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«La paz se construye antes de que aparezca la violencia»

Manuela Mesa

En un contexto internacional marcado por guerras, aumento del gasto militar y nuevas tensiones geopolíticas, hablar de paz implica mirar más allá de la ausencia de violencia. Manuela Mesa, pedagoga y socióloga española especializada en educación para la paz, defiende la necesidad de construir sociedades más justas y aborda las causas que alimentan la violencia desde una perspectiva colectiva. Para la Directora del Centro de Educación e Investigación para la Paz (CEIPAZ), estamos en un momento que requiere compromiso, inversión y cambios profundos. En un contexto internacional marcado por guerras, aumento del gasto militar y nuevas tensiones geopolíticas, hablar de paz implica mirar más allá de la ausencia de violencia. Manuela Mesa, pedagoga y socióloga española especializada en educación para la paz, defiende la necesidad de construir sociedades más justas y aborda las causas que alimentan la violencia desde una perspectiva colectiva. Para la Directora del Centro de Educación e Investigación para la Paz (CEIPAZ), estamos en un momento que requiere compromiso, inversión y cambios profundos.


¿Cómo definiría la paz? ¿Es simplemente la ausencia de violencia o algo más amplio?

La paz no es solo ausencia de guerra o violencia, sino una construcción colectiva que exige invertir en ella. Significa cuestionar la lógica del militarismo y apostar por la seguridad humana, basada en las necesidades de las personas. Implica respetar los derechos humanos, la justicia social, la igualdad y la participación democrática. Una sociedad pacífica debe contar con mecanismos para gestionar los conflictos sin recurrir a la violencia. 

Usted forma parte del comité de expertos del Índice de Paz Global (Global Peace Index). ¿Qué nos dicen los indicadores sobre el estado actual de la paz en el mundo?

Los datos muestran un deterioro importante. En 2025, 99 países empeoraron y solo 62 mejoraron. Hay más conflictos armados protagonizados por Estados que en ningún otro momento desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y también una creciente internacionalización: 103 países han estado implicados de una manera u otra en conflictos externos durante los últimos 5 años, frente a 59 que había en 2008. A ello se suma la militarización. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) , el gasto militar alcanzó los 2,9 billones de dólares en 2025, la cifra más alta registrada hasta la fecha.

«Hay más conflictos armados protagonizados por Estados que en ningún otro momento desde el final de la Segunda Guerra Mundial»

¿Qué tienen en común los países que presentan mayores niveles de paz?

El concepto de «paz positiva» identifica ocho pilares: buen funcionamiento del Gobierno, bajos niveles de corrupción, distribución equitativa de los recursos, aceptación de los derechos de los demás, buenas relaciones con los países vecinos, libre circulación de la información, capital humano y un entorno económico sólido. Las sociedades más pacíficas cuentan con instituciones capaces de gestionar las diferencias sin recurrir a la violencia. De hecho, la paz se construye antes de que aparezca la violencia.

¿Estamos viviendo uno de los momentos de mayor inestabilidad internacional de las últimas décadas o nuestra percepción está condicionada por la enorme cantidad de información que recibimos?

Los datos muestran que el deterioro es objetivo, no consecuencia de una sobreinformación. Hay más conflictos estatales activos y están más internacionalizados. Además, vivimos una transición, con un cuestionamiento del orden internacional y de las normas construidas tras la Segunda Guerra Mundial. La respuesta dominante está siendo una mayor militarización, y esto además tiene una conexión muy directa con el impacto ambiental y la crisis climática tan grande que vivimos. Creo que tenemos elementos suficientes para saber que estamos en un momento muy delicado.

¿Cuáles son hoy las principales amenazas para la paz mundial?

Una de ellas son las guerras interestatales y la rivalidad entre grandes potencias. Muchas de ellas, además, poseedoras de armas nucleares. Otra es el debilitamiento del multilateralismo y del derecho internacional: sin un marco común para resolver conflictos, puede imponerse la ley del más fuerte. Preocupan también la carrera armamentística y el desarrollo de drones y armas autónomas. Existen los llamados «killer robots», que en función de cómo se programan, pueden decidir a quién disparar y a quién no. Hay un vacío jurídico de quién tiene la responsabilidad cuando se cometen errores importantes. Y otra amenaza diría que es el debilitamiento de las democracias en el plano internacional. Todo viene provocado por estrategias de desinformación y de construcción del enemigo, que son muy graves y que están llevando al poder a personas que niegan la democracia, que promueven regímenes autoritarios. 

¿Qué diferencia al escenario internacional actual de otros períodos históricos recientes en cuanto al riesgo de conflictos?

Durante la Guerra Fría existía una estructura bipolar de confrontación, pero también unas determinadas normas. Ahora el escenario es más fragmentado y resulta más difícil anticipar cómo evolucionará. El caso del gobierno de los Estados Unidos, por ejemplo, es absolutamente impredecible. Se están produciendo hechos que no imaginábamos, porque salen fuera de las normas en las que habitualmente el sistema internacional ha funcionado. Distintos actores tratan de adquirir poder mediante el militarismo y faltan liderazgos fuertes a favor de la paz.

«La capacidad de llegar a acuerdos debe convertirse en un valor»

¿Hay conflictos que podrían evitarse si se actuara antes? ¿Están fallando los mecanismos de prevención?

Se invierte mucho más en las guerras que en prevenirlas. Los conflictos no aparecen de un día para otro: suelen estar precedidos por polarización, discursos de odio, exclusión política o violaciones de derechos humanos. La prevención y la diplomacia podrían hacer mucho más. Un ejemplo es el genocidio a Gaza y lo que se ha tolerado, como la privación de ayuda humanitaria a personas civiles, lo que crea un contexto en el que es muy difícil creer en las normas internacionales. Además, estamos en un momento en el que los Estados que utilizan la violencia incluso se enorgullecen de ello. 

¿Hay motivos para el optimismo?

Sí. El anuario de la Escuela de Cultura de Paz, de la Universidad Autónoma de Barcelona, registró 53 procesos de paz en 2025. Existen espacios de negociación que deben ponerse en valor, aunque queden eclipsados por un discurso dominante de rearme y militarización. Necesitamos gobiernos que apuesten por la negociación y la paz. La mayor parte de la población, además, no quiere la guerra ni la violencia. Esa idea de morir por la patria creo que en el siglo XXI queda un poco anticuada. Lo cierto es que en muchos casos la gente acaba yendo a la guerra porque no le queda más remedio. 

¿Cómo se fomenta y educa en la paz en unas sociedades cada vez más polarizadas?

Hay que educar en la gestión de los conflictos y enseñar que se puede discrepar sin deshumanizar al otro. Es fundamental desarrollar pensamiento crítico, identificar la desinformación y los discursos de odio y aprender a resolver conflictos, también en los ámbitos más pequeños, en las escuelas, en los barrios... La capacidad de llegar a acuerdos debe convertirse en un valor. Odiar es una forma de tener miedo al otro.

Después de tantos años estudiando procesos de paz, ¿ha cambiado su manera de entender qué significa vivir en una sociedad pacífica?

Trabajo en el ámbito internacional, pero la paz debe construirse también en el ámbito local y personal. En los últimos años he trabajado desde una perspectiva más feminista y creo que incorporar el enfoque de género es fundamental. Lo internacional, lo local y lo personal se interrelacionan. Pequeños gestos e iniciativas pueden ser transformadores. Todo suma en esa apuesta.