Autor: Pablo Suárez

Transición energética: una hoja de ruta que no admite despistes

La transición ecológica no es un camino fácil. Tampoco rápido. La sociedad en su conjunto cada vez es más consciente de la necesidad de transformar la economía y, en definitiva, la vida, al mismo tiempo que cada vez resulta más evidente la necesidad de frenar en seco el desgaste del planeta. La realidad es que el proceso, que atañe a todos los niveles de la sociedad, es tremendamente frágil en su desarrollo, existiendo infinidad de factores capaces de originar cambios y ralentizar la hoja de ruta marcada en un origen. La transición energética es, en definitiva, un proceso cuyo nivel de éxito va intrínsecamente ligado a la estabilidad que lo avale.

En España, el desarrollo de la transformación verde avanza a buen ritmo, aunque en los últimos meses se ha visto ligeramente aminorado como consecuencia de la inflación registrada y las consecuencias de la guerra en Ucrania. Así lo evidencia el último informe elaborado por el Observatorio de la Transición Energética y la Acción Climática en nuestro país, en el cual se han comparado los datos actuales con las previsiones a medio y largo plazo marcadas por el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030. El dibujo que ofrece esta comparativa no deja lugar a dudas: España va por el buen camino, firme en la hoja de ruta hacia un mundo más justo ambientalmente, pero no hay lugar para el desliz.

España logró emitir en 2022 dos toneladas menos de gases de efecto invernadero que lo que aconsejaban las previsiones

El informe aborda aspectos esenciales como el grado de descarbonización de la economía nacional. En este aspecto, los datos han empeorado durante los dos últimos años, con una subida del 2,8% en la emisión de gases de efecto invernadero, pero se mantienen en las previsiones marcadas por la administración. Concretamente, en 2022, se registraron 297,46 toneladas métricas equivalentes de dióxido de carbono, dos toneladas menos de los índices aconsejados. Un número que en 2023 debe seguir bajando hasta las 290,07 MtC02eq.

En este sentido, en un tema adyacente como es la eficiencia energética, los números, pese a ser positivos, tampoco dejan espacio para el despiste. Tal y como se refleja en el informe, desde 2020 la tendencia ha venido empeorando, con un crecimiento acumulado del consumo de energía primaria que, no obstante, sigue por debajo de los índices previstos. Según los datos, en 2022 España consumió 115.332,27 kilotoneladas equivalentes de petróleo, más de 3.000 toneladas menos del objetivo que se marcaba el PNIEC para ese año.

Un poco más apretado con respecto a la comparativa entre realidad y objetivo está el ámbito del consumo eléctrico sobre el consumo total energético. Mientras que el objetivo que figura en el PNIEC contemplaba que en 2022 esta cuota estuviera en el 24,83%, la realidad es que actualmente se encuentra muy cerca pero sin llegar a ese punto (24,56%), tras una caída de medio punto durante el último año.

En lo que refiere a las energías renovables, a todas luces marcadas como el futuro del sistema productivo, España dispone de cierto margen de mejora en el mix energético. De acuerdo con los datos reflejados en el Informe del sistema eléctrico 2022, elaborado por Red Eléctrica, la generación renovable en el sistema eléctrico nacional ha sido del 42,2 % el pasado año, cuatro puntos por debajo de 2021 debido al descenso de casi un 40% de la producción hidráulica.

La generación renovable en el sistema eléctrico se situó en 2022 en el 42,2%

También el bolsillo de los consumidores ha sufrido en el último año, una situación agravada por la guerra de Ucrania, que ha puesto sobre la mesa el debate sobre si el consumo energético de España puede seguir dependiendo del exterior, asumiendo así las variaciones de mercado ligadas al mismo. En este sentido, volviendo a términos del informe elaborado por el Observatorio, actualmente el sistema energético español depende en un 74,11% de fuentes de energía extranjeras. Más de cuatro puntos por encima del objetivo, que había pautado un 69% para 2022. En este aspecto, la clave pasa por el fortalecimiento de la producción energética nacional y la apuesta definitiva por las renovables como ámbito tractor. De lo contrario, conflictos o situaciones como la guerra iniciada por Rusia supondrán constantemente un problema para la economía a nivel macro y micro.

Sin embargo, pese a este último factor en el que existe un amplio margen de mejora, la realidad que dibujan estos datos es la de un país que, tras años de dudas y escepticismo, es absoluta y plenamente consciente del reto que encara. No hay mejor receta a la hora de afrontar el futuro con garantías.

¿Qué podemos aprender de los anteriores cambios climáticos?

"Quien olvida su historia, está condenado a repetirla". La frase es del filósofo español Jorge Ruiz de Santayana y resume a la perfección la idiosincrasia del ser humano, una especie, quizás la única, con una tendencia intrínseca y desproporcionada a atender al presente y al futuro por encima del pasado. Como si el mundo no hubiera enseñado muchas veces que sus cartas son cíclicas, que el orden de la naturaleza es circular y que, en definitiva, todo lo que ha ocurrido alguna vez tiene grandes posibilidades de suceder de nuevo.

Durante la era conocida como Paleoceno Superior, la temperatura ascendió en La Tierra hasta seis grados en tan solo 20.000 años

En el caso del cambio climático -seguramente el mayor reto que ha afrontado nuestra especie-, tener una visión retrospectiva se revela como una de las claves a la hora de entender lo que le ocurre al planeta y, a todas luces, para ponerle solución. Y es que no es la primera vez que la Tierra se encamina hacia un cambio radical producto de una suerte de autodestrucción periódica, una renovación que devuelve al planeta a la primera base. A lo largo de la historia, el mundo que ahora habita el ser humano ha ido experimentando cambios de 180 grados. Eran cambios que obligaban a replantear las condiciones de la vida y que, en muchos casos, implicaban la extinción de especies que, incapaces de evolucionar a la velocidad necesaria, no encontraban manera de sobrevivir. Sin embargo, si algo diferencia a estos cambios climáticos pasados del que actualmente enfrentamos es su origen. Ya no es la naturaleza la que en su tendencia cíclica replantea la vida, sino el efecto de la actividad de una especie: el ser humano.

De hecho, ni siquiera es la primera vez que el planeta afronta un cambio climático originado por gases de efecto invernadero. Tal y como han ido revelando las investigaciones al respecto, hace millones de años, hubo en la Tierra períodos en los cuales se registraron altas concentraciones de gases como dióxido de carbono y metano, cuya acumulación marcó, como ahora ocurre, alteraciones drásticas en la temperatura y la llegada de períodos ultra cálidos.

Esta situación se equilibró a través del propio proceso natural con la aparición de las cianobacterias, origen de la fotosíntesis oxigénica, proceso a través del que los organismos capturan dióxido de carbono y emiten en su lugar oxígeno. A partir de ese hecho, se redujeron considerablemente las concentraciones de C02 y se generó un planeta mucho más propicio para la vida tal y como ahora lo conocemos.

Actualmente, ya no es la naturaleza la que en su tendencia cíclica replantea la vida, sino el efecto de la actividad del ser humano

Tras este cambio, otro de los más contundentes tuvo lugar en la época de los dinosaurios. Durante la era conocida como Paleoceno Superior, la temperatura ascendió en la Tierra hasta seis grados en tan solo 20.000 años (muy poco tiempo para un cambio de clima). Estas variaciones afectaron de lleno a la situación marina y a la atmósfera, generando la desaparición de multitud de especies cuyas formas de vida dejaron de ser compatibles con la realidad del momento.

Justo lo contrario ocurrió durante uno de los cambios climáticos más conocidos y con mayor relevancia a la hora de explicar nuestra era. El proceso conocido como las Glaciaciones del Pleistoceno fue un periodo en el cual las temperaturas medias globales descendieron de forma acelerada y, como consecuencia, se produjo la expansión de los hielos continentales, casquetes polares y glaciares que, en buena parte, dieron lugar al orden geográfico actual.

Mucho más reciente es el fenómeno conocido como Mínimo de Maunder, un periodo que va desde mediados del siglo XVII hasta principios de XVIII durante el que desaparecieron las manchas solares de la superficie del Sol casi por completo. Por este motivo, la principal fuente de luz del Sistema Solar generaba menor radiación, lo que conllevó un periodo frío que obligó a replantear la forma de vida tanto para el ser humano como para el resto de especies.

Además de las citadas, han sido muchas las ocasiones en las que la naturaleza y su comportamiento ha generado micro cambios climáticos como consecuencia de huracanes, terremotos o fenómenos meteorológicos extremos y complicados de predecir. Y es que justo ahí reside la clave del cambio climático actual: que ha sido previsto y, por tanto, existen opciones para frenarlo. No se trata de una alteración de las condiciones de vida provocadas por la propia naturaleza, sino por la actividad de la especie humana. Entender los procesos anteriores y, sobre todo, sus consecuencias, puede ser de gran ayuda a la hora de tomar conciencia sobre la importancia del reto que afronta el ser humano y el privilegio que ostenta. Entender la historia para no volver a repetirla.

Claves de la futura reforma del mercado eléctrico

A nadie sorprende ya el hecho de vivir en una de esas épocas que terminan reflejándose en los libros de historia como etapas de transición. La lucha contra el cambio climático y la búsqueda de una sociedad sostenible cuya existencia y actividad no colisione con la supervivencia del planeta ha obligado a replantear cuestiones y planteamientos que afectan a todos los sectores, embarcados en una metamorfosis total. Todo cambia, y lo hace obligado por las circunstancias a pasos de gigante.

Entre todos los procesos, el iniciado por el sector energético, uno de los principales emisores de dióxido de carbono hacia la atmósfera y base sobre la que se sustenta buena parte del sistema global, se percibe como una suerte de llave impulsora de los que quedan por acometer.

La UE dará más peso a los contratos a largo plazo que reflejen los costes reales de producción

De esa necesidad, unida a una situación geopolítica inestable que plantea serias dudas sobre cuánto tiempo podrá aguantar el mercado sobre los estándares actuales, surge la reforma estructural del mercado eléctrico propuesta por la Unión Europea. Una reforma cuyos objetivos pasan por proteger mejor a los consumidores frente a la excesiva volatilidad de los precios pero, sobre todo, por fomentar el crecimiento de las energías limpias y fortalecer la adaptabilidad del mercado.

Pese a las diferentes aristas que muestra esta iniciativa, su esencia se puede entender desde tres ejes o bloques principales:

El primero, y quizás el más relevante, pasa por dar más peso a los contratos a largo plazo que reflejen los costes reales de producción. Esto se prevé que genere una mayor estabilidad y favorezca la entrada al mercado de la nueva generación inframarginal, para la que, no obstante, también se pretende establecer un límite de precio de cara a asegurar que sus ingresos no sean excesivos y cortar la dependencia del precio marginal a corto plazo. Es decir: facturas de luz que dependerán cada vez menos de los combustibles fósiles y que contribuirán a impulsar el desarrollo de alternativas renovables.

Desde la Comisión Europea se plantean una serie de cambios legislativos que protejan a hogares y empresas y en la que se integra también una mejora de la transparencia, vigilancia e integridad del mercado

El segundo paso importante que la UE ha puesto sobre la mesa pasa por reducir el papel del gas en los mercados a corto plazo. "La consulta cubrirá todas las formas de mejorar las condiciones bajo las cuales las soluciones de flexibilidad como la respuesta a la demanda y el almacenamiento de energía compiten en los mercados a corto plazo. Combinado con la generación renovable, esto podría contribuir a reducir el papel que juega la generación a gas en el mercado a corto plazo como una fuente de generación flexible y, con el tiempo, eliminará la generación de energía a gas en línea con los objetivos de descarbonización de la UE”, explican desde Bruselas sobre una medida que garantizaría a su vez que siempre se utilice la electricidad más barata posible para satisfacer la demanda al mismo tiempo que los flujos fronterizos continuarían funcionando sin problema. Una especie de cortafuegos a situaciones de emergencia como la generada, por ejemplo, con la guerra en Ucrania y su afectación a la distribución de gas por parte de Rusia.

La tercera pata de esta reforma pasa por una necesidad que venía reivindicándose de forma constante por buena parte de la sociedad y consiste en empoderar al consumidor o, al menos, devolverle a una situación de cierto control o equilibrio respecto a la oferta. En este sentido, desde la Comisión Europea se plantean una serie de cambios legislativos que protejan a hogares y empresas y en la que se integra también una mejora de la transparencia, vigilancia e integridad del mercado.

En definitiva, lo que componen estas medidas es un rediseño del mercado eléctrico europeo en unos términos que, al margen de iniciativas que otros países soliciten adherir, favorezcan la consolidación de las energías renovables y establezcan una relación más justa entre generadores y consumidores. Tras una consulta pública ejercida por la Comisión Europea junto a los países miembros, este mes de marzo Bruselas presentará las propuestas definitivas.

Madrid respira algo mejor

Cuatro imponentes torres, la ciudad extendida a sus pies y una espesa boina de contaminación son desde hace tiempo la carta de presentación que ostenta Madrid para cualquier persona que acceda a la ciudad por carretera. Con el paso de los años, el aumento de la industria y la masificación del parque de vehículos motorizados, lo que en un principio se vislumbró como un 'skyline' privilegiado terminó por convertirse en la evidencia de una contaminación excesiva o, lo que es lo mismo, un peligro para la salud de los ciudadanos. Ponerle solución pasó de ser una opción a un aspecto esencial para el futuro de la urbe.

Los niveles de sustancias contaminantes mejoraron en Madrid un 22,7% de media

Bajo el paraguas de la concienciación y tras un intenso trabajo institucional, Madrid continúa hoy en día luciendo la espesura contaminante habitual pero comienza por fin a vislumbrar resultados que invitan al optimismo. Por primera vez, la capital española cumplió a principios de este año con las normas de calidad del aire fijadas por la Unión Europea. Un dato que respalda en cierta manera la gestión del Ayuntamiento, que se ha visto obligado a renovar un 60% de la flota de autobuses urbanos y a restringir la circulación en ciertas zonas de la ciudad a fin de reducir la tasa de contaminación en el aire, foco de numerosos problemas de salud y que, en el caso concreto de Madrid, se había visto altamente disparada en los últimos años. De hecho, durante la última década, tanto Madrid como Barcelona se habían saltado estas normas de forma habitual, lo que conllevó una condena por parte del Tribunal de Justicia de la UE el pasado mes de diciembre.

En este sentido, los niveles de sustancias contaminantes y nocivas para la salud mejoraron en Madrid un 22,7% de media desde el último año que la Unión Europea impuso la sanción hacia la capital madrileña. Una mejoría que también es tangible en zonas tradicionalmente consideradas como puntos negros de la contaminación y que por primera vez se han quedado por debajo del margen que fijan las instituciones europeas, en concreto 40 microgramos por metro cúbico.

Más allá de estos parámetros, Madrid también cumple por tercer año seguido en relación al Valor Límite Horario (VLH) de NO2, otra de las variables que la UE revisa con atención de forma anual. Es más, respecto a estos indicadores, la ciudad ha reducido sus valores a números por debajo incluso de los de 2020, el año de la pandemia y en el que la actividad económica y productiva se vio más mermada.

El Ayuntamiento se ha visto obligado a renovar un 60% de la flota de autobuses urbanos

Y es que las normas dictadas por Europa suponen un endurecimiento sobre la regulación establecida hasta la fecha respecto a los contaminantes del aire. Partiendo de la base de que la contaminación atmosférica provoca la muerte prematura de casi 300.000 europeos al año, las nuevas normas pretenden reducir en un 75% esa cifra de cara a los próximos diez años. De esta manera, la revisión velará por que las personas que sufran problemas como consecuencia de la contaminación atmosférica tengan derecho a ser indemnizadas en caso de infracción de las normas de calidad del aire de la UE.

Sin embargo, los avances en materia de contaminación de Madrid también suman opiniones que los consideran insuficientes. Es el caso de diferentes colectivos por la protección del medioambiente como Ecologistas en Acción, desde donde reconocen la bajada en los índices de contaminación pero advierten sobre el peligro de caer en el triunfalismo y evidencian ciertas dudas respecto a las mediciones y los datos aportados por la administración.

La realidad es que ambas posiciones tienen su parte de acierto. Mientras que es evidente que Madrid está en el buen camino para desprenderse definitivamente de esa boina de contaminación que corona la ciudad y amenaza la salud de sus ciudadanos, el trabajo por reducir los índices contaminantes puede, y debe ser, mucho más ágil. Es algo tan importante como las vidas que están en juego.

Los tomates son para el verano

La sostenibilidad ha llegado a nuestras vidas no como un concepto más, sino como el eje sobre el que debe girar el futuro a medio y largo plazo de nuestra especie. Bajo la etiqueta de sostenible, etimológicamente relativa a la perpetuidad en el presente sin por ello hipotecar el futuro, todas las actividades del día a día pueden ser revisadas y optimizadas desde un prisma mucho más amable con el planeta. Ocurre con aspectos más amplios como la movilidad, la tecnología o el sistema productivo, pero también con comportamientos de menor escala como puede ser el simple hecho de hacer la compra.

Consumir de manera responsable consiste en fijarse bien a la hora de integrar los principios de sostenibilidad en los procesos y decisiones de la compra, teniendo en cuenta especificaciones, requisitos y criterios compatibles con la protección del medio ambiente y la sociedad en su conjunto. Esto implica prestar atención a los envases, planificar y revisar lo que hay en casa antes de añadir a la cesta o mostrar preferencia por los productos a granel. Son algunos pasos de cara a llenar el carro de la compra de la manera más amable posible con el medio que nos rodea.

En primavera, una cesta de la compra responsable con el medio ambiente puede tener desde frutas como la fresa o el melocotón hasta verduras como la lechuga y el tomate

En un país como España, donde existe una gran diversidad de alimentos, hay otra cuestión clave: apostar por productos de temporada y, en particular, por las frutas y verduras correspondientes para cada estación, recogidas en su punto exacto de maduración natural y cuya agricultura asociada ha respetado los tiempos y formas del territorio y su entorno. Esto evita el uso de fertilizantes y productos artificiales enfocados al consumo masivo, y los alimentos conservan mejor sus propiedades nutricionales, el sabor y sus aromas al no haber sido cultivados en un invernadero.

Dadas las condiciones meteorológicas de la península ibérica, no es difícil componer un calendario equilibrado enfocado al consumo de frutas y verduras según la estación del año, para las que hay un sinfín de productos. Véase el caso, por ejemplo, del invierno. A priori se trata de la estación con las condiciones más adversas para el mundo vegetal, sin embargo, son alimentos de esta temporada frutas como el caqui, el plátano o la manzana y verduras como las alcachofas, las berenjenas o el calabacín.

Pasada la época invernal llega el turno de la primavera. En este momento del año, una cesta de la compra responsable con el medio ambiente puede tener desde frutas como la fresa, el melocotón o la sandía hasta verduras como la lechuga, el tomate o las cebollas, todas ellas garantes de una dieta equilibrada sin dar la espalda por ello al planeta. Ocurre lo mismo en verano, con cerezas, melones o ciruelas como frutas preferentes y calabazas, pepinos o zanahorias por parte de las hortalizas. Incluso en otoño, una época a caballo entre los últimos atisbos de calor y el comienzo del frío, las frutas de temporada ofrecen la posibilidad de elegir entre uvas, membrillos y mandarinas, y verduras como espinacas y puerros.

Concienciarse de la importancia de apostar por este tipo de productos de temporada y respetar los tiempos marcados por la naturaleza es tan evidente como los beneficios que ello tiene para la salud

Concienciarse de la importancia de apostar por los productos de temporada y respetar los tiempos marcados por la naturaleza es tan necesario como los beneficios que ello tiene para el planeta en general. Por este motivo, desde numerosas instituciones se ha potenciado este tipo de consumo responsable. Un ejemplo es La Plataforma Verde, una tienda online creada por la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur) e impulsada por Redeia, que vende frutas, verduras y otros productos alimenticios de granjas familiares regentadas por mujeres y ubicadas en la Comunidad de Madrid. La distribución se hace exclusivamente a hogares de la comunidad autónoma y los productos son, obviamente, de temporada.

Salvaguardar el futuro es un reto que se guía por términos macroeconómicos, pero se decide en las pequeñas cosas del día a día. Solo con la implicación de la sociedad a todos sus niveles será posible asentar un cambio del que los principales beneficiados no serán otros que las personas.

¿Es realmente más sostenible el teletrabajo?

Hasta hace menos de cinco años, cuando un candidato acudía a una entrevista de trabajo, los factores que le hacían decantarse por la empresa contratante rondaban principalmente dos cuestiones primordiales: el dinero y el horario. Eran los puntos de interés habituales en la gran mayoría de sectores y lo que convertía una oferta en buena o mala. Una pandemia y un confinamiento después, lo que antes era una pregunta sobre cuánto cobrar y por cuántas horas, ahora se ha difuminado en si para llevar a cabo ese trabajo está requerida la presencialidad.

El teletrabajo, anteriormente percibido como un lujo de brokers o empresarios de éxito se ha convertido en una práctica habitual en una gran cantidad de sectores, a cuyas empresas los trabajadores demandan la posibilidad de trabajar desde casa como una forma de aumentar la eficiencia y reducir costes. Según un estudio del Instituto de Investigación Capgemini, el 75% de las organizaciones esperan que al menos el 30% de sus empleados trabajen de forma remota, mientras que más del 30% de las compañías espera que el 70% de su fuerza laboral trabaje a distancia. En este sentido, todos los argumentos que apoyan este cambio se simplifican bajo un mismo paraguas: sostenibilidad. Pero, ¿es realmente más sostenible el teletrabajo que la asistencia presencial?

Dos días de teletrabajo más permitiría ahorrar cada día 790 toneladas de CO2 en Madrid y 1.153 en Barcelona

Si algo es evidente es su impacto en lo que refiere a la movilidad: aquellos trabajadores que lleven a cabo su actividad de forma remota desde sus respectivos hogares generarán menos emisiones de efecto invernadero que los que viajen en coche y recorran la distancia hasta su puesto de trabajo. En este sentido, hasta un escenario laboral mixto (parte de la semana de teletrabajo y parte de asistencia presencial) tendría beneficios tangibles para el medio ambiente. Así lo asegura un estudio realizado por Greenpeace sobre el impacto del teletrabajo en la movilidad y las emisiones a la atmósfera. El informe contempla que añadir dos días de teletrabajo más a los que ya estuvieran estipulados permitiría ahorrar cada día 790 toneladas de CO2 en Madrid y 1.153 en Barcelona, números que equivalen a un 14-15% de ahorro de emisiones provenientes de desplazamientos laborales y un 5-6% de aquellas producidas por la movilidad de las personas en dichas ciudades. Con estas cifras en la mano, desde la organización ecologista subrayan la trascendencia que tendría este fenómeno como incentivo para la inversión en energías sostenibles en movilidad.

No es el único estudio que apuntala esta idea de una menor huella de carbono gracias a la reducción de los desplazamientos generada por el trabajo en remoto. Recientemente, un informe de Ecologistas en Acción que analizó las variaciones en la calidad del aire en 26 ciudades españolas durante los siete primeros meses dela pandemia -entre el 14 de marzo y el 31 de octubre de 2020- concluyó que se produjo una disminución del 38% en los niveles de dióxido de nitrógeno en comparación con la media de la última década. Unos índices que, durante el primer estado de alarma, entre marzo y mayo de ese mismo año, llegaron a alcanzar el 52%. Son datos de una contundencia absoluta y que subrayan la que quizás sea la mayor ventaja del teletrabajo desde el punto de vista medioambiental.

En los seis primeros meses de la pandemia se redujeron un 38% los niveles de dióxido de nitrógeno respecto a  la última década

Sin embargo, también existen algunos aspectos que, si bien no cuestionan, sí plantean una reflexión con respecto a estas aparentes ventajas del trabajo remoto. Un análisis realizado por parte de la consultora británica WSP a 200 de sus empleados en el que comparaban la huella de carbono producida trabajando desde la oficina y desde casa arrojó que si una persona trabajara en casa todo el año, produciría 2,5 toneladas de carbono al año, lo que representa alrededor de un 80% más que un empleado de oficina. Estos números vienen directamente relacionados con la gestión energética de los edificios, un aspecto en el que las oficinas suelen ser mucho más eficientes que los inmuebles residenciales.

Dada esta situación y ante las dos caras de la moneda que presenta la apuesta definitiva por el teletrabajo, los expertos apuntan a una renovación del parque inmobiliario como la clave de una posible optimización sostenible del empleo. Una renovación que se entiende como un ajuste a los tiempos y que conjugaría las bondades energéticas de un edificio eficiente con el ahorro en movilidad que implica el trabajo a distancia.

Si bien resulta complicado predecir si, una vez pasados los efectos de la pandemia, el poso de esta experiencia permitirá asentar el teletrabajo como forma mayoritaria de actividad laboral, si algo está claro es que la cuestión merece al menos un profundo análisis.

Picos, patas y orejas más grandes para adaptarse al cambio climático

Un estudio de la Universidad de Deakin (Australia) señala cómo ciertas aves y mamíferos han evolucionado la fisonomía de su cara para acondicionar su vida a la nueva realidad que dibuja el cambio climático. 

En su El origen de las especies, Darwin sentó las bases de la teoría de la evolución que hoy rige el planeta. Fruto de años de viajes e investigación, el científico afirmaba en su obra que aquellos individuos menos adaptados al medioambiente tenían menos posibilidades de sobrevivir y de reproducirse. Por ende, aquellos que sí lo hacían perpetuaban sus rasgos entre las generaciones futuras, asentando el cambio como constante para la vida. 

Desde que la teoría fuera formulada, son innumerables los ejemplos que la sostienen. El más reciente se fundamenta en la respuesta a un medioambiente marcado por el cambio climático, a una Tierra más hostil y con condiciones mucho más adversas a las habituales hasta el momento.

Y es que ya son varias las especies en las que se han detectado ciertos cambios en comportamiento y fisonomía para adaptarse mejor a la vida actual. 

El estudio señala que algunos animales de sangre caliente están adquiriendo picos, patas y orejas más grandes para regular mejor su temperatura corporal a medida que las temperaturas asciende

Así lo refleja un estudio publicado recientemente por la revista Trends in Ecology and Evolution y en el que se señala que algunos animales de sangre caliente están cambiando de forma y adquiriendo picos, patas y orejas más grandes para regular mejor su temperatura corporal a medida que las temperaturas ascienden. Concretamente, el informe, elaborado por la investigadora de aves de la Universidad de Deakin (Australia), Sara Ryding, apunta a estos animales como los que más cambios han acusado en el último siglo. 

En este sentido, las investigaciones recogen cómo varias especies de loros australianos han mostrado un aumento de entre el 4% y el 10% en el tamaño del pico desde 1871, un aspecto que está correlacionado con la temperatura del verano cada año. En otras aves, como los juncos de ojos oscuros norteamericanos, se ha percibido también cierta correlación entre el aumento del tamaño del pico y las temperaturas extremas a corto plazo en entornos fríos.

Varias especies de loros australianos han mostrado un aumento de entre el 4% y el 10% en el tamaño del pico desde 1871

Y estos cambios trascienden a las aves. La investigación de Ryding también acredita cómo ciertos mamíferos han aumentado la longitud de la cola para adaptarse a los nuevos entornos. Es el caso de las musarañas enmascaradas o los ratones de bosque: “los aumentos del tamaño de los apéndices que hemos observado hasta ahora son bastante pequeños (menos del 10%), por lo que es poco probable que los cambios sean inmediatamente perceptibles. Sin embargo, se prevé que los apéndices prominentes, como las orejas, aumenten, por lo que podríamos acabar con un Dumbo real en un futuro no muy lejano”, explica la científica.

El hecho de que este proceso de adaptación haya ocurrido de forma natural, no obstante, opacar la realidad de que el cambio climático, un proceso ocasionado por la actividad humana, puede forzar la desaparición de numerosas especies realmente esenciales en la cadena de la vida. Un motivo con fundamento para continuar articulando medidas que pongan freno al desgaste del planeta. 

¿Podemos juzgar a una inteligencia artificial?

Los nuevos avances en tecnología y su inclusión en el mercado plantean grandes retos normativos. ¿Qué ocurre si una empresa contrata una IA y esta no termina de ofrecer el servicio contratado?, ¿y si un usuario ve violada su privacidad?

A medida que la sociedad avanza y las nuevas tecnologías toman el mando del presente, son numerosos los sectores que se ven en la necesidad de adecuar su actividad a la nueva realidad. Adaptar a los nuevos tiempos el marco normativo de cada nación es una cuestión tan necesaria como compleja, especialmente si se tiene en cuenta el surgimiento de aspectos y figuras jurídicas antes nunca consideradas y que demandan un análisis reposado y justo. 

La inteligencia artificial (IA) es una combinación de algoritmos planteados con el propósito de crear máquinas que presenten las mismas capacidades que el ser humano

Es el caso de una de las tecnologías que más rápidamente se ha integrado a nivel productivo y social: la inteligencia artificial (IA), una combinación de algoritmos planteados con el propósito de crear máquinas con las mismas capacidades que el ser humano. Este avance, que supone un evidente aumento de la eficacia y una optimización del trabajo, implica también un auténtico reto a nivel normativo a la hora de sentar jurisprudencia sobre una tecnología tan novedosa y diferente, en fondo y forma, a las anteriormente recogidas por los reglamentos internacionales. ¿Qué ocurre si una empresa contrata un servicio de IA y este no termina de cumplir el objetivo para el que fue adquirido?, ¿cómo se define esa compensación?, ¿y si un usuario ve violada su privacidad?, ¿quién pone los límites y controla la responsabilidad del productor?

Conscientes de la importancia de abordar esta situación de una forma inmediata, desde las altas instituciones internacionales han comenzado a trabajar en una normativa que sirva como medida de protección para todos los agentes involucrados en estos nuevos procesos. La premisa es clara: hay que fomentar el uso de estas tecnologías, que además de facilitar los procesos también los hacen más sostenibles y resultan claves en la ambicionada economía circular. Fomento, sí, pero con control. 

Bajo este propósito, la Comisión Europea publicó el pasado mes de septiembre una normativa de responsabilidad adaptada a la nueva era digital y que supone un avance en lo que a seguridad jurídica con respecto a la IA se refiere. De esta manera, las normas revisadas velarán por que las víctimas de una mala inversión puedan obtener una compensación justa cuando los productos sean defectuosos o provoquen daños o perjuicios. Una renovación normativa a la que se suma también la propuesta de una armonización específica de las reglas nacionales sobre responsabilidad civil en materia de IA, ayudando así a que las víctimas de daños relacionados con estas tecnologías puedan obtener una indemnización. 

Vera Jourová: «Queremos que las tecnologías de IA prosperen en la Unión Europea. Para que esto ocurra, las personas necesitan confiar en las innovaciones digitales»

En resumidas cuentas, con esta actualización se garantiza a los usuarios y consumidores el beneficiarse de las mismas normas de protección cuando se ven perjudicados por productos o servicios de IA que cuando se producen daños en cualquier otra circunstancia. Esto incluye cuestiones como la creación de unas condiciones de competencia más equitativas entre los fabricantes de la Unión Europea y de terceros países, la igualdad de trato a los consumidores frente a los fabricantes o un acceso más fácil a las vías de recurso para posibles víctimas. «Queremos que las tecnologías de IA prosperen en la Unión Europea. Para que esto ocurra, las personas necesitan confiar en las innovaciones digitales», sintetiza Vera Jourová, vicepresidenta de Valores y Transparencia en la Comisión Europea. 

Resulta evidente que el progreso es un cúmulo de constantes cambios. Es ahí, dentro de esa transformación y con el objetivo de potenciarla, donde disponer de una normativa responsable y garante de seguridad es esencial. De ello dependerán, en buena parte, las aspiraciones de futuro de las próximas generaciones.

20 libros sobre sostenibilidad

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A medida que la sostenibilidad y la ambición de un futuro verde han ido convirtiéndose en el eje de nuestro progreso como sociedad, cada vez más expertos abordan estos temas desde un punto teórico. Se va creando así la estructura necesaria para fortalecer el movimiento, marcar hojas de ruta y dotar de especialización a cada ámbito. Por tanto, hoy son muchos los libros publicados al respecto, por lo que aumenta la investigación sobre temas tan variopintos como la reducción de residuos, la descarbonización o la protección de la biodiversidad. Con motivo del Día de las Librerías (11 de noviembre), estos son los veinte libros sobre sostenibilidad que toda biblioteca debe tener en sus estanterías:

1. La venganza de la Tierra, de James Lovelock

Autor de más de 200 artículos científicos, Lovelock, miembro de la Royal Society desde 1974, escribe este libro sobre la premisa de que, hoy en día, el cambio climático es ya inevitable. A partir de esta asunción, el científico amplía su conocida teoría de Gaia y propone diferentes soluciones al mayor problema que ha tenido que enfrentar la humanidad. 

2. Tu consumo puede cambiar el mundo, de Brenda Chávez

En este libro, que sitúa a los consumidores como los verdaderos dueños del poder, Chávez aborda los múltiples cambios que pueden generarse en el entorno ambiental, social y económico a través de una forma de consumo más responsable y adecuada a la situación actual. 

3. El sentido del asombro, de Rachel Carson

Se trata de una obra pequeña, de apenas 40 páginas, pero que condensa todo lo necesario para generar conciencia ecológica. ¿Cómo? A través del descubrimiento del entorno natural y el consiguiente asombro que esto genera.

4. La sexta extinción, de Elizabeth Kolnbert

Es un libro realista y por ello resulta de fácil lectura. En este trabajo, Kolnbert disecciona con crudeza la situación de flora, fauna, mares y tierra a consecuencia del cambio climático y revela de una forma cruda el impacto de la sobreactividad económica, la acidificación de los océanos o la deforestación. Avisos de impacto para generar cambio. 

5. Esperanza activa, de Joanna Macy

La importancia de la acción individual a la hora de sumar contra el cambio climático está perfectamente recogida en este libro. Una ruta a la transformación global a través de los sentimientos personales. 

6. Sostenibilidad con propósito, de Ana Palencia

Para frenar el cambio climático es necesario el compromiso y la acción de todos los niveles de la sociedad. En este libro, Palencia se centra en la función de las empresas y en cómo ciertos cambios responsables en su funcionamiento pueden generar un gran motor de transformación compatible con el aumento de beneficios. 

7. Residuo cero en casa, de Bea Johnson

Esta obra no solo ha sido un best seller, sino que es el origen de lo que se conoce como el “movimiento zero waste”. En ella, Johnson explica cómo su familia ha logrado llevar una vida sin residuos y cómo esto ha supuesto una mayor felicidad para todos sus miembros. Consejos y recomendaciones para llevar una vida feliz sin residuos. 

8. Mejor sin plástico, de Yurena González

Ideas y alternativas tangibles para limitar el uso de plástico y envases de un solo uso, foco de una contaminación acumulativa. Un proceso de cambio para el que González se ayuda de ilustraciones que evidencian la existencia de multitud de alternativas y los beneficios que esto conlleva no solo para el planeta, sino también para el propio bolsillo del consumidor.

9. El mundo sin nosotros, de Alan Weisman

Una predicción de futuro o una forma realista de imaginar el mañana si no se pone solución a los problemas del presente. Weisman dibuja en este libro lo que sucedería en el mundo si los humanos desaparecieran de la faz de la Tierra. Desde el tiempo que tardarían en eliminarse nuestros residuos o desaparecer nuestras ciudades hasta el análisis de nuestro legado, todas ellas situaciones que se clavarán directas en la conciencia de cada lector.

10. Somos naturaleza, de Katia Hueso

Vivir la naturaleza de una forma amena y respetuosa con el arte, la literatura y la cultura en general como vehículo principal. La autora genera en su obra una auténtica devoción por la vida al aire libre y, con ello, un sentimiento de pertenencia a lo natural. 

11. El planeta de los estúpidos, de Juan López de Uralde

López de Uralde, director de Greenpeace España durante más de una década, repasa algunas de las anécdotas vividas para trazar un reflejo de la situación actual del movimiento ecologista, sus aristas y la difícil situación en la que actualmente se encuentra el planeta. 

12. Los límites de la sostenibilidad, de Juan Benavides Delgado y Joaquín Fernández Mateo

La importancia de dotar a la sostenibilidad y todo lo que implica de un marco de transparencia y fiabilidad es lo que se desgrana en esta obra, imprescindible para entender lo relevante que resulta a nivel social la sensación de confianza y honestidad. 

13. Cambio climático, el gigante que amenaza la Tierra, de Cayetano Gutiérrez Pérez

Los más pequeños de la casa también tienen un papel relevante respecto a la transformación de nuestra sociedad en una más respetuosa con el medio ambiente. Por eso, en tanto que jóvenes serán los encargados de asentar estos cambios, este libro infantil se propone explicar de una forma didáctica y comprensible las consecuencias del cambio climático y las medidas que deben tomarse para ponerle freno.

14. Hacia la sobriedad feliz, de Pierre Rabhi

Escrito por un agricultor y filósofo autodidacta, este libro contiene un pensamiento lúcido que desemboca en ideas realistas. A partir de sus experiencias y la voluntad de volver a la raíz de la vida, Rabhi incita a la moderación de necesidades y deseos con un único propósito: ser felices. 

15. ¿Sosteni… qué? Sostenibilidad o el reto de trasformar la mente humana, de Miguel Ángel Ortega

Economista y ecologista activo, Ortega teje a través de esta obra una demostración cargada de datos sobre la imposibilidad de finalizar el siglo XXI mejor que se empezó a no ser que comience a detenerse el desgaste del planeta. Sobrevivir a base de cambiar la forma de pensar y actuar con respecto al entorno. 

16. 21 lecciones del siglo XXI, de Yuval Noah Harari

El libro de Harari, quizás uno de los historiadores más virales de los últimos años, recopila miradas diferentes con el objetivo de plasmar la diversidad del planeta y generar concienciación sobre la importancia de profundizar en valores como la empatía y el respeto hacia lo que nos rodea. 

17. Economía circular para todos: conceptos básicos para ciudadanos, empresas y gobiernos, de Walter R. Stahel

Este trabajo supone una guía introductoria al concepto de economía circular y al hecho de que todos los materiales que actualmente utilizamos para la vida son finitos, motivo por el cual se debe optimizar su uso y ampliar su vida útil. Reciclar para reducir el consumo de energía. 

18. Esto lo cambia todo, de Naomi Klaim

A través de este ensayo, la autora dibuja a la perfección la relación existente entre capitalismo y cambio climático, proponiendo ciertas modificaciones en el modelo económico y político actual con el fin de salvar la especie humana. 

19. Utopía para realistas, de Rutger Bergman

Una teorización llevada a la práctica sobre la necesidad de distribuir equitativamente los recursos para eliminar la pobreza, entendida en este caso como el origen de ciertas malas decisiones con respecto al entorno, especialmente aquellas de índole cortoplacista. 

20. El Green New Deal, de Jeremy Rifkin

Esta obra parte de la base de que, en torno al año 2028, la civilización de los combustibles fósiles colapsará. Para evitar que esto ocurra y anteponerse al desastre, Rifkin traza un plan económico con medidas tangibles. 

Playas de arena verde para proteger el planeta

El olivino, un material de origen volcánico y color verdoso, se revela como un elemento fundamental a la hora de capturar carbono y evitar que este continúe yendo hacia la atmósfera.

Cuando uno se imagina una playa ideal, a su cabeza acuden imágenes de una arena clara bañada por agua cristalina; una combinación de colores relajante a la par que estimulante habitualmente asociada a latitudes tropicales. Al mismo tiempo, habrá quien al pensar en playas viaje directamente a zonas de origen volcánico donde los tonos blanquecinos de la arena son sustituidos por colores más oscuros, producto de la solidificación de la lava al entrar en contacto con el agua. Lo que se puede afirmar con casi total seguridad es que nadie pensaría en un lugar de arena verde. Y, sin embargo, puede que este concepto resulte absolutamente definitorio a la hora de detener, o al menos reducir, la degradación del planeta.

Capturar carbono consiste en utilizar tecnologías y acciones que atrapan el dióxido de carbono del aire y lo vuelven a encerrar de forma similar a como estaba antes de que se quemase en forma de combustible fósil

Así lo consideran diferentes científicos centrados en estudiar las propiedades del olivino, un mineral de origen volcánico y tonalidad verdosa que, sometido a una serie de condicionantes, sería capaz de capturar millones de toneladas de dióxido de carbono, en concreto, de “secuestrarlas”, esto es, atrapar el dióxido de carbono del aire y devolverlo de forma similar a como estaba antes de que se quemase en forma de combustible fósil. En este sentido,  a raíz de la erupción del volcán de La Palma, el olivino se ha convertido en uno de los principales materiales de la isla, siendo este uno de los principales lugares donde se puede hallar en España.

El proyecto Vesta plantea esparcir el mineral verde sobre las playas a modo de arena, de tal manera que su interacción con las olas logre extraer carbono del aire. Este proceso viene dado por una reacción química que saca el gas de efecto invernadero del ambiente y lo encierra en las conchas y esqueletos de los moluscos y corales. De hecho, según los primeros estudios, y tal y como figura en un artículo publicado en la revista del Instituto de Tecnología de Massachusetts, el proceso podría ayudar a almacenar cientos de trillones de toneladas de dióxido de carbono, una cantidad que podría suponer más dióxido de carbono del que se ha emitido desde la Revolución Industrial.

El proyecto Vesta plantea esparcir olivino sobre las playas a modo de arena de tal manera que su interacción con las olas extraiga carbono del aire

Si bien este método se sabe que funciona, puesto que la meteorización de los minerales es uno de los principales mecanismos que el planeta utiliza para reciclar el dióxido de carbono, lo que se pretende dimensionar a través de Vesta son las posibilidades de implantación de este sistema en las playas. Una puesta en marcha que, según los investigadores a cargo del proyecto, tan solo tendría un coste de 10 dólares por cada tonelada de dióxido de carbono absorbida y que ya se ha materializado en una playa del Caribe.

Esta iniciativa, que de prosperar generaría un nuevo concepto de playa con el verde como color principal, es una más de las propuestas que en los últimos años se han desarrollado de cara a reducir los índices de contaminación del planeta y revertir así una situación realmente urgente. Iniciativas que parten del propio medio ambiente como foco principal de soluciones.