Autor: Raquel C. Pico

Cómo hacer una compra sostenible (y asequible)

La escalada de la inflación ha hecho que más consumidores se preocupen por sus cestas de la compra. Aun así, no solo los precios están marcando qué se mete o no en el carrito semanal, porque la necesidad —y el deseo— de ser más sostenibles empuja también a cambiar hábitos y decisiones de consumo.

Preguntarse cómo hacer una compra sostenible y asequible es el primer paso para modificar las cosas. Después, llega el momento de actuar y ciertos consejos ayudan a conseguirlo de la mejor manera posible.

De entrada, es recomendable optar por la compra a granel. Como explica un análisis de la OCU, «comprar a granel es una buena manera de hacer una compra más sostenible: reducirás envases, podrás elegir las piezas y llevar solo la cantidad justa que desees». El consumidor puede ajustarse al producto que necesita por ejemplo, no más harina que se estropea por no haberla consumido antes de su fecha de caducidad o cereales rancios por llevar la bolsa abierta demasiado tiempo y escoger de forma más efectiva. Al mismo tiempo, ser más selectivos con la cantidad de producto comprado ayuda desde el punto de vista económico, porque se reduce el despilfarro alimentario y se paga simplemente por lo que se quiere.

La compra a granel ayuda a no llevarse más producto del que se necesita, pero también a eliminar plásticos de un solo uso

Además, también ayuda a reducir el uso de plásticos, puesto que estos productos no vienen envasados de serie. En líneas generales, usar menos plásticos de un único uso es uno de los objetivos clave para reducir la huella ambiental de las compras.

Hacerlo en la compra semanal no siempre es sencillo, como demostró el diario de una periodista de El País, que lo intentó a modo de experimento, pero sí es factible aplicarlo a ciertos niveles. Por ejemplo, es cada vez más habitual que tanto fruterías como supermercados ofrezcan bolsas de papel para pesar el género o que permitan que sean reutilizables. Y, aunque aún no sea lo habitual, en las demás secciones de frescos aceptarán que se traigan los envases de casa: algunas cadenas de hipermercados han llegado a lanzar acciones potenciando la idea.

Productos de proximidad

Además del cómo y el cuánto, también es importante fijarse en el dónde y el cuándo a la hora de hacer la compra. Así, apostar por productos de temporada aumenta la probabilidad de que la huella de carbono de lo comprado sea menor, puesto que todo aquello que no lo es suele haber hecho un largo viaje o consumir muchos recursos en invernaderos especiales para llegar al punto de venta. El Ministerio de Agricultura ha publicado diferentes calendarios de frutas y hortalizas de temporada que ayudan a saber qué está o no en su momento.

Para ser sostenible hay que fijarse en el dónde y el cuándo: los productos de cercanía y de temporada son mucho más responsables

El origen de los productos también importa, porque la cercanía entre el punto de producción y el de venta ayuda a reducir el impacto en el entorno. Por ello, es muy importante leer de forma crítica las etiquetas de los alimentos. Por ejemplo, como explica en una entrevista el investigador Gumersindo Feijoo, del Instituto CRETUS, si se compra en España un kiwi con la etiqueta de «ecológico», pero que viene de Nueva Zelanda, será mucho menos respetuoso con el medioambiente que uno que se ha cultivado en Galicia, por mucho que no tenga esa atribución en sus características.

El consumo de proximidad ayuda, al mismo tiempo, a reducir la factura de la compra. Solo hay que pensar cuánto cuesta la llamada «piña avión» que se deja madurar hasta el último momento en el árbol y se transporta en avión hasta Europa para entender cuánto puede encarecer la compra la importación.

Sellos de garantía

La sostenibilidad no implica únicamente reducir el impacto de la producción en el medioambiente, sino también garantizar que todo se haya creado de la forma más respetuosa posible para las personas. No en vano, el punto 8 de los ODS de Naciones Unidas reclama «promover el crecimiento económico inclusivo y sostenible, el empleo y el trabajo decente para todos».

Los sellos y distintivos de sostenibilidad ayudan a los consumidores a separar el grano de la paja en sus compras. El más popular es el sello de Comercio Justo Fairtrade, otorgado por la World Fair Trade Organization y que promete garantizar, tanto que los alimentos vienen de un cultivo sostenible, como que son justos con sus productores.

Pero más allá de esta certificación global, existen otras más que ofrecen ciertas seguridades. Por ejemplo, si se quiere consumir de cercanía, es interesante descubrir qué sellos utilizan los productores de la propia comunidad autónoma para buscarlos en el punto de venta. Algunas industrias también cuentan con garantías específicas: la industria láctea que protagonizó encarnizadas protestas hace un par de años por los bajos precios de la lechetiene ahora Productos Lácteos Sostenibles, que asegura que se ha pagado a los ganaderos un precio justo por la materia prima.

Decisiones alimentarias propias

Finalmente, para hacer la lista de la compra más sostenible y también más asequible hay que tomar decisiones en cuanto a la dieta. Reducir el consumo de carne no solo es más saludable, sino que además ayuda a reducir las emisiones de carbono de la industria de la alimentación. El 25 % de todas las emisiones anuales de gases de efecto invernadero viene de este sector: algo más de la mitad arranca en la creación de productos animales. Y no hay que pasarse a una dieta vegetariana o vegana para lograr mejorar el impacto, con bajar la carga semanal de productos cárnicos ya se avanza.

Huertos escolares para una educación integral

Aunque las iniciativas pioneras se remontan a la España de los años 30 o la Europa de finales del XIX, el gran momento de los huertos escolares está siendo este principio del siglo XXI. Su presencia es cada vez más habitual en los colegios: ya son miles en los centros españoles. Los beneficios educativos que aportan son clave para entender por qué las escuelas se lanzan al cultivo.

Algo ha cambiado en los centros educativos en los últimos años: cada vez es menos difícil encontrarse en alguna esquina con tomateras o lechugas florecientes. Niños y niñas conocen de primera mano cómo nacen y crecen los alimentos gracias a los huertos escolares, los cuales se han convertido en una pieza emergente en su currículo educativo. 

Aunque la propuesta pueda parecer moderna, lo cierto es que de forma experimental ya se trabajó la idea de integrar el cultivo en el colegio en décadas y hasta siglos anteriores. En España, algunas escuelas ya contaban con huertos durante los años de la II República y, en Europa, se registraron experiencias en las últimas décadas del siglo XIX. 

Aun así, el gran boom de los huertos escolares ha llegado durante estas primeras décadas del siglo XXI, cuando se ha popularizado mucho más allá de unas cuantas apuestas experimentales. La recuperación de espacios para el cultivo o la reconversión de los patios de recreo han ido progresivamente llenando las escuelas de pequeños huertos en los que los propios estudiantes trabajan la tierra y ven progresar sus frutos. 

Un estudio de 2018 calcula que en España ya hay unos 4000 huertos escolares

Los cálculos de las especialistas Andrea Estrella Torres y Laura Jiménez Bailón permiten estimar cuántos huertos escolares existen en España. Estrella y Jiménez apuntan unos 4000 huertos, más de los alrededor de 1000 que indicaba el otro intento previo —de 2004— de extraer una cantidad. Sus cuentas no son recientes, sino de 2018, por lo que es esperable que el número real actual supere esa cifra. Saberlo de forma precisa no es sencillo, puesto que no existe un censo de estos espacios (aunque sí hay una iniciativa colaborativa de mapeado en marcha). 

Los beneficios de los huertos escolares 

Las razones por las que los colegios están optando cada vez más por implementar este tipo de iniciativa son múltiples. De entrada, los huertos escolares funcionan porque sirven para enfocar la educación de una manera integral. En ellos, niños y niñas no solo acceden a conocimientos prácticos sobre la tierra, sino que ganan en habilidades sociales —ayudan, por ejemplo, a aprender a relacionarse o facilitan la integración social— o en comprensión de los ciclos de los productos.

De hecho, al descubrimiento del camino que recorren los alimentos de la tierra a la mesa, se suman cuestiones como la familiarización con los criterios de la economía circular. Por ejemplo, cuando Zaragoza puso en marcha hace unos meses un piloto de compostaje escolar para el abono de los propios huertos de los colegios participantes, su consejera de Medio Ambiente, Patricia Cavero, explicaba que querían implicar a toda la comunidad escolar para familiarizarse «con la separación de los residuos orgánicos, su aprovechamiento y los beneficios de la economía circular». Así, esos campos de cultivo en el patio enseñan a ser más respetuosos con el medio ambiente y a interiorizar comportamientos más sostenibles para demostrar que los desechos pueden servir para mucho más que acabar en un vertedero. 

Además de dar conocimientos prácticos sobre la tierra, mejoran áreas tan variadas como las habilidades sociales o las prácticas sostenibles

Asimismo, el potencial educativo no se limita a las áreas que a primera vista parecen más obvias, como las naturales. La aproximación al huerto escolar se puede hacer desde prácticamente todas las asignaturas, usándolo tanto para mejorar las matemáticas como para integrarlo en las prácticas plásticas. El límite está en la imaginación del profesorado.

Igualmente, se considera que estas experiencias tienen un efecto muy positivo en la asimilación de conceptos vinculados a una dieta más sana, variada y respetuosa con el entorno, puesto que permiten conocer alimentos y familiarizarse con los vegetales. Una berenjena puede parecer menos atractiva cuando un escolar la ve en un supermercado que cuando ha crecido gracias a su tiempo y esfuerzo.

Además, tampoco se debe olvidar la ventaja que supone, en general, convertir los patios de colegio en más verdes: una mejora de la salud mental y física o la transmisión de valores más igualitarios y cooperativos.

Finalmente, la última reforma educativa, la LOMLOE, ha incorporado al currículo escolar la educación ambiental, por lo que este tipo de iniciativas se convertirán en todavía más cruciales. Servirán, así, para poder transmitir a los escolares lo que el plano de estudios apuntala. 

Patios de colegio más verdes (e inclusivos)

Septiembre es el mes de la llamada «vuelta al cole», el período en el que se retorna a la actividad educativa. Los escolares vuelven a pisar las aulas, nuevamente se sacan los libros y las lecciones y una vez más se recupera la rutina. En cierto modo, se trata de un ciclo, uno al que se vuelve año tras año. Pero, a pesar de ello, las escuelas tienen un amplio margen de maniobra para aplicar cambios e ir mucho más allá de lo rutinario. Los patios de colegio son uno de los escenarios abiertos a ello.

Los patios escolares deben ser más verdes y resilientes contra los retos del cambio climático, pero también necesitan evolucionar para convertirse en más inclusivos. El gran reto no está únicamente en cambiar el asfalto y el hormigón por árboles, jardines o huertas escolares, sino también en lograr que trasciendan los estereotipos de género o que permitan que todo el alumnado —sean cuales sean sus necesidades— pueda disfrutarlos. 

Renaturalizar los patios escolares impacta en la salud mental y física de niños y niñas

Por un lado, el hacer «más verdes» los patios escolares permite mejorar su eficacia en términos de temperatura. Las olas de calor de este último verano han demostrado que se necesita crear refugios térmicos que ayuden a rebajar grados y que ofrezcan un respiro a la ciudadanía. Para la población escolar, que pasa un importante número de horas al día en la escuela, resulta crucial poder acceder a zonas verdes dentro del propio colegio. 

Igualmente, esta transformación funciona a otros niveles, ya que impacta de forma positiva tanto en la salud mental como en la física de los estudiantes. Estos nuevos espacios incentivan la actividad física, pero también crean nuevas oportunidades educativas o ayudan a niños y niñas a mantenerse en contacto con la naturaleza. «Con la renaturalización de los patios se pretende transformar el patio de la escuela en un jardín, en un parque. En un espacio rico en texturas, sombras, y lugares para estar, hablar, jugar, soñar…», asegura a El País Mamen Artero Borruel, miembro del colectivo de arquitectos El Globus Vermell.

Cambiar el uso que se le da —en vez de dejar que estén dominados, como ha ocurrido tradicionalmente, por la práctica de deportes mayoritarios— también impacta en la percepción de los espacios y de sus usos. Al fin y al cabo, como recuerdan las fuentes expertas, los patios escolares son una pieza más para la educación.

Cambiar su diseño, buscar su neutralidad neutros desde el punto de vista de género o implementar normativas sobre tiempos de uso o rotación de intereses permiten asentar «la cooperación y no la competitividad». Como explican desde las escuelas en las que ya se han aplicado cambios, «todo el mundo gana», incluidos quienes juegan «al fútbol», porque tienen acceso a un mayor abanico de actividades y porque comprenden la propia diversidad de la sociedad.

Rediseñar los espacios o cambiar sus usos fomenta «la cooperación y no la competitividad»

Una revolución en la hora del recreo 

El valor tanto educativo como de mejora de la calidad de vida que suponen estos nuevos patios de escuela ha llevado a que en los últimos años más y más colegios experimenten con este nuevo formato. Casi se podría decir que se está produciendo una revolución en la hora del recreo, asumiendo que no es necesario mantener lo que se ha tenido durante décadas si se puede lograr un resultado mejor. 

Los ejemplos se encuentran a lo largo de toda la geografía española. Así, Castilla y León anunció en 2021 sus planes para invertir 4 millones de euros en los dos años siguientes para mejorarlos y hacerlos más eficientes contra el cambio climático. Por poner otra muestra de cambio, la Red de Patios Inclusivos y Sostenibles arrancó en 2016 con actuaciones en dos centros públicos madrileños, pero de su trabajo ha nacido una metodología que sirve como guía para cambiarlos y que permite, además, acercar estos espacios a los Objetivos de Desarrollo Sostenible. 

En todo este proceso de cambio, la comunidad educativa ha resultado fundamental, pero también lo han sido padres y madres, profesionales del diseño —desde arquitectura a paisajismo— y los propios niños y niñas, que fueron los primeros en identificar qué está mal en las zonas en las que juegan.

Cinco ecoyoutubers para seguir este verano

La presencia de YouTube en el día a día es cada vez más elevada. El 35% de los usuarios españoles de redes sociales accede a YouTube varias veces al día y un 32% lo hace al menos una vez, según datos de Statista. En ver sus contenidos se pasan desde minutos hasta horas: la media está en 1 hora y 10 minutos al día por persona, como calcula otro estudio elaborado por IAB Spain y Elogia.

Todo ese tiempo da para acceder a una amplia variedad de temas. La plataforma de vídeos se usa como espacio para el entrenamiento, pero también como vía para descubrir tendencias, acceder a información y formarse. De hecho, para las generaciones más jóvenes, que dedican cada vez menos tiempo a los medios tradicionales y más a la red, canales como YouTube son su principal fuente informativa. Lo que se ve allí es lo que pasa.

El papel que pueden ocupar los youtubers como divulgadores en temas de sostenibilidad y medio ambiente es, potencialmente, enorme. Los ecoyoutubers llegan a una audiencia muy amplia y lo hacen con mensajes llamativos y convincentes. Te proponemos a algunos de ellos para seguirlos este verano.

 

Lethal Crysis. «La esencia está en el lugar, pero las personas lo hacen mágico», promete en la descripción de su canal de YouTube. Rubén Diez Viñuela es, en YouTube, Lethal Crysis, un viajero que recorre el mundo denunciando los problemas que destrozan ecosistemas y ponen en peligro el planeta ante sus casi 4,5 millones de seguidores. «En mis viajes grabo situaciones y hechos objetivos tal y como yo los percibo. Y luego doy mi opinión. Es la manera de dejar un poquito de mí», le explicaba en una entrevista a la revista Esquire.

 

 

Climabar. Puede que sus cifras de seguidores no estén en los millones, pero Climabar intenta explicar «la emergencia climática para la generación del meme». Carmen Huidobro y Belén Hinojar abordan temas claves vinculados con la sostenibilidad – desde el greenwashing a los vínculos entre masculinidad tóxica y comportamientos poco respetuosos – con un lenguaje cercano y divertido. Es hablar de temas importantes, pero como se haría en un bar «para que llegue a los que hay que convencer de verdad», asegura Huidobro.

 

 

The Girl Gone Green. Manuela Barón habla en su canal sobre sostenibilidad partiendo de sus propias experiencias personales: ella misma ha decidido vivir generando desechos mínimos y «plant based».  La decisión la tomó en 2015, tras descubrir mientras viajaba la situación en la que se encontraba el planeta. En sus vídeos - en inglés – enseña desde cómo cambiar un vehículo a combustible por una bicicleta eléctrica o qué ocurre cuando se pasa un año sin comprar cosas.

 

 

Mixi. Mixi Pacheco da una vuelta de tuerca verde a los populares canales de YouTube de trucos de belleza, higiene y cosmética. Propone un «estilo de vida ecológico, vegano y saludable» a sus más de 300.000 seguidores, a los que intenta enseñar cómo vivir sin generar residuos y siendo más respetuosos con el entorno sin renunciar a ninguna de las comodidades de la vida moderna. Desde el suavizante de la ropa hasta el sérum para mejorar el estado del cabello, todo –o al menos eso demuestra esta creadora– se puede hacer en casa con mínimo impacto.

 

 

Fray Sulfato. Óliver del Nozal es en YouTube Fray Sulfato, un educador ambiental que divulga en la popular red de vídeos cómo funciona el planeta. Al fin y al cabo, Fray Sulfato quiere ser «tu biólogo de cabecera». Así, sus vídeos abordan temas de lo más variado, desde cómo afecta el calor a las placas solares a cómo puede ser el montañismo inclusivo o cómo reciclar bien. Vídeo a vídeo ayuda a comprender la importancia del medio ambiente y su valor.

Los microplásticos llegan a la Antártida

La Antártida ha sido el continente que ha permanecido ajeno al cambio causado por los humanos. Su posición lejana y, sobre todo, sus duras condiciones atmosféricas han hecho que, por muchos exploradores que hayan intentado posicionar a sus países en la zona, haya permanecido como un espacio al margen, un lugar protegido de los golpes de la modernidad y en el que la naturaleza tenía el dominio absoluto. Así era hasta ahora, porque la Antártida, a pesar de todo, no ha logrado quedarse virgen al cambio climático, la contaminación y los aspectos más negativos del progreso humano.

De hecho, un reciente estudio ha concluido que, aunque la actividad humana en el continente es limitada – y vinculada al personal de las expediciones científicas –, las micropartículas de plástico han logrado encontrar su camino hasta la zona. El descubrimiento ha sido realizado por la doctoranda Alex Aves, de la Universidad de Canterbury en Nueva Zelanda, tras una recolección de muestras de nieve en 2019 en varias ubicaciones de la Plataforma de Hielo de Ross. Tras someterlas a análisis, se encontró estos materiales en todas y cada una de ellas. «Es increíblemente triste, pero encontrar microplásticos en la nieve fresca de la Antártida resalta el alcance de estos contaminantes», afirma la investigadora tras la publicación de los resultados.

Entre los 13 tipos de microplásticos encontrados se encuentra el tereftalato de polietileno, PET. Es el plástico de uso común que sirve para fabricar todo tipo de productos, desde botellas de agua o refrescos a prendas de ropa.

La recolección de muestras de nieve demuestra que los microplásticos ya han llegado a la Antártida: el PET es el más presente

Esa presencia es también una pista para entender cómo han llegado esos microplásticos a la nieve de la Antártida. No es que estén allí solo porque hay personas viviendo de forma ocasional en el continente –aunque las muestras con más cantidad de contaminantes sí fueron las que se recolectaron más cerca de bases científicas, lo que invita a preguntarse cuánto impacta realmente esa población– sino que han viajado desde las zonas en las que los plásticos se usan de forma masiva. Es decir, igual que el elevado uso de plásticos está contaminando los mares, lo hace también con la nieve que llega luego a la Antártida.

De una manera o de otra, el plástico es capaz de desplazarse y llegar a todas partes. No quedan zonas ajenas a su impacto contaminante.

Innovar para solucionar el problema

El problema del plástico en la Antártida necesita una solución. Los datos del estudio ya han llevado a que Nueva Zelanda plantee que el tema se incluya en el tratado internacional que regula el uso del continente.

Sin embargo, estos resultados invitan a pensar más allá, puesto que son una confirmación de que el plástico es un problema global al que resulta imposible escapar. Apostar por la innovación y crear soluciones específicas conectadas con el problema puede ayudar a paliar los efectos que el uso de plástico –el futuro, pero también el que ya se ha hecho– tiene en el medioambiente.

Una de las últimas propuestas es un pez robot, diseñado por científicos de la Universidad de Sichuan, que nada como los peces de verdad por los mares, pero que mientras lo hace absorbe los microplásticos para ayudar a eliminarlos de ese ecosistema. Aunque todavía está en una fase preliminar, la idea tiene elevado potencial, porque además podría ser empleada incluso en aguas turbulentas.

Igualmente, el propio robot simplifica la investigación, por lo que ayuda a comprender qué ocurre con esas partículas. «Después de que el robot recolecte los microplásticos en el agua, los investigadores pueden analizar más a fondo la composición y la toxicidad fisiológica de los microplásticos», asegura Yuyan Wang, uno de los investigadores.

Podría ser una potencial solución para un problema complejo y grave, uno al que, como la nieve de la Antártida demuestra, no se puede dar la espalda.

Los derechos humanos, bajo la lupa

Los períodos de crisis tienden a tener un efecto negativo en los derechos de la población. Los derechos humanos y sociales son un daño colateral de las situaciones problemáticas, como han ido demostrando las grandes vicisitudes de la historia reciente. La Gran Recesión de hace poco más de una década impactó profundamente en la sociedad, aumentando las desigualdades y precarizando derechos. La gran pregunta ahora es si la pandemia del coronavirus ha tenido un efecto similar.

La FRA alerta: «la pandemia ha tenido un tremendo efecto negativo en el disfrute por parte de la gente de los derechos sociales»

El último estudio de la Agencia de los Derechos Fundamentales (FRA, por sus siglas en inglés) ha abordado esa cuestión, analizando la factura del covid-19. Sus investigaciones confirman que la crisis sanitaria sí ha tenido un efecto directo sobre los derechos de la ciudadanía europea. El Informe de la FRA sobre los derechos fundamentales de 2022 concluye: «la pandemia ha tenido un tremendo efecto negativo en el disfrute por parte de la gente de los derechos sociales, afectando a todas las áreas de la vida».

Así, durante los últimos años se han hecho más abruptas tanto la desigualdad como la situación de vulnerabilidad de ciertos colectivos. Quienes estaban en una posición precaria antes de la crisis sanitaria, han salido de ella en una situación mucho peor. De hecho, el porcentaje de europeos que están en una situación delicada ha escalado. En febrero/marzo de 2021, el 23,7% de los habitantes de la Unión Europea reconocía que le costaba llegar a final de mes. En 2019, eran el 18,5.

También ha crecido el número de personas que siente que la sociedad europea las está dejando de lado. Es el 26% de los europeos, frente al 18,3% que aseguraba lo mismo en 2020. En este punto, la situación es más complicada para las mujeres que para los hombres. El 23,3% de los hombres asegura sentir esa percepción (frente al 17% de 2020), mientras que son el 27,7% de las mujeres (frente al 19,3% previo) quienes acusan esos efectos.  Por edades, los más jóvenes son –sin tener en cuenta el género– los más perjudicados. El 32,8% de los europeos de entre 18 y 34 años cree que la sociedad los está expulsando.

Los grandes puntos de tensión

Más allá de las percepciones de la ciudadanía y de lo que ha supuesto en términos de precariedad esta crisis, algunas áreas se han visto especialmente tensionadas. Entre todos los golpes que los derechos fundamentales han sufrido durante este último año, la FRA ha identificado tres áreas clave en las que los efectos han sido más duros.

La primera es la de los derechos de la infancia. Según las conclusiones del informe, la crisis ha aumentado el riesgo de exclusión y pobreza de aquellos menores europeos que ya estaban en entornos más desfavorecidos. Así mismo, la pandemia ha tenido un efecto directo –y para peor– sobre el bienestar infantil y el acceso a la educación. Por ejemplo, no toda la infancia contaba con los mismos recursos para acceder al e-learning.

Al 23,7% de los europeos les cuesta llega a fin de mes y el 26% siente que la sociedad los deja de lado

El siguiente punto en el que las cosas han empeorado ha sido en el racismo. Durante estos años pandémicos, tanto los delitos de odio como la discriminación han subido. De forma particular, la FRA destaca cómo ha aumentado «la incitación al odio en línea contra los migrantes y las minorías étnicas».

Por tanto, no sorprende que el otro gran punto en el que el organismo europeo ha identificado como tensionado haya sido el conectado con las migraciones. «Las personas migrantes fueron víctimas de violencia o expulsadas en las fronteras terrestres de la UE y más de 2.000 migrantes murieron en el mar», señala el comunicado en el que se aborda el estudio, recordando que el número de menores migrantes no acompañados que han llegado a las fronteras europeas en este período ha subido.

Por tanto, alerta la agencia comunitaria, es crucial que en los planes de recuperación europeos se tenga en cuenta el fomento de los derechos y, también, que se trabaje para la cohesión social. Por ahora, los fondos de recuperación ya han ido en esa dirección. «La respuesta a la pandemia del covid-19 y la guerra de Ucrania muestran cómo se forja la Unión Europea cuando se enfrenta a crisis», asegura el director de la FRA, Michael O’Flaherty, señalando que los planes de financiación «pueden y están marcando una diferencia significativa». La UE no debe perderlo de vista.

Los arrecifes de coral, pieza clave en los ecosistemas marinos

Si se piensa en el total de su presencia en los fondos marinos, los arrecifes de coral podrían parecer poco relevantes. Al fin y al cabo, solo ocupan el 0,2% de los lechos marinos, una cantidad mínima en la inmensidad de los mares. Sin embargo, y por muy baja que pueda parecer esa cifra, la importancia de los arrecifes de coral para mantener los ecosistemas marinos es decisiva y los efectos de su desaparición serían nefastos para el medio ambiente.

En lo que llevamos de 2022, se ha decolorado el 90% de la Gran Barrera de Coral

El estudio The Sixth Status of Corals of the World: 2020, elaborado por la Red Mundial de Vigilancia de los Arrecifes Coralinos en 2021, es el análisis más ambicioso que se ha hecho del estado de los arrecifes de coral hasta el momento.  «Las conclusiones son buenas y malas a la vez», aseguraba en la presentación de resultados Paul Hardisty, el director ejecutivo del Instituto Australiano de Ciencias Marinas.  «Existen tendencias claramente inquietantes que apuntan a una pérdida de corales y cabe esperar que esta situación continue mientras persista el calentamiento del planeta», aseveraba, recordando que el calentamiento global resulta nefasto para la supervivencia de los corales, pero añadiendo que algunos arrecifes habían mostrado ciertos patrones de recuperación.

Estos resultados van en línea con la visión de la Unesco, que alertó hace escasas semanas de que el proceso de blanqueamiento de los arrecifes de coral está siendo «mucho más rápido» de lo que se preveía. Solo en lo que llevamos de 2022, más del 90% de los arrecifes de la Gran Barrera de Coral se han decolorado. Esta pérdida de su tonalidad es uno de los síntomas visibles de la mala salud de los arrecifes de coral y el Instituto Australiano de Ciencias Marinas lo vincula directamente al cambio climático llegando a decir que los corales «se hierven vivos» por las elevadas temperaturas del mar. Por otro lado, la sobrepesca, la caída de la calidad del agua y el desarrollo excesivo en los litorales lastran los ecosistemas marinos y afectan también directamente a los arrecifes de coral.

Los arrecifes de coral son una fuente de alimentos y resultan clave en la fabricación de medicinas y la lucha contra la erosión del litoral

La importancia de los arrecifes

La pérdida de los arrecifes de coral tiene consecuencias directas para la población mundial. A pesar de su peso reducido en el total de los fondos marinos, una cuarta parte de todas las especies marinas viven en ellos. Además de ser una fuente de alimentación para la población global, los arrecifes también son cruciales para la fabricación de medicamentos y juegan un papel clave contra la erosión de las costas, ya que sirven de protección frente al oleaje durante tormentas, huracanes o tsunamis.

La Unesco insiste ahora en la importancia de trabajar para atajar el problema y recuperar estos ecosistemas. «El calentamiento global hace que las prácticas locales de conservación de los arrecifes ya no sean suficientes para proteger los ecosistemas de arrecifes más importantes del mundo», advierte Fanny Douvere, jefa del Programa Marino del Centro del Patrimonio Mundial de la Unesco, recordando que, aun así, la recuperación sí es posible si se toman ya medidas firmes. El organismo ha presentado un plan de emergencia para salvar los corales, que se centrará en reducir las presiones locales y aumentar la inversión en «estrategias de resiliencia climática».

¿Qué hacen los museos para ser más sostenibles?

Cualquiera que haya estado en algún museo sabe que son espacios en los que todo está muy controlado. Las luces se ajustan a patrones analizados al milímetro y hasta la temperatura y los flujos de aire tienen razones claras para ser cómo son. En los museos se mide todo y se analizan los impactos de todos esos elementos, puesto que la atmósfera puede afectar a las piezas en exposición.

Pero estas instituciones, que celebran cada 18 de mayo el Día Internacional de los Museos, no están al margen del mundo en el que operan. Por eso, esas mediciones ya no solo tienen en cuenta cómo afectan las luces o las corrientes de aire a las pinturas o a las esculturas, sino que también calibran cómo impactarán ellos mismos en el entorno. Los museos quieren ser más sostenibles.

Reutilizar y compartir materiales con otros museos ayuda a reducir la huella de las exposiciones: el Guggenheim o el MACBA lo hacen

¿Qué están haciendo de forma específica los principales museos de España? Los que forman el llamado Triángulo del Arte en Madrid, el Reina Sofía, el Prado y el Thyssen-Bornemisza –líderes en visitas en todo el país– han puesto en marcha iniciativas para cambiar la iluminación y hacerla más sostenible o medir su huella de carbono, algo en lo que el Prado fue pionero.

Por supuesto, la sostenibilidad no es solo reducir emisiones, sino también hacer estos espacios expositivos mucho más accesibles, igualitarios y con impacto en los ODS de Naciones Unidas.

Por ejemplo, el Reina Sofía ha puesto en marcha en colaboración con la Fundación ONCE el Programa ACAI, centrado en las personas con discapacidad, tanto visitantes como trabajadores del museo. El Thyseen cuenta con recorridos centrados en la sostenibilidad, y el Prado ha creado laboratorios que abordan cómo el arte puede ayudar en la «educación ambiental».

Más al norte, el Guggenheim de Bilbao funciona como un referente para los viajeros que visitan la ciudad, pero también como una muestra de cómo pueden ser las políticas museísticas sostenibles.

Además de medir su huella de carbono directa e indirecta, el Guggenheim acaba de presentar, aprovechando su 25 aniversario, un plan orientado a reducir su impacto ambiental. Ya han cambiado los sistemas de iluminación o las materias primas que emplean, pero ahora quieren descubrir el impacto que tienen los desplazamientos de la plantilla del museo o de las obras de arte o la huella ambiental de cada una de sus exposiciones. Esa información les servirá para tomar decisiones más sostenibles. Por ejemplo, y muy conectado con la economía circular, van a empezar ya a compartir materiales como peanas o vitrinas con otros museos de su área de influencia.

El Ministerio de Cultura lanzó en 2015 su plan Museos + Sociales, que busca mejorar el papel social de los museos

En Barcelona, el MACBA prioriza desde 2017 tanto la sostenibilidad medioambiental como la responsabilidad social a la hora de tomar decisiones. Esto impacta en cómo gestionan los espacios, tratan los residuos o reaprovechan materiales. Incluso han llegado a cambiar sus estilos de impresión de la web para que sean más simples. Solo con los cambios aplicados de forma directa en su sede, el consumo energético ha descendido en un 11,99%.

Más allá de los nombres más populares, en general, los museos españoles cuentan con estrategias de sostenibilidad. El Ministerio de Cultura lanzó en 2015 su plan Museos + Sociales, al que están vinculados todos los espacios que gestionan y otros museos particulares. La idea detrás del plan es la de convertirlos en lugares más abiertos a través de «acciones encaminadas a potenciar su papel social» y reducir su impacto en el medio ambiente.

Patrimonio cultural y sostenibilidad

Finalmente, no hay que olvidar que el patrimonio cultural es, en sí mismo, crucial para mantener sociedades más justas. Que una cultura desaparezca no dice nada bueno sobre la igualdad de oportunidades, por ejemplo, o sobre los equilibrios sociales.

Igualmente, resulta clave para cumplir con no pocos de los ODS; solo hay que pensar en el objetivo 5, el de igualdad de género, para comprenderlo. Los museos están replanteándose cómo muestran sus colecciones y quiénes están en sus salas para ser más igualitarios. La exposición Invitadas, del museo del Prado, es un ejemplo reciente.

En resumidas cuentas, no solo los museos quieren ser más sostenibles a todos los niveles, sino que además son una llave para que, de forma indirecta, se logren muchos objetivos de desarrollo.

Salud mental en adolescentes: la asignatura pendiente

Uno de cada siete adolescentes en el mundo padece algún trastorno mental. Son estadísticas de la Organización Mundial de la Salud que ayudan a visualizar en números lo que los medios empiezan ya a tratar como la próxima gran epidemia que marcará la salud de la población.

La crisis del coronavirus y sus consecuencias han llevado a que se hable mucho más de salud mental; ya que con la pandemia aumentaron los casos de depresión y ansiedad, sobre todo en adolescentes. “La pandemia ha destruido la salud mental infantojuvenil», resumía a finales de 2021 en una entrevista el pediatra del servicio de psiquiatría del Hospital Nuestra Señora de Candelaria, en Tenerife, Pedro Javier Rodríguez.

Este aumento de los problemas de salud mental en la adolescencia ha provocado que el sistema sanitario español esté desbordado y sea incapaz de gestionar y atender a todos aquellos que lo necesitan. Un problema que se extiende a nivel mundial, ya que según cálculos de UNICEF, solo el 2% de los presupuestos sanitarios se destina a salud mental.

«La pandemia ha destruido la salud mental infantojuvenil», alerta un pediatra

Las cifras con las que Save the Children cerraba el segundo año de pandemia indicaban que entre niños y adolescentes se estaban registrando cuatro veces más problemas de ansiedad o depresión y tres veces más problemas de conducta que años anteriores. Un hecho que ratifican las estadísticas del informe sobre el Estado Mundial de la Infancia 2021 de UNICEF: uno de cada siete adolescentes tiene ya un diagnóstico de salud mental.

No obstante, según este informe, por mucho que la crisis de la COVID-19 haya empeorado las cosas, los problemas de salud mental existían mucho antes. De hecho, la tendencia de los años previos a la pandemia ya daba avisos de alerta. Tal y como muestran las cifras de Estados Unidos, entre 2007 y 2019 los datos de depresión grave subieron en un 60% entre los adolescentes y los de suicidio en cerca de otro 60% tras haberse mantenido estables entre 2000 y 2007.

No es solo el coronavirus

Por tanto, la gran cuestión no es únicamente cómo ha afectado la pandemia a la salud mental en la adolescencia, sino qué es lo que ya antes de la crisis del coronavirus estaba afectando a la salud mental de la población. «Los jóvenes cuentan con más nivel educativo, son menos propensos a embarazarse o a consumir drogas; menos propensos a morir por accidentes o lesiones», explica la psicóloga de la Universidad de California, Candice Odgers, que recuerda que, a pesar de todas esas mejoras, su bienestar mental muestra una tendencia muy negativa.

La crisis del covid no es la única culpable de la situación: los problemas ya venían de antes

La salud psicológica de los adolescentes se resiente del contexto en el que les ha tocado vivir. Los efectos de las redes sociales –a las que múltiples estudios acusan de afectar a su autoestima– o el modo en el que la tecnología ha afectado a los patrones de sueño son algunas de las razones que se suelen esgrimir para explicar por qué ha empeorado su salud mental.

Además, en esta ecuación no se puede olvidar el contexto socioeconómico en el que viven los jóvenes. Quienes crecen en un hogar con menos ingresos, alerta Save the Children, tienen mayor probabilidad de tener problemas de salud mental. Así, la precariedad económica también pasa factura a la población adolescente.

Igualmente, son muchas las investigaciones que demuestran que los efectos del cambio climático crean ansiedad entre este grupo poblacional. El 50% de los adolescentes a los que se contactó para llevar a cabo un estudio multinacional de la Universidad de Bath reconocía sentirse asustado, triste, ansioso o enfadado ante la posición de sus gobiernos frente al cambio climático. Es más, una de las responsables del estudio lo resumía apuntando a que la juventud se «siente traicionada» por su clase política en la gestión de la crisis medioambiental.

En resumidas cuentas, la salud mental de los adolescentes se ha convertido en una grave problemática del mundo actual. La gran cuestión ahora es qué se debe hacer para que deje de ser una asignatura pendiente.

Huesos de aceituna, un ejemplo de economía circular

Las aceitunas están muy presentes en la dieta mediterránea. Según las estadísticas más recientes de Statista, que toman como barómetro 2020, los hogares españoles consumen al año 133 millones de kilos de aceitunas. Además, de las toneladas utilizadas para la elaboración de los más de 1,3 millones de toneladas de aceite de oliva que se producen en España al año, según las cifras del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

Más allá de los usos para consumo humano de la carne de la aceituna, el hueso sirve para múltiples finalidades en un ejemplo perfecto de economía circular.

Ejemplo de ello es su uso como biocombustible. De cada 1000 kilos de aceitunas empleadas para hacer aceite de oliva, se sacan 190 kilos de huesos triturados. Con esos huesos se pueden mantener calefacciones, reduciendo los residuos que estas generan e incluso mejorando la eficiencia. «Los huesos de aceituna son un combustible económico y muy eficiente gracias a su baja humedad y su elevado poder calorífico, en torno a 4.440 kilocalorías por cada kilo», le explica a El País la portavoz de la OCU, Ileana Izverniceanu.

En las cuentas que esta organización de consumidores hacía en 2020, el hueso de aceituna era ya el combustible más barato para generar un kilovatio hora de energía. Teniendo en cuenta el crecimiento de los precios del combustible en los últimos meses, la fractura entre los costes de unos y otros será ahora todavía mayor. Las aceitunas saldrán ahora incluso más baratas.

Por tanto, uno de los grandes beneficios de este biocombustible es el ahorro. No es el único.  Su provecho es muy elevado –las características físico-químicas de los huesos de aceituna son excelentes y equiparables a las de cualquier otro biocombusible– al tiempo que ofrece un mayor rendimiento calorífico que otros materiales. Gracias a las grasas de la aceituna, calienta más.

Los otros usos de los huesos de aceituna 

Más allá de servir para mantener las calefacciones operativas en invierno, el hueso de aceituna ofrece muchas otras aplicaciones.

De hecho, ya se ha convertido en la materia prima para crear otros productos y materiales. Algunas iniciativas emprendedoras ya están experimentando con la idea de convertir los huesos de aceituna en material para el recubrimiento de superficies, como muebles, techos o suelos. En lugar de poner madera o metal, se pueden elaborar acabados decorativos para cualquier estancia de la casa hechos de hueso de aceituna triturado y harina de hueso de aceituna. También tiene potencial como aislante, relleno para almohadas o hasta plaguicida, luchando contra algunos hongos y bacterias que afectan a los cultivos.

Igualmente, se emplean como punto de partida para crear plástico biodegradable. El plástico hecho con huesos de aceituna no es contaminante como el plástico tradicional y, sin embargo, sirve para muchos de sus mismos usos, como envoltorios, packaging o hasta juguetes infantiles.

Dado que España es un importante productor aceitunero, cuenta ya con una elevada producción de este residuo y un elevado potencial para crear este tipo de plásticos.  «El hueso de aceituna es muy abundante y local. Eso ya es un punto de partida maravilloso para poder implementarlo en la economía circular», apunta Joseán Vilar, de NaifactoryLAB, fabricante de este tipo de plásticos.

Incluso, este es uno de los grandes valores del hueso de aceituna como elemento de la economía circular.  Ofrece un elevado potencial económico a los productores agrícolas, lo que ayuda a dinamizar la economía del campo y, sobre todo, da un nuevo elemento de valor al mundo rural.

Solo la producción de aceituna de mesa genera 2,5 millones de jornales al año en España y es considerada por el Ministerio de Agricultura como algo que «cohesiona el medio rural donde se asienta». Si todavía se le puede sacar más potencial a la aceituna, su valor económico para la zona de producción será más elevado.