Autor: Cristina Suárez

Glaciares de sangre: ¿qué hay detrás de este fenómeno cada vez más común?

El clásico manto blanco de nieve y hielo de los glaciares está registrando escenas  que podrían inspirar cualquier película de terror, donde una larga lengua de color sangre se desplaza lentamente hacia el mar, cubriendo todo a su alrededor. En 2020, los científicos de la Base de Investigación Vernadsky de Ucrania se encontraron, nada más levantarse, con esta dantesca imagen que les llevó a plantearse cualquier escenario –¿una masacre de pingüinos? ¿restos de un volcán?–. Aristóteles se preguntó lo mismo en sus Tratados sobre la Naturaleza en el siglo III a.C., así como numerosos alpinistas que en otros rincones del mundo que también se han topado a lo largo de la historia con esta imagen.

En 1911, el geólogo australiano Griffith Taylor también dejó constancia de ello en sus anotaciones aludiendo a una serie de algas rosadas como responsables de la coloración. Años más tarde, sin embargo, varios estudios llegaron a la conclusión de que estas lenguas de sangre –cataratas, en algunos casos– eran el resultado de una acumulación de óxido de hierro del agua de un lago salado subterráneo que emana del glaciar y, al mezclarse con el oxígeno, toma este característico color.

Pero el asunto se repite durante la primavera en múltiples rincones del mundo cubiertos de nieve, y especialmente en los Alpes franceses, que están siendo testigos de este fenómeno con más frecuencia de la que debieran. Poco tiene que ver ya con un lago subterráneo. Nos referimos ahora a la ‘nieve de sangre’ (o ‘nieve de sandía’, como se llama en algunos lugares), una imagen similar en la que la nieve parece estar tintada con sangre roja o rosada. Tiene una explicación biológica que, esta vez, sí implica a una especie de alga microscópica, la Chlamyodomas Nivalis, que supera los millones de ejemplares por centímetro de nieve.

La C. Nivales podría provocar un círculo vicioso en el calentamiento global: a más nieve derretida, más presencia de la especie y menor emisión de la energía a la atmósfera

Durante el invierno, esta especie mantiene su color verde y vive latente en la nieve y el hielo hasta que llegan las altas temperaturas estivales y el consecuente derretimiento, lo que provoca que este alga florezca extendiendo sus esporas rojas para protegerse de los rayos ultravioleta y pintando el manto blanco de este particular color.  Cuando da lugar a densas floraciones, la microalga provoca que la nieve se derrita más rápido y, en consecuencia, pase a un estado acuoso que resulta óptimo para que la especie pueda reproducirse.

Este no supondría sino otro extraordinario fenómeno de la naturaleza de no ser porque cabe la posibilidad de que el calentamiento global lo esté convirtiendo en algo demasiado frecuente, tal y como ha analizado ya la comunidad científica francesa, que asegura haber registrado un ‘boom’ de esta nieve sangrienta en los últimos años.  «Las algas necesitan agua líquida para la floración, por lo tanto, el derretimiento de la nieve y el hielo crean un círculo vicioso de calentamiento global», explicaba Steffi Lutz, autora de la investigación. Como ocurre con cualquier proceso en la naturaleza, un fenómeno es inocuo para la vida si se da en el periodo de tiempo naturalmente establecido. Pero si el ser humano altera este ritmo, puede volverse un peligro para él y el resto de especies.

De hecho, según ha podido demostrar recientemente un estudio que ha recogido hasta 40 muestras de este alga en 16 glaciares en Groenlandia, Noruega, Islandia y Suecia, su presencia reduce hasta en un 20% el albedo de la nieve (la capacidad para reflejar luz y, así, devolver parte de la energía a la atmósfera), un fenómeno que resulta esencial esencial a la hora de mantener a raya la temperatura del planeta.

El 25% de la isla de King George (Antártida) ya se ha oscurecido debido a la presencia de estas algas

De continuar aumentando, predicen ya estos científicos (aunque todavía en estudios preliminares), el efecto de la C. Nivalis podría influir de forma directa en el calentamiento del planeta. Dado que la ‘nieve de sangre’ se ha identificado ya en glaciares de todo el mundo, desde la Antártica hasta los Himalayas o el Ártico, otro estudio reveló a través de imágenes tomadas desde satélites que en la isla de King George –cercana a la Antártida– el 26% de la nieve se había oscurecido debido a la presencia de estas algas.

A la espera de ahondar más en los factores que influyen a este fenómeno, por el momento los glaciares de sangre atraen a los turistas tanto como lo hicieron con Aristóteles o Griffith Taylor. La expectación es tal, que incluso Marvin Kren, director austriaco, rodó en 2013 Blutglestcher, una película de terror en la que varios científicos se desplazan a los Alpes precisamente a estudiar un ‘líquido rojo extraño sobre la nieve’ que provoca la alteración de las especies locales. Una imagen que la comunidad científica espera se quede solo ahí, en el mundo de la fantasía.

Seis años de los ODS, ¿en qué punto estamos?

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 auspiciados por las Naciones Unidas cumplen más de un lustro en un contexto mundial no solo inesperado, sino impredecible: aunque las mejoras en las medidas sanitarias para contener el avance de la pandemia –especialmente en los países desarrollados– demuestran surtir efecto, el reguero de efectos colaterales que el coronavirus ha dejado en el planeta emborrona las lentes con las que miramos el futuro. ¿Será posible, finalmente, erradicar la pobreza tras el parón económico? ¿Podrá garantizarse la atención sanitaria en todos los rincones del planeta tras el colapso provocado por la covid-19? ¿Conseguiremos pisar el freno antes de superar el límite de los 1,5 ⁰C en 2030?

El objetivo de los ODS incluye el resolver los importantes retos que implica la interconexión entre el medio ambiente y el ser humano

Para Antonio Gutierres, secretario general de las Naciones Unidas, «esta crisis amenaza décadas de progresos en sostenibilidad y hace más evidente que nunca la necesidad de transicionar a un sistema más verde». Las cifras que apunta el Informe sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2021 –un estudio de las Naciones Unidas que analiza junto a 50 organizaciones internacionales  la evolución de los ODS en el último año– ya las conocemos: incremento de la pobreza, pérdidas económicas, dificultades para acceder a la educación y sistemas sanitarios maltrechos tras luchar por dar oxígeno a la población. Pero si echamos la vista atrás, observaremos que el camino que los ODS han construido en estos últimos seis años han hecho de nuestras sociedades unas más sostenibles y resilientes. Y es esa fotografía la que puede guiarnos a partir de ahora.

Más salud, más acceso a servicios básicos

Los ODS nacieron en 2015 como sustitutos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) que, durante 15 años, marcaron grandes progresos en la reducción de la pobreza, el acceso a saneamiento, salud materna, educación y la lucha contra enfermedades infecciosas como el sida o la tuberculosis. El guante que recogieron una vez lanzados abrió el alcance hacia un ámbito también medioambiental con el objetivo de resolver los importantes retos que implica esa interconexión entre el medio ambiente y el ser humano y a los que nos seguimos enfrentando hoy en día. Con la herencia de los ODM, los resultados de los ODS llegaron pronto: hasta la actualidad, más de 1.000 millones de personas han conseguido salir de la pobreza extrema, la mortalidad infantil se ha reducido a la mitad al igual que la población sin escolarizar y las infecciones por el VIH/SIDA se han reducido en casi el 40%, según el Informe sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2020.

Los países han logrado grandes avances a la hora de conservar al menos el 10% de las zonas costeras

De forma individual, además, estas nuevas metas han alcanzado importantes resultados positivos. El ODS 3 (Salud) ha conseguido incrementar en un 64% los nacimientos atendidos por profesionales en los países en vías de desarrollo, además de marcar mejores límites a las enfermedades infecciosas. Y el ODS 7 (Acceso universal a energía), ha batido récords al incrementar la electrificación mundial hasta el 90%, frente al 83% en 2010.

En la erradicación de la pobreza extrema (ODS 1), Asia oriental y los países desarrollados han presentado buenos avances en 2020 si se toma como referencia el año 2015. Y en la promoción de empleo sostenido (ODS 8), todas las sociedades han registrado avances a la hora de mantener el crecimiento económico per cápita y lograr empleo productivo para todos. Además, en materia de biodiversidad, la mayor parte de los estados han logrado grandes avances a la hora de conservar al menos el 10% de las zonas costeras, un importante hito que minimiza la acidificación de los océanos y la pérdida de biodiversidad, tan esencial para el ser humano.

Y, ¿hacia dónde vamos?

El balance de ese tercio de recorrido en la Agenda 2030, que ya hemos superado, deja según la organización Open ODS, sin respuesta a esa pregunta. «Nadie, ni las agencias de Naciones Unidas, ni la academia, ni los propios gobiernos, pueden responder con honestidad a esta pregunta. Tenemos una foto fija de los ODS, pero no las causas que nos permitan interpretar las posibles consecuencias». Pero esto no tiene por qué interpretarse como una conclusión negativa. En realidad, las 169 metas y 244 indicadores han conseguido algo inédito: que el sector público y el privado sean copartícipes de la meta común de hacer del sistema económico, político y social uno más sostenible y resiliente. Desde un enfoque local hasta uno internacional, lo que permite conocer con precisión la realidad de cada país.

«Ahora podemos saber cuál es la situación de pobreza extrema, de igualdad, de biodiversidad o de la calidad de los recursos hídricos en cada Estado», concluye la organización. Esto permite conocer el perfil de cada nación y actuar en consecuencia. Aunque queda algo de camino, especialmente en ámbitos como la reducción de la desigualdad entre países (ODS 9) o la protección de los ecosistemas terrestres (ODS 15). Hacen falta más datos. «Sin una medición que llegue hasta los niveles subestatales los resultados no serán concluyentes» advierte Open ODS. El camino que ya está hecho no puede caer en el abandono, porque la vida del planeta va en él. Quizá dentro de otros seis años todo haya cambiado (a mejor).

Un planeta en ebullición

«Es intolerable. Hemos intentado quedarnos en casa todo lo posible. Estamos acostumbrados al calor seco, pero a 30 grados, no a temperaturas de 47». Así resumía Megan Fandrich, una vecina del este de Vancouver (Canadá), la ola de calor que azotó a finales de junio el norte de América y que llevó a los termómetros de este país y de Estados Unidos a temperaturas nunca vistas, como los 49,6 grados que alcanzó el pueblo de Lytton, en la Columbia Británica (Canadá), el 29 de junio; o los 47 grados de máxima en Portland (Estados Unidos). Como resultado, esta ola de calor extrema se cobró la vida de más de 200 personas.

La excepcionalidad de este último evento vuelve a evidenciar que el cambio climático ya está aquí. Sin embargo, esta conclusión no puede leerse sin considerar otro dato que ha pasado más desapercibido por haberse desarrollado de forma paulatina. Tal y como advierten los científicos de la NASA en la publicación Geophysical Research Letters, según los últimos datos registrados en los océanos y en los satélites, la Tierra acumula cerca del doble de calor que en 2005, lo que puede derivar en un fenómeno climatológico sin precedentes de no resolverse adecuadamente.

De aumentar la temperatura en 1,5 grados, un 14% de la población mundial se verá expuesta a olas de calor severas cada cinco años

El documento científico, publicado en colaboración con la Agencia Espacial estadounidense y la National Oceanic and Atmospheric Administration (Noaa) demuestra que, entre 2005 y 2019, la cantidad de calor atrapado por el planeta se ha duplicado. Es lo que se conoce como desequilibrio energético –la diferencia entre la cantidad de energía solar que absorben la atmósfera y la superficie de la Tierra frente a la cantidad de esa radiación que se devuelve al espacio. En otras palabras, si la Tierra absorbe alrededor de 240 vatios por metro cuadrado de energía solar, en 2005 era capaz de irradiar 239,5 de esos vatios, acumulando tan solo medio vatio. Ahora, sin embargo, al duplicarse la irradiación a causa del debilitamiento de la atmósfera, la cantidad de calor que se acumula ya asciende a un vatio por metro cuadrado.

¿Por qué deberíamos preocuparnos?

Los eventos de Canadá y Estados Unidos fueron fruto de lo que se conoce como ‘cúpula de calor’, un fenómeno climatológico que funciona con el mismo mecanismo que una tapa sobre una olla en ebullición: atrapa el calor y lo mantiene. Así, cuantas más olas de calor sofocantes surjan debido al cambio climático, más cúpulas de calor acabarán formándose. Aunque siempre han existido récords y extremos, el cambio climático aumenta la probabilidad de este tipo de fenómenos. El hecho de que se acumule calor dentro de nuestras fronteras espaciales provoca cambios como el derretimiento de la nieve y el hielo de los polos, el aumento del vapor de agua y los cambios de las nubes, como explican los expertos. Esto se traduce en un desequilibrio climático a todos los niveles. La disminución de las nubes, por ejemplo, facilita mayor radiación solar sobre el planeta, lo que incrementa las temperaturas, favorece las sequías y afecta, consecuentemente, a numerosos ecosistemas. También al ser humano, ya que la salud de la Tierra es una espiral y lo que ocurre en un punto provoca consecuencias en el situado al otro extremo.

Aunque este estudio es tan solo una instantánea borrosa de lo que podría ocurrir –la comunidad científica no tiene actualmente la capacidad para dar una aproximación más certera–, es innegable que la temperatura del planeta ha aumentado. Concretamente, un grado más que hace 22 años. De seguir esta tendencia, en 2040, la temperatura media global habrá alcanzado ya los 1,5 grados, como advierte el informe del Panel de Científicos de la ONU sobre Cambio Climático. 

En la actualidad, la Tierra acumula un vatio de la energía solar que absorbe, mientras que en 2005 sólo asumía medio vatio del total

¿Y si la temperatura crece sin límites como si de una olla de presión se tratara? Los pronósticos actuales alcanzan a predecir las consecuencias de que la temperatura del planeta aumente hasta seis grados. A partir de ahí, poco más puede predecirse. La NASA ya trabajó en 2019 en una investigación en profundidad para concienciar sobre los posibles cambios que el planeta sufriría con tan solo 1,5 grados de aumento en la temperatura global: un 14% de la población mundial se verá expuesta a olas de calor severas cada cinco años (un 37% si la temperatura aumenta 2 grados), el estrés hídrico (la falta de agua) incrementará para la mitad de la población, las precipitaciones extremas y los ciclones aumentarán considerablemente, numerosas especies (el 6% de los insectos y el 4% de los vertebrados) verán muy reducidos sus ecosistemas y , la vez, las especies invasoras cobrarán protagonismo. Además, la acumulación del exceso de calor en los océanos provocará que estos se expandan, con los consecuentes efectos sobre los animales y el ser humano.

A pesar de lo preocupante de esta variación en la temperatura, expertos como el periodista ambiental Mark Lynas se han propuesto ir más allá en la previsión de lo que espera a un planeta en ebullición. Basándose en la franja de referencia del IPCC –que marca un aumento mínimo de 1,4 grados y un máximo de 5,8–, unificó todas las previsiones de la comunidad científica en su libro Seis Grados. El futuro en un planeta más cálido para dilucidar, grado a grado, cómo se iría transformando el globo terráqueo según empiece a aumentar la temperatura global. Estos son sus cálculos:

  • A partir de los dos grados: el nivel del mar subiría hasta unos 5,5 metros y el incremento de los incendios forestales provocaría más erosión, más sequía y mayores problemas de suministro de agua, incidiendo también en el suministro energético
  • A partir de los tres grados: el hambre afectaría a gran parte de la población mundial y la subida del mar provocaría migraciones hacia el interior de más de la mitad de los habitantes
  • A partir de los cuatro grados: el hielo se habría fundido, provocando el consecuente desequilibrio de temperaturas en el globo. Además, supondría el aumento del nivel del mar en 50 metros en todo el planeta, lo que transformaría por completo la geografía costera. Con el calor, las capas de permafrost también desaparecerían, liberando cientos de toneladas de metano a la atmósfera
  • A partir de los cinco grados: estaríamos ante un planeta completamente diferente. Las selvas tropicales habrían desaparecido y el mar se habría adentrado en el interior, dejando a los humanos aislados en zonas pequeñas
  • A partir de los seis grados: el límite para la vida. En ese punto, solo algunas bacterias podrían sobrevivir. Pero aún queda tiempo para encontrar un final alternativo.

La próxima pandemia: la desertificación amenaza al ser humano

El agua parecía infinita. Los ríos recorrían, incansables, su curso y creíamos que bastaría con abrir un grifo para que el río desembocase siempre en un vaso. Al menos, así ha sido hasta ahora en aquellos países que aún pueden permitirse el lujo de seguir accediendo a este recurso esencial para la vida, puesto que, como advierte el ránking de riesgos del World Resources Institute, ya hay nueve países en riesgo de sufrir una grave escasez de agua: Bahréin, Kuwait, Palestina, los Emiratos Árabes, Arabia Saudí, Omán y el Líbano deben asumir que pronto se verán obligados a enfrentarse a largos periodos de ausencia de lluvias y repentinas precipitaciones momentáneas capaces de provocar graves inundaciones. No hay término medio en la desertificación.

A nivel mundial, ya hay casi 40 países que se encuentran en un riesgo máximo de escasez de agua, y España no se queda lejos de estas predicciones: las previsiones apuntan hacia un 40-80% de los depósitos afrontarán dificultades para suministrar agua a los habitantes en los próximos años. De hecho, en 2040, una quinta parte del mundo padecerá agudos recortes en el suministro del agua.

Casi 40 países en el mundo se encuentran en riesgo máximo de escasez de agua

¿Nos encontramos ante una nueva pandemia (climatológica)? Las Naciones Unidas no tienen reparo alguno en afirmarlo. «La sequía está a punto de convertirse en la próxima crisis mundial, y para esta no existe una vacuna», aseguraba Mami Mitzouri, representante del Secretario General para la Reducción del Riesgo de Desastres de las Naciones Unidas, en el informe Análisis especial sobre la sequía 2021. «La humanidad ha convivido con la sequía durante 5.000 años, pero esto es distinto. Nuestras actividades están exacerbando e incrementando el impacto más allá de lo que el planeta puede soportar».

Los cambios en las frecuencias de las lluvias –en España, por ejemplo, llueve menos que hace 50 años–, la gestión ineficiente de los recursos hídricos, la degradación del suelo a causa de la ganadería extensiva, la deforestación, el uso de pesticidas y la explotación de agua para la producción agrícola son los principales detonantes de este problema. Al menos un millón y medio de personas, según las Naciones Unidas, se han visto afectadas por la sequía durante este siglo; un daño que se traduce en un coste económico de más de 124.000 millones de euros, un resultado, no obstante, estimado, ya que no incluye el precio exacto que los países más vulnerables y empobrecidos deberán pagar por el cambio climático, a pesar de tener menos responsabilidad su incremento que sus vecinos más ricos. En 2018, estima el Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (IDMC), más del 16,1% de migraciones estuvieron relacionadas con el clima. Y en las próximas décadas, hasta 60 millones de personas se verán obligadas a abandonar el África Subsahariana debido a la desertificación.

Una vacuna contra la escasez de agua

La desertificación es un punto de no retorno al que nadie debe llegar y en el que incide especialmente el ODS 15. Nuestra última crisis, la provocada por el coronavirus, ha demostrado que las respuestas para socorrer a los países vulnerables llegan tarde, un error que la humanidad no puede volver a permitirse, especialmente en algo tan crítico como la sequía, capaz de provocar daños irreversibles en su subsistencia agrícola y ganadera ampliando, en consecuencia, la sombra de la inseguridad alimentaria que lleva años sobrevolando a sus poblaciones. «Si queremos acabar con la pobreza y garantizar un mundo justo, es un imperativo poder gestionar los impactos de la variabilidad climática extrema en los países en vías de desarrollo», declaraba ya en 2016 el Banco Mundial.

La inversión internacional pública debe empoderar a los países más vulnerables en la resiliencia contra la sequía

La inmunización contra la sequía es urgente. Por ello, el mapeo de las zonas de alto riesgo de sequía, la mejora de las tecnologías para el cultivo agrícola, el incremento de la fertilidad de los suelos y el cultivo de árboles a las granjas locales se presentan como medidas rápidas y directas capaces de marcar la diferencia en estos territorios. Sin embargo, la ciencia debe venir acompañada la inversión internacional pública para empoderar a los países más vulnerables en la resiliencia a través del aumento de la protección social de las comunidades locales, el desarrollo de soluciones basadas en la naturaleza que no dañen los ecosistemas, servicios financieros que permitan desarrollar estudios de análisis de riesgo y marcos colaborativos que aúnen a agentes públicos, privados y civiles bajo el mismo paraguas permitiendo conocer todas las necesidades para dar lugar a un cambio sistémico.

En el ámbito más social, en las profundidades de un mar de cientos de medidas, es fundamental, como defienden las Naciones Unidas, establecer –y, si ya existen, mejorar– todas aquellas estrategias que promuevan el ahorro de agua, la sostenibilidad del territorio y la protección del medio ambiente. «Los sistemas para prevenir los principales riesgos de la sequía permiten evitar otros más complejos que puedan derivar de ella, incluyendo la amenaza del cambio climático. Es posible reducir el riesgo de desertificación si nos esforzamos en entender su naturaleza compleja y buscamos medidas adaptativas para afrontarla», concluyen los expertos de las Naciones Unidas. Una acción coordinada capaz de reducir al mínimo los efectos de una crisis, de nuevo, inminente.

La revolución del cultivo vertical

«Asombrosas islas de verduras que se mueven como balsas sobre el agua». Al historiador William Prescott, que basó gran parte de sus relatos en el imperio azteca, el paisaje de la zona le dejó perplejo: donde debía estar el lago Xochimilco, se vislumbraban aquellas llamativas chinampas, abundantes cosechas de verduras y flores que flotaban impasibles en balsas acuáticas, formando islas que parecían levitar en el aire. Parecía magia. ¿Cómo era posible que esos cultivos no necesitaran del suelo para salir adelante? 

Si viajamos aún más atrás en la historia, encontraremos jeroglíficos egipcios que describían procesos de cultivo acuáticos a lo largo del Nilo. Eran los orígenes de lo que ahora conocemos como la hidroponía, que reemplaza un sustrato inerte por disoluciones minerales en agua, una técnica innovadora y mucho más sostenible que la agricultura tradicional, responsable del consumo del 70% del agua a escala global.

De seguir con el sistema alimentario actual en 2050 el acceso global a calorías se reducirá hasta niveles propios del año 2000

Ahora  la agricultura ha dado un paso más y ya mira al suelo desde las alturas. Es la aeroponía, una técnica de cultivo vertical que solo necesita una décima parte del agua respecto a los cultivos tradicionales y que resuelve algunos de los problemas que el incipiente reto de alimentar al planeta trae consigo: alteraciones del suelo, desertificación, sequía y falta de espacio. Y es que el tiempo corre en nuestra contra: de seguir con el modelo extensivo de agricultura, advierte la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), «el sistema reducirá la disponibilidad de calorías en 2050, especialmente en los países en vías de desarrollo, a los niveles alcanzados en el año 2000». 

Aprender a prescindir del suelo para seguir subsistiendo es una necesidad, y la aeroponía recoge ese guante como una técnica que no solo es más sostenible sino también más barata: esta técnica, desarrollada en 1920 por el doctor Franco Massantini y mejorada por la NASA en 1990, consiste en cultivar verduras en paredes o columnas, con las raíces al aire y escondidas dentro de una cámara que las protege de la luz permitiéndoles, a la vez, absorber el oxígeno que necesitan. Al tener un mayor acceso al oxígeno, los nutrientes son absorbidos directamente del ambiente una vez son pulverizados en forma de disolución, lo que les requiere menos energía para llevar a cabo la fotosíntesis.

Gracias a esta independencia del sustrato, la aeroponía se presenta como una técnica especialmente productiva en interior, lo que, a su vez, evita múltiples problemas típicos de la agricultura tradicional. Como los cultivos no están expuestos a plagas, no es necesario aplicarles pesticidas; y tampoco se ven afectados por heladas ni climas extremos.Al no requerir grandes atenciones en comparación con otras técnicas, el proceso se simplifica considerablemente, lo que minimiza, por un lado, el uso de agua y nutrientes y, por otro, la energía, reduciendo así la huella de carbono agrícola. 

Una posible solución a las ciudades hambrientas

La industria alimentaria moderna da forma a nuestros territorios y afecta a las ciudades. En ellas, el acceso a frutas y verduras de calidad suele ir normalmente acompañado de una extensa huella de carbono ya que, dada la falta de espacio para instalar cultivos, las ciudades se abastecen de frutas y verduras provenientes de lugares lejanos, con las emisiones que ese transporte conlleva. La urbanista Carolyn Steel lo explica con el concepto del «triple golpe»: «La mayoría de los ciudadanos no sabe de dónde viene su comida (primer golpe) y se han acostumbrado a alimentos baratos (segundo golpe), mientras que los líderes políticos tienen escaso control sobre el sistema alimentario frente a la industria (tercer golpe)», explicaba en una entrevista recientemente. 

Según el Ministerio de Agricultura, los cereales, las legumbres y las frutas recorren de media 2.954 y 5.466 kilómetros, respectivamente, hasta llegar a los hogares. Es precisamente aquí donde la aeroponía juega un papel clave: al distribuirse verticalmente, facilita la siembra de una alta densidad de plantas en espacios muy reducidos, fomentando la producción de ‘kilómetro cero’ (alimentos cultivados a menos de 100 km del punto de consumo) y resolviendo posibles situaciones de desabastecimiento como las que vivimos durante el estado de alarma..

La aeroponía permite cultivar alimentos en tan solo 16 días

Pero ¿puede hablarse ya de una revolución vertical? En Estados Unidos, por ejemplo, la aeroponía ya se ha hecho un hueco. La empresa Aerofarms, ubicada en Newark (New Jersey), abastece a instituciones, restaurantes y supermercados locales con 1.000 toneladas de verduras al año, cultivadas en 16 días (en la agricultura tradicional, el tiempo es el doble) en siete pisos de estanterías gigantes sin llegar a ocupar ni siquiera una hectárea de suelo. En Francia, por otro lado, una azotea parisina alberga el mayor huerto urbano de tomates, fresas y plantas aromáticas en Europa y basa su cultivo, sobre 14.000 metros cuadrados, en la aeroponía y la hidroponía.

En lo que a España concierne, los avances aún son tímidos. A pesar de sus múltiples ventajas, lo cierto es que un sistema aeropónico es una instalación relativamente costosa, ya que necesita, entre otros materiales, una serie de equipos electrónicos para vigilar el estado de los cultivos. Por eso, los pasos son pequeños, aunque decididos: en Ibiza, una pareja compró hace varios años una finca para dar vida a Ibiza Farm, el primer huerto aeropónico de exteriores de Europa donde, además de producir frutas y verduras para donarlas a escuelas locales, sus dueños desarrollan talleres de educación ambiental para los más pequeños. 

En este ámbito también han surgido start-ups como Nextfood, mitad danesa y mitad española, que proporciona infraestructuras de aeroponía a granjeros locales de todo el mundo para crear una red descentralizada de granjas verticales conectadas y vigiladas a distancia por un equipo de científicos para garantizar su eficiencia. Porque, como ya apostilló el CEO de la compañía, Rasmus Bjengaard, «en los próximos 40 años la humanidad debe producir tanta comida como lo hizo en los últimos 10.000 años. El problema es obtener suficiente, no reemplazar a otros». Y en el caso de la agricultura vertical, solo el cielo es el límite.

Internet en la España vaciada

“Digitalizarse” no es lo mismo que “transformarse digitalmente”. La primera, como define el economista digital Marc Vidal, implica un foco de cambio, un salto hacia el nuevo paradigma. Pero «no es suficiente dado el volumen de cambios que vivimos actualmente». Digitalizados, apunta, lo estamos todos –o casi todos–. Transformados digitalmente, muy pocos: no es lo mismo registrar la contabilidad de una empresa en una base de datos que saber utilizar esa base de datos; un comercio con una página web no es sinónimo de un negocio con capacidad de vender online; tampoco una serie de materiales educativos guardados en la nube se traduce en la transformación digital del sistema educativo español. Y, por supuesto, la conexión a una red de internet no garantiza la accesibilidad al mundo digital. 

La mitad de las zonas rurales de España carecen de cobertura de redes ultrarrápidas

Esta última diferencia se hace aún más evidente en la España vaciada. Según el informe de cobertura de banda ancha del Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital publicado en 2019, un 13,4% de las zonas rurales en España todavía no cuenta con acceso a Internet de al menos 30 Mbps (megabytes por segundo) de velocidad, mientras que la mitad carece de cobertura de redes ultrarrápidas –más de 100 mbps-. De hecho, todavía encontramos más de 720.000 hogares a los que el rango de cobertura de una conexión mayor a 2 Mbps no alcanza en más de un 10% de su potencia.

La brecha digital es un problema que la España rural, o la España desconectada, lleva arrastrando desde que se comenzara a hablar de digitalización. Reducirla entra dentro del Plan 300x100, presentado por el Gobierno en la primavera de 2018 con el objetivo garantizar el acceso del 95% de la población de cada provincia del país a redes de banda ancha ultrarrápida –al menos, 300 MBps–. Sin embargo, el avance del coronavirus no ha hecho más que evidenciar la urgencia de que Internet llegue a todos los rincones de nuestro país: con la deslocalización de las oficinas, los pueblos se presentan como un entorno ideal para vivir lejos de las aglomeraciones… si no fuese por la falta de conexión.

Elon Musk mira hacia los campos españoles

La necesidad de digitalizar correctamente las áreas rurales alcanza niveles internacionales y es por ello que algunas celebridades del ámbito tech como Elon Musk se han propuesto resolver el problema en los lugares más recónditos, incluidos algunos municipios de España. Así, el fundador de Tesla ha diseñado un operador que proveerá de red a los hogares a través de 1.400 satélites. Llamada Starlink, la entidad promete mayor cobertura y velocidad desde cualquier punto del país.

Además, en los últimos años han aflorado todo tipo de proyectos públicos y privados para llevar Internet a los pueblos. Más allá de las ayudas del Gobierno, en 2019 la Comisión Europea repartió a través del programa Wifi4EU varios bonos de 15.000 euros destinados a la instalación de puntos wifi en espacios públicos de municipios españoles pequeños. Por otro lado, Eurona, la multinacional española de telecomunicaciones, se ha aliado con la Asociación Los Pueblos Más Bonitos de España para premiar a través de un concurso con Internet de banda ancha ultrarrápida gratuito durante dos años a dos municipios ganadores bajo el lema ‘Internet, patrimonio de todos’.

Con esta iniciativa, la entidad pretende demostrar que, con una conexión funcional, el modelo rural puede disfrutar de las mismas oportunidades digitales que el urbano. Así, por ejemplo, nació Cowocat Rural, una asociación de coworking rural de Cataluña que integra quince espacios que funcionan en pueblos y pequeñas ciudades de la autonomía y que permiten a emprendedores, estudiantes y teletrabajadores acceder a la red. Este tipo de propuestas se multiplican por todo el país. El de Villafranca de la Sierra (Ávila) es un caso llamativo: su espacio de coworking ha conseguido aumentar la población en un 20% desde el inicio de la pandemia del coronavirus, revitalizando el entorno laboral de la zona y dándole el impulso económico que necesita. 

Red Eléctrica colabora en un innovador proyecto que llevará Internet de ultra alta velocidad a través de fibra óptica a más de 50 municipios rurales

En su compromiso con la España Vaciada, el Grupo Red Eléctrica también ha llevado a cabo numerosas propuestas para paliar la brecha digital. Sin ir más lejos, en este mismo mes, la entidad colabora en un proyecto innovador en el Nordeste de Segovia que facilita el acceso a internet de ultra alta velocidad (1.000 Mbps) a través de fibra óptica de la red de transporte a municipios con muy poca población. La iniciativa, promovida por la asociación sin ánimo de lucro Nordesnet, se está desarrollando en tres municipios del Nordeste de Segovia que suman menos de 180 habitantes: Castroserracín, Navares de las Cuevas y Cerezo de Abajo. El objetivo es ampliarlo a más de 50 localidades de la comarca donde la densidad de población es inferior a 6 habitantes por kilómetro cuadrado, la mitad de lo que la Unión Europea define como ‘desierto demográfico’.

La clave de esta estrategia es que la infraestructura pertenece por completo a los vecinos. «Igual que en otros tiempos los vecinos ayudaron a traer el agua o la luz a las casas, ahora colaboramos para traer un recurso imprescindible para la supervivencia de la comarca como es una conexión adecuada», añadía recientemente Emilio Utrilla, uno de los ingenieros que ayudó a impulsar el proyecto. Es una «hacendera digital», donde los propios habitantes, empresas y administraciones que así quieran invierten en el despliegue de la red de su localidad mientras que, los que optan por no hacerlo, pueden contratar sus servicios como a cualquier proveedor de internet. Una forma de garantizar que ningún habitante se quede fuera.

Sin embargo, este es tan solo uno de los numerosos proyectos de innovación social que Grupo Red Eléctrica está llevando a cabo en la España rural en sintonía con su Compromiso con la Sostenibilidad 2030. En el horizonte están otras iniciativas relacionadas con la ‘industria 4.0’ y las numerosas –y novedosas– aplicaciones de los satélites en el mundo rural, que permiten potenciar el ámbito económico a través del uso de esta tecnología de automatización para diseñar calendarios de riego en base a la información propiciada por estos aparatos, controlar las plagas o gestionar mejor el agua de los cultivos.

Y es que la conectividad es esencial para quienes viven en el pueblo, y para los que vuelven y se quedan. Igual que las carreteras. Así la define Antonio Calvo, director de Sostenibilidad del grupo, que insiste en que «la crisis de la COVID ha puesto de manifiesto las desigualdades digitales entre lo rural y lo urbano. No podemos hablar de acelerar la transformación digital cuando hay personas que a día de hoy ni siquiera tienen acceso a internet». La solución está a golpe de click. 

¿Cómo afecta el cambio climático a los bosques del planeta?

Nuestro planeta es más verde que hace 60 años. Suena sorprendente. ¿Cómo es posible que la Tierra tenga más vegetación si la deforestación provocada por la actividad humana terminó con la vida de más de 10 millones de hectáreas entre 2015 y 2020? La explicación es compleja -y extensa- pero puede resumirse en una frase: los cambios en el uso y la cobertura del suelo están transformando una gran parte de la superficie de la tierra en nuevos bosques. El éxodo rural que tuvo como consecuencia el abandono de los cultivos, los cambios de temperatura en algunas zonas del planeta, la sustitución de especies naturales por especies agrícolas y, en definitiva, la transformación del globo a manos humanas, enverdecen cientos de zonas en el mundo.

No es una buena noticia. Aunque, como bien demostraron los científicos de la Universidad de Maryland (Estados Unidos) en un estudio publicado en la revista Nature, hemos sumado un total de 2,24 millones de kilómetros cuadrados de vegetación –lo que equivale al 7% de la superficie terrestre– nos encontramos ante bosques cada vez más enfermos que corren el riesgo de desequilibrar por completo y de forma definitiva la balanza de la vida en el planeta. En un futuro no muy lejano, pueden pasar de absorber el dióxido de carbono de la atmósfera a convertirse en una fuente de emisiones, provocando una aceleración desmesurada del cambio climático.

La absorción de carbono realizada por los bosques tocó techo en la década de los noventa. En 2010, ya se había desplomado un tercio

Así lo demuestra el nuevo estudio realizado por la Universidad de Leeds, que presenta la primera prueba a gran escala de que la absorción de carbono de los bosques tropicales ha iniciado ya un preocupante descenso. La investigación, publicada también en la revista Nature, describe el seguimiento de 300.000 árboles de más de 560 selvas tropicales durante 30 años y revela que la absorción de carbono llevada a cabo por estos bosques tocó techo en los años noventa para desplomarse un tercio en 2010. La causa: la degradación de las especies vegetales.

Hasta hoy, las emisiones derivadas de las actividades humanas nos ‘salían gratis’ gracias a los sumideros de carbono de los bosques y océanos. Sin embargo, ya nos enfrentamos a una fecha de caducidad: a mediados de 2030, calculan los científicos en su estudio, los bosques dejarán de absorber carbono para pasar a emitirlo. De hecho, el Amazonas –considerado como uno de los mayores sumideros de dióxido de carbono– ya ha dejado de ser el pulmón del planeta: después de casi una década de sequías, incendios y deforestación, este bosque acabó liberando casi un 20% más de dióxido de carbono a la atmósfera de lo que absorbió (un total de 16,6 mil millones de toneladas). 

«Hemos empezado a entender ahora por qué los bosques están cambiando. Los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera, la temperatura, las sequías y la dinámica forestal son factores clave», explica Wannes Hubau, uno de los investigadores encargados del proyecto que ha analizado ese medio centenar de bosques. «Los mayores valores de dióxido de carbono aceleran el crecimiento de los árboles; sin embargo, año tras año, este efecto se ve contrarrestado por los impactos negativos que ocasionan las temperaturas más altas y las sequías, que reducen su tasa de crecimiento y aumentan su mortalidad».

La solución: ¿plantar más árboles?

El dióxido de carbono es una parte esencial del proceso de alimentación de las plantas. A través de la fotosíntesis, lo transforman en nutrientes esenciales liberando toneladas de oxígeno como residuo a la atmósfera. En un contexto de cambio climático como el actual, cuantos más cambios sufran las condiciones de su entorno –aumento de temperatura, acidificación del suelo–, más despacio crecerán y más débiles serán. Otra investigación, esta vez liderada por la Universidad Western Sydney (Australia), decidió exponer a un bosque tropical maduro (sin grandes perturbaciones antrópicas como incendios o talas) a una concentración artificial de CO2 que simulaba las condiciones atmosféricas que se darían entre 2030 y 2040 para concluir que, de cara a elaborar planes para mitigar nuestras emisiones de gases efecto invernadero, tenemos que poner sobre la mesa el hecho –científicamente demostrado– de que los árboles del planeta no tienen la fórmula mágica para resolver el calentamiento global. En el estudio, los bosques jóvenes sí eran capaces de absorber dióxido de carbono ‘extra’, lo que demuestra que el efecto poco a poco se va amortiguando.

De no resolverse el daño que el cambio climático provoca en los bosques, en 2030 estos dejarán de absorber dióxido de carbono para comenzar a emitirlo

¿Cuáles son las posibles soluciones? Las respuestas suelen apostar por lo matemático, por una simple resta. De hecho, a principios de año, un estudio aseguraba que una gran reforestación podría reducir en un 25% las emisiones de dióxido de carbono. El resultado, sin embargo, no fue bien recibido por gran parte de la comunidad científica. «Son estudios enormemente conflictivos. Muchos dirigentes se alegraron al leerlo porque pensaron: ‘Fantástico, ya no tengo que reducir mis emisiones porque si planto miles de árboles lo voy a neutralizar’... y no es así», criticaba en una entrevista Teresa Gimeno, una de las científicas que llevó a cabo la investigación de la universidad australiana. «Ya hemos demostrado que la capacidad de sumidero de CO2 de nuestros sistemas es menor de lo que pensábamos y que, además, se amortigua con el tiempo. Si encima mantenemos nuestro ritmo y acabamos destruyendo los ecosistemas que nos quedan, emitiremos más carbono a la atmósfera de golpe que lo que luego vamos a ser capaces de absorber plantando árboles».

Motivado por este tipo de estudios, el mismo Foro de Davos propuso la iniciativa Trillion Trees (Un Billón de Árboles) que buscaba plantar ese número para luchar contra el cambio climático. Sin embargo, para compensar tan solo una pequeña parte de las emisiones globales, asegura James Temple, del MIT Technology Review, «deberíamos plantar y proteger una cantidad enorme de árboles durante décadas haciendo frente a sequías, incendios forestales, plagas y deforestación». Y no tenemos un buen historial en esta materia: solo en España, más de siete millones de hectáreas forestales han sido calcinadas, con sus correspondientes emisiones a la atmósfera. 


En este contexto, la solución pasa –inevitablemente– por reducir la presión que nuestras actividades ponen sobre los ecosistemas. Según las Naciones Unidas, cada año se pierden más de 4,7 millones de hectáreas de bosque. Aunque parezca que el planeta es más verde que hace 60 años, su salud está mucho más dañada y sus pulmones se dirigen hacia un trágico final. ¿De qué sirve tener bosques si no pueden respirar?

Las claves de la COP26 de Glasgow

Superado el momento más duro de la pandemia en muchos países, poco a poco, toca volver a poner el foco en dar respuesta a otra gran emergencia: la climática. Recientemente, las Naciones Unidas recordaron que aún estamos muy lejos de alcanzar el objetivo de limitar el aumento de la temperatura mundial a 1,5 grados, una meta que la mayor parte de los estados firmaron en el Acuerdo de París. 

«Necesitamos ser más ambiciosos en la mitigación, en nuestra adaptación y, también, en la financiación», afirmaba en febrero de este año António Guterres, titular de la ONU. «Este año es crucial en la lucha contra el cambio climático». Las declaraciones no perseguían otro objetivo que el de animar a los Estados miembros a aprovechar el impulso en el camino hacia la Conferencia anual de la ONU sobre el clima (COP26), el evento climático mundial por excelencia, encuentro obligado a frenar en seco el pasado mes de noviembre y esperar a que las restricciones de la crisis sanitaria permitieran llevarlo a cabo. 

ONU: «Este año es uno crucial en la lucha contra el cambio climático»

Ahora, si todo va bien, la COP26 se celebrará en Glasgow (Reino Unido) del 1 al 12 de noviembre de 2021 y reunirá a más de 200 representantes de gobiernos de todo el mundo para trabajar a toda velocidad en la acción climática y encontrar un consenso que permita el cumplimiento del Acuerdo de París a tiempo. Para hacerlo, ya está elaborado el conocido como Paris Rulebook, un documento donde se recogen todas las medidas que deben ser implementadas para cumplir con el acuerdo y llevar la economía hacia la neutralidad. Toda una declaración de intenciones sobre la apuesta por la cooperación internacional que hará frente a los principales retos a los que se enfrenta la humanidad: fin de la pobreza, hambre cero, salud y bienestar, energía asequible, igualdad, ciudades sostenibles y ecosistemas protegidos, entre otros.

Para pavimentar el camino, los líderes de las naciones participantes en la COP26 están realizando a lo largo de mayo negociaciones virtuales para dar las primeras pinceladas de ese nuevo compromiso y llegar a noviembre con un papel lleno de propuestas concretas que poner sobre la mesa (virtual). Esta ‘Pre-cop’, no obstante, no es nueva. Viene realizándose siempre unas semanas antes de cada Conferencia del Clima y esta vez se adelanta de forma virtual. Además, tendrá como cada año su encuentro previo presencial, que tendrá lugar en Milán entre el 30 de septiembre y el 2 de octubre.

¿Qué nos jugamos en Glasgow?

Las líneas de acción de esta COP26 responderán a algo tan evidente como la propia realidad. El año pasado no solo será recordado por la pandemia, también por recibir el triste premio del tercer año más caluroso desde que se tiene constancia, un ejemplo de las rápidas alteraciones que está sufriendo el planeta y que necesitamos frenar. Patricia Espinosa, secretaria ejecutiva de la ONU de Cambio Climático, va directa al grano: «2021 será el año más importante para el cambio climático desde la adopción del Acuerdo de París». Así lo aseguró a principios de febrero, cuando se anunció que la cumbre se celebraría en noviembre en lugar de abril debido a las restricciones anti-covid.

De esta forma, enumeró lo que ella considera las claves del éxito para la Conferencia del Clima: que se cumplan las promesas hechas a los países en desarrollo, especialmente la de movilizar 100.000 millones de dólares anuales en financiación climática; que los gobiernos concluyan los temas pendientes y las negociaciones para aplicar plenamente el Acuerdo de París; que los países disminuyan las emisiones y aumenten la ambición climática, tanto en la reducción de CO2 como en la adaptación a los –inevitables– impactos del cambio climático y, por último, que no se deje de lado ninguna voz o solución, firmando un nuevo compromiso con los observadores e, incluso, los interesados que no formen parte de la COP26. 

El objetivo final de la COP26 es actualizar los compromisos de los Estados para acelerar el cumplimiento con el Acuerdo de París

En este sentido, la Cumbre del Clima de Glasgow pondrá el foco sobre lo que considera prioridades a resolver urgentemente, como la descarbonización o la transformación verde del sistema financiero, de manera que todos los países puedan impulsar inversiones limpias. Además, los líderes mundiales tendrán que llegar a un consenso de cara a ser más transparentes y ayudar a las sociedades y economías a adaptarse al cambio climático (especialmente las más vulnerables), comprometiéndose a alcanzar las emisiones netas lo antes posible a través de recortes notables antes de 2030. Para ello, como marca el planning de la COP26, los líderes deberán comprometerse a acelerar la transición real hacia el transporte sin emisiones de carbono, eliminando motores de gasolina y diésel, y apostando por la innovación y el compromiso, tanto de inversores como de ciudadanos.

Todas estas líneas de actuación irán recogidas en un paquete de medidas equilibrado que establezca los pasos para cumplir con el Acuerdo de París. Si todo va como se espera, este será el producto final de la reunión y afianzará más la lucha climática. Por si no fuera suficiente, el Reino Unido, como país organizador, se ha comprometido a reforzar los lazos institucionales con los países, implicando también a actores sociales como las redes ciudadanas o los colectivos activistas. De hecho, en colaboración con Chile, ha lanzado una serie de consultas mensuales para cubrir los principales puntos de las negociaciones, facilitando el trabajo de los técnicos para así poder incluir hasta la más ínfima preocupación en relación con el planeta. Nadie lo duda: es hora de ponerse las pilas, y, esta vez, de verdad. 

Y es que, a ojos de Espinosa, a pesar de la doble crisis de la COVID-19 y el cambio climático, «la humanidad nunca antes había tenido el poder de determinar consciente y colectivamente su trayectoria futura y su destino final». Hay que verlo como una oportunidad dorada para construir «un futuro resiliente, sostenible y próspero para todos».

La cumbre del clima de Joe Biden

Joe Biden ha cumplido en el mes de mayo sus primeros 100 días como Presidente de Estados Unidos. Una agenda política descrita como «una de las más ambiciosas de Estados Unidos», y en la que Biden ya dejó entrever el giro ambiental que daría el país después de anunciar su vuelta al Acuerdo de París. A este compromiso se han sumado otros como la reducción de subvenciones para el sector de los combustibles fósiles, el bloqueo de nuevas concesiones para extracciones o la protección del 30% de las tierras y áreas marítimas del país antes del año 2030.

Y ahora ha llegado uno de esos planes transversales que anunció al principio de la investidura: el American Jobs Plan, un paquete económico para reconstruir infraestructuras y reformular la economía con el que el Gobierno de Estados Unidos espera, tras invertir más de dos billones de dólares, «crear la economía más resiliente e innovadora del mundo», en palabras del propio presidente. Entre otras medidas, como la renovación de puentes o la retirada de las contaminantes tuberías de plomo en los sistemas sanitarios, este paquete da vida al llamado Clean Electricity Standard, un decreto federal que obligará a generar por ley un cierto porcentaje de electricidad a partir de energías renovables.

Siguiendo esta línea, se espera que la Administración Biden también invierta 46 millones de dólares en la adquisición de vehículos eléctricos y 35 millones en el desarrollo nuevos programas tecnológicos de cara a fomentar la sostenibilidad. La proyección también incluye otros 50 millones para «garantizar la resiliencia de las infraestructuras» frente a incendios forestales, inundaciones y huracanes. Haciendo uso de la transversalidad, el programa también reserva 16 millones para ubicar a los trabajadores de plantas de combustibles fósiles en nuevos puestos de energías renovables. Cientos de objetivos bajo una misma misión: abordar, de una vez por todas, la transición energética.

Siguiente paso: la ‘cumbre del clima de Biden’

«Juntos podemos hacerlo». Con estas palabras, Joe Biden puso punto y final delante de la webcam de la Casa Blanca a la conocida como ‘Cumbre del Clima de Biden’, un encuentro que reunió alrededor de las pantallas de todo el mundo a más de 40 líderes mundiales como antesala a la COP26 planificada en Glasgow a finales de este año. La convocatoria, celebrada el 24 y el 25 de abril, sirvió para afianzar públicamente el nuevo –y ambicioso– compromiso de Estados Unidos con la lucha climática.

Estados Unidos se marca un drástico objetivo: disminuir las emisiones entre el 50 y el 52% respecto a los niveles de 2005 para 2030

Al evento, que llevó cuatro meses de preparación, no solo se presentaron los jefes de estado, incluido el presidente Pedro Sánchez, sino también ministros, activistas, filántropos y diversos sectores medioambientales con la ambición de generar una conversación transversal capaz de relanzar los compromisos adoptados en el Acuerdo de París. «Nuestros compromisos deben hacerse realidad, de otro modo, no son más que humo», aseguraba Joe Biden en su intervención. «Las naciones que trabajen conjuntamente invirtiendo en una economía más limpia recogerán los beneficios para sus ciudadanos».

Esta línea económica ha sido, precisamente, uno de los aspectos vertebradores del guión de esta cumbre. Para el presidente estadounidense, al igual que para el resto de representantes políticos que se han dado cita en el evento, la transición energética y el desarrollo de tecnologías innovadoras son los ingredientes básicos para frenar a tiempo el cambio climático. «Que alguien me diga una forma con la que podamos crear tantos puestos de trabajo y generar tanta riqueza como en esta lucha climática», retó Biden a sus invitados. 

El guante lo recogió el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, al centrar su discurso en las oportunidades económicas que representa la transición verde y terminar poniendo dos promesas sobre la mesa: «España os escucha alto y claro. Desde el Gobierno movilizaremos más de 230.000 millones de euros para crear hasta 350.000 empleos, la mayor parte de ellos en el sector de la manufacturación y la construcción», aseguró, para terminar añadiendo que en 2022, nuestro país habrá reducido en un 85% la energía eléctrica procedente de combustibles fósiles. Un paso más para evitar llegar a ese aumento de 1,5 grados en la temperatura global, conocido como el  ‘punto de no retorno’ en la crisis climática.

España habrá reducido en un 85% la energía eléctrica procedente de combustibles fósiles en 2022

Los compromisos del resto de países

Tras dos días de intervenciones y debates, esta particular cumbre del clima se cerró con media docena de compromisos. Empezando por los del anfitrión, Estados Unidos, que se ha marcado a sí mismo un drástico objetivo: disminuir las emisiones entre el 50 y el 52% respecto a los niveles de 2005 para 2030 con el objetivo de descarbonizar la economía estadounidense en 2050. La promesa llega como una bocanada de aire fresco en el reto climático, ya que este país es el segundo mayor responsable de las emisiones mundiales de CO2. «Es un imperativo moral, y no hay otra opción», aprovechó para subrayar Biden.

«Estoy encantada de ver que Estados Unidos ha vuelto», aplaudió la canciller alemana Ángela Merkel tras conocer los nuevos compromisos del país. Precisamente, la Unión Europea anunció que reducirá sus emisiones en al menos el 55% para 2030 con relación a 1990, aprovechando también el avance de Reino Unido tras comprometerse a disminuir las suyas un 78% en 2035 respecto a la misma referencia. Además, la entidad europea aprovechó para recalcar la importancia de mecanismos como los bonos verdes o la imposición de un precio al carbono.

China, el mayor emisor a nivel mundial (responsable del 28% de las emisiones globales), no anunció nuevos compromisos climáticos, pero sí hizo hincapié en su objetivo de llegar al tope de las emisiones de carbono antes de 2030 y alcanzar la neutralidad a partir de 2060. «El tiempo que le tomaría a China cumplir esos objetivos es más corto que en los países desarrollados y requiere un arduo trabajo», argumentó Xi Jiping, el presidente del país, para acabar prometiendo que «China aumentará sus contribuciones previstas mediante la adopción de políticas y medidas más enérgicas».  

Japón, por su parte, aumentó su esfuerzo para evitar el colapso climático marcándose una reducción del 46% para 2030 con respecto a 2013. Corea del Sur, el tercer mayor inversor en plantas de carbón a nivel mundial, se comprometió a dejar de financiar estos proyectos en el extranjero. Por otro lado, Canadá marcó la línea de meta en la reducción entre el 40 y 45% de emisiones para 2030, aunque en comparación con los niveles de 2005. India, por otro lado, se comprometió a instalar 450GW de tecnología renovable para el año 2030 y a iniciar conversaciones con Biden para impulsar la inversión verde en el país.

No faltaron tampoco las promesas para apostar por combustibles alternativos como el hidrógeno verde por parte de China, Australia, Rusia y Brasil. Este último país se ha convertido, de hecho, en uno de los protagonistas de la cumbre después de que su presidente Jair Bolsonaro, con un tono más moderado, se comprometiera a alcanzar la neutralidad para 2050, diez años antes del anterior compromiso medioambiental del país, y acabar con la deforestación ilegal de la Amazonía en 2050, a pesar de que Latinoamérica es solo responsable de menos del 3% de los gases de efecto invernadero.

El compromiso político escuchado estos días marca una nueva era en la Agenda 2030 con los países más influyentes del mundo aunando conversaciones y alcanzando ambiciosos acuerdos para enfrascarse en una lucha climática más intensa que permita frenar el daño que le estamos provocando al planeta. 

Día Internacional de la Madre Tierra: el futuro de toda empresa pasa por ser verde

El  22 de abril de 2020, Día Internacional de la Madre Tierra, no fue más que un día cualquiera. Debido a las restricciones establecidas para hacer frente a la crisis sanitaria provocada por el coronavirus, que en aquel mes alcanzó sus picos más altos, las celebraciones multitudinarias a las que estábamos acostumbrados quedaron congeladas. Por aquel entonces, las actividades de concienciación pretendían tratar sobre la biodiversidad y la amenaza que el ser humano supone para ella. La covid sirvió de demostración: los expertos recurrieron a ella para advertir que los cambios extremos en la biodiversidad rompen la barrera natural que nos defiende de cientos de enfermedades zoonóticas como esta. Y de no protegerla, podríamos vivir otras pandemias.

Ahora, con las restricciones algo más relajadas, sigue siendo importante reivindicar la importancia del capital natural de nuestro planeta. Así nació el Día Internacional de la Tierra: la primera convocatoria, celebrada en 1960, congregó a 20 millones de personas en Estados Unidos para reivindicar un mayor control en el cuidado del medio ambiente, por aquel entonces completamente invisible para las agendas políticas. «Fue algo frenético. Nos llegaban telegramas, cartas y consultas telefónicas desde todas las partes del país», recordaba el senador Gaylord Nelson, responsable de la celebración del primer Día de la Tierra en un ensayo poco antes de morir en 2005. «El pueblo estadounidense por fin tenía un foro para expresar sus preocupaciones sobre lo que estaba sucediendo con la tierra, los ríos, los lagos y el aire, y lo hizo de forma espectacular».

Pronto podríamos perder más de un millón de especies en peligro de extinción

La pérdida de biodiversidad está ocurriendo a un ritmo sin precedentes en la historia de la humanidad: según las Naciones Unidas, pronto podríamos perder más de un millón de especies en peligro de extinción. Por suerte, ya tenemos más conciencia sobre el tema y, cada año, 20 millones de personas en 190 países celebran el Día de la Tierra con la esperanza de seguir luchando contra esta crisis ecológica, no solo desde el ámbito más social, también desde el económico: las empresas –responsables de la mayor parte de las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera- están moviendo ficha en la protección de la naturaleza, el capital más importante para la humanidad.

Aunque, como indica Natural Capital Factory, la mitad de las compañías del IBEX 35 aún no reconocen la biodiversidad como asunto material, lo cierto es que este sector es cada vez más consciente de su compromiso con el planeta y su papel fundamental a la hora de cuidar los ecosistemas. Según un análisis de Swiss RE, más de la mitad de la economía global depende del mundo natural, por lo que establecer el valor del capital natural a la hora de calcular los riesgos financieros de una entidad es una acción cada vez más común.

De hecho, situar en el centro de la actividad empresarial el medio ambiente ya no es solo un deber social, sino una garantía de futuro: en los próximos años, las empresas más rentables serán las más preocupadas por el medio ambiente. Prueba de ello son los inversores verdes, aquellos que solo destinan su capital a proyectos respetuosos con el medio ambiente conscientes de los riesgos financieros que puede suponer apoyar entidades que comprometan la salud de las futuras generaciones.

Más de 1.500 empresas en todo el mundo utilizan el Marco Integrado Internacional de Información para aprender a medir su capital natural

En la actualidad, más de 1.500 empresas en todo el mundo utilizan el Marco Integrado Internacional de Información elaborado por el Consejo Internacional de Información Integrada, una coalición de compañías, inversores y reguladores que ofrece a las empresas un método para aprender a medir su capital natural, definido como «todos los recursos y procesos ambientales que proporcionan bienes o servicios que apoyan a la prosperidad pasada, presente y futura de una organización».

De puertas para dentro, numerosas entidades también están aplicando sus propias medidas a la cadena de producción para evolucionar, poco a poco, hacia la sostenibilidad y la circularidad. Algunas de las acciones consisten en incorporar la biodiversidad entre los aspectos materiales, hacer un análisis de dependencias de la naturaleza, identificar los riesgos derivados de esta, enfocarse en la doble materialidad (impacto de la compañía en la biodiversidad y viceversa), establecer políticas de biodiversidad más ambiciosas, mejorar el conocimiento de la relación entre empresa y ecosistemas y establecer mecanismos internos de gobernanza que permitan elevar la biodiversidad al máximo nivel en el consejo de dirección de la compañía. 

El Grupo Red Eléctrica se ha propuesto cumplir 11 objetivos de sostenibilidad para 2030

En el marco de su compromiso con la Sostenibilidad 2030, el Grupo Red Eléctrica realizó en 2019 un análisis de materialidad, identificando hasta 16 asuntos relevantes, entre los que la biodiversidad y el capital natural ocuparon su lugar entre los más claves. Esto permitió a la compañía dibujar sus 11 objetivos de sostenibilidad para 2030, incluyendo el impacto neto positivo en el capital natural en el entorno de sus instalaciones. Además, dado que la biodiversidad y el capital natural son relevantes para sus grupos de interés, el grupo los ha incorporado como un elemento clave a la hora de reforzar el resto de sus compromisos, diseñando también una hoja de ruta para potenciar la red de transporte de energía eléctrica como una llave para el desarrollo de la biodiversidad en las desafiantes condiciones a las que nos enfrentamos en la actualidad. 

En esta línea, el desempeño en sostenibilidad del grupo representa el cambio de paradigma que ya está ocurriendo en la economía. Aunque todavía queda mucho por hacer, este hecho es un motivo de celebración en el Día de la Tierra 2021. Un pequeño paso más de todos los que nos quedan.