Autor: Pelayo de las Heras

Un soplo de tranquilidad para la vida marina

Panamá ha podido demostrar su firmeza en la conservación ambiental durante el pasado mes de junio. La protección de sus mares no solo es una victoria nacional; es, ante todo, una victoria de la humanidad. Al fin y al cabo, el país centroamericano ha decidido crear una reserva marina que prácticamente iguala —la cifra se sitúa alrededor del 90%— la superficie terrestre del país. La zona protegida, un espacio rico en recursos pesqueros, es también un importante punto de encuentro para la multitud de especies marinas que pueblan los fondos acuáticos. Junto con las reservas marinas establecidas por Colombia, con las cuales comparte sus zonas limítrofes, la zona es de facto la tercera reserva marina más grande del área tropical del Océano Pacífico.

Los océanos captan alrededor del 30% del dióxido de carbono liberado a la atmósfera

La nación panameña, junto con la ayuda del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, cumple así con dos objetivos fundamentales para su porvenir: proteger la fauna y flora amenazadas y preservar unos recursos pesqueros considerados críticos en cuanto a su importancia. La reserva —ampliada desde los más 17.000 kilómetros cuadrados establecidos en 2015 a casi 70.000— incluye hasta nueve cadenas montañosas marinas conocidas como la Cordillera de Coiba en las que habitan numerosas especies: tortugas, tiburones, ballenas, peces vela. Al fin y al cabo, las cordilleras submarinas son uno de los elementos físicos más relevantes no solo para la biodiversidad, sino que su protagonismo incluye otros fenómenos bien distintos, como es la generación de movimientos de corrientes. La zona, de hecho, incluye actualmente especies exclusivas de las más hondas profundidades que, por ello, aún son desconocidas para la ciencia a causa de la gran dificultad para estudiarlas.

La ampliación de la reserva eleva a alrededor de un tercio el total protegido relativo al territorio marino panameño

En el área protegida se prevé también establecer un sistema de monitoreo, control y vigilancia de la pesca ilegal, así como la promoción de la sostenibilidad en el uso de los recursos naturales —véase, por ejemplo, la práctica de pesca selectiva— para disminuir la incidencia humana en los distintos hábitats. El mar, además, es particularmente importante para un país como Panamá, considerado como uno de los puntos neurálgicos del comercio mundial a causa de su posición geográfica. Casi 5.000 barcos cruzaron la vía interoceánica —el canal de Panamá— durante 2019, el último año en que los datos no fueron alterados debido al impacto de la pandemia. Este tráfico ininterrumpido puede ser particularmente dañino en el caso de las naves petroleras y los pesqueros internacionales, algunos de los cuales realizan capturas de múltiples especies con redes de cerco, hoy consideradas ilegales. Desde el mes pasado, no obstante, la ampliación de la reserva eleva al 30% el total protegido relativo al territorio marino panameño. Aún queda, eso sí, implementar diversas acciones, algo por lo que el gobierno panameño continúa manteniendo conversaciones con diversos organismos internacionales.

Una oportunidad para las reservas marinas en España 

Tal como explicaba a El País el chileno Maximiliano Bello, conservador de la organización Mission Blue, «si cada país hiciera su parte, como lo hace Panamá, se podría proveer de un mejor futuro a estos ecosistemas marinos». Y en realidad, efectivamente, esto debería ser la norma: hasta 196 países han llegado a ratificar el Convenio sobre la Diversidad Biológica promovido por las Naciones Unidas.

En el caso de España, por ejemplo, no hay una reserva de un tamaño similar al de la panameña, sino más bien múltiples reservas de menor extensión. Véase, por ejemplo, la reserva almeriense de Cabo de Gata-Níjar, que cuenta con cuarenta y seis kilómetros cuadrados. La zona marina más protegida del territorio nacional, de hecho, cuenta con poco más de 700 kilómetros cuadrados y se halla localizada al norte de la isla de Lanzarote y alrededor de la isla de la Graciosa. Más allá del efecto que esto puede tener en las aguas españolas, lo cierto es que estas áreas repercuten en toda la estrategia medioambiental del planeta, al igual que si se tratase de sucesivas fichas de dominó: los océanos captan alrededor del 30% del dióxido de carbono liberado a la atmósfera.

 
Así, España, a pesar de ser el país con más Reservas de la Biosfera del mundo, contiene poco más de 1.000 kilómetros cuadrados de reservas acuáticas. Esto deja entrever una oportunidad para proteger aún más nuestros mares. De ello parece ser consciente el propio Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, cuya promesa de declarar nueve áreas marinas nuevas protegidas antes de 2024 se antoja hoy más necesaria que nunca.

Las claves de la Ley Europea del Clima

El clima es, para Europa, la última gran frontera. Al menos, este es el horizonte más cercano que se puede vislumbrar desde Bruselas. La propuesta de la Comisión Europea, aprobada oficialmente el pasado jueves 24 de junio por el propio parlamento, busca convertir los objetivos del Pacto Verde Europeo en fines legalmente vinculantes. Es decir, que la búsqueda de una sociedad climáticamente neutra —no liberar más gases de efecto invernadero de los que se pueden absorber— en 2050 es, hoy, un compromiso que se debe cumplir a ojos de la ley, dejando atrás la voluntariedad que habitualmente definía este tipo de acciones. Es lo que ya se conoce como Ley Europea del Clima, en la cual han llegado a participar incluso los propios ciudadanos (con hasta casi 1.000 contribuciones particulares).

La Ley Europea del Clima marca un nuevo hito con la nueva obligatoriedad de los límites y objetivos asentados en el Pacto Verde Europeo

«Celebro con gran satisfacción la conclusión de esta última fase de la adopción de la primera ley climática de la UE, que establece en la legislación el objetivo de neutralidad climática para 2050», expresaba la pasada semana João Pedro Matos Fernandes, ministro portugués de Medio Ambiente y Acción por el Clima. Para el continente es una conquista que marca un antes y un después en una batalla que ya se antoja dura: en menos de nueve años, la Unión Europea debe reducir las emisiones netas de gases de efecto invernadero en al menos un 55% respecto a los niveles de 1990. A todo ello se suma, además, un objetivo intermedio fechado para 2040 y, si bien aún sus cifras y metas están pendientes de hacer públicas, tal parada en el camino parece concebirse como una etapa de transición (así como, un termómetro de la situación) hacia la neutralidad que se debe alcanzar en 2050. Es por esta serie gradual de pasos por la que hoy se reconoce, a su vez, la necesidad de aumentar los sumideros de carbono en todo el continente. Así, se prevé promover una legislación más ambiciosa, preparándose ya proposiciones en este campo para el verano de este mismo año. 

Según reza la nueva ley, cada cinco años se examinarán los progresos registrados, en consonancia con el balance mundial del Acuerdo de París. De hecho, en una fecha tan cercana como 2023, la Comisión Europea evaluará la coherencia de las medidas nacionales y de la Unión con la meta de cumplir con la trayectoria de la forma más directa y sencilla posible. Cabe recordar que, de hecho, desde enero de este mismo año los Estados miembro de la Unión Europea participan en el programa CORSIA, un plan de compensación de carbono centrado en el recorte de emisiones derivado de la aviación internacional. En julio de este mismo año se prevé que la Comisión proponga revisar con celeridad todos los instrumentos políticos pertinentes para poder cumplir, así, las reducciones adicionales de emisiones para 2030.

En menos de nueve años, la UE debe reducir las emisiones netas de gases de efecto invernadero en al menos un 55% respecto a 1990

Esta nueva legislación, no obstante, tiene un objetivo evidente: garantizar que la transición hacia la neutralidad climática sea irreversible, ofreciendo así, además, una mayor previsión a los inversores y al resto de potenciales agentes económicos. Las ambiciones continentales, por tanto, son inéditas. La ley muestra incluso la existencia de un compromiso a favor no solo de la neutralidad, sino de las emisiones negativas a partir del año 2050. Otras de las disposiciones que prevén ayudar a la consecución de todas estas metas, además de la aplicación de políticas más estrictas, es la creación de un consejo científico consultivo de carácter continental, que proporcionaría asesoramiento científico independiente acerca del cambio climático y sus efectos. 

Según resumen desde Europa, esta ley «se focaliza en la efectiva transición alrededor de una sociedad próspera y justa, con una economía moderna, competitiva y eficiente en la gestión de los recursos». No obstante, esto no es algo que pueda lograr el poder ejecutivo europeo de una forma aislada. Es por ello que se prevé una colaboración activa con los sectores de la economía que opten por elaborar hojas de ruta voluntarias indicativas para alcanzar el objetivo de neutralidad climática en menos de tres décadas.
Fran Timmermans, vicepresidente de la Comisión Europea para el Pacto Verde Europeo, ya aseguró hace días que con esta nueva ley el continente «estará liderando el mundo no solo con palabras». Para el político neerlandés, la legislación es un gran paso adelante gracias a la disciplina que proporciona, ya que ahora los límites fijados en la propia legislación, lógicamente, serán obligatorios. Y si bien es consciente de que las metas climáticas promoverán discrepancias políticas, también avisa de que «esto no es el final, no es ni siquiera el principio del fin. Esto es, en el mejor de los casos, el final del principio».

Bilbao, referente europeo en movilidad sostenible

Bilbao es, hoy, una de las mejores ciudades europeas en cuestiones de movilidad. Así lo interpreta la Comisión Europea, que le acaba de conceder  el Premio de Seguridad Vial Urbana. La implantación de la limitación de movilidad hasta los 30 km/h ha sido fundamental para ello, convirtiéndose en la primera ciudad de más de 300.000 habitantes en todo el mundo en aplicar esta medida. No es algo repentino: en 2018 la ciudad ya redujo el límite de velocidad por primera vez en casi el 90% de sus vías.

Es la primera ciudad con más de 300.000 habitantes de todo el mundo que implanta la velocidad de 30 km/h en la totalidad de sus calles

Según  el concejal de Movilidad y Sostenibilidad del Ayuntamiento de Bilbao, Alfonso Gil, «una movilidad sostenible implica hacer de las ciudades espacios más competitivos, convirtiéndolas en localidades con un potencial superior para superar la crisis actual». Las medidas tomadas tienen, en general, un objetivo sencillo: calmar el tráfico. Según el concejal, solo así será posible que «los diferentes modos que utilizamos los ciudadanos para movernos, como el zapato, la bicicleta, el transporte público e, incluso, la distribución urbana de mercancías, coexistan».

En la ceremonia de entrega de los premios, la comisaria de Transportes de la Unión Europea, Adina Vălean, recalcó la necesidad de construir «un sistema de movilidad inteligente y resistente para las generaciones futuras». Eso es exactamente lo que parece haber conseguido hasta el momento la ciudad vasca. El tráfico no solo se reduce, hoy, para facilitar la comunicación y el transporte. Medidas como esta son fundamentales a la hora de reducir la contaminación atmosférica e incluso la contaminación sonora, frecuentemente olvidada, en pos de una solución contra el cambio climático.

Una estrategia total

La limitación de la velocidad, no obstante, no es la única medida efectiva para solucionar estos problemas y así lo saben en la capital vizcaína. Es por ello que esta acción se complementa con otras medidas fundamentales para la obtención de un efecto real: el establecimiento de ejes peatonales continuos y seguros y la creación de caminos escolares y de zonas estanciales en torno al centro de todos los barrios que componen Bilbao. Frente a otras ciudades europeas de tamaño similar —véase Malmö o Liubliana—, la capital vizcaína concentra más de la mitad del porcentaje total de la movilidad en el tráfico a pie. El coche, de hecho, no supera el 10% a este respecto.

Algo que ha quedado demostrado en el ejemplo bilbaíno es que para la evolución progresiva en la movilidad son fundamentales no solo las acciones coercitivas, sino también la acción pedagógica dirigida hacia la ciudadanía. Si lo que se pretende es cambiar los hábitos sociales, la comunicación es elemental: uno debe conocer no solo el castigo impuesto, sino por qué este se articula. Esta razón es la que se halla detrás del debate público que se ha originado en la ciudad en torno a esta cuestión. Los habitantes de Bilbao no han sido actores pasivos al uso, sino que en cierto sentido se han revelado como figuras activas, ya que tal como explica el concejal, «si no escuchas, no vale».

Bilbao pretende reducir con este gran conjunto de medidas sus emisiones en 2030 en un 50% con respecto a 2012

El Plan de Movilidad Urbana Sostenible bilbaíno refleja con claridad las prioridades del consistorio para el futuro. Así, si bien los pasos dados hasta ahora son fundamentales, el desarrollo de una convivencia urbana aún no ha terminado. Es por ello que dentro del plan se incluyen desde la recuperación de nuevos espacios en los barrios, a incluir la perspectiva de género en todas las acciones de movilidad. Evidentemente, en este contexto también se promueve el transporte público, con objetivos como la reordenación de líneas de autobuses o la tarifa única para el uso de esta clase de transporte. La movilidad general, de hecho, funciona como una máquina dependiente del encaje de todos sus engranajes, lo que hace revisar incluso la necesidad de ciertos semáforos y sus ciclos de espera.

Con un objetivo más ambicioso que supera con creces las metas establecidas por la Comisión Europea, la urbe pretende reducir con todo este gran conjunto de medidas sus emisiones para 2030 en un 50% con respecto a 2012. Una declaración de intenciones para un futuro que promete ser, ante todo, de color verde. No sorprende, así, que la ciudad sea la mejor valorada de España en términos de movilidad urbana. Eso es lo que al menos señala Greenpeace en su Ranking de Movilidad Urbana. La organizacióninterpreta esta clase de movilidad como una herramienta no solo para mejorar la vida de los ciudadanos, sino para luchar, desde la distancia, contra el cambio climático y la vida de la biodiversidad.

¿Cómo son las leyes de cambio climático y transición energética europeas?

La nueva Ley de Cambio Climático y Transición Energética que ha aprobado el Congreso de los Diputados sienta las bases para construir un futuro más verde. Con ella se prevé cumplir los compromisos internacionales marcados para alcanzar antes de 2050 lo que se conoce como neutralidad climática, es decir, que el país solo pueda emitir los gases de efecto invernadero que se puedan equilibrar y sean iguales (o menores) a los que se eliminan a través de la absorción natural del planeta. 

Pero los beneficios de este nuevo marco normativo se notarán mucho antes. En el año 2030, las medidas que marca esta ley permitirán realizar grandes cambios, entre los que se hallan la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero en un mínimo de un 23% respecto a las de 1990, una penetración de energías renovables de un 42% y la configuración de un mix de generación eléctrico con al menos un 74% del total producido a partir de energías de origen renovable.

En 2030 habrá una penetración de energías renovables de un 42%

Se trata, por tanto, de un firme paso hacia adelante que anticipa una revolución económica largamente esperada. Véanse, por ejemplo, las acciones relativas al actual parque móvil en España—casi el 30% de las emisiones de gases invernadero en 2019 cifran su origen en el sector transportes—: en 2040, como muy tarde, no será posible vender turismos y vehículos comerciales ligeros nuevos que emitan dióxido de carbono. Esto no solo incluye la promoción de vehículos eléctricos, sino también multitud de planes de movilidad sostenible. Algo similar ocurre con la industria, que aún ha de transformarse en gran medida. Unos avances que no solo tendrán un impacto positivo en la naturaleza, sino que también significarán la construcción de una economía más competitiva y resiliente.

Recientemente Teresa Ribera, vicepresidenta cuarta y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, señalaba que “se aprueba una ley de clima enormemente ambiciosa como resultado de un trabajo conjunto sobre el que todavía, seguro, queda margen para seguir mejorando en una trayectoria que no es lineal, sino que debe incrementarse progresivamente conforme vayamos alcanzando velocidad de crucero en el tiempo por venir, porque en el cambio climático llegamos tarde”.

Un problema global, un problema europeo

Los estándares de la nueva Ley de Cambio Climático y Transición Energética son a día de hoy más altos que aquellos marcados por la propia Unión Europea. Mientras desde Bruselas consideran necesario un aumento de la eficiencia energética entre el 36% y el 37% para el año 2030, el objetivo español se sitúa en un 39,5%. La nueva ley española, de hecho, se enmarca dentro de la nueva oleada legislativa que está experimentando todo el continente.

Mientras desde Bruselas consideran necesario un aumento de la eficiencia energética entre el 36% y el 37% para el año 2030, el objetivo español se sitúa en un 39,5%

Si miramos hacia el centro de Europa, Alemania, por ejemplo, coincide plenamente con España —y con sus compromisos internacionales— en el hecho de situar como objetivo la neutralidad climática en el año 2050. Los países más cercanos también dejan constancia de una cultura climática cada vez más asentada. Reino Unido, por ejemplo, cifra su reducción de emisiones en un 68% para el año 2030, algo que escalaría hasta el 78% en el año 2035. Su neutralidad, como es habitual a causa de los compromisos internacionales, también sería en el 2050. Francia se antoja como uno de los países más similares a España —junto con Hungría e Irlanda— en este sentido, con un 40% previsto en relación a la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.


La legislación general, no obstante, es común a cada uno de los países, que siguen líneas más o menos compartidas: la limitación a los combustibles fósiles, el impulso a las energías renovables y hasta la promoción de viviendas energéticamente eficientes. Incluso la prohibición del fracking —técnica de fractura hidráulica para aumentar la extracción de gas y petróleo— se antoja común: Alemania, Italia, Francia o Suiza ya lo han prohibido también. Un camino que se inicia con la nueva Ley de Cambio Climático y Transición Energética en nuestro país que no solo se plantea como interesante comienzo, sino que se dibuja como una evolución positiva sin marcha atrás.

Planes para repoblar las zonas rurales

En España, uno de cada tres municipios ha perdido el 25% de su población desde el comienzo del siglo XXI.  El abandono del medio rural viene unido al envejecimiento de sus habitantes: más de 400 pueblos ya cuentan con más de la mitad de su población por encima de los 65 años, lo que los sitúa en una desagradable lucha contra reloj. El problema empieza a escalar prioridades en la agenda política aprovechando la transición sostenible que ha cogido impulso desde Europa con los planes de recuperación económica.

Algunas de las iniciativas más interesantes contra la despoblación rural provienen, sorprendentemente, de particulares. Son lo que se conocen como emprendedores rurales: personas que buscan revitalizar por completo las zonas despobladas —normalmente, de sus propias poblaciones— mediante su actividad económica. La búsqueda de formas de vida alternativas a la ciudad que ha traido la pandemia, ha hecho crecer estos proyectos emprendedores.

En el ámbito de las administraciones públicas, destaca el Plan de Medidas ante el Reto Demográfico, que cuenta con una inversión superior a 10.000 millones de euros (o, lo que es lo mismo, un 10% del presupuesto del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, que busca reactivar la economía del país tras la pandemia). Los objetivos de este plan pasan por mejorar la vertebración territorial del país, eliminar la grave brecha entre los mundos urbanos y rurales e impulsar actuaciones dentro de las zonas territoriales más afectadas por la urgencia del reto demográfico. Y todo ello con el fin de garantizar el acceso a los mismos servicios que se tienen en las urbes,  promover la igualdad de género,  eliminar brechas sociales y generar oportunidades de emprendimiento y actividad económica. 

El Plan de Medidas ante el Reto Demográfico cuenta con una inversión superior a los 10 mil millones de euros

Los impulsos que se asocian a este plan se incluyen en la llamada transición ecológica y digital, cuyo objetivo último es garantizar la cohesión total del país. Además, las directrices del plan pretenden llevar a cabo, en parte, una pequeña descentralización económica. Ejemplo de ello son los centros de datos, documentación y mantenimiento, sobre los que la ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Teresa Ribera, destacó que “son cuestiones que no tienen que quedar en grandes capitales”. Su dispersión, según la ministra, puede llegar a crear un fuerte foco de empleo para zonas rurales que buscan dinamizarse. Algo similar ocurre con el turismo, una de las principales industrias económicas del país: el turismo sostenible es, en este plan, uno de los cimientos fundamentales para la reactivación de las zonas rurales. 

En definitiva, con este plan se pretende mejorar el atractivo del territorio rural para atraer (o mantener) a los jóvenes en estas regiones mediante iniciativas que mejoren el empleo, así como la educación, con iniciativas como la promoción de más centros territoriales de la UNED. 

Diferentes piezas para un mismo puzzle

La España vaciada ha perdido en los últimos 70 años la mitad de su peso económico, demográfico y laboral. Soria, por ejemplo, ha visto su población reducida en un 23% según cifras del Instituto Nacional de Estadística. Es por ello que desde muchas de estas regiones provienen algunas de las soluciones políticas y económicas más interesantes de los últimos años.

Un ejemplo es el que protagoniza Castilla-La Mancha, comunidad que está en pleno proceso de modificación de su Ley de Gestión Forestal Sostenible con el fin de adecuarla a la lucha contra la despoblación. Según destaca el Gobierno regional respecto a la reforma, “los montes han sido y deben seguir siendo uno de los motores de la actividad económica. No solo porque la presencia de estos bienes se encuentra ubicada en su gran mayoría en estos entornos, sino porque la gestión de los montes de forma ordenada y continua en el tiempo es una fuente de recursos y de empleo en el medio rural”. Esto no es casual: grandes áreas despobladas de la comunidad se hallan dentro de los bosques, los cuales ocupan alrededor de un 44% de su territorio y pueden encontrar en ellas la solución para hacer una gestión sostenible de los recursos naturales, estimulando con ello, a su vez, el desarrollo económico, social y demográfico.

La España vaciada ha perdido en los últimos 70 años la mitad de su peso económico, demográfico y laboral.

Ejemplo similar protagoniza también Navarra con su proyecto ECO Pueblo, un plan finalizado este mismo año que buscaba la regeneración de las poblaciones rurales aisladas mediante el desarrollo económico. Esta iniciativa, integrada en el Programa Empleaverde de la Fundación Biodiversidad, ha tenido entre sus principales objetivos lograr una mayor empleabilidad de personas en riesgo de exclusión mediante su incorporación a negocios verdes que, a su vez, están sustituyendo a negocios menos sostenibles. Este ha sido el caso de las viñas de San Martín de Unx que, a través de este proyecto, han sido reemplazadas por otras producciones más productivas y sostenibles. 

Otra de las iniciativas con más proyección es el Erasmus rural, promovido desde el gobierno central. Este programa, que se lanzará a finales del curso 2021-2022, tendrá una duración de tres meses y estará centrado en lo laboral, más que en lo académico. Su fin: “que al menos tres meses de la primera experiencia laboral de nuestros jóvenes tengan lugar en este tipo de entornos para una conexión emocional y laboral”, explican fuentes oficiales. En definitiva, diferentes formas con las que devolver a la España rural la vida que una vez tuvo.

Así afecta el calentamiento global a los ríos españoles

Es ya un hecho probado que el cambio climático afecta a los ríos que, al igual que arterias en un cuerpo, riegan el globo terráqueo. Todos ellos, conforme va avanzando el cambio climático, son susceptibles de verse afectados en mayor o menor medida por las transformaciones ambientales fruto de la contaminación y de las emisiones de gases de efecto invernadero. En el imaginario colectivo estas consecuencias se vislumbran en forma de sequías, una reducción brusca del caudal de los ríos. No obstante, esta idea no es del todo precisa: la balanza, al parecer, puede inclinarse tanto en este sentido como hacia el de las inundaciones y desbordamientos

Se han producido impactos hasta en un 53% de la diversidad de las cuencas fluviales mundiales.

Si bien el cambio climático suele, efectivamente, producir sequías y evotranspiraciones —esto es, la pérdida de humedad de una superficie por evaporación directa, así como la pérdida de agua por transpiración de la vegetación—, en otros casos el resultado no es ni mucho menos similar. Un estudio publicado recientemente en la revista Science indica que la complejidad de las tendencias hidrológicas, en relación con los efectos climáticos, puede llegar a producir algunos casos de incremento de volumen en el caudal de agua de los ríos. Para los investigadores hay dos factores clave en este sentido: el aumento de las precipitaciones torrenciales en determinadas zonas geográficas, y el deshielo en áreas cubiertas históricamente por glaciares. Tal como destaca el estudio, “el cambio climático es el factor causal que influye en la magnitud de los caudales de los ríos a nivel mundial”. A lo que se suman variaciones en la diversidad de un 53% en las cuencas fluviales mundiales como consecuencia de la propia actividad humana. 

En España la sequía como principal foco de preocupación

Los efectos del cambio climático, no obstante, están unidos a multiplicidad de factores y consecuencias. Así lo demuestra uno de los últimos informes del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Impactos y riesgos derivados del cambio climático en España, que indica que la reducción del caudal en los ríos —algo que ocurre a menudo, sobre todo en áreas de clima mediterráneo— puede llevar, entre otras cosas, a la reducción de la producción hidroeléctrica. 

Así, los riesgos inherentes al cambio climático se ven íntimamente relacionados: un caudal escaso —o incluso los cambios en sus patrones estacionales habituales— conllevan un riesgo de cambio en la biodiversidad de las comunidades acuáticas y, por supuesto, a una mayor probabilidad de reducir la disponibilidad de recursos hídricos para todo tipo de usos. Según el informe, la evolución en este sentido es nítida: los grandes cambios en los sistemas hidrogeológicos del territorio nacional vienen impulsados por ríos que se han secado, humedales que han desaparecido y acuíferos intensamente explotados durante años. 

Durante la segunda mitad del siglo XX, la capacidad de uso de los ríos españoles se redujo entre un 10% y un 20%

Algunas de las predicciones que desglosa este documento incluyen una “tendencia general de descenso de la humedad”, así como un aumento “en la intensidad y magnitud de las sequías bajo escenarios de cambio climático”. Algo producido, principalmente, por los efectos de la reducción de las precipitaciones y el aumento de la evapotranspiración. Todo esto, a su vez, afectaría también a las recargas de agua subterráneas, reduciendo la aportación de éstas a los ríos, causando de nuevo una evolución decreciente en sus caudales. No es algo anecdótico: ya durante la segunda mitad del siglo XX, la capacidad de uso de los ríos españoles se redujo entre un 10% y un 20%, lo que indica una tendencia de fuerza considerable.

Sin embargo, tras el cambio climático se perfilan otros impactos adversos, como es el caso de la contaminación y la intrusión salina —causada, entre otros aspectos, por el aumento del nivel del mar— que puede volver inservible grandes fuentes de agua dulce, tanto para el consumo como para otros de sus usos, entre los que se incluyen los industriales y energéticos. Hoy, incluso en posibles escenarios de bajas emisiones, se prevén ya considerables repercusiones sobre el ciclo hidrológico, lo que se traduce en una disminución no solo de la disponibilidad del agua, sino también de su calidad.

De este modo, si bien hasta 2030 las simulaciones realizadas en algunos estudios sugieren un cierto aumento del caudal en las estaciones de primavera e invierno, las proyecciones para el horizonte más lejano, situado entre 2060 y 2090, están determinadas por el seguro descenso de los caudales en todas las estaciones del año. 

El precio de acabar con la obsolescencia programada

Entre algunos de los cambios promovidos y aprobados por el Parlamento Europeo en 2020 destaca una de las medidas más esperadas por algunos sectores sociales de los Estados miembro,  el llamado «derecho a reparar». Éste es, en su esencia más básica, una ofensiva contra lo que se conoce como obsolescencia programada, una determinación final de la vida útil de los productos hecha de antemano por la propia empresa fabricante. Una práctica que no solo disminuye conscientemente la calidad del producto, sino que perjudica seriamente la capacidad económica del consumidor y al propio medio ambiente: cuanto menos duren los productos, más se fabrican y, consecuentemente, más se gasta y contamina.

Alargar la vida útil de los electrodomésticos tiene un impacto directo en las emisiones de CO2

Basta observar los datos ofrecidos por el Instituto de Ecología Aplicada de Alemania Öko-Institut: si en Alemania se utilizaran las lavadoras, los ordenadores portátiles, los móviles o las televisiones en una media de entre cinco y siete años más, podría llegar a prevenirse la emisión de 3,91 millones de toneladas de CO2, una cantidad similar a las emisiones de casi dos millones de coches.

Derecho a reparar, derecho a una vida útil

La aprobación del «derecho a reparar» llega en un momento clave según el Öko-Institut, ya que según sus investigaciones cada vez tiramos antes aparatos como los electrodomésticos. Según el organismo, tan solo un 57% de este tipo de productos se reemplaza porque esté estropeado: el resto suele terminar convertido en desecho bien por la obsolescencia programada o bien por nuestro deseo de adquirir un nuevo modelo con mejores prestaciones. Otro aspecto a tener en cuenta es la habitual dificultad para conseguir una reparación efectiva por parte de los fabricantes, en muchos casos,  por la falta de facilidades para adquirir ciertas piezas. En el caso de algunos productos electrónicos, además, no solo entran en juego los componentes físicos de los mismos, sino también el software del producto en cuestión, ya que puede ser éste el que deteriore deliberadamente su vida útil.

La ley, que ha entrado en vigor durante el pasado mes de marzo, obliga así a los fabricantes a ofrecer productos que se puedan reparar de forma accesible por los usuarios, sin requerir herramientas demasiado especializadas. Además, también deberán proporcionar manuales en los que se informe de cómo realizar las propias reparaciones. Aunque el coste ecológico de cada persona puede subestimarse, lo cierto es que en términos individuales un europeo genera 16 kilos de desechos electrónicos al año. Ahora, la legislación obligará a las compañías a asegurarse de que los electrodomésticos puestos a la venta puedan repararse hasta, al menos, diez años después de su compra. Tal como informa Associated Press, esta medida sirve para «ayudar a reducir la enorme montaña de desechos eléctricos que se acumulan cada año en el continente».

Un continente (y un planeta) en juego

Para que medidas como estas sean efectivas, sin embargo, han de implantarse a lo largo y ancho del planeta o, de lo contrario, su efecto será limitado. Si atendemos a los datos recogidos por la Organización de las Naciones Unidas, Europa es uno de los continentes que mejor actúa en este sentido: mientras dentro del territorio europeo se generan 12 millones de toneladas de residuos al año, en América se generan 13 y Asia dobla, de hecho, la cifra alcanzada por Europa. A esto se añade la tasa de reciclaje, hasta cuatro veces mayor que la alcanzada por otros continentes, que en Europa alcanza el 44%.

Europa genera al año 12 millones de toneladas de residuos, reciclando el 44% de las mismas

Este nuevo derecho a la reparación, no obstante, no es algo espontáneo, sino que satisface una necesidad que ya estaba presente en las sociedades europeas. Según señalaba entonces el Eurobarómetro del año 2014, el 77% de los ciudadanos europeos preferían arreglar sus dispositivos en lugar de sustituirlos. Tal como recalcó en noviembre del año pasado el europarlamentario francés David Cormand, «ha llegado el momento de utilizar los objetivos del Pacto Verde como base de un mercado único que promueva productos y servicios diseñados para durar».

Así afecta el aire del Sahara al clima y a nuestra salud

En febrero y marzo de este año Europa, y con especial intensidad España, cambió repentinamente de color: los cielos del continente, como las lentes de unas gafas, se de  un tono naranja debido a sucesivas oleadas de polvo proveniente del Sahara. La particular belleza que azotó el territorio europeo, sin embargo, era peligrosa; el aire era nocivo para la salud. Según los observatorios universitarios de Londres, Manchester y Birmingham el polvo saharaui que había traído el viento contenía principalmente partículas de silicio, aluminio, calcio y hierro. Sin embargo su impacto no solo afecta a la salud, sino también a la total organización de la sociedad y su economía, llegando a cerrar aeropuertos y carreteras y dejando inútiles numerosos sistemas de energía.

Aunque estos fenómenos meteorológicos no son nuevos en nuestras sociedades, lo cierto es que sus impactos son cada vez más habituales y, por tanto, cada vez más preocupantes, ya que reducen significativamente la calidad del aire incrementando la contaminación atmosférica. Entre sus efectos climáticos más visibles destacan, por ejemplo, la reducción de precipitaciones o la condensación de nubes. Este polvo, si bien tiene efectos positivos —fertiliza, por ejemplo, los ecosistemas oceánicos— también puede resultar peligroso para las personas. Diferentes estudios realizados en nuestro país a lo largo de los años, concretamente en Barcelona, Madrid y las Islas Canarias, concluían que durante los días en los que se daba una elevada concentración de polvo en el aire se daba un incremento de las visitas hospitalarias, así como de la mortalidad diaria. Un estudio realizado en Miami también lo constata, demostrando la amenaza que supone para la salud con un mayor ratio de visitas a los hospitales —especialmente de gente con patologías respiratorias previas— durante fenómenos de este tipo. 

Contaminación atmosférica y salud

Según la prestigiosa revista científica The Lancet, la contaminación atmosférica causa 3,2 millones de muertes al año. Estas cifras son una de las razones principales por las que la Organización Mundial de la Salud ha señalado este problema como una de sus prioridades a nivel mundial. En los adultos, el asma, la EPOC y el cáncer de pulmón son tres de las enfermedades respiratorias epidemiológicamente más prevalentes relacionadas con los efectos de la polución atmosférica. A esto puede sumarse la alteración de la función pulmonar, el incremento de las afecciones alérgicas, las alteraciones inmunitarias e incluso un aumento general del riesgo de mortalidad. 

La contaminación atmosférica causa 3,2 millones de muertes al año

Más allá de situaciones habituales, los contextos extraordinarios creados por el cambio climático también se muestran especialmente peligrosos. Las transformaciones bruscas en el equilibrio ambiental, como los cambios de temperatura, precipitaciones o humedad, afectan sobremanera al impacto de la contaminación, al igual que sus consecuencias más inmediatas. El aumento de temperatura, de hecho, está estrechamente relacionado con el aumento de la concentración del ozono troposférico, un contaminante secundario cuyas consecuencias se materializan no solo en la causa de enfermedades respiratorias, sino también en el agravamiento de patologías respiratorias previas. 

Sin embargo, las enfermedades respiratorias no son las únicas. Según alertan desde la Agencia Estatal de Meteorología, “estas partículas al ser inhaladas cruzan la barrera alveolar, se incorporan al torrente sanguíneo y provocan estrés oxidativo, proinflamatorio y protrombótico, esto produce hipertensión gestacional e hipoperfusión placentaria, lo cual altera las funciones de la placenta y se relacionaría con causas de prematuridad y bajo peso al nacer”, así como otro tipo de alteraciones en mujeres embarazadas. 

Un fenómeno cada vez más frecuente

La visibilidad de este tipo de fenómenos atmosféricos es cada vez mayor. Los datos sugieren una mayor frecuencia en el tiempo, algo que se confirma tras los análisis en los núcleos nevados alpinos, que muestran un aumento de la concentración de polvo desértico durante los últimos 100 años. Ante esta situación, España ya parece empezar a tomar medidas al respecto, comenzando a instalar —junto con Portugal— sistemas que alerten de este particular fenómeno, que parece que va a acrecentarse tanto en frecuencia como en intensidad en el futuro: la presencia de un clima más seco en el norte de África así parece indicarlo, si bien la distribución del polvo también se halla sujeta a los vaivenes de los patrones de distribución creados por el cambio climático.

El polvo del Sahara ha aumentado su frecuencia de llegada a Europa durante los últimos 100 años

Con el cambio climático creando y aumentando nuevas zonas desérticas, es de esperar que los episodios de polvo saharaui sean no solo cada vez mayores, sino que entrañen un mayor riesgo: cuanta mayor concentración de partículas haya, más peligro existirá para la salud. El futuro ya no solo implica frenar el cambio climático, sino también obtener sistemas de rastreo meteorológico para esta clase de eventos, entre cuyos beneficios no solo está la protección preventiva sanitaria, sino también el uso y ahorro de los recursos energéticos (prevé, por ejemplo, si las placas solares serán bloqueadas durante un determinado número de días).

El peaje económico de la COVID-19 en los países empobrecidos

La crisis del coronavirus golpea con la misma fuerza sin tener en cuenta fronteras pero sus efectos no son los mismos en todos los puntos del planeta. Basta observar, por ejemplo, la diferencia entre los países de Europa o Estados Unidos y los países más empobrecidos. Sus experiencias son netamente diferentes desde el punto de vista del impacto generado tanto a nivel sanitario, social como, por supuesto, económico. Y eso a pesar de que en muchos casos, su mayor aislamiento ha propiciado que la pandemia llegase más tarde. Pero, ¿cómo hacer frente a los estragos sufridos por la pandemia con menos recursos? 

Expertos de la Universidad de California en Berkeley y el Banco Mundial, entre otros, realizaron un estudio en el que entrevistaron a 30.000 hogares de países en vías de desarrollo sobre cómo ha sido la COVID-19 para ellos. Las conclusiones, publicadas en la revista Science Advance, son desoladoras. Las repercusiones más inmediatas incluyen, desde la caída de los ingresos hasta la privación de alimentos. Y es que, según el informe, una media del 70% de los hogares sufrió una caída en sus ingresos y un 45% de las familias se vieron obligadas a omitir o reducir las comidas.

Un 45% de las familias se han visto obligadas a omitir o reducir las comidas

Según la investigación, los efectos económicos son —y serán, durante largo tiempo— absolutamente devastadores. Algunas conclusiones arrojan luz, por ejemplo, sobre el desempleo, cuyo aumento se sitúa en una media del 30%. Evidentemente, esto también se halla estrechamente relacionado con la reducción en las rentas individuales, que ha afectado al 70% de la población. Esta repentina crisis restringe también el acceso al mercado y, por tanto, a un mayor nivel de vida. “Descubrimos que el impacto económico en estos países, donde la mayoría de la gente depende del trabajo eventual para ganar lo suficiente para alimentar a sus familias, conduce a privaciones que probablemente generarán un exceso de morbilidad, mortalidad y otras consecuencias adversas en el futuro”, concluye el informe.

La peor crisis en 30 años

La ayuda humanitaria no se ha hecho esperar, sin embargo, según cifras del informe tan solo el 11% de las familias pudo acceder a ella. Organizaciones como la Asociación  Internacional de Fomento del Banco Mundial, ha redoblado sus esfuerzos, llegando a repartir la mitad de sus recursos—aproximadamente 41 mil millones de euros— entre algunos de los países más afectados. No obstante, tal como afirma la propia institución, los esfuerzos “se están quedando cortos debido a la continua presión de los efectos de la COVID-19”. Los cálculos para aliviar la situación en los países menos desarrollados se sitúan en una cifra de 67 mil millones de euros adicionales en comparación con las medias históricas de los últimos años, y es que en 2020 el aumento de la pobreza ha creado alrededor de 120 millones de nuevos pobres. No es de extrañar, por tanto que la ONU afirme que los países empobrecidos se enfrentan a su peor crisis en 30 años. El billón de personas que vive en estos territorios verá definida aún más su vida en función de la pobreza, una pandemia que nunca parece erradicarse por completo.

Según la ONU, los países con menos recursos se enfrentan a su peor crisis en 30 años.

El caso de Honduras es paradigmático por la continua pobreza y tragedia que sufre el país. La corrupción endémica, la pobreza extrema y el crimen ahogaban a un país que, tras el paso del coronavirus, parece cerca del derrumbe. El colapso del sistema sanitario a causa de la pandemia, no obstante, no fue el final del impacto: la llegada de dos ciclones tropicales empeoró la situación con 100.000 nuevas personas sin hogar. Meses después, más de 200.000 personas tenían problemas con la electricidad, mientras múltiples barrios seguían cubiertos en barro (cuyas condiciones sanitarias, además, sientan las bases para enfermedades relacionadas con los mosquitos, como el dengue). El resultado de todo esto fue la pérdida de empleo de una décima parte de la población, lo que seguramente no habría pasado en un país rico con las redes de protección social adecuadas. 
Algunas de las consecuencias económicas derivadas del coronavirus no afectan directamente al sustento vital de los individuos, pero sí a su futuro más inmediato. Según la UNESCO, dos tercios de los países más sumidos en la pobreza han reducido sus presupuestos en educación, ejecutando recortes cuyo resultado lastrará incluso las expectativas más básicas de sus habitantes. Como es lógico, estos presupuestos ya eran inferiores con anterioridad a la pandemia: mientras los países más empobrecidos invertían alrededor de 50 euros por adulto, los países ricos invertían 8.500 euros. Según señalan los expertos de la Universidad de California y Banco Mundial, el cierre de escuelas, el largo período de escasa nutrición y el limitado acceso a una sanidad de calidad es algo que dañará especialmente a los niños de los hogares con menos recursos.

¿Es la energía azul el eslabón perdido de la descarbonización?

La descarbonización es el término que se refiere al proceso de reducción de emisiones de carbono y es hilo conductor de la transición energética en la que estamos inmersos. En este contexto, una de las iniciativas que surgen con fuerza para agilizar la tan necesaria transición hacia una economía post-carbono es la energía azul. Una fuente que surge del potencial del mar y que permite aprovechar las olas, las mareas y las corrientes marinas para la generación de energía (o, en términos más específicos, generar energía undimotriz, mareomotriz e hidrocinética, respectivamente). 

Las grandes ventajas que ofrece la energía azul no residen solo en el hecho de no emitir carbono a la atmósfera, sino también en su amplia difusión y en la estabilidad y previsibilidad que ofrece. Los océanos cuentan con una extensión de más de 361 millones de kilómetros cuadrados en todo el planeta, lo que hace que este tipo de energía limpia sea accesible para los cinco continentes. Por otro lado, en tanto que depende del mar, su generación no está sujeta a los vaivenes ni de la climatología ni de las estaciones, ni tampoco depende de ninguna franja horaria como sucede con la energía solar. Por otro lado, los cálculos que podemos manejar relativos a los movimientos marítimos (la previsión de sus olas o sus mareas), nos permite realizar una previsión de su generación eléctrica.  En definitiva, la fuerza del mar se está revelando con una tecnología con gran potencial para garantizar un suministro seguro y continuado.

La energía azul podría cifrar su potencia en 2030 con hasta 10 gigavatios

No obstante, esta energía, a diferencia de otras más extendidas y asentadas, es aún joven y emergente y, como tal, su desarrollo aún no es absoluto. Si bien la International Renewable Energy Agency (IRENA) proyecta una capacidad global de 10 gigavatios de energía azul para 2030, la mayor parte de las tecnologías aún se encuentran en fase de prototipo. Sin embargo, las previsiones son prometedoras. Según IRENA, “las tecnologías renovables marinas, aunque todavía no pueden competir en precio con los combustibles fósiles u otras renovables más maduras, serán menos costosas con el tiempo, a medida que su despliegue vaya creando economías de escala”. En la actualidad, existen dieciséis prototipos de extracción energética marina que se dividen en dos tipos de tecnologías: las basadas en la energía de las mareas, como las turbinas de eje horizontal o el cometa submarino; y las relativas a la energía del oleaje, donde se pueden encontrar prototipos como la columna de agua oscilante o el convertidor de olas (bulge wave), entre otros.

Aún a pesar de su facilidad de acceso, debido a la extensión marina, la energía azul se halla hoy principalmente bajo el paraguas occidental, siendo los pioneros en este mercado países como Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Australia o incluso España. 

Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Australia y España son pioneros en proyectos de energía azul

En nuestro país, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030 es el que marca los pasos hacia la transición energética del país y el camino a seguir en los próximos años. Uno de los objetivos principales del plan es alcanzar el  74% de presencia de energías renovables en el sector eléctrico, con el fin de que en 2050 el sector sea 100% renovable.

En este marco normativo se contempla el desarrollo de las energías del mar. En concreto, prevé medidas y programas específicos destinados a tecnologías en desarrollo con la esperanza de que en un futuro la energía eléctrica que hoy es cada vez más verde, sea también azul.