Autor: Pablo Suárez

Esconder el carbono de forma definitiva

¿Quién no ha pensado alguna vez en coger algo malo y poder encerrarlo para siempre donde no vuelva a suponer un problema? Aunque tentador, desafortunadamente no es una opción que sea siempre posible. La mayoría de las veces resulta inevitable aprender a convivir junto a ciertas cuestiones negativas del día a día. Sin embargo, hay un aspecto, quizá el más relevante en lo que al ser humano refiere, donde esta solución más parecida a un truco de magia podría resultar no solo posible, sino efectiva: el calentamiento global causado por la acumulación de carbono.

La cuestión pasa por replantear de forma eficaz los recursos y actividades disponibles

Atrapar carbono puede parecer un concepto alejado de la realidad, pero encerrar algo tan complejo como un gas, evitando que este continúe agrupándose en la atmósfera, se ha revelado como una de las grandes claves a la hora de frenar el desgaste del planeta. La pregunta es: ¿cómo y por qué? En el fondo, capturar carbono supone un proceso mucho más lógico de lo que puede parecer a simple vista. De hecho, parte de una técnica que trata de replicar la función que hacen los recursos naturales como los bosques, que funcionan como sumideros de carbono naturales. Por medio de la fotosíntesis, los árboles y el resto de la vegetación captan dióxido de carbono de la atmósfera o disuelto en agua y, con la ayuda de la luz solar, se sirven de ello a la hora de elaborar compuestos orgánicos necesarios para su crecimiento. Teniendo muy presente este principio, la eliminación de CO2 de la atmósfera de forma artificial engloba necesariamente al conjunto de actividades humanas que extraen este gas para almacenarlo de forma duradera en reservorios geológicos, terrestres u oceánicos.

Llegados a este punto, el primer aspecto sobre el que recae la atención cuando se habla de capturar carbono son sus principales fuentes emisoras. En este sentido, la industria que depende de los grandes procesos de combustión supone el 8,5% del total de emisiones generadas. Para poner en marcha este proceso, el Servicio Geológico Británico, uno de los grandes impulsores de esta técnica, habla de varias estrategias, como la poscombustión, la precombustión y la oxicombustión, a través de las cuales sería realmente sencillo agrupar el carbono generado de cara a poder transportarlo a los sumideros naturales, evitando así su difusión hacia la atmósfera. Una vez agrupado y transportado, principalmente a través de su bombeo por tuberías, el carbono puede quedar almacenado de distintas maneras, siendo las formaciones geológicas los lugares con más posibilidades, donde el CO2 se convertiría en un compuesto líquido y se inyectaría directamente en las rocas sedimentarias más profundas.

Desde el organismo británico apuntan a zonas como el mar del Norte y la costa del Golfo de Estados Unidos como espacios de gran disponibilidad. De hecho, algunos de estos lugares podrían aislar el carbono de la atmósfera de forma permanente, con el beneficio que ello conllevaría para el planeta.

Una vez capturado, el CO2 se convertiría en un compuesto líquido y se inyectaría directamente en las rocas sedimentarios más profundas

De esta manera, la captura de carbono supone un avance evidente a la hora de paliar el desgaste derivado de la actividad humana. Una estrategia que, tal y como advierten desde el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), debe ir acompañada de forma complementaria por la evidente necesidad de reducir emisiones, una prioridad absoluta e inamovible para los próximos años. Si algo queda evidenciado gracias a esta nueva fórmula es que la naturaleza siempre ofrece soluciones: solo hay que estar dispuesto a encontrarlas.

Cambio climático: un foco de desigualdad latente

Tras años en un segundo plano, la lucha contra el cambio climático ha pasado a ocupar, por fin, el centro del debate público. Décadas después de que comenzaran las alertas por parte de la comunidad científica y los colectivos ecologistas, la mayor parte de los gobiernos del mundo han entendido la urgencia del problema y la necesidad de colocar la protección del planeta como un eje esencial de la política nacional e internacional. Hasta ahora, la degradación de la Tierra, una situación provocada principalmente por la sobreactividad humana, siempre ha sido enfocada desde una perspectiva medioambiental o productiva, como un problema que perjudica principalmente al mundo natural y al sistema bajo el que se rige la sociedad actual. Se obvia el hecho de que los principales perjudicados están siendo las personas y, en concreto, aquellas con menos recursos o en situación de exclusión.

El cambio climático amenaza el disfrute de aspectos como la vida, el agua, el saneamiento, el acceso a alimentos, la salud, la vivienda o el propio desarrollo

Prueba de ello es el ascendente nivel de preocupación que este tema suscita entre la población, dado el impacto que esta percibe en su día a día. Según una encuesta realizada por el Eurobarómetro, casi ocho de cada diez europeos (78%) considera el cambio climático como un problema muy grave. Y es que el constante deterioro del planeta amenaza seriamente el disfrute efectivo de aspectos como la vida, el agua, el saneamiento, el acceso a alimentos, la salud, la vivienda o el propio desarrollo. Aspectos, todos ellos, que comparten un mismo denominador: son derechos humanos. Por este motivo, desde las instituciones internacionales se está instando a los gobiernos a tomar medidas urgentes contra el cambio climático desde un punto de vista de protección a los colectivos sociales más vulnerables. «Los Estados tienen la obligación de defender los derechos humanos para prevenir los efectos adversos predecibles del cambio climático y garantizar que aquellos a los que afecte, sobre todo los que estén en una situación de vulnerabilidad, tengan acceso inmediato a recursos y medidas de adaptación efectivos que les permitan vivir dignamente», se puede leer en un informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH).

«Es necesario que los Estados tomen medidas ambiciosas de adaptación y mitigación que sean inclusivas y respetuosas con las comunidades a las que afecte el cambio climático»

Con ello, desde el corazón de la ONU se abre un nuevo frente desde el que presionar a los gobiernos a tomar medidas efectivas y de calado contra el calentamiento global y los efectos adversos que ello genera. En este sentido, la realidad de la demanda queda reflejada en multitud de ejemplos, desde las prolongadas sequías en el África subsahariana, que han dejado sin agua potable a multitud de comunidades, hasta las devastadoras tormentas tropicales en el sudeste asiático que se han llevado casas y comercios, pasando por los incendios y las olas de calor en el hemisferio norte. Todos estos fenómenos afectan directamente a las personas y, más concretamente, a aquellas que menor acceso tienen a recursos que les permitan adaptarse a la situación actual. Un crecimiento de la desigualdad que tienen nombres y rostros y, como no puede ser de otra manera, reclama soluciones inmediatas. «Es necesario que los Estados tomen medidas ambiciosas de adaptación y mitigación que sean inclusivas y respetuosas con las comunidades a las que afecte el cambio climático», insisten desde la ACNUDH, desde donde se trabaja para potenciar aspectos como la inclusión de la sociedad civil en los procesos de tomas de decisiones medioambientales, la facilitación de mecanismos de derechos humanos para abordar los problemas medioambientales o la investigación y promoción para abordar vulneraciones de los derechos humanos causadas por la degradación del medio ambiente, en particular hacia grupos en situaciones de vulnerabilidad.

Si algo ha quedado demostrado a lo largo de los años es que el cambio climático es un problema de todos que tiene un impacto especial entre aquellos con menos recursos. Un foco de desigualdad que, al margen del daño que supone para el medio ambiente, también puede conllevar un desgaste de las sociedades y los derechos conquistados. Evitarlo es algo que está en nuestra mano.

El calor: un claro índice de desigualdad

Cada año que pasa, el verano se deja notar con más fuerza en todo el mundo. En los lugares en los que antes solo había un par de semanas de calor extremo, ahora son meses de altas temperaturas. De igual forma, países que anteriormente tendían a un equilibrio estacional más o menos estable, han visto como el mercurio ha subido de una forma radical en los meses estivales. No es una situación aislada, sino que está previsto sea el leitmotiv de los próximos años, resultado de una inacción prolongada en la lucha contra el desgaste del planeta que empieza a tener consecuencias realmente serias para la población global. Así se desprende de los últimos datos aportados por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), desde donde se calcula que las olas de calor serán 39 veces más frecuentes que en el siglo XIX, con una temperatura global que superará los 40 grados centígrados una media de casi siete días al año y fenómenos hasta ahora extremos como las sequías que dejarán de serlo dada la frecuencia con la que se sucederán.

Las olas de calor serán 39 veces más frecuentes que en el siglo XIX

Ante este horizonte, no solo se trata de acelerar una lucha contra el cambio climático que ya se ha vuelto prioridad política absoluta para la mayoría de los países del mundo, sino de abordar las desigualdades de  adaptación que las nuevas temperaturas están produciendo en todo el mundo. Y es que, en la diferencia a la hora de paliar el calor, ha surgido un nuevo foco de desigualdad que preocupa, y mucho, a gobiernos y ONG. Por un lado, la primera diferencia viene dada por los datos. Mientras que los estudios que se hacen al respecto suelen desarrollarse y tomar como referencia índices de los países desarrollados, los países con menor desarrollo –y que generalmente están expuestos a condiciones climáticas más extremas– apenas aparecen o gozan de relevancia en estos trabajos. De esta manera, una ola de calor en Canadá será noticia en todo el mundo mientras que esa misma ola en Etiopía no, situación que deja a la población etíope en un claro segundo plano con respecto a las medidas que se puedan tomar para paliar su situación. Es solo la punta del iceberg. El calor y su forma de combatirlo se ha revelado en los últimos años como uno de los grandes medidores de desigualdad.

Según un estudio desarrollado por la Universidad de Berkeley, puede trazarse un mapa racial según sea la proximidad de la población a árboles

Un claro ejemplo de esta brecha está en la proximidad a zonas verdes de la población, atenuante para las altas temperaturas. Según un estudio desarrollado en Estados Unidos por la Universidad de Berkeley, podría trazarse un mapa racial según fuera la proximidad de la población a árboles. En este sentido, las personas de raza negra tenían un 52% más de posibilidades respecto a las de raza blanca de vivir en lugares sin atisbo de naturaleza y con clara exposición al calor. Un dato que evidencia las diferencias entre vidas humanas y su distinto valor en aspectos tan relevantes para la salud. No es el único escenario en el que esta brecha queda patente. El acceso al aire acondicionado es otro de los índices que mejor refleja las diferencias socioeconómicas de la población. De hecho, ya en el año 2014, desde el servicio de Salud Pública de Inglaterra alertaron de que la distribución de los sistemas de aire acondicionado reflejaba desigualdades socioeconómicas preocupantes, a lo que se sumaba la posibilidad de que el aumento del precio de los combustibles exacerbara más si cabe esta situación.

Desde entonces, estas diferencias no han hecho más que aumentar, convirtiéndose en un problema que urge abordar, especialmente si se tiene en cuenta la previsión de que lo que ahora se denominan olas de calor, terminarán por ser temperaturas habituales en buena parte del planeta.

Sostenibilidad que se huele y se toca en las ciudades

Cuando alguien piensa en su ciudad de origen, su cabeza visualiza espacios, pero también rememora el olor de la pastelería de la esquina, el sonido de unas campanas dando la hora en una iglesia o el aroma de los naranjos en un parque. Ocurre a veces que, al volver a un lugar concreto, aspectos como el aroma o las texturas sirven también para retrotraerse a momentos específicos. En las urbes actuales, donde todo parece diseñado para la vista, con edificaciones cada vez más sugerentes y constantes replanteamientos de espacios, sentidos como el olfato o el tacto también pueden ayudar a hacer ciudad y escribir historias. Es lo que se conoce como el valor intangible de las ciudades, aspectos que crean la identidad de un entorno de una forma intrínseca a las emociones y que pueden ser de gran ayuda a la hora de crear espacios más amables para el ser humano.

A ello es a lo que ha dedicado su carrera el investigador David Howes, quien dirige el Centro de Estudios Sensoriales de la Universidad de Concordia y quien está considerado como el primer impulsor del marco teórico desarrollado en torno a un aspecto que él mismo denominó urbanismo sensorial: la información no visual que define el carácter de una ciudad y afecta a su habitabilidad.

Los investigadores de ‘GoGreen Routes’ analizan cómo la naturaleza se puede integrar en los espacios humanos de una manera que mejore la salud humana y la ambiental

En la línea de las investigaciones de Howes, han sido muchos los expertos que en los últimos años han comenzado a indagar sobre estas cuestiones y desarrollar proyectos en torno a ellas, conscientes de la relevancia que esto puede tener en materia de sostenibilidad. Es el caso de GoGreen Routes, un proyecto financiado a través de fondos europeos y que utiliza dispositivos portátiles para rastrear datos biométricos como la variabilidad del ritmo cardíaco a modo de indicador de las respuestas emocionales a diferentes experiencias sensoriales. De esta manera, con el estudio de estos datos, los investigadores analizan cómo la naturaleza se puede integrar en los espacios humanos de una manera que mejore la salud humana y la ambiental.

En este sentido, Beau Beza, profesor de arquitectura de la Universidad de Deakin, en Australia, lidera un equipo que introduce sonidos, olores y texturas en entornos de realidad virtual que las autoridades municipales pueden utilizar a la hora de presentar proyectos de planificación. A través de estos avances, las propuestas de urbanismo van un punto más allá y generan un mayor conocimiento de su posible impacto en la vida de las personas.

El urbanismo sensorial también puede tener impacto en la mejora de la igualdad

Esta mejoría a la que abre la puerta el urbanismo sensorial no solo está relacionada con aspectos de salud, sino que también puede tener impacto en cuestiones de igualdad. Convencida de ello trabaja Mónica Montserrat Degen, socióloga cultural urbana de la Universidad de Brunel, en Londres, y cuyas investigaciones son utilizadas por ayuntamientos como el londinense o el de Barcelona. Lo que ofrecen los datos recabados por Degen es entender las percepciones del espacio público y cómo las jerarquías sensoriales excluyen, en muchas ocasiones, a ciertos grupos de personas. Una información que puede resultar clave a la hora de atajar esas diferencias.

A través de estos proyectos y muchos otros que actualmente se están desarrollando en todo el mundo, el urbanismo sensorial ha ido ganando peso en la agenda de las administraciones públicas. Un tipo de urbanismo que se sale de los desarrollos clásicos y que se revela como una de las claves de cara a alcanzar la tan ansiada sostenibilidad en urbes y otros núcleos poblacionales.

Cuando la independencia la trae el sol

El día que Europa tomó posición a favor de Ucrania en su conflicto con Rusia, desde Bruselas eran conscientes de que aquella decisión no solo tendría un impacto diplomático, materializado en una ruptura absoluta de las relaciones internacionales con la potencia rusa, sino que también acarrearía cambios sustanciales en el plano económico y social. Meses después de aquella declaración, la Unión Europea en su conjunto ha entrado de lleno en una nueva era, marcada por la desconexión total de la energía rusa, cuyo suministro gasístico conformaba uno de los principales pilares del sistema de producción para el viejo continente.

En los últimos tres años la potencia solar fotovoltaica instalada en el territorio español se ha triplicado

Una vez que esta medida tomó forma, las instituciones europeas comenzaron a trabajar en un plan que permitiera a los países miembros generar alternativas y fijar un nuevo rumbo para las previsiones establecidas. Para ello, la Comisión Europea ha calculado una inversión de 210.000 millones de euros de cara a que los Veintisiete logren la ansiada y necesaria independencia energética. Un objetivo marcado por la firme apuesta por las energías renovables, a las que se destinará un total de 86.000 millones de euros. Entre todas ellas, desde Bruselas se ha depositado una especial confianza en la energía fotovoltaica, llamada a ser «la principal fuente de energía» del continente a partir de 2030. Una previsión para la que será necesario aunar esfuerzos de cara a encontrar implementaciones que garanticen el futuro energético sin comprometer el desarrollo en otros campos. Creatividad e innovación al servicio del futuro.

En el caso de España, nuestro país no solo no es ajeno a este asunto, sino que a lo largo de los últimos años se ha posicionado como uno de los principales focos a la hora de generar energía solar. De hecho, en los últimos tres años la potencia solar fotovoltaica instalada en el territorio español se ha triplicado, según datos de Red Eléctrica, pasando de 4.767 MW a inicios del 2019, a un total de 15.190 MW a finales del 2021. Como es evidente, este aumento de las instalaciones ha provocado un impacto considerable en el mix de generación eléctrico español, que en solo dos años ha pasado del 3,55% de energía solar fotovoltaica en 2019 a un 8,05% de energía solar en 2021. Ante este escenario, y en vista del aumento en inversión para este campo, resulta esencial continuar en esta línea de trabajo y potenciar la generación de energía solar a través de nuevas fórmulas.

La Unión Europea trabaja con la previsión de que la energía fotovoltaica sea «la principal fuente de energía» a partir de 2030

Para ello, Europa puede fijarse en aquellos países donde la obtención de energía fotovoltaica está más y mejor asentada de cara a replicar algunos de los proyectos. Uno de ellos, quizás el más eficaz de todos, es el proyecto de energía solar llevado a cabo en el estado de Gujarat, en el occidente de la India. Allí se han instalado miles de paneles solares sobre los numerosos canales que recorren la zona, uniendo así dos objetivos esenciales y totalmente complementarios: generar energía y evitar la evaporación del agua. El resultado se ha materializado en el ahorro de millones de litros de agua cada año y la creación de 2.200 MW de energía solar. No es el único proyecto que ha logrado combinar eficiencia y creatividad. En 2014, las autoridades de Krommenie, en Países Bajos, necesitadas de espacio para instalar las placas fotovoltaicas que generan la energía, pusieron en marcha un carril bici plagado de estos paneles. Conocida como SolaRoad, esta ciclovía generó aproximadamente 3.000 kWh en su primer semestre, una cifra mucho más alta de lo esperado y que hizo que países como Francia replicaran la iniciativa.

Con el mundo y el orden geopolítico en constante cambio, este tipo de iniciativas son más que necesarias para consolidar el liderazgo y la independencia de la Unión Europea. Una independencia que, dada la situación actual, solo podrá llegar en forma de energía. Es ahí donde las renovables juegan un papel clave.

Cinco lecturas inspiradoras sobre mujeres que cambiaron el mundo

A lo largo de la historia, son muchas las mujeres que han entregado su vida a hacer de este mundo un lugar mejor para las futuras generaciones. Con esta recopilación ponemos en valor su lucha y evitamos que caigan en el olvido.

‘El libro de la esperanza’, de Jane Goodall

 

El trabajo de la naturalista y conservacionista Jane Goodall se ha convertido en la inspiración de un buen número de activistas por el clima. Sus trabajos advirtiendo sobre el grave riesgo en el que se encuentra el planeta datan de hace más de medio siglo, cuando apenas se habían acuñado términos que hoy forman ya parte de nuestro día a día. En esta obra, Goodall vacía el conocimiento adquirido durante toda una vida dedicada al planeta en una extensa conversación con su coautor, Doug Abrams. El libro supone un reflejo nítido del problema que enfrentamos pero abre la puerta a una posible solución, que pasa indudablemente por una concienciación mundial.

‘Mi historia’, de Rosa Park

El 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks se negó a ceder su sitio a un hombre blanco en un autobús segregado. El resto es historia. La acción se convirtió rápidamente en un auténtico símbolo en la lucha contra el racismo existente en Estados Unidos, desencadenando un movimiento masivo que terminaría con la segregación racial declarada inconstitucional. A cambio de ese gesto de desobediencia que innegablemente desencadenó un mundo mejor, Rosa Parks perdió su trabajo. En este libro, Parks narra en primera persona su papel en la lucha por la igualdad de la población norteamericana.

‘Éxtasis y yo’, de Hedy Lamarr

Considerada como una de las mujeres más bellas del siglo XX y una auténtica estrella del cine clásico, la vida de Hedy Lamarr es fascinante tras la gran pantalla. Ingeniera de telecomunicaciones e inventora además de actriz, desarrolló un sistema de encriptación de misiles durante la II Guerra Mundial que dio lugar al sistema Wi-Fi que conocemos hoy en día. Tal fue su aportación, que Austria, su país natal, celebra cada 9 de noviembre el Día del Inventor en su honor. En esta autobiografía, Lamarr repasa su vida, a caballo entre el glamour de Hollywood y la investigación más puntera.

‘Yo soy Malala’, de Malala Yousafzai

Un martes de octubre de 2012, a Malala Yousafzai le dispararon un tiro en la cabeza cuando volvía de la escuela. El motivo: haberse revelado contra el régimen talibán de su país natal, Pakistán, y reivindicar su derecho a la educación. Al sobrevivir a este intento de asesinato, Yousafzai, que tan solo contaba con 15 años, se convirtió en un referente global de la protesta pacífica y en la persona más joven en ser nominada al Premio Nobel de la Paz. En esta emocionante obra, la joven narra en primera persona la lucha de su familia contra el terrorismo y la valentía de unos padres que confiaron en la educación de sus hijas como forma de cambiar el mundo.

‘Frida’, de Hayden Herrera

Frida Kahlo es, de forma indiscutible, una de las artistas más inspiradoras de la historia. La pintora mexicana, cuyas obras han estado expuestas en más de medio mundo, no solo es admirada por su trabajo, sino también por la personalidad y fortaleza que destilan sus pinturas. Tras una extensa investigación a partir de cartas y escritos, Hayden Herrera firma un trabajo riguroso en el que se refleja a una Kahlo en constante rebelión contra una existencia difícil. La vida de la pintora, apasionante y repleta de desafíos, habla también de la fortaleza de una persona y el refugio hallado en el arte como punto de apoyo para afrontar el día a día.

La mutilación genital femenina: un contador que no se detiene

En el mundo, 200 millones de mujeres y niñas vivas han sufrido mutilación total parcial de sus genitales por motivos ajenos a la salud, según Unicef. La cifra equivale a la población de Brasil y supera cuatro veces la de España.

Tomar perspectiva y realizar este tipo de comparaciones resulta necesario a la hora de entender la dimensión de una lacra que, pese a ciertos avances para su eliminación, sigue siendo una práctica habitual en más de 31 países. Así lo reflejan los últimos datos publicados por Unicef, de los que se extrae que en lugares como Somalia, Guinea o Sierra Leona, casi el 90% de las mujeres son forzadas a la ablación genital, una ‘tradición’ que más allá de la violación de derechos humanos que constituye, deriva en complicaciones médicas que en algunos casos llevan incluso a la muerte. De hecho, tal y como reveló en 2006 un estudio dirigido por la Organización Mundial de la Salud, la mutilación genital femenina daba lugar a entre el 1% y el 2% de las muertes infantiles durante el parto, y las mujeres que habían sufrido una mutilación genital corrían un riesgo considerablemente mayor de tener complicaciones en el parto, necesitar una cesárea o padecer una hemorragia posparto.

En países como Somalia, Guinea o Sierra Leona, casi el 90% de las mujeres son forzadas a la mutilación genital

Cuando se viaja al fondo del asunto y se trata de determinar el motivo que ha llevado a ciertas sociedades a generalizar esta práctica, las respuestas no están nada claras. Pese a que muchas veces se asocia la mutilación genital femenina con una cuestión religiosa, lo cierto es que no se conocen textos teológicos que obliguen a realizarla. Se trata por tanto más de una cuestión relativa a la tradición, bajo la falsa creencia de que por medio de esta práctica se garantiza el futuro matrimonio de las niñas y el honor de las familias. En otros casos, la extirpación de los genitales se concibe también como una forma de controlar la sexualidad de la mujer.

Intentos por eliminarla

Pese a que en las últimas décadas se ha trabajado mucho en pos de la eliminación de la mutilación genital femenina, lo cierto es que queda mucho camino por recorrer y es necesaria una mayor implicación social e institucional para lograr su completa anulación. En este sentido, Unicef y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) dirigen conjuntamente desde 2008 el programa mundial más importante de los que actualmente tienen vigencia. Este programa basa sus esfuerzos en la educación a la hora de trabajar con las comunidades y hablar abiertamente de los beneficios que para sus sociedades implicaría la eliminación de esta práctica, así como fomentar su oposición a la misma. Este trabajo se realiza a su vez en colaboración con trabajadores de la salud de cara a prestar asistencia también a aquellas mujeres víctimas de la mutilación.

Unicef y el Fondo de Población de las Naciones Unidas dirigen conjuntamente desde 2008 el programa mundial que trata de educar a las comunidades en oposición a esta práctica

No es el único programa en busca de un cambio. En 2019, la Unión Europea y la Organización de las Naciones Unidas pusieron en marcha la iniciativa Spotlight para erradicar la violencia contra las mujeres y niñas. Con una dotación económica inicial de 500 millones de euros, casi la mitad de los fondos recayeron en el trabajo para la eliminación de la mutilación genital femenina, un proceso que se encuentra actualmente en desarrollo y del que, a buen seguro, se podrán extraer grandes resultados.

No obstante, este objetivo apenas acaba de comenzar. Es por eso que desde la ONU se nombró el 6 de febrero como el Día Mundial contra la Mutilación Genital Femenina, como gesto simbólico para fomentar la concienciación y evitar que los 200 millones de mujeres y niñas que la han sufrido hasta el momento, continúen en constante ascenso. 200 millones es una cantidad escalofriante; está en manos de la sociedad evitar que el contador siga subiendo.

La solución para salvar el planeta está en los datos

Es un día más en Red Eléctrica de España. Uno de los técnicos del departamento de mantenimiento de instalaciones recibe en su ordenador una alerta que le recuerda que se debe proceder al adecuamiento de la vegetación en uno de los tramos de los 44.000 kilómetros de línea de alta tensión de la red de transporte de energía. De ignorar esa señal, la situación podría conllevar algunos riesgos, como el de un incendio forestal en caso de que un árbol que hubiese crecido más de la cuenta entrase en contacto con el tendido.

El dato que evita cualquier incidente es preciso y eficaz: es fruto de un análisis automatizado que no deja nada al azar. Sin embargo, hace apenas un par de años, este proceso de control de la vegetación requería mucho más tiempo, ya que implicaba llevar a cabo un exhaustivo trabajo sobre el terreno por parte de los técnicos y requería numerosas revisiones. Ahora, ese trabajo lo hace un algoritmo creado específicamente para identificar el tipo de vegetación que crece bajo las líneas de alta tensión y temporizar su mantenimiento según la especie. Detrás de esta tecnología están Red Eléctrica, Elewit y Overstory, que han desarrollado el proyecto para incrementar la seguridad y fiabilidad de la red y reducir el riesgo de incendios forestales, lo que sin duda protege la biodiversidad y el capital natural.

Gracias a la creación de un algoritmo único, desde Red Eléctrica pueden monitorizar el crecimiento de la vegetación existente bajo el tendido y proteger la biodiversidad

El del algoritmo de Grupo Red Eléctrica es un claro ejemplo de cómo las tecnologías basadas en el big data, el machine learning o la realidad virtual se han convertido en uno de los principales puntos de apoyo a la hora de proteger la biodiversidad del planeta.

Así lo han entendido también los creadores de Posidonia Maps, un proyecto que trata de proteger las praderas submarinas de posidonia. Esta especie vegetal, hábitat y apoyo para miles de especies, es también una potente alcantarilla de CO₂ que favorece la oxigenación del mar y el mantenimiento del suelo marino. Conscientes de que una de las principales amenazas para esta especie era el fondeo de embarcaciones, cuyo movimiento de anclas desgarra los ejemplares de posidonia, un equipo de profesionales de la Asociación Vellmarí, Movired y Oceansnell decidieron desarrollar una aplicación que mostrase una exhaustiva cartografía de las praderas de posidonia en Formentera. De esta manera, las embarcaciones tienen información en tiempo real de la ubicación de las praderas y pueden evitar fondear en estos espacios. Sin esta información, que cada usuario puede descargar en su dispositivo móvil, resultaría prácticamente imposible conocer los puntos de posidonia en torno a la isla y, por tanto, su destrucción sería inevitable.

Posidonia Maps es un proyecto que utiliza el big data para evitar la destrucción de las praderas de posidonia por parte de las embarcaciones

Se trata de dos proyectos –el de Grupo Red Eléctrica y el de Posidonia Maps– que confirman la llegada de una nueva era tecnológica basada en la gestión de datos. Precisamente, es ahí de donde parten ramas tan esenciales el estudio de potenciales retos y desafíos que amenazan la salud del planeta. Este escenario tecnológico, que apenas éramos capaces de imaginar hace unos años, está ahora a nuestro alcance y puede sernos útiles para mejorar las soluciones ya existentes que buscan proteger la biodiversidad y la salud de las personas.