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La revolución del cultivo vertical

«Asombrosas islas de verduras que se mueven como balsas sobre el agua». Al historiador William Prescott, que basó gran parte de sus relatos en el imperio azteca, el paisaje de la zona le dejó perplejo: donde debía estar el lago Xochimilco, se vislumbraban aquellas llamativas chinampas, abundantes cosechas de verduras y flores que flotaban impasibles en balsas acuáticas, formando islas que parecían levitar en el aire. Parecía magia. ¿Cómo era posible que esos cultivos no necesitaran del suelo para salir adelante? 

Si viajamos aún más atrás en la historia, encontraremos jeroglíficos egipcios que describían procesos de cultivo acuáticos a lo largo del Nilo. Eran los orígenes de lo que ahora conocemos como la hidroponía, que reemplaza un sustrato inerte por disoluciones minerales en agua, una técnica innovadora y mucho más sostenible que la agricultura tradicional, responsable del consumo del 70% del agua a escala global.

De seguir con el sistema alimentario actual en 2050 el acceso global a calorías se reducirá hasta niveles propios del año 2000

Ahora  la agricultura ha dado un paso más y ya mira al suelo desde las alturas. Es la aeroponía, una técnica de cultivo vertical que solo necesita una décima parte del agua respecto a los cultivos tradicionales y que resuelve algunos de los problemas que el incipiente reto de alimentar al planeta trae consigo: alteraciones del suelo, desertificación, sequía y falta de espacio. Y es que el tiempo corre en nuestra contra: de seguir con el modelo extensivo de agricultura, advierte la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), «el sistema reducirá la disponibilidad de calorías en 2050, especialmente en los países en vías de desarrollo, a los niveles alcanzados en el año 2000». 

Aprender a prescindir del suelo para seguir subsistiendo es una necesidad, y la aeroponía recoge ese guante como una técnica que no solo es más sostenible sino también más barata: esta técnica, desarrollada en 1920 por el doctor Franco Massantini y mejorada por la NASA en 1990, consiste en cultivar verduras en paredes o columnas, con las raíces al aire y escondidas dentro de una cámara que las protege de la luz permitiéndoles, a la vez, absorber el oxígeno que necesitan. Al tener un mayor acceso al oxígeno, los nutrientes son absorbidos directamente del ambiente una vez son pulverizados en forma de disolución, lo que les requiere menos energía para llevar a cabo la fotosíntesis.

Gracias a esta independencia del sustrato, la aeroponía se presenta como una técnica especialmente productiva en interior, lo que, a su vez, evita múltiples problemas típicos de la agricultura tradicional. Como los cultivos no están expuestos a plagas, no es necesario aplicarles pesticidas; y tampoco se ven afectados por heladas ni climas extremos.Al no requerir grandes atenciones en comparación con otras técnicas, el proceso se simplifica considerablemente, lo que minimiza, por un lado, el uso de agua y nutrientes y, por otro, la energía, reduciendo así la huella de carbono agrícola. 

Una posible solución a las ciudades hambrientas

La industria alimentaria moderna da forma a nuestros territorios y afecta a las ciudades. En ellas, el acceso a frutas y verduras de calidad suele ir normalmente acompañado de una extensa huella de carbono ya que, dada la falta de espacio para instalar cultivos, las ciudades se abastecen de frutas y verduras provenientes de lugares lejanos, con las emisiones que ese transporte conlleva. La urbanista Carolyn Steel lo explica con el concepto del «triple golpe»: «La mayoría de los ciudadanos no sabe de dónde viene su comida (primer golpe) y se han acostumbrado a alimentos baratos (segundo golpe), mientras que los líderes políticos tienen escaso control sobre el sistema alimentario frente a la industria (tercer golpe)», explicaba en una entrevista recientemente. 

Según el Ministerio de Agricultura, los cereales, las legumbres y las frutas recorren de media 2.954 y 5.466 kilómetros, respectivamente, hasta llegar a los hogares. Es precisamente aquí donde la aeroponía juega un papel clave: al distribuirse verticalmente, facilita la siembra de una alta densidad de plantas en espacios muy reducidos, fomentando la producción de ‘kilómetro cero’ (alimentos cultivados a menos de 100 km del punto de consumo) y resolviendo posibles situaciones de desabastecimiento como las que vivimos durante el estado de alarma..

La aeroponía permite cultivar alimentos en tan solo 16 días

Pero ¿puede hablarse ya de una revolución vertical? En Estados Unidos, por ejemplo, la aeroponía ya se ha hecho un hueco. La empresa Aerofarms, ubicada en Newark (New Jersey), abastece a instituciones, restaurantes y supermercados locales con 1.000 toneladas de verduras al año, cultivadas en 16 días (en la agricultura tradicional, el tiempo es el doble) en siete pisos de estanterías gigantes sin llegar a ocupar ni siquiera una hectárea de suelo. En Francia, por otro lado, una azotea parisina alberga el mayor huerto urbano de tomates, fresas y plantas aromáticas en Europa y basa su cultivo, sobre 14.000 metros cuadrados, en la aeroponía y la hidroponía.

En lo que a España concierne, los avances aún son tímidos. A pesar de sus múltiples ventajas, lo cierto es que un sistema aeropónico es una instalación relativamente costosa, ya que necesita, entre otros materiales, una serie de equipos electrónicos para vigilar el estado de los cultivos. Por eso, los pasos son pequeños, aunque decididos: en Ibiza, una pareja compró hace varios años una finca para dar vida a Ibiza Farm, el primer huerto aeropónico de exteriores de Europa donde, además de producir frutas y verduras para donarlas a escuelas locales, sus dueños desarrollan talleres de educación ambiental para los más pequeños. 

En este ámbito también han surgido start-ups como Nextfood, mitad danesa y mitad española, que proporciona infraestructuras de aeroponía a granjeros locales de todo el mundo para crear una red descentralizada de granjas verticales conectadas y vigiladas a distancia por un equipo de científicos para garantizar su eficiencia. Porque, como ya apostilló el CEO de la compañía, Rasmus Bjengaard, «en los próximos 40 años la humanidad debe producir tanta comida como lo hizo en los últimos 10.000 años. El problema es obtener suficiente, no reemplazar a otros». Y en el caso de la agricultura vertical, solo el cielo es el límite.

Jardines verticales: más que una pared verde

¿Qué pensaría Jackson Pollock de este lienzo vivo? Una pared vegetal de 17 metros de altura y 32 de largo formado por 22.300 plantas de 26 especies distintas, tropicales y subtropicales, elegidas según un estudio de la luz e inspiradas en sus pinturas. Cuanto menos, le halagaría ver cómo su obra ha sido musa de este jardín vertical, levantado en la antigua sede de Tabacalera de la ciudad de Santander, que se ha convertido en el más grande de Europa. Un trabajo orgánico y dinámico cuya forma y textura serán distintas, según su flora vaya cambiando con las estaciones a lo largo del año. 

El jardín vertical más grande de Europa está en Santander y cuenta con 22.300 plantas de 26 especies distintas

Teniendo en cuenta que el futuro de las ciudades pasa por crear más espacios verdes , los jardines verticales se alzan como una solución práctica y eficiente, además de estética. Porque, aunque su principal objetivo sea restaurar la conexión entre la naturaleza y los edificios, resulta que estas paredes verdes también se alzan como reconfortantes oasis artísticos en mitad de las junglas de asfalto. No solo en las fachadas de los edificios (como CaixaForum de Madrid), sino también en los interiores de estos (como el de Santander) e incluso en recepciones de hoteles, oficinas, tiendas y restaurantes. Y es que cuando la estética se une a un amplio abanico de beneficios, no solo para el medio ambiente sino también para la salud, la tendencia está servida. 

Grandes beneficios ambientales, físicos y psicológicos

Incluir jardines verticales llenos de flores y plantas crea ambientes placenteros que invitan a estar cerca de ellos, generando una sensación de tranquilidad y confort necesaria en estos tiempos que corren. Un estudio de la Washington State University concluyó que las plantas reducen los indicios físicos de estrés y demostró que las personas que trabajaban en un entorno en el que hay plantas tienen una productividad un 12% superior, y están menos estresadas que quienes trabajaban en espacios sin ellas.

4 millones de personas mueren al año en el mundo por problemas derivados de la contaminación

Además de aumentar el bienestar, este tipo de estructuras naturales ayudan a mejorar las relaciones, la creatividad y la productividad, restablecen la biodiversidad, mitigan el ruido dentro de los inmuebles, reducen las temperaturas en núcleos urbanos y contribuyen a eliminar la contaminación del aire, entre otros beneficios. La contaminación urbana es uno de los mayores problemas de salud a los que se enfrentan las sociedades modernas. Según la Organización Mundial de la Salud, cada año mueren más de 4 millones de personas en el mundo debido a problemas relacionados con la contaminación del aire, especialmente en las ciudades. Por eso, crear espacios urbanos habitables y saludables son dos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (11: Ciudades y Comunidades Sostenibles y 3: Salud y Bienestar) y los jardines verticales pueden ser parte de la respuesta para paliarlos ya que, según expertos en este tipo de estructuras, un metro cuadrado de fachada vegetal extrae 2,3 kg de CO2 al año del aire y produce 1,7 kg de oxígeno, contribuyendo así a la purificación del aire.

Los jardines verticales ayudan a reducir la temperatura de las ciudades

En 2050 seremos casi 10.000 millones de personas sobre la faz de la Tierra, la mayoría viviendo en urbes. Junto a la densidad de población, surge el problema del aumento de la temperatura en las ciudades más densas. ¿El motivo? El cemento de estos edificios tiene la capacidad de almacenar grandes cantidades de calor que luego desprenden sus muros. Si las nuevas edificaciones, especialmente los rascacielos, tienden a concentrarse en determinadas zonas, estas se vuelven extremadamente tórridas. Es lo que se conoce como el “efecto isla de calor urbano”. Rebajar el calor en estas partes, sin olvidar la habitabilidad, es otro de los grandes retos del diseño y la arquitectura urbanos y uno de los motivos por los que las paredes verdes se alzan como una gran solución pudiendo llegar a rebajar la temperatura de las ciudades hasta 3ºC. Por otro lado, en ambientes interiores también ayudan a controlar el calor que se concentra con la luz solar, mejorando así la eficiencia de los edificios por la reducción del uso de aire acondicionado. Aunque sea algo en boga en los últimos años, estos vergeles en mitad de las urbes no son nuevos, sino que ya se estilaban en las antiguas civilizaciones. Ejemplo de ello son los Jardines Colgantes de Babilonia, considerados una de las siete maravillas de la antigüedad. Pero, según los expertos, parece ser que construir espacios verdes por puro placer y estética es algo que los babilonios bebieron de culturas todavía más primitivas, como Mesopotamia o Egipto. Decía Giambattista Vico, filósofo e historiador italiano del XVII, que la historia es cíclica y tiende a volver a sus orígenes. Si todos los comienzos son tan placenteros y beneficiosos como el origen de estos jardines, convendría hurgar en las raíces históricas con más frecuencia.

Cuatro voces imprescindibles para entender las ciudades del futuro

En tres décadas, el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. Pero las grandes urbes arrastran desde la Revolución Industrial problemáticas estructurales que, este año, con la pandemia de la Covid-19 han quedado más patentes que nunca. Los altos niveles de contaminación, el hacinamiento en el caso concreto de algunos países, la falta de espacios verdes y la eterna batalla entre peatón y automóvil son algunos de ellos. Pero si queremos llegar a 2050 habiendo evitado la temida subida de 2 grados Celsius de la temperatura del planeta, las ciudades y sus habitantes deben dar un paso adelante y acompañar e, incluso, impulsar la descarbonización y la transición energética. No hay una fórmula mágica que permita adaptar las urbes a la realidad que viene, pero ya existen planteamientos que se han probado útiles para que nuestras poblaciones sean más sostenibles. La resiliencia urbana es uno de esos conceptos que resuenan cada vez más en las mentes de los urbanistas y arquitectos más concienciados con la emergencia climática. Esto es, la capacidad que tengan las ciudades para adaptarse a nuevas situaciones, como la crisis sanitaria o la medioambiental. Estos cuatro arquitectos llevan varios años impulsando las ciudades del futuro: más habitables, más humanas y, sobre todo, más sostenibles y ecológicas. 

Michael Green

Este arquitecto canadiense se ha propuesto resolver uno de los mayores retos a los que se enfrenta la humanidad: dar cobijo a toda su población y, a la vez, reducir las emisiones de CO2. Para ello, lleva décadas impulsando la utilización en la construcción de un material que tiene la capacidad de captar carbono en vez de los tradicionales hormigón y acero, altamente contaminantes. Este material es la madera. Según Green, tan solo en Estados Unidos, el acero representa alrededor del 3% de las emisiones de efecto invernadero emitidas por el ser humano, y el hormigón más del 5%. Es decir, más del 8% de la contaminación que los seres humanos emitimos a la atmósfera proviene exclusivamente de dos materiales que, para Green, son fácilmente reemplazables por opciones más verdes. El canadiense explica su fascinación por la madera –siempre proveniente de talas controladas que no dañen biodiversidad y se realicen de manera sostenible– y, en especial, por la versatilidad de este material: «Cuando un árbol crece en el bosque, libera oxígeno y absorbe dióxido de carbono. Cuando muere y cae al suelo, devuelve el CO2 a la atmósfera o al suelo. Si se quema en un incendio forestal, el carbono regresa a la atmósfera, pero si se toma esa madera y se incorpora a una construcción –o a una pieza de mobiliario o a un juguete de madera–, con esa increíble capacidad que tiene para almacenar el carbono, nos proporciona una gran retención de este elemento». Un metro cúbico de madera, asegura, almacena una tonelada de dióxido de carbono. «Nuestras dos soluciones al clima son reducir las emisiones y encontrar almacenamiento: la madera es el único material que utilizo que cumple esas dos funciones», asegura.

Iñaki Alonso Echevarría

Tras 15 años poniendo el foco en la sostenibilidad y el medio ambiente, este arquitecto español tiene claro que el modelo de vivienda post-COVID-19 debería ser «resiliente, colaborativo y ecológico». Su estudio de arquitectura es el impulsor del cohousing en España: una revolucionaria manera de entender los edificios de viviendas como lugares de encuentro comunitario, de bajas emisiones y eficientes. Alonso apuesta por las construcciones ecológicas que se guíen por la propia naturaleza: «Ahora, los edificios se vuelven a pensar desde un punto de vista eficiente y empiezan a aparecer los de energía casi nula, pero también podemos hacer edificios que produzcan energía y que sean suministradores a través de paneles solares o mini molinos eólicos». Además, promueve la búsqueda del ahorro de agua e, incluso, de la depuración de esta como parte del sistema de residuos de los edificios. «Pueden ser metabolismos que tengan una relación con el entorno bastante más limpia», recuerda. Para este arquitecto y su estudio, un proyecto nunca podrá ser sostenible si no tiene en cuenta la sostenibilidad medioambiental, social y económica, tres aspectos que no pueden desconectarse los unos de los otros. Como Michael Green, Alonso también apuesta por la madera como material bajo en carbono que puede revolucionar el urbanismo en los próximos años, si le dejamos.

Julien De Smedt

Este arquitecto belga tiene un compromiso con el medio ambiente, y así lo refleja su estudio de arquitectura. Sostenibilidad y análisis del paisaje se unen a un proceso constante de investigación para desarrollar las soluciones más respetuosas con la biodiversidad, nuestro entorno y la propia sociedad. Para De Smedt, la cada vez mayor densidad de población de las zonas urbanas nos lleva a superpoblar las áreas ya construidas y, muchas veces, a ignorar otras que tienen potencial pero «que no interesan». El belga recuerda que, si se es eficiente a la hora de construir, se pueden aprovechar mucho mejor los espacios y, sobre todo, crear edificios sostenibles en los que la gente quiera (y pueda) vivir. «Un edificio eficiente y pasivo en el que nadie quiera vivir –porque no sea acogedor, esté incomunicado o sea poco práctico– nunca podrá ser sostenible, porque acabará vacío. Necesitamos espacios útiles y eficientes energéticamente, y eso implica diseño y tener en cuenta las necesidades y los gustos de la sociedad. Además, siempre es posible transformarlos y hacerlos cada vez más y más sostenibles a medida que vamos avanzando en las investigaciones al respecto», recuerda.

Araceli Reymundo

Esta arquitecta canaria pone el foco en la optimización de los recursos y, sobre todo, en la adaptación de las construcciones al entorno en el que se van a desarrollar y al clima. Este último juega un papel central en la arquitectura bioclimática que Reymundo viene impulsando en el archipiélago canario desde los 90. «Debido a su clima, en Canarias las estrategias bioclimáticas pueden evitar, en la mayor parte de las localidades, el consumo energético en climatización, por ejemplo», explica la arquitecta y, de hecho, esa misma lógica se podría utilizar en cualquier territorio. Además, para Reymundo es esencial la utilización de materiales locales, con una huella ecológica baja, para cumplir los estándares sostenibles. «Antes de elegir un material u otro, analizamos el clima del municipio y la parcela en sí», reconoce. Así, cada construcción está adaptada a las necesidades de su entorno. La gestión de la energía y del agua, la dependencia alimentaria, la gestión de los residuos, la potenciación del transporte público o la movilidad sostenible son aspectos principales de la investigación de esta experta en arquitectura bioclimática para conseguir que los edificios canarios sean más sostenibles, humanos y adaptables al cambio climático.

¿Cuáles son las nuevas tendencias comerciales sostenibles?

La sostenibilidad se ha convertido en el ingrediente no tan secreto de cualquier éxito empresarial. La Agenda 2030, aprobada por Naciones Unidas en 2015, dejó muy claro el papel protagonista que debía adoptar y ya nadie se puede permitir el lujo de ignorarla. La sostenibilidad guía las decisiones de las compañías: desde una startup que opta por energía renovable y proveedores verdes a inversores que deciden poner su dinero en proyectos que generen un impacto positivo en la sociedad. Pero ¿en qué se basan las empresas a la hora de valorar a qué proyectos sostenibles destinan sus recursos?  Para aclararlo, la estadounidense Techstars ha realizado un nuevo informe en el que analiza las principales tendencias en materia de sostenibilidad empresarial. 

El futuro de la inversión está en la comida (sostenible)

Las startups que más inversiones reciben buscan soluciones sostenibles para el sector alimentario

Una de las grandes incoherencias de la humanidad es que, mientras unos llegan a desperdiciar hasta 1.700 millones de toneladas de alimentos al año, la ONU estima que cerca de 690 millones de personas en el mundo pasan hambre. Las empresas –y los inversores– no son ajenas a una problemática que va en aumento y que, además, se junta con una de las industrias más contaminantes, la alimentaria. Según Techstars, las startups que más inversiones están recibiendo son aquellas que buscan soluciones sostenibles para un sistema de producción de alimentos que parece haberse roto sin que nos diésemos cuenta.

La era de las construcciones sostenibles

Las inversiones también se están desplazando hacia aquellas empresas que buscan maneras de construir ciudades de una forma más respetuosa con el medio ambiente. Desde la creación de espacios verdes en zonas urbanas hasta utilizar las redes de sensores para detectar nuestra huella ecológica y buscar cómo reducirla, las compañías que realizan este tipo de actividades son cada vez más demandadas. Y el informe de Techstars recuerda que, después de las de alimentación, son las que reciben más recursos por parte de los inversores. 

Las startups sostenibles han llegado para quedarse

El informe asegura que los nuevos proyectos empresariales ligados con la sostenibilidad no son fruto de una moda pasajera. Cada vez son más los emprendedores que buscan cambiar el mundo con su actividad económica. Con generaciones de jóvenes concienciados con la crisis climática que empiezan a dejar su huella en el mundo de los negocios, también va creciendo el número de startups que buscan impactos medioambientales (y sociales) positivos. 

La transversalidad de la sostenibilidad es un hecho

En Techstars tienen claro que las dos grandes tendencias del 2020 son la crisis sanitaria mundial y el Black Lives Matter, ambos ya temas transversales a prácticamente cualquier sector social o empresarial. Pero el informe también asegura que el medio ambiente y su protección no puede desarrollarse de manera aislada. Por eso, recuerda, que todos los elementos sociales, desde la salud pública a la justicia social, son transversales a la sostenibilidad y viceversa.  Es decir, una solución con impacto medioambiental positivo debe tener en cuenta si su impacto social también lo es, pues son dos caras de una misma moneda. 

Los vehículos eléctricos, el futuro de la movilidad

En 2019 se incrementó un 40% el número de coches eléctricos en el mundo

Parece que la conducción del mañana será eléctrica. Poco a poco, los consumidores se alejan de los combustibles fósiles y buscan soluciones de movilidad mucho más sostenibles. El informe asegura que, en 2019, el número de coches eléctricos alcanzó los 7,2 millones, cifra que puede parecer poco significativa si tenemos en cuenta que en el mundo hay un total de 1.400 millones de coches. Sin embargo, el aumento de los eléctricos supone un 40% de un año a otro y desde Techstars lanzan un mensaje optimista: las baterías cada vez son más económicas y se están popularizando los puntos de carga. Por tanto, los vehículos eléctricos –desde patinetes y motos hasta camiones- no pararán de crecer en nuestras calles. 

La sostenibilidad se entiende como eje transversal para cualquier solución social

“Para que la naturaleza y las personas prosperen juntas necesitamos apoyarnos en la tecnología para que nos ayude a entender las opciones que tenemos y su impacto en un planeta en pleno cambio”. Con esta cita de Niraj Swami, asesor sénior de IA Aplicada y Proyectos de Innovación de The Nature Conservancy, comienza la investigación de Techstars basada en entrevistas a expertos de la industria, estudios internos de aceleradores de ideas y un profundo conocimiento del sector. Todas estas tendencias tienen un denominador común: la lucha contra la crisis climática. Gracias a este cambio en la industria y en los consumidores, tal vez consigamos que la temperatura terrestre, como dice el Acuerdo de París, no supere los 1,5 °C. Pero, para ello, es necesario reducir las emisiones a la mitad para 2030 y que desaparezcan antes de 2050. Teniendo en cuenta que los humanos emitimos 52 gigatones de CO2 anuales –equivalentes al peso de 2.740 edificios como el Empire State de Nueva York–, parece que la misión es complicada. Y el informe de TechStars nos marca el camino a seguir para conseguirlo.

¿Cómo puede la tecnología ayudar a la transición verde?

“Será como el momento ‘hombre en la luna’ para Europa”. Con estas palabras, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentaba el pasado diciembre el Green Deal europeo, un ambicioso plan para convertir al continente en el primero climáticamente neutro para el 2050. En ese preciso momento Europa ratificaba su intención de liderar la lucha contra el cambio climático a nivel mundial. Sin embargo, una vez izada la bandera verde en medio del ruido de la Cumbre del Clima de Madrid, comenzaron a surgir las dudas: ¿Cómo acelerar la transición ecológica? ¿Qué herramientas existen? ¿Cómo garantizar la transición sea socialmente justa?

En cuestión de semanas empezaron a surgir algunas respuestas, pero la irrupción del virus en nuestras vidas hizo saltar por los aires todos los planes definidos a corto plazo. La pandemia -y la crisis social y económica de ella derivada- ha reordenado las prioridades políticas y cabría esperar que los objetivos climáticos quedasen relegados a segundo plano.  No obstante, contra todo pronóstico, la Unión ha rechazado abandonar el camino de la transición verde y ha situado al Pacto Verde en el centro de la recuperación tras la crisis. Así, no caben dudas sobre la apuesta europea por descarbonizar la economía… ahora la cuestión es cómo hacerlo de manera eficiente.

La respuesta de las nuevas tecnologías

“Actualmente hay dos revoluciones que están transformando el mundo en que vivimos: la revolución digital, que se ha acelerado durante el confinamiento, y esa transición ecológica que busca reconciliar la economía con la salud del planeta”. Pablo Blázquez, editor de la revista Ethic, abría con estas palabras uno de los debates del Digital Summit 2020, un encuentro virtual organizado por la patronal tecnológica DigitalEs, en el que un grupo de expertos analizaron el papel de las nuevas tecnologías en la transición verde. Si bien hace ya años que estamos inmersos en una revolución digital -esa Cuarta Revolución Industrial de la que habla el sociólogo y economista Jeremy Rifkin-, durante el confinamiento, ciudadanos, empresas e industrias han tenido que adaptarse en tiempo récord al mundo online.

Valvanera Ulargui: "La digitalización debe poner en el centro de toda su política la sostenibilidad"

De hecho, según explicaba en una entrevista Nacho Pinedo, cofundador y CEO de ISDI, “en 60 días de confinamiento, el mundo aceleró el equivalente a seis años en digitalización”. Ahora, cómo utilizar esa transición digital -que se antoja imparable- para alcanzar los objetivos climáticos de descarbonización es uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan los gobiernos. 

Para Valvanera Ulargui, directora general de la Oficina de España del Cambio Climático, la revolución tecnológica es uno de los pilares para construir una nueva economía más sostenible que, defiende, debe despojarse de la anterior y responder a los retos del siglo XXI. “El binomio transición digital y transición ecológica es fundamental para la salida y recuperación de la crisis”, sostiene y añade que, “la digitalización debe poner en el centro de toda su política la sostenibilidad; debemos integrar al sector como un sector que también reduzca emisiones”. Porque la tecnología puede formar parte de la solución, pero tampoco es neutra en carbono.

Una estrategia común

Se calcula que el consumo directo de energía del sector tecnológico es comparable con el sector de la aviación (cerca del 2% y 3% de las emisiones actuales). Sin ir más lejos, los centros de datos representan actualmente el 1% del consumo de la electricidad mundial. Por eso, ante el tsunami de datos que se avecina, Laura Díaz Anadon, profesora Climate Change Policy de la Universidad de Cambridge, sugiere activar mecanismos que eviten un incremento de las emisiones derivadas de este ámbito. Y esto, según Díaz Anadon, solo es posible si hay un análisis previo de lo que ha funcionado hasta ahora y lo que no: "para realizar la promesa de la digitalización hay que innovar en la gobernanza", señala.

Para Manuel Mateo, subdirector del departamento Unit, Cloud and Software de la Comisión Europea, ese espíritu innovador es el que ha perseguido la nueva Comisión en el todavía primer año de los cinco de legislatura. “Hemos lanzado el Green Deal y la Estrategia Digital, además de otros proyectos como el de la Estrategia para la Economía Circular”, recuerda. Además, la Unión ha activado recientemente el Fondo europeo para la Recuperación, que, dentro del presupuesto medioambiental, contempla inversiones en I+D+i en prácticamente todos los sectores, siempre que contribuyan a alcanzar los objetivos para la descarbonización. “España se está jugando su plaza en el mundo”, zanja Mateo.

Hacia una descarbonización justa y digital

En este sentido, representantes de diversos sectores como el químico o el energético resaltan la necesidad de invertir en tecnología y digitalización para garantizar que la transición ecológica sea sostenible, pero también justa. Según explica Carles Navarro, director general de Blasf España, la industria química invierte más de 2.500 millones de euros en I+D al año y contribuye al desarrollo de soluciones tecnológicas sostenibles como baterías de coches eléctricos más económicas y reciclables o tecnologías para producir hidrógeno de manera eficiente. Sin embargo, señala Navarro, la industria química es muy intensiva en energía y emisiones: “A día de hoy somos parte de los factores que favorecen el cambio climático, pero la industria está comprometida con la reducción de emisiones. Solo necesitamos un marco legislativo y una serie de inversiones que haga que haya suficiente energía limpia disponible”, sostiene.

Miguel Ángel Panduro: "No se puede digitalizar si no hay conectividad”

Por su parte, José D. Bogas, Consejero Delegado de Endesa, recuerda la importancia de hacer que caminen en paralelo el crecimiento económico y la sostenibilidad, “que debe ser una sostenibilidad socialmente justa, que no deje a nadie atrás". La coincidencia de ambas revoluciones supone además una oportunidad única: “la digitalización está contribuyendo a avanzar de una forma importante en el proceso de descarbonización y de electrificación e interacción, así como a dotar de inteligencia a la red de transporte y distribución”.

Conectividad para la digitalización

Además de inversiones, el proceso de digitalización requiere también de servicios e infraestructuras que le permitan promover una transformación total de la sociedad. Uno de ellos es la conectividad.  “No se puede digitalizar si no hay conectividad”, señala Miguel Ángel Panduro, CEO de Hispasat. Y es por eso que la conexión 5G promete ser el detonante de la revolución digital. Pero no es la única red: para Panduro este tipo de conexión debe complementarse con soluciones satelitales, que son capaces de dar una solución de conectividad de banda ancha que puede llegar a los 100 MB. Además, señala, tienen unas características –capacidad de distribución, inmediatez y resiliencia- que las convierten en un elemento clave para una salida verde y digital de la crisis. “El futuro pasa por la conectividad”, concluye.

La agricultura urbana se abre paso en las ciudades del futuro

Hay muchas maneras de imaginar las ciudades del futuro: más grandes, más pequeñas, más o menos conectadas o digitalizadas… Pero si hay algo sobre lo que no es necesario elucubrar es sobre la densidad de población que tendrán. Actualmente, el 55% de la población mundial vive en ciudades y, según Naciones Unidas, se espera que ese porcentaje aumente hasta el 68% de cara a 2050. Cómo alimentar a ese creciente número de personas es una de las grandes preocupaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que, en los últimos años, ha empezado a dirigir la atención hacia una actividad en auge: la agricultura urbana.

Para la FAO, el hecho de que los huertos urbanos hayan comenzado a ocupar un espacio cada vez más importante en las ciudades es una buena noticia, ya que benefician al medio ambiente e impulsan la economía circular. Según apuntan desde la organización, podrían llegar incluso a suministrar casi todo el consumo recomendado de verduras para los habitantes de las ciudades del futuro, convirtiéndose así en una pieza fundamental para combatir la inseguridad alimentaria y el hambre. Y aquí no acaba todo.

Los huertos urbanos reducen el efecto isla de calor de las ciudades

Un estudio elaborado por un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Arizona y Google, publicado en la revista Earth's Future, constató que los huertos urbanos –ya sean en las azoteas o los jardines verticales– no solo aumentan la cobertura vegetal, sino que reducen el “efecto de isla de calor urbano”, un fenómeno por el que las ciudades suelen ser varios grados más cálidas que las zonas rurales por el calor que queda atrapado en superficies como las carreteras. Además, según la investigación, esta forma de agricultura urbana no solo es clave para limitar el aumento de las temperaturas, sino que pueden ayudar a reducir el riesgo de inundación durante las lluvias más intensas.

Ya sea por una clara concienciación sobre los beneficios de los huertos urbanos o por el simple placer de labrar la propia tierra, lo cierto es que cada vez son más los que se aventuran a cultivar sus propios alimentos sin abandonar la ciudad. Se calcula que, desde inicios de siglo, han crecido en un 98% hasta alcanzar cerca de los 500 huertos urbanos en nuestro país. Esto se debe a que grandes urbes como Madrid, Barcelona o Sevilla han decidido apostar por estos pequeños oasis verdes y ceder (y acondicionar) solares abandonados y otros terrenos inutilizados para que los ciudadanos puedan trabajar pequeñas parcelas de tierra. A esta práctica vienen asociadas muchas otras actuaciones respetuosas con el medioambiente como, por ejemplo, la apuesta por el reciclaje de los residuos urbanos para utilizarlos como abono para la tierra (el compostaje). Además, según una investigación publicada por el Journal of Culture and Agriculture, estas áreas de cultivo combaten el deterioro urbano y contribuyen a reducir las emisiones netas de CO2 que se producen en las ciudades.

Pero la transformación de suelo público en huertos urbanos no busca solo mejorar la sostenibilidad de las ciudades, reducir la contaminación o mejorar el paisaje de la zona con más espacios verdes; sino que funcionan como una herramienta de sensibilización para proteger el medioambiente. Basta con reflexionar sobre cómo cultivar nuestros propios tomates, pepinos o calabacines para entender el valor nutritivo de los productos hortícolas, dar más valor a lo que ponemos en el plato y, por ende, evitar el desperdicio de los alimentos.

Estos espacios fomentan la integración social de grupos normalmente segregados

Además, estos cuentan con un importante componente social: los bancales comunitarios han demostrado ser una poderosa herramienta para tejer relaciones vecinales y crear redes. De hecho, según una investigación realizada por la comunidad de Melbourne, la agricultura urbana permite reducir las tensiones existentes entre las personas, fomentan la integración social de grupos normalmente segregados y favorecen el compromiso, ya que mantener un huerto, por muy pequeño que sea, requiere de dedicación y paciencia.

Y como hacer una huerta no es cuestión de un día, la FAO, dentro de su Agenda de la Alimentación Urbana, ha publicado un manual de auto-instrucción para crearla. En él se explica desde qué se necesita (como un plan de cultivo, un terreno disponible y ciertas herramientas) hasta cómo hacer la huerta más productiva y emplearla para que nuestra alimentación mejore y sea más saludable en función de la temporalidad de las frutas y verduras.

Más simple y compartida: ¿hacia dónde va la transformación digital en las empresas?

Volátil, incierto, complejo o ambiguo son palabras que describen a la perfección el futuro que nos espera tras la crisis del coronavirus. También a nivel empresarial. Estos cuatro adjetivos no nacen del azar, sino que corresponden al acrónimo inglés VUCA (por las siglas de las palabras en este idioma) y es un término empleado para referirse a un escenario que pone en jaque la rutina estratégica y profesional de las compañías, independientemente de su tamaño o naturaleza.

La extraordinaria situación vivida no solo ha puesto patas arriba el sistema económico y social, sino que ha dejado al descubierto numerosas brechas, entre ellas la tecnológica, tanto entre los alumnos que se han visto obligados a seguir con el curso escolar desde casa como entre los empleados de miles de empresas obligadas a poner a prueba o reforzar su estrategia digital de la noche a la mañana. El confinamiento preventivo, la aplicación del teletrabajo y una mayor presencia de los clientes en el espacio digital no ha dejado alternativa a las compañías: o entran de lleno al mundo del dato, o se quedan atrás.

El reto no es fácil. Las compañías de nuestro país no presumen todavía de ser unas de las más maduras digitalmente. De hecho, según concluía el informe sobre innovación digital de la consultora Minsait, antes de la pandemia más de la mitad de empresas carecía de programas para evolucionar hacia la Data Driven Organization (o DDO), a excepción del sector de las telecomunicaciones y la banca. Precisamente la Agenda 2030, en su ODS 9, hace un llamamiento a impulsar la digitalización para acelerar  la economía circular y  la eficiencia energética.

En este contexto, el escenario que nos deja el coronavirus exige una transformación digital compartida que mejore la tanto la experiencia del cliente como la gestión empresarial, por lo que ya han ido ganando terreno algunas propuestas tecnológicas que responden al famoso mantra repetido por el fundador de Apple, Steve Jobs, durante décadas: “Keep it simple” o, cuanto más simple, mejor.

Herramientas de colaboración

Dentro del entorno empresarial, una de las herramientas que más ha se ha utilizado en los últimos meses han sido las plataformas de colaboración. Estas permiten, no solo que los equipos y los clientes interactúen de manera sencilla y segura entre ellos, sino que facilitan el monitoreo de los procesos de trabajo mejorando así su eficacia. Enviar correos electrónicos, compartir archivos, realizar videoconferencias, editar presentaciones… la lista de las acciones que se pueden realizar a través de estas plataformas es larga, pero para garantizar que su uso mejora realmente el trabajo en equipo y la comunicación entre trabajadores, lo ideal es escoger -de entre las decenas que existen: Slack, Microsoft Teams, Trello…- aquella que más se ajuste a las necesidades de proyecto.

Firma digital

Los trámites burocráticos o administrativos requieren normalmente la presencia física de la persona implicada. Una misión casi imposible de cumplir durante el confinamiento, ya que mientras la rueda burocrática continuaba girando, la población ha tenido que quedarse recluida en sus hogares para protegerse (y proteger a los demás) del virus. Por este motivo, son muchas las empresas que ya han comenzado a implantar soluciones digitales que habiliten la firma electrónica y permitan agilizar la firma de documentos o certificados. Además de facilitar la gestión de algunos procesos durante los momentos más complicados de la pandemia, la firma electrónica presenta beneficios también a largo plazo: permite reducir tiempo y costes, así como gastos de oficina; reduce el impacto medioambiental de la impresión o envío de documentos de papel, y mejora inevitablemente la experiencia del usuario.

Datos en la nube

Otra de las respuestas digitales al coronavirus por parte de las empresas ha sido la apuesta por soluciones en la nube. De hecho, según la consultora Canalys, la inversión en servicios de infraestructura en la nube ha aumentado un 34% a nivel mundial durante el primer trimestre de 2020 por el teletrabajo. Son muchos los analistas que sostienen que ha sido gracias a la ubicuidad, la capacidad ilimitada y la seguridad que presenta la nube lo que ha permitido que el teletrabajo se haya desarrollado tan rápidamente en los últimos meses. Asimismo, ha dado lugar a una dinámica laboral mucho más flexible y productiva, ya que los empleados pueden encontrar, consolidar y compartir rápidamente y de manera sencilla datos e información.

…Y captación del talento a través de LinkedIn

La transformación digital de las empresas también pasa por los trabajadores. Con la pandemia, los procesos de selección han experimentado fuertes cambios estructurales en estos meses y,  las entrevistas virtuales han crecido de forma exponencial. Sin embargo, el miedo a lo nuevo, a no poder  transmitir todo lo que uno desearía o la inseguridad sobre cómo comportarse frente a una webcam puede acabar pasando una mala jugada a los candidatos. Por ello, la red social profesional LinkedIn ha lanzado la plataforma Preparación de Entrevistas para preparar a los futuros empleados de cara a los procesos de selección virtuales con ayuda de la Inteligencia Artificial (IA). La herramienta ofrece respuestas a las preguntas más frecuentes y consejos de expertos de recursos humanos y, en estos momentos, se está testando globalmente.

La avifauna, aliada de las líneas eléctricas

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Al noreste de Extremadura discurre el gran río Tajo, también una de las principales líneas de alta tensión de Red Eléctrica de España, que lleva la electricidad a todos los rincones del territorio. Hace apenas unas semanas, los vecinos de esta zona fueron testigos de un hecho inédito: en una de las torres eléctricas nació una cría de alimoche. Se trata de la primera vez en España y en toda Europa que esta especie logra reproducirse con éxito en los apoyos de alta tensión, según los registros. Los expertos consideran este hallazgo un avance importante en la convivencia de la avifauna y las infraestructuras eléctricas; una alianza cada vez más frecuente.

Las grandes rapaces y otras especies de aves suelen encontrar en los apoyos de alta tensión –que superan los 40 metros de altura– un refugio seguro y un mirador perfecto para otear el horizonte, advertir la presencia de posibles competidores y ampliar su área de dominio. Sin embargo, lo realmente relevante es que las infraestructuras eléctricas se están convirtiendo en verdaderas aliadas en la conservación y preservación de la avifauna.

Además del caso de la pareja de alimoches que han logrado reproducirse hay otras buenas noticias en este sentido. Desde 2011, Red Eléctrica colabora en un proyecto dirigido por la Fundación Migres y la Junta de Andalucía, cuyo objetivo es recuperar el águila pescadora en Cádiz, que desde los años 80 no se reproducía en la zona. Desde la puesta en marcha de la iniciativa, 30 pollos han logrado volar de estos nidos. Además, recientemente, la asociación conservacionista GREFA ha anunciado el nacimiento de dos pollos de buitre negro en la Sierra de la Demanda, tras tres años de trabajo conjunto entre dicha asociación, Red Eléctrica, la Junta de Castilla y León y otras administraciones de otras comunidades. Gracias al proyecto, tras medio siglo extinguido, el buitre negro ha vuelto a criar en el Sistema Ibérico.

Seis inventos que la pandemia ha acelerado

Si muchas tecnologías relacionadas con la información y la comunicación se desarrollaron en épocas de guerra o conflicto, o al menos se mejoraron –cabe recordar que le debemos internet a la Guerra Fría y las radiografías a la Primera Guerra Mundial–, esta trágica crisis sanitaria ha permitido dar un impulso al desarrollo de soluciones innovadoras relacionadas con el ámbito sanitario.

La pandemia mundial de COVID-19, la primera registrada que afecta a toda la Humanidad prácticamente al mismo tiempo, ha agudizado el ingenio de los investigadores médicos por la vía de la necesidad y ha impulsado la búsqueda de nuevas aplicaciones a numerosos proyectos ya en marcha. A continuación, seis inventos que han acelerado su desarrollo durante la crisis del coronavirus:

La mascarilla reutilizable con filtro antiviral

Recientemente, un equipo de bioquímicos británicos ha patentado una “redecilla antigérmenes” insertable en una mascarilla lavable y reutilizable: la Virustatic. Así, esta mascarilla se presenta como una solución al exceso de deshechos plásticos asociados al exceso (y necesario) uso de material sanitario. La empresa de biotecnología británica llevaba 10 años trabajando en este proyecto que ha acabado de desarrollarse en los últimos meses y que ya han comprobado que es capaz de atrapar el 96% de los microorganismos suspendidos en el aire. Ahora, la compañía trabaja en la fabricación de una versión más asequible que sea accesible para la mayor parte de la población.

El monitor de respiración en remoto

Imagine que colocando debajo de la cama una tabla semejante a la de la cocina alguien pudiese controlar su respiración en remoto. Aunque parezca fruto de la ficción, esta tecnología ya existe y permite a los sanitarios identificar los cambios en la respiración de los pacientes a través de un análisis de los movimientos del pecho sin necesidad de que haya contacto físico. Se trata de un producto de la compañía israelí EarlySense Ltd. que, aunque de momento solo está disponible en Israel por su alto coste, ya tiene la aprobación para ser comercializado tanto en EE.UU. como en la Unión Europea. El dispositivo registra los signos vitales del paciente 100 veces por minuto y no necesita estar conectado al mismo: basta con colocarse debajo del colchón de la cama, por lo que se considera ideal para personas de riesgo. No obstante, la compañía ha propuesto también su utilización para el monitoreo de portadores asintomáticos en cuarentena.

El llavero antimicrobiano

Se trata de un artilugio en forma de llavero ergonómico que sirve para entrar en contacto con superficies de especial riesgo como los botones de un ascensor, los pomos de las puertas o los frigoríficos. El llavero, creado por la compañía estadounidense Hygiene Hand, pretende sustituir a los dedos en casos en los que no se posible la desinfección y así evitar exposiciones innecesarias en el personal médico. Sus beneficios se basan en algo tan simple como el material: el latón. De uso bastante común ya en hospitales, es un material en el que bacterias y virus difícilmente permanecen. Más allá del uso sanitario, la empresa se atreve a recomendarlo en acciones cotidianas de particulares como lo puede ser acudir al cajero.

El casco inteligente para la fiebre

Este invento supera incluso a la ciencia-ficción. La compañía china KC Wearable ha empezado a comercializar un casco inteligente que puede detectar a personas con fiebre a una distancia de hasta cinco metros, haciendo sonar una alarma cuando alguien con una temperatura elevada se acerca.  A día de hoy, lo está testando la policía de las ciudades chinas de Shenzhen, Chengdu y Shanghái. Este casco cuenta con un detector de temperatura infrarrojo, un visor de realidad aumentada, una cámara que puede leer códigos QR, además de wifi, Bluetooth y 5G. Equipado con tecnología de reconocimiento facial, esta innovadora tecnología también permite ver el nombre del sujeto en la visera y acceder a su historial médico.

Salas de aislamiento impresas en 3D

Ante la escasez de camas hospitalarias, la firma china Winsun ha reconvertido un invento originalmente pensado para la instalación de cabañas en salas de aislamiento. Se trata de unos habitáculos vacacionales que iban a ser impresos en 3D y que fueron reutilizados durante la cuarentena en China, donde se llegaron a fabricar, según la compañía, 15 salas de aislamiento para enfermos de coronavirus en un solo día. Estos pequeños edificios tienen duchas y baños sostenibles, y se imprimieron a través de un proceso de extrusión, con un brazo robótico montado sobre rieles que iba depositando capas de hormigón para construir las paredes. En el proceso se utilizaron escombros de construcción reciclados.

Desinfectador de aire

Este invento de un médico español a finales de marzo lo adquirieron varios hospitales de Wuhan y ya se comercializa en medio mundo. Del tamaño de una mochila, limpia de virus y bacterias el aire de habitaciones cerradas. El doctor catalán Pere Moragas lleva trabajando en él 18 años, pero no ha podido comercializarlo a gran escala hasta la llegada de la pandemia, que lo ha convertido en necesidad. Sirve para proteger espacios y a personas no infectadas y se usa ya en los hospitales de tres continentes.

#Coronavirus y solidaridad: los ciudadanos se vuelcan en iniciativas sociales

Es probable que al ir a comprar alimentos o a tirar la basura hayas observado algún que otro anuncio en el ascensor o cartel colgado de un balcón que recoja frases como “Todo irá bien”, “Venceremos” o “Gracias sanitarios”. O quizá no los hayas visto estas pancartas, pero seguramente cada día al atardecer te unes a ese aplauso colectivo que resuena en todo el país como muestra de agradecimiento al personal sanitario. Al final, ambos son pequeños gestos humanos que llaman a la esperanza en una situación tan extraordinaria como esta crisis sanitaria. En tiempos en los que la vida se ha vuelto una exigencia en sí misma, la solidaridad vecinal se ha abierto paso hacia una convivencia más amable.

Cada gesto suma

Desde que se decretó el estado de alarma, son muchas las iniciativas solidarias que han aparecido a pequeña escala, en comunidades o bloques de vecinos. En numerosos puntos de España, por ejemplo, se han creado redes de vecinos que se ofrecen a ir a hacer la compra para que aquellos que más lo necesitan, como los mayores y las personas con patologías previas, no tengan que salir a la calle y exponerse al contagio. Una muestra de ello es la aplicación TeAyudo, un proyecto de colaboración vecinal que funciona como una suerte de tablón de anuncios en el que unos publican sus necesidades específicas y otros se ofrecen a ayudar para sacar al perro, ir a la farmacia o cuidar a los niños.

Asimismo, en los últimos días se han popularizado plataformas o apps que sirven para intercambiar objetos o solicitar ayuda a los que se encuentran cerca.  Aplicaciones como Tienes sal o Nextdoor se han convertido en una herramienta eficaz para compartir información entre vecinos, antes desconocidos, y que ahora se presentan (aunque en la distancia) como un punto de apoyo.

Muchas personas se han lanzado a fabricar material de protección como mascarillas

También la tecnología se ha puesto al servicio de la sociedad. Muchos medios de comunicación muestran cómo algunos sanitarios se han ofrecido a convertirse en el nexo entre familiares y pacientes ingresados que se encuentran aislados en el hospital a través de videollamadas. Se trata, sin duda, de una manera de humanizar los cuidados en un momento en que médicos y enfermeros deben cubrirse totalmente por seguridad. ‘Acortando distancias’ es una de esas iniciativas. Puesta en marcha por una enfermera y apoyada por el Ayuntamiento de Madrid, gestiona la recogida de dispositivos móviles, tabletas u ordenadores para facilitar el contacto virtual entre los familiares que se encuentran confinados en sus hogares y las personas ingresadas.

Por otro lado, la falta de escasez de material sanitario está siendo uno de los grandes problemas en la gestión de la crisis del coronavirus en todo el mundo. Por eso, emprendedores, particulares y pequeñas empresas se han puesto manos a la obra para crear equipos de protección para sanitarios e incluso válvulas respiratorias para hospitales, siempre siguiendo los estándares de seguridad necesarios para que sean válidas y cumplan su función de proteger al personal sanitario. Es el caso del ingeniero colombiano Andrés Calderón quien, según explican desde la agencia EFE, dejó de utilizar su máquina para imprimirle juguetes a su hijo y se lanzó a producir productos sanitarios para regalar a los hospitales de la zona.

Por su parte, los estudiantes de toda España también han dado muestras sobradas de solidaridad y responsabilidad. La suspensión temporal de las clases de todos los niveles educativos desde hace más de un mes ha creado una brecha digital entre los alumnos, ya que los más desfavorecidos no cuentan en muchos casos con la tecnología necesaria en sus hogares para seguir las clases de forma online. Por ello, han surgido iniciativas destinadas a paliar estas desigualdades. Una de ellas, Universitarios Contra la Pandemia, tiene como objetivo ayudar de forma gratuita a alumnos de primaria y secundaria con clases online y material de refuerzo para que no se queden atrás. Además, el grupo llamado Vengadores UCM, formados por alumnos de la Facultad de Informática de la Universidad Complutense atiende a los alumnos que no cuentan con los conocimientos tecnológicos necesarios para seguir el curso por Internet.

La cultura se hace notar

Conciertos, festivales, obras de teatro, presentaciones de libros… Debido a la situación de emergencia, la actividad del mundo de la cultura se ha paralizado. Sin embargo, los artistas no han dudado en utilizar las redes sociales para amenizar estos días. Músicos y cantautores también han querido poner su granito de arena y han encontrado en las diferentes plataformas online una oportunidad para hacer llegar su música a todas las casas con conciertos en directo a través de Instagram, Facebook o Youtube. Sin ir más lejos, a inicios de mes, la cantante estadounidense Lady Gaga anunciaba un festival benéfico a través de internet para recaudar fondos para la lucha contra el coronavirus.

En nuestro país, han sido varias las iniciativas en este sentido. El #YoMeQuedoEnCasaFestival ya ha celebrado tres ediciones en el mes de confinamiento que llevamos a nuestras espaldas. Numerosos artistas, algunos conocidos para el gran público como Beret o Sidecars, y otros con menos nombre y que se están abriendo camino en el mundo de la música han amenizado algunos de estos largos días que vivimos en la actualidad. Los números hablan por sí solos de la generosidad de los participantes: 163 artistas y 83 horas de música en apenas un mes y tres ediciones.

Más de 163 artistas han realizado conciertos virtuales en estos días de confinamiento

Otro de los sectores que se está volcando estos días para hacer el paso de las horas más llevadero es el de la gastronomía. Un claro ejemplo es el #15Días15KilosFest, una iniciativa de diferentes personas que aportan recetas con un toque personal en Instagram para endulzarnos los días y las noches con platos como las milhojas de burrata y tomate raf, las virutas de alcachofa con jamón o la torrija a su estilo.

Hoy hablamos de esas historias de solidaridad que tejen vínculos, refuerzan el sentimiento de grupo y nos hacen más llevaderos los días. Salimos a nuestras ventanas y balcones para disfrutar de un concierto improvisado, de una obra de teatro o para aplaudir junto a ese vecino con el que quizás nunca hemos hablado. Porque en esto estamos todos estamos juntos. Si la pandemia tiene alguna parte positiva, es que ha primado la solidaridad y la empatía. Hemos abandonado el yo para acoger el nosotros.