Autor: Cristina Suárez

“Esa idea de que en los pueblos no hay nada de lo que vivir es un mito”

El presidente de la Red Española de Desarrollo Rural (REDR), Secundino Caso, siempre ha afirmado con rotundidad que la pandemia ha sido una de las mayores oportunidades para dinamizar el desarrollo económico de la España vacía. Habla desde su experiencia pero también desde la de los vecinos de Peñarrubia, el pequeño pueblo cántabro de 318 habitantes del que lleva dos décadas siendo alcalde: en los últimos meses, tres nuevas familias se han mudado al municipio para teletrabajar o crear nuevos negocios desde esa tranquilidad que solo puede dar el campo. Una señal irrefutable, apunta Caso, de que algo está cambiando en el mundo rural. Aunque, para que la transformación eclosione definitivamente, aún quedan algunas asignaturas pendientes por resolver. 

Usted defiende que la pandemia ha resignificado la vida en el entorno rural. Sin duda, el trabajo telemático ha marcado un antes y un después en la España vacía. Pero ¿de qué forma el coronavirus ha cambiado nuestra concepción de los pueblos de España en cuanto a oportunidades laborales?

La influencia de la pandemia en la resignificación del entorno rural es una realidad. Gracias a ella, la sociedad –ya no solo la rural, también la urbana– ha empezado a valorar de verdad el tener una casa con acceso a la naturaleza, vivir en un pueblo, disfrutar del aire libre. En la práctica, muchos pueblos están viendo este efecto ahora mismo: hay mucha gente que compró una casa en un municipio rural como segunda residencia durante la pandemia y que, ahora, se está mudando para vivir en ella definitivamente. También en el ámbito más económico se está dando un cambio grande, ya que por primera vez estamos viendo cómo hay gente que apuesta por invertir en los pueblos sin ninguna subvención o ayuda. Esto dignifica. Que venga gente de las ciudades, con un poder adquisitivo mayor, a quedarse en la España rural es un motivo de orgullo para los vecinos. Algunos todavía incluso se sorprenden, porque se preguntan cómo puede una persona decidir abandonar la ciudad y venirse al campo. La respuesta es sencilla: está donde quiere estar, y es en el pueblo. No obstante, que la migración a la inversa –de pueblo a ciudad– ocurra depende de numerosos factores. El más importante de todos es la conexión. Ya existen pueblos de primera y pueblos de segunda según si tienen fibra óptica o no. En resumidas cuentas, es importante ver que lo que necesita un pueblo para ser atractivo no es que esté cerca de una gran ciudad, sino que esté conectado y cuente con los servicios suficientes para proporcionar un estado de bienestar a sus vecinos y a los nuevos moradores.

«Los pueblos necesitan trabajadores, pero para ello tienen que garantizar un bienestar»

No obstante, la edad media en el entorno rural ronda los 55 años y, según la Fundación Adecco, los mayores de 50 años representan el 14% del paro en España. ¿Cómo se puede garantizar el acceso al emprendimiento rural en una horquilla de edad que suele tenerlo muy complicado para conseguir empleo?

No creo que sea un problema. De hecho, mucha de la gente que está viniendo a emprender a los pueblos ahora no baja de los 60 años. El mundo rural ofrece muchas oportunidades y necesita gente que trabaje. Por ejemplo, a Peñarrubia acaba de mudarse un matrimonio –él es arquitecto; ella diseñadora– que supera los 50 años de edad, y también una mujer que decidió abandonar Barcelona y montar su negocio online de velas artesanas desde aquí. 

Además, ahora mismo contamos con muchos programas que permiten acercar a emprendedores y grupos de desarrollo para que trabajen coordinados. Vuelvo al ejemplo de Peñarrubia: en nuestro pueblo hay muchísimo turismo, pero todavía falta hostelería. Quien quiera venirse y montar un restaurante, podrá vivir muy bien.

Pero también es cierto que el territorio rural, si bien abarca el 80% de la superficie española, cuenta con una densidad media de 17,8 habitantes por kilómetro cuadrado. En un escenario como este, ¿de dónde se parte y hacia dónde se tiene que ir para una red laboral resistente que facilite el emprendimiento rural?

Esa es una de las asignaturas pendientes. Tenemos que aprender a coordinarnos mejor. No es una cuestión de cantidad, sino de forma de trabajar. En el mundo rural hay decenas de entidades como fundaciones, planes de empleo o asociaciones que luchan por el desarrollo del emprendimiento en los pueblos. Es más, si en España hay 250 comarcas, en cada una de ellas vive un grupo de acción local que puede orientar a cualquier interesado en emprender sobre los sectores que necesitan más trabajadores o qué empleo fortalece el territorio. Lo único que falta, como digo, es trabajar todos sobre la misma página.

Usted lleva más de veinte años siendo el alcalde de Peñarrubia. Ha sido testigo directo de la evolución de la España vacía. ¿Cómo ha afectado la despoblación al bienestar económico y social del pueblo? ¿Se está recuperando de alguna forma? ¿Qué pierde España cuando en los pueblos se deja de emprender?

En primer lugar, cuando yo llegué al consistorio, había registrados 200 habitantes. Ahora hay casi 400. Recientemente, he visto a tres familias venir a vivir aquí. El matrimonio del arquitecto y la diseñadora se dedica a comprar casas en Madrid, rehabilitarlas y venderlas. Es decir, que pueden vender un piso en la Castellana desde un municipio de la España rural. También, justo enfrente de ellos, están construyendo una casa un hombre alemán y una mujer chilena. Él tiene una empresa digital de gestión de depuradoras para gobiernos de todo el mundo e, igualmente, lo resuelve desde el ordenador en Peñarrubia. Todo lo que necesitan es el internet que les proporcionamos. Mi pueblo necesita trabajadores. Ahora mismo hay muchas empresas turísticas –posadas, hoteles, albergues y un balneario de lujo– que necesitan gente. Esto demuestra que hemos conseguido poner sobre la mesa que esa idea de que en los pueblos no hay nada de lo que vivir es un mito. Cuando yo empecé, no existía nada más que el sector primario y, a lo largo de estas décadas, hemos asentado proyectos que han dinamizado la economía.

La pregunta ahora es: ¿y por qué, aun así, no conseguimos que se quede toda la gente que queremos? Porque la vivienda, al menos en el caso de Peñarrubia, es un gran problema. Ahora mismo, si una pareja joven se viene a vivir aquí, tendrá que gastar mucho dinero en una casa que es una verdadera ruina. Eso es algo de lo que también hay que hablar: no es tan sencillo como darles trabajo y ya, sino que se necesitan servicios adecuados, como un sistema de viviendas rehabilitado, un médico, una guardería… Ahora mismo estamos viendo cómo mucha gente viene al pueblo a trabajar por el día y luego se va a la cabecera de comarca para descansar, porque allí es donde está su casa. Eso no tiene sentido. La gente no se da cuenta de que ese estado de bienestar en el que viven en las ciudades es muy potente, y que eso no siempre lo encontramos en los pueblos. Tenemos que conseguirlo. No obstante, el reto está en que, si bien no hay dos pueblos iguales, tampoco hay dos soluciones iguales.

¿Qué sectores lo tienen más complicado (y qué sectores lo tendrán en el futuro próximo) para crecer en la España vacía?

No es una cuestión de sectores, sino de que la gente tenga todo lo que necesita para vivir bien. Es muy importante cambiar esa mirada. Hace 50 años, del mundo rural se marchó todo aquel que pudo y se quedó solo el que no tuvo oportunidad de irse. Es decir, los trabajadores de la agricultura y la ganadería. Esos sectores ahora mismo están pasando por auténticas dificultades económicas, y no es porque se hayan quedado en el pueblo, sino porque el estado de bienestar les garantiza más bien poco. Cuando te mudas a un pueblo con 20 años y estás soltero, el estado del sistema educativo, la sanidad o las residencias de mayores te puede dar un poco más igual. Pero si te acabas de casar y tienes dos niños pequeños, da igual el sector en el que trabajes, que mientras no haya una guardería o un médico disponible te va a dar igual. El estado de bienestar en el mundo rural es un espacio aún por conquistar. 

«Llevamos 50 años legislando para las ciudades, y ahora nos encontramos con un traje que no viene a medida para los pueblos»

En este sentido, son cada vez más las iniciativas del sector privado centradas en generar un impacto positivo en la economía de los pueblos. Pensando en algunos ejemplos, nos encontramos con Holapueblo, que apoya a personas interesadas en instalarse en el mundo rural e implantar su idea de emprendimiento, o Ruralizable, que impulsa el emprendimiento tecnológico a favor del mundo rural. ¿Qué opina de esta implicación de las empresas para favorecer el desarrollo sostenible de los pueblos? ¿Hasta qué punto el sector público y el privado pueden trabajar en alianza?

La alianza público-privada es fundamental. Tiene que existir sí o sí. Puede que haya gente a la que le cueste entenderlo, pero yo, que soy presidente de un grupo local y de la Red Española de Desarrollo Rural –donde la mitad del componente es público y la otra mitad privado desde hace 30 años– lo tengo claro. Lo que sí es cierto es que, hasta hace poco, hemos estado dando la espalda al mundo rural. Antes no se le tenía en cuenta porque componía muy pocos votos, y eso no interesaba. Se ha tardado mucho en ser consciente de la importancia del mundo rural que, más allá de la pandemia, es una pieza clave a la hora de luchar contra los principales retos que nos conciernen: el cambio climático, la producción de alimentos, la captura de dióxido de carbono, el terreno para instalar las energías limpias… Con la transición energética sí que vemos el potencial de los pueblos, pues permiten un modelo barato y más sostenible. Pero, por supuesto, tal y como ha avanzado la historia, hay reticencias de ciertos habitantes. Con esto quiero decir que, si ahora contamos con el mundo rural, la única forma de hacerlo es teniendo en cuenta a los vecinos. Por eso la alianza entre lo privado y la figura civil es tan importante: hay que llegar a consensos con los habitantes y encontrar soluciones adaptadas a ellos y su entorno.

Concretamente, Red Eléctrica es un actor fundamental porque combina esa rentabilidad energética y sostenible con la involucración de la gente que vive en los pueblos. Es la única manera de hacerlo, en realidad, porque necesitamos un equilibrio, que ciudades y pueblos trabajen para que ese estado de bienestar llegue sin dejar a nadie marginado. De lo contrario, fallaremos y daremos margen a la demagogia.

Sobre dar la espalda al mundo rural, ha denunciado en numerosas ocasiones que las leyes, muchas veces, tampoco piensan en los pueblos. ¿Qué hace falta cambiar en la legislación para darle un mayor empujón al tejido laboral de los pueblos?

Esa es la clave. Nos vemos frente a una legislación que, en los últimos 50 años, se ha diseñado para una España urbana. Y ahora, cuando queremos legislar para los pueblos, se convierte en un traje que no nos viene a medida. No podemos aplicar esta legislación al mundo rural porque lo único que hemos hecho ha sido ponerle capas de protección, no dinamizarlo. Y la protección, muchas veces, genera cuellos de botella.

De esto hay cientos de ejemplos. Sin ir más lejos, el acceso a las farmacias. En una ciudad, una farmacia sale muy rentable tan solo vendiendo medicamentos mientras que, en un pueblo, para que salga a cuenta, el farmacéutico tiene también que asesorar, llevar medicamentos a domicilio, hacer preparados específicos para los vecinos, etcétera. Y, sin embargo, la ley no permite que las farmacias de los pueblos cuenten con un psicólogo. Y no solo eso: la legislación marca que en un pueblo de menos de 500 habitantes no puede haber una farmacia, sino un botiquín. Esto minimiza los servicios y reduce el horario de atención al cliente, puesto que un botiquín no puede abrir todos los días. 

Este fenómeno también lo observamos en la ley de transporte escolar. Es lógico que para una ciudad se legisle, por pura seguridad, que los menores de edad no puedan viajar en el mismo transporte que adultos completamente desconocidos. Pero en un pueblo, donde hay una gran red familiar, no tiene sentido alguno. ¿Qué hace entonces un niño pequeño cuando tiene que viajar en un autobús casi vacío para ir a la escuela en otro pueblo y no puede acompañarle su abuelo? Tenemos que volver a aplicar la lupa para hacer leyes destinadas al mundo rural. Inglaterra y Francia, por ejemplo, ya llevan tiempo trabajando en una legislación adaptada. Incluso existen observatorios rurales que, cada vez que sale una nueva ley, ponen en marcha un mecanismo de garantías que analiza cada párrafo para evitar que pueda perjudicar a los pueblos. No para beneficiarlos, sino para ahorrarle daño. Yo mismo me conformo ya con eso: que la legislación no sea una losa sobre nuestras cabezas.

Más allá de los servicios, también muchos de los emprendedores que quieren invertir en los pueblos lamentan las trabas burocráticas a la hora de encaminar su negocio.

Claro, es que no puede ser que alguien tenga que esperar durante dos o tres años a que la Administración le diga si puede emprender o no. Yo lo veo todos los días: muchísima gente que quiere emprender deja de intentarlo porque no se ve capaz de seguir adelante con tanta burocracia. Eso hay que agilizarlo. Tendríamos que ponerle una alfombra roja a cada persona que quiera emprender, garantizar que puede resolverlo en un tiempo razonable, tanto si es un proyecto viable como si no. 

«Necesitamos construir un relato atractivo para que los jóvenes vengan a los pueblos»

Desde su punto de vista, ¿el Plan de Recuperación de la Unión Europea, que destina más de 8.000 millones al desarrollo rural, puede ser ese as bajo la manga que la España vacía lleva tiempo buscando?

En cuanto a las ayudas europeas tengo el corazón partido. Es verdad que son una gran inversión, pero hay que tener en cuenta que con la migración el mundo rural quedó desprotegido de talento y, ahora mismo, no tiene capacidad de personal para absorber ese dinero. Hay que recordar un dato fundamental: el 60% de los ayuntamientos españoles están en municipios por debajo de los 1.000 habitantes. ¿Qué significa esto? Que no hay manos suficientes: no hay técnicos para preparar los proyectos y no hay asesores que ayuden a decidir a qué destinar el dinero. Precisamente la semana pasada lo denunciamos ante el Ministerio de Economía. No hay organismos suficientes para presentar proyectos al mundo rural en la medida de lo que debería ser. Sí que algunas comunidades autónomas han puesto técnicos para abordarlo, pero deberíamos tener un gran pacto, una agenda rural que garantice que estos fondos llegan adecuadamente porque el Plan de Recuperación es un tren que no podemos perder. 

Ante este escenario, ¿podemos esperar entonces una revolución rural que transforme el panorama laboral de España y reequilibre el mapa poblacional?

Estamos en un momento clave. No solo en España, sino en toda Europa. No se trata de vivir del mundo rural, sino de vivir en el mundo rural. Y de nuevo, la digitalización y la robotización del campo juegan un papel fundamental para dar un paso más. Eso sí, siempre que lo hagamos con unas gafas que miren de verdad al mundo rural (sin paternalismos) y lleven a generar ambientes de confianza y empatía, un relato atractivo para la gente joven y el emprendimiento. Los jóvenes tienen que ser los protagonistas de nuestro futuro.

Primavera en la ciudad: un momento clave para proteger la biodiversidad

La primavera se anuncia ya en los días que, poco a poco, empiezan a alargar sus horas de luz. También en los brotes de los árboles, que exhiben sus flores al mundo. Pero sobre todo en ese estallido de sonidos provocado por los animales que salen por fin de sus refugios. Si nos paramos un momento, seremos capaces de escuchar ese bullicio único de la estación, el periodo de cortejo por antonomasia y también un momento idóneo para las migraciones.

Sin embargo, en el entorno urbano, a medida que aumentan las interacciones animales también lo hace el riesgo. En España, más de 500 millones de aves mueren al año tras chocarse, en pleno vuelo, contra cristales y ventanas. También en nuestro país mueren atropellados anualmente 9 millones de aves y 1,5 millones de mamíferos, víctimas de los desplazamientos entre ciudades y pueblos. Eso sin contar con las vidas perdidas de animales invertebrados como las mariposas o las abejas.

En España, más de 500 millones de aves mueren al año tras chocarse, en pleno vuelo, contra cristales y ventanas

Desde hace varias décadas, la brecha que deja el conflicto entre el desarrollo urbanístico y el respeto a la biodiversidad no ha dejado de agrandarse: la mayor evidencia la encontramos durante el confinamiento provocado en 2020 por la covid-19, cuando numerosas especies de animales camparon a sus anchas por las calles y las carreteras sin correr el riesgo de sufrir daños. Tras el fin de las medidas, la presencia de los animales fue poco a poco reduciéndose de nuevo.

Es una problemática compleja y grave. En primer lugar porque el vínculo entre la biodiversidad urbana y nuestra forma de vida es muy estrecho. Perder una significa perder también la otra. Una investigación reciente basada en los resultados de 19 estudios, responsables de analizar un total de 40 tipos de relaciones entre la biodiversidad y la salud humana, llegó a la conclusión de que un 60% de estas conexiones eran positivas, frente a un 8% negativas y un 33% sin efectos significativos.

Explicado de una forma más clara, la biodiversidad no es un elemento ajeno a las ciudades, sino que esta contribuye al bienestar del ser humano: regula la aparición de plagas y parásitos, mejora el bienestar físico y mental, facilita la polinización y la reproducción de las especies vegetales –incrementando, por tanto, la presencia de pulmones verdes y sumideros de carbono– y contribuye a mitigar los efectos del cambio climático al garantizar la permanencia de los espacios verdes. Además, está demostrado que la presencia de biodiversidad nos acerca más a la naturaleza y nos obliga a asumir más responsabilidades con el medio ambiente.

En busca de ciudades más respetuosas

Aunque se tiende a concebir las ciudades como enemigas de los ecosistemas, lo cierto es que estos entornos per se no son los que provocan el daño. De hecho, estas pueden ayudar a conservar especies locales y facilitar los pasos migratorios. El problema llega cuando la actividad humana las hace inhabitables.

Crear corredores de fauna silvestre en jardines, plantar especies autóctonas o construir nidos artificiales son medidas efectivas para proteger la biodiversidad urbana

En este sentido, algunas tendencias del urbanismo ecológico han introducido innovaciones para integrar la naturaleza en los edificios, implantando fachadas verdes y jardines verticales, eliminando posibles reflejos en los cristales para evitar que los pájaros las confundan con paisajes, reduciendo la contaminación lumínica y acústica, limitando pavimentos artificiales o creando corredores de vida silvestre entre jardines y parques. Un buen ejemplo es la ciudad inglesa de Bristol que, dentro de los actos conmemorativos tras su nombramiento en 2015 como Capital Verde Europea, propuso convertir la ciudad en un entorno amigable para la fauna silvestre plantando especies vegetales capaces de atraer a abejas y mariposas y construyendo nidos artificiales para pájaros y murciélagos, entre otras acciones.

Otras propuestas más sencillas pasan por plantar especies autóctonas para atraer a insectos locales, evitar plantas exóticas invasoras, tapar piscinas para evitar que los animales caigan en ellas o evitar las podas de setos y arbustos entre los meses de mayo y agosto para no bloquear los procesos de reproducción de las aves y otros animales.

Sin embargo, organizaciones expertas como SEO/Birdlife consideran que para construir ciudades respetuosas con la biodiversidad es necesario subir un escalón más en el urbanismo, alcanzando la planificación urbanística. Como cada ciudad es única, las realidades de los distintos entornos urbanos permiten elaborar una hoja de ruta para hacer evolucionar las ciudades hacia espacios más resilientes y conectados a la naturaleza.

Así, los expertos de la organización han elaborado a través de los proyectos de conservación desarrollados a lo largo de los últimos 15 años en Cantabria una exhaustiva guía, inspirada en más de 40 estudios de caso, que incluye 100 medidas para la conservación de la biodiversidad en entornos urbanos –agrupadas en los ámbitos de gestión municipal, expansión urbanística, edificios e infraestructuras, zonas verdes, educación y participación ciudadana– para aunar esfuerzos y crear un mundo mucho más biodiverso y, por tanto, menos hostil.

La crisis climática ya es la mayor amenaza para la humanidad

El economista sueco Jonan Nonberg sostiene en su libro ‘Progreso’ que vivimos en el mejor momento de la historia de la humanidad. A pesar del actual escenario, marcado por la pandemia y las desigualdades, el autor del mejor libro del año según The Economist demuestra con cientos de datos sociológicos y económicos que no solo es este el periodo con una mayor esperanza de vida, sino también con mayor salud, riqueza, educación y oportunidades.

«Lo que nos llega a nuestros móviles solo muestra malas noticias. Pero no es que el mundo se esté desmoronando, es que tenemos más acceso a la información que en cualquier otro momento, y la información siempre habla de lo que está mal», sostuvo recientemente en una entrevista. Sin embargo, estar bien no significa estar a salvo: así lo defiende el Global Risk Report 2022, un informe elaborado por el Foro Económico Mundial (FEM) que se encarga de definir cada año las principales amenazas mundiales para la humanidad en las próximas décadas.

La crisis climática ocupa el primer puesto de la lista de amenazas globales con mayor impacto elaborada por el FEM

El FEM ha consultado a más de 12.000 especialistas de todos los ámbitos para analizar de la forma más objetiva posible los principales riesgos a nivel global en función del grado de impacto y la posibilidad de que ocurran. Si bien durante 2021 el primer puesto en la lista lo ocupó la crisis sanitaria, en 2022 ha llegado el turno del cambio climático: ocho de cada diez personas consultadas señalan las consecuencias de la crisis ambiental, los desastres naturales –incendios forestales, lluvias torrenciales o inundaciones– y la pérdida de biodiversidad como los problemas más graves a los que dar la cara en el futuro más cercano.

En este sentido, advierte el informe, el cordón al colapso solo puede llegar de la mano de medidas verdes eficientes.  En ese sentido, advierte, «de darse una transición ecológica desordenada entre países lo único que conseguirá es generar barreras a la cooperación y dividir a las naciones». En otras palabras, la mayor parte de especialistas considera la inacción climática como el desafío más preocupante a la hora de afrontar la crisis ambiental: «La mayoría de las medidas de recuperación tras la pandemia están fallando a la hora de favorecer la transición verde como herramienta de estabilidad», dice el informe.

Dos mundos distintos

Seis de cada diez personas consultadas por el FEMdicen sentirse inquietos ante las perspectivas de un mundo que afronta una importante brecha económica y social agudizada por la crisis del coronavirus. «Si la recuperación económica es divergente, corremos el riesgo de profundizar las divisiones globales en un momento donde lo que urge es la colaboración», advierten. Una cooperación que debe servir tanto para sanar las cicatrices como para abordar conjuntamente los riesgos globales, que es la mejor forma de hacerlo.

Solo un 6% de la población de los 52 países más pobre se ha vacunado contra el coronavirus

Para ello es necesario acabar con la erosión de la cohesión social (la cuarta amenaza) auspiciada por la desigualdad, que sigue presente por diversos motivos. Por ejemplo, mientras los países más ricos se recuperan del coronavirus gracias a las medidas sanitarias y la digitalización que permiten un avance más rápido, solo un 6% de la población de los 52 países más pobres está vacunado contra la covid,. Esto  afecta no solo al bienestar  social sino a la salud económica de los estados, haciendo aún más palpables esas grandes diferencias y alimentando, según el Foro Mundial, la polarización política en un clima «de divisiones sociales preexistentes y las tensiones geopolíticas».

Tampoco se escapa del análisis la crisis de suministros provocada por el desabastecimiento de productos como los chips informáticos o incluso algunos medicamentos, que llevan ‘la crisis de medios de subsistencia’ a ocupar el quinto lugar en el ranking. Como es lógico, las enfermedades infecciosas todavía siguen presentes en el sexto puesto de la lista, por encima del daño a los ecosistemas, la falta de recursos naturales y las crisis de deuda fomentadas por las medidas de urgencia tomadas por los Gobiernos para mantener a flote las empresas durante la pandemia.

No obstante, asegura el FEM, todavía queda espacio para revertir el futuro. Siempre y cuando las naciones prioricen la cooperación y sean «capaces de recuperar la confianza de sus ciudadanos» para, más allá de intentar demostrar a la historia que esta podría ser nuestra mejor época, conseguir que ese bienestar puedan heredarlo futuras generaciones.

Microalgas, una alternativa sostenible para múltiples usos

No ocurre muy a menudo, pero hay ciertos momentos en la vida en los que la respuesta más sencilla es, precisamente, la más útil. Un buen ejemplo lo encontramos en la naturaleza: se cuentan por decenas las especies, formas o procesos naturales en los que el ser humano, desesperado por un complejo problema, se ha fijado para dar, de una vez por todas, con la clave de ese invento que le hará la vida más fácil. La sencillez es la base de la biomímesis, porque no hay nada más simple y eficiente que la propia naturaleza.

Frente a la crisis climática, uno de los retos más laberínticos de la actualidad, también surgen este tipo de serendipias: a comienzos de este año, una investigación del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Sevilla demostró que las microalgas son tan eficientes a la hora de capturar dióxido de carbono que podrían contribuir a la reducción de hasta un 30% de las emisiones contaminantes.

Estos organismos podrían reducir hasta en un 30% las emisiones de dióxido de carbono

El hallazgo, como han descrito los responsables, «podría tener implicaciones tanto ecológicas como biotecnológicas en la mitigación del cambio climático». Y es que las propiedades de estos microorganismos acuáticos, que realizan la fotosíntesis como cualquier otro (consumen dióxido de carbono y devuelven oxígeno a la atmósfera), suponen una gran oportunidad para limpiar el aire, depurar aguas residuales e incluso fabricar alternativas a los combustibles fósiles, ya que pueden producir hasta 60 veces más biocombustible que otras plantas terrestres.

En realidad, el uso de las microalgas tiene siglos de historia: por ejemplo, la spirulina era utilizada por los aztecas como un alimento altamente energético y la phylloderma sacrum se ha considerado desde siempre un auténtico manjar en Japón gracias a sus propiedades proteicas. De hecho, a pesar de lo novedoso de esta investigación realizada por el CSIC, no es la primera vez –ni será la última– que estos seres vivos protagonizan historias de éxito en múltiples ámbitos ambientales.

Microalgas para una alimentación mejor (y más sostenible)

Durante las últimas décadas, el estudio de estos organismos ha despertado gran interés ante el reto de la alimentación sostenible. Las microalgas son capaces de producir aminoácidos y antioxidantes, por lo que algunos científicos están investigando cómo aprovechar esta capacidad para conseguir que produzcan otros compuestos de interés para el ser humano. Se ha demostrado, por ejemplo, que si se le añaden ciertas especies de microalgas a un pan sin gluten, se incrementa exponencialmente su contenido en proteínas, hierro, calcio y ácidos grasos.

En un planeta donde, en 2050, sus habitantes exigirán un 60% más de alimentos, estos microorganismos se presentan también como una gran alternativa frente al consumo de carne. Sus proteínas permiten preparar productos cárnicos más saludables e incluso análogos que la imiten, pero no la incluyan, convirtiéndose en un alimento de idénticas propiedades, pero mucho más sostenible y, sobre todo, accesible.

Biocombustibles, pero también hidrógeno verde

En la Agenda 2030, el hidrógeno verde se presenta como una buena alternativa a los combustibles fósiles. Pero solo es sostenible si se produce con recursos renovables. Así, un equipo de investigación de la Universidad de Monash (India) ha descubierto que el proceso de obtención de hidrógeno a través de las microalgas es un 36% menos contaminante, por lo que, si se cultiva la suficiente cantidad, pueden ser las perfectas aliadas para fabricar este elemento clave en la transición energética.

Edificios ‘marinos’ para reducir la contaminación

Aunque en un primer momento pueda parecer impensable, las microalgas pueden jugar igualmente un gran papel en la regeneración de edificios y las ciudades del futuro. En España, la Universidad de Alcalá, diseñó un edificio recubierto de microalgas con el fin de demostrar cómo pueden contribuir a reciclar el aire de la ciudad y hacer de las calles un lugar más agradable. La inspiración viene, en parte, de Alemania, que en 2013 se convirtió en el primer país con un edificio realmente verde donde las microalgas de su fachada eran recolectadas con un sistema que, haciendo uso del calor solar acumulado, utilizaba su energía para generar agua caliente.

Como demuestra la comunidad científica, el futuro puede ser prometedor: además de todos los beneficios mencionados, la mayor ventaja de estos seres vivos es que son capaces de crecer de forma muy rápida, por lo que, en un entorno óptimo y con la suficiente financiación, pueden multiplicarse exponencialmente hasta dejar de ser un mero objeto de estudio para convertirse en un denominador común de la transformación sostenible. Soluciones diminutas para grandes problemas.

Carta abierta a la sostenibilidad (en las empresas)

Ninguna compañía se ha encontrado ante un momento tan perfecto para dar el salto a la sostenibilidad como este preciso instante. Empezando por algo tan sencillo como que el patrón de consumo ha cambiado: tan solo en España, dos de cada tres personas ya aseguran que modificarán sus hábitos de consumo por criterios de sostenibilidad. En otras palabras, que elegirán las empresas no por su renombre, sino por lo que hacen (y por cómo lo hacen). Si piensan en verde, entonces tienen la mitad del camino recorrido.

Consciente de ello, Larry Fink, director del mayor gestor de activos del mundo, BlackRock, ha decidido dedicar su influyente carta anual dirigida a CEOs a este cambio de paradigma donde la crisis ambiental se alza como principal protagonista y la pandemia, que ha mostrado claramente las desigualdades que todavía siguen afectando a nuestras sociedades, como la chispa que ha encendido la mecha.

«Los ingenieros y los científicos trabajan sin descanso en la descarbonización de los sectores del cemento, el acero y los plásticos; la del transporte marítimo, por carretera y aviación; y también de la agricultura, la energía y la construcción», afirma este peso pesado de Wall Street que, desde que se sentó al frente de BlackRock hace una década, siempre se ha mostrado como un firme defensor de la aplicación de los estándares ambientales, sociales y de gobernanza (criterios ESG) en la agenda empresarial. «Por tanto, los próximos 1.000 unicornios (así se habla en lenguaje empresarial de las start-ups) no serán motores de búsqueda ni redes sociales, sino empresas innovadoras sostenibles que conseguirán situar la transición energética al alcance de todos».

El 72% de los inversores ya tiene en cuenta los criterios de sostenibilidad a la hora de valorar una empresa

En la misiva, Fink insiste en que, en este escenario, las compañías que no miren hacia la transición ecológica tan solo conseguirán quedarse atrás. Cada empresa y sector tendrá que transformarse hacia un mundo neutral en carbono: «Pocas cosas afectarán tanto al valor de las empresas como la manera en que aborden la transición energética global en los próximos años». El financiero estadounidense pone así el foco en el capitalismo vinculado con la sostenibilidad, una nueva concepción que busca hacer girar el sistema económico –y, por tanto, la vida financiera de las compañías– en torno a la descarbonización y el cambio climático.

En este sentido juegan un papel fundamental las inversiones sostenibles –que, a diferencia de las tradicionales, tienen en cuenta los criterios ESG– dado que, como recuerda el experto, «nunca antes ha habido tanto dinero disponible para hacer realidad las ideas nuevas». La prueba está en los datos que maneja BlackRock: las inversiones sostenibles ascienden ya a 4.000 billones de dólares, una auténtica fortuna que puede acelerar la necesaria transición ecológica del sistema empresarial –solo 100 de las más grandes empresas del mundo producen el 71% del total de emisiones– y, por ende, del resto de agentes sociales (incluyendo los propios ciudadanos).

La relación entre compañía y empleados, pieza clave en el futuro

Otro foco a tener en cuenta: empleados satisfechos con el trabajo que desarrollan. Este es, a ojos del inversor, un punto crítico. También orbitan alrededor de este concepto los criterios ESG porque, sin trabajadores cómodos en sus puestos, ¿cómo puede avanzar una compañía? «Ninguna relación ha cambiado más por la pandemia que la que existe entre empleadores y empleados», afirma la carta. Las empresas, sí o sí, deben responder a sus nuevas expectativas. «No es solo salario y flexibilidad. El coronavirus ha arrojado luz sobre la igualdad, la conciliación o la salud mental al tiempo que ha puesto de manifiesto las expectativas laborales de cada generación». Ahora es el turno de los CEOs de coger el guante y comprender algo que ya está demostrado: «que las empresas que forjan lazos sólidos con sus trabajadores son más rentables».

Fink: «Los próximos 1.000 unicornios no serán redes sociales, sino empresas innovadoras sostenibles»

Igualmente, en el otro lado de la mesa deben sentarse los accionistas, aquellos que dotan de dinero a las compañías y que ya ponen la sostenibilidad en el centro. Como apunta la gestora de fondos Natixis, alrededor del 72% de los inversores aplica en la actualidad criterios sostenibles a la hora de valorar una compañía. ¿Qué significa esto? Que aquellas que no se centran en los ESG corren el riesgo de ver minimizados los apoyos económicos a cada minuto que pasa.

Tras aconsejar en las últimas líneas a las empresas de petróleo y gas que trabajen con grandes emisores para desarrollar tecnologías de reducción de carbono (es decir, energías renovables y captura de dióxido de carbono, entre otras), Fink aprovecha para hacer una llamada de emergencia a los Gobiernos: sin el sector público, el sector privado no puede maniobrar. «Necesitamos que los Gobiernos marquen claramente la hoja de ruta en la sostenibilidad», avisa.

También de cara a beneficiar a la sociedad reduciendo la desigualdad energética: «A medida que perseguimos estos ambiciosos objetivos debemos garantizar que la población tenga acceso a fuentes de energía fiables y a un precio razonable». Según el inversor, esa es la única forma de crear una economía verde equitativa. Es una alusión al principal reto de los criterios ESG pero también a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), puesto que la alianza público-privada es fundamental para permitir que la sociedad avance hacia un planeta más limpio, y sobre todo, más justo.

Aire limpio: un derecho fundamental

«Respirar aire limpio debe ser un derecho humano fundamental. Es una condición necesaria para tener sociedades sanas y productivas», afirmaba a finales de 2021 Hans Henri P. Kluge, director regional de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para Europa. Lo hacía tan solo dos meses después de que el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas declarara en una resolución aprobada con 43 votos de apoyo «un medioambiente limpio, saludable y sostenible» como un derecho básico, un hito histórico que la propia institución definió como «decisivo para la justicia ambiental».

En esta concepción se incluye el aire limpio, cuya calidad, como apuntan las cifras, debe ser garantizada urgentemente. Según los últimos datos de la OMS, nueve de cada diez personas respiran aire contaminado, lo que provoca unos siete millones de muertes prematuras al año. Este es un número que podría duplicarse si la polución no se reduce antes de 2050.

La Agencia Europea de Medio Ambiente estima         que un aire limpio podría haber evitado la muerte de más de 178.000 personas en 2019

Que la falta de aire limpio pone en riesgo la vida de miles de personas ya no es una hipótesis sino una evidencia: un exhaustivo análisis publicado por la Agencia Europea de Medio Ambiente define la contaminación del aire como el mayor riesgo para la salud por factores ambientales y calcula que, en 2019, un entorno libre de partículas contaminantes podría haber evitado al menos 178.000 muertes en la Unión Europea. En total, en el continente se registraron 307.000 muertes prematuras por exposición a partículas finas y 40.400 provocadas por inhalación de dióxido de nitrógeno.

Si bien estas cifras son llamativas en el peor sentido de la palabra, el informe también subraya algo positivo: la calidad del aire en Europa fue mejor en 2019 que en 2018 gracias a las políticas de reducción de emisiones impulsadas por los Estados. Y apunta a que todavía hay tiempo para seguir mejorando y aprovecha para destacar los potenciales beneficios que resultarían de mejorar la calidad del aire siguiendo los nuevos valores marcados por la OMS en 2021 para las partículas contaminantes PM2.5, unas de las micropartículas contaminantes más comunes que provienen principalmente de los automóviles y la industria. «Al menos un 58% de las muertes se hubieran podido evitar si todos los Estados miembros hubiesen alcanzado el nuevo índice (5 µg/m³). En cambio, si se hubieran adherido al límite actual de la Unión Europea (25 µg/m³) la mortalidad hubiese sido la misma», resuelve.

Esto nos lleva a una evidente conclusión: necesitamos un mayor compromiso a la hora de garantizar la calidad del aire. En este marco, el Plan de Acción Contaminación Cero de la Unión Europea busca reducir antes de 2030 el número de muertes prematuras en más de un 55%, en comparación con 2005. La línea de meta, según la Agencia Europea de Medio Ambiente, está cerca: ya se ha reducido un tercio desde 2005 a 2019.

La apuesta española por un aire respirable

En España, solo siete de las 80 mayores ciudades cumplirían con los nuevos límites anuales de dióxido de nitrógeno marcados por la OMS. Además, alrededor del 11% de las muertes están provocadas por enfermedades derivadas del aire como la neumonía, los infartos de miocardio, el cáncer de pulmón o la bronquitis crónica. Para contribuir a paliar esta situación, la ministra de Sanidad, Carolina Darias, anunció en noviembre el Plan Estratégico de Salud y Medioambiente, que aborda la calidad del aire como vía para mejorar la salud del planeta y las personas, demostrando aún más la interdependencia entre el medio ambiente y nuestra propia salud.

En España, solo siete de las 80 mayores ciudades cumplirían con los nuevos límites anuales de dióxido de nitrógeno marcados por la OMS

A grandes rasgos, la estrategia busca promover entornos ambientales que blinden la salud de la población a la vez que responden a los desafíos del cambio climático. Las líneas de acción marcadas elevan así los esfuerzos para mejorar tanto la calidad del aire como la del agua, y también reducir la contaminación industrial, el ruido o las temperaturas extremas.

En el ámbito de la contaminación, las actuaciones conciben, por un lado, un aumento en la protección de la salud y la coordinación de las respuestas del sistema y, por otro, una mejor recopilación de los datos que permita difundir en mayor medida el conocimiento a la comunidad científica, pero, sobre todo, a la población en general.

Respecto a la salud, la estrategia persigue la protección de la población más vulnerable –personas mayores, menores y mujeres embarazadas–, y propone, entre otras medidas, redactar un protocolo de actuación ante picos de contaminación, vigilar la calidad del aire en entornos susceptibles y potenciar medidas ya existentes para reducir contaminantes como la transformación del transporte o el Plan Nacional de Control de la Contaminación Atmosférica, que incluye 57 acciones para reducir de manera significativa los contaminantes muy nocivos para la salud. A la vez, apuesta por formar al personal sanitario sobre los riesgos por exposición a la contaminación atmosférica y diseñar un Plan de Vigilancia que cuantifique el impacto sobre la salud nacional a corto y largo plazo.

Asimismo, el objetivo es seguir avanzando en la investigación científica a la hora de dar con más enfermedades respiratorias provocadas por la contaminación. Sumando a estas acciones otras como el apoyo al desarrollo de líneas de I+D+i, encaminadas a profundizar en el conocimiento sobre la contaminación atmosférica, España busca alinearse de la forma más rápida posible con las nuevas consideraciones de la Unión Europea en conjunto con las Naciones Unidas. Y es que contribuir a generar un medioambiente limpio y saludable es una apuesta por brindar a la población unas vidas más largas, felices y libres de enfermedades.

«La digitalización es un gran concepto, pero no puede dejar a nadie atrás»

Durante los meses más duros de la pandemia, Bureta, un pequeño pueblo aragonés de 200 habitantes, fue una de esas localidades que se llenaron de turistas nacionales. Esta novedad, sumada a la belleza de su paisaje, le llevó a protagonizar numerosos programas de televisión, lo que llamó la atención de Víctor Pardo, un informático de 42 años, y su mujer, cuando lo vieron desde el sofá de su casa en Zaragoza capital. Las ganas de cambiar la ciudad por el pueblo llevaban años sobrevolando sus cabezas y fue precisamente Bureta el que inclinó la balanza. Hicieron las maletas y se fueron con su hijo de cinco años. Gracias a Holapueblo, iniciativa del Grupo Red Eléctrica, AlmaNatura y Correos que atrae nuevos pobladores con perfil emprendedor a zonas rurales con baja densidad demográfica, Víctor pudo abrir un negocio pionero en la comarca: un servicio de reparación informática a domicilio. Desde su nuevo hogar (que aún están construyendo), relata su historia a la vez que reflexiona sobre uno de los grandes retos del mundo rural: la digitalización.

Cada hora el mundo rural pierde cinco habitantes, lo que supone un riesgo extremo para numerosas comarcas que ven desaparecer la poca gente que las sostiene. Sabiendo la realidad del mundo rural, ¿en qué momento (y por qué) decidís hacer las maletas e iros al pueblo?

Antes de mudarnos, yo llevaba desde 2006 haciendo páginas web y posteriormente gestionando un servicio informático de reparación. También tuve un bar de noche. Era una vida bastante cansada. Llevábamos tiempo queriéndonos ir a un pueblo, pero nunca acabábamos de decidirnos. Hasta que llegó la pandemia y, con ella, los ERTES. Fue entonces cuando dimos con Bureta y nos decidimos a comprar una casa allí.

¿Cómo fue esa adaptación a la nueva vida rural? Sobre todo, ¿cómo lo vivió vuestro hijo? Pasó de un colegio convencional a un colegio rural agrupado.

Ha ido bien, aunque a veces eche de menos el otro colegio. Pero aquí tiene una atención mucho más personalizada y una cercanía mayor a la naturaleza. No tienes que estar todo el rato pendiente de él, tiene más libertad.

¿En qué punto se encuentra ahora mismo tu negocio? ¿Qué servicios estáis ofreciendo para una necesidad como es la del acceso a una tecnología digna? (Y a dónde esperáis llegar)

Mi idea era volver a la reparación informática y ahora tengo mi propia empresa. Me dedico a hacer reparaciones informáticas a domicilio en Bureta y en el resto de pueblos de la comarca (14 en total). Acabamos de empezar, como quien dice, pero mi servicio va bien. Siempre recuerdo cuando trabajaba en la ciudad y venía gente desde los pueblos a arreglar el ordenador porque allí no tenían opción alguna. Yo busco evitar esos desplazamientos.

«Nosotros nos vemos aquí en Bureta ya para toda la vida»

Además, hago cualquier tipo de instalación informática que me pidan y doy cursos y clases particulares para los vecinos en el Ayuntamiento. Resolvemos todo tipo de dudas, desde cómo recuperar una cuenta de correo electrónico hasta los pasos a seguir para obtener el certificado covid telemáticamente; y enseñamos los cuidados básicos para protegerse de ciberataques. Uno de mis principales objetivos es intentar que la brecha digital en el mundo rural se reduzca, al menos un poco.

Ante esta incipiente brecha que mencionas, tu perfil es fundamental.  ¿Qué crees que está aportando tu proyecto a la vida y la economía de Bureta y, por ende, a la estabilidad del entorno rural?

A la economía de momento, poco, porque tenemos que crecer más. Cuando lo hagamos, espero generar varios puestos laborales. A nivel local, sí que es cierto que siempre estoy ayudando a los vecinos. En cualquier momento, en cualquier lugar. Sin ir más lejos, el otro día cambié el tóner del colegio porque no llegaba el técnico.

Desde mi experiencia, para el pueblo es una maravilla poder contar con informáticos cerca y es que, además, somos tres personas más que se suman al padrón. Ahora mismo, en Bureta hay 220 habitantes y el 70% son mayores de 60 años. En el colegio solo hay 10 niños menores de 12 años y otros dos más mayores.

Sin embargo, ni en el ámbito urbano ni en el rural el emprendimiento está exento de dificultades. ¿Cuáles son las principales trabas que te encontraste al arrancar con él?

Para empezar, los tiempos son completamente diferentes. En muchas ocasiones me ha dado la sensación de que es como un ‘ya lo haremos’ continuo, tanto a nivel vecinal como de Ayuntamiento. Pero no es algo inherentemente negativo: es otro ritmo de vida. También influye la burocracia. Al fin y al cabo, aquí el alcalde es agricultor y dedica el tiempo que puede al consistorio.

El principal problema son las conexiones. He tenido que contratar 4G porque el internet de cable se cae continuamente y no puedo permitírmelo con el trabajo que tengo, ya que me obliga a estar conectado 24 horas y no puedo tener mi negocio caído durante 7 horas hasta que vuelve internet.

A nivel personal, me gustaría destacar un problema que considero endémico en Aragón, pero también en otras comunidades: es muy difícil encontrar información del pueblo en internet. De algunos no hay manera de saber si tienen colegio, de otros si cuentan con farmacias y centro sanitario, o si hay casas en venta. Dar toda esta información básica es una auténtica gymkana. Al final, con eso solo se consigue sumar desinformación y desanimar a la gente que quizá esté buscando mudarse.  ¿Cómo puede ser posible, por ejemplo, que haya pueblos con páginas web donde no salga absolutamente nada?

¿Por qué crees que pasa esto?

No creo que sea un problema de dinero, sino de que no se están ejecutando bien las cosas. Al final, actualizar los datos online es complicado y para ello se necesita cultura digital. Si queremos atraer gente al pueblo, hay que cambiar esto.

No cabe duda de que la pandemia se ha presentado como una oportunidad histórica para repensar la digitalización de los pueblos, una revolución tecnológica que se antoja fundamental de cara a poder garantizar la inclusión –educativa, sanitaria, social, cultural…– de todos los habitantes en las sociedades del futuro. ¿Cómo concibes esa reconstrucción digital del mundo rural?

En primer lugar, se debe facilitar el conocimiento digital fomentando cursos sobre tecnología e internet. Lo que no se puede hacer es decirle de la noche a la mañana a una persona de 60 años, que no ha tocado un ordenador en su vida, que tiene que pedir las citas del médico con una app en el móvil y utilizando un pin intransferible. O deshacerte de todos los cajeros automáticos y obligarle a hacer los ingresos por internet. Es complicarle la vida a gente que no tiene ni idea de cómo funciona la tecnología.

Esta es una responsabilidad de las instituciones, que deben vender internet como algo fácil y seguro para que la gente se sienta motivada a aprender. En el mundo rural todavía hay personas que ni siquiera confían en las tarjetas de crédito. Y no hablo de gente mayor: hablo de chavales de 20 años. No vale decir ‘venga, para mañana quiero que hagáis de deberes estos cinco ejercicios con la tablet’; hay que enseñar cultura digital. Pero, claro, ¿a quién le preguntas estas dudas en un pueblo? El concepto de la digitalización es estupendo, pero no puede quedar nadie atrás.

«Uno de mis objetivos es intentar que la brecha digital en el mundo rural se reduzca»

Por otro lado, la mejora de las telecomunicaciones es urgente. Tendría que estar obligada por ley: si una compañía quiere poner su antena, debe garantizar al menos un 90% de cobertura. ¿Cómo puede ser que en pleno 2021 todavía haya que estar haciendo malabarismos para conseguir una raya de cobertura?

La iniciativa de Holapueblo pretende conectar a personas que desean hacer realidad sus proyectos de emprendimiento en una zona rural con pueblos dispuestos a acogerles como nuevos vecinos con el objetivo de revertir la despoblación. Echando la vista atrás, ¿cómo dirías que fue el proceso de selección para vosotros? 

La verdad es que lo vi de casualidad cuando estaba buscando orientación para implementar mi negocio en el pueblo. No llegué a entrar a la primera porque la convocatoria ya había cerrado. Sin embargo, cuando me cogieron a la siguiente, yo ya tenía hecha la selección del pueblo por lo que pudimos centrarnos en las tutorías con expertos, que se enfocaron más en el ámbito del negocio y el contacto directo con el Ayuntamiento.

El proceso constaba de cinco sesiones: la primera se centraba en cómo construir un nuevo proyecto de vida en el pueblo; la segunda en buscar ese pueblo; otra profundizaba en el perfil laboral para ayudarnos a elegir bien nuestro nicho y saber cómo enfocar el negocio y el resto versaban sobre cómo montar una empresa de cero –los trámites, las gestiones legales…–. Lo mejor es que, aunque las tutorías eran particulares, la iniciativa tenía toda una plataforma online montada con un foro donde los participantes podíamos intercambiar nuestros conocimientos y opiniones, ayudándonos entre unos y otros. La verdad es que la gente que entra en el proyecto es muy activa y está dispuesta a echar una mano en todo lo que sea posible.

¿Crees que esta iniciativa puede contribuir de forma definitiva a resolver una problemática tan compleja como la de la despoblación?

Si lo piensas, por cada edición de Holapueblo son más de 30 participantes al año, cada uno con una idea de negocio. Si todos salen adelante, es una contribución importante para la lucha contra la despoblación. Otra cosa es que a lo mejor tengas la idea un poco borrosa y te cueste más, pero yo creo que sí que ayuda. Lo veo genial para quien no tenga muy claro qué proyecto llevar a cabo. Es verdad que yo vengo con un bagaje de autónomo de más de 20 años y tengo experiencia, pero si en su día, cuando estaba empezando, me hubieran descubierto Holapueblo podría haber avanzado mucho más rápido.

Lo cierto es que, hasta hace relativamente poco, la gente abandonaba el pueblo en busca de oportunidades laborales. Ahora muchos buscan volverse huyendo de grandes aglomeraciones para dar con una vida más tranquila. ¿Estamos ante el cambio definitivo que revertirá la despoblación?

Solo se revertirá si se invierte en ello. No económicamente, que también, sino con cosas simples. Por ejemplo, con ayuntamientos interesados en que venga gente a su pueblo y trabajen por ello creando un listado de casas vacías y ayudando a venderlas, actualizando toda la información necesaria para quien se quiera mudar. Hay que vender muy bien la localidad, tener una página en condiciones con fotos de verdad que invite a la gente a estar ahí. En todos los pueblos hay cientos de actividades culturales y hay que hacerlas visibles. Yo he hecho ya más cosas relacionadas con la cultura aquí en Bureta que en Zaragoza. Un pueblo no es aburrido.

En resumen, hay fórmulas para atraer habitantes. Es importante orientar a los emprendedores, dar nociones de qué negocios se necesitan en los pueblos. Y, por supuesto, acabar con los desiertos de educación: no puede concebirse ya que un niño tenga que hacerse todos los días 50 minutos de bus para llegar al instituto solo por el hecho de que viva en el mundo rural.

Quedan ya pocos días para que acabe 2021. ¿Qué propósitos tenéis para 2022?

Acabar nuestra reforma y asentarnos ya del todo para poder enfocarnos bien en el negocio y alcanzar definitivamente a todos los pueblos de la comarca. Nosotros nos vemos aquí para toda la vida –si no, no hubiéramos venido–. Con este negocio u otro, pero la idea es quedarnos aquí para siempre. 

¿Cómo reducir el consumo en el hogar estas Navidades?

Las Navidades ya no pueden concebirse sin la sostenibilidad como consigna. Este 2021 llegó con numerosas noticias ambientales bajo el brazo, incluyendo el impactante informe de situación del IPCC, que considera como algo «inequívoco» que la humanidad «ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra, generando cambios generalizados y rápidos en el planeta». Y es que, aunque el cambio a gran escala llegará con el cumplimiento de los compromisos internacionales por el clima, queda en nuestra mano aprovechar cualquier momento para minimizar nuestro impacto sobre el planeta. Y eso incluye a las Navidades.

Durante las Navidades, en España se tiran a la basura 873.000 toneladas de papel y cartón

Cada vez más, durante las fiestas, compramos online en lugar de hacerlo en el comercio local, usamos kilos de papel y cartón para envolver los regalos (concretamente, 873.000 toneladas) que diez minutos más tarde acabarán en la basura o desperdiciamos alimentos que sobran de las múltiples comidas y cenas que celebramos estos días, entre otros ejemplos. Por suerte, son costumbres que pueden cambiarse. Te contamos cómo.

Una cena 100% sostenible

Cada una de las decisiones que tomamos a la hora de comprar alimentos influye directamente en la salud del planeta. No generan la misma huella de carbono unos dátiles cultivados en España que unos que provienen de Egipto; de la misma forma que comprar una lubina capturada por pesca de arrastre (el método común que provoca graves daños a la biodiversidad) es muy distinto de adquirirla sabiendo que se ha pescado de forma más sostenible.

Lo cierto es que es difícil saber si estamos actuando de forma correcta continuamente, pero existen unas cuantas recomendaciones que al menos ayudan a que nuestro impacto sea menor. Por ejemplo, comprar (con bolsas reutilizables) en las tiendas de nuestra localidad: tenemos garantía de que los alimentos han sido producidos cerca, contribuimos a la economía local, consumimos alimentos más frescos y, a diferencia de los supermercados, no estamos obligados a comprar en grandes cantidades, por lo que tenemos más poder para decidir lo que necesitamos y reducimos el desperdicio alimentario (durante las fiestas se tira a la basura un 20% de la comida que se compra).

El desperdicio alimentario durante las fiestas se dispara: los españoles tiran un 20% de la comida que se compra

Precisamente, de cara a minimizar los alimentos desperdiciados, es recomendable preparar los menús con antelación, ya que saber de antemano los ingredientes necesarios y comprar en proporción del número de comensales evitará ese ‘comprar por comprar’ típico de las Navidades. También es una buena opción buscar recetas que tengan ingredientes en común para aprovecharlos al máximo y optar por incluir más verduras y menos carne y pescado, ya que mientras que para la producción de 1 kilo de carne se necesitan 15.000 litros de agua, para un kilo de verdura solo son necesarios 322 litros.

Por último, a la hora de poner la mesa, deben evitarse la vajilla desechable y las servilletas de papel. Si hay niños pequeños que precisen de pajitas, es mejor utilizar las metálicas, ya que pueden utilizarse numerosas veces.

Cuida del agua

El consumo de agua también se dispara durante las Navidades hasta en más de un 30%. Descongelar la comida con agua caliente o no utilizar el lavavajillas contribuyen a este incremento, de la misma forma que lo hace no cargar la lavadora al máximo. En este sentido, es conveniente utilizar electrodomésticos que garanticen un gran ahorro, tanto energético como de agua.

Menos bienes materiales, más experiencias

El árbol rodeado de regalos es una de las escenas más típicas de las Navidades con un importante impacto ambiental. En muchas ocasiones, regalamos por encima de lo que los demás necesitan. Y muchos de esos regalos acaban devueltos o en los vertederos. Aunque actualmente no existen cifras en nuestro país, Estados Unidos puede servir de ejemplo para comprender el impacto ambiental que esto conlleva: allí, se devuelven más de la mitad de los productos y su transporte de vuelta a los almacenes genera más de 15 toneladas métricas de dióxido de carbono (en otras palabras, más de lo que podrían emitir tres millones de automóviles en un año).

Por ello, se recomienda regalar experiencias –un fin de semana en una casa rural, un viaje, una excursión…–. Aunque, si nos vemos en la obligación de comprar productos, es más recomendable hacerlo en tiendas físicas que en el comercio online, ya que existen menos probabilidades de que se devuelva un producto si se ha visto antes en persona.

Como alternativa podemos apostar por la segunda mano: hay cientos de productos esperando a que alguien les dé una nueva vida. También podemos optar por elaborar nuestros propios regalos a mano, que siempre serán mucho más personales y sostenibles. Pequeños cambios en nuestras tradiciones que prometen un daño mínimo al planeta.

El activismo ciudadano, clave en la sociedad del futuro

En una de las miles de páginas que el filósofo Zygmunt Bauman escribió durante su vida, se esconde una pequeña frase que revela una cruda realidad: «Uno nunca puede estar seguro de lo que debe hacer, y jamás tendrá la certeza de haber hecho lo correcto». La incertidumbre forma parte (inevitable) de la vida humana y, como advertía Bauman, es obligatorio aceptarlo para así evitar angustias vitales y mirar al futuro desde otro punto de vista. Si nuestro paso por el planeta es breve, ¿por qué no actuar desde nuestra individualidad para provocar un cambio?

Bauman habló durante toda su carrera filosófica de la ‘realidad líquida’, esa que invita al movimiento sin echar raíces en ningún lugar. Y es en los albores de los retos globales donde este concepto retoma su sentido desde el activismo ciudadano: la transición hacia un mundo más verde, justo e inclusivo ya no queda encorsetada en las instituciones, sino que son los propios habitantes quienes toman riendas del asunto para provocar cambios locales de alcance global.

La participación ciudadana protagonizó parte de las Jornadas de Sostenibilidad 2021 al presentarse como herramienta fundamental para lograr, de manera cohesionada y adecuada, la transición ecológica que necesitamos

El empoderamiento ciudadano en busca de una sociedad más comprometida no ha dejado de crecer en la última década al albor de la revolución tecnológica, que ha abierto un amplio abanico de herramientas para hacer de internet un altavoz que llame a la acción. Funciona: según una encuesta de Metroscopia, en la actualidad los españoles confían mucho más en los movimientos sociales que en los políticos. 

Un ejemplo de activismo ciudadano lo tenemos en las elecciones municipales de 2015, cuando plataformas vecinales como Levantemos El Puerto (Cádiz) –una iniciativa que buscaba dar el salto a la política– se hicieron con un importante número de votos dando paso a lo que conocemos como municipalismo, esa política basada en instituciones asamblearias. Como analiza el Barcelona Centre for International Affairs, en este caso también «el cambio tecnológico ha facilitado vías de contacto mucho más informales pero al mismo tiempo fiables, lógicas de relación más horizontales y dinámicas de multipertenencia».

Saltando del activismo político al social, Change.org es un claro ejemplo de cómo las nuevas tecnologías han ayudado a la movilización ciudadana. La plataforma, que nació para dar altavoz a las iniciativas de personas particulares, registró en los seis primeros meses de 2020 un 80% más de solicitudes. En total, más de 14 millones de personas se movilizaron con alguna petición tanto en ámbitos medioambientales, como en justicia social, conflictos, economía, sanidad o educación.

En el plano físico, existen numerosos casos de cómo la ciudadanía se organiza en busca de una sociedad sostenible. Un ejemplo es el nacimiento de la app Kuorum, una herramienta digital que ayuda a gobiernos y empresas a abrir procesos de participación en comunidad facilitando, por ejemplo, el diseño de presupuestos participativos. Encontramos igualmente el caso del Consell de Menorca, que generó un debate público en busca de ideas para solucionar el problema de accesibilidad a la vivienda en las islas convocando a vecinos, poderes públicos, residentes y empresas. También plataformas como Aragón Participa, Barcelona Decidim o Irekia son casos de éxito de activación ciudadana para la transformación social.

El papel de la participación ciudadana protagonizó parte de las Jornadas de Sostenibilidad 2021, organizadas por el Grupo Red Eléctrica, al presentarse como herramienta fundamental para transformar, de manera cohesionada y adecuada, la transición ecológica que necesitamos. «Tanto individualmente como colectivamente estamos concienciados», reflexionó Juan Verde, presidente de Advanced Leadership Foundation. «La concienciación individual y comunitaria, unida al resto de agentes sociales, son piezas que encajan y que nos permitirán alcanzar los objetivos», señaló.

Europa y las empresas hablan de participación ciudadana

La relevancia del activismo ciudadano está clara para las instituciones nacionales, pero también para las internacionales. De hecho,  la Comisión Europea acaba de inaugurar un centro de competencias para fomentar la participación de la ciudadanía en el diseño de las estrategias políticas del futuro. «El aumento de las asambleas y los paneles ciudadanos en los últimos años ha demostrado dos cosas: en primer lugar, que la ciudadanía demanda participar en las políticas públicas y, en segundo lugar, que su participación es clave para mejorar la confianza en las instituciones y reforzar la democracia», reconoce la institución europea en su escrito, que proyecta iniciativas de activación ciudadana como Conference on the Future of Europe o European Democracy Action Plan.

La Comisión Europea acaba de inaugurar un centro de competencias para fomentar la participación de la ciudadanía en el diseño de estrategias políticas

También las Naciones Unidas cuentan con su propio brazo de sociedad civil y organizan talleres, debates, conferencias y otras acciones enfocadas al activismo de los ciudadanos. «El poder de convocatoria, movilización y concienciación de los movimientos sociales es cada vez mayor. Responderá con mayor energía y ejercerá esa labor de concienciación en poderes públicos y empresas», aseguró Alfredo González, secretario de Estado de Política Territorial en las Jornadas de Sostenibilidad 2021. De hecho, de los 70.000 millones de euros que llegarán a España gracias a los fondos de recuperación poscovid Next Generation, el 15% se dirigirá a los ayuntamientos que, según los ponentes, ejercen de una de las formas más fructíferas de activismo ciudadano, ya que saben lo que necesitan sus habitantes en cada momento.

No pasó desapercibido en el evento el nombre de Greta Thunberg como ejemplo de movilización ciudadana desde la generación más joven —la más implicada en las nuevas formas de activismo— a la falta de acción contra la crisis climática y social. Una chispa que ilumina la importancia de la justicia intergeneracional: dejar a los que vienen el planeta que esperan de nosotros (y que merecen). El periódico The Guardian publicó recientemente la historia de 20 jóvenes activistas que trabajan a diario para labrarse una sociedad más justa y sostenible. Sin embargo, advirtió Verde, «no debemos descargar la responsabilidad sobre ellos». «Podemos pedirles, pero también implicarnos. No hay que esperar a su impulso para actuar», matizó. El activismo ciudadano consiste, precisamente, en eso: tomar acción de forma individual para cambiar colectivamente.

El reto global de ‘ecologizar’ la economía

No existe una sola economía que tenga capacidad para salvarse del impacto del cambio climático. Tanto si es rica como si se encuentra en vías de desarrollo, los efectos de la crisis climática, como las altas temperaturas, los fenómenos climáticos extremos o la alteración de la biodiversidad no solo le pasarán factura al bienestar, sino que también alcanzarán los bolsillos de los ciudadanos. Esta es la conclusión a la que llega el Long-term macroeconomic effects of climate change del Institute for New Economic Thinking, asegurando que, de no cumplir con el Acuerdo de París, en 2100 el aumento de la temperatura global (0,04 grados por año) habrá hecho menguar en un 7,22% el PIB per cápita mundial. Este es el PIB conjunto de Australia, Bélgica, Canadá, Alemania y Sudáfrica.

Además, como indica una encuesta realizada por el Foro Económico Mundial, los ciudadanos ya no creen que sus Gobiernos puedan cambiar este futuro –el 53% opina que las instituciones públicas no están haciendo lo suficiente– y, por ello, miran hacia las empresas, que consideran han hecho mucho más de lo que debían para avanzar en los Objetivos de Desarrollo Sostenible y reducir grandes problemas como el cambio climático, la desigualdad y la hambruna. En este nuevo escenario de confianza se celebró la Cumbre Anual de Impacto en el Desarrollo Sostenible, a fin de dar con soluciones empresariales para trabajar en la ‘ecologización’ de las economías y poner freno a los riesgos ecosociales de la crisis ambiental.

Más allá del evidente cumplimiento de los ODS, el centenar de líderes empresariales, políticos, gobiernos y agentes sociales convocados en el Foro Económico Mundial en septiembre llegaron a la conclusión de que la colaboración público-privada debe ser inmediata. Así, el ‘business as usual’ –traducido como la tendencia tradicional de las empresas a buscar el mayor beneficio sin tener en cuenta otras consecuencias no económicas– debería desaparecer por completo. Invertir en prevención resulta esencial para reducir los impactos financieros del cambio climático y trabajar de la mano del sector público en la predicción y el conocimiento de riesgos es el camino a seguir.

El cambio climático provocará en 2100 una merma del 7% del PIB mundial si no se frena a tiempo

«Tenemos muchos más posibles daños a largo plazo que hace 20 años, por lo que necesitamos un modelo global accesible para todas las regiones», aseguró John Haley, CEO de Willis Towers Watson. Lo ejemplificó con el proceso de predecir un terremoto. «Tras la ola de terremotos de los 90, los estados construyeron un modelo de predicción global donde todo el mundo podía acordar cuáles eran los mayores riesgos e identificar cómo minimizar el impacto. Era algo con consistencia, transparente, y eso es precisamente lo que necesitamos en nuestra economía».

En este sentido, otra de las ideas auspiciadas por el economista Paul Donovan derivaron en el concepto de la ‘desglobalización’, un salto que consistiría en un modelo de producción local más eficiente y, por tanto, menos contaminante. Aunque con matices. «A pesar de que es una alternativa mucho más sostenible tenemos que tener en cuenta que, debe existir una estrategia paralela para poder lidiar con las posibles consecuencias que esto provoque en la economía».

Comprometerse a las ‘emisiones cero’ es, quizá, una de las propuestas más evidentes y necesarias, pero no por ello menos complicada para el sector empresarial –y para la economía, en general–. «Alcanzar la neutralidad es muy caro», avanzaba en el encuentro Rich Lesser, de Boston Consulting Group. Resulta fundamental, según él, la colaboración, primero, entre los eslabones de la cadena de producción y, posteriormente, entre los distintos sectores que componen la economía. «Para muchos países, la neutralidad climática no sale a cuenta. Por eso necesitamos dar un paso adelante y crear mejores sinergias, más allá de nuestras fronteras, para fomentar la transición desde la microeconomía y la macroeconomía», aseguraba.

¿Qué implica esto? Asumir, primeramente, que el 80% de la inversión en esta transformación debe nacer del sector privado. «Adaptarnos a estos impactos no es solo tomar parte de nuestra responsabilidad, también proporcionar trabajos y competitividad que cambiará el mundo», aseguraba Feike Sybesma, de Royal Phillips. Y en segundo lugar, ser conscientes del reto que supone abandonar la financiación asociada a las emisiones: según el estudio The Time To Green Finance, solo un 25% de las entidades analizadas hacían un seguimiento de las emisiones derivadas de sus actividades. «Necesitamos apostar por ser transparentes y coordinarnos con el resto de sectores para apostar por una transición transparente y eso lo haces con una metodología aceptada, donde todos hablemos el mismo lenguaje», defendía Alison Martin, del Zurich Insurance Group.

Atención a las economías emergentes

Frente a la vorágine de pandemias, crisis climática e inestabilidad económica, el foco se sitúa de manera decisiva sobre el papel que juegan las empresas en las transformaciones sociales. Los criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG) son por ello fundamentales para que las entidades desarrollen estrategias que maximicen sus impactos positivos tanto en el desarrollo ambiental como en el económico, ya que ambos van de la mano. Y aquí las economías emergentes –aquellas que no se incluyen en la categoría de países subdesarrollados, pero tampoco cumplen como potencias mundiales– pueden jugar un papel fundamental, según las conclusiones de la Cumbre.

En una crisis de confianza con las instituciones públicas, el sector privado se percibe con la capacidad suficiente para dar con soluciones a los retos globales

Tradicionalmente, estos países han sido interpretados como inversiones arriesgadas, especialmente cuando se tratan de criterios ESG. Una visión que, en la actualidad, el Foro Económico Mundial describe como «una barrera que limita las oportunidades para favorecer la recuperación pospandemia». «Si vives en un país rico, tan solo te afecta el ODS del clima. Y centramos nuestra inversión y nuestro valor en ese. Sin embargo, la pobreza, el hambre, la inseguridad sanitaria y la injusticia afecta al resto», reflexionaba Majid Jafar, de Crescent Petroleum. ¿Cómo es posible garantizar una transición económica justa y sostenible si sus criterios no prestan atención al resto de territorios?

En resumen, el puente hacia la recuperación sostenible se cimenta en cuatro pilares, según concluye la Cumbre. El primero, los principios de gobernanza que sitúan el propósito frente al beneficio en las actividades económicas; el segundo, la ambición por proteger el planeta a través del consumo responsable y el uso sostenible de los recursos; en tercer lugar, acabar con la pobreza y la hambruna para asegurar que todos los habitantes jueguen en el mismo lado de la igualdad y, por último y más importante, la apuesta por la prosperidad. Una prosperidad que asegure una vida decente a todo ser humano, pero también un progreso económico, social y tecnológico en consonancia con la naturaleza.