Autor: Pelayo de las Heras

Preparar las ciudades para el clima del futuro

La tormenta Filomena puso de manifiesto la falta de preparación y resistencia de las ciudades frente a los fenómenos climáticos más extremos. Paradójicamente son las urbes las que  han provocado —o al menos, aumentado— este tipo de respuestas meteorológicas: según la ONU, las ciudades son responsables del 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero, una de las principales causas del cambio climático. 

Tal y como señalan desde Naciones Unidas, las ciudades también pueden ser una de las figuras clave para enmendar los daños que, en gran parte, ellas mismas han causado. Cambiar la forma en que planificamos, construimos, gestionamos y proveemos de suministros energéticos a nuestras urbes es algo fundamental a la hora de reducir la emisión de gases nocivos. Esto es posible mediante sencillas soluciones que abarcan desde la construcción de edificios sin emisiones de carbono a un sistema de transporte público que apueste por vehículos más limpios alimentados por combustibles alternativos. Unas inversiones que, según estimaciones del Banco Mundial, serían mucho menores que los 18.000 millones de dólares anuales que cuestan a nivel mundial los desastres naturales.

Los desastres naturales cuestan 18.000 millones de dólares anuales a nivel mundial

Un problema global... y europeo

Uno de los grandes ejemplos de actuación se sitúa en Europa, concretamente en la capital inglesa. Londres adolece, al igual que muchas otras poblaciones alrededor del mundo, de un importante problema de contaminación ambiental: más de un 95% de quienes residen en la ciudad se halla expuesto, según World Resources Institute, a esta clase de polución aérea (una cifra que aumenta hasta casi el 100% en las zonas de menores recursos económicos). Con el fin de reducir estas cifras, en 2003 se estableció una “tasa de congestión” aplicable a todos los vehículos que se adentrasen en el centro de la ciudad. El último avance en este sentido se aplicó durante el 2019, año en que se consiguió crear —por primera vez a nivel global— una “zona de emisiones extremadamente bajas”: 21 kilómetros cuadrados del área central de Londres en las que los conductores deben, o bien adaptarse a los estándares de emisiones, o bien pagar una tasa que posteriormente se reinvierte en el sistema de transporte público local. La iniciativa, en la que se han fijado otras ciudades como Madrid, ha llevado a reducir la entrada de hasta 44.000 vehículos contaminantes en la capital británica y a disminuir un 44%  las emisiones de dióxido de nitrógeno.

Este caso, sin embargo, parece ser una excepción. Según datos del Basque Center for Climate Change, los planes de adaptación al cambio climático de las ciudades más grandes del planeta no van a conseguir resultados efectivos a medio y largo plazo tal y como están planteados en la actualidad. No serán capaces de reducir la vulnerabilidad de tormentas como Filomena ni de incrementar la propia resistencia de las ciudades, dada la escasa definición de los procesos de financiación y regulación ligados a estos planteamientos. Los expertos responsables del estudio recuerdan que para que las políticas de adaptación al cambio climático sean efectivas, los organismos municipales deberían: mejorar la información climática y la forma en que es utilizada, incrementar los canales de financiación local, fortalecer los sistemas de monitorización y evaluación y tener en cuenta, sobre todo, a los grupos de población más vulnerables. 

En España solo un 10,1% de las ciudades cuenta con un plan de mitigación contra los problemas climáticos

En la península ibérica es tan solo Barcelona quien parece adentrarse —aunque tímidamente— en la senda de las buenas prácticas climáticas. Este problema de adaptación a la emergencia ambiental, eso sí, se vuelve más complejo en cuanto que cada núcleo urbano posee sus propias particularidades, con diferentes climas y regímenes hidrológicos. Así, no es lo mismo una ciudad situada en el norte de España que la propia Barcelona, cuyo principal problema vendría determinado por las fuertes lluvias torrenciales características del clima mediterráneo. 

Una lucha por (y para) el futuro

El clima, no obstante, tampoco es un mero problema de eventuales urgencias; se trata de volver a hacer nuestras ciudades habitables. Basta observar el avance del aumento de la temperatura en Ávila o Murcia, mucho más calurosas ahora —con 1,8 grados de diferencia— que hace 30 años. El hecho de convertir nuestros propios hogares en lugares cada vez más inhabitables es un fenómeno tan absurdo como cada vez más evidente. Según la revista Journal of Cleaner Production, un 33% de las ciudades de la Unión Europea no cuenta aún con un plan de mitigación a los problemas climáticos, y solo un 26% tiene un plan de adaptación. En el ámbito nacional, los datos empeoran severamente: tan solo un 10,1% cuenta con un plan de mitigación, cifra que baja hasta el 7,3% en relación a los planes de adaptación. 

Una transición hacia economías resilientes y con bajas emisiones de carbono podría crear hoy más de 65 millones de nuevos empleos netos hasta la próxima década. Un potencial estímulo económico que para acometer las medidas que ya dejan de  ser algo opcional: nunca habrá empleo y economía en un futuro sin salud. 

¿Qué es la economía naranja?

La economía naranja, también conocida como economía creativa, es la prueba que demuestra que las ideas pueden valer su peso en oro (y no en sentido figurado). Esto es parte de lo que pretende poner en valor la Organización de las Naciones Unidas con la celebración del Año Internacional de la Economía Creativa para el Desarrollo Sostenible en 2021. Una economía que aglutina los bienes y servicios culturales en base a tres sectores distintos: las artes y el patrimonio, las industrias culturales y las nuevas tecnologías; y que cuenta con una cadena de producción tan grande como compleja, aunque no lo parezca, ya que en ella participan creadores de contenidos, productores, colaboradores y distribuidores (además de, por supuesto el consumidor final), otorgando así empleo y oportunidades a numerosos actores sociales.

La economía naranja como motor económico

Gran parte de su atractivo actual reside en la íntima e indirecta relación que guarda con la innovación y el emprendimiento, factores que se relacionan a su vez con proyectos de corte social y medioambiental. La economía naranja es actualmente la principal vía de difusión del conocimiento masivo en nuestras sociedades, lo que otorga la oportunidad de mostrar las enormes ventajas de la sostenibilidad y el cuidado del medio ambiente. Su importancia se refleja también en los propios números económicos, cuya magnitud es imposible ignorar: ya en 2011 el comercio mundial de bienes y servicios creativos alcanzó la cifra récord de 624 mil millones de euros, un aumento que duplica el alcanzado en el periodo comprendido entre 2002 y 2011. De hecho, estas cifras no han dejado de crecer hasta la llegada de la pandemia. Según el informe Recostruyendo Europa: la economía cultural y creativa antes y después de la COVID-19, de la Agrupación Europea de Sociedades de Autores y Compositores, elaborado por EY, en 2019, las industrias creativas y culturales representaban el 4,4% del PIB de la Unión Europea, en términos de volumen de negocios, con unos ingresos anuales de 643.000 millones de euros y un valor añadido total de 253.000 millones de euros. Además, según el mismo informe, estas industrias son un importante generador de empleo, especialmente entre la población más joven, con más de 7,6 millones de personas trabajando en el sector, más de ocho veces las de la industria de las telecomunicaciones.

Ya en 2011, el comercio mundial de bienes y servicios creativos alcanzó la cifra récord de 624 mil millones de euros

En algunos países, como es el caso de Colombia, este sector ya está fuertemente institucionalizado y por ello  existen incluso cargos específicos, como es el de viceministro para la Creatividad y la Economía Naranja, cuya misión, según indica la página oficial del Ministerio que preside, es la de “consolidar los programas para el fomento de las artes y la preservación del patrimonio, así como para generar nuevas oportunidades para el desarrollo de las libertades creativas e identificar soluciones innovadoras para la gestión del patrimonio cultural, con base en la implementación de políticas de impulso a la economía creativa”. 

En nuestro país, el sector empieza a adquirir —aunque poco a poco— mayor importancia, lo que se refleja no solo en el 3,2% del PIB aportado por las industrias culturales, sino también en las propias declaraciones institucionales. Cabe recordar las palabras pronunciadas por Carmen Páez, subdirectora general de Promoción de Industrias Culturales del Ministerio de Cultura y Deporte, en las que destacaba su papel como “un sector estratégico a nivel tanto cuantitativo como cualitativo”. 

En España los festivales de música estivales son capaces de mover a más de 2,5 millones de personas

Estas palabras no son ni mucho menos casuales. En España, estas actividades económicas están jugando un papel cada vez más relevante. Los cálculos respecto al negocio de la música en directo, por ejemplo, otorgan —según datos de 2018– un impacto de unos 5.000 millones de euros. Los festivales musicales, de hecho, son capaces de mover hasta 2 millones y medio de personas cada temporada estival (sin contar, claro está, el pasado verano que vino marcado por las restricciones por la pandemia). Cifras que pueden pasar desapercibidas y que, sin embargo, son capaces de convertirse en el eje de todo un sistema. Tampoco pueden pasarse por alto lo que serán, con seguridad, los trabajos del futuro, en gran medida tecnológicos (y con un amplio margen, evidentemente, para la propia creatividad). Es el caso, por ejemplo, de la industria del videojuego que solo en España genera 9.000 empleos directos y 22.828 indirectos y que cuenta ya con un impacto de más de 3.500 millones de euros sobre la economía de nuestro país.

Estímulo social pero también de innovación y emprendimiento

Es innegable que su relevancia como sector clave va mucho más allá de los tradicionales beneficios económicos. Estamos ante productos con la capacidad de crear cultura y construir puentes, con el potencial de transformar vidas humanas y fortalecer el tejido social; no solo se trata de una vía de desarrollo sino también, por tanto, de una vía de inclusión, ya que comunica los valores con los que deseamos identificarnos. Su presencia va desde los libros hasta nuestros propios bolsillos, donde guardamos el teléfono móvil no solo para hacer llamadas y enviar mensajes, sino también para leer y consumir todo tipo de contenidos audiovisuales. 

Este fragmento de la economía —al fin y al cabo, una especie de fábrica de ideas— también estimula la propia innovación e investigación, lo que se percibe cada vez más como dos de los cimientos fundamentales para estimular el desarrollo sostenible de unos países que ya miran hacia un futuro postindustrial. No solo estamos ante productos de cultura, sino también ante innovadores diseños tecnológicos y ecológicos (por ejemplo, con materiales no contaminantes). Asimismo, tampoco podemos pasar por alto los avances que traerán, por ejemplo, las nuevas formas de transmitir conocimientos a personas con discapacidades. Ejemplo de ello son las nuevas formas de enseñanza —donde lo digital va ganando cada vez más peso— y las nuevas artes visuales. Sobra decir, por supuesto, que su huella ecológica es mínima en comparación con otros sectores industriales.

Esta clase de modelo no solo enriquece las vidas humanas, sino que también las educa en las nuevas posibilidades ofrecidas por las sociedades actuales. Son estas razones las que empujaron a la UNESCO a asociar la cultura como parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, particularmente aquellos centrados en la educación de calidad, las pautas de consumo y producción sostenibles y la relación entre el crecimiento económico y el medio ambiente.

La encrucijada de la despoblación

La despoblación se ha vuelto una de las principales amenazas para la cohesión social territorial. Los motivos son evidentes, ya que en España 39,5 millones de personas viven en el 15,9% del territorio, mientras el 84,1% restante está habitado solo por 7,5 millones. Aunque desde 1975 la población española ha aumentado en un tercio su crecimiento, este no es homogéneo, ya que el potente desarrollo económico ha creado grandes movimientos migratorios, produciendo trasvases de población que han desequilibrado no solo el propio territorio, si no las tendencias demográficas adjuntas. Es el caso, por ejemplo, de Soria, que según el Instituto Nacional de Estadística ha visto reducida su población en un 23% desde 1975. Es parte de lo que algunos llaman la “España vacía”, en contraposición con lugares como Madrid, cuyo crecimiento durante estos años es más que evidente. 

En España, 39,5 millones de personas viven en el 15,9% del territorio, mientras los 7,5 millones restantes habitan el 84,1%

Este desplazamiento hacia las zonas urbanas unido a que el envejecimiento de la población ha crecido un 30% durante los últimos años,  ha hecho que la situación se haya agravado en múltiples áreas del ámbito rural nacional, donde cuentan únicamente con ingresos provenientes de las jubilaciones. Las consecuencias ya están teniendo lugar: la renta rural no solo es alrededor de un 25% más baja, si no que el propio riesgo de pobreza es inherentemente más alto. 

Sin embargo, en los últimos meses estamos ante lo que parece será un nuevo capítulo del desarrollo rural. La pandemia no solo ha hecho que los trasvases de población comiencen a darse ahora al revés —algo posible por la expansión forzosa del teletrabajo— sino que también ha arrojado luz sobre un problema que parecía crónico y que, ahora, deja entreabierta su puerta. 

Varias llaves para una misma cerradura

¿Cómo evitar que las zonas rurales, según el INE, pierdan unos cinco habitantes cada hora? Gran parte de la responsabilidad recae en la amplia brecha que las separa de las ciudades. Parte del bienestar urbano no ha podido llegar aún a los pueblos, que no disfrutan en su totalidad de aspectos evidentes del progreso social, como la sanidad, la educación y los servicios sociales. Las soluciones pasan por una mayor inversión, necesidad que ha quedado patente con la futura implantación del próximo Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia de la Economía española, ‘España Puede’, en el que se otorga un 16% del presupuesto a la “agenda urbana y rural, la lucha contra la despoblación y el desarrollo de la agricultura”. En Europa, la Red Europea de Desarrollo Rural, incluye el intercambio de contactos entre agentes del mundo rural y el apoyo a las aplicaciones de las diversas prácticas y programas de desarrollo rural de los Estados miembros de la Unión Europea. Se trata, por tanto, de una suerte de foro activo enfocado por completo al hallazgo —y aplicación— de soluciones eficaces. Ejemplo de estos programas es PADIMA, que se estructura en torno a tres pilares básicos de intercambio entre sus socios: educación (y formación), marketing territorial y diversificación económica. Un acto de concienciación que hace posible mirar al futuro con las herramientas adecuadas (y, por tanto, necesarias). 

La importancia que ahora parece haber obtenido este problema en Europa, responde quizás a la llegada a la presidencia de la Comisión Europea de Ursula Von der Leyen, quien en su discurso del Estado de la Unión ya habló del “Green Deal europeo y los fondos de recuperación Next Generation, que serán una gran oportunidad para revitalizar las zonas rurales”.  Es este último proyecto, Next Generation, el que se alza como el marco necesario para la prevista inyección de 15.000 millones de euros en ayudas para las zonas rurales. Se trata de un arma con la que poder realizar cambios estructurales (algunos, de hecho, requeridos en el Green Deal o Pacto Verde Europeo). Un impulso continental, en definitiva, que surge sobre los ecos financieros de la Política Agrícola Común, cuyas inversiones ya han ayudado a transformar las zonas verdes del continente en los años anteriores.  

Expandir las telecomunicaciones, mejorar el bienestar social y aplicar la tecnología en el ámbito económico son fundamentales para un nuevo horizonte para el mundo rural

Para paliar el abandono rural se necesitará de la implicación de todos y de medidas de diversa índole: crear una nueva red económica y mejorar la existente y, sin duda, implantar los avances tecnológicos a la mayor celeridad posible. Algo que también va en consonancia con la propia agenda europea, la cual marca que todos los ciudadanos han de tener, por ejemplo, conexiones de al menos 30 mbps para reducir la brecha digital. 

El establecimiento y expansión de las telecomunicaciones, la mejora del bienestar social —véase la cercanía de un centro médico— y el desarrollo y aplicación tecnológica en el ámbito económico —como se prevé que ocurra, por ejemplo, en la propia agricultura—, son tres de los pilares fundamentales en los que parece gestarse un nuevo horizonte para el mundo rural y el urbano, pues todos saldremos beneficiados. Es un proyecto con el que crear un continente para el futuro.

Iniciativas desde el sector privado

El sector privado (empresas y fundaciones) también se ha implicado en frenar la despoblación rural y promover el desarrollo económico de la España vacía. Un ejemplo son los proyectos que el Grupo Red Eléctrica está desarrollando en colaboración con agentes locales. Con Correos y AlmaNatura, tiene en marcha la segunda edición de Holapueblo, plataforma que pone en contacto a municipios con baja densidad de población con personas que desean realizar un cambio de vida abandonando la ciudad, instalándose en un pueblo y emprendiendo allí un negocio.  

Otra de sus iniciativas llevará acceso a internet de calidad a pueblos de Segovia poco atractivos desde un punto de vista comercial gracias a un acuerdo con Nordesnet que ya está desplegando su propia infraestructura e iluminando la fibra propiedad de Red Eléctrica. Y valga otro ejemplo más: Huerta Próxima, desarrollada en colaboración con Intervegas, y que consiste en una plataforma de venta que conecta a productores de fruta, verdura, lácteos, carne y huevos con consumidores de forma directa, de modo que los productos frescos y de proximidad sigan llegando a las despensas de los ciudadanos.

La descentralización como palanca de crecimiento económico

España es hoy, según datos de la propia Unión Europea, uno de los países comunitarios que más agencias continentales alberga en su territorio. Al contar con cuatro organismos de este calibre se sitúa en tercer lugar en relación con los demás países del continente. Es por esta suerte de unión por la que se han beneficiado directamente algunas «pequeñas» ciudades del país como Alicante, Vigo o Bilbao. Esto, unido a reconocimientos tales como los de las capitales verdes —ganado en 2012 por Vitoria-Gasteiz—, muestra que las regiones periféricas (es decir, fuera de los principales polos económicos) cada vez juegan un papel más fundamental en el funcionamiento económico.

OCDE: La correlación entre el nivel de gasto descentralizado y el PIB per cápita es positiva

Basta dirigir la mirada a las propias cifras para comprobar que, efectivamente, España es uno de los países más descentralizados a nivel europeo. De hecho, gran parte de los países más desarrollados del mundo —tanto en términos económicos como políticos— poseen también un alto grado de descentralización. Según afirma la OCDE, la correlación entre el nivel de gasto descentralizado y el PIB per cápita es absolutamente positiva. Como es evidente, más que una simple casualidad estadística, los datos están respaldados con una base teórica que, en realidad, responde a la lógica más simple: si se es capaz de comprender mejor las realidades específicas del territorio, así como las preferencias de los ciudadanos locales, se responderá, entonces, con una mayor eficacia. Es, en definitiva, una cuestión de perspectiva. 

Las descentralización como ventaja económica

Parte de estas ventajas tienen su origen también en el propio sistema económico, ya que en un entorno descentralizado la competencia entre administraciones regionales y locales para la promoción y atracción de empresas, talento e inversión se convierte, en definitiva, en el mayor incentivo posible. Es posible que estas afirmaciones se observen con mayor certeza en la actualidad, en un momento en el que parece más evidente que nunca que el país no puede sostenerse tan solo sobre dos patas, sino con las diecisiete CC.AA. y dos ciudades autónomas que lo componen. Eso es, al menos, lo que parece: cuanta más relevancia adquieran las distintas regiones de un país, más progreso obtendrán aquellas y, por tanto, el total del mismo. Para que la maquinaria funcione con todos sus engranajes la totalidad del poder económico no debe residir, por ejemplo, tan solo en la capital.

Según la AIREF, la descentralización proveería a los Estados de una dirección única y cohesionada de progreso

Los datos ofrecidos por la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIREF) muestran también una perspectiva halagüeña a este respecto. Según sugieren, la descentralización proveería a los Estados de una dirección única y cohesionada de progreso que, en términos regionales, llevaría a la convergencia económica (o, lo que es lo mismo, que todas las regiones compartiesen la riqueza al mismo nivel, sin grandes diferencias). Unos datos que, además, sostienen —con información sobre Alemania y Austria, principalmente— que el propio crecimiento es más rápido dentro de los países descentralizados.

Es en esta senda en la que se sitúa también el propio Fondo Monetario Internacional, que según un estudio elaborado por la organización en 2019 los beneficios netos para trasladarse a regiones de mayores ingresos (como puede ser, por ejemplo, Madrid) disminuyeron alrededor de un 30%, algo en lo que participa también la posibilidad de realizar el trabajo a distancia. Sin embargo, el mismo informe también hacía hincapié en que la crisis del 2008 pudo crear en España, a su vez, un contexto de disparidad que, ahora, crece hasta ensancharse, lo que podría llegar a abrir una compleja brecha dentro del intrincado sistema autonómico del país. La pandemia puede provocar, eso sí, un profundo replanteamiento del sistema, obligado por el éxodo de las grandes ciudades. 

¿La generalización del teletrabajo impulsará la descentralización?

Las ventajas de la descentralización pueden volverse evidentes en una situación como la actual, en la que el teletrabajo se ha revelado como una herramienta imprescindible para el propio desarrollo vital de la ciudadanía. La pandemia ha acelerado nuevos modelos de trabajo dentro de las empresas, lo que podría abrir nuevas vías para salir de los grandes polos económicos del país hacia ciudades y regiones que antes, posiblemente, habían sido dejadas —relativamente— de lado. Ya no es posible interpretarlas como localizaciones secundarias: el desarrollo económico podría estar obligado a pasar por la totalidad del territorio nacional. Es posible, por tanto, que el coronavirus haya sentado un precedente. Redirigir grandes empresas y organismos a distintas regiones podría crear un ambiente de equilibrio económico entre regiones y progreso que en última instancia beneficie a todos y cada uno de los ciudadanos.

La descentralización parece, así, ser propicia para el crecimiento económico según las perspectivas arrojadas por numerosos informes. Son los apuntes proporcionados por organismos como la OCDE y la AIREF los que muestran que para alcanzar un desarrollo sostenible y global no hace falta un solo timón. El único requisito, parece, es navegar con determinación en una misma dirección.

2021: Un año para mejorar el mundo

Naciones Unidas ha propuesto que durante el año entrante se festejen hasta cuatro ámbitos que, a su parecer, merecen una atención mayor. Así, 2021 será el Año Internacional de la Economía Creativa para el Desarrollo Sostenible, el Año Internacional de la Paz y la Confianza, el Año Internacional de las Frutas y Verduras y el Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil. 

Las cuatro conmemoraciones representan puntos cardinales de los programas de actuación —presentes y futuros— que la organización pretende llevar a cabo con la máxima eficacia posible. 

Año Internacional de la Economía Creativa para el Desarrollo Sostenible

Esta conmemoración centra su atención en la oportunidad que se presenta para «fomentar la innovación y ofrecer oportunidades, beneficios y empoderamiento para todos». Esta selección proviene, en parte, del daño causado por la pandemia, cuya interrupción ha generado, sobre todo, la práctica desaparición de eventos culturales, dañando empleos relacionados con estos y otros campos creativos. Hasta el 45% de los artistas y escritores de la Unión Europea son auto-empleados, lo que los hace especialmente vulnerables en situaciones como la que estamos viviendo. Para las Naciones Unidas es fundamental destacar «la importancia de unas políticas nacionales adecuadas encaminadas a promover la diversidad de la expresión cultural y el fomento de la creatividad para el desarrollo sostenible». Es esta expresión la que se prevé como una de las claves para el año venidero: realizarse es, también, crecer.

Año Internacional de la Paz y la Confianza

En el caso del Año Internacional de la Paz y la Confianza ocurre exactamente lo mismo, siendo un pretexto ideal para resarcirse de un año repleto de múltiples disputas y recelos políticos provocados por el coronavirus. Entre los objetivos se hallan, por ejemplo, la promoción del multilateralismo —es decir, la cooperación de múltiples países— y la diplomacia preventiva. Los esfuerzos de la ONU pretenden centrarse en lo que, hasta ahora, era el orden de estabilidad política global, algo que trasluce perfectamente en la afirmación de que la conmemoración «es un medio de movilizar los esfuerzos de la comunidad internacional para promover la paz y la confianza entre las naciones sobre la base, entre otras cosas, del diálogo político, el entendimiento mutuo y la cooperación». Tan solo en la disputa entre Armenia y Azerbaiyán perdieron la vida más de 5.600 personastanto civiles como militares.

Año Internacional de las Frutas y Verduras 

2021 será también una oportunidad para luchar por el desarrollo de una vida saludable. El Año Internacional de las Frutas y Verduras intentará poner un énfasis global en el fomento de las dietas saludables, las cuales se perfilan como las únicas herramientas con las que luchar contra un mal que causa más muertes que la combinación del tabaco, las enfermedades de transmisión sexual y la violencia armadas: la obesidad. De hecho, según señala la Organización Mundial de la Salud, el 39% de las personas adultas —según datos globales relativos a 2016– tiene sobrepeso. Además, unos 40 millones de niños y niñas menores de 5 años padecían sobrepeso u obesidad en 2018. Esto va unido, a su vez, al propio concepto de sostenibilidad, ya que no solo se trata de alimentos que favorecen la lucha contra el cambio climático, sino que también nos hallamos frente a unos alimentos cuya pérdida y desperdicio son especialmente altos. Según el propio secretario general de la ONU, António Guterres, esta es una oportunidad para «comprometernos con un mundo más sano, resiliente y en el que todas las personas tengan a su alcance, y puedan permitirse, la nutrición variada que necesitan». 

Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil

Más reivindicativo es, si cabe, la última de las conmemoraciones prevista para el porvenir más cercano. Tanto es así, que su propia denominación es especialmente directa, tratándose del Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil. Como es evidente, esto busca la consecución de un compromiso fuerte y sólido para la erradicación de una lacra que, aún hoy sigue presente. Según datos del Banco Mundial, en países como Argentina el porcentaje de menores de entre 7 y 14 años activos en la economía es de un 5%.  Se busca también «poner fin a las formas contemporáneas de esclavitud y la trata de personas, así como asegurar la prohibición y eliminación de las peores formas de trabajo infantil, incluyendo la utilización de niños soldados». Es, por tanto, una suerte de grito contra toda injusticia y explotación.

Son esta clase de hitos conmemorativos los que, en definitiva, hacen célebre a la Organización de las Naciones Unidas. Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que para que acciones como éstas tengan sentido son los Estados los que han de tomar decisiones.

Brecha salarial e igualdad de oportunidades, una tarea aún pendiente

La desigualdad de género es, aún hoy, uno de los principales obstáculos en el camino hacia el progreso social y económico y, si bien la violencia contra las mujeres radicada en esa desigualdad estructural es una de sus  peores consecuencias, no es la única. A pesar de que en todo el planeta se están dando pasos  hacia la igualdad de género la discriminación sigue erosionando nuestras sociedades de forma constante y, en ocasiones, imperceptible.

El mundo ha perdido hasta 160 mil millones de dólares de riqueza por la brecha salarial

Parte de esta fragmentación social se percibe especialmente en el ámbito laboral, sobre todo en lo concerniente a los salarios. Más allá de considerar la igualdad de género como un evidente imperativo ético, es preciso observarla también como una necesidad económica. Según datos del Banco Mundial, se han perdido hasta 160 billones de dólares de riqueza en todo el mundo debido a las diferencias de ingresos entre hombres y mujeres a lo largo de su vida. 

No en vano, las mujeres ganan 77 centavos por cada dólar que ganan los hombres haciendo el mismo trabajo. Esto no ocurre tan solo en países menos desarrollados, sino también en países de nuestro entorno. Es el caso, por ejemplo, de Alemania, donde la diferencia salarial llegó al 49% en 2017, según datos de Naciones Unidas. Además, ONU Mujeres calcula que se tardarían alrededor de siete décadas en cerrar estas brechas.

Las mujeres ganan 77 centavos por cada dólar que ganan los hombres haciendo el mismo trabajo

La diferencia salarial provoca la desvalorización del capital humano, cuya riqueza, según el informe del Banco Mundial, “representa dos tercios de la cambiante riqueza de las naciones, muy por encima del capital natural y otras formas de capital”.  En concreto, “las mujeres representan sólo el 38% de la riqueza en capital humano de sus países”. 

La participación de las mujeres en la fuerza laboral se reduce

Otra de las dimensiones de la desigualdad en el ámbito laboral es el descenso de la participación laboral de las mujeres.  Si comparamos los datos de los años 2000 y 2019, ésta ha bajado hasta tres puntos, pasando del 51% al 48%. Mientras tanto, las más de 1.500 reformas políticas que, según el Banco Mundial, se han efectuado durante los últimos 50 años no han logrado erradicar el problema por completo. Así, se siguen repitiendo patrones característicos de los tradicionales roles de género. Por ejemplo, el Banco Mundial estima que las mujeres dedican el triple de tiempo que los hombres a las prestación de cuidados sin remuneración, y entre una y cinco horas más al día a realizar trabajos no remunerados, como las tareas domésticas. 

La relevancia estratégica de la igualdad de género la ha llevado a ser incluida dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de  la Agenda 2030 de la ONU como el ODS 5. Si bien es cierto que el progreso ha sido innegable durante el último siglo, la igualdad sigue siendo un desafío. 

Las soluciones, a simple vista, parecen muy sencillas.  Así, las  propuestas habituales son la inversión en educación, el uso de currículum vitae ciegos (es decir, que no revelen género o edad), la conciliación laboral y familiar o el fin de determinadas estructuras laborales heredadas  del pasado, como es el hecho de que las mujeres ocupen mayoritariamente los puestos de menor cualificación. Sin embargo, poco se puede hacer a favor de la igualdad  laboral sin un impulso legislativo. Sólo así es posible abordar el problema de manera integral al establecer una política pública con vocación de permanencia en el tiempo. 

España inicia un cambio de rumbo

En España, mientras tanto, el timón comienza a girar con determinación: los dos reales decretos aprobados por el Gobierno de España durante el mes de octubre establecen medidas en el sector empresarial como la obligatoriedad de contar con un registro de retribuciones que permita aflorar situaciones de discriminacion salarial a las mujeres. Asimismo, se rebajará también de 250 a 50 trabajadores el umbral de una empresa por el cual es obligatorio registrar y aprobar un plan de igualdad.

Otros países de nuestro entorno, como Italia, también empiezan a tomar medidas concretas, como ocurre con la jubilación anticipada para las mujeres que hayan cumplido con el requisito de cotización. Se trata de una suerte de incentivo para completar una carrera laboral que, como sabemos, tradicionalmente ha estado plagada de un mayor número de obstáculos para las mujeres. No obstante, estas medidas requieren de una estrategia conjunta, esto es, un plan de acción global que ponga fin, definitivamente, a la discriminación que sufre la mitad de la población mundial.  La pandemia de coronavirus ha supuesto un alto en el camino, pero no debe hacernos perder el rumbo. No debemos olvidar que, detrás del objetivo económico de la equidad laboral, nos guía, en esencia, el imperativo moral de la plena igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres.  

España se consolida como el tercer mayor emisor de bonos sostenibles de Europa

Mientras los efectos de la pandemia aún se dejan notar en términos económicos y sociales, el futuro parece comenzar a brillar con un tímido optimismo. Esto no solo tiene lugar por las primeras llegadas de las tan ansiadas vacunas, sino también porque el horizonte comienza a teñirse de color verde. La pandemia ha acelerado proyectos transformadores que ahora ven una oportunidad única de cambiar los pilares económicos y sociales a mejor.

Los bonos sostenibles ayudan a cumplir objetivos climáticos, ecológicos y económicos

Este es el caso de los bonos de sostenibilidad, cuya demanda parece crecer de forma imparable. Emisiones de deuda como éstas —es decir, intentos de captar fondos de los inversores con una devolución completa (con intereses) posterior— se hallan destinadas a la financiación de proyectos que guarden un carácter tanto ambiental como social. Casos así incumben a cualquier tipo de empresa: muestra de ello es una agencia de telecomunicaciones que, por ejemplo, emitiese un bono para la transformación de una red de cobre a una con un menor coste ambiental. Esto no solo ayudaría a cumplir ciertos objetivos climáticos y ecológicos sino también económicos. Se trata, por tanto, de inversiones con impacto no solo en la empresa sino también en el conjunto de la sociedad. Parte de las categorías que entran en esta clase de bonos son, por ejemplo, las energías renovables, la eficiencia energética, la gestión de recursos naturales y el uso de la tierra. Sin embargo, estos bonos se encargan también de promover infraestructuras básicas asequibles, acceso a servicios esenciales, la seguridad alimentaria o ciertos avances socioeconómicos.

El auge de los bonos sostenibles 

Las repercusiones de financiaciones de este tipo son evidentes, asentándose como una de las múltiples bases con las que la Unión Europea —al igual que sus propios Estados miembro— pretende favorecer una transición ecológica y digital. Este es el caso de España, ya que según AFME se ha consolidado como el tercer mayor emisor de bonos sostenibles de Europa, tan solo por detrás de Francia y Holanda. Nuestro país ha llegado a incrementar las cifras nacionales de estas emisiones hasta en un 97% anual en el primer semestre de 2020 (una cifra que alcanza, aproximadamente, alrededor de 9.000 millones de euros en bonos verdes, también enfocados a resultados responsables en términos sociales y ambientales). Gran parte de responsabilidad tiene el Instituto de Crédito Oficial, cuya emisión pública de bonos sociales logró superar hasta en siete veces el propio importe de la transacción (es decir, que si la emisión se realizó por un valor de 500 millones, su demanda sobrepasó los 3.500 millones de euros). Una inversión destinada tanto a empresarios autónomos como a pymes, así como a muchos otros tipos de empresas españolas. El hecho de que estos bonos hayan sido usados en un contexto de crisis aporta toda su relevancia de una manera sutil. Basta citar las cifras que, según el Observatorio Español de la Financiación Sostenible (OFISO), se han emitido hasta septiembre con esta forma de deuda: 11.500 millones de euros.

España es el tercer mayor emisor de bonos sostenibles de Europa

Dentro del ámbito europeo, España aporta hasta un 12,6% de la financiación sostenible comunitaria, colocándose como una gran fuerza impulsora de la llamada «transición verde». En términos presupuestarios la Unión Europea invertirá más de un 30% del total, acercándose hasta los 60.000 millones de euros. Según la propia AFME, gran parte de esta clase de emisiones reflejan la existente preocupación social desatada por el coronavirus, ya que gran parte de estos bonos se dirigen en esta dirección. Tanto es así, que el 2020 es el año en el que ha tenido lugar un mayor número de emisiones sociales, cifrándose en un 27%.

España, décimo emisor de bonos verdes

Emisiones como estas también representan la oportunidad de adquirir beneficios que, por supuesto, también pueden ser colectivos. La inversión en sostenibilidad demuestra que es posible, a través de esta senda, conseguir una ventaja estratégica y competitiva: se trata de sumergirse en un horizonte que no solo es cada vez más visible sino, de hecho, implacable. Si, tal como hemos visto, el ecosistema no espera impasible, el bienestar social tampoco. 

El futuro se atisba ya dominado por esta clase de inversiones: el Tesoro español prevé emitir bonos verdes en 2021, algo que hará crecer aún más los importes relacionados con emisiones de este calibre. Mientras tanto, España sigue consolidándose como un referente mundial: durante 2019, nuestro país fue el décimo emisor —a nivel global— de bonos verdes, tal y como afirma Climate Bonds Initiative. Otros indicadores de relevancia son, por ejemplo, las propias incursiones bancarias. La incorporación del BBVA a la Red de Bonos Sostenibles del Nasdaq es otro paso en esta dirección, ya que esta es, hoy por hoy, una importantísima red de información mundial acerca de estas emisiones.

Bonos azules, una nueva herramienta para combatir el cambio climático

A pesar de la vacuidad que puede transmitir en ocasiones el término «desarrollo sostenible», cada vez somos más conscientes de que se trata de la única vía que permite estimular la economía satisfaciendo las necesidades de las generaciones actuales sin poner en peligro, a su vez, el desarrollo de las generaciones futuras. Es en este contexto en el que se erigen innumerables estrategias para hacer frente a un acuciante problema: el mundo se enfrenta, a contrarreloj, a sus propios excesos. Sin embargo, la última solución a esta realidad a la que debemos hacer frente no parece producto de una estrategia a corto plazo. Se trata de la gran construcción de lo que se conoce como Blue Economy (o, en castellano, Economía Azul).

Esta economía no es tanto novedosa en sus principios como en sus ámbitos de actuación. Es decir, si bien se puede englobar dentro de las múltiples estrategias que buscan un uso económico sostenible, también es necesario destacarla como una de las acciones más necesarias en términos ecológicos, pues su foco se centra en la vida oceánica. La Economía Azul promueve el uso sostenible de recursos oceánicos: su mirada no solo se posa sobre el crecimiento económico, sino también sobre las mejoras que afectarían a los medios de subsistencia y a los trabajos, así como, por supuesto, a la propia conservación y «salud» del ecosistema oceánico. Los principales pilares de este plan a largo plazo serían la energía renovable marina, la industria pesquera, el transporte marítimo —que, según se cree, se cuadruplicará para el año 2050– y la gestión de residuos, si bien también han de tenerse en cuenta otros ámbitos más específicos, como la biotecnología o la acuicultura.

Bonos azules para la protección de la vida marina

Los bonos azules son la herramienta financiera sostenible con más proyección futura

Es aquí donde entran en juego las finanzas sostenibles, cuyas herramientas son cada vez más innovadoras, ya que el riesgo climático y la sostenibilidad —y no solo la propia transición ecológica— ya no son solo un aspecto político, sino cada vez más económico. Así, los llamados bonos azules, encajan en este esquema perfectamente, ya que se perfilan como una forma eficaz de preservar y proteger los océanos. Esta clase de activos financieros sostenibles, de hecho, se halla en alza. Entre 2016 y 2018, según datos de Global Sustainable Investment Alliance, la inversión sostenible ha aumentado de 22.000 millones de dólares a casi 31.000 millones. Esto no solo demuestra su fuerte relevancia, sino también su rápido crecimiento a efectos internacionales. Los famosos bonos verdes, por su parte, alcanzaron una emisión de hasta 167.000 millones de dólares en 2018 a nivel global. De hecho, la Unión Europea siempre se mantiene presente en la financiación internacional de la lucha contra el cambio climático, ya que sus Estados miembros son los mayores contribuyentes de fondos públicos a los países en desarrollo para la lucha contra el cambio climático (llegando a crear, en 2019, la Plataforma Internacional de Finanzas Sostenibles). 

Los bonos azules son, por tanto, una nueva oportunidad dentro de un contexto que se antoja cada vez más grande: según datos del Banco Mundial, si los océanos —que cubren dos tercios del planeta— fueran una economía, ésta sería la séptima en términos de Producto Interior Bruto.

3.000 millones de personas dependen de los océanos

A pesar de todo, los bonos azules no son estrictamente nuevos. Es solo la acuciante necesidad de la protección y el desarrollo marítimo lo que los ha convertido en imprescindibles protagonistas. La primera propuesta, llevada a cabo en 2018 por las Islas Seychelles, contaba con una emisión de 15 millones de dólares dispuesta a preservar las aguas del Océano Índico: estas no eran solo un preciado ecosistema, sino también la base de dos de sus principales industrias, como son la pesca y el turismo. Este modelo, exportable a todos los rincones del planeta bañados por el mar, no es tanto deseable como, sencillamente, necesario. Según la ONU, hasta 3.000 millones de personas dependen de los océanos tanto en aspectos relacionados con el mercado laboral como con el propio sustento vital. Es más, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que esta Economía Azul duplicará su tamaño de aquí a diez años, lo que la hará alcanzar los 3.000 millones de dólares. Por otra parte, la organización WWF estima en 24.000 millones de dólares el valor económico de los océanos.

El potencial económico y sostenible de los océanos podría alcanzar hasta 24.000 millones de dólares

Esta incursión, por tanto, no solo busca remitir la preocupante contaminación marítima —donde ya no solo cuentan las toneladas de plásticos, sino también el hecho de que los océanos absorben hasta el 25% de las emisiones de CO2 en el mundo— sino aprovecharla como una oportunidad de reconstruir un ámbito resquebrajado por el excesivo impacto causado por los humanos, especialmente en el ámbito de la pesca, donde la sobreexplotación se muestra cada vez más evidente. Esta forma de financiación, además, va estrechamente ligada a la reputación estatal, por lo que gran parte de su relevancia estriba también en ser capaz de situar a los países según sus compromisos medioambientales y el prestigio adquirido a través de éstos. Es seguro que cualquier infracción o desvío asociado a este tipo de bonos repercutiría negativamente en las actividades comerciales de cualquier país que se muestre negligente.

Los bonos azules, así, se erigen como una necesaria forma de insuflar vida en un ecosistema de cuyo equilibrio y vivacidad dependemos todos. Es, en última instancia, otra forma más de ayudarnos.

Las tecnológicas avanzan hacia la descarbonización total

La tendencia, si bien avanza a través del tejido empresarial global, se revela en una imagen lenta, casi estática: la energía limpia, según afirman científicos de todo el globo terráqueo, es un deber moral; la única forma, afirman, de mantener en pie nuestro hogar común. No es sorprendente, por tanto, la aparición de numerosas incursiones en este terreno, aún demasiado fértil. Quizás por su cercanía a una constante innovación, son las grandes empresas tecnológicas aquellas que más parecen comprometerse con un uso neutro de la energía.

Entre los abundantes ejemplos tenemos, de hecho, a gigantescas corporaciones como Samsung, cuyas previsiones incluían el uso completo de energía limpia 100% renovable para este año (si bien sus cálculos no incluían el estallido de una pandemia global). Mientras tanto, Amazon, una de las compañías a nivel internacional con mayor consumo de energía verde, no cesa en su adquisición de granjas eólicas. Apple, por otro lado, no solo utiliza fuentes de energías renovables para su total consumo eléctrico, si no que es la compañía que posee los paneles solares privados más grandes de Estados Unidos.

Se trata del mayor comprador corporativo de energía renovable a nivel global

Es Google, sin embargo, quien suele acaparar el liderazgo en todas las listas de las compañías más responsables con el medio ambiente. Es por ello que se sumerge, de nuevo, en la ambiciosa —y necesaria— senda de la responsabilidad ecológica. Según los planes de la empresa norteamericana, su consumo en 2030 se producirá a través de una energía completamente limpia. Cabe recordar que no es el primer paso ofrecido en esta dirección: el gigante tecnológico ya consiguió cancelar su deuda de carbono mediante la compensación de las emisiones generadas (esto es, una inversión económica en proyectos de corte ecológico proporcional a las toneladas de CO2 generadas), alcanzando una huella de carbono cero en 2007. La corporación californiana también consiguió igualar su consumo de energía con alternativas completamente renovables. Es, de hecho, la primera gran empresa que ha conseguido un logro de este calibre. Se trata del mayor comprador corporativo de energía renovable a nivel global. Según afirma Sundar Pichai, CEO de la compañía, «la ciencia es clara: el mundo debe actuar ahora si queremos evitar las peores consecuencias del cambio climático».

Más allá del uso de energía renovable

Estas acciones se incluyen dentro del ámbito conocido como responsabilidad social corporativa y, como toda faceta, requiere de una comunicación precisa y efectiva. Aún con la implementación de este tipo de medidas colectivas, un 18% de los consumidores se define como incapaz de valorar el compromiso social de las corporaciones: aunque se tomen medidas, éstas se desconocen. En el gigante tecnológico, sin embargo, confluyen ambos factores, por lo que el hecho de que repita cada año una posición de liderazgo entre las distintas compañías globales no es ninguna casualidad. Es por esta clase de medidas, en parte, por las que se mantiene desde hace un lustro —según la consultora RepTrak— como la empresa con la reputación más positiva entre el público. No en vano, la percepción de un comportamiento corporativo responsable puede llegar a construir hasta un 40% de su reputación a ojos del consumidor medio.

Según informa la empresa californiana, todos los actos serán suministrados mediante energía limpia: cada correo electrónico enviado a través de Gmail, cada búsqueda mediante Google, cada vídeo visto en YouTube y, por supuesto, cada trayecto realizado con Google Maps. La nube global de la compañía es actualmente, tal y como afirman, la más limpia de la industria. La consecución del nuevo compromiso, fechado para el año 2030, conllevaría una producción de energía libre de carbono total. Ésta contaría con hasta 5 gigavatios, lo que podría estimular inversiones limpias de hasta 5.000 millones de dólares. Se trata, por tanto, de un paso más allá de la tradicional estrategia de la utilización de energía renovable como simple mecanismo de compensación; estaríamos, en definitiva, ante infinitas operaciones que contarían únicamente con una energía libre de carbono como motor en todo momento y lugar. Estas cifras, que pueden resultar ininteligibles, cobran significado a la sombra de una sencilla comparativa: la eliminación de emisiones aquí propuesta equivaldría a la retirada de más de un millón de vehículos al año. A su vez, esta ruta ecológica podría llegar a producir entre 8.000 y 20.000 empleos, todos de carácter «verde»

La eliminación de emisiones aquí propuesta equivaldría a la retirada de más de un millón de vehículos al año

Las acciones de Google, sin embargo, no se hallan destinadas tan solo a sus propias repercusiones. Dentro del marco propuesto, la compañía se ha comprometido también a reducir las emisiones de carbono de múltiples ciudades en una gigatonelada, una cantidad equivalente a las emisiones que podría llegar a crear un país del tamaño de Japón. Google prevé también prestar apoyo a diversas compañías y socios comerciales. Otras decisiones, sin embargo, se centran más en las decisiones individuales de los usuarios. Así, Google incluirá la posibilidad de encontrar bicicletas de uso público y puntos de recarga de vehículos eléctricos en el callejero global de Google Maps. En muchos países del continente europeo también se incluirá la opción, a través de Google Flights, de encontrar vuelos con menos emisiones de carbono.

Puede, sin embargo, que sea una de las empresas que más éxito ha alcanzado en sus propuestas, pero Google no es la única compañía dispuesta a reducir o eliminar la contaminación de la totalidad de sus actividades. Es parte de un contexto, de un hecho, del que el universo corporativo parece cada vez más consciente: que todos respiramos el mismo aire.

¿Cómo afecta la alfabetización a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU?

alfabetización

Más allá de consistir en la enseñanza de la lectura y la escritura, la alfabetización es una fuerza motriz del desarrollo sostenible. No solo beneficia a la sociedad que apuesta por ella, sino que constituye una pieza fundamental en el progreso de la humanidad, y ayuda a erradicar la pobreza y el abuso infantil. Con esta idea en el horizonte, la UNESCO, la rama de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, lleva desde 1946 luchando contra el analfabetismo, que se presenta como un obstáculo en el camino para garantizar el derecho universal a la educación. Por eso, cada 8 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Alfabetización, un recordatorio para que todos los actores de la sociedad reflexionen sobre el gran reto que supone acabar con este problema.

A grandes rasgos, el proceso de alfabetización hace principalmente referencia a la adquisición de competencias básicas de lectura y escritura: dos capacidades que facilitan no solo la integración social, sino que favorecen una mejor calidad de vida. Sin embargo, el término abarca mucho más que la lectura, el cálculo y la escritura, y se presenta como un medio a través del cual identificar, comprender, interpretar, crear y comunicar sobre la realidad. Es precisamente por eso que la alfabetización permite una mayor participación en el mercado laboral, lo que, a su vez, mejora la salud y la alimentación, reduce la pobreza, y amplía las oportunidades de desarrollo personal durante la vida. En definitiva, permite el empoderamiento de las personas.

Cerca de mil millones de personas de todas las edades carecen de las capacidades básicas de lectura, escritura y cálculo

En las últimas décadas se ha producido un avance significativo en este sentido: la analfabetización se redujo en un 25% en los jóvenes entre 1990 y 2015, según la UNESCO. Sin embargo, todavía hoy, cerca de mil millones de personas de todas las edades carecen de las capacidades básicas de lectura, escritura y cálculo. Por este motivo, el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 4 de la Agenda 2030 de la ONU busca garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos. Se trata, cuando menos, de un objetivo ambicioso cuya consecución se ha visto ralentizada con la irrupción del coronavirus.

Si bien a inicios de año más de la mitad de los niños y adolescentes del planeta no alcanzaban los estándares mínimos de ciertas competencias, la pandemia ha nublado cualquier esperanza a corto plazo, ya que ha dificultado el acceso a la educación básica. Durante este año, según datos de la UNESCO, el 91% de los estudiantes alrededor del mundo se han visto afectados de una u otra manera a causa de la COVID-19. En el mes de abril, de hecho, se han llegado a contabilizar hasta 1.600 millones de niños y jóvenes de todo el mundo que no han ido a la escuela y más de 369 millones de niños que dependían de los comedores escolares se han visto afectados por el cierre de las instituciones. Además, durante estos meses ha quedado al descubierto la existencia de una barrera digital que ha impedido que muchos jóvenes puedan seguir con su educación a distancia.

El 91% de los estudiantes del mundo se han visto afectados por la COVID-19

Aunque la incertidumbre se cierne todavía sobre el próximo curso escolar, desde la UNESCO han puesto ya en marcha una serie de acciones para contrarrestar el efecto del coronavirus en la educación. Además de supervisar globalmente los cierres de las escuelas a nivel nacional y local, se ha creado la “Coalición Mundial para la Educación COVID-19”, una alianza multisectorial entre Naciones Unidas, medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil diseñada para la creación de soluciones —y alternativas— innovadoras orientadas, en gran parte, a reducir la brecha digital.

Según han anunciado desde la organización, el objetivo es corregir el preocupante rumbo adquirido durante los últimos meses a través de distintas metas: ayudar a los estados a movilizar recursos e implementar soluciones innovadoras y adecuadas, buscar soluciones equitativas para un acceso universal, garantizar respuestas coordinadas y evitar un solapamiento de esfuerzos (o derroche de los mismos) y facilitar la vuelta de los estudiantes a las escuelas para reducir las tasas de abandono escolar.

En este sentido, la alfabetización es una de las principales metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y su impulso también ayudará a una recuperación justa tras la pandemia: contribuirá a garantizar el desarrollo sostenible, pero también un mundo más justo, democrático y en paz.