«Las cosas que sugiere la naturaleza son siempre positivas, constructivas y necesarias»

Joaquín Araújo

Vive a quince kilómetros de su vecino más cercano, en plena comarca de Las Villuercas. Puede pasar meses sin ver a otra persona, rodeado únicamente de los árboles que él mismo ha plantado. Joaquín Araujo –naturalista, escritor, agricultor ecológico y una de las voces más veteranas del ecologismo español– se define a sí mismo como un «emboscado»: alguien que, literalmente, se parece al bosque. Desde hace cincuenta años combina esa vida de aislamiento voluntario con una intensa presencia pública: 122 libros publicados, casi 3.000 conferencias y una trayectoria como asesor de varios ministros.

Hablamos con él sobre los incendios de este verano, la codicia como motor de la destrucción ambiental y su particular manera de saldar, árbol a árbol, una deuda que considera impagable.


Usted vive rodeado de naturaleza desde hace cinco décadas y se define como «emboscado». ¿Cómo describiría esa relación?

No me relaciono solo desde el conocimiento científico, aunque en su día fui bastante ornitólogo. Me relaciono con los instantes, con el tiempo, con el agua, con la tierra, con la propuesta estética de la naturaleza. Y esa propuesta siempre acaba señalando lo mismo: qué hay que hacer. Las cosas que sugiere la naturaleza son siempre positivas, constructivas y necesarias.

A lo largo de su vida ha sido naturalista, escritor, periodista, agricultor y divulgador. ¿Cómo va pasando de una faceta a otra y qué hilo cree que las une?

No he parado nunca de cultivar, escribir y defender la paz, lo sensato y lo bello de este mundo cada día más amenazado. Los que admiramos la forma de proceder del paisaje en su conjunto no tenemos dificultad en ser multidisciplinares, porque nos alivia emular aquello que admiramos, amamos y defendemos. Al mismo tiempo, [esta multidisciplinariedad] es la consecuencia lógica de tener una visión panorámica de la realidad.

«No se gana atacando al fuego, sino conteniéndolo con parapetos»

¿Quiénes son y/o han sido sus naturalistas referentes para usted?

Fundamentalmente Thoreau, más por su carácter filosófico y poético que por la observación de animales y plantas. También admiro a Edward O. Wilson, que fue capaz de la prospección más minuciosa, a David Attenborough… Y al que más admiro es al geógrafo Eduardo Martínez de Pisón. Todos pensarán que, como trabajé con Rodríguez de la Fuente, él estaría en esta lista, pero precisamente por nuestra cercanía y por la relación tan intensa, me cuesta verlo como un naturalista en el sentido en que yo entiendo.

Este verano España ha vivido una ola de grandes incendios. ¿Se podrían evitar los del año que viene?

La naturaleza lleva pidiendo lo mismo desde hace décadas y no se ha hecho nada. He sido asesor de varios ministros y lo he repetido hasta la extenuación. No se trata de evitar el incendio en sí, sino su inmensidad: proponíamos desde hace tiempo un sistema de defensa pasiva, cortafuegos bien diseñados, para que ningún fuego superara las 500 o 1.000 hectáreas. Es el mismo principio que usa la naturaleza desde hace 3.000 millones de años: no se gana atacando al fuego, sino conteniéndolo con parapetos. Pero eso exige una infraestructura mantenida año tras año, y quienes mandan –en la política y en la economía– han mostrado un desprecio extraordinario hacia el paisaje, la cultura rural y la naturaleza.

Usted ha hablado de la codicia humana como raíz de ese desprecio. ¿Cómo se combate algo tan íntimo desde lo colectivo?

La codicia se da exclusivamente en el ser humano. El mismo cerebro capaz de la bondad más exquisita alberga también el odio, la competitividad, el acaparamiento. El problema es que nuestro sistema –educativo, político, cultural– le da todas las oportunidades a la codicia y casi ninguna a lo contrario: la convivencia, el vínculo, el abrazo. Para mí la cultura sería el auténtico antídoto: si eres culto no necesitas acumular ni dominar. Por eso siempre digo: ¿por qué no existe una asignatura que enseñe a abrazarse, o a echar de menos, o a ver la belleza?

El 55% de la superficie nacional son bosques, pero en España no son rentables. Si lo fueran, ¿considera que la economía del bosque podría ayudar a prevenir incendios?

Algo ayudaría, pero ¿por qué tienen que ser rentables? ¿Hay que crear una suerte de recompensa a los propietarios de la naturaleza para poder conservarla? ¿Hay que pagar algo al propietario del bosque a cambio de lo que nos da el bosque, del aire limpio y del oxígeno? Además se produciría una contradicción, porque los poderosos recibirían más dinero por haber podido comprar un territorio, lo que ahondaría la brecha entre los ricos, los menos ricos y no digamos los pobres. No soy partidario de que los bosques sean rentables, porque son invalorables. Hay que cambiar la mentalidad; ¿por qué tiene que dar ganancia económica un bosque? El bosque ya es lo más preciado que tenemos y debemos declararlo bien público inalienable. Un bosque vale más que todo el dinero que pueda existir en cualquier país.

«El bosque es una escuela de ética y de estética»

¿Cuál es la receta para una gestión forestal sostenible?

Que los propietarios acepten esta premisa anterior, que se sientan orgullosos por la posibilidad de estar contribuyendo al mantenimiento de la vida, y punto. Pero también vendría bien algo de parachoques y defensa pasiva que los propietarios fueran capaces de garantizar. Debería ser prioridad en España que fuera imposible un incendio de más de 1000 hectáreas, y no costaría tanto dinero conseguirlo.

Una de sus formas de «abrazar» la naturaleza es plantar unos 500 árboles al año, de media uno por cada día de su vida. ¿Siente que con eso salda esa deuda?

Es totalmente insuficiente. Por cada árbol que he plantado, la humanidad probablemente ha perdido un millón, o más: solo en 2024 perdimos 17.000 millones de árboles en el planeta. Así que mis 28.000 árboles son insignificantes en términos absolutos. Pero son magníficos para sentirme en paz conmigo mismo. No es ningún mérito plantarlos: si me han publicado 122 libros, tengo que plantar árboles. Es una deuda de gratitud elemental.

¿Qué le aporta personalmente, emocionalmente, estar en el bosque, sentir de cerca la naturaleza?

El mayor déficit intelectual, moral y sentimental de la humanidad es no vivir con la vida ni estar incorporado a lo viviente, no aceptar los lenguajes sin palabras de la naturaleza. Casi todo lo peor que nos pasa es por no ser capaces de enamorarnos de la belleza natural, vivir y dormir con ella, y por no dejarnos acariciar por la soledad. La soledad es una generadora de comprensión, de calma y de respeto. El bosque es una escuela de ética y de estética. Yo todos los días voy gratis a clase de buen gusto, respeto y educación. 

¿Cuál diría que es el gesto más bello que ha hecho por la vida?

Quizás resulte extraño, pero creo que lo más bello que he hecho es cuando no hago nada: cuando me siento a contemplar la línea del horizonte. Todo lo demás –cultivar la tierra, cuidar animales, dar conferencias, escribir– no puedo separarlo de esa misma actitud: incluir en mi vida lo que el sistema de la codicia excluye. Eso ya es, en sí mismo, un acto ético y estético a la vez.