Autor: Raquel Nogueira

Plástico en todas partes: desde el aire de Madrid a zonas remotas del planeta

Desde hace años, la gestión de residuos se ha convertido en uno de los mayores retos a los que ya se enfrenta la humanidad. Según la organización británica Verisk Maplecroft la basura que generamos asciende a más de 2.100 millones de toneladas de desechos cada año. De toda ella, la que está provocando un daño irreparable –de seguir al ritmo actual– es la generada por los residuos de plástico. Tan solo en 2018, se produjeron 359 millones de toneladas de este material a nivel global y cada minuto se vende un millón de botellas de plástico que tardan en descomponerse a la intemperie, de media, 450 años –1.000 si no están al aire libre–. Las cifras son un tanto escalofriantes, sobre todo cuando nos damos cuenta de que ocho millones de toneladas de residuos plásticos acaban en los mares y océanos cada año, arrasando con la biodiversidad marina a su paso. Según el estudio Plastic rain in protected areas of the United States (Lluvia de plástico en áreas protegidas de Estados Unidos) publicado en la revista Science, se estima que para 2025 se habrán acumulado en la naturaleza 11.000 millones de toneladas métricas de plástico. 

Cada año se generan más de 2.100 millones de toneladas de basura globalmente

No hace falta esperar un lustro para reconocer una realidad de la que no siempre somos conscientes: ningún lugar está a salvo de la contaminación por plásticos. El citado estudio, llevado a cabo por varios investigadores de diferentes universidades estadounidenses, como la estatal de Utah, el Community College de Salt Lake y el Thermo Fisher Scientific, alerta de que incluso en áreas remotas de los parques nacionales y espacios naturales protegidos de Estados Unidos se han encontrado partículas de microplásticos. Solo en el sur y el medio oeste del país se estima que llegan anualmente 1.000 toneladas de este material, transportadas por el viento y la lluvia. Esto es, el equivalente a unos 300 millones de botellas de plástico. Esta investigación, llevada a cabo ente 2017 y 2019, no deja lugar a dudas: las nubes y los vientos tienen la capacidad de arrastrar los residuos de plástico mal gestionados a zonas remotas y expandirlos a través de las precipitaciones. Nos encontramos, de esta manera, con verdaderas tormentas de plástico.

Se estima que para 2025 se habrán acumulado en la naturaleza once mil millones de toneladas métricas de plástico

Los investigadores, que han analizado materiales depositados en parques nacionales como el Gran Cañón o las Montañas Rocosas, detectaron que tanto en épocas húmedas como secas hay presencia de plásticos en el 98% de las muestras tomadas. Los autores muestran sorpresa, especialmente, por la presencia de partículas utilizadas en la industria textil que, confiesan, probablemente se desprendan de los visitantes que acuden a estas zonas a diario. Sin embargo, también recuerdan que, de las muestras húmedas, tomadas tras tormentas o lluvias, se han encontrado restos de partículas procedentes de centros urbanos, lejanos a los espacios protegidos. Se puede deducir, por tanto, que estos contaminantes llegan a través del agua de lluvia. 

Estados Unidos no es un caso aislado

Más allá de los microplásticos encontrados en las áreas protegidas del país norteamericano, otras investigaciones también han hallado indicios de partículas de este tipo de residuo en zonas elevadas como los Pirineos, en la atmósfera de ciudades como París o Madrid, o en reservas de la biosfera como la de La Mancha Húmeda, compuesta por humedales ubicados en las provincias de Toledo y Ciudad Real. No hay lugar del mundo que se salve: desde la profundidad de los océanos hasta el pico más alto de la Tierra, los contaminantes plásticos han llegado incluso al Everest

Se han hallado indicios de partículas en los Pirineos, en la atmósfera de Madrid y en reservas de la biosfera como la de La Mancha Húmeda.


Las cifras lo demuestran: con una producción de plástico que crece cada año, y con una demanda cada vez mayor, la biodiversidad y la salud de los ecosistemas del planeta están en riesgo. Pero cuando la Tierra enferma, la salud humana empieza a pender de un hilo: sin una biodiversidad sana y robusta, hay más posibilidades de que enfermedades que hasta ahora se quedaban en el mundo natural lleguen al ser humano. Además, a mayor contaminación atmosférica, más posibilidades de contraer enfermedades cardiovasculares o respiratorias y desarrollar cáncer. Pero no solo eso: hay estudios que aseguran que la contaminación del aire está directamente relacionada con un aumento de los problemas de salud mental. Otros, directamente la señalaban antes de la llegada de la covid-19 como la cuarta amenaza más importante de defunciones a nivel global. La salud humana y del planeta viajan de la mano, por eso eliminar los plásticos de un solo uso de la ecuación, reducir al máximo nuestra dependencia de este material y su adecuada gestión y reciclaje puede marcar la diferencia.

Naturaleza para una vida (y economía) más sana

«Los espacios protegidos son lugares saludables que albergan una serie de valores que para la sociedad son del máximo interés». A lo que se refiere Javier Puertas, técnico de Europarc-España, con esta declaración no es más que a los servicios y beneficios que los parques y otras zonas naturales protegidas proporcionan al ser humano y que, según la federación europea, es más importante que nunca proteger, conservar y mantener en el tiempo. 

Si algo nos ha enseñado 2020 es la clara relación entre la salud humana y la planetaria y, en su cuidado, cobran especial relevancia las zonas verdes. Precisamente por ello, el plan europeo de recuperación Next Generation EU busca construir una Unión mejor, más verde y resiliente. Y desde Europarc recuerdan que, para conseguirlo, «los parques y las áreas protegidas necesitan formar parte de la construcción del futuro sostenible de Europa». 

Los parques y las áreas protegidas necesitan formar parte de la construcción del futuro sostenible de Europa

En la actualidad, en España existen 2.000 espacios protegidos. Esto supone que un cuarto del territorio español cumple, de manera oficial, servicios de regulación y adaptación al cambio climático, de abastecimiento –de agua potable, por ejemplo–, y culturales, como el disfrute de la naturaleza o los paseos al aire libre. Tal y como recuerda Puertas, en nuestro país, uno de cada cuatro pasos que se da se hace en una zona protegida. Tal es la riqueza de la biodiversidad autóctona que no solo debemos tener en cuenta grandes parques nacionales, sino también lagunas, dehesas o zonas de cultivo. Todas y cada una de ellas son piezas clave de la conservación de especies de flora y fauna, pero también del patrimonio geológico, del paisaje y de determinados procesos naturales. Y es precisamente por eso por lo que, como indican desde Europarc, es importante que los espacios protegidos estén integrados en el territorio. Esto es, que formen parte de la matriz territorial en la que están situados. «No podemos concebir los espacios protegidos como islas de biodiversidad o naturaleza en medio de un entorno absolutamente destruido o degradado», alerta Puertas, porque ese planteamiento –que es el que se ha venido haciendo en el pasado– no funciona para conseguir los objetivos últimos de conservación.  

Espacios protectores de la salud

En países como Australia se prescribe la visita a espacios naturales como parte de tratamientos médicos por sus beneficios para la salud

Pero más allá de su capacidad de regenerar y conservar los ecosistemas y su biodiversidad, los espacios naturales protegidos también proporcionan beneficios para la salud humana e, incluso para la economía. Son lugares donde ejercitarse, pero también para la contemplación y desconexión física y mental del bullicio de la ciudad. Además, los expertos aseguran que favorecen la recuperación de personas que han tenido una enfermedad crítica, como infartos o problemas cardiovasculares. Además, la conexión con la naturaleza también ayuda a mejorar el equilibrio psicológico y a cuidar de la salud mental. La certeza de esta afirmación es tal que en países como Australia se prescribe el contacto y la visita a espacios naturales como parte de tratamientos médicos.

Pero, según Puertas, para conservar estos parques protegidos y asegurar que cumplen su función para con la salud, se requiere de la construcción de alianzas entre todo tipo de instituciones, empresas privadas y públicas, organizaciones y entidades internacionales o administraciones públicas de distinto nivel. Y lo mismo sucede a la hora de favorecer su función económica.

Conservar para mejorar la economía

La base del funcionamiento ecológico de los territorios está más asegurada con las áreas protegidas. Y eso nos lleva a recordar que la mayoría de los procesos que no se encuentran dentro de la economía de mercado forman parte de los servicios que proporcionan las zonas protegidas como la polinización, el suministro de aguas o el filtrado (natural) del aire. Pero el hecho de que no sean servicios mercantilizables no resta que aporten a la base económica del país en el que se encuentran. 

Los propios espacios protegidos generan una actividad económica a su alrededor que va mucho más allá del ecoturismo.

Los propios espacios protegidos generan una actividad económica a su alrededor que va mucho más allá del ecoturismo, aunque este sea la principal. La propia gestión activa de estas áreas genera actividad económica: si un lugar se declara protegido para la conservación de una especie animal en particular, por ejemplo, se debe realizar un seguimiento de cómo van esas poblaciones, para ello se requiere de la contratación de expertos, pero también del cumplimiento de una serie de regulaciones o limitaciones a los usos que también debe controlarse. Pero, además, probablemente se crearán caminos e itinerarios seguros para la flora, la fauna y los visitantes, que requieren de mantenimiento. Y el propio uso y disfrute de la zona por los visitantes y los locales o, incluso, la fotografía de naturaleza, suponen una gestión del área protegida que implica inversión y recaudación económica. 

En definitiva, los valores naturales que motivan que una zona se declare protegida llevan acarreadas una serie de actividades que no hacen más que promover, de manera directa o indirecta, la economía de la localidad en la que se encuentra. Por tanto, una naturaleza conservada y sana deriva en un bienestar mayor para los seres humanos y en una economía más próspera y sostenible.

Los niños que no pueden ser niños

“Por un nuevo amanecer de esas vidas / todos debemos poner lo que nos toca / Su futuro depende de nosotros / Terminemos con el trabajo infantil”. Con estos versos, el grupo francés Kids United New Generation hace un llamamiento en contra de una realidad todavía muy presente y más cercana de lo que pensamos: el trabajo infantil. Con el mensaje de la canción Take a Stand, el grupo recuerda al mundo que 2021 es el Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil y que, con las crisis sanitaria y económica actuales, se hace más necesario que nunca atajar esta vulneración de derechos de los menores que, por desgracia, aún no ha quedado en el pasado. Y es que152 millones de niños y niñas siguen sometidos al trabajo infantil en todo el planeta, aunque en la última década se haya conseguido reducir en un 38%. De ellos, según Unicef, 72,5 millones ejercen alguna de las peores formas de trabajo infantil, entre las que se encuentra la esclavitud, la trata, el trabajo forzoso o el reclutamiento para conflictos armados.

152 millones de niños y niñas siguen sometidos al trabajo infantil en todo el planeta

Para entender cómo impacta en la vida de los más pequeños el trabajo infantil, primero es necesario comprender qué es exactamente y sus implicaciones. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), no todas las tareas que un menor realiza deben ser consideradas trabajo infantil. Y recuerda que “la participación de los niños o los adolescentes en trabajos que no atentan contra su salud y su desarrollo personal ni interfieren con su escolarización se considera positiva”. La ayuda que prestan a sus familias en el hogar, la colaboración en un negocio familiar o las tareas que realizan fuera del horario escolar o durante las vacaciones para ganar dinero ayudan, según la OIT, al desarrollo de los menores, al bienestar de la familia y a prepararse para ser miembros productivos de la sociedad en la edad adulta. Teniendo esto en cuenta, este organismo de Naciones Unidas define el trabajo infantil como todo aquel “que priva a los niños de su niñez, su potencial y su dignidad, y que es perjudicial para su desarrollo físico y psicológico”. En sus formas más extremas, además, los menores son sometidos a situaciones de esclavitud y se ven separados de sus familias y expuestos a peligros y enfermedades graves. La OIT recuerda que, incluso, se ven “abandonados a su suerte en calles de grandes ciudades, con frecuencia a una edad muy temprana”. 

Las organizaciones internacionales lo tienen claro: la mayoría de menores que se ven forzados al trabajo precoz lo hacen en el sector agrícola. Sin embargo, Unicef alerta de que hay millones de niñas trabajando como sirvientas domésticas y asistentas del hogar sin sueldo y que, ellas, son «especialmente vulnerables a la explotación y el maltrato». Los datos de las circunstancias más terribles de trabajo infantil son demoledores:  1,2 millones de niñas y niños son víctimas de trata; 5,7 millones lo son de la servidumbre por deuda u otras formas de esclavitud; 1,8 millones, de la prostitución o la pornografía; y más de 300.000 menores son reclutados como niños soldados en conflictos armados que no cesan. 

Según Unicef, 72,5 millones de menores ejercen alguna de las peores formas de trabajo infantil

Por regiones, Asia y el Pacífico suspenden a la hora de proteger a los más pequeños del trabajo infantil. Allí, 127,3 millones de niños y niñas de entre 5 y 14 años son trabajadores. Esto es, el 19% de los menores de la región trabajan. En África subsahariana, alrededor de 48 millones de niños trabajan: casi uno de cada tres menores de 15 años es activo económicamente, lo que supone el 29% del total. Por su parte, en América Latina y el Caribe, cerca de 17,4 millones de niños y niñas tienen trabajo, es decir, un 16% de los niños y niñas de la región se ven sometidos a trabajo infantil. En Oriente Medio y África del Norte el porcentaje es del 15% de los menores de la región. Las economías más desarrolladas no se libran: 2,5 millones de niños trabajan en ellas. Y 2,4 millones lo hacen en las economías en transición. 

Ahora, en plena pandemia y con una crisis económica mundial que amenaza con no tener precedentes, los cierres de las escuelas y las situaciones familiares de muchos menores ponen en el punto de mira los avances conseguidos. Porque, como asegura Francesco d’Ovidio, encargado del Servicio de Principios y Derechos Fundamentales en el Trabajo de la OIT, “el apoyo a la erradicación del trabajo infantil hoy es más importante que nunca, pues la crisis de la covid-19 amenaza con revertir los logros de años”. Por eso, Naciones Unidas hace un llamamiento claro en este Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil: que los Gobiernos, las empresas, el tercer sector y la sociedad civil se unan para luchar contra esta lacra que pone en jaque el derecho a la infancia. Ahora, es el momento de pasar de los compromisos a la acción.

Cinco mujeres que la ciencia olvidó

Que cada 11 de febrero se celebre el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia no es baladí. A lo largo de la historia y de manera sistemática las investigadoras y científicas se han visto privadas en muchos casos del reconocimiento merecido por sus aportaciones a los avances científicos. Todos recordamos a Neil Armstrong dando “un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la humanidad”. Sin embargo, durante décadas olvidamos que quienes recorrieron millas buscando la manera de llegar a la luna fueron Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson. Tres mujeres afroamericanas que materializaron un sueño –aparentemente inalcanzable– en cálculos matemáticos. Sin ellas, la carrera espacial no se habría desarrollado de la misma manera y, a pesar de ello, la realidad de una sociedad patriarcal decidió dejarlas fuera de los libros de texto. 

Solo el 29,3% del total del personal de investigación a nivel mundial son mujeres

Algo que podría parecer anecdótico se convierte en un problema sistémico cuando nos damos cuenta de la ausencia de referentes femeninos en los libros de ciencias. Según la Unesco, las mujeres representan solo el 29,3% del total del personal de investigación a nivel mundial. Dicho de otro modo: 7 de cada 10 investigadores son hombres. Además, solo el 3% de los premios Nobel en ciencias han sido otorgados a mujeres –e, incluso, se ha llegado a excluir del Nobel a las mujeres que han formado parte de una investigación premiada–. Para Naciones Unidas, las asociaciones de científicas y las ONG la razón de estas cifras es clara: los estereotipos de género son directamente responsables de la escasa representación femenina en la ciencia.

Faltan referentes femeninos para las jóvenes

La iniciativa #NoMoreMatildas denuncia la falta de referentes científicos para las niñas y adolescentes

Tras un año en el que se ha demostrado que la participación de las mujeres es clave para que la sociedad y la ciencia avancen –y para encontrar vacunas para enfermedades como la covid-19–, la iniciativa #NoMoreMatildas, impulsada por la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), pone sobre la mesa una realidad ignorada durante demasiado tiempo: la falta de referentes científicos para las niñas y adolescentes.

Diferentes estudios revelan que los nombres femeninos en los libros de ciencias de la ESO solo ocupan un 7,6% respecto a sus homólogos varones. Además, solo el 12% de las citas de trabajos académicos hacen referencia a científicas. Lo más curiosos es lo paradójico de la representación femenina en la ciencia española: si en los años 80 las mujeres representaban más del 30% del alumnado de Ingeniería informática, hoy apenas llegan al 12%. Este mismo patrón siguen las matemáticas: en el año 2000 ellas representaron más del 60% del alumnado; durante los siguientes 18 años, su presencia cayó hasta el 37%. Desde AMIT se preguntan si esta tendencia no será, en parte, fruto de la ausencia de referentes femeninos y si no se estará perpetuando, una vez más, esa idea errónea de que la ciencia siempre ha sido un mundo de hombres. Porque, en realidad, nunca lo ha sido. Y así lo demuestran Mileva EinsteinLise MeitnerMarie LavoisierInge Lehman o Hedy Lamar, cinco investigadoras que son solo una pequeña muestra de la contribución de la mujer al avance científico y su escaso reconocimiento:

Marie Lavoisier (1758-1836): de la alquimia a la química

En pocas cosas hay tanto consenso como en reconocer a Marie Anne Pierrette Paulze-Lavoisier la madre de la química moderna. Esta francesa ilustrada se convirtió en la colaboradora esencial de su marido, Antoine Lavoisier –conocido como el padre de la misma disciplina científica de la que su esposa fue madre–. Juntos consiguieron que se sentasen las bases para dejar atrás la alquimia de la época y sumergir al mundo en la más pura modernidad. Sin embargo, la llegada de la Revolución Francesa, a pesar de todo el bien que hizo, acabó con el brillante futuro de Marie y su marido. El conocido como reinado del terror acabó con Antoine encarcelado y ejecutado por su trabajo previo. Ella, después de un breve periodo en prisión, continuó recopilando las investigaciones que había llevado a cabo con su marido. Al no conseguir que ninguna editorial las publicara, decidió autoeditarlas. La casa de esta científica se convirtió, hasta el día de su muerte, en un lugar de encuentro para las mentes más brillantes de su país. 

Mileva Einstein-Maric (1875-1948): la madre olvidada de la relatividad

Son 43 las cartas que se conservan de la correspondencia entre Albert y Mileva Einstein, pero todas tienen una característica en común: en ellas ambos hablan una y otra vez de “nuestros trabajos”, “nuestra teoría del movimiento relativo” o “nuestros artículos”. Sin embargo, poco se sabe de la que fuera la primera mujer de Einstein más allá de que estudiaron juntos, fueron compañeros de ciencia y de vida durante años. 

Podría decirse que hasta los años 80 –cuando se publicó la correspondencia– prácticamente nadie discutía la autoría absoluta de este científico alemán sobre la teoría de la relatividad, aunque se sospechaba que ella, que había sido compañera suya en la universidad, podría haber tenido algo que ver en su trabajo. Según las cartas entre el físico y la matemática –cuya carrera se vio truncada por un embarazo fuera del matrimonio, la teoría que llevó a Einstein a ganar el Nobel estaría construida sobre los cimientos del trabajo universitario de Maric.

Lise Meitner (1878-1968): la fisión nuclear tiene nombre de mujer

La fisión nuclear se tornó realidad a principios del siglo XX gracias a las investigaciones que esta austriaca –que trabajaba gratis en un laboratorio alemán– llevó a cabo. Con la llegada del nazismo, Meitner, que era judía, estuvo a punto de perder la vida. Sin embargo, eso no fue motivo para que la científica convirtiera su descubrimiento en una bomba nuclear: se negó a colaborar en el proyecto Manhattan y eso hizo, en parte, que fuese su colaborador Otto Hahn el que se llevó el crédito (y el Nobel de Química) en 1944 por el descubrimiento de la fisión nuclear. 

Para compensar todos los agravios profesionales sufridos por Meitner por el mero hecho de ser mujer en una época en la que los estudios superiores y la ciencia se les estaba prácticamente prohibidas, en 1997 la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC) decidió bautizar un elemento de la tabla periódica en su honor. Nació así el meitnerio, un reconocimiento tardío al gran talento de una mujer que cambió el curso de la historia para siempre. 

Inge Lehmann (1888-1993): viajando al centro de la Tierra

Todos aprendemos en el colegio que nuestro planeta está formado por diferentes capas: la corteza, el manto superior e inferior y el núcleo externo e interno. Sin embargo, son menos los que saben quién descubrió, en 1936, la discontinuidad que separa el núcleo externo del interno y que corrobora que la Tierra no es hueca. Fue Inge Lehman quien desmontó, tras estudiar los terremotos, el sueño que Julio Verne tuvo en el siglo XIX. Pero esta danesa ya había sido pionera mucho antes de este descubrimiento por sus trabajos como sismóloga y geóloga.  

Su dedicación y descubrimientos la llevaron en 1928 a ser la primera mujer que fue nombrada  jefa del departamento de sismología del recién creado Real Instituto Geodésico Danés (Danish Geodetic Institute). Pero no fue el único hito con el que abrió las puertas a otras mujeres: en 1971 se convirtió en la primera mujer en ganar la medalla William Bowie, la mayor distinción de la Unión Geofísica Americana.

Hedy Lamar (1914-2000): actriz, sí, pero también inventora

Su pasión, la ingeniería, se vio pospuesta como carrera durante años porque Hedy Lamar decidió dedicarse a su otro gran amor: la actuación. En los primeros años de la década de 1930 fue una de las actrices más famosas de Europa, conocida por aquel entonces como Hedwig Eva Maria Kiesler. Con el auge del nazismo, del que su marido era partícipe, decidió huir a Estados Unidos y triunfar en Hollywood. Durante la Segunda Guerra Mundial utilizó su conocimiento de primera mano del régimen nazi para buscar una manera de otorgarle la ventaja a los aliados. Así, inventó y patentó un sistema que impedía que los torpedos fueran detectados. Sin embargo, el ejército estadounidense no lo usó hasta años después. Eso sí, hoy, su invento es la base de las comunicaciones sin cables y, sin ir más lejos, del WIFI.

Empieza el gran reinicio: camino a Davos 2021

El Foro de Davos, que este año tendrá dos ediciones, una virtual que da comienzo este lunes y otra presencial, que será en mayo, arranca con un mensaje claro: “La covid-19 ha demostrado que ninguna institución o individuo, por sí solo, puede enfrentarse a los desafíos económicos, medioambientales, sociales y tecnológicos de un mundo tan complejo e interdependiente como el nuestro”, reconoce el Foro Económico Mundial en su página web. La crisis sanitaria ha acelerado cambios sistémicos en todos los países y, para los líderes mundiales que se reúnen anualmente en la ciudad suiza de Davos, 2021 es un momento crítico en el que reconstruir la confianza, “resetear nuestras prioridades y reformar el sistema con urgencia”. 

El foro, creado en 1971 por el profesor Klaus Schwab, se ha convertido en una cita indispensable para la élite política y económica mundial que quiera aportar a la conversación de las finanzas internacionales. En su agenda para este año, Davos busca dar forma a los principios, las políticas y las colaboraciones necesarias para que el mundo siga girando en un nuevo contexto cambiante. De manera virtual, el Foro Económico Mundial se centrará esta vez en lo que ya se ha denominado el gran reinicio: la búsqueda de una economía mundial más inclusiva, cohesionada y sostenible que no deje a nadie atrás. Entre el 25 y el 29 de enero se reunirán, de manera telemática, jefes de Estado y Gobierno, CEO de empresas, líderes de la sociedad civil, medios de comunicación y jóvenes de los cinco continentes. Todo ello para debatir sobre cómo construir ese futuro sostenible, mejorar el mañana del mercado laboral, potenciar el desarrollo sostenible e impulsar las nuevas tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial.

Para los líderes mundiales es un momento en el que resetear nuestras prioridades y reformar el sistema con urgencia

Son siete los temas que se tratarán en la cita digital del Foro Económico Mundial y sobre ellos girará ese gran reinicio del que se lleva hablando desde el principio de la pandemia. Salvar el planeta, construir economías más justas, utilizar la tecnología para el bien común, el futuro de la sociedad y del trabajo, mejorar los negocios, diseñar futuros saludables y dar un paso más en la geopolítica serán los pilares del encuentro. Y es que el calentamiento global se hace cada vez más visible: la temperatura de la Tierra ha alcanzado ya un grado más que en la época de la preindustrialización lo que afecta a los ecosistemas marinos y terrestres. El hielo de los polos se derrite, el nivel del mar aumenta cada año y el plástico inunda nuestros océanos. Las razones para ser pesimistas parecen muchas, pero desde el Foro de Davos se lanza un mensaje de esperanza: “La sostenibilidad ha llegado para quedarse en todos los aspectos de la actividad humana –la energía, la alimentación, la moda, los viajes, las ciudades…–“. Pero alertan: incluso en un mundo 100% sostenible sería necesario seguir trabajando para “reparar el daño que hemos hecho”. 

Crecimiento sostenible e igualitario

La esperanza de vida media mundial ha aumentado en unos treinta años desde la Segunda Guerra Mundial, lo que hace indispensable que el acceso al estado del bienestar siga siendo posible para todos. Sin embargo, el Foro Económico Mundial reconoce que la desigualdad económica se ha acrecentado en muchos Estados, la movilidad social se está revirtiendo y la cohesión está desapareciendo. Por ello se cuestionan cómo redibujar nuestras economías para que el crecimiento beneficie a todos y, además, lo haga de forma sostenible.

La desigualdad económica se ha acrecentado en muchos Estados.

Las nuevas tecnologías crecen como no habíamos imaginado y son tan disruptivas que están precipitando un cambio social profundo. Pero la digitalización de la vida –big data, inteligencia artificial, robotización…– supone “una amenaza para la esencia misma de lo que es ser humano”. Por ello, el Foro de Davos intenta responder a preguntas tan básicas como si deberíamos ralentizar el boom de la tecnología o cómo acordar, entre todos, unas normas que regulen los algoritmos, la modificación genética o los robots de guerra, entre otros. Usar todos esos avances tecnológicos para el bien común es uno de los principales retos al que nos estamos ya enfrentando. Pero a pesar de que cada vez es más sencillo acceder a cursos online gratuitos de universidades de prestigio o realizar crowdfundings para poner en marcha negocios, no se puede dejar todo al azar. “La historia sugiere que, si dejamos la digitalización en manos del mercado, la Cuarta Revolución Industrial se traducirá en un periodo de deslocalización que dañará muchas economías”, aseguran desde Davos. Y se preguntan: ¿qué vamos a hacer al respecto?

Salud y tecnología en el centro de las conversaciones

Ese interrogante nos lleva a otro de los pilares básicos del foro de este año: cómo construir mejores negocios. Las empresas llevan décadas situándose en el primer plano de los cambios sociales y tecnológicos y, por eso, para la élite mundial, son imprescindibles para construir ese futuro resiliente e inclusivo que necesita el planeta. Las compañías inteligentes serán aquellas que hagan mover el mundo y de eso, precisamente, se debatirá en el encuentro digital del foro de Davos. Pero también se discutirá sobre las características de una vida saludable: el estrés laboral, la ansiedad, la depresión o la soledad no elegida son baches en el camino para conseguir una salud mental saludable. Inmersos en una pandemia como estamos, hablar de salud se convierte en una conversación más que necesaria. Por eso, desde el Foro Económico Mundial se hace un llamamiento a abordar los grandes desafíos sanitarios –físicos y psicológicos– sin dejar a nadie atrás. 

Schwan: «La cooperación público-privada es más necesaria que nunca»

Si algo ha demostrado el último año es que los países del mundo son capaces de sentarse a buscar una solución a un problema compartido. Así ha ocurrido con la covid-19 y el ingente esfuerzo público-privado para desarrollar una vacuna en tiempo récord. Y así podría ocurrir con el resto de desafíos a los que nos enfrentamos, especialmente la emergencia climática. En esta edición del Foro de Davos, los líderes mundiales intentarán dejar atrás la geopolítica tal y como se ha entendido hasta ahora para dar paso a una colaboración global. 

De Suiza a Singapur 

Este año, el encuentro físico del Foro Económico Mundial no se dará en Davos, sino en Singapur. A mediados de mayo, si la pandemia lo permite, los líderes mundiales se darán encuentro en la ciudad asiática al preverse que la curva de contagios estará controlada en el país para esas fechas. Schwab  tiene claro que esa cumbre es primordial para garantizar una cooperación público-privada que “es más necesaria que nunca para reconstruir la confianza y abordar los errores cometidos en 2020”.

De nuevo en el Acuerdo de París

El 20 de enero la Casa Blanca estrenaba nuevo huésped y, con él, se dejaban atrás cuatro años de negacionismo climático y políticas controvertidas tanto a nivel nacional como internacional. La llegada al despacho oval del demócrata Joe Biden parece querer dejar atrás una legislatura perdida para la Agenda 2030 y la vuelta a un liderazgo con foco en la lucha contra el cambio climático. Algo que, para Miranda Massie, directora del Museo del Clima de Nueva York, es una «obligación moral» de Estados Unidos para con el mundo: «Somos el mayor emisor del planeta y, por eso, deberíamos liderar la lucha contra una emergencia climática que es el marco bajo el que se producen las peores crisis raciales, de justicia social y de igualdad de la historia», sentencia. Y la Administración de Biden y Kamala Harris, a priori, parece incorporar el cambio climático como eje vertebrador de las políticas y del futuro de su país.

La Administración de Biden y Kamala Harris, parece incorporar el cambio climático como eje vertebrador

Nada más tomar posesión del nuevo cargo, Biden ha dado la orden de dar marcha atrás a la retirada del Acuerdo de París –impulsado por Barack Obama y abandonado por Donald Trump a finales del año pasado– mostrando un nuevo compromiso adquirido con la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Pero, ¿cuál será el camino a seguir por la Administración Biden?

El clima como eje transversal

El primer paso que dio el nuevo presidente –incluso antes de su llegada a la Casa Blanca– de cara a su compromiso climático fue el nombramiento de algunas de las caras visibles de su gabinete, como el secretario de Estado de la era Obama, John Kerry, como enviado especial de Estados Unidos para el clima. De esta manera, se eleva el cambio climático a un puesto ministerial que no será asumido sin desafíos nacionales e internacionales. Pero, según el New York Times, la ambición climática del nuevo presidente no se queda solo ahí: toda persona que ocupe un puesto en su Administración, aseguran, debe cumplir un requisito fundamental, que es incluir la emergencia climática entre sus principales preocupaciones.

Con esto dicho, en los próximos meses se prevé que Biden priorice la inversión en energías renovables. Las primeras, junto a toda empresa o sector ligado al clima –eléctricas, transporte o infraestructuras sostenibles– tendrán un empujón desde Washington: serán piezas clave del paquete de estímulos para superar la crisis económica en la que el coronavirus ha sumido al país –y al mundo–. 

Compromiso con la descarbonización

Al contrario que Trump, Biden es un arduo defensor de la reducción de emisiones de CO2. Su programa electoral asegura su compromiso con la descarbonización, que quiere impulsar desde el primer día en la Casa Blanca. Además, su intención es que todos los ciudadanos dispongan de una electricidad proveniente de fuentes 100% renovables para 2035 y que la economía y el país esté descarbonizada por completo para 2050. El impulso de los trenes de alta velocidad y las infraestructuras sostenibles –rehabilitación de edificios, creación de nuevas plantas eólicas y solares, etc.– estarán en el centro de las políticas medioambientales del nuevo presidente. La movilidad sostenible también llegará a los hogares en forma de incentivos para sustituir el parque móvil estadounidense por vehículos eléctricos. 

La estrategia de Biden: inversiones en tecnologías renovables, sustitución de energías contaminantes y la adaptación de infraestructuras

La estrategia de Biden se basará, en definitiva, en las inversiones millonarias, directas e indirectas, en tecnologías renovables, en sustitución de energías contaminantes por otras que reduzcan las emisiones o la adaptación de infraestructuras y edificios a los fenómenos extremos provocados por el cambio climático. Detrás de todo este plan se encuentra la palabra oportunidad: la nueva Administración quiere convertir uno de los mayores desafíos de la humanidad en una oportunidad para, como ya ocurrió en su momento con el New Deal de Roosevelt, impulsar el crecimiento económico y el empleo en Estados Unidos. Por el momento, solo queda ver hasta qué punto el nuevo presidente es capaz de ejecutar ese ambicioso plan, que sin embargo para muchos activistas climáticos sigue siendo insuficiente. 

Buenas noticias: estas especies ya no están en peligro de extinción

Cada año, la lista de especies extintas o en peligro aumenta: el 27% de los animales y plantas conocidos viven en la cuerda floja y podrían desaparecer en cualquier momento. En la primavera de 2019, Naciones Unidas publicaba un informe en el que alertaba de que más de un millón de especies estaban al borde de la extinción; algo sin precedentes en la historia de la humanidad. Sin embargo, el futuro del reino animal no se presenta tan desolador como pudiera parecer. Gracias a los ingentes esfuerzos de conservación llevados a cabo por muchas organizaciones, activistas, gobiernos y empresas, algunas especies están consiguiendo alejarse –a paso firme, aunque pausado– de esa fina línea que separa la vida de la desaparición.  

El lince ibérico

El buque insignia de la biodiversidad española usa sus garras para aferrarse a una supervivencia que aún no está asegurada, pero que se muestra como una luz en el horizonte de este felino. Si hace menos de 20 años tan solo quedaban 92 ejemplares, los planes de conservación de programas como el proyecto Life+IBERLINCE han devuelto la esperanza al lince ibérico, que contaba el año pasado con 850 ejemplares en la península.  

El panda gigante

Cual peluche de tamaño desmesurado, el panda gigante roba los corazones de quienes le observan. Sin embargo, los obstáculos a los que se ha visto –y se ve– enfrentado este oso asiático, como la fragmentación de su hábitat o sus dificultades para reproducirse –especialmente en cautividad– hacen que su conservación y recuperación sea una tarea ardua. Aun así, en 2016 esta especie salió de la lista de “en peligro de extinción” y entró en la de “vulnerable”, dando un respiro a su futuro.

El águila calva

El fotógrafo Klaus Nigge dice de este majestuoso animal que «sus ojos penetrantes no pierden de vista ni un segundo el objetivo», y no es de extrañar que su efigie presida el despacho oval de la Casa Blanca. A pesar de ser un depredador implacable, el símbolo nacional de Estados Unidos estuvo a punto de convertirse en solo un recuerdo: la degradación de su hábitat, el envenenamiento por pesticidas y la caza indiscriminada consiguieron que en los años 60 su población disminuyese hasta las 400 parejas. Por suerte, en  2007, con 11.000 parejas registradas, el águila calva se recuperó y dejó de estar en peligro de extinción.

La ballena jorobada

Durante años, la caza masiva llevó a estos cetáceos al borde de la extinción: entre finales del siglo XVIII y mediados del XX se llegaron a cazar alrededor de 300.000 ejemplares. Sin embargo, en los años 60 se impulsaron diferentes medidas para proteger a las ballenas jorobadas, especialmente vulnerables en sus migraciones entre los polos y el ecuador. En 2015, al fin, dejó de ser una especie en peligro. Su recuperación ha sido tal que hace dos años su población alcanzaba ya los 84.000 individuos.

El rinoceronte blanco del sur

El segundo mamífero más grande que habita el planeta estuvo a punto de desaparecer por completo en el siglo XIX e, incluso, se creyó extinto durante varios años. Sin embargo, en 1895 se descubrió una pequeña población de rinoceronte blanco del sur –apenas cien individuos– en Sudáfrica. Tras más de un siglo de protección y conservación, este animal oriundo de Sudáfrica, Kenia, Namibia y Zimbabue cuenta ya con unos 21.000 ejemplares que viven en áreas protegidas en el continente africano. Hoy, el rinoceronte blanco del sur es la única variedad de su especie que no está en peligro inminente de extinción.    

El órix de Arabia

El conocido como unicornio árabe se creyó perdido para siempre por culpa de la caza furtiva en los años 70. Por suerte, se creó el equipo de conservación conocido como Operación Órix y, tras años de esfuerzo y lucha para protegerlo, este tipo de antílope salió del riesgo de extinción para convertirse en una especie vulnerable, lo que no la exime de peligro. En la actualidad, existen alrededor de 1.220 ejemplares en libertad en la península arábiga y alrededor de 7.000 en cautiverio. 

El kiwi marrón de la Isla del Norte

Este pequeño pájaro de pico alargado que forma parte de la historia, la cultura y la simbología de Nueva Zelanda salió de las listas de especies a punto de desaparecer en 2017. Desde entonces, su población crece de manera estable alrededor de un 2% cada año. Todo ello, fruto de 25 años de conservación a nivel nacional y de recuperación de este kiwi que es ya el símbolo nacional del país de Oceanía en el que cría y vive. 

Cuatro voces imprescindibles para entender las ciudades del futuro

En tres décadas, el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. Pero las grandes urbes arrastran desde la Revolución Industrial problemáticas estructurales que, este año, con la pandemia de la Covid-19 han quedado más patentes que nunca. Los altos niveles de contaminación, el hacinamiento en el caso concreto de algunos países, la falta de espacios verdes y la eterna batalla entre peatón y automóvil son algunos de ellos. Pero si queremos llegar a 2050 habiendo evitado la temida subida de 2 grados Celsius de la temperatura del planeta, las ciudades y sus habitantes deben dar un paso adelante y acompañar e, incluso, impulsar la descarbonización y la transición energética. No hay una fórmula mágica que permita adaptar las urbes a la realidad que viene, pero ya existen planteamientos que se han probado útiles para que nuestras poblaciones sean más sostenibles. La resiliencia urbana es uno de esos conceptos que resuenan cada vez más en las mentes de los urbanistas y arquitectos más concienciados con la emergencia climática. Esto es, la capacidad que tengan las ciudades para adaptarse a nuevas situaciones, como la crisis sanitaria o la medioambiental. Estos cuatro arquitectos llevan varios años impulsando las ciudades del futuro: más habitables, más humanas y, sobre todo, más sostenibles y ecológicas. 

Michael Green

Este arquitecto canadiense se ha propuesto resolver uno de los mayores retos a los que se enfrenta la humanidad: dar cobijo a toda su población y, a la vez, reducir las emisiones de CO2. Para ello, lleva décadas impulsando la utilización en la construcción de un material que tiene la capacidad de captar carbono en vez de los tradicionales hormigón y acero, altamente contaminantes. Este material es la madera. Según Green, tan solo en Estados Unidos, el acero representa alrededor del 3% de las emisiones de efecto invernadero emitidas por el ser humano, y el hormigón más del 5%. Es decir, más del 8% de la contaminación que los seres humanos emitimos a la atmósfera proviene exclusivamente de dos materiales que, para Green, son fácilmente reemplazables por opciones más verdes. El canadiense explica su fascinación por la madera –siempre proveniente de talas controladas que no dañen biodiversidad y se realicen de manera sostenible– y, en especial, por la versatilidad de este material: «Cuando un árbol crece en el bosque, libera oxígeno y absorbe dióxido de carbono. Cuando muere y cae al suelo, devuelve el CO2 a la atmósfera o al suelo. Si se quema en un incendio forestal, el carbono regresa a la atmósfera, pero si se toma esa madera y se incorpora a una construcción –o a una pieza de mobiliario o a un juguete de madera–, con esa increíble capacidad que tiene para almacenar el carbono, nos proporciona una gran retención de este elemento». Un metro cúbico de madera, asegura, almacena una tonelada de dióxido de carbono. «Nuestras dos soluciones al clima son reducir las emisiones y encontrar almacenamiento: la madera es el único material que utilizo que cumple esas dos funciones», asegura.

Iñaki Alonso Echevarría

Tras 15 años poniendo el foco en la sostenibilidad y el medio ambiente, este arquitecto español tiene claro que el modelo de vivienda post-COVID-19 debería ser «resiliente, colaborativo y ecológico». Su estudio de arquitectura es el impulsor del cohousing en España: una revolucionaria manera de entender los edificios de viviendas como lugares de encuentro comunitario, de bajas emisiones y eficientes. Alonso apuesta por las construcciones ecológicas que se guíen por la propia naturaleza: «Ahora, los edificios se vuelven a pensar desde un punto de vista eficiente y empiezan a aparecer los de energía casi nula, pero también podemos hacer edificios que produzcan energía y que sean suministradores a través de paneles solares o mini molinos eólicos». Además, promueve la búsqueda del ahorro de agua e, incluso, de la depuración de esta como parte del sistema de residuos de los edificios. «Pueden ser metabolismos que tengan una relación con el entorno bastante más limpia», recuerda. Para este arquitecto y su estudio, un proyecto nunca podrá ser sostenible si no tiene en cuenta la sostenibilidad medioambiental, social y económica, tres aspectos que no pueden desconectarse los unos de los otros. Como Michael Green, Alonso también apuesta por la madera como material bajo en carbono que puede revolucionar el urbanismo en los próximos años, si le dejamos.

Julien De Smedt

Este arquitecto belga tiene un compromiso con el medio ambiente, y así lo refleja su estudio de arquitectura. Sostenibilidad y análisis del paisaje se unen a un proceso constante de investigación para desarrollar las soluciones más respetuosas con la biodiversidad, nuestro entorno y la propia sociedad. Para De Smedt, la cada vez mayor densidad de población de las zonas urbanas nos lleva a superpoblar las áreas ya construidas y, muchas veces, a ignorar otras que tienen potencial pero «que no interesan». El belga recuerda que, si se es eficiente a la hora de construir, se pueden aprovechar mucho mejor los espacios y, sobre todo, crear edificios sostenibles en los que la gente quiera (y pueda) vivir. «Un edificio eficiente y pasivo en el que nadie quiera vivir –porque no sea acogedor, esté incomunicado o sea poco práctico– nunca podrá ser sostenible, porque acabará vacío. Necesitamos espacios útiles y eficientes energéticamente, y eso implica diseño y tener en cuenta las necesidades y los gustos de la sociedad. Además, siempre es posible transformarlos y hacerlos cada vez más y más sostenibles a medida que vamos avanzando en las investigaciones al respecto», recuerda.

Araceli Reymundo

Esta arquitecta canaria pone el foco en la optimización de los recursos y, sobre todo, en la adaptación de las construcciones al entorno en el que se van a desarrollar y al clima. Este último juega un papel central en la arquitectura bioclimática que Reymundo viene impulsando en el archipiélago canario desde los 90. «Debido a su clima, en Canarias las estrategias bioclimáticas pueden evitar, en la mayor parte de las localidades, el consumo energético en climatización, por ejemplo», explica la arquitecta y, de hecho, esa misma lógica se podría utilizar en cualquier territorio. Además, para Reymundo es esencial la utilización de materiales locales, con una huella ecológica baja, para cumplir los estándares sostenibles. «Antes de elegir un material u otro, analizamos el clima del municipio y la parcela en sí», reconoce. Así, cada construcción está adaptada a las necesidades de su entorno. La gestión de la energía y del agua, la dependencia alimentaria, la gestión de los residuos, la potenciación del transporte público o la movilidad sostenible son aspectos principales de la investigación de esta experta en arquitectura bioclimática para conseguir que los edificios canarios sean más sostenibles, humanos y adaptables al cambio climático.

Radiografía de los derechos humanos en el mundo

“Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”, dicen en Amnistía Internacional cada vez que denuncian una violación de derechos humanos en el mundo desde su creación en 1961. En aquel momento, la Declaración Universal de los Derechos Humanos cumplía trece años, pero seguía en pañales. Hoy, 72 años después de que se aprobase, se ha avanzado sobremanera, pero no lo suficiente. Las violaciones de derechos humanos siguen estando a la orden del día: desde Europa al sudeste asiático o las profundidades de la sabana africana, pasando por la totalidad del continente americano o la isla más recóndita de Oceanía. A la espera de que se confirmen los datos finales de 2020 que, para ONG como Amnistía o Human Rights Watch, podrían ser catastróficos debido al desigual impacto del coronavirus, la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de Naciones Unidas alerta del frágil estado de los derechos fundamentales en el mundo.“Recibimos tantas peticiones de ayuda al año que no damos abasto para responderlas todas”, recuerda Michelle Bachelet, la alta comisionada para los Derechos Humanos.

2020 ¿suspenso en derechos humanos?

Este año, Naciones Unidas recuerda que 235 millones de personas requieren de ayuda humanitaria. Es decir, un 40% más que el año pasado. “Es la perspectiva más sombría y oscura sobre las necesidades humanitarias que jamás se haya establecido”, explican desde la ONU y el Alto Comisionado para los Derechos Humanos en su Panorama Global Humanitario 2021. Además, añaden, si todas las personas vulnerables que necesitan ayuda urgente viviesen en un mismo país, este sería el quinto más grande del mundo. 

Naciones Unidas recuerda que 235 millones de personas requieren de ayuda humanitaria

Las violaciones de derechos humanos no han parado ni siquiera durante las cuarentenas más severas. En los últimos meses, Amnistía Internacional ha denunciado las detenciones de manifestantes pacíficos en Hong Kong, las represiones contra protestas pacíficas en Polonia y Bielorrusia, el uso de bombas de racimo en el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán, la falta de protección legal para las trabajadoras domésticas en Líbano, el encubrimiento de la masacre de Lagos en Nigeria, la brutalidad policial en Estados Unidos, el desamparo de los mayores en las residencia  españolas, la encarcelación de activistas en Rusia, la discriminación –y asesinato– contra los anglófobos en Camerún o la detención de activistas por los derechos de las mujeres en Arabia Saudí, entre muchas acciones de Gobierno, empresas e instituciones que amenazan a la Declaración Universal de Derechos Humanos. 

Mark Lowcock: “Podemos deshacer 40 años de progreso en 2021 o trabajar juntos para que todos encontremos una salida a esta pandemia”

Como culmen de las violaciones de derechos están las crisis humanitarias vividas en el mundo. Según la ONU, en Latinoamérica se necesitan paliar los efectos de los desastres naturales –como los huracanes Eta e Iota en América Central–, la pobreza y la violencia extrema, los desplazamientos forzosos o la inseguridad alimentaria. Esta última, cada vez más creciente, pasó del 22,9% en 2014 al 31,7% en 2019. Las crisis humanitarias en Siria y Yemen tampoco dejan indiferentes a nadie: hay al menos 20,6 millones de personas afectadas en el primero y 19 millones en el segundo. Todas ellas ven sus derechos humanos vulnerados a diario y se ven privadas de recursos básicos para poder desarrollar sus vidas. El coordinador humanitario de Naciones Unidas, Mark Lowcock, recuerda que “podemos dejar que 2021 sea el año de un gran retroceso –deshaciendo 40 años de progreso– o podemos trabajar juntos para asegurarnos de que todos encontremos una salida a esta pandemia".

Derechos humanos y cambio climático en Europa

En primavera de este año, el comisario europeo de Justicia, Didier Reynders, anunció el avance en una iniciativa legislativa obligatoria para todas las empresas con sede en Europa de debida diligencia en materia de derechos humanos y medio ambiente. Poco después, a finales de verano, se publicaba un avance con recomendaciones para una futura legislación común con el fin de proteger a las posibles víctimas de violaciones de derechos humanos allá donde las empresas europeas se encuentren. La Unión Europea pretende, así, forzar la aplicación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en todo el planeta. 

La futura normativa europea, que se presentará en el primer trimestre de 2021, tiene como objetivo exigir a las empresas que respeten los derechos humanos y el medio ambiente en sus operaciones, pero también en sus cadenas de valor globales y dentro de sus relaciones comerciales. Además, pedirá a las empresas que identifiquen, detengan, prevengan, mitiguen y monitoreen los potenciales impactos adversos sobre los derechos humanos y el medio ambiente que puedan tener sus operaciones o sus cadenas de valor en todo el mundo. Una vez entre en vigor esta legislación, las corporaciones europeas serán responsables directas de cualquier impacto negativo en materia de derechos humanos y medio ambiente de todo su sistema de producción (desde las cadenas de valor hasta las relaciones comerciales). 

Europa prepara una ley que exigirá a las empresas que respeten los derechos humanos y el medio ambiente en sus operaciones

Después de este anuncio, una docena de ONG se unieron para exigir a la Unión una legislación más ambiciosa y recordar a los países miembro que estarán vigilantes para, si fuese necesario, denunciar los abusos que las empresas cometan. En su petición alertan de que la Covid-19 ha conseguido que se rebajen los requisitos de protección medioambiental en el mundo, lo que, de mantenerse en el tiempo, podría suponer un grave retroceso en la lucha contra la emergencia climática. 

La defensa y protección de los derechos humanos y de nuestro planeta es, como deja ver la iniciativa europea, tarea de todos. La sociedad civil, los Gobiernos y las empresas deben permanecer alerta para que estos no se violen y denunciar cualquier posible ataque a los derechos más fundamentales. 2020 puede ser un punto de inflexión en todo lo conseguido en las últimas décadas. Por eso, como Peter Benenson, fundador de Amnistía Internacional, decía, no podemos olvidar que “la vela no arde por nosotros, sino por todas aquellas personas que no conseguimos sacar de prisión, que fueron abatidas camino de prisión, que fueron torturadas, secuestradas o víctimas de desaparición. Para eso es la vela”. Y en 2021 tiene que seguir ardiendo, también por nuestro planeta y por los derechos de todos. 

Consejos para un Black Friday más sostenible

Lo que antes era un aluvión de compras en un solo país (Estados Unidos) y durante un solo día (que empezaba en la medianoche tras Acción de Gracias), ha llegado en el último lustro hasta nuestro país –como a muchos otros– y, con él, se han extendido prácticas perjudiciales para el medio ambiente que fomentan un consumo desmedido en un gran porcentaje de la población ya no sólo durante un día sino que se extienden en algunos casos al mes y se llega a hablar del Black November o noviembre negro. 

Según un comunicado emitido el pasado día 25 de noviembre por Greenpeace se estima que este año durante el Black Friday ocho de cada diez personas en nuestro país comprarán online. Un auge del comercio electrónico sobre el que la ONG alerta: «El comercio electrónico nos ha facilitado la vida, sobre todo en tiempos de pandemia, pero a gran escala tiene un elevado coste ambiental. El sobreconsumo digital implica una extracción de recursos masiva y la generación de emisiones al producir los artículos y distribuirlos de un punto a otro del planeta, además de numerosos problemas para deshacernos de ellos. Consumir local en vez de apostar por gigantes del consumo, y solo cuando lo necesitemos, es la única solución», señalaba Alba García, responsable de la campaña de ciudades en Greenpeace España. Así, el impacto del llamado viernes negro en nuestro entorno es enorme si tenemos en cuenta que en España el año pasado se estima que se distribuyeron 3,5 millones de paquetes y 1,5 solo en la capital.

Ocho de cada diez españoles comprarán online este Black Friday

Comprar, tanto en tienda física como online, supone emitir gases de efecto invernadero y generar residuos. Si, por un lado, a nivel mundial se recomienda intentar no desplazarse para realizar compras, por otro, recibir muchos paquetes pequeños en casa de compras hechas a través de internet producen cantidades ingentes de plástico y cartón, además de que los cortos plazos de envío hacen que los transportistas no puedan planificar sus rutas de la manera eficaz y sostenible. Una manera de reducir el impacto que tienen tanto las compras online como los desplazamientos a los centros comerciales es acudir a las tiendas físicas para minimizar las emisiones contaminantes del transporte si se van a adquirir varios productos de diferentes lugares y, de paso, reducir embalaje. Si, por el contrario, se va a realizar una sola compra o en un solo establecimiento, internet puede ser la mejor opción. 

Meditar, reciclar y apostar por las tiendas de barrio

Por eso, un año más, ecologistas y especialistas en sostenibilidad recuerdan la importancia de comprar de manera consciente, valorando antes de adquirir gangas si realmente se necesita o simplemente es una acción compulsiva. Además, recomiendan comparar precios para saber si la oferta realmente lo es y, en la medida de lo posible, optar por la segunda mano o los productos reacondicionados, fomentando así la economía circular. 

Cerca del 33% de las compras realizadas en el Black Friday se devuelve

Y más allá de la compra en sí, advierten de que el problema llega una vez la campaña del Black Friday pasa: se calcula que alrededor del 33% de las compras acaban devolviéndose. Es decir, a la contaminación que genera per se todo el proceso de producción de, por ejemplo, un teléfono móvil – uno de apenas 200 gramos genera 86 kilos de residuos–, se le suma el CO2 emitido para su transporte y, después, su devolución. Cuando el teléfono vuelve a la tienda habríamos generado un rastro de residuos y gases de efecto invernadero para que el producto vuelva al lugar del que salió. Por eso, lo mejor es no dejarse llevar por impulsos y meditar cada compra. Si nos preguntamos si verdaderamente necesitamos algo antes de darle a finalizar compra, seguramente las devoluciones se reducirían sobremanera.  

Otro gran problema derivado de la compra sin mesura que provoca la campaña del Black Friday parte del embalaje de las compras, especialmente las online: si no se gestionan adecuadamente los productos que se van a reemplazar o el packaging de los recién comprados, estaremos generando en pocos días miles de kilos de basura que acabarán en vertederos. Así que la clave está en el reciclaje: ante la duda, todos los ayuntamientos de España disponen de un número de teléfono de información sobre gestión de residuos. 

La cultura del usar y tirar, que favorecen las campañas de rebajas, genera un extra de contaminación, pero los expertos recuerdan que, además, asfixian a muchos comercios de barrio que, un año como el actual, ya respiran con dificultad por la crisis sanitaria. Para muchos, es imposible competir con los descuentos durante una semana o un mes. Por eso, en un momento tan extraordinario, ¿por qué no apostar por el pequeño comercio de proximidad y ayudarle a sobrevivir al 2020? 

Giving Tuesday

La conciencia medioambiental de muchos –especialmente los más jóvenes– ha precipitado la aparición de alternativas sostenibles al Black Friday o al cada vez más famoso Cyber Monday (celebrado el lunes de después). Una de ellas es el Giving Tuesday, con la que, según las organizaciones que la impulsan se pretende “dedicar un día en todo el mundo, este año el 1 de diciembre, a celebrar la acción de dar, ya sean alimentos, dinero, tiempo (voluntariado), objetos de segunda mano, etc”. Con este día, representado en redes con el hashtag #GivingTuesday, se quiere extender la solidaridad a los 365 días del año, empezando por uno solo. 

En 2018, el Giving Tuesday en España recaudó 697.265 euros destinados a más de 300 proyectos sociales

El Giving Tuesday nació en 2012 en Nueva York para contrarrestar los efectos del Black Friday y el Cyber Monday. La ONG 92Y Street y la Fundación de las Naciones Unidas lo pusieron en marcha para promover el espíritu solidario de la Navidad frente a un consumismo cada vez más generalizado. Esta iniciativa, a la que cada vez se unen más personas en todo el mundo, llegó a España tres años después de su creación en Estados Unidos y solo en 2018 llegó a recaudar 697.265 euros en nuestro país que se destinaron a más de 300 proyectos sociales. Una alternativa que apuesta por dar en vez de comprar e intenta romper con las ansias consumistas en un planeta cuyos recursos ya han llegado a su límite.