Autor: Cristina Suárez

La Tierra de los 8.000 millones

Damián no lo sabe, pero cambió el mundo nada más llegar a él. Literalmente: este bebé nacido en la República Dominicana el pasado 15 de noviembre se convirtió en el habitante número 8.000.000.000 de este planeta. No fue sorpresa para nadie: en su informe Perspectivas de la Población Mundial, Naciones Unidas ya lo preveía, además de que la humanidad seguirá con la tendencia al alza hasta los 8.500 millones en 2030 y los 9.700 millones en 2050. Por si fuera poco, este año se espera una batalla (numérica) entre los dos países más poblados del mundo: si todo sigue igual, la población de la India (1.412.320 habitantes) superará a la de China (1.425.925 habitantes) antes de que acabe 2023.

Estas enormes cifras dibujan el momento en el que el reto demográfico es el centro de toda discusión: las consecuencias de un crecimiento de tales escalas suponen un importante desafío a la hora de satisfacer nuestras necesidades básicas desde el punto de vista ambiental y de acceso a recursos, pero también desde lo económico, lo urbanístico y lo sanitario. «Los 46 países menos adelantados del mundo se encuentran entre los de más rápido crecimiento. Se prevé que muchos de ellos dupliquen su población entre 2022 y 2050, lo que supondrá una presión adicional», advertía recientemente Naciones Unidas.

En 2086, el crecimiento de la humanidad tocará techo: a partir de entonces, la población mundial disminuirá paulatinamente

Concretamente, Asia Meridional será la región geográfica que experimente un mayor crecimiento, ya que pasará de los 1.899 millones de habitantes en 2022 a los 2.294 en 2050. Lo mismo ocurre con Asia Oriental y Pacífico, que alcanzará los 2.428 millones. Por la cola se sitúan Norteamérica y Europa, lo que demuestra que, efectivamente, es en los países en vías de desarrollo donde la tasa de natalidad corre el riesgo de dispararse: en el continente africano se prevé que se genere más de la mitad del crecimiento demográfico mundial en las próximas décadas, lo que cuadra con sus altas tasas de fecundidad (algunos países registran más de cuatro hijos por mujer) provocadas por un acceso limitado a la salud y a la educación sexual, además de la todavía existente discriminación de género que, según Naciones Unidas, «supone un obstáculo para la autonomía de la mujer».

Pero el ser humano no es infinito. El ritmo de crecimiento poblacional, de hecho, es cada vez más lento y a partir de 2080, según las estimaciones, dejaremos de traer más personas al mundo. Por entonces se registrarán algunas fluctuaciones poblacionales, pero en 2086 se tocará techo y, entonces, los habitantes de la Tierra disminuirán hasta las 10.349 millones para 2100. ¿Qué pasará por entonces? Como vaticina Naciones Unidas, en África se concentrará el 50% de la población mundial, Nigeria será el tercer país más poblado del mundo -de hecho, la mitad del crecimiento se dará en tan solo nueve países-, la India habrá superado sin problemas a China y el Viejo Continente hará honor a su nombre, donde casi una cuarta parte de la población tendrá más de 60 años.

De hecho, se estima que la esperanza de vida aumente, de manera global, de 72,8 años a 77,2 en 2050, aunque en los países menos desarrollados se sitúa ya siete años por debajo debido a los altos niveles de mortalidad infantil y materna, así como la violencia y el impacto de algunas enfermedades. A nivel global, en la actualidad, ya cerca del 10% de la población mundial tiene más de 65 años, una tasa que en 2050 alcanzará el 16%. Tal y como demuestran los datos, el ranking lo encabezarán Europa y Norteamérica, con un 26,9% de la población en edad de jubilación. En el África subsahariana, por el contrario, el porcentaje es mucho menor (4% en 2050). Suena paradójico, puesto que sabemos que es una de las zonas que experimentará un mayor crecimiento, pero a pesar de que nazcan tantos niños, si la mortalidad es alta, esto se traduce en una menor esperanza de vida y, por tanto, una escasa población que alcance la tercera edad.

 

En este escenario, los retos a superar difieren mucho entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo. A lo largo de los próximos años, aquellos que estén avanzados socioeconómicamente tienen que afrontar el conocido como invierno demográfico. En países como España y los vecinos europeos, las tasas de nacimiento no dejan de disminuir por diferentes factores –mayor independencia económica de las mujeres, priorización de la carrera laboral, etc– y, a la vez, los avances científicos permiten ampliar la esperanza de vida, generando la famosa pirámide invertida. ¿Qué lectura se puede hacer de esto? «Que la población de 61 países disminuirá para 2050: la tasa de fecundidad de las naciones europeas ya está hoy muy por debajo de la necesaria para garantizar el reemplazo de la población a largo plazo», advierte Naciones Unidas.

Se estima que la esperanza de vida aumente, de manera global, de 72,8 años a 77,2 en 2050, aunque en los países menos desarrollados se sitúa ya siete años por debajo de la media

Mientras tanto, los países en vías de desarrollo se enfrentan a otra caja de Pandora: la creciente densidad poblacional, la dificultad para acceder a bienes básicos y las posibles consecuencias del cambio climático. Las cifras demuestran que estos países tienen mayor densidad –en Singapur viven 8.377 personas por kilómetro cuadrado frente a las 385 que habitan Bélgica–. En este sentido, cuanto mayor sea la densidad, menor es el espacio a habitar y gestionar para obtener recursos básicos, como alimentos o un buen sistema de saneamiento. Además, en los países con ciudades superpobladas, la gestión sostenible de los entornos urbanos se hace mucho más complicada, lo que implica una mayor dificultad para adaptarlas a los posibles cambios de clima.

El nacimiento de Damián ha puesto la pregunta sobre la mesa: ¿El crecimiento poblacional es una oportunidad o un reto? Todo depende de cómo se mire. Mayor humanidad, por ejemplo, se traduce en mayor conocimiento. Por eso, a ojos de Naciones Unidas es el momento ideal para que «los países tomen medidas para minimizar el cambio climático y proteger el entorno, especialmente aquellos más desarrollados, que pueden tomar grandes decisiones a la hora de desconectar el crecimiento de la humanidad de la degradación del medio ambiente». Durante el primer minuto que has dedicado a leer este artículo han nacido en el mundo 300 niños. Al acabar el día, habrán sido 400.000.

Juguetes para crear un mundo mejor

La neurociencia insiste en que jugar puede ayudar a fomentar valores tan importantes en las sociedades pacíficas como la cooperación, la tolerancia y la empatía. Concretamente, desde un videojuego hasta una muñeca o un folio en blanco pueden enseñar a los más pequeños a aprender habilidades como la resolución de conflictos o la negociación, lo que garantiza que las generaciones jóvenes de hoy se conviertan en los ciudadanos tolerantes del mañana.

El cerebro de un niño o una niña se transforma cuando juega con muñecas. Literalmente. Así lo demostraron varios científicos de la Universidad de Cardiff al observar a menores con estos tipos de juguetes que consiguen activar distintas áreas cerebrales responsables de desarrollar la empatía y otras habilidades beneficiosas. “Las muñecas les animan a crear sus propios pequeños mundos imaginarios, a pensar en otras personas y en cómo podrían interactuar con ellas”, explica la doctora Sarah Gerson, principal responsable del estudio. Mundos cimentados con la mente infantil, lo que se traduce en realidades (imaginadas) completamente alejadas de la nuestra: un lugar de buenas emociones e inocencia, el caldo de cultivo perfecto para desplegar aptitudes como la colaboración, la negociación y la resolución de conflictos. 

Un equipo de investigación de la Universidad de Cardiff demostró que los juguetes eran capaces de activar áreas cerebrales responsables de desarrollar la empatía y otras habilidades beneficiosas

Pero estos efectos beneficios no son algo exclusivo de la interacción con muñecas. Cada vez más neurocientíficos insisten en que recurrir a la actividad favorita de los niños, el juego, puede ayudar a fomentar valores fundamentales para construir sociedades más pacíficas y tolerantes: en los primeros años de su vida, esta es su única forma de aprender sobre el mundo y encontrar su lugar, lo que les lleva a recordar para siempre esas experiencias de juego, ya sea solos o acompañados. Concretamente, es la activación del hipocampo lo que permite que esos aprendizajes queden grabados en la memoria a largo plazo, por lo que aprendan disfrutando lo recordarán toda la vida. 

Por eso, ante los crecientes contextos de incertidumbre y conflictos, no dejan de surgir iniciativas de entretenimiento —tanto en el hogar como en los colegios— para aprovechar este puente sináptico e inculcar valores positivos. Empezando por los videojuegos, siempre expuestos al debate sobre si realmente pueden aportar beneficios o tan solo fomentan la competitividad y la violencia. ¿Cuál es la respuesta correcta? La aprobación a principios de año de los videojuegos como patrimonio cultural de España y su inclusión en la Biblioteca Nacional pueden dar algunas pistas, y la evidencia no deja lugar a dudas: existen títulos que huyen de historias conflictivas y apuestan por fomentar un entretenimiento pacífico.

Eso es lo que quiere demostrar Games for Peace, una iniciativa del israelí Uri Mishol que desde 2013 trabaja por hacer que cualquier niño o niña, venga de donde venga, consiga hacer amigos y jugar de forma sana con otros desde cualquier punto de Oriente Medio. Todo gracias a internet y Minecraft, un videojuego de construcción en formato mundo abierto donde Mishol celebra distintos eventos virtuales de temáticas diversas en los que participan varias escuelas. El primero de todos propuso a los menores construir en una semana una aldea virtual que representara la coexistencia pacífica entre los pueblos de Oriente Medio, pero también organizó un mundial de fútbol virtual. Supervisados por monitores online, niños de todo el mundo aprenden sobre la paz, la coexistencia y la tolerancia. 

A medio camino entre el videojuego y la gamificación educativa, algunas apps también aprovechan su atractivo para fomentar la conciencia medioambiental entre los más pequeños. Por ejemplo, The Climate Trail propone un recorrido por un Estados Unidos que ha sufrido las peores consecuencias del cambio climático para aprender a evitarlas. Con un nombre similar, The Climate Challenge, desarrollado por la BBC, pide a los jugadores gestionar los recursos y la energía en Europa para conseguir llegar al 2100 evitando una catástrofe climática. Incluso la Universidad de Washington ha creado su propia propuesta: EarthGames, una serie de juegos educativos relacionados con la sostenibilidad y la justicia climática.

La BBC o la Universidad de Washington han creado sus propios juegos para fomentar la conciencia ambiental y el trabajo en equipo

No es un ‘todos contra todos’, sino un ‘todos con todos’. Más allá de la pantalla, los juegos de mesa cooperativos también son grandes aliados para enseñar a los más pequeños a respetar otras opiniones e intentar llegar a acuerdos. Un buen ejemplo es Arkham Horror, uno de los más conocidos, en el que los jugadores, en su papel de investigadores, deben encontrar pistas y cumplir objetivos para evitar que los monstruos asolen la ciudad. También en honor al personaje de Robinson Crusoe, este juego de mesa homónimo consiste en trabajar en equipo para tomar decisiones de supervivencia en una isla desierta, donde cada uno de los jugadores deberá aportar algo. Otros, como Jembatán. Misión: Parar la guerra, dejan muy claro su objetivo: este juego de aventuras a partir de nueve años pide a los pequeños trabajar para dialogar y construir acuerdos comunes a fin de evitar que estalle la guerra en este país imaginario. 

Las dinámicas de grupo también son un caldo de cultivo perfecto para aprender a cooperar. La lista es infinita, porque este es el espacio perfecto para dejar desbordar la creatividad. No obstante, algunos educadores proponen juegos como el círculo mágico, donde cada niño escribe en un papel las características positivas de su compañero a la izquierda y lo introduce en una bolsa para que, a continuación, los integrantes del círculo lo lean en alto e intenten adivinar a quién se refiere. Otra manera de enseñar la tolerancia, esta vez en la escuela, pasa por pedir al alumnado que traiga fotografías de su familia en el pasado, una forma de mostrar costumbres distintas y aprender de otras culturas y etnias. 

Aunque hay opciones mucho más simples (que no menos efectivas): un simple folio en blanco. En él se puede proponer a los niños dibujar lo que entienden por respeto para, posteriormente, crear un mural con todas las propuestas para debatir qué significa exactamente ser respetuoso para cada uno (y por qué todas las posiciones son válidas). Y es que, aunque enseñar a ser tolerantes y cooperar con el resto es una tarea diaria, los juegos son grandes aliados para plantar en las generaciones jóvenes de hoy la semilla de la que brotarán los ciudadanos abiertos y solidarios de mañana.

¿Es realmente más sostenible comprar ropa de segunda mano?

Hace tiempo, la moda de segunda mano se coronó como la alternativa más sostenible a una de las industrias más contaminantes del planeta, haciendo que florezcan apps y tiendas físicas para comprar y vender prendas ya utilizadas a la vez que ha crecido el interés de la ciudadanía por comprar de forma más consciente y verde. Sin embargo, no basta con comprar algo ya utilizado para contribuir al medio ambiente, sino que necesitamos cambiar la mentalidad con la que lo hacemos.

La nostalgia encaja con la moda de una forma única. Como si de un círculo perfecto se tratase, cada cierto tiempo vuelve a la calle una prenda que parecía haber pasado a mejor vida. Un renovado viaje al pasado que recupera fondos de armario de otras generaciones para instalarlas en las actuales. En esta idea se fundó la conocida tendencia vintage, que se usa para describir ropa que tiene entre 20 y 100 años de antigüedad. Su origen se remonta a los años cincuenta tras el crac del 29 en Estados Unidos, momento en el que todo lo ostentoso empezó a vivir sus horas más bajas y parte de la población decidió donar sus prendas más llamativas. Algo más tarde, una poderosa campaña de marketing puso de moda vender estas prendas, asentando lo que hoy conocemos como vintage y que, posteriormente, creó espacio en la sociedad para la ropa de segunda mano.

En ocho años, el mercado de ropa de segunda mano duplicará al de la moda rápida

En la actualidad, es precisamente este tipo de ropa la que marca la tendencia desde el discurso de la sostenibilidad. Cada vez surgen más tiendas físicas y aplicaciones que promueven la compraventa de ropa previamente utilizada entre usuarios, alimentando la economía circular y minimizando el despilfarro de una industria que representa el 10% de las emisiones de efecto invernadero: todo apunta a que en ocho años el mercado de segunda mano duplicará al de la moda rápida. Es lo esperable si se busca garantizar un futuro menos contaminante que beba de la economía circular. Sin embargo, ¿hemos perdido la perspectiva? ¿Es realmente más sostenible comprar ropa de segunda mano?

De un primer vistazo, los beneficios ecológicos de comprar ropa ya utilizada son evidentes: se alarga la vida de las prendas, se evita la extracción de nuevas materias primas y se evita el impacto ambiental asociado a la fabricación y sus posteriores residuos. Concretamente, según el Instituto de Investigación Medioambiental de Suecia, el mercado de segunda mano ahorró en 2021 más de 1250 toneladas de plástico y 1,4 millones de toneladas de CO2. También a las carteras de los consumidores, puesto que este sector puede ofrecer hasta un 70% de ahorro. Beneficio para el medio ambiente, pero también para la los bolsillos de los ciudadanos.

Comprar ropa ya utilizada es una buena alternativa si se seleccionan las prendas con esmero, cuidado y, sobre todo, con conciencia

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Que ahora miremos directamente a la ropa de segunda mano como la alternativa ideal conlleva el riesgo en convertir este mercado en una nueva versión de la moda rápida, borrando por completo la idea primitiva que le dio vida, la sostenibilidad, si se empiezan a repetir las dinámicas del consumo a las que venimos acostumbrados: comprar mucho y a bajo precio, muchas veces de forma compulsiva y sin necesidad real. Y, si bien adquirir una prenda ya utilizada posiblemente ahorre la producción de una nueva, es importante abordar esta perspectiva desde una óptica más amplia, ya que en la compra de esa camiseta o pantalón existen unas emisiones asociadas. 

En caso de que se adquieran a través de apps o páginas webs, es importante tener en cuenta que lo más probable es que esa ropa se envíe de la misma forma que cualquier otra. ¿Está envuelta en una bolsa de papel reutilizado o viene embalada con plástico? ¿De qué forma se ha transportado? Si la compramos fuera de nuestro país, es muy probable que se envíe primero en avión, después en camión y, posteriormente, en furgoneta de reparto hasta nuestra casa. Concretamente, un avión emite 192 gramos de CO2 por cada kilómetro, mientras que los camiones, junto con las furgonetas y los coches, son responsables del 70% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero procedentes del transporte. 

Algo similar puede ocurrir con las tiendas físicas de ropa de segunda mano, ya que las prendas tienen que llegar allí de alguna forma. Además, teniendo en cuenta que, de media, solo utilizamos una prenda siete veces antes de descartarla, corremos el riesgo de hacer lo mismo con esta alternativa si no prestamos atención a los patrones que reflejamos de la moda rápida y nos planteamos si verdaderamente tiene sentido comprar decenas de prendas de segunda mano refugiados en el alegato de que es de segunda mano y, por tanto, más circular. Tal y como refleja Greenpeace en un informe, solo el 12% de los textiles posconsumo se recogen por separado para su reutilización, y gran parte de esta cantidad termina exportada a zonas en vías de desarrollo, concretamente Europa del Este y África, contaminando el entorno. 

El mercado ghanés de ropa de segunda mano Katamanto refleja a la perfección este sobreconsumo de moda reutilizada que corremos el riesgo de hacer costumbre. Sobre sus mesas desvencijadas se amontonan los 15 millones de camisetas, pantalones, vestidos, abrigos y zapatos que se reciben a la semana y que se venden a cambio de escasos céntimos. Sin embargo, el 40% de esa ropa que llega (especialmente de países extranjeros) está tan estropeada que no sirve ni para utilizarse ni para ser reciclada, por lo que acaba en el vertedero de la laguna de Korle, en Accra, donde suele ser arrastrada al mar. Lo mismo ocurre en el desierto chileno de Atacama, el lugar más seco del planeta, donde se llegan a acumular unas 20 toneladas de ropa vieja al día.

La clave para hacer de la ropa de segunda mano una moda sostenible es evitar las compras compulsivas. Comprar solo cuando es necesario permite elegir con más cautela y lógica, evitando así el gasto innecesario de prendas que, más temprano que tarde, quedarán olvidados en un rincón. Incluso antes de adquirir ropa nueva ya utilizada podemos plantearnos la posibilidad de reparar esa prenda que queremos sustituir. 

A fin de cuentas, la moda de segunda mano es una gran alternativa sostenible, pero siempre que respondamos a la causa ecológica seleccionando las prendas con esmero, cuidado y, sobre todo, con conciencia. Ahora que se acercan las navidades, es el momento perfecto para practicar esta desaceleración del consumo tan propia de las fiestas y aprender a valorar mejor lo que queremos regalar, aunque sea reutilizado. Porque no basta comprar algo que ya se ha usado para ayudar al medioambiente, sino que también hace falta cambiar la mentalidad con la que lo hacemos.

¿Hemos avanzado en la lucha global contra la pobreza?

La humanidad llevaba un buen ritmo en la erradicación de la pobreza hasta que llegó el coronavirus, ese enemigo que lo cambió todo. Ahora, Naciones Unidas calcula que el legado directo de la pandemia son 700 millones de personas viviendo en la pobreza extrema, lo que se traduce en la pulverización de cuatro años de progreso. ¿Por dónde podemos seguir para alcanzar la meta de pobreza cero? 

No hay dos mundos iguales. Tampoco dos realidades similares. Basta con prestar atención a la situación socioeconómica de los ciudadanos de países desarrollados y países en vías de desarrollo para encontrar las múltiples diferencias (y escasas similitudes) entre el bienestar de unos y otros. Como otros desafíos, la pobreza también marca su propia línea sobre la que nos movemos. Linde que, según el último informe elaborado por el Laboratorio Mundial de la Desigualdad, queda marcada por una sangrante descompensación de ingresos: el 10% de la población mundial recibe actualmente el 52% de los ingresos globales, mientras que más de la mitad de la población gana el 8,5%. En otras palabras, la mitad más pobre posee el 2% de toda la riqueza.

El 10% de la población mundial recibe actualmente el 52% de los ingresos globales, mientras que más de la mitad de la población gana el 8,5%

Hay otra cifra sobre la mesa: actualmente, 1.300 millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza (con menos de 2,15 dólares al día) y 700 millones lo hacen en la pobreza extrema (con menos de 1,90 dólares al día). Ante estos números, los expertos barajan la cada vez más cercana posibilidad de que no se puedan alcanzar los objetivos de erradicación de pobreza marcados por la Agenda 2030 puesto que, antes de que termine la década, tan solo deberían contabilizarse 600 millones de personas subsistiendo con menos de 2,15 dólares al día. “Los avances básicamente se han detenido, a lo que se suma un escaso crecimiento de la economía mundial”, valoraba recientemente David Malpass, presidente del Grupo Banco Mundial.

Esta misma interpretación la corrobora Naciones Unidas en su barómetro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que analiza cada año los avances (o atrasos) de las 17 metas para alcanzar la justicia social y climática para concluir que el acelerador ha dejado de funcionar y la pobreza vuelve a adelantar por la derecha. La pregunta cae por su propio peso: si organizaciones, empresas y ciudadanía llevan décadas trabajando por erradicar esta lacra, ¿por qué parece que no hay avance posible? ¿Acaso no hemos conseguido nada en este último tiempo? 

Los datos, desglosados, muestran una historia diferente. Antes incluso de que se escuchara hablar de la Agenda 2030, la pobreza extrema ya se había convertido en una carrera contrarreloj: en 1981, Naciones Unidas dibujó sobre el mapa el llamado “centro de gravedad extrema —el lugar exacto donde se acumularían más personas con grandes privaciones socioeconómicas—, un punto que, según las previsiones, avanzaría desde Asia meridional hasta el sur de África, pasando por Oriente Medio y el norte del continente. Precisamente en ese año, el trabajo público y privado consiguió pulverizar las cifras, convirtiendo (como si de magia se tratara) el 43,6% de personas con menos de 2,15 dólares al día en 1981 en un pequeño 8,4% de personas en 2019. 

“En 2015, la pobreza extrema global se había reducido a la mitad y en las últimas tres décadas más de un millón de personas habían conseguido escapar de ella”, afirmaba el Banco Mundial. Todo iba viento en popa —con algunos años más exitosos que otros—, pero llegó un inesperado enemigo: el coronavirus. En un momento de incertidumbre absoluta, ni siquiera una reputada institución como esta se veía capaz de predecir el desenlace. Según sus cálculos, en el peor de los casos, la pandemia dejaría de recuerdo 676 millones de personas con menos de 1,90 dólares al día. En un enfoque más optimista, podría resolverse con 656 millones, número que, si bien menos serio, se situaba muy lejos de los 518 millones que se vislumbraban antes de que la pandemia entrara en nuestras vidas. Pero, como ya se ha mostrado al inicio del artículo, el legado inmediato de la pandemia ha superado todas las previsiones (de forma negativa).

 

“Tan solo en 2020, el número de personas viviendo en la pobreza extrema alcanzó los 70 millones. Es el crecimiento global más excesivo desde que se empezara monitorizar en 1990”, explica el Banco Mundial en su informe más reciente. En total, la pérdida de ingresos del 40% más pobre de la población mundial fue el doble que las del 20% más rico. Los confinamientos, la eliminación de puestos de trabajo y el propio padecimiento de la enfermedad generó un impacto más extremo en aquellos países donde el centro de gravedad de la pobreza ya alcanzaba a millones de personas. Naciones de las que, precisamente, ya hablaba la ONU en 1981.

Y es que tal y como demuestran las cifras de Our World in Data, el porcentaje de personas viviendo con menos de 2,15 dólares al día fue mucho mayor en 2021 que hace más de cincuenta años. Madagascar es una de las naciones más afectadas, con un 80% de las personas bajo este umbral, frente al 40% de 1961. En una situación similar se encuentra Uzbekistán, aunque, con un enfoque más macro, es en la mayor parte de África (especialmente en el centro y en el sur) donde más de la mitad de la población no consigue desprenderse de la pobreza. 

La diferencia entre países desarrollados y países en vías de desarrollo es evidente: en Europa, ningún país alcanza el 1% de ciudadanos afectados. Esta evolución a la inversa es aún más fácil de observar si tomamos un indicador más extremo, el de 1,90 dólares al día, donde apenas se observan avances antes y después de la pandemia. En África subsahariana, las personas en este umbral han pasado de un 36,7% a un 37,9% entre 2019 y 2021; una tendencia que se observa igualmente en el Norte de África, América Latina y, en general, a lo largo y ancho de todo el mundo. 

 

¿Y ahora, qué?

Cuando se habla de pobreza no se habla únicamente de privaciones económicas. Va más allá de la falta de ingresos y recursos para garantizar unos medios de vida sostenibles. Es un asunto de derechos humanos, porque también se trata de hambre, malnutrición, falta de una vivienda digna y acceso limitado a servicios básicos como la educación o la salud. Y se suma el problema del cambio climático, cuyas consecuencias más directas afectan, como es evidente, a los países con escasos recursos económicos. Además, tiene rostro de mujer: según Naciones Unidas, 122 mujeres de entre 25 y 34 años viven en pobreza por cada 100 hombres del mismo grupo y edad. 

Concretamente, el 15% de las personas en pobreza extrema sufren serias dificultades para acceder a combustible para cocinar alimentos básicos y conseguir un techo digno bajo el que vivir

Concretamente, el 15% de las personas en pobreza extrema sufren serias dificultades para acceder a combustible para cocinar alimentos básicos y conseguir un techo digno bajo el que vivir. El saneamiento y la alimentación son otras grandes carencias cuando el dinero no alcanza y que desemboca, como problema multidimensional que es la pobreza, en otros derechos básicos para garantizar la justicia social, como el tiempo de escolarización y la incapacidad para asistir a la escuela (la mayoría de los niños abandonan el colegio en edades tempranas para traer ingresos a casa). 

Naciones Unidas calcula que la pandemia ha acabado con cuatro años de progreso en la erradicación de la pobreza. Además, el aumento de la inflación y la guerra en Ucrania ralentizan aún más los avances. ¿Existe todavía margen para cambiar el relato? “En una época de endeudamiento récord y recursos fiscales escasos no va a ser sencillo avanzar. Los Gobiernos deben concretar sus recursos en la maximización del crecimiento”, advirtió Indermit Gill, vicepresidente de Economía del Desarrollo en esta institución. Una propuesta que debe superarse a sí misma y centrarse en los países más pobres, teniendo en cuenta que las prestaciones económicas de desempleo que se dieron durante la pandemia alcanzaron al 52% de la población mientras que, en los países de bajos ingresos, tan solo llegaron al 0,8%, cómo apunta el Barómetro de los ODS.

En lo que respecta a la fiscalidad dura, los expertos insisten en que los Gobiernos deben actuar sin demora en tres frentes para acelerar (de nuevo) la lucha contra la pobreza: aumentar las transferencias monetarias en los países más pobres, hacer inversiones en el crecimiento a largo plazo y, muy especialmente, movilizar los ingresos sin poner más presión sobre los países con bajos ingresos. Medidas complejas pero muy eficaces a la hora de ganarle tiempo a los últimos coletazos de la pandemia y evitar que sea la pobreza extrema el motivo por el que se juzgue al mundo cuando lleguemos a la última página de la Agenda 2030.

Las cápsulas de café caminan hacia la sostenibilidad

Siete de cada diez hogares españoles recurren a las monodosis para levantarse por la mañana: son fáciles de usar, rápidas y, sobre todo, permiten acceder a una enorme variedad de cafés. Las hay de todos los sabores y colores. Sin embargo, siguen levantando dudas acerca de su sostenibilidad ya que, al estar fabricadas de plástico y aluminio, resultan muy difíciles de reciclar. Como alternativa, en los últimos años han surgido novedosas propuestas para evitar que este gran placer constituya un ataque directo contra el planeta.

Clic. Empieza el rugido metálico. El olor a tostado invade la estancia. Ristretto, caramel machiatto, un cappuccino. En cuestión de segundos, ese manjar de la mañana —de los campos de Colombia o cultivado en el interior de Italia— está listo para consumir. Visto así, es casi como teletransportarse: ya no hace falta salir de casa (o de la oficina) para disfrutar del café perfecto. La comodidad y el lujo para los más cafeteros concentrados en una cápsula de café, ese pequeño envase que revolucionó nuestro país en el 2000, si bien ya en 1976 se comercializaban los prototipos que ahora consumen a diario siete de cada diez hogares, según datos del Ministerio de Agricultura.

Pero no es oro todo lo que reluce. A medida que ha crecido la conciencia medioambiental de la población también lo ha hecho la preocupación por este formato de consumo que concentra más del 50% de los ingresos totales de venta de café al año. Por múltiples razonas, la primera, y más fundamental, porque estas cápsulas están compuestas de plástico y aluminio, dos materiales que complican su reciclado —el café se queda impregnado de tal forma en el envase que no puede ir ni al contenedor verde ni al amarillo— y que producen, en palabras de Scientific Reports, «un desperdicio insuperable en los vertederos».

De hecho, se desechan tantas monodosis al día a nivel global que con ellas se podría dar la vuelta al mundo 14 veces durante un siglo, que es justamente el tiempo que las cápsulas de café mal gestionadas se mantienen en el entorno. La envergadura del problema ha traído tantos dolores de cabeza que, en 2017, el padre del invento, John Sylvan, llegó a confesar arrepentirse de haberlo creado. 

Se desechan tantas monodosis al día que con ellas se podría dar la vuelta al mundo 14 veces durante un siglo, el tiempo que tardan en desaparecer del entorno

Ante esta situación no han sido pocas las propias empresas de café y otras organizaciones las que han habilitado puntos de recogida de cápsulas en diferentes lugares del mundo para acabar con la realidad de que el 70% de las cápsulas —4900 millones— acaba, en el mejor de los casos, en los vertederos. También quieren evitar su prohibición —la Ley de Residuos española casi las incluye en la lista de plásticos de un solo uso que se eliminarán—. Sin embargo, desde que la Agenda 2030 cobró protagonismo, las organizaciones internacionales han dedicado todos sus esfuerzos en insistir en la importancia de que pensar en verde es fundamental en toda la cadena de producción, de principio a fin. 

De nada sirve habilitar puntos de recogida para las cápsulas si no se ha tenido en cuenta el impacto de su fabricación: el proceso de extracción del café y la producción de las monodosis necesitan grandes cantidades de agua y energía, además de emitir toneladas de gases de efecto invernadero.

La situación se agrava si tenemos en cuenta que la materia prima para fabricarlos se extrae de puntos concretos en países de América Latina o África, y la conflictividad aumenta en aquellas zonas donde habitan comunidades indígenas. La factura social y medioambiental exige una respuesta más ambiciosa que sitúe a la economía circular en el centro, lo que exige dar con diseños que minimicen el impacto.

Si la cápsula es el problema, ¿podríamos eliminarlas? Así lo demuestran unas nuevas esferas de café sin envase producidas recientemente en Suiza. Su corteza exterior está fabricada de granos de café comprimidos, que proporcionan una resistencia similar al plástico y mantienen a salvo el café molido de su interior sin producir un solo residuo (más allá de los posos de café, que pueden utilizarse como compostaje). Otra propuesta interesante son los envases de materiales y tintas biodegradables que desaparecen y reducen el tiempo de descomposición de tres a seis meses aproximadamente: las islas Baleares han sido pioneras en el asunto, regulando en su ley de plásticos de un solo uso que «las cápsulas de café estén fabricadas con materiales compostables o bien fácilmente reciclables, orgánica o mecánicamente». 

Algunas compañías ya han desarrollado envases fabricados con polímeros que se descomponen en compost a los seis meses de haberse utilizado

Aunque hay una diferencia muy sutil entre biodegradable y compostable: la primera implica que el producto desaparece en la naturaleza, mientras que la segunda significa que este se convierte en abono cuando se deja en espacios con residuos orgánicos. Algunas marcas de café ya están apostando por esta segunda opción y desarrollado un tipo de polímero que se transforma en compost a los seis meses de haberse utilizado y que puede mezclarse con el resto de basura orgánica.

Y para quienes no acaben de confiar en este tipo de monodosis, ya se venden decenas de tipos de cápsulas reutilizables (fabricadas con acero inoxidable) compatibles con las principales marcas, una buena opción en lugares donde el desecho de cápsulas se multiplica, como las oficinas y otros puestos de trabajo, para evitar que el placer de beber café se convierta en un ataque directo contra el planeta.

El campo envejece

La edad media de los agricultores en España es de 61,4 años. Mientras tanto, los menores de 35 años no llegan a representar más del 15% de los jefes de cultivos, una indicación clara del acuciante problema del relevo generacional en el entorno rural. ¿Quién heredará un campo vacío? Explicamos con datos cómo el envejecimiento del campo está poniendo en peligro la vertebración del territorio rural.

Cuando la vida nos recuerda la fragilidad humana, todas las miradas se vuelven hacia el campo. De repente, ese entorno se nos hace más limpio, más sencillo, más calmado. Ya se encargó la pandemia provocada por el coronavirus de demostrar que otra vida fuera de las ciudades era posible. De hecho, en las mesas de Naciones Unidas, gobiernos, instituciones, empresas y ciudadanía, el discurso en defensa de la España rural es protagonista. Sin embargo, la música suena muy distinta a la hora de garantizar el relevo generacional con medidas efectivas. ¿Quién heredará el campo si nadie se queda en él?

Los datos no son muy halagüeños: en 2017, nueve de cada diez beneficiarios de las ayudas directas de la Política Agraria Común (PAC) —un conjunto de subvenciones económicas a nivel europeo que ayudan a desarrollar la agricultura y hacerla más rentable— tenían más de 40 años. En concreto, 678 919 agricultores frente a los 56 354 de entre 25 y 40 años, que, junto con los menores de 25 años, representan tan solo el 14%. Y si bien en 2022 ha habido un pequeño aumento en los agricultores jóvenes (ahora el porcentaje es de 14,82%), este cambio es imperceptible en un campo que envejece a pasos agigantados: la edad media de los agricultores es de 61,4 años. 

«Los agricultores mayores aguantan todo lo que pueden para mantener los cuidados de los campos», explicaba Cristóbal Aguado, presidente de la Asociación Valenciana de Agricultores (AVA), en una entrevista. «Si ya éramos los líderes en tierras agrarias sin cultivar, con casi 165 000 hectáreas, ahora también tenemos el triste honor de encabezar el ranking nacional en edad media agraria».

Concretamente, en 46 de las 50 provincias de nuestro país (no se cuentan Ceuta y Melilla porque no existen datos), más de un tercio de los jefes de explotaciones agrícolas superan los 65 años. En Pontevedra, Ourense y Valencia, de hecho, representan más de la mitad de los agricultores, mientras que los menores de 44 años ni siquiera alcanzan a representar el 15%. En el ranking continúan Alicante, Castellón y Toledo, y en ningún caso los menores de 35 años llegan a suponer más del 10% de la población. Ocurre incluso en provincias típicamente agrícolas, como las de Andalucía, donde se podría esperar por tradición un mayor relevo generacional que, sin embargo, brilla por su ausencia: tan solo Almería supera el 25% de agricultores que aún no han cumplido el lustro. Cabe destacar que en este caso las cifras hablan únicamente de jefes de explotaciones ganaderas, lo que demuestra que la mayor parte de los cultivos se mantienen todavía en manos de los más mayores.

En 46 provincias españolas, más de un tercio de los jefes de explotaciones agrícolas superan los 65 años

Pero ¿qué pasa con los trabajadores? Una lupa sobre el mercado laboral agrícola, ganadero, forestal y pesquero (para estos datos concretos, el INE no realiza un desglose) apunta a que esta aparente falta de sangre nueva en el campo ha sido una crónica de una muerte anunciada: los únicos trabajadores que han seguido una tendencia al alza desde 2011 son los situados en la franja de edad de los 50 a los 69 años. Mientras tanto, la cifra de trabajadores de entre 30 y 34 años se ha desplomado en tan solo un año, pasando de representar el 53% en 2021 al 37% en 2022. Hay otro dato que pasa desapercibido, pero que es el ejemplo perfecto para demostrar lo que está ocurriendo y es que, mientras los mayores de 70 años están a punto de alcanzar su máximo en once años, los menores de 19 rozan el mínimo: 1,8%.

¿De verdad no hay jóvenes?

En diez años, una buena parte de los agricultores habrá pasado a la jubilación. Quizá algunos decidan mantenerse en las tierras para evitar que tantos años de esfuerzo caigan en el olvido por la falta de jóvenes en el campo, pero los expertos advierten de que esto no debería generar ninguna sensación de alivio. De hecho, el no relevo generacional ya se define como «un asunto de Estado». La amenaza del cambio climático sobre los cultivos, una población mundial que crece por momentos y la transición verde (que desembocará en el sistema alimentario) necesitan jóvenes preparados para afrontar los retos del futuro con nuevas visiones y técnicas de cultivo. 

Pontevedra, Ourense y Valencia encabezan las provincias con mayor número de agricultores que han superado la edad de jubilación

Hablamos del campo español, pero la situación es extrapolable al contexto europeo, donde la edad media del agricultor es de 40 años y más de la mitad de las explotaciones ganaderas está en manos de mayores de 55 años. En Italia los agricultores mayores de 65 años representan el 50% de la mano de obra, mientras que en los Países Bajos alcanzan el 20% y en Francia el 15%. En otras palabras, el desafío es de rango comunitario y la Comisión Europea quiere ponerle fin con la EU Youth Strategy 2027, que busca mejorar las condiciones en las zonas rurales para que los jóvenes puedan desarrollar todo su potencial y volver al campo.

«La juventud del mundo rural puede proporcionar nuevas ideas, inspiración y energía para crear mejores oportunidades y pueblos más resilientes y conectados», aseguraba recientemente la Comisión Europea en un informe que no solo analiza la realidad de las generaciones más jóvenes, sino que se centra en demostrar que sí hay jóvenes que quieren cambiar el relato y lo hace incluyendo en el informe las historias de un italiano que está construyendo su propia granja orgánica, un español que está transformando los cultivos familiares hacia la agricultura regenerativa o una atleta profesional eslovaca que ha desarrollado una granja biodinámica para minimizar el impacto de la producción sobre el suelo.

Lo que necesitan, aseguran los expertos, son incentivos para evitar que el sector primario —clave para vertebrar los territorios— quede huérfano. Económicos, sociales y de conciliación, tal y como reclamó el presidente del Consejo Europeo de Jóvenes, Jannes Maes: «Con nosotros pasa como con los profesionales sanitarios: recibimos muchos aplausos, pero no tanto apoyo financiero por parte de los Gobiernos». En este sentido, dentro de nuestras fronteras son numerosas las iniciativas civiles y del sector privado que buscan compensar esta falta de atención administrativa para resolver el no relevo garantizando el traspaso de los negocios a manos más jóvenes e innovadoras. 

Ruralizable, por ejemplo, es una iniciativa que lanza periódicamente convocatorias para emprendedores con ideas de proyectos innovadores con impacto social positivo en el medio rural, una herramienta fundamental para la regeneración económica y social de las zonas despobladas. Uno de los emprendimientos apoyados, Te Relevo, permite precisamente comprar y vender negocios de manera digital. En conclusión, se trata de mantener con vida un proyecto (agrícola, ganadero, forestal) que nació hace décadas cuando los pueblos rebosaban de vida y que aún tiene potencial de renovarse de la mano de quienes mejor pueden hacerlo: las nuevas generaciones.

El laboratorio de la España vacía que busca el origen del universo bajo tierra

En lo más profundo del pirineo aragonés, más de 200 científicos e investigadores trabajan a destajo cada día para descubrir todo lo que la materia oscura tiene que esconder. Todo ocurre en el Laboratorio Subterráneo de Canfranc, que, construido en un túnel de tren abandonado, colabora con cientos de organizaciones científicas internacionales en avanzados programas de inteligencia artificial, astrofísica y física nuclear. Es así como desde un pequeño pueblo de menos de 600 habitantes se contribuye con el conocimiento científico global.

Cuando es invierno, en Canfranc cae la oscuridad tanto como la nieve que cubre de blanco la zona. Con el sol escondido tras las montañas, pasear por este conocido pueblo del Pirineo aragonés es garantía de calles silenciosas y en calma. Los habitantes (y turistas, porque también los hay) se resguardan del frío en sus casas y hoteles, o, de lo contrario, en los acogedores bares que ofrecen sopas humeantes. Al fondo se encuentra esa imponente estación que en 1945 quedó abandonada por desacuerdos políticos con el Gobierno francés —ahora pasan por allí trenes hacia Zaragoza y Francia— y que ha servido de escenario para tantas películas españolas del siglo XX.

Este lugar es centro de referencia para la comunidad científica internacional, pues sus instalaciones están abiertas a cualquier investigador que quiera llevar a cabo sus experimentos de física nuclear

Nadie diría que en este pueblo de la alta montaña trabajan a diario centenares de científicos buscando el origen del universo, pero así es. Escondidos en las profundidades, a más de 850 metros bajo el suelo, más de 200 investigadores intentan entender los neutrinos y la materia oscura. Es el Laboratorio Subterráneo de Canfranc, gestionado por el Gobierno de Aragón, el Ministerio de Ciencia y la Universidad de Zaragoza, y se le conoce como el segundo laboratorio soterrado más grande de Europa.

El interior recuerda al CERN, el mayor laboratorio de física de partículas, situado en Suiza, donde se descubrió el famoso bosón de Higgs. Sin embargo, el de Canfranc destaca porque sus fundadores aprovecharon un lugar abandonado para construir este templo de conocimiento sobre el universo: el túnel de Somport, un punto estratégico por donde pasaron trenes cargados de wolframio en el siglo XX y que cerró al tráfico en 1970 tras el descarrilamiento de uno de ellos. Su profundidad tiene una explicación, y es que hay que crear un «silencio cósmico» para poder investigar las colisiones de los neutrinos. Allí abajo casi existe el llamado «fondo radioactivo», por lo que es el enclave perfecto para encontrar el origen del universo.

El laboratorio, que organiza visitas guiadas para la ciudadanía de forma gratuita, protagoniza numerosos proyectos internacionales, pero la joya de la corona es el Hyper-Kamiokande, que no busca otra cosa que construir un telescopio de neutrinos que permita ver una estrella antes de que explote desde una montaña ubicada en Japón. De conseguirlo, será el mayor telescopio de este tipo en la historia del país nipón (y, por supuesto, en la historia de Canfranc y de España). Además, por si fuera poco, esta organización coordina también proyectos con otras instituciones españolas para desarrollar inteligencia artificial, electrónica y reducción de radón, entre otros. La calidad de sus investigaciones atrae a científicos de todo el mundo cada año, quienes no solo conocen las instalaciones, también un pueblo tan singular como Canfranc, en plena España vacía.

Terremotos, volcanes y tsunamis

 Recientemente, la Universidad de Standford desarrolló un sistema de filtración basado en inteligencia artificial que elimina el ruido propio de las ciudades —tráfico rodado, aviones, obras, conversaciones entre vecinos— para evitar que estos se interpongan en la detección de seísmos. Pero el laboratorio de Canfranc tiene un papel clave que jugar también en la predicción de estas catástrofes naturales: en enero de este año, uno de sus sismómetros detectaron la violenta explosión del Tonga, el volcán submarino que provocó un tsunami en el Pacífico. Entre ese punto y la localización del laboratorio hay 17.000 kilómetros, pero el laboratorio identificó las ondas sísmicas tan solo 20 minutos después de la explosión. Un paso clave de cara a aprender a predecir los terremotos y anticipar las peores consecuencias.

El pasado mes de enero, el laboratorio detectó la explosión del volcán Tonga, a 17.000 kilómetros en el Pacífico, tan solo 20 minutos después de que ocurriera

No obstante, como ocurre con otras instituciones ubicadas en la España rural, el laboratorio de Canfranc también necesita asegurar su futuro a largo plazo para seguir manteniendo este pueblo como centro de referencia internacional en la ciencia del espacio. Por eso, el Ministerio de Ciencia ha asegurado su financiación hasta el año 2031 con un total de 16,1 millones de euros. Con esta inversión no solo se garantizará la colaboración internacional con el resto de la comunidad científica, sino que se mantendrán las instalaciones abiertas para que investigadores de cualquier parte del mundo lleven a cabo sus investigaciones de astrofísica y física nuclear allí. En Canfranc, un pueblo que cuenta actualmente con menos de 600 habitantes.

Cambio climático y biodiversidad, dos caras de la misma moneda

Biomas terrestres según el grado de influencia de la acción humana. El rojo representa una actividad humana intensa; el verde claro, una actividad ligera y el verde oscuro refleja los biomas que se consideran "vírgenes". Fuente: Living Planet Index.

Aunque la degradación de los hábitats y la sobreexplotación son las principales amenazas para la biodiversidad, las investigaciones científicas ya advierten de que, en las próximas décadas, el cambio climático será responsable de hasta un 8% de las desapariciones de especies actuales. De hecho, algunas ya están alterando su tamaño y transformando sus patrones para adaptarse a los cambios de temperatura. Explicamos con datos el papel clave que la crisis ambiental está jugando (y jugará) en los biomas del planeta.

 En la leyenda japonesa del hilo rojo, dos personas se encuentran unidas por esta cuerda eternamente. No importa lo mucho que se alejen o el camino que recorran; ese hilo invisible siempre les mantendrá unidas, para lo bueno y para lo malo. Ocurre exactamente lo mismo con la relación que nosotros, los humanos, guardamos con la naturaleza: nuestra forma de vida moldea la de la flora y la fauna que nos rodea, de la misma forma que la naturaleza se tomará la misma licencia cuando lo necesite. En otras palabras, y como ya se ha encargado de demostrar la ciencia, cualquier impacto negativo que generemos sobre la vida en el planeta desembocará irremediablemente en el propio bienestar de nuestras sociedades. Incluido el cambio climático.

En el último medio siglo, la población de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios se ha desplomado un 68%

«La Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad ha sido muy clara este año: a no ser que abordemos conjuntamente la crisis de la biodiversidad y la crisis climática, nos arriesgamos a numerosos problemas», insistió David Howell, responsable de Clima en SEO/Birdlife en las Jornadas de Sostenibilidad 2022 organizadas por Redeia, que reunieron el 18 de octubre a varios expertos para analizar cómo se conecta la salud de los ecosistemas a la salud de nuestro clima.

El horizonte, por el momento, no se vislumbra con optimismo. En el último medio siglo, la población de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios se ha desplomado un 68%. Estas son las cifras que maneja el Living Planet Report elaborado por WWF, principal referencia a la hora de valorar el estado de salud de nuestro planeta y que sitúa a América del Sur y África como los continentes más afectados por el daño que la actividad humana ha generado a la flora y fauna, con una caída del 94% y el 65% respectivamente.

La pregunta es: ¿hasta qué punto el cambio climático es responsable en la actualidad de la degradación de la biodiversidad? Un primer vistazo a los datos demuestra que aún no es el principal actor en la desaparición de especies en el planeta. De hecho, en todos los continentes, según el Living Planet Index, al menos el 40% de las amenazas a los ecosistemas provienen de la propia degradación de los hábitats, mientras que el cambio climático no llega a representar más del 15% frente a otras grandes amenazas como la sobreexplotación o las especies invasoras.

Pero las cifras no son nada desdeñables si se tiene en cuenta que, en las próximas décadas, las temperaturas anómalas y los fenómenos meteorológicos extremos serán los responsables de la desaparición de casi un 8% de las especies actuales, tal y como declaró recientemente un estudio publicado en la revista Science. Hay otras amenazas prioritarias, pero el cambio climático espera latente y hará acto de presencia. Ya hay pruebas de ello: si observamos cómo han variado las poblaciones de seres vivos desde 1970 y, a la vez, nos fijamos en las temperaturas anómalas que se han venido registrando desde 1880, veremos que el daño a la biodiversidad crece de la misma forma que lo hacen las temperaturas anómalas.

«La diferencia es que nosotros, como especie humana, tenemos capacidad de adaptación a las altas temperaturas gracias a la construcción de infraestructuras. Pero el resto de las especies que habitan el planeta no pueden reaccionar a la misma escala, por lo que la biodiversidad acaba seriamente afectada», explicó también en este encuentro Ricardo García, consejero de Redeia. De esta forma, cuando las condiciones meteorológicas son desfavorables, los animales ven alterados todos sus ciclos. Por ejemplo, las especies diurnas pasan a tener una actividad nocturna porque se sienten más cómodas durante la noche, cuando los termómetros bajan; otras, como las aves, transforman sus patrones de migración y se desplazan a zonas más frías, trasladando con ellos infecciones y enfermedades nuevas en sus hábitats de destino.

Un estudio de la Universidad de Granada ya ha demostrado que algunas especies de peces y anfibios, cuya temperatura corporal depende directamente de la temperatura ambiental, están reduciendo su tamaño como consecuencia del calentamiento global. Y los insectos son los que salen peor parados: en las tierras de cultivo sometidas a estrés climático ya hay un 25% menos de especies que en las zonas de hábitat natural. Esto se traduce en 5,5 millones de especies de insectos, por lo que la situación es seria –en algunas zonas, el descenso ha sido del 63%–.

Sin embargo, la desaparición de numerosas especies es tan solo el problema más superficial. «Destruyendo la biodiversidad solo conseguimos incentivar el cambio climático», advirtió Miguel Delibes de Castro, de la Estación Biológica de Doñana en el CSIC. Así, en el frágil equilibrio de la naturaleza, cada ser vivo juega un papel clave para garantizar el estado de salud de los biomas –el conjunto de ecosistemas característicos de una zona– por lo que cuando desaparece, como ocurre con una torre de naipes, todo se tambalea.

En palabras de Delibes: «La biosfera es una maquinaria maravillosa porque nos proporciona recursos y nos permite depurar residuos, pero pasando por encima de ella solo conseguiremos destruir el metabolismo de los ecosistemas, y por tanto, del planeta». En la actualidad, tal y como demuestra el Living Planet Index, tan solo cuatro países conservan aún ecosistemas que no han sido afectados por la mano humana –Brasil, Rusia, Canadá y Australia– mientras que más de la mitad del planeta se encuentra inmerso en una actividad intensa que incluye la explotación de cultivos, tala de árboles, caza y otras acciones sobre los recursos naturales, además de la influencia de los eventos meteorológicos extremos provocados por el cambio climático.

Biomas terrestres según el grado de influencia de la acción humana. El rojo representa una actividad humana intensa; el verde claro, una actividad ligera y el verde oscuro refleja los biomas que se consideran "vírgenes". Fuente: Living Planet Index

Corales, los termómetros que miden el cambio climático

 Cuando hablamos de la relación entre el calentamiento global, el cambio climático y el impacto de las temperaturas extremas sobre la biodiversidad, los corales siempre forman parte de la conversación. Y es que, para la comunidad científica, estas especies son la vara perfecta para medir la situación de la naturaleza. Al ser extremadamente sensibles a las alteraciones de su medio, la mayor parte tienden a decolorar cuando detectan cambios abruptos en la temperatura del agua –algunos logran sobrevivir, pero muchos mueren–, por lo que una mayor frecuencia de decoloración es sinónimo claro de la influencia del cambio climático.

Desde 1980, los fenómenos de decoloración de estas especies marinas no solo se han multiplicado a medida, sino que también se han hecho más severas. Si hace más de tres décadas tan solo se registraban cinco decoloraciones (no muy graves), en 1998 la cifra se disparó hasta las 73, de las que más de la mitad fueron graves. Desde entonces, el ritmo ha seguido al alza, llegando a alcanzar las 43 decoloraciones severas en 2016.  «Normalmente se daban casos de decoloración en los años en los que arreciaba El Niño e incrementaban las temperaturas de forma natural, pero ahora están ocurriendo incluso durante La Niña –suele traer temperaturas más frías–, que se acompaña de cada vez más ciclones», explican desde Our World in Data, organización que se ha encargado de recoger estos datos.

En conclusión, a pesar de que el cambio climático no sea el peligro prioritario desde el punto de vista de la naturaleza, sí es el que más daños a largo plazo puede causar. En realidad, como insistió Delibes, «es una relación tan íntima que no se puede separar». Ya no podemos hablar de una moneda donde una cara es la del calentamiento global y otra la de los ecosistemas, «estamos hablando de un prisma ambiental donde también se ven implicados la fertilidad del planeta, la capa de ozono, la extinción de las especies, la sequía, las lluvias torrenciales y todas las posibles consecuencias de la alteración del clima».

¿Qué podemos hacer para intentar frenar esta degradación? Tanto sociedades como Gobiernos y empresas están de acuerdo en que, para conservar la biodiversidad del planeta, tiene que llegar un cambio lo suficientemente fuerte como para hacerse definitivo. Sin embargo, el mayor reto al que nos enfrentamos es el de la gobernanza, articular en este trabajo a todos los territorios de forma que ninguno salga mal parado. «Tenemos la mayor tasa de endemicidad en España. Por eso, antes de restaurar hay que evitar en todo lo posible destruir aún más ecosistemas», propuso María Begoña García del Instituto Pirenaico de Ecología. «El futuro de la biodiversidad ya no está en manos de los científicos, sino en la de todos los sectores de la sociedad, incluida la ciudadanía».

Miguel Delibes de Castro (CSIC): «La relación entre cambio climático y biodiversidad es un prisma ambiental donde también se ven implicados la fertilidad del planeta, la capa de ozono, la extinción de las especies, la sequía, las lluvias torrenciales y todas las consecuencias de la alteración del clima»

De forma muy resumida, una de las principales salidas es compatibilizar el sistema energético, puesto que la transición verde es una gran oportunidad para poner un freno definitivo al cambio climático, y por tanto, para recuperar la salud de la biodiversidad. Pero, como advirtieron los expertos, esto tiene que hacerse con un trabajo centrado en la misma naturaleza a fin evitar que las infraestructuras renovables causen un mayor impacto negativo. «Hay que trabajar en equipo la conciliación de la biodiversidad y la transformación verde. Es necesario plantear las infraestructuras eólicas y fotovoltaicas con el  paisaje», explicó Delibes, antes de proponer instalar este tipo de infraestructuras en áreas ya transformadas, como polígonos industriales o ciudades, para no añadir más impacto humano a los ecosistemas.

El cambio también debe llegar de la mano de la sociedad, pero antes debemos plantearnos qué entendemos como bienestar. «Escaparnos a la República Dominicana dos veces al año generando una gran cantidad de emisiones no es bienestar, poder disfrutar de alimentos más sabrosos, más sostenibles, sí es bienestar», aclaró Delibes. En conclusión, es fundamental mirar a través del prisma que componen el cambio climático y la biodiversidad para poder transformarnos desde la complejidad y mantener la vida, simplemente, viva.

El pingüino emperador, en grave peligro de extinción

El Instituto Antártico de Argentina advierte de que, si las temperaturas siguen aumentando, es posible que en tan solo 30 años esta especie endémica de la Antártida se sume a las 581 que han desaparecido en las últimas dos décadas. De hecho, en 2016 desapareció la segunda colonia más importante de pingüinos emperador, con más de 10.000 polluelos perdidos.

Los pingüinos emperador no existen en ningún sitio más que en la inhóspita Antártida. Al igual que la especie de pingüino Adelia, este, el más grande del mundo —puede llegar a medir un metro y medio—, es endémico de la zona. Y está a punto de desaparecer por culpa del cambio climático: según el Instituto Antártico de Argentina (IAA), si las temperaturas siguen aumentando, es posible que en 30 años tan solo quede su recuerdo junto con las 581 especies y subespecies que se han extinguido en las dos últimas décadas.

Los pingüinos emperador dependen de las capas de hielo para alimentarse, reproducirse e interaccionar con el entorno

«Las proyecciones climáticas sugieren que las colonias de pingüinos emperador que se encuentran más al sur serán las más afectadas», advierte la bióloga del IAA, Marcella Libertelli, en el estudio. El principal motivo es la velocidad a la que están desapareciendo las superficies heladas de la Antártida. Tal y como apunta una investigación de la Universidad de California realizada con imágenes de satélites de la NASA, el deshielo en esta localización es seis veces más rápido que en la década de los ochenta, lo que pone en un serio aprieto a la especie, cuyas hembras necesitan hielo sólido desde abril a diciembre para construir los nidos de sus polluelos.

Si el mar se congela más tarde o se derrite prematuramente, no pueden completar su ciclo reproductivo. «Si el suelo se rompe y llega el agua a los pingüinos recién nacidos, que no están listos para nadar y no tienen un plumaje impermeable, mueren de frío y se ahogan», explica Libertelli. Y sin ir más lejos, los termómetros de la Antártida registraron una marca insólita la pasada primavera: en la zona más fría del planeta, donde la temperatura habitual ronda los −55 ºC, el 18 de marzo se alcanzaron −12 ºC (es decir, 40 grados por encima de la media). A pesar de que en esa ocasión el hielo se mantuvo a raya, una ola de calor de este calibre en la zona más fría del planeta no es buen síntoma.

Los pingüinos emperador están acostumbrados a pasar el largo invierno en pleno hielo. De hecho, las hembras ponen un único huevo que abandonan para zambullirse en una larga expedición en busca de alimento que puede alargarse durante meses, dejando la responsabilidad del cuidado en los machos, que los mantienen al calor de su plumaje. Un cambio en su hábitat significa una alteración a la hora de alimentarse, y aquí también juega un papel clave la actividad humana a través del auge del turismo y la sobrepesca, que ponen en peligro el krill, alimento base para la abundante biodiversidad de la península antártica y, por supuesto, del pingüino emperador.

Como afirman los expertos del IAA, estos factores provocados por la mano humana ponen en grave riesgo las 3R de esta especie tan dependiente del hielo: la resiliencia, la redundancia y la representación. De hecho, la segunda colonia más grande de pingüinos emperador de la Antártida ya colapsó en 2016, con más de 10.000 polluelos perdidos. Los que quedaron se reubicaron en lugares cercanos, pero la British Antarctic Survey, en el momento del estudio, calculaba entre 130.000 y 250.000 parejas de pingüinos emperador con capacidad de procrear viviendo en 54 colonias. Perderlos, como ocurre con cualquier otra especie, sería un fracaso para nuestro compromiso con el planeta.

El deshielo de la Antártida es seis veces más rápido que en la década de los ochenta: esta primavera, los termómetros marcaron 40 grados de temperatura por encima de la media

Sin embargo, el peligro que corre el pingüino emperador es aún más serio si cabe, ya que es una de las aves más antiguas del planeta y figura clave que ha inspirado el estudio de la cadena evolutiva durante siglos para arrojar luz sobre la estrecha relación que existe entre las aves y los reptiles. Ya en 1910, el capitán Robert Falcon Scott partió hacia la Antártida, de la mano del naturalista Edward Wilson y 65 expedicionarios a bordo del barco Terra Nova, con el único cometido de encontrar los huevos de este animal y poder estudiar sus embriones. Dieron la vida, literalmente, por recorrer durante 19 días glaciares y morrenas hasta dar con las aves en los acantilados del cabo Crozier. Los tres huevos que se llevaron de sus nidos se exponen en el Museo de Historia Natural de Londres. Asegurarnos de que sigan existiendo depende de nosotros.

Mujeres en la universidad: una brecha cada vez más reducida

No fue hasta 1910 cuando las mujeres pudieron estudiar oficialmente una carrera universitaria en España, lo cual no significó que la presencia femenina en la educación superior fuese aceptada socialmente. Dos siglos después, la historia es distinta: aunque aún quedan desigualdades por resolver, las mujeres representan más de la mitad de la población universitaria.

Dolors Aleu i Riera se llegó a acostumbrar a las miradas extrañadas de sus compañeros en los pasillos de la Universidad de Barcelona. Corría el año 1879 cuando decidió matricularse en la Facultad de Medicina, una oportunidad de oro en aquella época ya que, a pesar de que el sufragismo crecía como la pólvora en Estados Unidos y en algunas partes de Europa las mujeres adquirían por primera vez el derecho a asistir a la universidad, eran pocas las que ocupaban las aulas de los centros españoles. Pero Aleu se topó con la suerte de pertenecer a una familia burguesa y consiguió los permisos especiales que se requerían para poder disfrutar de la enseñanza superior siendo mujer. Se convirtió, así, en la primera licenciada de España.

En el curso 1919-1920, solo 345 mujeres estaban matriculadas en la universidad, frente a las 753.749 que lo hicieron en 2021

El de Dolors, que ejerció de ginecóloga y pediatra, era el perfil común en los albores de la presencia femenina universitaria: mujeres de clase media-alta pertenecientes a grandes ciudades que sacaron provecho de su condición para luchar contra los estrechos roles de género que su tiempo había impuesto. Sin embargo, no fue hasta bien entrado el siglo XX cuando estas cifras crecieron, aunque de manera testimonial: en el curso académico 1919-1920 solo se registraron 345 alumnas. Una fotografía que contrasta sobremanera con la actual, donde el 56,3% del alumnado universitario está compuesto por mujeres —es decir, un total de 754.749—, porcentaje que no ha dejado de crecer en los últimos años frente al alumnado masculino, con una tendencia a la baja (del 45,6% en 2015 al 43,7% en 2021-2022). No cabe duda de que la presencia femenina en la educación superior ha sido testigo de una gran evolución. 

Y si la primera mujer ginecóloga logró licenciarse en España, fue gracias a otra: María Elena Maseras, la primera mujer española en matricularse en una universidad. Lo hizo en el siglo XIX en la Facultad de Medicina, también en la Universidad de Barcelona. Sin embargo, Elena no ejerció de médica (no hay constancia de que se doctorase), sino que se dedicó a la enseñanza tras estudiar Magisterio, por lo que dejó abierta la puerta a otras mujeres tan destacadas como María de Maeztu Whitney, María Vicenta Amalia y la más que conocida María Zambrano, quienes se dedicaron a la filosofía y las letras —una de las carreras más feminizadas en los años veinte—. Aunque también hubo quienes optaron por una vertiente más científica, como la farmacia, que en el curso de 1929-1930 registraba a 777 mujeres, frente a las 199 matriculadas en medicina o las 222 que optaban por ciencias. 

En aquellos tiempos, los estudios de farmacia se consideraban apropiados para la mujer, puesto que regentar una oficina de dispensa de medicamentos estaba visto como una extensión de sus tareas domésticas habituales. A pesar de lo encorsetado de la elección, lo cierto es que la farmacia, así como la medicina, supusieron una gran oportunidad para que muchas mujeres desarrollaran posteriores carreras científicas de renombre. Contribuyó también a incrementar la presencia femenina en la conocida Residencia de Señoritas en 1915, impulsada por la política María de Maetzu con el objetivo de crear un espacio donde pudieran convivir las mujeres que acudían a la universidad. El espacio no tardó en convertirse, al igual que la madrileña Residencia de Estudiantes donde convivieron García Lorca y Dalí, en el epicentro de la intelectualidad y el intercambio de conocimientos, lo que fue atrayendo a más mujeres y cerrando la brecha. Al menos en el plano educativo, pues socialmente tuvieron que pasar varias décadas hasta que comenzaron a ser respetadas por priorizar su desarrollo intelectual frente a lo que se esperaba de ellas.

Mucho ha cambiado desde entonces. De hecho, aquellas carreras que menos aceptaban la presencia femenina en las aulas —química, medicina o biología, por ejemplo— cuentan con mayoría de alumnas, pero la actualidad todavía sigue dejando entrever algunas desigualdades. En primer lugar, respecto a las carreras STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics): según los datos recogidos por la Unesco, solamente el 28% de los investigadores científicos de todo el mundo son mujeres. La ausencia femenina -fruto de estereotipos y falta de referentes- en las ingenierías, las matemáticas y la tecnología todavía resulta preocupante, pues, en nuestro país, solo una de cada cuatro mujeres son ingenieras, cifra que alcanza el 31,4% en el cómputo global de las STEM. En cambio, la administración de empresas, el derecho, la psicología y las enseñanzas de infantil y primaria son los grados más solicitados por ellas.

A pesar de que la presencia femenina es mayoría en las universidades, todavía quedan algunas brechas por cerrar en el acceso a las carreras STEM, donde solo hay un tercio de mujeres

Y si miramos un poco más allá, nos encontramos con la otra gran brecha de la evolución laboral en la investigación. Como indican las cifras globales de las Naciones Unidas, las mujeres llegan mucho más alto en cualificación en comparación con los hombres, pero, cuanto más se avanza en titulación, menor proporción de mujeres se postulan: la paridad se mantiene hasta la presentación de tesis doctorales, pero luego el número de investigadoras desciende sin parar hasta tal punto que, en el mayor rango de titulación, solo dos de cada diez miembros son mujeres. 

Por suerte, a medida que pasan las hojas del calendario, las sociedades son cada vez más conscientes del trabajo que aún queda por hacer para garantizar la igualdad e incrementar la presencia de las mujeres en los sectores científicos, que, a fin de cuentas, debido a la contribución que hacen a la sociedad, deberían representar también la realidad de la otra mitad de la población. Cada año surgen historias de mujeres pioneras en campos masculinizados que marcan un antes y un después en nuestra historia y que minimizan, poco a poco, la brecha de la desigualdad de la misma forma que lo hicieron aquellas que decidieron cambiar el rumbo de la historia y acabar con los obstáculos para las mujeres de las generaciones posteriores. Ese era su sueño: que la educación superior se convirtiera en un lugar donde poder desarrollarse intelectualmente sin que el género definiese el destino.