Autor: J.A. Pastor

Cómo ser sostenible desde la cocina (de casa)

Transformar el sistema alimentario y hacerlo más sostenible se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestro siglo. Sobre todo si se tienen en cuenta los datos ofrecidos por la FAO, que apuntan a que, de seguir con los modos de producción y consumo actuales, solo habrá capacidad para alimentar a la mitad de la población mundial en 2025, momento en el que se espera alcanzar los diez mil millones de habitantes. Ante este reto, la gastronomía, entendida como “el arte de preparar una buena comida” –según la descripción que ofrece Naciones Unidas–, tiene un papel imprescindible en la contribución al desarrollo sostenible. Tanto es así que, en diciembre de 2016, la Asamblea General de las Naciones Unidas designó el 18 de junio como el Día de la Gastronomía Sostenible para impulsar un tipo de cocina “que celebra los ingredientes y productos de temporada y contribuye a la preservación de la vida silvestre y nuestras tradiciones culinarias”.

Muchos chefs de nuestro país llevan ya tiempo inmersos en esa búsqueda de nuevos métodos y productos más sostenibles que los actuales. Es el caso del cocinero Ángel León, quien a inicios de año dio a conocer el descubrimiento de un nuevo cereal marino con una gran cantidad de propiedades nutritivas que podría revolucionar el futuro de la alimentación. Según explicó el chef, el equipo de investigación de su restaurante Aponiente, con tres estrellas Michelin, había conseguido cultivar esta planta marina de manera controlada y sostenible, ya que no necesita fertilizantes, ni químicos, ni nutrientes extras. 

A pesar de los titánicos esfuerzos que el mundo de la cocina está haciendo para ser más sostenible, no es necesario ser un reconocido chef para contribuir a este tipo de gastronomía. De hecho, hay una serie de prácticas que pueden llevarse a cabo desde cualquier cocina. 

  1. Optar por envases de materiales sostenibles. Cada año se vierten al mar hasta 12 millones de toneladas de plásticos que, debido a su composición, pueden tardar siglos en descomponerse. Por este motivo, reducir el uso de plásticos en la cocina puede ser un primer paso para contribuir al desarrollo sostenible. Escoger aquellos productos que vienen sin embalajes y priorizar recipientes de cerámica, vidrio o bambú para guardar los alimentos es una buena manera de generar menos plásticos desde la cocina.
  1. Aprovecharlo todo para reducir el desperdicio. Otro de los grandes problemas asociados a la cocina es el desperdicio de alimentos.  Según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, en 2019 (los últimos datos disponibles) los hogares españoles tiraron a la basura 1.352 millones de kilos de alimentos. España se posiciona como el séptimo país de la Unión Europea que más comida desperdicia. En todo el mundo, el derroche de alimentos representa entre un 25% y un 30% del total que se produce en el mundo, tal y como indica la ONU. Para reducir el desperdicio una de las opciones es practicar lo que hacían nuestros antepasados en tiempos de escasez: la cocina de aprovechamiento, que trata de reutilizar las sobras de una receta para hacer otros platos. Son muchas las opciones: desde preparar mermeladas con frutas que estén a punto de ponerse malas a hacer caldo con los restos del pollo. Congelar los alimentos, planificar las comidas y atender a la fecha de caducidad de los productos a la hora de comprar son otras formas de evitar tirar alimentos en el hogar. 
  2. Ahorrar agua. El agua es un bien tan necesario para la vida como limitado. De ahí que uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el número 6, esté centrado en garantizar la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y del saneamiento para todas las personas. En nuestros hogares podemos contribuir a ahorrar agua con pequeñas acciones -muchas de ellas relacionadas con la cocina- como lavar las frutas y las verduras en un cuenco y no bajo el grifo y, después, utilizar ese agua para regar las plantas. 
  1. Apostar por frutas y verduras de temporada. Que tengamos alimentos que en nuestro país están fuera de temporada significa que han sido transportados desde otro punto del globo. Es decir, se trata de una actividad, en mayor o menor medida, contaminante y poco sostenible. Por este motivo es conveniente aprovechar las frutas y verduras que la tierra te ofrece periódicamente cada año. 
  1. Escoger productos de proximidad. A la hora de hacer la compra, escoger aquellos productos que han sido producidos en una zona cercana contribuye a reducir la huella ambiental, ya que precisan de un transporte mínimo desde la huerta hasta el punto de venta. Acercarse a los pequeños comercios es una opción sostenible que, además, ayuda a revitalizar la economía local. Pero si no hay ningún local con productos de kilómetro cero, existen plataformas online como Huerta Próxima, un proyecto impulsado durante la pandemia por la red estatal Intervegas y en el que colabora Red Eléctrica, que permite a los agricultores y ganaderos con pequeñas explotaciones agruparse, conectar con sus mercados de proximidad y comercializar sus productos por internet.

Computación cuántica: la tecnología que puede acelerar la lucha contra el cambio climático

En octubre de 2019, el gigante tecnológico Google publicó en la revista Nature un informe que recogía un hito histórico: un superordenador había logrado realizar en solo 3 minutos y 20 segundos una operación de cálculo con números aleatorios que el mejor ordenador convencional de la actualidad hubiese tardado miles de años en realizar. Suena a ciencia ficción, pero en realidad se trata de computación cuántica, una rama de la ingeniería informática que permite procesar y resolver problemas complejos miles de millones de veces más rápido que cualquier dispositivo al que estamos acostumbrados. Con este logro, cuestionado, eso sí, por sus competidores, Google daba el pistoletazo de salida a una carrera mundial por crear el ordenador más inteligente del mundo. En ella ya están inscritos otros grandes laboratorios tecnológicos como IBM, que han hecho grandes inversiones para alcanzar la supremacía cuántica. Sin embargo, ante la irrupción de una nueva era tecnológica, cabe preguntarse: ¿qué pueden hacer estos superordenadores por nosotros?

En la actualidad, algunas grandes empresas utilizan esta revolucionaria tecnología para mejorar la velocidad de sus operaciones en sectores como el de la banca, las finanzas, la química o la automoción. También la computación cuántica promete tener unas aplicaciones mucho más amplias y conectadas con el gran desafío al que se enfrenta actualmente la humanidad: el cambio climático. Según expone Fidel Díez, director de I+D del Centro Tecnológico de la Información y la Comunicación (CTIC), la computación cuántica tiene un enorme potencial para utilizarse en la resolución de grandes desafíos como el desarrollo científico en el campo de la salud y la lucha contra el cambio climático. Podría, por ejemplo, “aplicarse en la búsqueda de materiales más ligeros, fuertes y aislantes que reducen las emisiones de edificios y medios de transporte o como ayuda para la reducción del consumo energético en la producción de fertilizantes, haciendo más eficientes los sistemas de producción”.

Esta revolucionaria tecnología se podría emplear para buscar nuevos materiales más ligeros, fuertes y sostenibles

Precisamente, esta es la línea en la que trabajan instituciones como el Centro de Excelencia en Programación de Desempeño (CEPP) de la empresa de transformación digital Atos, que en 2020, bajo su Programa de Investigación y Desarrollo Cuántico, comenzó a desarrollar nuevos materiales para la captura y el almacenamiento de energía. El objetivo principal, destacan desde el centro, es el de “explorar nuevas y más efectivas vías hacia un futuro descarbonizado y eficiente en el uso de energía utilizando tecnologías cuánticas”.

Otra de las aplicaciones que se pueden atribuir a la computación cuántica es la de reducir el tiempo de aquellos procesos químicos que consumen una gran cantidad de energía y que suelen emplearse para producir fertilizantes. El ejemplo más claro es el del amoníaco, una sustancia cuya producción se calcula que es responsable de entre un 1% y un 2% del gasto energético global. Esto se debe a que es el resultado de una combinación de hidrógeno y nitrógeno que requiere primero disociar las moléculas de nitrógeno, algo que solo es posible en condiciones extremas de presión y temperatura. Eso no quiere decir que no existan maneras alternativas más sostenibles de producir amoníaco. De hecho, se ha descubierto que una enzima denominada nitrogenase permite llevar a cabo este proceso sin requerir altas temperaturas. El problema es que todavía se desconoce con exactitud la naturaleza molecular de este catalizador que, por el contrario, podría estudiarse y simularse a través de la computación cuántica. 

La computación cuántica ayudará a descubrir nuevos catalizadores para capturar carbono

Este no es el único catalizador molecular que los avances en la computación cuántica podrían ayudar a investigar. Según expuso Jeremy O'Brien, director ejecutivo de PsiQuantum en el Foro Económico Mundial de 2019, “estas simulaciones podrían ayudar a descubrir nuevos catalizadores más eficientes y baratos que permitiesen capturar carbono directamente de nuestra atmósfera”. Y añade: “incluso podríamos encontrar un catalizador barato que permita el reciclaje eficiente de dióxido de carbono y produzca subproductos útiles como hidrógeno (un combustible) o monóxido de carbono (un material de origen común en la industria química)”.  

A día de hoy, todavía queda para que los superordenadores aumenten su potencia y alcancen velocidades desorbitadas de cálculos complejos. Sin embargo, la revolución tecnológica en la que nos encontramos camina hacia la computación cuántica. Y si ha demostrado parece tener aplicaciones que permitirán combatir uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta la humanidad, el cambio climático, ¿por qué no apostar por ella? Como concluía O’Brien, “hay muchas otras cosas que podemos y debemos hacer para abordar el cambio climático, pero el desarrollo de computadoras cuánticas a gran escala es una cobertura que no podemos permitirnos el lujo de prescindir”.

Primero fue la carne hecha en el laboratorio: ahora llega el pescado

Hasta hace apenas unos años, parecía imposible que con un puñado de soja, guisantes y un poco de aceite se pudiese crear -ciencia mediante- un alimento con casi idéntico sabor, color e incluso textura que los de la más jugosa hamburguesa de ternera. Sin embargo, ahora son muchos los supermercados que ofrecen productos similares a la carne y al pollo pero que están elaborados exclusivamente con proteínas vegetales. Esto ha sido posible gracias a la investigación de varios laboratorios de todo el mundo que han buscado la manera de producir alternativas a la carne que sean más sanas y sostenibles con el planeta. Pero los esfuerzos por transformar la industria de la alimentación no acaban con la carne vegetal sino que son muchas las empresas que también se han lanzado a producir sustitutos del pescado. 

Según la FAO, cerca del 33% de las especies comerciales de peces están sobreexplotadas

Recientemente, a los derivados de la soja modificada se les ha unido la carne cultivada; es decir, aquella que se obtiene a partir de técnicas de cultivo de células procedentes de animales vivos como las vacas, los cerdos o las gallinas sin necesidad de criar y sacrificar a los animales. Así, esta tecnología busca resolver algunos desafíos globales, como el hecho de que, de seguir con el tipo de dieta actual, que solo en España nos lleva consumir cerca de 50 kg de carne por persona al año, y ante el esperado aumento de la población mundial hasta  casi los 10.000 millones en 2050, no habrá capacidad para producir suficiente alimento para todos. Para entonces, el planeta tampoco podrá aguantar nuestro modelo de consumo.

Se calcula que la ganadería usa cerca del 80% de la superficie agrícola del mundo y consume el 40% de la producción mundial de cereales. Además, el sector ganadero es responsable de cerca del 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero que se producen al año. Por no hablar de la huella hídrica de la carne: según el National Water Footprint Accounts de la UNESCO, se necesitan cerca de 3.100 litros de agua para producir una hamburguesa de 200 gramos. Si dirigimos la vista hacia los océanos las cifras no son más halagüeñas. Actualmente, la FAO calcula que el 33% de las especies de peces comerciales están actualmente sobreexplotadas y todo apunta a que, de seguir con los ritmos actuales, muchas especies de peces podrían desaparecer en los próximos años. Si a esto le sumamos la contaminación, el cambio climático y la invasión de plásticos, los océanos están sometidos a un enorme estrés. También los animales que en él viven. 

La empresa Finless Food desarrolla atún rojo a partir de las células madre de este pescado

Precisamente con la idea de proteger las poblaciones de peces y garantizar la seguridad alimentaria se fundó en 2017 en San Francisco la empresa Finless Food, orientada a desarrollar atún rojo a partir de las células madre de este pescado. No es la única, en 2016, Justin Kolbeck fundó la empresa Vildtype Food para, según explicó en El País, “reinventar los productos del mar en el laboratorio” y encontrar una fuente de pescado que esté libre de mercurio, antibióticos o microplásticos.

La apuesta por esta tecnología se antoja imparable. Pero antes de que podamos encontrar filetes de pescado sintéticos en nuestros supermercados se deben sortear algunos obstáculos. El principal es el de la reducción de los costes de producción para garantizar que cualquier consumidor pueda acceder a una carne o un pescado sostenible y limpio de elementos contaminantes que venga, eso sí, de una probeta. Y eso que algunos laboratorios, como Finless Food, van ya en camino: en 2018 anunciaron la reducción de los costes en un 50%. 

¿Cómo puede la tecnología ayudar a la transición verde?

“Será como el momento ‘hombre en la luna’ para Europa”. Con estas palabras, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentaba el pasado diciembre el Green Deal europeo, un ambicioso plan para convertir al continente en el primero climáticamente neutro para el 2050. En ese preciso momento Europa ratificaba su intención de liderar la lucha contra el cambio climático a nivel mundial. Sin embargo, una vez izada la bandera verde en medio del ruido de la Cumbre del Clima de Madrid, comenzaron a surgir las dudas: ¿Cómo acelerar la transición ecológica? ¿Qué herramientas existen? ¿Cómo garantizar la transición sea socialmente justa?

En cuestión de semanas empezaron a surgir algunas respuestas, pero la irrupción del virus en nuestras vidas hizo saltar por los aires todos los planes definidos a corto plazo. La pandemia -y la crisis social y económica de ella derivada- ha reordenado las prioridades políticas y cabría esperar que los objetivos climáticos quedasen relegados a segundo plano.  No obstante, contra todo pronóstico, la Unión ha rechazado abandonar el camino de la transición verde y ha situado al Pacto Verde en el centro de la recuperación tras la crisis. Así, no caben dudas sobre la apuesta europea por descarbonizar la economía… ahora la cuestión es cómo hacerlo de manera eficiente.

La respuesta de las nuevas tecnologías

“Actualmente hay dos revoluciones que están transformando el mundo en que vivimos: la revolución digital, que se ha acelerado durante el confinamiento, y esa transición ecológica que busca reconciliar la economía con la salud del planeta”. Pablo Blázquez, editor de la revista Ethic, abría con estas palabras uno de los debates del Digital Summit 2020, un encuentro virtual organizado por la patronal tecnológica DigitalEs, en el que un grupo de expertos analizaron el papel de las nuevas tecnologías en la transición verde. Si bien hace ya años que estamos inmersos en una revolución digital -esa Cuarta Revolución Industrial de la que habla el sociólogo y economista Jeremy Rifkin-, durante el confinamiento, ciudadanos, empresas e industrias han tenido que adaptarse en tiempo récord al mundo online.

Valvanera Ulargui: "La digitalización debe poner en el centro de toda su política la sostenibilidad"

De hecho, según explicaba en una entrevista Nacho Pinedo, cofundador y CEO de ISDI, “en 60 días de confinamiento, el mundo aceleró el equivalente a seis años en digitalización”. Ahora, cómo utilizar esa transición digital -que se antoja imparable- para alcanzar los objetivos climáticos de descarbonización es uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan los gobiernos. 

Para Valvanera Ulargui, directora general de la Oficina de España del Cambio Climático, la revolución tecnológica es uno de los pilares para construir una nueva economía más sostenible que, defiende, debe despojarse de la anterior y responder a los retos del siglo XXI. “El binomio transición digital y transición ecológica es fundamental para la salida y recuperación de la crisis”, sostiene y añade que, “la digitalización debe poner en el centro de toda su política la sostenibilidad; debemos integrar al sector como un sector que también reduzca emisiones”. Porque la tecnología puede formar parte de la solución, pero tampoco es neutra en carbono.

Una estrategia común

Se calcula que el consumo directo de energía del sector tecnológico es comparable con el sector de la aviación (cerca del 2% y 3% de las emisiones actuales). Sin ir más lejos, los centros de datos representan actualmente el 1% del consumo de la electricidad mundial. Por eso, ante el tsunami de datos que se avecina, Laura Díaz Anadon, profesora Climate Change Policy de la Universidad de Cambridge, sugiere activar mecanismos que eviten un incremento de las emisiones derivadas de este ámbito. Y esto, según Díaz Anadon, solo es posible si hay un análisis previo de lo que ha funcionado hasta ahora y lo que no: "para realizar la promesa de la digitalización hay que innovar en la gobernanza", señala.

Para Manuel Mateo, subdirector del departamento Unit, Cloud and Software de la Comisión Europea, ese espíritu innovador es el que ha perseguido la nueva Comisión en el todavía primer año de los cinco de legislatura. “Hemos lanzado el Green Deal y la Estrategia Digital, además de otros proyectos como el de la Estrategia para la Economía Circular”, recuerda. Además, la Unión ha activado recientemente el Fondo europeo para la Recuperación, que, dentro del presupuesto medioambiental, contempla inversiones en I+D+i en prácticamente todos los sectores, siempre que contribuyan a alcanzar los objetivos para la descarbonización. “España se está jugando su plaza en el mundo”, zanja Mateo.

Hacia una descarbonización justa y digital

En este sentido, representantes de diversos sectores como el químico o el energético resaltan la necesidad de invertir en tecnología y digitalización para garantizar que la transición ecológica sea sostenible, pero también justa. Según explica Carles Navarro, director general de Blasf España, la industria química invierte más de 2.500 millones de euros en I+D al año y contribuye al desarrollo de soluciones tecnológicas sostenibles como baterías de coches eléctricos más económicas y reciclables o tecnologías para producir hidrógeno de manera eficiente. Sin embargo, señala Navarro, la industria química es muy intensiva en energía y emisiones: “A día de hoy somos parte de los factores que favorecen el cambio climático, pero la industria está comprometida con la reducción de emisiones. Solo necesitamos un marco legislativo y una serie de inversiones que haga que haya suficiente energía limpia disponible”, sostiene.

Miguel Ángel Panduro: "No se puede digitalizar si no hay conectividad”

Por su parte, José D. Bogas, Consejero Delegado de Endesa, recuerda la importancia de hacer que caminen en paralelo el crecimiento económico y la sostenibilidad, “que debe ser una sostenibilidad socialmente justa, que no deje a nadie atrás". La coincidencia de ambas revoluciones supone además una oportunidad única: “la digitalización está contribuyendo a avanzar de una forma importante en el proceso de descarbonización y de electrificación e interacción, así como a dotar de inteligencia a la red de transporte y distribución”.

Conectividad para la digitalización

Además de inversiones, el proceso de digitalización requiere también de servicios e infraestructuras que le permitan promover una transformación total de la sociedad. Uno de ellos es la conectividad.  “No se puede digitalizar si no hay conectividad”, señala Miguel Ángel Panduro, CEO de Hispasat. Y es por eso que la conexión 5G promete ser el detonante de la revolución digital. Pero no es la única red: para Panduro este tipo de conexión debe complementarse con soluciones satelitales, que son capaces de dar una solución de conectividad de banda ancha que puede llegar a los 100 MB. Además, señala, tienen unas características –capacidad de distribución, inmediatez y resiliencia- que las convierten en un elemento clave para una salida verde y digital de la crisis. “El futuro pasa por la conectividad”, concluye.

La agricultura urbana se abre paso en las ciudades del futuro

Hay muchas maneras de imaginar las ciudades del futuro: más grandes, más pequeñas, más o menos conectadas o digitalizadas… Pero si hay algo sobre lo que no es necesario elucubrar es sobre la densidad de población que tendrán. Actualmente, el 55% de la población mundial vive en ciudades y, según Naciones Unidas, se espera que ese porcentaje aumente hasta el 68% de cara a 2050. Cómo alimentar a ese creciente número de personas es una de las grandes preocupaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que, en los últimos años, ha empezado a dirigir la atención hacia una actividad en auge: la agricultura urbana.

Para la FAO, el hecho de que los huertos urbanos hayan comenzado a ocupar un espacio cada vez más importante en las ciudades es una buena noticia, ya que benefician al medio ambiente e impulsan la economía circular. Según apuntan desde la organización, podrían llegar incluso a suministrar casi todo el consumo recomendado de verduras para los habitantes de las ciudades del futuro, convirtiéndose así en una pieza fundamental para combatir la inseguridad alimentaria y el hambre. Y aquí no acaba todo.

Los huertos urbanos reducen el efecto isla de calor de las ciudades

Un estudio elaborado por un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Arizona y Google, publicado en la revista Earth's Future, constató que los huertos urbanos –ya sean en las azoteas o los jardines verticales– no solo aumentan la cobertura vegetal, sino que reducen el “efecto de isla de calor urbano”, un fenómeno por el que las ciudades suelen ser varios grados más cálidas que las zonas rurales por el calor que queda atrapado en superficies como las carreteras. Además, según la investigación, esta forma de agricultura urbana no solo es clave para limitar el aumento de las temperaturas, sino que pueden ayudar a reducir el riesgo de inundación durante las lluvias más intensas.

Ya sea por una clara concienciación sobre los beneficios de los huertos urbanos o por el simple placer de labrar la propia tierra, lo cierto es que cada vez son más los que se aventuran a cultivar sus propios alimentos sin abandonar la ciudad. Se calcula que, desde inicios de siglo, han crecido en un 98% hasta alcanzar cerca de los 500 huertos urbanos en nuestro país. Esto se debe a que grandes urbes como Madrid, Barcelona o Sevilla han decidido apostar por estos pequeños oasis verdes y ceder (y acondicionar) solares abandonados y otros terrenos inutilizados para que los ciudadanos puedan trabajar pequeñas parcelas de tierra. A esta práctica vienen asociadas muchas otras actuaciones respetuosas con el medioambiente como, por ejemplo, la apuesta por el reciclaje de los residuos urbanos para utilizarlos como abono para la tierra (el compostaje). Además, según una investigación publicada por el Journal of Culture and Agriculture, estas áreas de cultivo combaten el deterioro urbano y contribuyen a reducir las emisiones netas de CO2 que se producen en las ciudades.

Pero la transformación de suelo público en huertos urbanos no busca solo mejorar la sostenibilidad de las ciudades, reducir la contaminación o mejorar el paisaje de la zona con más espacios verdes; sino que funcionan como una herramienta de sensibilización para proteger el medioambiente. Basta con reflexionar sobre cómo cultivar nuestros propios tomates, pepinos o calabacines para entender el valor nutritivo de los productos hortícolas, dar más valor a lo que ponemos en el plato y, por ende, evitar el desperdicio de los alimentos.

Estos espacios fomentan la integración social de grupos normalmente segregados

Además, estos cuentan con un importante componente social: los bancales comunitarios han demostrado ser una poderosa herramienta para tejer relaciones vecinales y crear redes. De hecho, según una investigación realizada por la comunidad de Melbourne, la agricultura urbana permite reducir las tensiones existentes entre las personas, fomentan la integración social de grupos normalmente segregados y favorecen el compromiso, ya que mantener un huerto, por muy pequeño que sea, requiere de dedicación y paciencia.

Y como hacer una huerta no es cuestión de un día, la FAO, dentro de su Agenda de la Alimentación Urbana, ha publicado un manual de auto-instrucción para crearla. En él se explica desde qué se necesita (como un plan de cultivo, un terreno disponible y ciertas herramientas) hasta cómo hacer la huerta más productiva y emplearla para que nuestra alimentación mejore y sea más saludable en función de la temporalidad de las frutas y verduras.

La Agenda 2030 tiene nombre de mujer

Este septiembre se cumplirán cinco años desde la firma de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la materialización de una ambiciosa agenda global que pretende conseguir un mundo más sostenible, igualitario e inclusivo antes de 2030. Queda menos de una década y todavía son muchos los compromisos que hay pendientes en materia de cambio climático y justicia social.

Con un camino largo y accidentado en el que cada vez se hace más necesario apretar el paso para lograr cumplir los tiempos acordados en París, el papel que en ello juegan las mujeres para cumplir los diecisiete puntos definidos por Naciones Unidas es fundamental. Estos son algunos de los nombres imprescindibles en cada página de la Agenda 2030.

Fin de la pobreza

Esther Duflo

Hace menos de un año se convirtió en la segunda mujer de la historia en ganar un Premio Nobel de Economía por sus aportaciones sobre la Economía del Desarrollo, un nuevo enfoque para obtener respuestas fiables sobre cuáles son las formas para combatir la pobreza en todo el mundo. Esther Duflo, junto a sus colegas Abhijit Banerjee y Michael Kremer, consiguió el prestigioso galardón tras décadas de investigación sobre los aspectos microeconómicos de los países más vulnerables. Duflo –que ya se había llevado en 2015 el Premio Princesa de Asturias en Ciencias Sociales– es, además, directora del Abdul Latif Jameel Poverty Action Lab (J-PAL) y profesora de Reducción de la Pobreza y Economía del Desarrollo en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Hambre cero

Inés Lezama

Aún queda mucho trabajo por hacer para conseguir el segundo de los ODS porque, de continuar las tendencias actuales, se calcula que en 2030 más de 840 millones de personas estarán afectadas por el hambre. Inés Lezama, responsable de Nutrición en Unicef, trabaja sobre el terreno en la República Democrática del Congo desde hace más de cuatro años –antes había estado en otras zonas de África como Mauritania o Camerún–, donde ha comprobado además los peores efectos del ébola en una población ya suficientemente vulnerable: según sus propios cálculos, el 45% de las muertes infantiles están relacionadas con la desnutrición.

Salud y bienestar

Françoise Barré-Sinoussi

Ganadora del Nobel de Medicina en el año 2008 ex aequo con Luc Montaigner y Harald zur Hausen, la bioquímica francesa Françoise Barré-Sinoussi es una de las mayores eminencias mundiales en investigación sobre el VIH-Sida. El galardón lo obtuvo precisamente por sus descubrimientos en este campo y sus contribuciones en el análisis de la transmisión del virus. Ya desde los años ochenta, Barré-Sinoussi colabora con los países en desarrollo, en los que ha dirigido redes de cooperación multidisciplinares para fomentar la prevención y el tratamiento de una enfermedad que, aunque está en retroceso en los países más ricos, continúa afectando gravemente a las zonas más vulnerables del planeta, sobre todo en África.

Educación de calidad

Muzoon Almellehan

En 2013, cuando tuvo que dejar su hogar para escapar de la guerra que devastaba Siria, su país natal, lo único que Muzoon Almellehan decidió llevar consigo fueron sus libros de texto. Antes de recalar en Newcastle, pasó tres años junto a su familia en un campo de refugiados de Jordania en el que no había electricidad ni internet y en el que los recursos escaseaban para ellos y para millones de personas en su misma situación. Cuando apenas tenía dieciocho años fue nombrada embajadora de Buena Voluntad, la más joven de Unicef y la primera refugiada en alcanzar ese cargo. Desde entonces, lleva a cabo una lucha incansable para intentar garantizar el acceso a la educación de los menores, especialmente de las niñas.

Igualdad de género

Chimamanda Ngozi

La activista y escritora nigeriana Chimamanda Ngozi es una de las voces más reconocidas de la lucha por la igualdad de género en todo el mundo, especialmente en África. Es autora de libros que han vendido millones de copias en todo el mundo, como Todos deberíamos ser feministas o Cómo educar en el feminismo, en los que intenta desmontar los estereotipos y roles de género.

Agua limpia y saneamiento

Josefina Maestu

La vida gira en torno al agua, el recurso que hace posible la vida en el planeta. Sin embargo, su acceso a él es desigual, sobre todo en las zonas más vulnerables: una de cada tres personas no tiene acceso a agua potable salubre y dos de cada cinco no disponen de una instalación básica destinada a lavarse las manos con agua y jabón. Además de formar parte del consejo asesor de la Red Española de Desarrollo Sostenible, Josefina Maestu fue directora de la Oficina de ONU-Agua durante seis años, secretaria general de la Red Mediterránea del Agua y consultora para la Comisión Europea de diferentes organizaciones del sistema de Naciones Unidas como el Banco Mundial.

Energía asequible y no contaminante

Bahijjahtu Abubakar

Al hablar de energías renovables y desarrollo, su nombre es uno de los más destacados. La ingeniera ambiental nigeriana Bahijjahtu Abubakar ha intentado llevar el sol como fuente de energía a las áreas rurales de su país. Allí ha instalado más de un millón de lámparas solares y cocinas que utilizan energía limpia para su funcionamiento y que reducen la contaminación, pero también mejoran la salud de las personas que dejan de respirar el aire sucio procedente de la leña y el carbón. Además, es la fundadora de RUWES (Rural Women Energy Security), una entidad que busca garantizar la seguridad de las mujeres rurales.

Trabajo decente y crecimiento económico

Kate Raworth

¿Y si el crecimiento de un país dejase de medirse solamente por su PIB? La economista Kate Raworth es la principal impulsora de la conocida como “economía rosquilla”, que perfila una transición hacia un modelo que tiene en cuenta o relaciona las necesidades humanas con el impacto ambiental, por ejemplo. Así, el índice lineal y finito sería sustituido por un anillo con un agujero en el centro: fuera están los excesos, la contaminación o la pérdida de biodiversidad; dentro las carencias en igualdad, energía o agua, y en el hueco de la rosquilla el punto de equilibrio que hace prosperar a las sociedades.

Industria, innovación e infraestructura

María Blasco

Según Naciones Unidas, solo el 30% de los profesionales que se dedican a las ciencias en el mundo son mujeres y solo uno de cada cinco países ha alcanzado la paridad en este área. En España, uno de los mayores referentes es María Blasco, directora desde hace más de una década del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) y una de las mayores defensoras de la ciencia como una materia colaborativa y transparente que contribuye al desarrollo sostenible del planeta y mejora la vida de sus habitantes.

Reducción de las desigualdades

Anna Ferrer

Anna Ferrer, periodista de formación y cooperante de vocación, preside actualmente la Fundación Vicente Ferrer, que continúa la labor del que fuera su marido en la India. Allí, la entidad centra su labor en sacar de la pobreza al mayor número posible de personas mediante el desarrollo sostenible e inclusivo.

Ciudades y comunidades sostenibles

Saskia Sassen

En 2030, el 60% de la población del mundo vivirá en ciudades. La socióloga holandesa Saskia Sassen fue una pionera investigadora en la materia y la creadora del término “ciudad global”, que acuñó en el año 1991. Sassen, que investiga desde los algoritmos matemáticos al papel de la vivienda social o la ética urbana, defiende que los bancos o las grandes corporaciones tienen un papel fundamental en la construcción de la ciudad global.

Producción y consumo responsables

Brenda Chávez

El progreso económico y social conseguido durante los últimos cien años va ligado a una degradación medioambiental que pone en riesgo nuestra supervivencia en el planeta. Luchar contra el despilfarro alimentario y energético es un primer paso para reducir nuestra huella ecológica y, en ese cambio, la divulgación juega un papel fundamental. La periodista especializada en sostenibilidad y consumo consciente Brenda Chávez lleva años participando en debates y escribiendo en medios generalistas sobre el tema. Además es la autora de Tu consumo puede cambiar el mundo y Al borde de un ataque de compras, en los que aborda cómo transformar nuestra manera de adquirir productos y cambiar el sistema desde la cesta de la compra.

Acción por el clima

Greta Thunberg

Es una de las caras más reconocibles de la lucha climática. En octubre de 2018, Greta Thunberg comenzó una huelga estudiantil que pronto secundaron millones de adolescentes de todo el mundo que se negaban a ir a clase los viernes hasta que los políticos pusieran de verdad en marcha medidas para proteger el planeta. Desde entonces, la líder del movimiento #FridaysForFuture se ha convertido en un referente dentro del ecologismo con sus carismáticos discursos en defensa del medio ambiente que no ha dudado en pronunciar delante de los más poderosos e influyentes líderes de todo el mundo.

Vida submarina

Sylvia Earle

Los océanos cubren las tres cuartas partes de la superficie terrestre y contienen el 97% del agua del planeta. Sin embargo, la contaminación y la actividad humana llevan décadas poniéndolos en peligro. La bióloga marina Sylvia Earle obtuvo el Premio Princesa de Asturias de la Concordia en 2018 por su labor de investigación de los océanos, a los que ha dedicado toda su vida, elaborando documentales para National Geographic o estudiando los vertidos de petróleo en las últimas décadas. Además, fue nombrada por la revista Time como el primer Héroe del planeta en el año 1998.

Vida de ecosistemas terrestres

Sandra Myrna Díaz

La pérdida de biodiversidad, la desertificación o el impacto de la agricultura en los ecosistemas son cuestiones determinantes en la supervivencia de la especie humana en las próximas décadas. La bióloga argentina Sandra Myrna Díaz ganó el año pasado el Premio Princesa de Asturias a la Investigación -compartido con la estadounidense Joanne Chory- por sus aportaciones en el área de la ecología vegetal y la biodiversidad, también por la incidencia del cambio climático en ellas. Además, forma parte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas.

Paz, justicia e instituciones sólidas

Shirin Ebadi

Entre las metas del penúltimo de los ODS se encuentran el reducir significativamente todas las formas de violencia y garantizar la igualdad de acceso a la justicia para todos. La abogada y activista por el cumplimiento de los derechos humanos Shirin Ebadi es una de las principales voces defensoras de la democracia en Oriente Medio. Ebadi Fue la primera iraní y la primera mujer musulmana en recibir el Premio Nobel de la Paz en el año 2003 en reconocimiento a su labor en la defensa de los derechos humanos, especialmente en lo referido a mujeres y niños.

Alianzas para lograr los objetivos

Ursula von der Leyen

Fortalecer la movilización de recursos internos, incluso mediante la prestación de apoyo internacional a los países en desarrollo es uno de los principales retos para lograr que todos los países cumplan con los ODS. La nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen ha hecho de ello uno de los buques insignia de las políticas de su programa para la Europa de los próximos años, en las que promete cooperación entre países y alianzas en todas las materias para lograr un desarrollo más sostenible.

#Coronavirus: el 'plan dónut' de Ámsterdam para relanzar su economía

“La humanidad debe vivir dentro de un donut”. Aunque esta afirmación pueda parecer descabellada, es la idea sobre la que se vertebra el plan de la economista británica Kate Raworth, académica del Instituto de Cambio Ambiental de la Universidad de Oxford, para reconvertir el actual sistema económico en uno más sostenible. Conocido también como “modelo dónut”, la experta propone una guía para que países, ciudades y ciudadanos prosperen en equilibrio con el planeta.

Raworth dio a conocer su plan en 2017 a través del libro Doughnut Economics Seven Ways to Think Like a 21st-Century Economist. Sin embargo, ha sido ahora, frente al escenario de reconstrucción económica que nos deja la crisis sanitaria del coronavirus, cuando esta revolucionaria manera de analizar el sistema económico ha cogido fuerza. De hecho, a inicios de abril, la ciudad de Ámsterdam anunció que adoptaría el modelo dónut para relanzar su economía tras la pandemia y lograr su objetivo de ser 100 % circular de cara a 2050.

La capital holandesa espera ser 100 % circular en 2050

Según se expone en el libro, la premisa es sencilla: el objetivo de la actividad económica debe ser satisfacer las necesidades básicas de todos, pero sin agotar los recursos del planeta. De ahí que la imagen del dónut sea perfecta para entender esta pauta. En el anillo interior se encuentran las necesidades básicas para que podamos llevar una buena vida: salud, alimentos, energía, agua potable, vivienda, educación y el resto de los valores mínimos recogidos en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, como igualdad de género, equidad social o paz y justicia. El anillo exterior representa el techo ecológico y todos aquellos puntos que la comunidad científica ha identificado como una amenaza. Desde la destrucción de la capa de ozono y el calentamiento global hasta la acidificación de los océanos. Entre ambos anillos está la masa del dónut, lo mejor: el lugar donde se satisfacen tanto las necesidades de la sociedad y al mismo tiempo se protege al planeta.

"El dónut no nos brinda las respuestas, sino una forma distinta de ver nuestro modelo de crecimiento, para que no sigamos en las mismas estructuras de siempre", explicaba Raworth a The Guardian. Sin embargo, añadía la experta, es posible traducir este modelo en políticas concretas siempre que primero se recopile información de los sectores productivos del lugar y se haga un retrato en el que se analicen las necesidades de los ciudadanos para prosperar y también el impacto ecológico ligado al desarrollo.

La economista exponía un caso concreto de cómo llevar a la práctica su modelo en una ciudad como Ámsterdam donde hay un problema de escasez de vivienda. Actualmente, según se recoge en el informe realizado por el Doughnut Ecomomics Lab, el 20 % de los habitantes de la capital holandesa no son capaces de cubrir sus necesidades básicas después de pagar el alquiler. Si bien una de las soluciones sería construir más edificios, hacerlo siguiendo los estándares actuales implicaría un incremento drástico de las emisiones de CO2 en la ciudad –que ya han aumentado un 31 % respecto a los niveles de 1990–. El análisis va más allá: del total de esas emisiones locales, el 62 % procede de la importación de materiales de construcción, alimentos y otros productos. Así, reducir las emisiones asociadas al transporte internacional de estas actividades ayudaría a solucionar el problema de la vivienda.

El plan de Raworth es una guía para que los países prosperen en equilibrio con el planeta

Con este análisis, la vicealcaldesa de Ámsterdam, Marieke van Doorninck, anunció que tras superar la pandemia se pondrían en marcha medidas orientadas a fomentar productos que duren más tiempo, que se puedan reutilizar y reparar con facilidad. Además, según se detalla en la Estrategia de Amsterdam Circular 2020-2025, en los próximos años se impulsará el uso de materiales sostenibles en las empresas de construcción y se llegará incluso a reforzar los requisitos de sostenibilidad en las licitaciones, exigiendo a los edificios un “pasaporte de materiales” que identifique los materiales que son reutilizables.

Esta dinámica se imitará en otros sectores como el de la alimentación. Se calcula que, solo en la ciudad, anualmente se tiran a la basura 41 kilos de comida por persona. Según el plan de Van Doornicnck, el excedente de alimentos de hoteles y restaurantes irá destinado a los más vulnerables.  Una acción que, según las primeras estimaciones, permitirá la reducción del 50 % del desperdicio de alimentos de cara a 2030.

La ciudad de Ámsterdam ha sido de las primeras en diseñar una hoja de ruta para reconstruir la economía tras la pandemia. Sin embargo, ya son muchos los expertos que consideran que esta trágica crisis sanitaria es una oportunidad para transformar nuestro modelo de desarrollo en uno más sostenible con el planeta y sus habitantes que satisfaga las necesidades de hoy y no comprometa las de mañana.

Un viaje virtual a la naturaleza: ocho propuestas cinematográficas

Imagen de la película Honeyland

Pese a que la situación por la que actualmente atravesamos no es la que ninguno habría deseado, cada día estamos más cerca de retomar la normalidad, nuestra cotidianeidad. Por el momento, estamos afrontando el confinamiento con cierto estoicismo, pero también hay que reconocer que abstraerse de la realidad en la que vivimos a veces se hace a veces cuesta arriba. Hoy iniciamos un largo puente en el que muchos recordamos viajes entrañables y experiencias divertidas. Y, como este año no puede ser, proponemos un viaje, al menos virtual, por muchos de esos parajes de una naturaleza que hoy se antoja lejana pero que sigue ahí, pendiente de que la descubramos, de que la protejamos.

A continuación se detallan algunas propuestas culturales y de ocio para pasar estos días recordando la dimensión que la naturaleza tiene en nuestras vidas y lo importante que es saber transmitirlo a las generaciones más jóvenes.

Una verdad incómoda (2006), Davis Guggenheim

Probablemente el primer gran documental que puso en el centro del debate mundial el problema del cambio climático. La idea de hacer un documental surgió en 2004, tras una charla sobre el clima de Al Gore, el que fuera vicepresidente de los Estados Unidos bajo el mandato de Bill Clinton. La cinta, que obtuvo dos premios Óscar, se ha convertido en un imprescindible en escuelas y universidades de todo el mundo.

Wall-E (2008), Andrew Stanton

Una joya más de Pixar que reflexiona sobre el consumismo desmesurado del ser humano. Situada en el año 2800, en un planeta Tierra devastado y sin vida humana en el que un pequeño robot (Wall-E) sigue haciendo el trabajo para el que fue creado años atrás: limpiar toda la basura del planeta. La cinta hace reflexionar sobre si nuestro estilo de vida es realmente sostenible y compatible con la naturaleza.

Avatar (2009), James Cameron

Una película que en su momento rompió todas las listas de cintas más taquillera de la historia y que nos presentaba Pandora, un planeta alternativo al que el ser humano viajaba en busca de un mineral que ayudase a acabar con los problemas energéticos en la Tierra. Cuando la ciencia ficción se acerca tanto a la realidad quiere decir que algo estamos haciendo mal, ya que en 2009 planteaba problemas todavía muy presentes en 2020.

Interstellar (2014), Christopher Nolan

Uno de los mejores directores de la actualidad, Christopher Nolan, nos muestra un futuro que tampoco parece muy descabellado: todos los recursos se están agotando y nuestro planeta tiene las horas contadas. La única solución es salir al espacio exterior para buscar otro lugar en el que poder habitar y salvar así la raza humana. Sin llegar a situaciones tan extremas, la explotación desmedida de los recursos en la actualidad puede tener consecuencias devastadoras en el futuro.

El olivo (2016), Icíar Bollaín

Película española que narra la historia de un árbol, un olivo centenario, que es vendido en contra de la voluntad de su dueño a una empresa para plantarlo en un edificio en Europa. La cinta de Icíar Bollaín defiende la importancia del patrimonio natural y pone de manifiesto la importancia que puede llegar a tener la naturaleza en nuestras vidas.

Capitán fantástico (2016), Matt Ross

Narra las aventuras de una familia grande, con seis hijos, que viven en las afueras de Oregón, en Estados Unidos, huyendo de la civilización y renunciando a la tecnología. Esta obra protagonizada por Viggo Mortensen, puede ser considerada una utopía pero nos recuerda que es posible vivir más en contacto con la naturaleza en nuestro día a día.

Nuestro planeta (2019), Alastair Fothergill

Es uno de los documentales más exitosos de Netflix, y eso quiere decir algo. Una producción que se rodó en más de 50 países y que hace una defensa a ultranza de la lucha contra el cambio climático. Visualmente brillante, avisa de que dentro de 20 años “el colapso de la Tierra será inevitable”, y para hacernos reflexionar, que mejor que ver a todas las víctimas de esta catástrofe ambiental que estamos provocando.

Honeyland (2019), Ljubomir Stefanov y Tamara Kotevska

La gran triunfadora de la última edición del famoso festival cinematográfico de Sundance es una cinta documental que sigue la vida de una criadora de colonias de abejas que vive en soledad en un remoto pueblo balcánico de Macedonia del Norte. El orden natural de la zona se ve amenazado cuando una familia se instala en el pueblo e intenta dedicarse también a la cría de abejas. Es una bella alegoría sobre el impacto que el ser humano tiene en la naturaleza y lo frágil que es el equilibrio entre ambos.

#Coronavirus: la pandemia perpetúa (y acentúa) las desigualdades sociales

A inicios de marzo, el Gobierno decretaba el cierre de los centros educativos primero del País Vasco, La Rioja y la Comunidad de Madrid y luego del resto del territorio español para frenar el contagio por coronavirus. Esta drástica medida obligó a millones de niños y jóvenes a seguir con el curso académico desde casa, confirmando la existencia de una brecha digital que podría agrandar la brecha educativa entre las familias con más recursos y las que menos tienen. Sin embargo, esta visible grieta no se limita a los pupitres: la crisis del coronavirus ha profundizado las desigualdades sociales en todos los sentidos.

¿Cuántas personas tienen los recursos para trabajar desde casa? ¿Qué sectores no pueden permitirse mantener a sus empleados en remoto? ¿Qué ocurre con aquellos estudiantes que dependen de las becas comedor? ¿Cuántos no podrán volver a sus puestos de trabajo cuando pase la pandemia? O, sencillamente, ¿qué pasa con quienes no tienen una casa en la que quedarse? Aunque todavía es pronto para medir los efectos del coronavirus, y pese a que el Gobierno ya ha puesto en marcha un paquete de medidas sociales y económicas para paliar sus consecuencias, estas preguntas ponen sobre la mesa una cruda realidad: los colectivos más vulnerables no son solo aquellos que están más expuestos al contagio, sino que, con toda probabilidad, serán los que se vean más duramente golpeados las consecuencias sociales y económicas que trae consigo la declaración del estado de alarma.

Para Manuel Franco, profesor de Epidemiología de la Universidad de Alcalá en Madrid e investigador del proyecto europeo Heart Healthy Hoods, la primera desigualdad visible es en el ámbito de la salud. “Las desigualdades sociales crean y perpetúan las desigualdades en salud. Esas inequidades sociales no son otra cosa que los procesos y fenómenos que ocurren en nuestras sociedades, países, ciudades, distritos, barrios y edificios, y que se relacionan directamente con la salud y las enfermedades que tenemos”.

Los grupos vulnerables, más expuestos al coronavirus

“Quedarse en casa”, “Mantenerse a un metro de distancia” y “Lavarse las manos con agua y jabón” son las principales indicaciones de las autoridades para frenar el contagio y protegerse del coronavirus. Sin embargo, en España se calcula que entre 30.000 (según los últimos datos del INE) y 40.000 personas (según datos Cáritas y la organización FEANTSA) no tienen un hogar y, por tanto, carecen de recursos para mantener las recomendaciones de confinamiento, higiene y distanciamiento social. Además, según recuerdan organizaciones como la Fundación Arrels, muchas de ellas padecen patologías crónicas previas, agravadas por las condiciones en las que viven habitualmente. Son, en definitiva, población de riesgo. Esto, unido a que muchas de las entidades sociales se han visto obligadas a interrumpir sus servicios, convierten a este colectivo, ya de por sí uno de los vulnerables, en uno de los más expuestos al coronavirus.

A grandes rasgos, “los determinantes sociales de salud están íntimamente relacionados con trabajos y nivel educativo, con nuestro género, edad y el lugar donde vivimos”, recuerda Manuel Franco. En muchos casos, las personas que trabajan en sectores más precarizados o que tienen ingresos más bajos son las que menor acceso tienen a la opción del teletrabajo. Es el caso de los obreros, los trabajadores del hogar o aquellos que asisten a personas mayores, que suelen desplazarse en transporte público (donde hay una mayor probabilidad de contagio) hasta sus puestos de trabajo. Porque, recuerdan expertos como Franco, dejar de trabajar y cumplir con el confinamiento supone renunciar a su única fuente de ingresos. Esta situación dificulta a su vez el cuidado de los niños y niñas: ante la imposibilidad de dejar a los hijos al cuidado de otros, muchos padres se ven obligados a elegir entre su trabajo o su familia.

Las personas sin hogar carecen de recursos para mantener las recomendaciones de protección contra el coronavirus

Los expertos apuntan a que en el mercado laboral son ese tipo de trabajos los que más se van a resentir. Según los primeros cálculos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), son además los que corren más riesgo de desaparecer. Las expectativas no son halagüeñas: la organización calcula que aumentará el desempleo y el subempleo a nivel mundial y que, en el peor de los casos, se podrían destruir cerca de 25 millones de puestos de trabajos. En España, por el momento, el grueso de las empresas gravemente afectadas por la crisis del coronavirus ha adoptado a la fuerza expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE) que afectan ya a cientos de miles de ciudadanos.

Con todo, las brechas sociales que existían previamente se han acentuado ante una situación de emergencia sin precedentes. Y aunque no podemos conocer el futuro, la pandemia podría exacerbar aún más esas desigualdades. Pero la puerta queda abierta a la esperanza. A falta de una mirada retrospectiva que permita analizar su efectividad, la Administración central ha adoptado un paquete de medidas económicas orientado a proteger a los más vulnerables. Entre estas se incluyen la moratoria en el pago de hipotecas, la prohibición de cortar el agua, la luz o el gas a colectivos vulnerables o garantizar la prestación por desempleo a los afectados por los ERTES.

Asimismo, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, explicaba en una entrevista en el diario El País hace unos días, que se habían relajado las normas de ayudas públicas de los Estados y que aportaría una fuerte inyección económica a aquellos países más golpeados por la crisis sanitaria. Y añadía: “Ningún país de la Unión Europea puede superar esta crisis por sí solo, pero juntos desarrollaremos la fortaleza no solo para luchar contra el virus, sino también para recuperar el vigor de nuestra economía”. Un vigor que se verá también reflejado en nuestra capacidad de reducir unas diferencias sociales hoy más visibles que nunca.