan suspendidas las clases? Ante una crisis que ha golpeado a nuestro país -y al mundo- de manera tan repentina y con virulencia, parece que solo hay una forma de mantener activo el sistema educativo durante las próximas semanas: la formación online. Pero cuando la única alternativa posible requiere del uso de tecnología, esta actúa también como elemento diferenciador: según un estudio de We Are Social y Hootsuite, solamente el 59% de la población mundial tiene acceso a internet.

Es importante matizar que estos datos reflejan una realidad tangible no solo en países con limitados recursos o en vías de desarrollo, sino también en grandes potencias mundiales. Estados Unidos, donde también se están cerrando los centros educativos en los últimos días por la expansión del virus, es un ejemplo de ello. Las cifras del país norteamericano sorprenden: 21 millones de estadounidenses no cuentan con acceso a internet, y uno de cada cinco estudiantes no disponen de la tecnología necesaria en sus hogares para hacer frente a este reto. En ciudades como Detroit, por ejemplo, el 60% de los estudiantes no tienen acceso a internet de banda ancha, lo que dificulta su aprendizaje virtual. En el este del estado de Mississippi la situación es similar: el 40% no puede acceder a las clases de manera telemática por falta de medios. La falta de recursos en un país de la magnitud y potencial económico de Estados Unidos nos da una pista sobre la situación que el resto de países del mundo pueden estar afrontando.

Solo el 59% de la población mundial tiene acceso a internet

El “rey” de la tecnología, China, fue el país que sufrió primero los efectos del llamado COVID-19 pero supo adaptarse con celeridad: 180 millones de estudiantes pasaron de tener que ir a clase a tener que seguirlas por la televisión. En cuestión de días, China creó una plataforma de formación online para todos los estudiantes del país con la ayuda de algunas empresas tecnológicas como Huawei y Alibaba. A su vez, la televisión estatal del país (CCTV) empezó a retransmitir las clases, divididas en diferentes niveles educativos, para no sobrecargar esta plataforma de contenido online. Todo el proceso fue centralizado, por lo que los alumnos de ciudades más pequeñas tenían acceso al mismo contenido, minimizando así la brecha educativa entre las diferentes clases sociales.

Ahora bien, el país asiático también presenta severas desigualdades entre clases sociales y territorios que han provocado que no todos los estudiantes puedan usar estos recursos digitales. Según datos del gobierno chino, más de 500 millones de ciudadanos no accedieron a internet en el año 2018, ya sea porque no contaban con conexión o porque desconocen la existencia de internet. La situación es más compleja en las zonas rurales de esta nación, cuya realidad es totalmente diferente a la de sus compatriotas residentes en las grandes urbes de este gigante. Muchos de los estudiantes de las zonas rurales no cuentan con las herramientas necesarias para llevar a cabo una formación online en condiciones, con lo que su retraso académico cada vez es mayor. No en vano, en China se les conoce como los “left-behind children”.

En España, la brecha digital no alcanza esos niveles. Una encuesta del Instituto Nacional de Estadística (INE) indica que solo uno de cada cinco hogares españoles no cuenta con un ordenador (19,1%), y que el 91,4% de las familias españolas dispone de acceso a internet en casa (en su gran mayoría de banda ancha). No obstante, disponer de conectividad no es siempre garantía de que los alumnos puedan llevar a cabo una formación online de manera satisfactoria. Por ejemplo, no todas las familias cuentan con más de un dispositivo para facilitar las sesiones virtuales a todos sus hijos.

En España solo uno de cada cinco hogares españoles no cuenta con un ordenador

La otra cara de la moneda de esta nueva situación es la preparación del sistema educativo español. ¿Cuenta con suficiente preparación y recursos tecnológicos para abordar este giro hacia un modelo educativo digitalizado? La experiencia de los últimos días ha demostrado que aún tenemos un largo camino que recorrer en este sentido. Por ejemplo, la Comunidad de Madrid cuenta con la plataforma EducaMadrid, que es una herramienta que lleva funcionando varios años como complemento a la formación presencial de los alumnos. En ella se encuentran recursos educativos que sirven como complemento didáctico para profesores y alumnos. La semana anterior del cierre de los colegios, las conexiones registradas fueron 650.000, mientras que los primeros días del aislamiento han superado el millón. La consecuencia: el sistema se encuentra caído gran parte del tiempo y funciona con gran lentitud.

Este insólito panorama ha puesto sobre la mesa la urgente necesidad de renovar el sistema y dotarlo de los recursos digitales suficientes para hacer posible la enseñanza a distancia. Este impulso a la innovación conseguirá mejorar nuestro modelo educativo y lo hará resiliente ante cualquier escenario como el que vivimos. Ha llegado la hora de innovar sin dejar a nadie atrás.

Petroleras: "renovables" o morir

El futuro pertenece a las energías renovables y las petroleras lo saben. La transición energética es un proceso imparable que, espoleado por un contexto económico y social cada día más entregado a la lucha contra el cambio climático, no para de sumar apoyos. Sector a sector, todos se ven obligados a reinventarse para encajar en este nuevo orden mundial vertebrado por las políticas climáticas. El sector petrolero, uno de los últimos en apuntarse a este fenómeno, no quiere quedarse al margen de la que posiblemente sea la mayor revolución energética de la historia.

La oportunidad que se le presenta al sector de los hidrocarburos para reinventarse es única. Durante el último siglo, su aportación a la economía mundial ha sido clave: el petróleo ha marcado el ritmo del planeta. Su poder es infinito y a medio plazo no se verá muy reducido ya que algunos sectores tan poderosos como la industria o el transporte siguen dependiendo de los combustibles fósiles. Por eso, en los últimos tiempos las petroleras han dado un giro radical en su estrategia y han adoptado una hoja de ruta común: diversificar su negocio y entrar en el mercado de la energía verde. Pero ¿qué ha llevado a estas empresas a dar este paso?

Mismos actores, nuevas normas

Las petroleras han comenzado a diversificar su negocio y entrar en el mercado de la energía verde

Este giro renovable del sector viene motivado por un nuevo marco normativo enfocado a cumplir los objetivos de reducción de emisiones de CO2 pactados en el Acuerdo de París de 2015 con el apoyo de casi 200 países. Para lograr esta meta, que se ha visto reforzada en los últimos meses con iniciativas internacionales tan ambiciosas como el European Green Deal, se requerirá acometer una transición energética que ya ha comenzado y que se caracteriza principalmente por el protagonismo de las energías renovables.

Esta nueva tendencia legislativa ha calado también en el ámbito corporativo. Tal es así que los grandes fondos de inversión, con BlackRock a la cabeza -presentes en el accionariado de las grandes petroleras-, están ejerciendo presión desde dentro para conseguir progresos en materia climática. Durante las últimas semanas han dejado clara su postura respecto al cambio climático: no apoyarán a ninguna compañía que no esté empresarialmente comprometida con esta lucha.

Sin ir más lejos, en España, el último borrador del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030 (PNIEC) prevé que hará falta poner en marcha 59 GW más de energías renovables hasta 2030. Según el plan del Ministerio de Transición Ecológica, las dos tecnologías que más crecerán serán la eólica y la solar fotovoltaica: la primera duplicará su presencia en el mix de generación y la segunda multiplicará por cuatro su potencia instalada. Según datos de Red Eléctrica a cierre de enero de 2020, la potencia eólica instalada en nuestro país alcanzó los 25,7 GW, mientras que la solar fotovoltaica se quedó en 8,9 GW. Sin embargo, para cumplir los objetivos del PNIEC en materia de renovables todavía queda mucho camino por recorrer: la eólica tendrá que llegar a 50 GW y la solar fotovoltaica a 39 GW.

Las petroleras, a contra reloj

Y aquí es dónde las empresas petroleras han visto la necesidad y la oportunidad de pasar a la acción antes de que se les agote el tiempo. Repsol, que a finales de 2019 fue la primera empresa del sector en anunciar la restructuración de su negocio con el objetivo de conseguir la neutralidad en carbono en 2050, lleva varios meses adquiriendo diferentes proyectos de renovables en nuestro país. Tras comprar 26 proyectos de parques eólicos en Aragón a Forestalia –empresa adjudicataria de una gran parte de las subastas de renovables de 2016 y 2017 que cuenta con una cartera de 5,5 GW- hace unos días, el gigante petrolero posee ya casi 5 GW de activos verdes, contabilizando los que se encuentran en desarrollo y los que ya están en funcionamiento, lo que le consolida como un nuevo actor relevante en el sector.

A nivel internacional, la británica BP (British Petroleum), que lleva años inmersa en el negocio de las renovables, anunció a principios de febrero su intención de convertirse en una empresa de emisiones cero con el horizonte de 2050 en mente. Para ello, el pasado mes de octubre compró 300 MW de energía solar fotovoltaica –también en Aragón– a través de su filial Lightsource.

Otras empresas que también han apostado fuerte por las renovables son la francesa Total, que pagó 1.500 millones de euros para hacerse con 2 GW de energía solar fotovoltaica en Andalucía, Castilla-La Mancha y Aragón, y  la portuguesa Galp, que adquirió en enero todo el negocio de renovables de ACS (2,9 GW conseguidos también a través de las subastas de 2016 y 2017) por 2.200 millones de euros. Además, la petrolera noruega Equinor presentó a mediados de 2019 un proyecto para construir el primer parque eólico marino de España en las islas Canarias. La iniciativa, cuya zona exacta aún no ha sido concretada, contará con 200 MW de potencia instalada y requerirá de un inversión de 860 millones de euros.

La energía eólica tendrá que llegar a 50 GW y la solar fotovoltaica a 39 GW para cumplir con el PNIEC

Por último, la empresa petrolera líder en el mundo, Shell (Royal Dutch Shell), ha entrado también de lleno en el sector de las renovables. La compañía ha iniciado una inversión en proyectos verdes por todo el planeta de 2.000 millones de dólares al año, concentrados mayoritariamente en Europa Occidental y Australia debido a las pocas trabas burocráticas que hay en estos territorios. Además, Shell ha ampliado su negocio con inversiones relacionadas con el desarrollo y la implantación del vehículo eléctrico.

Sin embargo, este interés repentino de Shell en el vehículo eléctrico no es casual, sino que responde a una de las mayores preocupaciones del sector petrolero: la electrificación del transporte. A pesar de ser un sector históricamente dependiente del petróleo, si la producción de coches eléctricos sigue al ritmo previsto, las consecuencias para las petroleras serán devastadoras: más de 5 millones de barriles de crudo se perderán cada día.

Además, los costes de extracción del petróleo, históricamente altos, y el desarrollo de tecnologías que han reducido considerablemente el precio de las renovables aumentando su competitividad en el mercado, han puesto en alerta a las petroleras. La inestabilidad política actual, con guerras comerciales que crean inestabilidad y condicionan el precio del crudo, tampoco es un factor que les favorezca. El sector ha entendido la necesidad de renovarse si quiere seguir siendo un actor principal en el mundo de la energía.

El futuro es verde. En el año 2050, las renovables probablemente seguirán siendo más baratas, más eficientes y menos contaminantes que el petróleo. Este último no habrá desparecido, pero tendrá los días contados. Hasta entonces, las petroleras tienen un minuto de oro para liderar el modelo energético del siglo XXI.

Ahora o nunca: la lucha contra el cambio climático en EE.UU.

Recuerden esta cifra: 18,3. A simple vista, este número dice poco. Sin embargo, conviene que lo recuerden porque es histórico. El pasado 6 de febrero esa fue la temperatura que se registró en la Antártida: 18,3 grados centígrados. Nunca antes se había disparado el mercurio de esta manera en el continente austral. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) avisa: en los últimos 50 años, la temperatura en la Antártida ha aumentado tres grados.

Habrá ciudadanos que recibirán la noticia con preocupación y otros que, como Donald Trump, le restará importancia dentro de su discurso negacionista contra el cambio climático. Tras anunciar meses atrás la salida definitiva de EE.UU. del Acuerdo de París para avanzar en la lucha contra el calentamiento global, el presidente de los Estados Unidos sigue retrocediendo en las políticas climáticas. En las próximas horas presentará en el Congreso un primer borrador de los presupuestos anuales que incluyen una reducción de los fondos para la lucha contra el cambio climático (un 26% menos). En esa cruzada casi personal de Trump contra todo lo que tenga que ver con el medio ambiente, el presidente norteamericano se enfrenta a su primera gran reválida en las elecciones presidenciales del próximo noviembre.

El 3 de febrero comenzaron las primarias demócratas en el estado de Iowa

Si en 2019 los españoles acabaron el año cansados de ir a votar, en 2020 puede que los estadounidenses experimenten esa misma sensación. Todo hace indicar que lo que suceda en la política estadounidense durante este año tendrá una importancia vital en la lucha mundial contra el cambio climático. Y ahí es donde debe entrar en juego el Partido Demócrata. El pasado tres de febrero dio el pistoletazo de salida a las primarias demócratas en el estado de Iowa. ¿El objetivo? Echar a Donald Trump de la Casa Blanca.

De las 29 candidaturas que se presentaron en un primer momento, solo once continúan en la carrera por el liderazgo del partido tras los caucus de Iowa pero, a día de hoy, solo cuatro candidatos cuentan con opciones reales de vencer: Pete Buttigieg, Bernie Sanders, Elizabeth Warren y Joe Biden. Los dos primeros salieron reforzados tras el caótico recuento de Iowa, mientras que Warren y Biden, favoritos meses atrás, pueden estar viviendo sus últimas horas en la carrera electoral. Las primarias de New Hampshire del próximo 11 de febrero pueden darnos las pistas definitivas sobre quién será el rival de Donald Trump el 3 de noviembre.

El Green New Deal pone de acuerdo a todos los candidatos

A pesar de las diferencias programáticas que tienen los candidatos en materias como sanidad, educación o defensa, hay algo en lo que coinciden todos: su apoyo al Green New Deal, la hoja de ruta que presentaron el año pasado en el Congreso el senador Edward Markey y la congresista Alexandra Ocasio-Cortez con el objetivo de situar a Estados Unidos al frente de la lucha contra el cambio climático a nivel mundial y que guarda, además del nombre, otras similitudes con el plan aprobado recientemente por la Comisión Europea, el European Green Deal. Curiosamente, tanto Markey como Ocasio-Cortez se han manifestado públicamente en favor de alguno de los candidatos: el primero lo hizo con Elizabeth Warren y la segunda con Bernie Sanders.

El Green New Deal ha marcado una meta: reducir de manera drástica la emisión de gases de efecto invernadero para lograr la neutralidad de emisiones en el año 2050. Además, en un plazo de diez años se espera generar el 100% de la electricidad del país a través de energías renovables o sin emisiones para conseguir una mayor eficiencia energética. Para ello, se modernizará tanto la red eléctrica como todos los edificios del país y se invertirá en el vehículo eléctrico y en el tren de alta velocidad.

Pero, ¿cuánto costará electrificar la economía de un país como Estados Unidos? Sanders promete una inversión de 16,3 trillones de dólares. El resto de candidatos son más tímidos: 3 trillones, Warren, 2 trillones, Buttigeig y 1,7 trillones, Biden. La  subida de impuestos a la industria carbonífera y la creación de millones de nuevos puestos de trabajo directamente relacionados con el Green New Deal pagarán gran parte de esta inversión.

Más allá de las cifras presupuestarias hay un aspecto en el que hay discrepancias: la energía nuclear. Sanders y Warren abogan por cerrar todas las centrales nucleares del país antes de 2035, mientras que Biden y Buttigieg creen que la nuclear es una fuente de energía imprescindible a medio plazo y el país no puede prescindir de sus 97 centrales.

Objetivo: recuperar el liderazgo internacional

Pero si hay algo en lo que coinciden de forma inequívoca los cuatro candidatos es en el papel que debe jugar Estados Unidos en el mundo en la lucha contra el cambio climático, y esto pasa por no abandonar bajo ninguna circunstancia el Acuerdo de París. Los argumentos de Trump para rechazar este consenso internacional son básicamente dos: que el acuerdo representa un “castigo” hacia los Estados Unidos y que el precio que los estadounidenses pagarían por “una reducción de solamente 0,2°” es demasiado alto.

Los demócratas consideran imprescindible recuperar la iniciativa internacional y convertirse en el país que lidere la lucha contra el cambio climático. No entienden que Estados Unidos, primera potencia económica mundial y responsable directo del 15% de las emisiones de gases de efecto invernadero, solo por detrás de China, abandone un acuerdo al que se han sumado ya 195 países entre los que se encuentran los gigantes de la contaminación: la ya mencionada China, la Unión Europea e India. En este sentido, la presencia de la presidenta del Congreso de EE.UU., la demócrata Nancy Pelosi, en la COP25 de Madrid el pasado mes de diciembre fue un acto cargado de intención.

El Green New Deal equiparará la política climática estadounidense con la europea

Para los defensores de la lucha contra el cambio climático en Estados Unidos todavía hay espacio para la esperanza. La salida efectiva de cualquier país firmante del Acuerdo de París solo puede producirse cuatro años después de su entrada en vigor: en noviembre de 2020, justo después de las elecciones presidenciales, por lo que un cambio de liderazgo en la Casa Blanca cambiaría totalmente la panorámica.

Los grandes estados se rebelan contra Trump

La deriva de las políticas climáticas de Trump ha generado un rechazo total en gran parte del país. Por ello, hasta 25 estados han dicho basta y se han unido bajo la Alianza por el Clima de EE.UU. para defender sus intereses e implementar políticas energéticas limpias que permitan reducir las emisiones contaminantes. Entre esos 25 estados “rebeldes”, la gran mayoría gobernados por el Partido Demócrata, encontramos tres que pertenecen al bando republicano: Vermont, Maryland y Massachusetts. La unión de todos estos territorios, que representan el 65% de la población estadounidense, logrará reducir en un 28% las emisiones de CO2 para el año 2030.

El caso de California es singular: es el estado más poblado del país y su economía se sitúa en el quinto puesto a nivel mundial por encima de países como Francia o Reino Unido. Los demócratas californianos aprobaron el año pasado una ley estatal con el objetivo de usar energía 100% libre de emisiones en el año 2045, de la que un 60% deberá ser renovable. En esta línea, Los Ángeles se ha marcado como objetivo obtener el 100% de su energía de fuentes renovables para ese mismo año, mientras que la ciudad de Berkeley es, desde julio de 2019, la primera metrópoli estadounidense en prohibir el gas natural en todas sus nuevas construcciones. Por su parte, Nueva York, la ciudad más poblada del país, también ha aprobado una ley que obliga a que en 2040 toda su energía sea limpia, y se ha fijado 2050 como año límite alcanzar la neutralidad de carbono.

Viajar sin contaminar: el gran desafío de la década

turismo

El turismo es la gallina de los huevos de oro de la economía de muchos países. Sin turismo no salen las cuentas: es uno de los sectores que más aporta a la economía a nivel mundial. Nunca falla. Como tampoco lo hace FITUR, la feria de turismo española por antonomasia y una de las más importantes del mundo que este año celebra su 40 aniversario. Durante esta semana y hasta el próximo 26 de enero la feria abre sus puertas en el Palacio de Congresos de Madrid, donde se reunirán los profesionales más destacados del sector.

Según los últimos datos de la Organización Mundial del Turismo, cerca de 1.600 millones de personas harán las maletas en algún momento de este 2020. Esta cifra subraya el gran impacto del turismo en la economía mundial: es responsable directo del 10% del PIB del planeta y genera 1 de cada 10 empleos en el mundo. A pesar de los beneficios que el turismo tiene para la economía, cabe recordar que todos los desplazamientos dejan huella en nuestro planeta.

El turismo es responsable directo del 10% del PIB del planeta

Sin ir más lejos, la Agencia Europea del Medio Ambiente estima que un vuelo de Madrid a Barcelona con 100 pasajeros emite cerca de 14 toneladas de CO2. El mismo trayecto, con el mismo número de viajeros, pero en tren, produce 7.000 kilogramos del mismo gas. Datos de este organismo señalan al avión como el medio de transporte más dañino con el planeta. Y es que llega a contaminar hasta 20 veces más que otros medios. A pesar de los esfuerzos — de momento, insuficientes— del sector para reducir sus niveles de contaminación, la realidad es que a día de hoy es el responsable del 2,5% de los gases invernadero. Y eso no es todo. De seguir con los ritmos actuales, se calcula que para el 2050 las emisiones procedentes de los vuelos aumentarán en un 300%.

Por ello, el turismo juega un papel clave en la Agenda 2030 y en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, ya que tiene el potencial para contribuir de manera decisiva en la consecución de los grandes desafíos de la década. Bajo esta perspectiva, ya son varios los países que han empezado ya a “viajar” hacia un turismo más sostenible con medidas que van desde la aplicación de tasas económicas al visitante hasta la limitación del número de turistas permitidos o la eliminación de los vuelos de corta distancia. Todas ellas están orientadas a buscar un equilibrio entre potenciar el turismo y garantizar la sostenibilidad del entorno.

Asia

Bután es un claro ejemplo de cómo apostar por el turismo sin que el ecosistema salga perdiendo. Bajo la política “valor alto, impacto bajo”, el pequeño estado budista del sudeste asiático ha limitado el número de visitantes anuales que pueden acceder al país para así controlar y minimizar el impacto medioambiental. Entre las medidas aplicadas se encuentra el pago de una tasa diaria de 200 euros por persona que incluye el alojamiento y la obligación de llegar al país a través de una agencia de viajes autorizada por el Gobierno. Estas soluciones han hecho de Bután un referente a nivel mundial en turismo sostenible.

Un grupo de espectadores observan un baile tradicional de Bután

La recientemente renombrada como República de Palau, el país formado por islas volcánicas que se encuentra al oeste de Filipinas, también ha dado un paso más en el campo del ecoturismo. A través de la firma de la “promesa de Palau”, una especie de contrato redactado por los niños y niñas del país, los turistas se comprometen a cumplir una serie de indicaciones a la hora de visitar el país. El objetivo, según las autoridades nacionales, es que el visitante sienta que es su deber proteger y preservar el entorno.

Latinoamérica

En latinoamérica también se encuentran ejemplos de Gobiernos que han decidido priorizar la supervivencia del entorno natural frente a los beneficios del turismo. Las islas Galápagos, situadas en el océano Pacífico a casi 1000 km de las costas de Ecuador, llevan desde hace años restringiendo el número de visitantes por cuestiones medioambientales. Además, las autoridades ecuatorianas han implementado una tasa para los turistas de 100 dólares por persona y han limitado también la presencia de visitantes en determinadas áreas con el objetivo de luchar contra la degradación del ecosistema.

Fernando de Noronha, otro archipiélago de islas situado en el nordeste de Brasil, tiene un límite diario de turistas fijado en 450. Sin embargo, esta cifra no siempre se respeta debido a la histórica flexibilidad de las autoridades brasileñas en temas de protección del medio ambiente. El Gobierno de la zona también ha fijado una tasa de 20 euros por persona y día que se emplea para llevar a cabo proyectos orientados a preservar la biodiversidad.

España

Dentro de nuestras fronteras, Barcelona, que desde hace años se enfrentado a las consecuencias de un turismo masificado, ha tomado medidas contra uno de los medios de transporte más dañinos: los cruceros. Con una media de 750 escalas diarias en el puerto de Barcelona, en temporada alta llegan a coincidir en aguas catalanas hasta diez naves de gran tamaño. Por este motivo, el Ayuntamiento de Barcelona está a punto de aprobar un paquete de medidas que limitará el número de cruceros en la capital catalana.

Turistas reunidos en la Fuente Mágica de Montjuïc, en Barcelona

Por último, en las Islas Baleares se instauró en el año 2018 un impuesto conocido como ecotasa. Desde entonces, los turistas que visiten alguna de las islas deberán abonar un pago que puede llegar a ascender hasta 4 euros por persona y día dependiendo del establecimiento en el que se alojen. En el año 2019, gracias al Impuesto del Turismo Sostenible, el Gobierno balear recaudó más de 100 millones de euros que, según las autoridades, están destinados a mejorar la calidad de vida en las islas con proyectos enfocados a crear infraestructuras más sostenibles.