Autor: Carmen Gómez-Cotta

A tiempo de recuperar nuestros ecosistemas

¿Sabías que solo el 3% de los ecosistemas terrestres sigue intacto? Así lo señala el último estudio sobre la situación de la biodiversidad de la Tierra, publicado por la organización Frontiers in Forests and Global Change. Un informe que afirma que este pequeño porcentaje es todo lo que queda “ecológicamente intacto” y donde todavía se pueden encontrar comunidades vivas de flora y fauna original. O lo que es lo mismo, aquellos lugares cuyo hábitat no ha sido alterado por la acción de los seres humanos y los efectos del cambio climático. Estas zonas inalteradas se concentran en las selvas tropicales del Amazonas y el Congo, la parte más este de la planicie helada de Siberia, los bosques y tundra del norte de Canadá y el desierto del Sáhara. Pero, ¿de verdad solo queda íntegra esta ínfima parte de nuestro planeta? ¿Qué pasa entonces con esas imágenes áreas que tantas veces vemos de frondosos follajes selváticos, extensos mantos blancos de permafrost o espléndidas dunas desérticas? ¿En serio no cubren más del 3%? Ahí está la clave. Según los investigadores de este documento, lo que estas fotografías no muestran es la desaparición de un buen número de especies vitales para el correcto funcionamiento y desarrollo de los diferentes ecosistemas.

Reintroducir especies animales que han desaparecido podría aumentar las áreas ecológicas intactas hasta un 20%

A partir de un estudio de la interacción de la fauna con la superficie terrestre global, la investigación ha evaluado cuántas regiones conservan aún zonas que puedan considerarse Áreas Clave de Biodiversidad, basándose en el concepto de “integridad ecológica”; es decir, la capacidad de un ecosistema para funcionar saludablemente y mantener su biodiversidad debido a que su hábitat, fauna y funcionalidad están intactos. Sobre este escenario, además, han incluido la pérdida de especies por zonas y el resultado ha sido un mapa que muestra el estado de la biodiversidad en toda la Tierra. Un trabajo que hace pensar en la urgencia de recuperar nuestro entorno. Para ello, una de las soluciones más efectivas sería reintroducir especies animales que han desaparecido. Si aplicásemos medidas como esta, “sería posible aumentar las áreas ecológicas intactas hasta un 20% en zonas donde la actividad humana sea relativamente baja”, señala Andrew Plumptre, uno de los autores del estudio que ha liderado la investigación. 

La reintroducción paulatina y específica como forma de recuperación de la biodiversidad es una práctica por la que abogan muchos expertos, como David Attenborough, presentador e historiador de la naturaleza, que en su último documental y libro (Una vida en nuestro planeta) explica el caso de los lobos del Parque Nacional de Yellowstone (California, Estados Unidos), que también resaltan Plumptre y su equipo en su investigación. A finales de los años 80, el lobo desapareció de Yellowstone, lo que llevó a que hordas de ciervos campasen a sus anchas a lo largo de los numerosos valles fluviales y desfiladeros del parque, rumiando y arrasando con arbustos y matorrales de todo tipo. Viendo peligrar la continuidad de la biodiversidad del parque, las autoridades reintrodujeron el lobo en 1995, lo que obligó a los ciervos a modificar su rutina, que empezaron a pasar más tiempo entre los bosques en vez de pastando tranquilamente en zonas abiertas. Así, seis años después y de forma natural, Yellowstone recuperó buena parte de sus árboles y plantas, que florecieron y dieron frutos de nuevo, los pájaros y aves volvieron a sus ramas y hasta creció el número de castores y bisontes. Todo un acontecimiento que puso de manifiesto el poder de la naturaleza y su capacidad de regeneración cuando las circunstancias son favorables. 

Entre 2021 y 2030 la restauración de 350 millones de hectáreas degradadas podría eliminar hasta 26 gigatones de gases de efecto invernadero

Además de la reintroducción de especies, frenar, revertir y restaurar los ecosistemas es de vital importancia para recuperar la biodiversidad de la Tierra. Según estimaciones de Naciones Unidas, entre 2021 y 2030 la restauración de 350 millones de hectáreas degradadas -tanto terrestres como acuáticas- podría eliminar hasta 26 gigatones de gases de efecto invernadero y generar hasta 9 trillones de dólares en servicios de ecosistemas.

Entre las claves para alcanzar los objetivos de restauración y recuperación del entorno pasa por involucrar a las comunidades locales en el proceso. Según señala el citado estudio de Frontiers in Forests and Global Change, la mayoría de los espacios intactos aún vigentes se encuentran en territorios gestionados por comunidades locales. Y de nuevo, Attenborough lo resalta en su libro: “un cambio positivo solo durará en el tiempo si las comunidades locales están totalmente implicadas en el desarrollo de los planes y se benefician directamente de un aumento de la biodiversidad”. Porque, al final, proteger el planeta y restaurar los ecosistemas es una tarea de todos.

Jardines verticales: más que una pared verde

¿Qué pensaría Jackson Pollock de este lienzo vivo? Una pared vegetal de 17 metros de altura y 32 de largo formado por 22.300 plantas de 26 especies distintas, tropicales y subtropicales, elegidas según un estudio de la luz e inspiradas en sus pinturas. Cuanto menos, le halagaría ver cómo su obra ha sido musa de este jardín vertical, levantado en la antigua sede de Tabacalera de la ciudad de Santander, que se ha convertido en el más grande de Europa. Un trabajo orgánico y dinámico cuya forma y textura serán distintas, según su flora vaya cambiando con las estaciones a lo largo del año. 

El jardín vertical más grande de Europa está en Santander y cuenta con 22.300 plantas de 26 especies distintas

Teniendo en cuenta que el futuro de las ciudades pasa por crear más espacios verdes , los jardines verticales se alzan como una solución práctica y eficiente, además de estética. Porque, aunque su principal objetivo sea restaurar la conexión entre la naturaleza y los edificios, resulta que estas paredes verdes también se alzan como reconfortantes oasis artísticos en mitad de las junglas de asfalto. No solo en las fachadas de los edificios (como CaixaForum de Madrid), sino también en los interiores de estos (como el de Santander) e incluso en recepciones de hoteles, oficinas, tiendas y restaurantes. Y es que cuando la estética se une a un amplio abanico de beneficios, no solo para el medio ambiente sino también para la salud, la tendencia está servida. 

Grandes beneficios ambientales, físicos y psicológicos

Incluir jardines verticales llenos de flores y plantas crea ambientes placenteros que invitan a estar cerca de ellos, generando una sensación de tranquilidad y confort necesaria en estos tiempos que corren. Un estudio de la Washington State University concluyó que las plantas reducen los indicios físicos de estrés y demostró que las personas que trabajaban en un entorno en el que hay plantas tienen una productividad un 12% superior, y están menos estresadas que quienes trabajaban en espacios sin ellas.

4 millones de personas mueren al año en el mundo por problemas derivados de la contaminación

Además de aumentar el bienestar, este tipo de estructuras naturales ayudan a mejorar las relaciones, la creatividad y la productividad, restablecen la biodiversidad, mitigan el ruido dentro de los inmuebles, reducen las temperaturas en núcleos urbanos y contribuyen a eliminar la contaminación del aire, entre otros beneficios. La contaminación urbana es uno de los mayores problemas de salud a los que se enfrentan las sociedades modernas. Según la Organización Mundial de la Salud, cada año mueren más de 4 millones de personas en el mundo debido a problemas relacionados con la contaminación del aire, especialmente en las ciudades. Por eso, crear espacios urbanos habitables y saludables son dos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (11: Ciudades y Comunidades Sostenibles y 3: Salud y Bienestar) y los jardines verticales pueden ser parte de la respuesta para paliarlos ya que, según expertos en este tipo de estructuras, un metro cuadrado de fachada vegetal extrae 2,3 kg de CO2 al año del aire y produce 1,7 kg de oxígeno, contribuyendo así a la purificación del aire.

Los jardines verticales ayudan a reducir la temperatura de las ciudades

En 2050 seremos casi 10.000 millones de personas sobre la faz de la Tierra, la mayoría viviendo en urbes. Junto a la densidad de población, surge el problema del aumento de la temperatura en las ciudades más densas. ¿El motivo? El cemento de estos edificios tiene la capacidad de almacenar grandes cantidades de calor que luego desprenden sus muros. Si las nuevas edificaciones, especialmente los rascacielos, tienden a concentrarse en determinadas zonas, estas se vuelven extremadamente tórridas. Es lo que se conoce como el “efecto isla de calor urbano”. Rebajar el calor en estas partes, sin olvidar la habitabilidad, es otro de los grandes retos del diseño y la arquitectura urbanos y uno de los motivos por los que las paredes verdes se alzan como una gran solución pudiendo llegar a rebajar la temperatura de las ciudades hasta 3ºC. Por otro lado, en ambientes interiores también ayudan a controlar el calor que se concentra con la luz solar, mejorando así la eficiencia de los edificios por la reducción del uso de aire acondicionado. Aunque sea algo en boga en los últimos años, estos vergeles en mitad de las urbes no son nuevos, sino que ya se estilaban en las antiguas civilizaciones. Ejemplo de ello son los Jardines Colgantes de Babilonia, considerados una de las siete maravillas de la antigüedad. Pero, según los expertos, parece ser que construir espacios verdes por puro placer y estética es algo que los babilonios bebieron de culturas todavía más primitivas, como Mesopotamia o Egipto. Decía Giambattista Vico, filósofo e historiador italiano del XVII, que la historia es cíclica y tiende a volver a sus orígenes. Si todos los comienzos son tan placenteros y beneficiosos como el origen de estos jardines, convendría hurgar en las raíces históricas con más frecuencia.

Cigarrillos circulares: cuando las colillas son un recurso

Tobacco planted at the farm on a bright blue day.

En todo el mundo existen unos 1.100 millones de fumadores adultos que consumen cerca de seis billones de cigarros cada año. Esto se traduce en la generación de cerca de 800.000 millones de toneladas de colillas que, en su mayoría, acaban en las calles, las playas o los mares. Sin ir más lejos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el peso de este tipo de residuo alcanza aproximadamente las 175.200 toneladas anuales. Imaginemos pues, que todas esas colillas pueden rescatarse y reutilizarse para crear un nuevo recurso energético. ¿No contribuiría al desarrollo de la economía circular?

De esta reflexión nació Eco2Logic, una startup genovesa que aprovecha el filtro no biodegradable de los cigarros para obtener carboncillo. Según explica Fabio Corradi, uno de los cuatro impulsores de la iniciativa, la idea surgió en la universidad. “Veíamos los ceniceros de la facultad lleno de colillas. En el grupo fumábamos todos y, casi como un juego, empezamos a plantearnos cómo podíamos resolver el problema”, sostiene.

Eco2Logic utiliza la carbonización hidrotérmica para convertir las colillas en carboncillo

El grupo de jóvenes comenzó entonces a barajar de qué manera podían obtener combustible ‘ecocompatible’. O dicho de otro modo, cómo generar energía a partir de un método de eliminación de desechos de bajo impacto medioambiental que permita transformar las boquillas de los cigarros y la nicotina en carbón.

Encontraron la respuesta en la carbonización hidrotérmica. “Se trata de un proceso químico de pirólisis que funciona en agua caliente -a una temperatura entre 180ºC y 220ºC- y que permite transformar la biomasa en un compuesto químico”, detalla Corradi y añade que, luego, ese carbón se utiliza para obtener pigmentos para la pintura industrial.

Hace un par de años, un grupo de investigadores de la Universidad de Nottingham, en Reino Unido, también exploró las posibilidades de sacar provecho de la cantidad de colillas que producimos. Según expusieron en un estudio, los carbones derivados de las boquillas de los cigarros tienen una gran capacidad de almacenamiento de hidrógeno, lo que las convierte en un elemento potencialmente útil para la transformación de materia orgánica en carbón.

Desde Eco2Logic subrayan que su objetivo no es reemplazar los sistemas tradicionales de eliminación de residuos como, por ejemplo, la incineración. De lo que se trata es de optimizar el proceso para favorecer la reducción de emisiones de sustancias nocivas y gases de efecto invernadero. Por su labor en investigación y su contribución a la economía circular, en 2017, la empresa fue galardonada con la Smartcup Liguria. Y es que a pesar de que todavía no se ha desarrollado un combustible 100% sostenible obtenido a partir de las colillas, las posibilidades que presenta este desecho son prometedoras. Al menos, en un futuro basado en la economía circular.

Economía circular: no lo llames residuo

desechos

Comprar, usar y tirar. Se necesitan tan solo estos tres verbos para resumir las dinámicas de consumo que han marcado prácticamente toda la historia de la humanidad. Sin embargo, en los últimos años se ha añadido una acción más: la de reutilizar. Su ejecución es imprescindible si se quiere garantizar la sostenibilidad de los recursos naturales y salvaguardar así la supervivencia del planeta. Porque ¿has pensado alguna vez en la cantidad de residuos que se generan a diario? Basta con observar las toneladas de desechos que se producen en los núcleos urbanos, las zonas más pobladas del mundo, para hacerse una idea de la ingente cantidad de basura que creamos.

Según datos del Banco Mundial, solo en 2016 se generaron más de 2.000 millones de toneladas de desechos en las ciudades, lo que equivale a 0,74 kilos por persona al día. Y las cifras, lejos de menguar, van en aumento en la medida en que crecen las ciudades: Naciones Unidas estima que, de los casi 10.000 millones de personas que poblarán el mundo en 2050, el 68% vivirá en las metrópolis. Al mismo tiempo, seguirán aumentando los residuos urbanos, que se prevé que superen los 3.000 millones de toneladas para la fecha.

En 2016 se generaron más de 2.000 millones de toneladas de residuos en las ciudades

Así, uno de los grandes retos de las sociedades del futuro es reciclar la mayor cantidad de desechos posibles y convertirlos en recursos que se utilicen para generar energías alternativas menos contaminantes. Para ello, es necesario repensar el modelo de producción y consumo, y optimizar los servicios públicos de recogida, transporte y tratamiento de residuos urbanos.

La Unión Europea propone una solución: una gestión de residuos inteligente. Se trata de un objetivo que queda recogido en la iniciativa Horizonte 2020, el programa marco de investigación e innovación de la Unión, que señala que, para alcanzar un crecimiento económico fuerte y sostenible, es crucial el desarrollo de las smart cities. Eso sí, siempre con la vista puesta en una Europa ecológica y competitiva que sea además circular tanto en el diseño como en la producción, el consumo y la gestión de recursos. Dicho de otro modo, la Unión Europea pretende que la circularidad sea el nuevo paradigma.

En algunas ciudades europeas ya se pueden apreciar los esfuerzos de los Gobiernos por fomentar una economía basada en el desarrollo pero que conserve y mejore el capital natural, y optimice el uso de los recursos. Es el caso de Holanda, que ya en 2010 superó el objetivo 2020 marcado por la UE de reciclar el 50% de los residuos urbanos y presentó un balance neto en emisiones de gases de efecto invernadero en esta actividad. Y es que, como consecuencia de la falta de espacio y la preocupación por el medio ambiente, desde 1995 en el país existe una tasa que penaliza el vertido de basura.

Viena y Ámsterdam son pioneros en la gestión inteligente de residuos

 

Ámsterdam es también pionera en el sector: a principios del siglo XXI puso en marcha la planta de incineración Vuilverbranding Amsterdam Noord, una infraestructura cuyo objetivo es generar la electricidad que luego se utiliza, entre otras cosas, en las calefacciones y agua caliente de hogares y negocios. A día de hoy produce más de un millón de megavatios de electricidad al año, cantidad suficiente para abastecer a unos 320.000 hogares.

La capital austriaca es otro ejemplo de cómo los residuos urbanos pueden ser un combustible limpio que genera energía. La planta Spittelau de Viene procesa cada año 250.000 toneladas de desechos urbanos que tras incinerarse se transforman en energía. Con otra perspectiva, la Administración de Londres impulsó en 2011 (y hasta 2016) el proyecto The Great Recovery, un plan en el que participaron diseñadores, químicos, emprendedores, innovadores, académicos, consumidores e incluso legisladores, y que surgió con el objetivo de hacer frente a los desechos urbanos. Se trataba, como rezaba el eslogan, de transformar los desafíos en oportunidades a través del diseño y de crear valor donde antes solo había pérdidas. Para lograrlo, deconstruyeron los sistemas de fabricación —desde el diseño original hasta el producto final—, buscando rutas alternativas para cerrar los ciclos. En su informe final, una de las conclusiones más llamativas fue que más del 80% de los productos se desechan tras los seis primeros meses de uso.

Ante estos datos, parece evidente que uno de los campos en los que podemos empezar actuar es en la economía circular: darle una vida más larga a los productos y, de esta manera, reducir la cantidad de residuos generados es, sin duda, el pasaporte necesario para la sostenibilidad del planeta.

Megalópolis: el futuro del urbanismo

ciudades

Si te dijeran que las ciudades acogen a más de la mitad de la población mundial, ¿qué porcentaje de la superficie terrestre pensarías que ocupan? La respuesta es cuando menos impactante: solo representan el 2%. Sin embargo, su relativamente pequeña dimensión no impide que consuman más de dos tercios de la energía mundial ni que sean responsables de más del 70% de las emisiones de dióxido de carbono. Si le damos la vuelta a estos datos, los núcleos urbanos presentan un gran potencial para liderar el cambio hacia una economía sostenible y desarrollar soluciones de producción y consumo de energías limpias y eficientes que permitan recuperar la salud del planeta. Aunque todavía queda camino por recorrer, ya se están empezando a registrar cambios importantes en algunos puntos del globo.

Las ciudades son responsables de más del 70% de las emisiones de CO2

En la actualidad, más de 100 ciudades obtienen hasta un 70% de su electricidad de fuentes renovables como la hidráulica, la geotérmica, la solar o la eólica, según datos de Carbon Disclorure Project (CDP), una organización que evalúa las políticas medioambientales de las grandes urbes. El ranking se elabora a partir de datos obtenidos tanto del sector público como del privado y es el resultado de un análisis de cómo las ciudades gestionan las emisiones de gases de efecto invernadero y de cómo adaptan sus políticas a riesgos relacionados con el clima o la seguridad del agua. Reikiavik es quizás uno de los casos más evidentes de ciudad líder en fuentes renovables: el 100% de la energía que consume es geotérmica —una fuente limpia e inagotable— o hidráulica. Y esto no sucede solo en la capital islandesa, sino en todo el país. Por un lado, la tierra del fuego y el hielo es una zona de gran actividad volcánica, que genera una cantidad de energía suficiente para administrar el total de los sistemas geotérmicos del país. Por otro lado, los glaciares cubren el 11% del territorio y, cuando se deshielan, proporcionan los recursos necesarios para transformarse en energía hidráulica. Por si fuera poco, en los últimos años, Islandia ha maximizado sus líneas de actuación energética para convertirse en un país de carbón neutro antes de 2040. Lejos de allí, también Dubái se ha marcado una meta ambiciosa: que en 2050 el 75% de su energía provenga de fuentes renovables. Para ello, ha hecho una fuerte inversión en el proyecto de construcción de una ciudad sostenible, situada a unos 30 kilómetros de distancia del actual centro urbano. El objetivo a alcanzar en este nuevo núcleo es que la totalidad de la energía sea limpia. Así, las casas se han construido con materiales ecológicos y están recubiertas con una pintura reflectante que ayuda a rebajar las altas temperaturas. Además, todos los edificios disponen de paneles solares (algo verdaderamente práctico, teniendo en cuenta la cantidad de horas de luz del emirato), electrodomésticos eficientes, sistemas inteligentes de aire acondicionado y tecnología puntera diseñada para reducir el consumo de energía y agua.

Reikiavik, Dubái y Vancouver son algunas de las que ya han apostado por un modelo 100% renovable

En la misma línea, la ciudad más verde de Canadá, Vancouver, es otro ejemplo urbano que se abastece casi en su totalidad de energía limpia procedente de presas hidroeléctricas. Desde 2007, sus emisiones de CO2 se han reducido un 33%, lo que llevó a que ya en 2015 se marcase un objetivo todavía más exigente: convertirse en una ciudad 100% renovable y reducir las emisiones de dióxido de carbono un 80% antes de 2050. Para ello, su estrategia pone el foco en los dos principales responsables de la presencia de gases de efecto invernadero, el transporte y los edificios, que solo en 2014 fueron responsables del 90% del total de las emisiones. Una de las grandes propuestas del Gobierno estatal para llegar a la meta fijada es la de desarrollar edificios inteligentes y vehículos impulsados por energía eléctrica y biogás. Con todo, estos casos concretos de ciudades implicadas en la transición hacia un sistema energético global más limpio son todavía insuficientes para alcanzar el imperativo de mantener la temperatura global de la Tierra a 1,5ºC acordado por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático solo dos años después de la firma del Acuerdo de París: se necesitan más urbes implicadas, ya que nunca antes los esfuerzos de ese 2% del territorio que representan las ciudades fueron tan necesarios para garantizar la supervivencia del planeta.

El futuro eléctrico que se avecina

eléctrico

¿Qué pensaría Thomas Edison si levantase la cabeza y viera que hoy las bombillas pueden encenderse con la luz del sol? Como buen genio, seguramente al visionario le encantaría observar cómo el actual sistema energético evoluciona, no sin traspiés, hacia la descarbonización, la descentralización y la digitalización. Concretamente esta última, según el director general de la Asociación de Empresas de Energías Renovables (APPA), José María González Moya, “nos permitirá una mejor gestión de los recursos y una mayor conciencia sobre cuándo y de qué manera consumimos energía”. La máxima expresión de esa conciencia parece ser el autoconsumo, una opción renovable que poco a poco ha ido conquistando el sector energético y que, sin duda, tendrá un lugar privilegiado en el futuro.

Al menos así lo prevé la Agencia Internacional de Energía Renovables (IRENA, por sus siglas en inglés), que en su último informe apunta a que el 50% del consumo final de la energía en el mundo será electricidad y, de ese porcentaje, el 86% tendrá origen renovable. “Las ventajas del autoconsumo son muchas”, recuerda González Moya. Y es que no solo permite al cliente final generar energía de forma limpia, implicarse en la gestión energética y contribuir así en la lucha contra el cambio climático, sino que también supone un ahorro económico gracias a la gran competitividad que han alcanzado las tecnologías como los paneles solares. Sin embargo, las placas fotovoltaicas ya no son lo que eran. Cada día salen al mercado nuevas e innovadoras soluciones que convierten a esta tecnología en un material de construcción atractivo y estético que puede acoplarse en los edificios y que, de cara al futuro, podría llegar a rediseñar la imagen de las ciudades.

No hay más que ver, por ejemplo, los paneles solares fotovoltaicos integrados en las tejas cerámicas de los tejados que ha desarrollado una empresa holandesa. Pero, además de estas tejas negras, han patentado también unas de terracota que podrán utilizarse en edificios históricos protegidos sin alterar su belleza y armonía.

La Agencia Internacional de Energía Renovable señala que el 86% de la energía eléctrica del mundo será limpia

¿Y si las tejas o paneles solares fueran las hojas de árboles y plantas a través de las cuales generar energía eléctrica? Lo que era inimaginable en la época de Edison es ya una realidad gracias a una compañía española que parte de la fotosíntesis para generar electricidad. Un sistema eléctrico recoge la energía que la planta produce en este proceso natural (electrones y H2O) y produce energía que permite conectar automáticamente teléfonos móviles a la red a través de una conexión NFC (Near Field Communication) implantada en lo que parecía ser tan solo la maceta de la planta.

Plantar árboles es una potente herramienta para combatir el cambio climático. Y aquí innovación y digitalización juegan un papel clave. Porque gracias a los drones se pueden detectar rápida y fácilmente espacios de reforestación. Lauren Fletcher, antiguo ingeniero de la NASA, ha creado una empresa que se encarga precisamente de esto. Su dron Robin es capaz de sobrevolar los espacios más escabrosos y plantar 120 árboles en un minuto. Su objetivo, sembrar 500.000 millones de árboles para 2050.

El futuro es eléctrico y aunque el uso de las renovables va en aumento, todavía queda camino por recorrer. Para ello debe darse primero “un importante cambio social e industrial”, además de “un refuerzo de la I+D en energía que incluye la necesidad de seguir en los avances tecnológicos en las energías solar fotovoltaica y eólica, así como a propiciar el desarrollo de otras formas de energía, como la eólica marina o la solar termoeléctrica”, apunta Julio Usaola, catedrático de Ingeniería Eléctrica de la Universidad Carlos III.

“A medio plazo, las baterías de ion de litio serán las que tengan un mayor recorrido; a largo plazo, será el hidrógeno”

Afortunadamente, en nuestro país se ha apostado fuertemente por el campo de la Investigación, Desarrollo e Innovación en el sector de las renovables. Así lo corrobora el Estudio del Impacto Macroeconómico de las Energías Renovables en España que indica que el sector aportó 247 millones de euros en 2017 a I+D+i, un 3,3% de su contribución directa al PIB. “Esto es casi el triple que la media española (1,2%) y muy superior a la media de la Unión Europea (2%)”, señala el director general de la APPA.

En esta línea, el área que más va a crecer en los próximos años va a ser la del almacenamiento. Todavía en proceso de desarrollo, el poder almacenar el excedente de energía producida será clave a la hora de integrar las renovables de manera efectiva y, sobre todo, económica.

“A medio plazo, son las baterías de ion de litio las que pueden tener un mayor recorrido; a largo plazo, el hidrógeno puede convertirse en un vector energético que dé respuesta a consumos no eléctricos en el sector”, opina el catedrático Usaola. Desde su punto de vista, si esto no se desarrolla suficientemente, el uso de las renovables será menor y su coste, mayor.

Lucha contra el cambio climático: la banca toma la palabra

cambio climático

Aunque la economía mundial ha crecido un 3% en los últimos años, los salarios únicamente han aumentado un 1,8%. Son datos del Informe sobre Financiamiento del Desarrollo Sostenible 2019 de Naciones Unidas, que reflejan cómo la desigualdad sigue siendo uno de los grandes desafíos a los que nos enfrentamos. Además, se calcula que cerca de treinta países en desarrollo están atravesando dificultades financieras o corren peligro de sufrirlas como consecuencia del endeudamiento. ¿El problema? La globalización no reparte por igual los beneficios que genera y, en cierta medida, supone un obstáculo en la carrera por conseguir que los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas sean extensibles a todos los puntos del globo.

“No estamos ofreciendo un crecimiento inclusivo y sostenible para todo el mundo”, sentenció el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, durante la presentación del informe. Y el desafío está precisamente ahí: en hacer que los sistemas comerciales y financieros internacionales se ajusten a su propósito de promover el desarrollo sostenible y justo.

Pero el tiempo corre en contra. “Se ha minado la fe en el sistema multilateral; en parte porque ha fracasado a la hora de conseguir rendimientos equitativamente distribuidos, con una desigualdad creciente en la mayoría de los países”, recoge el informe, en el que ha participado el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio, entre otros. Además del análisis, el estudio propone algunas pautas para alcanzar los Objetivos; entre ellas, se encuentra la de rediseñar el sistema financiero mundial, uno de los agentes clave del cambio.

Los bonos verdes han crecido hasta superar los 220.000 millones de dólares en la última década

Según se extrae del texto, una de las funciones que tiene el sector bancario en el nuevo paradigma es la de financiar proyectos y organizaciones que contribuyan a resolver los retos sociales, económicos y medioambientales actuales. Como herramienta de apoyo, la ONU ha puesto en marcha la Iniciativa Financiera del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP), un proyecto cuyo objetivo es desarrollar instrumentos y métodos para favorecer que los bancos respondan al cambio climático. “Tanto para las instituciones financieras como para los actores del mercado, la gestión y respuesta efectiva frente al cambio climático siempre implica dos cosas: entender y responder al creciente e inevitable impacto del cambio climático y aprovechar las oportunidades de la transición hacia economías sin emisiones de CO2”, explicaba Eric Usher, director ejecutivo de UNEP en la presentación del proyecto.

Al parecer, las inversiones en sectores sostenibles son una tendencia al alza. Los bonos verdes, por ejemplo, han crecido hasta superar los 220.000 millones de dólares en la última década. Esta nueva situación ha llevado a la Comisión Europea a presentar una propuesta legislativa para crear un marco común que vaya orientado en una única dirección: que la UE sea líder mundial en finanzas sostenibles. No obstante, para alcanzar este objetivo, el órgano europeo recomienda reestructurar la arquitectura institucional mundial desde la base.

Para la institución, fomentar proyectos a largo plazo relacionados con la sostenibilidad que favorezcan la inclusión social es uno de los primeros pasos a seguir. Sin olvidarse de la necesidad de reconvertir los mecanismos que rigen la deuda pública y responder así a un panorama de acreedores más diverso, y de modernizar la estructura multilateral de comercio que permita abordar los desafíos de los sistemas tributarios. Partiendo de estas acciones, el sector financiero puede timonear hacia un puerto seguro: el de la responsabilidad, tanto con el planeta como con sus habitantes.