Autor: Pelayo de las Heras

Cinco recursos para impulsar las profesiones STEAM en las aulas

Los llamados perfiles STEAM son tan escasos como valiosos: ayudan no solo a encontrar soluciones a priori ocultas para la economía y la sociedad, sino también a pensar de forma crítica. Sus siglas dan una pista de todo lo que ofrecen, ya que responden a los términos en inglés de las disciplinas de Ciencia, Tecnología, Matemáticas, Arte –debido a las ventajas resolutivas de la creatividad– e Ingeniería. Son los perfiles llamados a revolucionar el mercado laboral. No en vano, los empleos con mayor crecimiento en los últimos años requieren un perfil asociado a estas características, según un informe elaborado por LinkedIn. En comunidades con cada vez mayor acceso a la tecnología y la cultura, la falta de profesionales de estos ámbitos preocupa cada vez más –especialmente si tenemos en cuenta la brecha de género–, razón por la que muchos comienzan a centrarse ya en la raíz del problema: la educación.

La siguiente selección de recursos tiene como objetivo principal tapar ese agujero, impulsando la motivación hacia las profesiones STEAM desde etapas tan tempranas como la educación primaria y secundaria y en especial entre las niñas, en clara minoría a la hora de escoger estudios vinculados a la ciencia y la tecnología.

RedeSTEAM

Se trata de un concurso que desafía a alumnas de 3º y 4º de ESO a crear proyectos tecnológicos y científicos que contribuyan a un mundo más sostenible social y ambientalmente. Su objetivo es fomentar entre las jóvenes de 14 y 15 años el estudio de las disciplinas STEAM, dado que solo el 13% del alumnado en estas ramas son mujeres, dejando el talento femenino fuera de sectores productivos esenciales para el desarrollo del país.

En equipos y a través de sus centros educativos, las alumnas han de presentar un proyecto que dé respuesta, mediante la aplicación de al menos dos disciplinas STEAM, a uno de los retos planteados: Eléctrico, Telecomunicaciones y Sostenibilidad. Los centros ganadores reciben equipos y materiales para laboratorios y aulas de temática STEAM.

RedeSTEAM es una iniciativa promovida por Redeia en el marco de la ‘Alianza STEAM por el talento femenino. Niñas en pie de ciencia’, del Ministerio de Educación y Formación Profesional.

CSIC en la Escuela

El proyecto elaborado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) se resume en uno de sus estatutos: «colaborar en la actualización de conocimientos en ciencia y tecnología del profesorado de enseñanzas no universitarias». En CSIC en la Escuela, las comunidades investigadora y docente trabajan conjuntamente para acercar «los mundos de la ciencia y la escuela».

Su razón de ser es sencilla: «El conocimiento, además de un índice del desarrollo de una comunidad, es también un bien social». Esa es la razón por la cual el proyecto no solo cuenta con un potencial humano y tecnológico a disposición de los colegios, sino también con una página web con información y actividades accesibles desde cualquier punto del planeta y enfocadas al impulso de una motivación cada vez más necesaria.

STEM Learning

Este recurso, originario de Reino Unido, permite a los más pequeños no solo interesarse por los aspectos más científicos (no casualmente prescinde de la letra A entre sus siglas) del conocimiento, sino también hacerlo en inglés, algo esencial en un mundo cada vez más interconectado. Dentro de la plataforma es posible encontrar Explorify, página que guarda en su interior numerosas actividades para inspirar al alumnado.

Matic

Esta herramienta cuenta con un objetivo tan sencillo como complejo: potenciar el aprendizaje de las matemáticas adaptándolo a las necesidades de cada estudiante. Los resultados, por el momento, son alentadores. Durante el ciclo escolar 2017-2018 los participantes mejoraron en este ámbito un 12,4% de media (incluye tanto a quienes lo utilizaron en clase o en casa como a quienes lo usaron como método de revisión o de estudio).

Se trata de un método innovador que escapa de los aspectos más tradicionales de la enseñanza. Tanto es así que, al centrarse en el tiempo y la adaptabilidad y enfocarse en el alumno, Matic rechaza puntuar numéricamente del 1 al 10.

Cuentos 4Future

En busca del infinito es el título del relato escrito por Carmen Pacheco e ilustrado por Laura Pacheco con el que Redeia se implica en fomentar la educación STEAM y la igualdad de género en dicho ámbito. Pretende, de esta manera, desmontar mitos y estereotipos en torno a las capacidades femeninas para la ciencia y la tecnología y validar roles no convencionales.

A través de este cuento, dirigido a niños y niñas de Educación Infantil y Primaria, queda de manifiesto cómo la ciencia es uno de los motores de la historia y cómo las mujeres, además, son uno de sus engranajes fundamentales. Se trata de mostrar que el futuro que uno desea es, ante todo, posible.

Este cuento forma parte del proyecto Cuentos4Future, una colección de relatos infantiles impulsada por la revista Ethic y el Ministerio de Educación para acercar a los más pequeños los Objetivos de Desarrollo Sostenible, en este caso, el 5, de Igualdad de Género.

Las ciudades habitables

Ladrillo a ladrillo, las ciudades crecen, y con ellas la contaminación. El sector de la construcción protagonizó el 34% de toda la demanda energética de 2021 y sus emisiones de gases de efecto invernadero representaron el 37% del total. Así lo desvela Naciones Unidas en un informe que constata además el aumento tanto de  la demanda de energía como de las emisiones. Según el estudio, la demanda de energía para la calefacción, la refrigeración, la iluminación y el equipamiento de los edificios aumentó cerca de un 4% en 2021 y sus emisiones de CO2 lo hicieron un 5%.

Tal como señalaba a finales de este año Inter Andersen, directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medioambiente, «el sector de los edificios representa el 40% de la demanda energética de Europa” y esto hace que «se convierta en un área para la acción inmediata, la inversión y las políticas para promover la seguridad energética a corto y largo plazo».

Se espera que la cantidad de población mundial que vive en las ciudades aumente hasta el 60% para 2030

La situación es crítica. Aunque en los últimos ocho años el número de países con reglamentos energéticos para la construcción aumentó de 62 a 79, solo el 26% de los países disponen de normativas obligatorias para la totalidad del sector. El panorama parece ir contra las recomendaciones de la ONU, que sugiere que «los Gobiernos nacionales y regionales deben establecer códigos energéticos obligatorios para los edificios y fijar un camino para que, junto a las normas de construcción, alcancen un balance cero de carbono lo antes posible».

Las exigencias no son sencillas. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), para 2030 las emisiones directas de CO2 de los edificios deben disminuir un 50% (un 60% en el caso de las emisiones indirectas). Esto supone una caída de las emisiones de alrededor del 6% anual hasta 2030.

El problema, sin embargo, va más allá de la cuestión energética. Los edificios constituyen el esqueleto, ya algo maltrecho, de unas ciudades cada vez más difíciles de habitar.

Una ciudad para todos

El término sostenibilidad abunda en los núcleos urbanos, aunque lo suele hacer en un sentido reducido: el de un mayor respeto al medioambiente. Sin embargo, la sostenibilidad supone también la inclusión y la seguridad, así como la calidad de vida, algo reflejado en el concepto «ciudad de los 15 minutos» acuñado por la alcaldesa parisina de origen español, Anne Hidalgo y que significa que los ciudadanos puedan acceder a prácticamente todas sus necesidades esenciales –colegios, supermercados, lugares de trabajo, hospitales y centros culturales– en apenas un cuarto de hora a pie o en bicicleta desde sus hogares.

El concepto, al igual que otros acuñados anteriormente, trata de cambiar el paradigma al situar al ser humano en el centro. En este caso, la idea supone crear microurbes dentro de la propia ciudad no solo para acercarnos a servicios esenciales, sino también para volver a conectar con la naturaleza a través de diversos espacios verdes, una idea cada vez más defendida como esencial para el bienestar humano.

Si el modelo de bicis compartidas creciera un 25% se evitarían más de 10.000 muertes prematuras al año en más de 100 ciudades de Europa

Son perspectivas que se resumen en el número 11 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) elaborados por Naciones Unidas para la Agenda 2030: «Garantizar ciudades inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles». Una meta ambiciosa no solo para la reducción de emisiones necesaria, sino porque debe darse junto a una emigración cada vez mayor al ámbito urbano: se espera que el 60% de la población mundial viva en ciudades en 2030, lo que suponen 5.000 millones de habitantes.

Las opciones para mejorar las ciudades son múltiples, más allá de la reducción energética a la que se deberá enfrentar el sector de la edificación: desde potenciar la peatonalización y reducir los espacios de aparcamiento y la velocidad de vías hasta el fomento de campañas sociales y educativas para participar en un nuevo diseño urbano y una nueva forma de desplazarse por la ciudad.

Especialmente importante parece la implantación de zonas verdes, algo ya planteado en modelos como el mencionado líneas más arriba. En este sentido, el estudio realizado en la ciudad norteamericana de Filadelfia recogido en The Lancet es esperanzador: se estima que más de 400 muertes prematuras, incluidas más de 200 muertes en las áreas de bajo nivel socioeconómico, podrían prevenirse anualmente en la urbe si esta aumentara sus zonas verdes en un 30%. La movilidad, por último, es otro de los ejes esenciales a la hora de realizar un cambio urbano. Mientras que hoy son las carreteras las que funcionan como arterias urbanas, en el futuro próximo deberían ser las aceras y los carriles bici los que asumieran ese rol. Así lo defienden estudios como el publicado por un grupo de expertos en la National Library of Medicine: en más de 100 ciudades de Europa podrían evitarse más de 10.000 muertes prematuras al año si el modelo de bicicletas compartidas creciera en un 25%. Y su implementación, de hecho, no es particularmente difícil, si tenemos en cuenta que la mitad de los viajes en coche en vías urbanas cubren tan solo 5 kilómetros. Y es que, aunque el vehículo eléctrico es una de las soluciones para dar paso a la nueva movilidad, el espacio que ocupa sigue siendo uno de los problemas esenciales de la ciudad en cuanto ecosistema.

Dolores Huerta Carrascosa: «Es un mito que la vivienda sostenible constituya un lujo»

Dolores Huerta Carrascosa, directora general de Green Building Council España, la asociación sin ánimo de lucro de referencia para promover la edificación sostenible, se adentra en los retos pendientes de la sostenibilidad y la eficiencia energética.

La mayoría de las viviendas de nuestro país cuenta con una fecha previa a 1979, cuando la regulación en materia de sostenibilidad energética aún no había llegado a aprobarse. ¿Qué retos tiene España en esta materia hoy en día?

En lo que respecta a la edificación como sector hay un reto mayúsculo, que es precisamente hacer de nuestro parque edificado un parque eficiente que cumpla con las condiciones mínimas de eficiencia energética. La Estrategia Nacional de Rehabilitación prevé rehabilitar 1.200.000 viviendas para 2030 y 7.300.000 para 2050. Esto significa multiplicar más que por diez lo que se hace actualmente. Teniendo en cuenta que estamos en un país de propietarios donde la decisión está en manos de cada uno —y donde muchos viven en comunidad—, el reto es complejo. Sobre todo, porque no es fácil de activar. Pero también es prometedor: las soluciones tecnológicas están, son viables y hay financiación para llevarlas a cabo. Es una cuestión de poner en marcha una maquinaria que tiene que crecer y que tiene sus retos añadidos, como cualquier sector en crecimiento: necesita mano de obra formada (que no tiene), formación…, lo más difícil, quizás, es activar a la ciudadanía. 

La Estrategia Nacional de Rehabilitación prevé rehabilitar 1.200.000 viviendas para 2030 y 7.300.000 para 2050

¿Y qué hay de los aspectos burocráticos?

No son fáciles: son obras complejas y hay que pedir una licencia y muchos permisos. Y, por supuesto, si pides ayuda, hay que presentar mucha documentación. Pero este es el reto más pequeño: todo eso se puede escalar y digitalizar, incluyendo una mejor documentación; cambiar la voluntad de las personas es más difícil. Dicho esto, si hoy alguien decide rehabilitar su vivienda, se va a encontrar con una carga burocrática importante.

¿La sostenibilidad en materia de edificación es solo una cuestión energética o también es una cuestión social?

La sostenibilidad tiene tres patas: afecta a las viviendas, a la salud y al derecho al acceso a la vivienda. Y el aspecto energético no es el único reto ambiental del sector. Aquí también debemos incluir aspectos como la generación excesiva de residuos o la economía circular, que no se abordan habitualmente. La energía se lleva los titulares por la crisis energética en la que estamos envueltos en Europa. Lo mismo ocurre con la accesibilidad: antes de 1979 tampoco era obligatorio poner aislamientos o ascensores en muchos edificios. Y luego, por supuesto, la edad les pasa factura a los edificios. Cuesta cada vez más conservarlos. Sin duda, otro de los problemas, en este caso crónico, sería el del derecho a la vivienda. La sostenibilidad tiene muchos frentes.

¿Debemos seguir la senda de viviendas como las passivhaus o el reto de España se encamina por otro lugar?

Para solucionar este problema, desde luego, la apuesta está en arreglar lo ya construido. Tenemos un presupuesto muy contenido de emisiones que podemos gastar. Por lo tanto, debemos solucionar el problema dentro de los límites del Acuerdo de París. Ese presupuesto no nos permite tirar nuestros edificios y hacerlos de nuevo. Las soluciones hay que estudiarlas clima a clima y caso a caso. El concepto de la vivienda passivhaus es muy aislado y estanco, un concepto que hace referencia a una vivienda muy controlada más propia de climas fríos. Y a priori, además, lleva un importante gasto de recursos. Hay que estudiar muy bien cada caso no para poner mucho aislamiento, sino el aislamiento justo: no solo nos aislamos del frío en invierno, sino del calor en verano. No soy muy partidaria de las recetas muy cerradas. Eso no quiere decir que para ciertos casos pueda ser buena, ya que consume muy poca energía en relación con el uso de la casa. Entiendo que se quiera tener una receta única, pero no es así; lo que tenemos son muchas soluciones, tantas como cada caso.

El Green Building Council España (GCBE) otorga, en caso de que el edificio se adapte, la certificación VERDE, que se define como “un valor añadido en la compraventa del inmueble”. Hace referencia también a las 5 P: personas, prosperidad, planeta, paz y pacto. Esta clase de edificios, que parecen complejos, ¿son accesibles para todo el mundo o, en cambio, constituyen un lujo?

Las 5 P corresponden a los valores, pero no a los recursos. De hecho, esta clase de viviendas son construcciones que tienen un uso eficiente de los recursos energéticos y materiales, con un menor impacto ambiental que otras. En este sentido, por ejemplo, se están certificando viviendas de protección oficial. Creo que es un mito que la vivienda sostenible constituya un lujo. Estos criterios, además, lo que hacen es rebajar el coste del ritmo de vida (no solo a la hora de construirla, sino a la hora de vivir en ella). Se trata de encontrar un equilibrio de soluciones que minimicen el impacto y den unas condiciones mínimamente buenas de salubridad y confort. Esta es una visión más total.

“Estamos midiendo solo las emisiones en fase de uso de los edificios, pero si sumamos el resto —la de materiales, transporte, reformas…—, doblamos el presupuesto de carbono que tenemos según la senda prevista”

Hace poco sostenía el GCBE que “la edificación quedará muy lejos de la neutralidad climática en 2050 si se siguen haciendo las cosas como hasta ahora”. ¿Qué se debe cambiar? ¿Es pesimista el GCBE?

Es realista, te diría. Hemos hecho una hoja de ruta para la descarbonización en la edificación olvidando dos cosas: qué deberíamos hacer para llegar a la neutralidad climática en 2050 y cómo hacer para no pasarnos del presupuesto de carbono que nos mantiene en ese camino de mitigación del cambio climático que es el Acuerdo de París. Nos hemos dado cuenta de que todas estrategias en marcha en nuestro país van encaminadas solamente a medir las emisiones en fase de uso de los edificios, pero el resto de emisiones están en los materiales, en su transporte, en las reformas…, y si sumamos todas esas emisiones doblamos el presupuesto de carbono que tenemos según la senda prevista. Hay que tener una visión mucho más sistémica y eficiente en esta lucha contra el cambio climático. Es absolutamente imprescindible. Nuestro mensaje iba en ese camino.

¿España es una excepción dentro del conjunto europeo o, en cambio, se encuentra en la media en esta clase de avances?

El problema es el mismo para toda Europa, pero el punto del camino en el que nos encontramos es muy distinto. La tradición en rehabilitación en Centroeuropa, por ejemplo, es mayor. Otros países del continente, como Francia, Dinamarca u Holanda, están intentando minimizar las emisiones de carbono en todo el ciclo de vida. Y es algo que vale la pena.

La actual inestabilidad geopolítica y económica, ¿cree que reforzará los pasos hacia la sostenibilidad o, más bien, ocurrirá al contrario?

Todas las crisis ponen sobre la mesa que lo que se viene diciendo desde el ámbito de la sostenibilidad y la ciencia era cierto. La crisis energética, además, puso encima de la mesa todas esas ineficiencias que tapamos comprando energía. Hay un aspecto favorable, y es que con esta situación van a salir impulsados el ahorro y la independencia energética, al igual que cualquier política que valga para combatir el cambio climático. En cuanto a la edificación, las medidas a largo plazo, como la rehabilitación energética de los edificios o la mejora de los envolventes, son a priori muy costosas de implementar, así como más difíciles. Es más fácil invertir en el cambio directo, en el sector energético. Eso sí, no nos vale un cambio directo de la energía que consumimos ahora a las energías renovables. Sin disminuir la demanda, no es una situación viable (aunque sí muy rápida). Hay que hacer una reflexión profunda: ¿cómo podemos mejorar para hacer que un edificio provea de energía —y de origen renovable— con el menor uso de recursos posibles?

¿Hay un suficiente impulso desde las instituciones públicas?

Tenemos una apuesta decidida de las Administraciones públicas: hemos pasado de ser uno de los países más tibios en la lucha contra el cambio climático a uno de los que —en teoría— tienen más ambición. A la hora de trasladarlo a la realidad, sin embargo, hay mucha administración implicada: el Gobierno central, comunidades autónomas, ayuntamientos…, a lo que se suma la falta de formación para saber implementar todas estas políticas sin caer en recetas sencillas y erróneas. Siempre se puede mejorar, pero ahora mismo no hace falta hablar con cualquier político para que te escuchen. Ahora, la sostenibilidad y la eficiencia energética están en la agenda de cualquier político e institución. Nadie se escapa de ello, aunque sea por obligación hacia Europa. 

Mujeres emprendedoras para acelerar el desarrollo rural

La dinamización del campo es uno de los obstáculos a los que se enfrenta nuestro país. En él, las mujeres juegan un papel fundamental: son uno de los ejes vertebradores esenciales.

La dinamización o transformación del medio rural depende, en gran medida, del freno que está suponiendo la despoblación, una de las lacras que más amenazan el futuro de algunas zonas de nuestro país.  Y este proceso de despoblación tiene rostro de mujer: en estas zonas rurales el escenario demográfico registra a 111,7 hombres por cada 100 mujeres. El Ministerio de Agricultura, Alimentación y Pesca señala esta realidad y el origen de la problemática“las mujeres del medio rural resultan determinantes para su vertebración territorial y social, y son un vector para la innovación y el emprendimiento rural. En el medio rural todavía se mantienen escenarios de desigualdad entre mujeres y hombres en un grado más acusado de lo que ocurre en el medio urbano». No en vano, el 40% de las mujeres que abandonan su pueblo a causa de la falta de igualdad y oportunidades tienen entre 16 y 44 años.

El 40% de las mujeres que abandonan su pueblo tienen entre 16 y 44 años

No obstante, se trata de una situación desafortunada que puede transformarse en una oportunidad a través del impulso del emprendimiento. Al menos así lo sostiene el informe Emprendimiento de mujeres en España, realizado por GIRA Mujeres. Tal como explica el documento, “el emprendimiento femenino se ha convertido en un fenómeno cada vez más reconocido e impulsado por visibilizar la contribución de las mujeres al desarrollo económico y social”, uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) marcados por las Naciones Unidas. Esto no solo conlleva una “contribución potencial al tejido productivo y al avance socioeconómico, sino también al acercamiento a los objetivos de igualdad y diversidad marcados en las agendas institucionales”. 

Aunque de manera progresiva, de hecho, esta transformación parece estar teniendo lugar: en la actualidad, más del 15% de las mujeres de los entornos rurales se encuentra en alguna de las fases del proceso emprendedor (o lo que es lo mismo: casi 1 de cada 5 se ha arraigado ya profesionalmente en su territorio). Un dato que hay que celebrar si tenemos en cuenta que la diferencia porcentual con los hombres (cercana al 5%) es menor que la media apuntada en países de Europa y Norteamérica. Y este hecho va traduciéndose en resultados: la reducción de la brecha laboral de género en relación con hace una década es de 9 puntos porcentuales, según los datos del ministerio previamente mencionado. 

Emprendiendo hacia el futuro 

Una de las características más positivas de este emprendimiento rural tiene que ver con la ratio de proyectos consolidados, que doblan el porcentaje con un 10% de los desarrollados en el ámbito urbano. Así, si bien hay menos proyectos potenciales en el ámbito rural, su futuro arraigo parece más probable. 

El perfil de la mujer emprendedora también es alentador: son mujeres con una edad comprendida entre los 25 y 44 años es decir, en la cúspide de su capacidad productiva, con una formación secundaria o superior en el 82% de los casos y con una autopercepción positiva en cuanto a las habilidades necesarias para llevar el proyecto a buen puerto.

Los proyectos presentan gran originalidad y creatividad como es el caso de Al sonido del yunque, una curiosa forja artesanal abierta en un pequeño pueblo de Toledo. Como señala el informe elaborado por GIRA Mujeres, se trata de proyectos que, si bien no son tan destacados al menos de forma habitual en los ámbitos tecnológicos e innovadores, marcan la diferencia en un contexto completamente distinto al urbano. 

El 54% de las personas que emprenden en un pueblo son mujeres

Son ejemplos que inspiran y animan a mirar el future con optimismo. Según señala la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur), si la despoblación del campo tiene rostro de mujer, su futuro también: el 54% de las personas que emprenden en un pueblo son mujeres, frente al 30% de las mujeres que lo hacen en una ciudad.Señalan cinco barreras que impiden un impulso más fuerte en este sentido: la falta de visibilización, el acceso a la financiación, la brecha digital, la complejidad burocrática y la falta de formación empresarial. Eliminarlas o atenuarlas es esencial para dinamizar un entorno más degradado que su contraparte urbana. Así lo resumen desde Fademur: “El éxito de estas mujeres [emprendedoras] es un éxito para sus comunidades rurales, por lo que apoyarlas es estratégico para todo el país”.

El hierro, ¿combustible del futuro?

Desde hace algunos años, varios grupos de investigadores han estudiado la posibilidad de usar esta materia prima para paliar la crisis energética. Y lo hacen por tres motivos: es barato, abundante y limpio.

Nuestra historia con el hierro es larga: se remonta a miles de años atrás, cuando las primitivas sociedades humanas comenzaban a construir sus primeras civilizaciones. No es casual: es el cuarto elemento más abundante de la corteza terrestre, lo que sumado a su especial ductilidad y dureza lo convierte en uno de los elementos minerales más atractivos. Hoy, sin embargo, podría convertirse en algo más. Según algunos estudios, en cierto estado, el hierro podría llegar a ser el combustible del futuro, relegando al olvido al carbón y al petróleo.

Es abundante, no es caro, se transporta con facilidad, arde tan solo a partir de temperaturas muy elevadas y no pierde energía si se almacena

El descubrimiento llegó en 2018 tras el estudio de su dinámica en condiciones de microgravedad por parte de científicos de la Universidad Técnica de Eindhoven. Los investigadores descubrieron que una muestra de polvo de hierro, dentro de una cámara de combustión, era capaz de generar energía (y, además, de hacerlo sin generar ni humo ni carbono) con relativa facilidad; el proceso cuenta con una parte esencial, que es cuando el hierro se oxida, momento en el que suelta energía. Las ventajas son evidentes, lo que ha despertado cierta esperanza entre los círculos científicos e industriales: es abundante, no es caro, se transporta con facilidad (al contrario que el hidrógeno, que es menos seguro), tiene una gran densidad energética (de nuevo, hasta once veces mayor que la del hidrógeno), arde tan solo a partir de temperaturas muy elevadas y no pierde energía si se almacena (ya que incluso puede servir como «batería» energética) durante periodos prolongados.

No es un experimento recluido en las paredes del laboratorio: el potencial del hierro ya se ha probado como combustible —con un sistema construido entre los miembros de SOLID y de la compañía neerlandesa Metal Power Consortium— en una cervecería situada en Baviera (Alemania), elección para nada casual si se tiene en cuenta el consumo de calor de la cerveza. En este sentido, el combustible —previsto más como combustible complementario que como protagonista— es capaz de producir alrededor de 15 millones de vasos de cerveza al año. No es el único caso: ahora se está probando un sistema similar para calentar 500 hogares del municipio de Helmond, cerca de la ciudad holandesa de Eindhoven.

A ello se suma la voluntad de utilizar este potencial combustible en un sentido cíclico (o circular): una vez que se usa, por ejemplo, para una determinada industria, este material sería transportado a otra instalación para volver a convertirlo a su estado original, haciendo girar la rueda una y otra vez.

El polvo de hierro es considerablemente más pesado que otros combustibles, por lo que no supone una solución para la movilidad urbana

No obstante, el polvo de hierro también cuenta con ciertas desventajas, ya que sus propiedades no lo hacen apto para todos los usos. Por ejemplo, aunque ocupe menos espacio, el polvo de hierro es considerablemente más pesado que otros combustibles como la gasolina. Esto no es problema para la industria o los grandes buques mercantes, pero sí para los automóviles y esto reduce considerablemente sus aplicaciones si tenemos en cuenta la importancia de la movilidad urbana en las emisiones de gases de efecto invernadero.

Según defiende Mark Verhagen, uno de los participantes en la investigación, el polvo de hierro es «una importante alternativa sostenible a los combustibles fósiles, junto con las turbinas eólicas, los paneles solares y el hidrógeno». De momento se prevé que en 2024 se construya una central eléctrica de combustible de hierro de cinco megavatios (así como una posible transformación —aún por definir— de las tradicionales centrales térmicas alemanas en «centrales de hierro»). No obstante, las ambiciones permanecen altas (e intactas) según explicó Verhagen: «Nuestro objetivo es poder descarbonizar la industria pesada de todo el mundo con el combustible de hierro».

Los riesgos de la no sostenibilidad

¿Cuáles son las consecuencias para las compañías que no se adecúan a los cambios que pide la sociedad?

La palabra está cada vez más presente y su definición es sencilla: la «sostenibilidad» consiste en satisfacer las necesidades de las generaciones actuales sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras, equilibrando el crecimiento económico, el respeto ambiental y el bienestar social. Es, por tanto, una forma de construir el presente, pero también el futuro. Las empresas, conscientes de los retos que se dibujan en el horizonte, cada vez son más sostenibles. No obstante, ¿qué ocurre cuando una compañía no asume el cambio? ¿Qué sucede con su reputación? ¿Y con su financiación, sigue atrayendo inversión? ¿Pierde cuota de mercado? Al menos así parecen sugerirlo los datos: por ejemplo, según la oenegé WWF, la popularidad de las búsquedas relacionadas con productos o servicios sostenibles ha aumentado un 71% a nivel mundial desde 2016.

Los criterios ESG tienen cada vez más influencia en la propia rentabilidad y riesgo

Lo cierto es que los riesgos de ignorar esta tendencia son múltiples, y pueden ser tanto financieros como no financieros, ya que ambos aspectos se encuentran estrechamente entrelazados en un mismo nudo. Los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) tienen cada vez más influencia en la propia rentabilidad y riesgo: cuanto menos coincidan las apuestas económicas con esta clase de perspectivas, menos segura será la inversión.

Estos aspectos son los que se trataron en las Jornadas de Sostenibilidad 2022 organizadas por Redeia entre el 18 y el 20 de octubre. En este último día, Roberto García Merino (CEO de Redeia), Rosa García (presidenta de Exolum) y Arturo Gonzalo (CEO de Enagás) hablaron precisamente de esta clase de riesgos en una mesa redonda que arrojó luz sobre el futuro de la industria y las finanzas nacionales. «Si una compañía quiere tener un futuro, tiene que incorporar estos criterios», defendió Roberto García. A lo que añadió que «tiene más costes no avanzar en la transición energética, como estamos viendo ahora mismo en Europa, que hacerlo».

Roberto García, CEO de Redeia: «Tiene más costes no avanzar en la transición energética, como estamos viendo ahora mismo en Europa, que hacerlo»

Entre los riesgos, es evidente que obstaculizar (e incluso ralentizar) la transición energética y ecológica es uno de ellos. No contar con una perspectiva sostenible puede conllevar la emisión de elevadas cantidades de gases de efecto invernadero, una contaminación del agua, un aumento de la temperatura y una baja eficiencia de las materias, los recursos y la energía en los procesos productivos. Y ello sin contar los perjuicios directos al medio ambiente, como los daños a la biosfera o la falta de respeto a los derechos y la vida de los animales. Actos que irían en contra de la Agenda 2030, cuyos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) son clave según António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, a la hora de lograr «un planeta saludable».

El cambio climático se ha vuelto una realidad urgente para el gran conjunto de la sociedad, lo que implica una exigencia tácita hacia las empresas: al desear un cuidado del medio ambiente en sus acciones, los stakeholders —que incluyen desde los accionistas hasta los trabajadores y los propios clientes— hacen decantar a las compañías hacia sus mismos intereses; estas, al fin y al cabo, no pueden funcionar de manera adecuada dentro de una burbuja. Tal como confirmó una encuesta realizada por Havas Group Worldwide, dos de cada tres consumidores creen que, a la hora de impulsar un cambio social positivo, las marcas tienen tanta responsabilidad como los gobiernos.

Y no son los únicos factores negativos a la hora de ignorar la sostenibilidad. Entre ellos también encontramos un precio más alto de los recursos, como la electricidad (si atendemos a los precios de las fuentes de energía no renovable), pero también aquellos de carácter más social: la producción de bienes poco saludables, el mal uso de los datos personales, las tensiones laborales y económicas, las dificultades de conciliación y las deficiencias en la mejora del capital intelectual. Lo mismo ocurre con aquellos vinculados a la gobernanza, con falta de diversidad, políticas deficientes y corrupción. A toda esta clase de consecuencias se sumarían, además, unas respuestas financieras negativas bastante concretas, como multas y sanciones, un deterioro del valor reputacional (y, por tanto, también del valor competitivo y del futuro empresarial, según defienden desde consultoras como Atrevia) y hasta un deterioro de los propios activos.

Hay un riesgo que, sin embargo, parece englobar todos los demás a los que puede enfrentarse una empresa: el de quedar al margen de las tendencias y el progreso (y, por tanto, el favor) sociales; es decir, carecer de una misión general con la que justificar la existencia corporativa. Y no son pocas compañías las que se enfrentan a esta amenaza: según señala Pacto Mundial, tan solo un 41% de las empresas afirman disponer de una estrategia de sostenibilidad. Arturo Gonzalo, de Enagás, defendió precisamente un aumento de esta clase de estrategias al resaltar el nudo formado por «la lógica de sostenibilidad y la lógica económica».

Tal como se resaltó durante las jornadas, no obstante, el desarrollo de un futuro más sostenible y más limpio incumbe a todos. «Es importante hacer un análisis pragmático para saber en qué momento tenemos que apretar el acelerador; es decir, para saber cuánto tenemos que descarbonizar y a qué coste. Si esta transición tiene unos costes tan altos que solamente la clase alta puede asumirlos, una gran parte de la sociedad se va a negar a llevarla a cabo», explicó Rosa García, de Exolum, que ponía el broche a una serie de riesgos que aún es posible esquivar.

Desperdicio alimentario: una cuestión humanitaria y ambiental

Casi un tercio de la producción alimentaria es desperdiciada cada año alrededor del mundo. Y ese no es el único problema: esta forma de malgastar supone, además, el 10% de la emisión de gases de efecto invernadero.

Nuestro país es testigo de cómo se tiran, cada año, más de 7,7 millones de toneladas de alimentos según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Lo que es lo mismo: 250 kilogramos de comida cada segundo. A nivel global, los números son capaces de impresionar aún más: se estima que se desperdicia aproximadamente el 30% de los alimentos que se producen en el mundo. Para paliar la situación, el Gobierno ha aprobado el proyecto de Ley de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario, que obliga a cada uno de los agentes de la cadena alimentaria a contar con un plan de prevención contra el desperdicio. 

Alrededor de un 10% de la emisión de gases de efecto invernadero está asociado a los alimentos no consumidos

Según Luis Planas, ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, la ley no solo tiene un objetivo regulatorio, sino que también está pensada para «concienciar a la sociedad sobre la necesidad de disminuir el despilfarro de alimentos». El proyecto prevé no solo donaciones corporativas a las entidades sociales y oenegés, sino también la transformación de los alimentos que no se hayan vendido y que continúen siendo óptimos; en el caso de las frutas, por ejemplo, conllevaría crear mermeladas o zumos. A su vez, cuando las condiciones impidan el consumo, los materiales alimentarios pasarán a formar parte de la nutrición animal, el uso de subproductos industriales o la elaboración de compost o biocombustibles. A ello se suma una obligación particular para las empresas hosteleras: tendrán que facilitar que el consumidor pueda llevarse, sin coste adicional, los alimentos que no haya consumido.

Medidas como esta, influenciadas por ejemplos legislativos previos como el francés, van en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) marcados en la Agenda 2030. Es el caso del número 12, que establece la aspiración de «reducir a la mitad el desperdicio de alimentos per cápita mundial en la venta al por menor y a nivel de los consumidores y reducir las pérdidas de alimentos en las cadenas de producción y suministro, incluidas las pérdidas posteriores a la cosecha».

En la Unión Europea, pequeños gestos podrían cambiar el panorama actual: el etiquetado de fechas, por ejemplo, es el responsable del desperdicio del 10% de la comida, algo que también se aborda en la ley elaborada en nuestro país, donde se intenta incentivar la venta de productos con fecha de consumo preferente.

No obstante, no solo a través de la ley se pueden cambiar los hábitos establecidos durante años. Tal como reza el comunicado emitido desde el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, «para que la ley tenga éxito en la consecución de sus objetivos necesita de la implicación del conjunto de la cadena alimentaria y de la sociedad en general».

La Ley de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario prevé la transformación de los alimentos no vendidos o destinarlos al consumo animal

Un problema para el planeta

A la cuestión humanitaria y moral que supone este problema —690 millones de personas sufrieron hambre en 2019, y se prevé un fuerte crecimiento—, se le suma que es un problema ambiental: según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), alrededor de un 10% de la emisión de gases de efecto invernadero está asociado a los alimentos no consumidos. 

A pesar de ello, no se suele abordar: en el Acuerdo de París, por ejemplo, no existe ninguna mención al desperdicio alimentario. Y no es el único obstáculo a la hora de tomar medidas similares a las recogidas en la legislación española: gran parte de los países ni siquiera cuenta con métricas adecuadas para recoger los datos correspondientes.

Mientras tanto, millones de kilos se desperdician cada día alrededor del mundo perjudicando no solo a sus habitantes, sino también a su hogar, el planeta. 

¿Qué es la arquitectura 'passivhaus'?

Se trata de un sistema de construcción adaptado al entorno natural para maximizar la eficiencia energética del inmueble.

Nuestras casas son, en cuanto hogar, los sitios donde vivimos, descansamos, disfrutamos e incluso, en algunos casos, trabajamos. Gran parte de nuestra vida discurre entre esas pocas paredes. También es en ellas donde consumimos gran parte de la energía que gastamos día a día. No solo a través de electrodomésticos como lavadoras, televisiones o lavavajillas: también es el caso de la calefacción en invierno y el aire acondicionado en verano. Para dar cabida a estas comodidades básicas, sin embargo, es esencial ser eficiente; es decir: utilizar la energía de forma racional para abastecer un inmueble, no gastando sin necesidad. Desde esta perspectiva lógica han surgido corrientes arquitectónicas tan populares en la actualidad como la llamada passivhaus (en castellano, ‘casa pasiva’).

Esta forma de construcción centra su existencia en España en seis pilares: un aislamiento térmico más robusto, la reducción de hasta diez veces los puentes térmicos con respecto a un edificio tradicional, unas ventanas de alta calidad con triples cristales, hermeticidad, ventilación mecánica controlada y una protección solar óptima. Para ello, la passivhaus utiliza los principios de la arquitectura bioclimática, cuyo diseño se centra en las condiciones climáticas y los recursos disponibles —como la luz solar, la vegetación, la lluvia o los vientos— para disminuir el consumo energético. Es decir, se trata de una construcción centrada en el confort, pero también en las bases ecológicas. En sí, no obstante, el concepto no es completamente nuevo: la arquitectura popular, por ejemplo, siempre ha tenido que enfrentarse a los avatares del clima con el menor gasto posible de energía. Hoy también tenemos que adaptarnos cuanto antes: según la Agencia Internacional de la Energía, el consumo de energía de los edificios ha aumentado un 7% desde 2010.

Para obtener el Estándar Passivhaus se necesita haber reducido en un 90% la demanda energética relativa a la calefacción

¿Pasividad o adaptación natural?

La construcción de la primera casa pasiva tuvo lugar en la ciudad alemana de Darmstadt, en 1991, y los resultados fueron notables. Su artífice, el científico Wolfgang Feist, logró reducir el consumo de energía en un 87% respecto a una vivienda tradicional. Hoy, incluso esa cifra parece quedarse corta: una vivienda que cumpla el llamado Estándar Passivhaus (marcado, a su vez, por el Passivhaus-Institut) deberá haber reducido en un 90% la demanda energética relativa a la calefacción. 

Más allá de sus logros técnicos, el principal triunfo de las casas pasivas reside en su adaptación a las condiciones impuestas por el entorno. Al fin y al cabo, la propia expresión de «casa pasiva» se usa para definir los principios de captación, almacenamiento y distribución que la hacen capaz de «funcionar sola», sin aportaciones de energía exterior a través de técnicas sencillas, sin equipo o tecnología alguna. La disposición de sombras estratégicas en la vivienda, por ejemplo, ayuda a enfriar el hogar y a mantenerlo en unos límites térmicos razonables. De este modo, las passivhaus no son iguales en las zonas montañosas que en las costeras o desérticas: en las primeras, por ejemplo, es habitual buscar una ladera soleada que esté al resguardo de las rachas de viento, ubicando las ventanas hacia el sol del mediodía; en la última, en cambio, se suele buscar construir gruesos muros con los que elaborar una poderosa masa térmica. Son las condiciones del lugar las que dictan de forma natural las construcciones adaptándolas al medio ambiente, no al revés.

El consumo anual de energía por parte de una casa pasiva es alrededor de un 80% más bajo que el de las viviendas tradicionales

La diferencia económica en estos modelos de edificación puede ser considerable, llegando a suponer un ahorro de cientos de euros al año en gasto energético. Y es que, aunque el desembolso inicial puede ser mayor a la hora de comprar una vivienda, el consumo anual de energía por su parte se sitúa alrededor de un 80% más bajo, con lo que el coste «extra» se puede amortizar entre cinco y diez años: una inversión a largo plazo tanto para nuestros bolsillos como para el futuro del planeta. 

Zoonosis, una amenaza cada vez más presente

El término, aunque suene extraño en un primer momento, deja entrever su gravedad. Según la Real Academia Española, el concepto de «zoonosis» hace referencia a la «enfermedad o infección que se da en los animales y que es transmisible a las personas en condiciones naturales». Es decir, aquella enfermedad infecciosa que salta de un animal a un humano de forma natural, precisamente lo que se cree que ocurrió con la propagación del coronavirus. Este hecho no constituye algo anecdótico. Tal como afirma Naciones Unidas, «las zoonosis representan un gran porcentaje de las enfermedades nuevas y existentes en los humanos». ¿Son, entonces, una amenaza para nuestro propio futuro?

Alrededor del 75% de todas las enfermedades infecciosas nuevas y emergentes que padecemos se transmiten entre las distintas especies animales y la nuestra

Se trata, desde luego, de una de las sombras más amenazantes de nuestro horizonte. Según señalan desde el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, «en los últimos años se ha asistido a un incremento del número de casos de algunas zoonosis». Las causas son múltiples, entre otras: la globalización, que conlleva un aumento del tráfico de personas y mercancías (y, por tanto, un mayor riesgo de diseminación); la intensificación de las producciones asociadas a un aumento del número de animales; los nuevos hábitos alimentarios; la creciente resistencia a los antibióticos; y el contacto de la fauna salvaje con la fauna doméstica, más cercana al ser humano.

Hasta 250 enfermedades zoonóticas han sido descritas por la Organización Mundial de la Salud en lo que tan solo parece ser la punta del iceberg: se estima que aún falta medio millón más por diagnosticar. De hecho, cada año aparecen cinco nuevas enfermedades humanas, siendo tres de ellas de origen animal.

Esta cifra, sin embargo, puede aumentar, y es que el cambio climático –y algunos de los factores que lo favorecen, como la deforestación– está acelerando la aparición y la transmisión de estas enfermedades. En hábitats bien conservados en los que las especies se relacionan en equilibrio, los virus se distribuyen entre estas, sin afectar a las personas; en cambio, cuando la naturaleza se altera de forma considerable o incluso se destruye, debilitando los ecosistemas naturales, se facilita la propagación de patógenos, aumentando la probabilidad de transmisión. Así lo asegura la ONU, desde la que indican que pandemias como la actual «son un resultado previsible y pronosticado de la forma en que el ser humano obtiene y cultiva alimentos, comercia y consume animales y altera el medio ambiente». Para prevenir que situaciones como la que estamos viviendo a nivel global se repitan, hay varios factores de intervención humana que evitar para el futuro. Es el caso de la intensificación no sostenible de la agricultura, el aumento y explotación de las especies silvestres o las alteraciones en el suministro de alimentos.

Según Naciones Unidas, pandemias como la actual «son un resultado previsible y pronosticado de la forma en que el ser humano obtiene y cultiva alimentos, comercia y consume animales y altera el medio ambiente»

Mientras tanto, con uno de los veranos más calurosos de la historia, el peligro parece acechar cada vez más. «Cada vez surgen más enfermedades de origen animal. Es preciso actuar con rapidez para abordar el déficit de información científica y acelerar el desarrollo de conocimientos y herramientas que ayuden a los gobiernos, empresas y comunidades a reducir el riesgo de futuras pandemias», señala el documento Prevenir la próxima pandemia. No en vano, alrededor del 75% de todas las enfermedades infecciosas nuevas y emergentes que padecemos se transmiten entre las distintas especies animales y la nuestra. En definitiva,  nuestra salud depende del resto de los que habitan en la Tierra.

España ante el riesgo de la desertificación

La última década es la más cálida registrada en toda la historia. Y no solo eso: hay un 50% de probabilidades de que en uno de los años del período 2022-2026 el calentamiento global supere en 1,5°C los niveles de temperatura preindustriales. Al menos, así lo afirma la Organización Meteorológica Mundial. Para nuestro país, las consecuencias pueden ser especialmente graves, ya que pueden volverlo casi completamente árido. De acuerdo con los criterios marcados por la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, más de dos tercios del país se encuentran en peligro de desertificación. Se trata concretamente de un 74% del territorio: tan solo la cornisa cantábrica y la zona cercana a los Pirineos, junto con determinados puntos del centro y sur peninsular, se encuentran en niveles con menor riesgo.

Hay un 50% de probabilidades de que en uno de los años del período 2022-2026 el calentamiento global supere en 1,5°C los niveles de temperatura preindustriales

Más allá del rol del calentamiento global, lo cierto es que las razones son en cierta medida inherentes a gran parte de las condiciones de la Península Ibérica. Así, el dominio de un clima semiárido en grandes zonas, la extrema variabilidad de las lluvias en determinadas áreas y otros factores como un suelo pobre, un relieve desigual, la intensidad ganadera y agrícola y una explotación insostenible ocasional de los recursos hídricos subterráneos, crean condiciones especialmente propicias para los escenarios de desertificación. Otro de los factores esenciales son los incendios forestales, algo especialmente preocupante si tenemos en cuenta que los fuegos son cada vez más devastadores e intensos, lo que dificulta la recuperación de los ecosistemas.

Una de las herramientas diseñadas a nivel nacional, aprobada recientemente, es la Estrategia Nacional de Lucha contra Desertificación, cuyo objetivo es, entre otros, actualizar el antiguo Programa de Acción Nacional contra la Desertificación. Según el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), los impactos son múltiples y profundos, entre los que se incluyen la pérdida productiva de los suelos, la disminución de los beneficios agrarios, el agravamiento de la despoblación, la disminución del patrimonio cultural o la pérdida de biodiversidad. La Estrategia, elaborada junto a ministerios, comunidades autónomas, instituciones científicas y ONG, se estructura en torno a acciones como el desarrollo de un plan de restauración de terrenos afectados por la desertificación, la elaboración de un inventario nacional de suelos e incluso la creación de un Consejo y un Comité Nacional de Lucha contra la Desertificación. Todo enfocado hacia una fecha límite coincidente con los Objetivos de Desarrollo Sostenible: el año 2030.

Un 74% del país se encuentra en riesgo de desertificación

La desertificación constituye un fenómeno que, además, favorece el abandono de la población: cuanto más se empobrezca un suelo, menos podrá aprovecharlo –a través de la ganadería, la agricultura o la simple residencia– la comunidad en cuestión. Como es lógico, esto conlleva a su vez la degradación de la zona. En este sentido, si se atiende a los datos, España es uno de los países de la Unión Europea con peores perspectivas: poco más de un millón de hectáreas agrícolas se encuentra actualmente en peligro, según la información de la Comisión Europea. Tal como señala el propio MITECO, la degeneración que causan la aridez, la sequía, la presión sobre la vegetación y el agua o la urbanización «afecta enormemente» a nuestro país. La duda, mientras tanto, permanece en el aire: ¿conseguiremos frenar este peligroso fenómeno antes de ocho años?